Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Historia del siglo XX [1994]

La obra de Eric John Hobsbawm ha tenido una influencia muy notoria entre los historiadores y los científicos sociales del mundo anglosajón formados desde la década del sesenta. En América Latina, los trabajos de Hobsbawm han dejado una marca no menos persistente. Las razones sin duda están a la mano. Desde fines de los años cincuenta, Hobsbawm publicó un conjunto sorprendentemente vasto de ensayos y trabajos que pronto ganaron la atención no sólo de los historiadores sino también del mundo intelectual de izquierda a ambos lados del Atlántico. El primero de ellos fue “Primitive Rebels”. Aparecido en 1959, “Rebeldes Primitivos” llamó la atención sobre las formas de protesta y rebelión del mundo campesino o preindustrial en contextos sociales de transición al capitalismo. Fue quizá este trabajo, traducido al castellano en 1968, aquel que lo hizo conocido –y discutido– en Latinoamérica, dada la relevancia de las rebeliones “arcaicas” en el clima político y las discusiones intelectuales de esos años en muchas regiones de América del Sur. Hobsbawm continuó la exploración de esta forma de protesta social en “Bandits” (1969). A esta reflexión sobre las formas de protesta y conflicto en sociedades campesinas y preindustriales la antecedía otra preocupación, más clásica, por la historia del trabajo y la clase obrera, que el joven Hobsbawm comenzó a desarrollar con una serie de publicaciones surgidas en la posguerra del ya casi mítico Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico y una tesis doctoral sobre el fabianismo inglés. En los sesenta, esta línea de investigación tomó cuerpo y dio lugar a la compilación de artículos conocida como “Labouring Men” (1964), y a “Captain Swing” (escrito en colaboración con George Rudé, y aparecido en 1969). Ambos agregaron capítulos notables a la historia del movimiento obrero y del mundo del trabajo urbano y rural inglés, abonando, de varias maneras, un campo que iba a ser fuertemente impactado por la publicación de la gran obra de Edward Thompson, “The Making of the English Working Class”. En esos años, Hobsbawm hizo también una contribución mayor a la historia socioeconómica del surgimiento y expansión del capitalismo británico; como visión de conjunto, su “Industry and Empire” (1968) todavía hoy resulta difícilmente superable. Tiempo antes, en 1954, su conocido ensayo sobre la crisis general del siglo XVII ya había incorporado al marxista inglés a la gran discusión sobre la transición del feudalismo al capitalismo. Más recientemente, en los años ochenta, Hobsbawm ha vuelto a hacerse notar por sus contribuciones sobre la “invención de las tradiciones” y sobre las naciones, el nacionalismo y la tradición revolucionaria francesa. Así, pues, a su renombre surgido en el campo de la historia del trabajo y las clases subalternas, Hobsbawm sumó posteriormente, con “The Invention of Tradition” (editado con Terence Ranger en 1983), “Nations and Nationalism since 1780” (1990), y “Echoes of the Marseillaise” (1990), amplio reconocimiento como estudioso de los fenómenos culturales. Una rápida ojeada a esta producción más reciente permite observar como en el curso de tres décadas Hobsbawm ha venido renovando sus preguntas e inquietudes: de la discusión sobre los orígenes y la dinámica del capitalismo, de la interrogación por los procesos de constitución de las clases subalternas y por sus prácticas asociativas y políticas, el historiador inglés ha girado su atención hacia las dimensiones simbólicas de la realidad social, acompañando de este modo una deriva más general de la historiografía mundial. Conviene señalar la peculiaridad de este giro de Hobsbawm, que por momentos se asemeja a una vuelta a sus intereses primeros. Pues a este historiador inglés –al fin y al cabo, un digno hijo de la burguesía ilustrada centroeuropea– el campo de la historia cultural nunca le había sido ajeno. No sólo porque Hobsbawm, todavía como estudiante de grado en Cambridge, había hecho sus primeras armas como comentarista cinematográfico en publicaciones de circulación universitaria; más fundamentalmente, porque había incursionado firmemente desde los cincuenta como crítico e historiador de la música popular. Con el seudónimo de Francis Newton, en esos años Hobsbawm escribió una serie de ensayos sobre jazz –pero también sobre temas que van de la rumba a Bob Dylan– aparecidos en New Statesman, así como su libro The Jazz Scene (1959). Además de todo ello, Hobsbawm es también un historiador del marxismo y un conocedor de la obra de Marx, editor de The History of Marxism y recordado por su renovador prólogo a las Pre Capitalist Economic