Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

␥ Arnold Hauser [1892-1978]

El gran historiador social del arte, Arnold Hauser, nació en Budapest en 1892. Estudió filosofía en su Universidad e integró desde 1916 a 1918 el famoso Círculo del Domingo fundado por el poeta Béla Belázs y del que formaban parte Karl Mannhein, George Luckas y Karl Tonay. Después de terminar sus estudios en 1918, y liquidada la República socialista húngara, se trasladó en 1921 a Berlín; allí, bajo la dirección del profesor Adolf Goldschmidt inició los estudios sobre el origen social del arte. En 1924 marcha a Viena, y con Max Dvorak funda la famosa Escuela de Viena para la investigación histórico-artística, sin referencias directas a las obras de arte. A la caída de Austria en manos de los nazis, en 1938, emigra a Inglaterra. En Londres recibe el encargo de Mannhein de escribir un tratado sobre sociología del arte. En 1977 regresó a su patria, Hungría, donde falleció. Sus obras más importantes son: Historia social del Arte y de la Literatura (1950), Filosofía de la Historia del Arte (1958), El Manierismo (1964), Origen del Arte moderno y de la Literatura (1964), Sociología del Arte (1974) y Métodos de contemplación del arte. Su obra ha sufrido las influencias contrapuestas del materialismo histórico de Marx, de las ciencias del espíritu de Dilthey y de su maestro, el profesor de Historia de las Regiones, Ernest Troeltsch. Su estilo literario, fluido, brillante y rico de chispeantes observaciones, hicieron de sus obras un vademécum no sólo para los estudiantes del arte, sino también para los aficionados y los artistas del mundo entero. Falleció a la edad de 85 años en 1978.

[EL PAÍS. “Ha muerto en Budapest el historiador del arte Arnold Hauser”, in El País, 2 de febrero de 1978]

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✍ Mesopotamia. Historia política, económica y cultural [1964]

