✍ Entrevista sobre el siglo XXI. Al cuidado de Antonio Polito [1999]

por Teoría de la historia

Eric Hobsbawm es, sin lugar a dudas, uno de los grandes historiadores de nuestro tiempo. Sus mayores logros se han producido en el análisis de los grandes bloques históricos ( ages ) a partir de la Revolución Francesa. En su genialidad, el historiador británico ha logrado sintetizar en una palabra (revolución, capital, imperio, extremos) el denominador común que le permite caracterizar cada uno de esos períodos. Esta capacidad para analizar los acontecimientos en el largo plazo lo convierte en un interlocutor ideal para protagonizar una larga entrevista como ésta, a cargo de Antonio Polito, sobre qué es esperable que ocurra en el siglo XXI. El tipo de historia que ha escrito Hobsbawm le permite aventurarse en una reflexión que quizá otros historiadores, más apegados a los estudios de corto plazo, habrían considerado como un ejercicio muy poco prudente: la discusión sobre el futuro. En este libro, esa reflexión se vuelve apasionante y esto se debe, en buena medida, a que Hobsbawm cree en lo que está haciendo (“el proceso de previsión del futuro debe basarse necesariamente en el conocimiento del pasado”, afirma). Hobsbawm siempre creyó en lo que estaba haciendo y en la historia que estaba escribiendo, característica que resulta, para muchos, una de las mayores virtudes de su obra. Para quien como él, pensó la historia desde su militancia de izquierda, los temas y las preguntas planteados por Antonio Polito resultan música para sus oídos. Es probable, sin embargo, que a veces el lector se pregunte si alguna cuota de agresividad por parte de este buen entrevistador no habría logrado un resultado aún más jugoso. No sorprende que buena parte de la entrevista gire en torno a algunos procesos que han cerrado el siglo XX, como la guerra de los Balcanes, la creciente influencia internacional de los Estados Unidos, la globalización y la caída del socialismo real. La visión de Hobsbawm sobre el avance del imperio norteamericano es muy ácida: reconoce con disgusto que se trata de un fenómeno inevitable, matizado por el posible surgimiento de China como potencia alternativa. Por su parte, los estudios sobre la globalización y sobre el colapso soviético resultan particularmente interesantes, aunque por razones diferentes. Con respecto al estudio acerca de la “aldea global”, lo que sobresale es el ejercicio de una sobriedad que debemos agradecer, ante un tema sobre el que se dicen muchos disparates. Hobsbawm explica qué tiene de nuevo y qué tiene de viejo la situación presente y sintetiza las posiciones antagónicas entre quienes creen que se trata de una situación completamente novedosa y aquellos que la describen como una figurita repetida del álbum de la internacionalización mundial que empezó a formarse desde el siglo XIX. La lectura de esta parte del libro, en verdad, resulta una bocanada de aire fresco para aquellos que quieran ver cómo se puede hacer un verdadero balance de un proceso histórico. En cambio, su análisis sobre la caída del socialismo real, se aleja de esta sobriedad. El historiador británico destaca un hecho innegable: la tragedia que está viviendo Rusia a partir del colapso de la Unión Soviética. Pero la dimensión de esa tragedia cobra, en sus palabras, un dramatismo exagerado, fruto de un análisis no demasiado justo ni equilibrado sobre el pasado de ese país. El proceso actual, en verdad, es la continuación de una cadena de azotes sufridos por Rusia, como el estalinismo, por ejemplo, tema sobre el que Hobsbawm sólo realiza alguna alusión superficial. Para muchos lectores esto podría ser más difícil de digerir que un olvido, una falta de mención, siempre adjudicable a una mala jugada de la memoria. Pero Hobsbawm no está dispuesto a ceder un ápice en su posición militante con respecto a un sistema que defendió mucho más tiempo que otros historiadores y compañeros de ruta en el comunismo británico. Por esto, nadie puede condenarlo, sino que es preciso reconocerle su libertad de pensamiento. Lo que resulta peligroso, sin embargo, es cercenar esa libertad al tratar de congelarlo en una categoría de prócer a la que dudosamente Hobsbawm tenga deseos de pertenecer. Por eso resulta poco agradable leer el prólogo escrito por Josep Fontana, en el que Hobsbawm es llevado justamente hacia ese siniestro pedestal por una avenida de elogios que termina convirtiéndose en un callejón sin salida para la lectura que podemos hacer del eminente historiador inglés. Pero además, las apreciaciones del profesor Fontana sobre el aporte de Hobsbawm a la renovación de la historiografía son discutibles. Así como decidió mantener su militancia, Hobsbawm mantuvo un enfoque sobre la historia social con pocos cambios, aunque variando los temas, una actitud que puede haber resultado una ventaja para el desarrollo historiográfico. Pero no fue él, sino otros integrantes de la historia social inglesa, como E. P. Thompson, Lawrence Stone y Gareth Stedman Jones, quienes abrieron las puertas a nuevas perspectivas, el primero con sus matices, el segundo, abrazando el giro lingüístico. Por eso, quizá resulte recomendable para el lector obviar esas páginas iniciales y embarcarse directa y desprejuiciadamente en una entrevista a quien, por estudiar el pasado en el largo plazo, tiene mucho para decirnos sobre el futuro.

[Fernando ROCCHI. “Reflexiones sobre el nuevo siglo”, in La Nación, mayo-junio de 2000]

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