Formations. Prodigiosamente amplia, escrita con maestría e impecable erudición, la obra de Hobsbawm sin embargo no encuentra su núcleo en este ya de por sí vasto conjunto de trabajos. En cambio, es en sus volúmenes dedicados a la historia general del siglo XIX donde radican tanto su proyecto más ambicioso como sus mayores logros. Y tanto es así que resulta difícil precisar hasta qué punto nuestra comprensión de la historia europea y mundial de la etapa que va de 1789 a 1914 –el “largo” siglo XIX– ha sido moldeada por la formidable trilogía que el comunista inglés publicó a lo largo de un cuarto de siglo. Sus tres volúmenes forman el corazón de lo que Perry Anderson ha calificado como “la más poderosa historia de la modernidad que actualmente poseemos” (1995). The Age of Revolution (1962) interpretó los años que van de 1789 a 1848 como una etapa de revolución social y cambio político, cuyo tema dominante fue la emergencia y el ascenso de la burguesía y los avances del capitalismo como nuevo sistema económico y social. Trece años más tarde, en 1975, Hobsbawm dio a conocer The Age of Capital, que analizaba el desarrollo de esas tendencias en las décadas centrales del siglo, a las que veía signadas por el triunfo silencioso de la burguesía en las principales naciones de Europa. Finalmente, en 1987 apareció The Age of Empire, focalizado en la expansión económica y política de las metrópolis capitalistas lanzadas a la conquista del globo. En su conjunto, la obra de Hobsbawm, en especial su visión del siglo XIX, representa una de las cimas de la escritura histórica de la posguerra. En una época de creciente parcialización del saber, no resulta sencillo encontrar una obra que combine economía, política, sociedad y cultura con la destreza y seguridad que es habitual en los escritos de Eric Hobsbawm. Menos aun, que al mismo tiempo sea capaz de articular un relato cuyo alcance y poderes explicativos sean parangonables a la historia decimonónica narrada por este autor. Siempre atento a la especificidad de cada sociedad, al mismo tiempo que a la totalidad del proceso en cuestión, el relato hobsbawmniano del siglo XIX tiene un tema central y un eje articulador: la historia del capitalismo y de su formidable capacidad para transformar sociedades, de los conflictos y los cambios que su despliegue ha generado. Podría decirse, incluso, que todo el trabajo de Hobsbawm –que recorre el arco que va del siglo XVII al XX– tiene por telón de fondo el problema de los orígenes, desarrollo y expansión del capitalismo como un proceso de cambio social que, de la economía a la cultura, impacta todos las dimensiones de la vida social. Para Hobsbawm, el largo siglo XIX asistió al surgimiento y la expansión en Europa de una civilización basada en la economía capitalista, y en un orden legal y constitucional liberal sobre el que se asentaba un sistema internacional de estados. La burguesía fue su clase típicamente hegemónica; el avance de la ciencia y el conocimiento, del progreso material y moral, su bandera y su objetivo. Por todo ello, para Hobsbawm, el siglo XIX no sólo admite la posibilidad de una historia mundial; el vigor de las tendencias universalizadoras desatadas en los países centrales también la impone como perspectiva general. Hacia fines del siglo XIX, estas fuerzas arrolladoras se hallaban en camino de desplegarse plenamente. En el tono que signa a La era del imperialismo se advierte la serena admiración de Hobsbawm por los logros del mundo decimonónico, capaz de una acumulación formidable de riqueza y saber, de poder y sofisticación técnica. Y esa celebración de la dinámica renovadora de las sociedades construídas por la burguesía, acelerada en las décadas finales del “siglo largo”, puede ser aun más plena para Hobsbawm pues entonces ella se ofrecía como el suelo de un futuro distinto y mejor. Pues al igual que los jóvenes autores del Manifiesto Comunista, en todos sus textos Hobsbawm traza una imagen del siglo XIX que se encuentra pautada por tendencias secularizadoras, igualitarias y progresistas de muy largo alcance, que se hunden en el pasado pero que fundamentalmente apuntan al futuro. Fueron ellas las que dieron lugar a los complejos político-culturales y los grandes movimientos obreros constituídos en la época de la Segunda Internacional, con sus solidaridades clasistas y sus aspiraciones anticapitalistas.