Nos hallamos ante la traducción del libro aparecido en lengua francesa en el año 1985, publicado por Editions du Seuil, París. El interés del autor por el tema radica en que a pesar de que la civilización mesopotámica se enmarca en el grupo de las cuatro o cinco culturas más importantes de época precristiana, siendo a la vez la más antigua y duradera, y de que es, sin duda, la más significativa no sólo por la influencia que ejercería sobre el conjunto de países del Próximo Oriente y sobre el mundo griego sino también por su contribución al desarrollo material y espiritual de la humarúdad, continúa siendo la gran desconocida para una gran parte de la población culta del Occidente europeo y de ahí la necesidad de hacerla más palpable y asequible. Este abandono obedece a varios factores: en primer lugar porque, al margen de los especialistas, un número reducidísimo de universitarios (y más aún en el caso de España y Portugal) se interesan vivamente por estas primeras fases de la historia mesopotámica, por lo que a duras penas figura telegráficamente en nuestros manuales universitarios o escolares. Pero es que, además, con demasiada frecuencia los especialistas en la materia han mantenido ocultos sus descubrimientos en este campo, dando así la impresión de que se trataba de una ciencia difícilmente accesible al público culto en general. Por otro lado hemos de tener en cuenta que, al contrario de lo que sucede con respecto a Egipto, Creta, Grecia o Turquía, el Iraq no es visitado más que por un pequeño número de turistas. De ahí que Georges Roux, tras varios años de estancia en Basora, se decidiera a publicar en 1964 en Londres su Ancient Iraq, que se encuentra en la base del contenido del libro que ahora nos ocupa. Esta obra no ha sido redactada básicamente con vistas a los especialistas sino a todo ese colectivo de personas que, por razones diversas, se interesan por la historia de Mesopotamia, del Próximo Oriente y de la Antigüedad en general. En este sentido los objetivos que se persiguen se centran en un análisis claro, simple y vivaz, a pesar de su propia complejidad, sin abandonar por ello la exactitud, precisión y prudencia que deben acompañar a todo historiador. La bibliografía (artículos y libros) referidos a Mesopotamia y a las regiones del Próximo Oriente vinculadas a dicho ámbito cultural configuran una caterva que aumenta de año en año, por lo que debido a su gran número resulta difícil su manejo en la actualidad. El autor nos presenta en esta obra de síntesis igualmente un cúmulo selecto de notas y referencias bibliográficas que, aunque van destinadas en su origen a los estudiantes universitarios interesados por los estudios de Mesopotamia y zonas limítrofes, constituyen un acervo imprescindible para cualquier investigador que se preocupe por estos temas. Antes de pasar al análisis propiamente dicho de los diferentes periodos de la historia de Mesopotamia es preciso definir el marco geográfico que dará cabida al desarrollo cultural de esta zona durante la Edad antigua; en este sentido, la presencia de los ríos gemelos y del territorio circundante hará posible dicha floración cultural teniendo como centro toda una serie de ciudades (Ur, Uruk, Kish, Nippur, Agadé, Assur, Nínive, Babilonia). Simultáneamente, no podemos desdeñar las particularidades regionales que se nos ofrecen, teniendo en cuenta las arterias comerciales (fluviales y/o terrestres) que potenciarían el auge cultural en cada caso. Como base para el descubrimiento de este pasado de Mesopotamia se hace necesario recurrir a la documentación (textos y monumentos), que casi siempre se hallaban enterrados en el suelo y únicamente se hacían disponibles tras el trabajo arqueológico correspondiente. El análisis de las ciudades enterradas en el marco de la investigación arqueológica mesopotámica, así como la búsqueda de una cronología, se erigen en los elementos básicos y previos a la descripción del desarrollo histórico concreto. El capítulo tercero (de la cueva a la aldea) está dedicado a los aspectos más destacados de la etapa prehistórica (Paleolítico, Mesolítico y Neolítico), mientras que en el siguiente se analiza el paso de la aldea a la ciudad contando con los períodos de Hassuna, Samarra, Halaf, y El Ubaid. En tomo al año 3750, coincidiendo con el nacimiento de la época de Uruk, el sur del Iraq se convierte en teatro de alteraciones demográficas, culturales y técnicas profundas, que a finales del IV milenio desembocarían en los principados históricos de Sumer y Acad. La civilización sumeria, por su origen mesopotámico y por su misma esencia, sobrevivirá a la desaparición de Sumer en torno al año 2000, siendo adoptada por todos los pueblos que progresivamente invadían, ocupaban y dominaban Mesopotamia. En este contexto la religión constituye el exponente más claro: la idea que los sumerios tenían de sus dioses, a pesar de ser modificada por los semitas, ejercerá una influencia notable en todas las épocas sobre la vida pública y privada de las poblaciones mesopotámicas. La sistematización de los conceptos religiosos y la configuración de las