Son precisamente esas promesas de avance en el sentido de un socialismo que, como hijo pleno de la Ilustración, parecía encaminado a recoger la herencia del mundo decimonónico –promesas con las que Hobsbawm una y otra vez se identifica– las que el siglo XX parece haber frustrado de modo radical. Al cerrarse el siglo Hobsbawm no sólo advierte que nuestra época ha terminado por cuestionar severamente la posibilidad de orientar con firmeza las sociedades humanas por el camino de la igualdad. También ha hecho naufragar mucho de lo que el comunista inglés ve valioso en el mundo burgués del siglo XIX. Por todo ello, la historia del siglo XX que nos ha presentado recientemente Hobsbawm no puede ser sino el relato de la caída brutal de una civilización. Como señaló Tony Judt, la historia de lo que Hobsbawm denomina la “Era de los Extremos” es la historia de una época –la que va de la Primera Guerra Mundial al derrumbe del sistema soviético– que ha llevado a su mayor esplendor el potencial material y cultural de progreso social preparado a lo largo de más de un siglo que por muchas razones merece ser calificado de excepcional, y finalmente lo ha desbaratado. Y es que para Hobsbawm no es sólo la desaforada victoria del capital a escala mundial –hoy avanzando sin obstáculos sobre Moscú y Pekín– la que signa este fin de siglo, ni la declinación de los grandes partidos de base y discurso clasistas que fueron los principales mecanismos para transformar hombres y mujeres en ciudadanos o actores políticamente activos en el mundo occidental, ni la defunción de las vanguardias estéticas, o la regresión a una barbarie guerrera que a principios de siglo parecía superada o inimaginable, las que dan la medida de esta tragedia. Es la combinación y la suma de todos estos elementos los que indican la verdadera dimensión de esta caída y esta traición. Por muchas de estas razones, los motivos del pesimismo de Hobsbawm son comprensibles. Pero esta visión sombría no sólo es consecuencia de que el marxista inglés fue testigo de una época que se inició con promesas de progreso y culmina ingresando al siglo XXI a golpes de mercado. Quizá más que ello, también resulta de circunstancias biográficas. Hobsbawm fue y sigue siendo un actor de los dramas de este “siglo veinte corto” que termina con el opacamiento de los ideales a los que consagró su vida de intelectual comunista. Ello se advierte en el hecho de que escribir la historia del siglo XX es para Hobsbawm un proyecto vinculado a su propia biografía (el siglo corto, por otra parte, coincide prácticamente con la vida de este intelectual nacido en Alejandría en 1917, tres años después de que el Archiduque Francisco Fernando muriese asesinado en Sarajevo). Por ello contar la historia de nuestro siglo es, para Hobsbawm, un ejercicio de trabajo –de expansión, de rectificación– sobre su propia memoria política e histórica (y el resultado es, sin duda, su libro más personal y autobiográfico). En distintas ocasiones, el propio Hobsbawm se hace presente en el relato, en instantáneas que muchas veces se vinculan con su vida de militante comunista. Así lo vemos, en una tarde de invierno de 1930, como un alumno de escuela secundaria que en su camino a casa en Berlin es sorprendido por los periódicos que anuncian la llegada de Adolf Hitler a la Cancillería alemana. Más tarde aparece, ya como miembro del Partido Comunista, defendiendo la República en la Guerra Civil Española. Lo hallamos en los años cincuenta, en Moscú, descubriendo con sorpresa que el todopoderoso Stalin se revela, una vez embalsamado, un hombre extremadamente pequeño (menos de 1,6m de estatura). Hobsbawm también se retrata formando parte de las multitudes seducidas por los interminables discursos de Fidel Castro. Aparece, asimismo, junto al lecho de muerte de Oskar Lange, inquieto por la pregunta sobre si hubiese sido posible otro modelo de industrialización en la Unión Soviética, menos brutal, menos indiscriminado, menos costoso en términos de esfuerzos y vidas humanas. Age of Extremes está organizado en tres partes, que periodizan etapas del desarrollo socioeconómico capitalista. Cada una de ellas tiene un tema dominante, y sobre ese fondo se articulan los detalles de un cuadro general que evidencia la amplitud de conocimientos que es típica de todos sus escritos. Al mismo tiempo, a esta estructura tripartita se le sobreimpone una narración centrada en los conflictos político-ideológicos del siglo, que Hobsbawm ve dominada por el enfrentamiento entre capitalismo y comunismo. En la primera parte, llamada la “Era de las Catástrofes”, Hobsbawm analiza un período de guerras, crisis y revoluciones en el que ve derrumbarse el mundo del siglo XIX. Esas tres décadas de inestabilidad se inician con la Primera Guerra Mundial, cuyo origen relaciona con la competencia interimperialista. Sin embargo, Hobsbawm no investiga en profundidad en qué medida la etapa previa prepara ese desenlace, y en cambio prefiere subrayar como las transformaciones que la Guerra desata implican un punto de no retorno respecto de las formas de sociabilidad dominantes en el siglo que entonces ve cerrarse. De este modo, Hobsbawm le quita relevancia a aquellos desarrollos que, como en el caso del nacionalismo decimonónico, en especial el de las clases subalternas, ofrecen una imagen alternativa de la herencia que el siglo moribundo ofrecía al nuevo. A Hobsbawm le interesa señalar el corte por sobre la continuidad. Es por eso que subraya como tras cuatro o cinco años de una carnicería sin igual, la civilización que resurgiría de la guerra no iba a ser la de antes. En primer lugar, porque de allí en más el siglo no puede concebirse disociado de un nuevo tipo de esfuerzo bélico tan central a su historia como cualitativamente distinto de los que el mundo había conocido hasta entonces. Y ello no sólo por la abundancia de los conflictos o las nuevas técnicas de destrucción puestas en juego. También porque de allí en más la guerra total comenzó a golpear con especial dureza a las poblaciones civiles que sostenían el enorme esfuerzo que acarrean los nuevos conflictos. Un primer anticipo de esta nueva situación lo ofrece la prolongada y desgastante Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra debilitó a todos los regímenes políticos, y los imperios continentales se hundieron como consecuencia del esfuerzo que reclamaron de sus súbditos, o como resultado de la derrota. Ello hizo posible que en el más débil y atrasado de ellos, el zarista, la ola de descontento social fuese transformada por Lenin y sus bolcheviques en un régimen alternativo. Para Hobsbswm, este origen signó la historia futura del socialismo en Rusia, y al cabo, en el mundo. Los bolcheviques debieron entonces enfrentar los dilemas de una revolución anticapitalista que reinaba sobre una sociedad diezmada por la guerra, profundamente atrasada y básicamente campesina, y que al mismo tiempo debía competir en un contexto internacional extremadamente hostil. Fueron estos dilemas los que, independientemene de las propuestas político-organizativas provistas por el marxismo, prontamente hicieron que el comunismo soviético tomase la forma de un programa autoritario para modernizar sociedades atrasadas. En el Oeste, la guerra iba a dejar también enormes secuelas. El arreglo de Versalles ofreció una solución inviable al excluir a Alemania de todo papel en el sistema de poder internacional. La Depresión, en parte ligada a las consecuencias del tratado de paz, fue el siguiente golpe asestado sobre unas sociedades que no se habían recuperado de los traumas de la Gran Guerra. La Depresión no sólo quebró a todas las grandes economías capitalistas y al sistema mundial que las ligaba; para Hobsbawm, al mismo tiempo puso en cuestión la supervivencia de la democracia liberal. En aquellos países en los que la depresión se combinó con la crisis de las antiguas clases dominantes y el ascenso de la izquierda organizada, la salida más habitual fue el fascismo. El fascismo resultó entonces una respuesta a los desafíos de una sociedad en profunda crisis económica y social, al mismo tiempo que amenazada por un movimiento obrero de izquierda poderoso aunque incapaz de hacerse con el poder (como se advierte, Japón y España, entre otros, no ingresan dentro de la categoría, y Hobsbawm prefiere describirlos como regímenes autoritarios). Afirmando una interpretación ya clásica, Hobsbawm ve al fascismo como una reacción a un avance de la izquierda, y por ello sostiene que el mismo encontró su núcleo en la movilización de los sectores medios; si destaca su pertenencia a la era de la política de masas, prefiere en cambio exculpar a las clases populares de toda identificación estricta con el fenómeno en cuestión. Tras consolidarse internamente y restablecerse de los efectos más dramáticos de la Depresión, los regímenes fascistas y su coro de aliados se lanzaron a una política expansionista que iba a culminar en la Segunda Guerra. Este gran enfrentamiento es considerado por Hobsbawm como el momento decisivo en la historia política del siglo XX. En esos años el enfrentamiento entre capitalismo y comunismo permaneció en un segundo plano, ya que entonces se jugó la suerte de estos dos regímenes que prefiere calificar como hijos de la Ilustración, en abierta batalla contra las fuerzas del fascismo. Por ello, Hobsbawm describe el conflicto como una gran guerra civil a escala internacional, y ello lo obliga a asordinar los componentes nacionales de la resistencia antifascista y de la alianza que finalmente iba a vencer a las fuerzas del Eje. Paradójicamente, la economía soviética lanzada pocos lustros antes al proceso de industrialización planificada, iba a ser la clave de la derrota