familias divinas y mitos tendría su origen durante la etapa de urbanización de la baja Mesopotamia, siendo obra de varias escuelas de teólogos; a este respecto hemos de destacar las leyendas de la creación y las relacionadas con la vida, la muerte y el destino. El período histórico conocido como el tiempo de los héroes se basa en dos textos épicos en los que se describe el origen del mundo desde Adán al diluvio, así como las características del diluvio mesopotámico y una serie de dinastías y superhombres de acuerdo con la Lista Real Sumeria y la epopeya de Gilgamesh. La historia de Mesopotamia da comienzo con el período dinástico arcaico, que abarca desde 2900 hasta la llegada de Sargón de Acad (ca. 2335), momento en el que tiene su origen la gran expansión de los semitas de la región de Kish; los archivos reales de Ebla conforman nuestra fuente de información más sobresaliente, al tiempo que las excavaciones arqueológicas demuestran que desde el inicio del período el proceso de urbanización comenzado en la época de Uruk alcanza su apogeo. La baja Mesopotamia estaba dividida en principados (los principados de Sumer), cada uno de los cuales tenía como capital una ciudad (las ciudades-estado). Resulta difícil, sin embargo, ofrecer una panorámica general de la organización socio-económica de Sumer en la época dinástica arcaica por dos motivos: la gran mayoría de los testimonios se reducen a tablillas de cuentas, no siempre fáciles e interpretar y, sobre todo, distribuidas desigualmente en el espacio y en el tiempo. En cualquier caso, la unidad socio-económica básica en Mesopotamia parece haber sido la comunidad aldeana, que estaría constituida por familias de tipo nuclear (padre, madre e hijos solteros) o de tipo extenso; por su parte los territorios cerealísticos estarían divididos en dominios, cada uno de los cuales sería administrado por un templo (el soberano y el Estado desempeñan un papel destacado en este contexto); a pesar de todo resulta muy difícil llevar a cabo tan siquiera un esbozo de la historia política del período. El proceso de sedentarización de los nómadas constituiría un fenómeno largo y discontinuo, en ocasiones contrarrestado por la vuelta de determinadas tribus al nomadismo. Ahora bien, aunque parece seguro que la mayor parte de los nómadas del Próximo Oriente antiguo hablaban lenguas semíticas, de ello no podemos deducir que en su conjunto fuesen nómadas (Sargón y el Imperio de Acad llenan este periodo, que acabará con una especie de desastre). A continuación se producirá el renacimiento sumerio durante el periodo de la III dinastía de Ur, teniendo a Gudea, Ur-Nammu, Shulgi y Amar-Sin como figuras más879024412_L significativas: la sociedad sumeria se articulará en tomo a dos ejes, el gobierno central y el provincial, que abarcaban toda una serie de funcionarios, y las grandes unidades de producción, que utilizaban y permitían vivir a la gran mayoría de la población. La caída de Ur, poco antes del 2000, supondrá un cambio sustancial en la historia mesopotámica, puesto que no sólo constituye el fin de una dinastía y de un reino sino también de un país y de un tipo de sociedad. La supremacía de los semitas acarreará profundas alteraciones étnicas, lingüísticas, políticas y sociales; el cambio de los conceptos político-religiosos halla su expresión en la organización económica y social, de acuerdo con lo que se observa en los documentos (leyes, edictos reales, cartas, documentos administrativos … ): los reinos de Isin, Larsa, Babilonia, Eshnunma, Asur y Mari ocupan esta fase. Los dos capítulos siguientes están dedicados a la figura de Hammurabi y su significado histórico: vencedor de cuatro príncipes rivales, unificará durante unos decenios el territorio de Mesopotamia, que se hallaba desgarrada y dividida por luchas sangrientas desde hacía 300 años; en esta época, la lengua acadia logra su perfección clásica, al tiempo que se afirma la religión personal según se desprende de las efigies de dioses y demonios. En Hammurabi hay que considerar al jefe de Estado y al legislador como aspectos cuasi indisolubles y su etapa histórica se puede definir sintéticamente de la siguiente manera: el dios en su templo (importancia económica y predominio de la casta sacerdotal), el rey en su palacio (administración centralizada y exigencias de prestigio) y el ciudadano en su casa. A renglón seguido tendría lugar la llegada de nuevas poblaciones (los indoeuropeos), entre las que destacan los hititas y los mitanios, asentados definitivamente en Anatolia y Siria del Norte respectivamente entablándose entonces un circuito de relaciones comerciales más intenso con Mesopotamia. Esta nueva corriente de influencias culturales y de todo tipo se llevará a cabo igualmente con la región de Siria-Palestina y Egipto. Los sucesores de Hammurabi tratarán de aplastar las revueltas originadas a la muerte de aquél como consecuencia de haber estado basado su poder en un sistema político extremadamente débil. Aparecerán entonces en escena los casitas (los reyes de Karduniash), el más misterioso de los pueblos mesopotámicos antiguos; acerca de la organización administrativa y las estructuras socio-económicas de Babilonia, en época casita nos encontramos muy escasamente informados, pese a lo cual no podemos confundirla con un período de estancamiento, es decir, de decadencia cultural, económica y política. A lo largo de tres de las cuatro centurias que abarca el período casita, el Próximo Oriente sería el escenario de un conjunto de grandes conflictos a partir de las campañas de Tutmosis III contra Siria-Palestina: los egipcios contra los mitanios y los hititas, entrando los asirios poco después en conflicto y, finalmente, los casitas, dándose origen a lo que se conoce como “reyerta de los imperios”. Entraremos así en una fase histórica que el autor califica como el tiempo de la confusión, que coincide con los tres últimos siglos del II milenio, caracterizados por amplios movimientos étnicos que afectarían a gran parte de Eurasia: israelitas y fenicios, neohititas y arameos se verán envueltos en las nuevas convulsiones. En los dos capítulos siguientes se analiza la expansión de Asiria, desde los inicios del milenio I, pero sobre todo desde el año 911; la génesis de dicho Imperio se concibe como el resultado final, y hasta cierto punto inesperado, de un cúmulo de guerras llevadas a cabo por sus reyes por motivos múltiples y variados. En este contexto, Assurnarsirpal y Salmanasar III se erigirán en los más claros representantes de dicho poderío, mientras que la revuelta del 827 no constituirá una crisis de sucesión más sino un intento de protesta de la nobleza rural y de las principales ciudades de Asiria contra los ricos y poderosos gobernadores de las provincias creadas en la alta Mesopotamia recientemente anexionada. El eclipse se producirá con Adad-nirari III y sus sucesores, a pesar de la etapa de recuperación de casi 20 años representada por Tiglat-pileser III y Sargón II. Los descendientes de este último, los llamados Sargónidas, gobernarían Asiria durante el siglo VII, alcanzando entonces su apogeo tanto cultural como territorial: la labor de Senaquerib, Asharadon y Asurbanipal no seria más que un conjunto de contraofensivas coronadas por el éxito. De esta forma, la gloria de dicho Imperio se basará, por un lado, en el Estado asirio con el soberano como figura central (el gobierno central y los gobiernos provinciales se mantendrían de los impuestos y tributos del sector privado) y, por otro, en el ejército asirio (dividido en soldados profesionales, disponibles y suplentes), mientras que el arte asirio se erige en la manifestación más notable de ese esplendor. En el año 612 a.C., solamente 35 años después de la toma de Susa, hecho que constituye el apogeo del reinado de Asurbanipal, los palacios de Nínive se vieron envueltos en llamas y con ellos se desplomó el poder asirio. La figura de Nabucodonosor marca una fase de renacimiento de la cultura babilónica, hasta el momento de la caída de la capital del Imperio a manos de Ciro. De cualquier forma, aun cuando la época dominada por los caldeos no llegó al centenar de años, dejaría huellas de gran significado en la baja Mesopotamia; este período histórico se caracteriza por una extraordinaria actividad arquitectónica (marcadamente religiosa) y por un resurgimiento de los templos como centros de funcionamiento económico. En este contexto destaca Babilonia como la ciudad mayor del territorio mesopotámico y posiblemente también de todo el mundo en aquel momento; en dicho centro urbano se celebraba el festival del año nuevo como confluencia de un culto de la fertilidad y un concepto cosmogónico (sin embargo, la distancia entre el fervor religioso de los caldeos y su realidad económica no sería excesivamente grande). Este libro sobre Mesopotamia en sentido amplio, ya que abarca igualmente el estudio de zonas limítrofes a dicho hinterland estrictamente hablando, finaliza con un capítulo dedicado a la muerte de dicha civilización, que se inicia con el período aqueménida (años 539-331), continúa con la época seléucida (años 331-126) y acaba con la etapa de los partos arsácidas (126 a.C.-227 d.C.). Destruida ya brutalmente en Asiria en los últimos años del siglo VII, sobreviviría aún en el Imperio babilónico durante unas 6 centurias, para desaparecer, en compañía de la última inscripción cuneiforme, en los inicios de nuestra era. Contribuyen a la comprensión del texto unos completísimos cuadros cronológicos de todas las culturas, Imperios y épocas tratados, así como 8 páginas de mapas y un índice exhaustivo de todos los personajes, dioses y nombres geográficos mencionados en el texto. Como colofón podemos afirmar que, aun cuando no se ciñe estrictamente hablando al territorio de la Mesopotamia antigua sino que se extiende a todas las culturas del Próximo Oriente antiguo, en la presente obra se plantean las bases y las líneas maestras para comprender el desarrollo histórico de dichas regiones en sus primeras fases, constituyendo un manual perfectamente aprovechable para el panorama universitario, así como una guía practiquísima para cuantos quieran adentrarse en los problemas en ella enunciados.