de Hitler, y con ella, del reverdecimiento de las democracias liberales occidentales. Pues no sólo el Ejercito Rojo, tras detener a las fuerzas alemanas, avanzó de triunfo en triunfo desde Stalingrado hasta Berlin. La experiencia de la economía planificada que estaba sosteniendo materialmente ese avance ofreció inspiración para la planificación indicativa que se colocó en la base de los acuerdos sociales forjados en todo Occidente en la inmediata posguerra. Asimismo, el temor a un avance comunista en una situación de depresión similar a la que sucedió a la Primera Guerra, proveyó incentivos para que el capitalismo se reformara sobre estas líneas socialmente inclusivas. Ya se ha señalado como Hobsbawm ofrece una explicación en clave social del autoritarismo del modelo soviético, sin vincularlo con el sistema de creencias que se convirtió en ideología oficial de los estados socialistas. Pero Hobsbawm no sólo intenta una recuperación de la tradición de la Segunda Internacional. Asimismo, instala la experiencia soviética como un elemento positivo en la historia del Occidente capitalista. En primer lugar porque enfatiza el papel de los partidos comunistas y el Ejército Rojo en la resistencia y luego en la derrota del fascismo. En segundo lugar, porque sostiene que las grandes reformas de las sociedades capitalistas en la posguerra debieron mucho a los estímulos provenientes de la competencia entre sistemas sociales rivales. Este es un punto especialmente debatible, ya que otros factores – de la economía keynesiana a las experiencias fascistas – podrían argumentarse convincentemente como alicientes igualmente poderosos para tales cambios. Esta evaluación de la experiencia comunista está en las antípodas de la ofrecida –también recientemente– por Francois Furet en Le passe d’ une ilussion (FURET, 1995). Mientras que Hobsbawm prefiere enmarcar esta experiencia en la matriz “progresoreacción”, Furet la coloca, junto a la fascista, como los dos grandes enemigos del mundo liberal y democrático. Si el debate entre estas dos posiciones no tiene visos de cerrarse, al menos puede decirse que ninguna de ellas parece en condiciones de captar la complejidad de esas décadas vertiginosas. Pero sin duda con su argumento Hobsbawm encuentra, póstumamente, un sentido insospechado a la experiencia soviética. En todo caso, tras la Segunda Guerra un capitalismo muy cambiado y con una enorme capacidad de crecimiento y expansión dio lugar a la “Edad de Oro” del siglo, que comprende las décadas que van de la finalización del conflicto a la crisis de comienzos de los años setenta. Hobsbawm es bastante parco para indicar las razones de este gran despegue, y prefiere describir como esos años asistieron a transformaciones espectaculares tanto en los países centrales como en la periferia del mundo capitalista. En el centro, las economías desarrolladas, empujadas por la norteamericana, ingresaron desde comienzos de los años cincuenta en una etapa de abundancia y prosperidad nunca antes imaginada, en la que el estado de bienestar apuntalaba al mismo tiempo el proceso de acumulación y la distribución de sus frutos. Es importante señalar que las consecuencias sociales y culturales de esa transformación son decisivas para Hobsbawm, pues a la larga iban a minar las bases sobre las que se asentaba la cohesión política de las clases subalternas, debilitando por tanto aquel factor que en el pasado había sido la principal fuerza de cambio social en Occidente. En esos años, la declinación de las viejas potencias imperialistas en la periferia apuró el proceso de descolonización, también fomentado por la Unión Soviética y los Estados Unidos, que anhelaban sumar nuevos reclutas a sus áreas de influencia. Un nuevo sistema de estados nominalmente soberanos surgió en Asia y Africa. Muchos de ellos buscaron inspiración en las recetas moscovitas de industrialización y desarrollo, que eran, según Hobsbawm, el principal atractivo que el sistema socialista entonces podía ofrecer a lo que comenzaba a llamarse el Tercer Mundo. Gracias a ellas, o a otras provistas por las economías capitalistas, estas décadas también allí fueron de sostenido cambio. En sociedades hasta entonces agrarias, una transformación cualitativa de la economía puso fin al destino campesino o agrícola que habían mantenido por varios miles de años, incluso después de los avances en la mercantilización de la producción agrícola, la fuerza de trabajo o la tierra experimentados en la previa era de expansión imperial. La Guerra Fría que ensombreció la posguerra tuvo su principal escenario en este terreno recientemente sumado al mundo de los estados soberanos. En Europa, en cambio, Hobsbawm advierte un