[Narciso SANTOS YANGUAS. “Reseña”, in Memorias de historia antigua, nº 9, 1988, pp. 225-228]

✍ El Renacimiento italiano [1941]

El Renacimiento una de esas épocas de la historia sobre las que han llovido más tópicos. Indudable que todo tópico conlleva un ingrediente de verdad, pero también —y paradójicamente— una disminución del contenido de la complejidad verídica. El Renacimiento —se ha dicho— es un triunfo del Arte, y un retorno a los modelos clásicos, una época de homocentrismo y descubrimientos, desde la ciencia a la geografía, pasando por la filología. Ello es cierto, pero se nos queda mucha savia en el tintero. Me atrevería a decir —y no peco de exagerado— que el Renacimiento —hasta su relativo fracaso mediando el siglo XVI— es una de las épocas históricas en que el hombre ha intentado un cambio mayor y más digno de consideración, tanto en su visión de la cultura y de la sociedad, como en el sentido de la vida misma, en su cosmovisión, en el arte, en la calidad y dignidad del vivir, y por supuesto en la libertad y sus múltiples interpretaciones… Aunque poco a poco concluyó extendiéndose a casi toda Europa, el Renacimiento es en su origen un fenómeno sustancialmente italiano y aun florentino. El deseo de ver una Italia unida y fuerte —lejos de los mininacionalismos de las pequeñas ciudades, y opuesta por tanto a la rapiña extranjera— lleva a considerar como ideal los tiempos del Imperio Romano y su grandeza, y tal descubrimiento (que se inicia en el siglo XIV, con gentes como Coladi Rienzo, desde el campo político, y Petrarca desde el literario) acarrea un insólito interés por todo el mundo antiguo, su vida y su cultura. Se buscan estatuas, códices, medallas y vasos, y la Antigüedad se convierte en un ideal absoluto: el de la primacía de lo humano. Pero de ese fervor que arrastró a artistas, literatos y políticos, surge el primer gran error con que suele juzgarse el Renacimiento. No se trata de una época retrógrada que vio en el pasado un canon a imitar fidedigna y escrupulosamente. No. Los humanistas vieron en los días antiguos un modelo, una civilización bella hecha a la medida del hombre, pero en ella un conjunto de actitudes y saberes que debían servir a nuestro presente y constituirse en un fuerte estímulo de futuro. El humanismo es así, básicamente, un complejo proyecto de libertad, al que la intolerancia y las discordias religiosas no permitieron fructificar del todo. Pero el humanismo —insisto— es futuro, y si alguna palabra cuadra a todo el hervor y complejidad renacentistas es vida. Es cierto, también, que hubo eruditos y filólogos que se quedaron en la letra muerta. Se equivocaban. Si había que conocer bien a los antiguos —interpretar acertada y pulcramente los textos griegos y latinos— no era por un mero prurito científico, sino porque tales textos habían de servir a la fota y realización de muchos nuevos empeños inspirados en aquella antigüedad deseada. Época de ebullición vital, de afán espiritualista (cristiano o neoplatónico) y material hermanados, de consagración de lo útil y lo bello sin guerras entre sí , y sobre todo, de excepcional importancia de lo humano, el Renacimiento exalta la superioridad de la “virtú” (es decir, el trabajo, el esfuerzo, el valor del hombre activo que decide realizar su destino) sobre la medieval volubilidad de la Rueda de la Fortuna —“Virtú vince Fortuna”— y con ello crea un sentido mundano y festivo de la gloria, de la fama y una mutación asimismo en la consideración de la aristacracia. El aristócrata, ya no sería el heredero de una sangre (el mejor por estirpe), sino el mejor por virtú, esto es, quien ha sabido hacerse el mejor a sí mismo, por su aliento, su valer y su sabiduría. Eugenio Garin —uno de los grandes especialistas modernos en el tema del Renacimiento— preparó “El Renacimiento italiano”, libro editado en 1941. Confiesa que es el basamento —sólido basamento— de su posterior dedicación al tema, de la que tenemos muestras en España como “Medievo y Renacimiento” o “La Revolución cultural del Renacimiento”. Basado en documentos, fragmentos y testimonios de los grandes humanistas, pensadores y hombres de la época, comentados por Garin, “El Renacimiento italiano” viene a ser una suerte de magnífico prontuario, un óptimo vademécum sobre un tema (que Eugenio Garin enfoca renovadamente) y que no es sólo uno de los puntales de lo que hoy entendemos por “civilización occidental”, sino además —y esta lectura lo ilustra— una de las grandes posibilidades de renovación de búsqueda creadora en las raíces con que cuenta (como proyecto) nuestro sentido de la cultura y de la vida.

[Luis Antonio de VILLENA. “El Renacimiento: pasado y futuro”, in La Vanguardia, 12 de junio de 1986, p. 44]

␥ Benjamín Vicuña Mackenna [1831-1886]