acuerdo tácito que respetaba las líneas trazadas al finalizar la Segunda Guerra Mundial entre las fuerzas de la Unión Soviética y sus satélites y la alianza liderada por Estados Unidos. Según Hobsbawm, a pesar de la encendida retórica de los contendientes – en especial la apocalíptica que dominó al estado norteamericano – los dos aceptaron prontamente que el poder nuclear sólo admitía la coexistencia relativamente pacífica de los sistemas rivales. Esta situación, aunque recalentada por los conflictos de los años setenta – en Centroamérica, en Afganistán – no iba a ser modificada sino por la inesperada debacle del sistema soviético. La caída de la Unión Soviética es vista por Hobsbawm como un resultado de las dilemas que enfrentaron los reformistas soviéticos cuando se decidieron a iniciar una política destinada a superar el estancamiento de las economías planificadas, que a fines de los años sesenta ya se había tornado evidente. Pues la política de glasnost puesta en marcha por Gorvachev minó la autoridad de la burocracia del estado/partido, el único actor que, a falta de una verdadera sociedad civil, tenía capacidad para liderar y conducir la perestroika que debía vigorizar la vida soviética. El resultado fue la destrucción de los viejos mecanismos que hacían funcionar a la economía y la sociedad, sin que hubiese alternativa alguna para reemplazarlos. Cuando el estado soviético entró en crisis, toda su sistema de estados aliados y clientes se quebró sin mayor resistencia. Salvo en Polonia, donde desde comienzos de los años ochenta había surgido una oposición obrera y católica al régimen, en el resto del hinterland soviético los regímenes comunistas se desarmaron sin que enfrentasen desafío organizado alguno. La lección que saca Hobsbawm de los sucesos del Este no ofrece el optimismo de quienes vieron allí un triunfo de la libertad sobre el despotismo, mucho menos de quienes consideraron esa ocasión como una oportunidad para reunir al socialismo con la democracia. La disolución de esos regímenes, que se desfondaron sin fuerte oposición interna, refuerza su idea sobre el carácter limitado de los cambios que sufrieron las sociedades sobre las que reinó la burocracia socialista, así como para argumentar la debilidad de la implantación de las ideologías socialistas oficiales. El fin de un conjunto de estados nominalmente socialistas cierra el gran conflicto que, salvo en los años de la amenaza fascista, estuvo en el centro de la historia política del siglo. Pero hoy Hobsbawm advierte que el final de esta historia era previsible. Vistas en perspectiva, las circunstancias que dieron lugar al surgimiento del fascismo –la serie de calamidades de la “Era de las Catástrofes”, en especial la Gran Guerra y la Depresión Mundial– fueron para Hobsbawm las mismas que hicieron que un sistema social nacido en una periferia atrasada del mundo capitalista pudiese aparecer como una alternativa sustancial a ese orden, ya que le dieron una proyección desproporcionada al poder de los estados socialistas. Una vez que el capitalismo se recuperase –como sucedió en los años de la posguerra– esta situación de competencia no estaba destinada a durar, pues uno de los rivales era indudablemente más poderoso que el otro. Cuando entre esos estados socialistas hoy sólo cuenta la China comunista que, bajo el liderazgo de Deng, decidió abrirse a las fuerzas de una expansión capitalista firmemente controlada por un estado nada dispuesto a tolerar disidencias (en términos de Age of Extremes, una especie de perestroika sin glasnost), todo parece indicar que es la dinámica interna de las sociedades occidentales la que signará la suerte de las décadas por venir. Y es en estas sociedades que han vivido con el boom de la posguerra la etapa de prosperidad más formidable de toda su historia donde las dos últimas décadas –lo que Hobsbawm llama “El Derrumbamiento”– han dado signos que no alientan su optimismo. Desde comienzos de los años setenta la economía mundial no ha conocido crisis como la del ’30, pero parece claro que los mecanismos que la habían hecho crecer de modo armonioso han dejado de funcionar aceitadamente. Los estados nacionales, por su parte, se debilitan, o reformulan los acuerdos sociales de la posguerra. Hoy día, el desempleo y la mendicidad forman otra vez parte del paisaje urbano en cualquier ciudad del occidente desarrollado. Quizá más importante, mientras duró, el sorprendente éxito de los años dorados minó las bases de las solidaridades clasistas que habían actuado hasta ese momento como el principal estímulo para el cambio social: la vieja clase obrera viene perdiendo peso entre los sectores subalternos, las instituciones y tradiciones sobre