Hombre de temple macizo y mirada visionaria. Agitador, político, bombero y filántropo; historiador, intendente, diputado y senador. Americanista por oficio y convicción, defensor de los ideales del progreso y la modernidad, escritor infatigable, Benjamín Vicuña Mackenna es uno de los personajes más importantes y atractivos de la historia nacional chilena. Desde muy joven ingresó a la escena pública del país. Ya a los 18 años, defendiendo sus convicciones democráticas, se unió a Santiago Arcos y Francisco Bilbao colaborando como secretario en la Sociedad de la Igualdad. Disuelta la agrupación por el gobierno de Manuel Bulnes, sus miembros debieron pasar a la clandestinidad. Fiel al espíritu revolucionario a cuyo alero había crecido, Vicuña Mackenna, con solo 20 años de edad, tomó las armas junto a su padre y hermanos en el motín de Urriola, cuyo fracaso le valió una condena a muerte. Sin embargo, logró escapar de la cárcel y tomar parte de los alzamientos que se produjeron en Illapel y Aconcagua con motivo de la Revolución de 1851. Esta vez, la derrota le significó el primero de sus exilios. Comenzando por la ciudad de San Francisco -en plena ebullición aurífera-, recorrió buena parte de Norteamérica y en 1853 se embarcó con destino a Europa. La nostalgia por su patria y cierta desilusión por la realidad que conoció en las naciones extranjeras, le hicieron regresar al cabo de tres años. Ya en Chile, pronto volvió a la arena política, abogando por las libertades cívicas en incendiarios artículos publicados en La Asamblea Constituyente y participando más tarde en el movimiento revolucionario de 1859 en contra del gobierno de Manuel Montt. Luego de caer preso fue deportado a Inglaterra, junto a los hermanos Manuel Antonio y Guillermo Matta, entre otros. En Europa se sumergió en archivos y bibliotecas de Francia y España, donde recopiló valiosos materiales documentales sobre Chile que posteriormente volcó a su investigaciones históricas. En 1860 se trasladó a Perú: allí enfocó sus estudios a la independencia de esa nación y a la figura de Bernardo O’Higgins, gracias a los valiosos materiales que le facilitó el hijo del prócer. De regreso a Chile, no tardó en reincorporarse a la política nacional. Durante sus veinte años en el Parlamento trabajó con entusiasmo en materias como la educación, las relaciones exteriores, la agricultura y las obras públicas, cosechando un amplio reconocimiento político, pero también agudos detractores. Dedicó especial atención a temas como la inmigración extranjera, la ocupación de la Araucanía y la seguridad ciudadana y, valiéndose de una encendida oratoria, propugnó sus ideas anticlericales y se alzó como adalid del americanismo. En 1872 fue designado Intendente de Santiago, cargo en el cual demostró una capacidad de acción sin parangón, al concretar su obra maestra: la transformación de Santiago. La envergadura e impacto social de las obras realizadas –entre las cuales destacan la remodelación del cerro Santa Lucía, la canalización del río Mapocho, la construcción del Camino de Cintura y la arborización de plazas y avenidas- le granjearon una popularidad tan contundente que su proclamación como candidato a la presidencia para las elecciones de 1875 surgió casi espontáneamente. Sin embargo, las reticencias de algunos de sus propios correligionarios le obligaron a apartarse de los partidos oficiales y a poner en práctica la llamada “Campaña de los pueblos”, basada en el contacto directo con la ciudadanía. Pese al éxito de la campaña, poco tiempo antes de las elecciones Vicuña Mackenna decidió renunciar a la postulación, influido en buena parte por la violenta intervención del gobierno de la época. A partir de entonces, retomó entonces la labor parlamentaria y continuó desarrollando su producción literaria e historiográfica. Su amplia gama de escritos, ensayos, folletos y libros, refleja con elocuente claridad el tenor progresista de sus ideas, la multiplicidad de sus intereses y el talento de su pluma, que legó páginas de valor imperecedero a nuestro patrimonio cultural. En sus últimos años, Vicuña Mackenna se retiró juntó a su esposa y fiel compañera Victoria Subercaseaux a la tranquilidad de su fundo Santa Rosa de Colmo, en Aconcagua. Allí, en el verano de 1886, le sobrevino la muerte, sentida y llorada por todo el pueblo, la clase política y la intelectualidad del país, que le tributaron un último homenaje en una de las exequias públicas más masivas que recuerde la historia nacional. ¿Escritor, ensayista, periodista o historiador? Quizás todas ellas. Sin duda Benjamín Vicuña Mackenna fue uno de los intelectuales más importantes del siglo XIX, con una profusa y multifacética labor literaria que más de algún debate levantó entre sus contemporáneos. No hubo materia que su pluma aguda y espontánea no procurara capturar: historia urbana, episodios bélicos, crónicas de la época colonial, biografías de grandes personajes; la Isla de Juan Fernández, el clima, la fiebre del oro, la medicina. Vicuña Mackenna se sumergió en los archivos para documentar en forma veraz -y a menudo polémica- los hechos de la vida nacional, convirtiéndose en una de las más señeras figuras de las letras chilenas.

[Fuente: Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile]

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