las que se asentaba su poder se han opacado, minadas por la prosperidad y las tendencias privatizadoras de las sociedades de consumo. Llegado a este punto, Hobsbawm es extremadamente escéptico respecto del potencial de las nuevas fuerzas surgidas de ese ocaso – en especial, del estudiantado y el feminismo – y muy crítico de todas las formas de contestación social nacidas desde los años sesenta. Considerado en perspectiva, el pesimismo de Hobsbawm se sustenta fuertemente en dos afirmaciones cruciales. Por una parte, que la caída de la Unión Soviética debe evaluarse en términos negativos. Este derrumbe contribuye no sólo a la debacle de la economía y la sociedad soviéticas; también desorganiza el sistema de poder mundial, con perceptibles efectos en Europa Oriental, Asia y Oriente Medio. Hay que tener en cuenta que Hobsbawm hace un esfuerzo por señalar que esta caída se produce después de finalizada la Segunda Guerra Fría (un suceso que ve, por cierto, como una iniciativa unilateral de Gorvachev). Por otra parte, Hobsbawm afirma que la dinámica del capitalismo ha adquirido una forma ecológicamente más destructiva y socialmente más excluyente que en el pasado, y – quizá peor– incontrolable. Es esta dinámica la que es capaz de infligir severos e irreparables daños en la sociedad, en el medio ambiente. Por cierto, el colapso repentino de la Unión Soviética y la ausencia de alternativas consistentes a un orden capitalista fuera de control parecen sostener la idea de que una etapa se ha cerrado en la historia del mundo. Y con ello resulta posible volcarse hacia los enfrentamientos y los conflictos de un pasado que hasta hace poco era parte del presente con la sensación de que pertenecen a una época que ya no es totalmente la nuestra. Es esta distancia que no se mide sólo en años la que ahora permite reabrir la pregunta sobre la verdadera clave de nuestra época, y Hobsbawm por momentos ofrece una respuesta desconsoladora, que reconoce en los enfrentamientos sociopolíticos que hicieron vibrar al siglo algo similar a las guerras religiosas medievales. Si es que el conflicto entre sistemas ideológicos rivales no fue más que un conjunto de batallas navales en un vaso de agua, la historia sustancial de nuestra era se ubica en un movimiento de larga duración en el que Hobsbawm destaca el triunfo de la sociedad industrial sobre la agricultura primitiva y el mundo campesino, la explosión demográfica del Tercer Mundo, los cambios en la estructura familiar, entre los sexos y las generaciones. ¿Es esta una victoria inesperada de un modo de considerar la historia en un tiempo identificado con una estación en la deriva de la Escuela de Annales? Por muy decisivas que resulten, estas transformaciones – producidas en lo que Goran Therborn ha llamado el nivel de la “geología social”(1995), no ocupan el centro de la atención de Hobsbawm. Más bien hacen las veces de telón de fondo y de producto de un proceso histórico ritmado por la combinación de movimientos estructurales y acciones colectivas. Y es desde esta matriz interpretativa que, al revisar la marcha del siglo, a Hobsbawm le resulta difícil hallar en las últimas décadas aquellas perspectivas esperanzadoras que algunos de sus comentaristas, incluso dentro de la tradición de izquierda, encuentran más fácilmente. Como resulta esperable, entre estos últimos se cuentan quienes prefieren otorgar menor relevancia a las características de los procesos de acumulación y a las dimensiones clasistas que siguen siendo tan centrales para Hobsbawm (aunque en Age of Extremes, los primeros ocupan un lugar más destacado que las últimas). Edward Said se halla entre los que han llevado adelante una crítica de este tipo, valorando de muy otro modo los cambios en las actitudes populares desde los años sesenta, enfatizando la autonomía de los procesos sociales en el Tercer Mundo respecto de las fuerzas sociopolíticas de los países centrales, señalando el carácter eminentemente discursivo de las identidades constituídas a lo largo de esta historia (SAID, 1995, p.22-23). Por momentos, la evaluación de uno y otro no puede ser más opuesta. Así, por ejemplo, donde Hobsbawm ve que la “revolución cultural” de la segunda posguerra remata en el triunfo del individuo sobre la sociedad, el autor de Culture and Imperialism advierte en cambio que, al despertar toda una serie de transformaciones en la subjetividad, ella ofrece una renovada fuente de recursos para el cambio social. En alguna medida, la diferencia entre conclusiones como las de Hobsbawm y Said radica en las distintas evaluaciones que cada uno de ellos hace de los núcleos duros que remiten al marxismo clásico. En otro sentido, las críticas del intelectual palestino indican que las trayectorias y los compromisos políticos e intelectuales de uno y otro inciden fuertemente en sus consideraciones sobre el momento actual. Por cierto, esta última línea de reflexión nos alerta sobre cómo la mirada de este comunista de toda la vida se identifica con la suerte del proyecto político-institucional que, con la crisis del sistema de estados que lo sostuvo, hoy aparece fenecido, y sobre como ello no puede dejar de pesar en su visión del presente y el futuro.Teniendo este pesimismo en mente es posible argumentar que el contraste entre la era dorada y el derrumbe que la sucede aparece sobreenfatizado en Age of Extremes. Y ello no sólo porque Hobsbawm tiende a destacar y generalizar las transformaciones producidas entre 1945 y 1973. También porque presta escasa atención a aquellas señales que evidencian tendencias expansivas en las décadas que suceden a 1973. Entre estas sobresale el formidable desarrollo, económico pero también social, del Oriente. ¿O es que el sorprendente crecimiento de las economías del Sudeste Asiático y el desplazamiento del centro de la economía mundial del Atlántico al Pacífico no ofrece un panorama distinto al de un derrumbamiento en todos los frentes? ¿O es que el incremento en los estándares de vida que de él resulta no indica perspectivas que contrastan con el empobrecimiento y la declinación del sistema soviético, Africa o América Latina? Y no se trata sólo, por cierto, de las nuevas potencias industriales que comenzaron a crecer aceleradamente en los años setenta, como Corea y Taiwan. Se trata también de los países que se han incorporado más tarde a esa dinámica de crecimiento, que entre todos suman unos 2.000 millones de habitantes. China crece a una tasa anual acumulativa del 10% desde hace quince años; en los últimos diez años, ha logrado duplicar –aunque no sin acusadas desigualdades– el ingreso per cápita de su población. Menos espectacular, pero también digno de atención, es lo que sucede en Indonesia, Malasia y la India. Dicho sea de paso, es en la consideración del Oriente –y en menor medida de los Estados Unidos– donde se encuentra el único punto en el que esta historia del siglo queda corta respecto del fin del eurocentrismo que Hobsbawm anuncia como una marca distintiva del siglo. Con relación a otras áreas como el Oriente Medio, la India, América Latina o Africa, y más allá de las esperables críticas del especialista de cada una de estas regiones, ese objetivo se cumple admirablemente. Al contrastarla con comentarios como el de Said, también se advierte que esa diferencia en las miradas tiene otro origen. Resulta asimismo de las dificultades de Hobsbawm para pensar todo aquello que no parece encuadrarse facilmente dentro de la perspectiva que ofrece la veta racional y progresista que según él recorre la historia occidental, marcando a los actores con los que se identifica, en especial a su clase obrera. En este como en otros textos, Hobsbawm se muestra reacio a entender resultados no previstos dentro de ese patrón de comportamiento, que nuestro siglo ofrece en cantidades abundantes. El impacto de ideologías no específicamente clasistas en las clases populares, en especial del nacionalismo, es uno de ellos. A lo largo de Age of Extremes – al tratar los orígenes de la Primera Guerra Mundial, el ascenso del fascismo o la movilización desatada por la Segunda Guerra Mundial – Hobsbawm lidia no sin dificultad con el punto. Ello resulta de una visión por momentos unilateral del siglo XIX. Pero sin duda el problema mayor es que estas limitaciones para interpretar el siglo XIX se traducen en dificultades para evaluar su complejo legado al siglo XX. El resultado es que, al comparar las dos épocas, Hobsbawm tiende a exagerar el contraste entre uno y otro momento. Ello no sólo ofrece argumentos al pesimismo del autor inglés. Quizá más importante, con ello se debilita su explicación de los motivos que revirtieron las fuerzas que, aunque parecían mover unidireccionalmente al siglo XIX, se opacaron brusca e inesperadamente en el XX. Se advierte aquí no sólo uno de los aspectos más discutibles de Age of Extremes, sino también uno de los mayores límites del enfoque de Hobsbawm. Estos límites, sin embargo, merecen ser situados. Vale la pena advertir que, más allá de sus dificultades para dar cuenta de ciertos procesos que desafían su visión secular y progresista, la preferencia de Hobsbawm por formas de pensar la historia hoy vistas como poco novedosas debiera evaluarse con atención. Por una parte, es claro que la riqueza de la reflexión de Hobsbawm no es sólo producto de su marxismo, que sigue bajo la marca de perspectivas teóricas tenidas hace tiempo por poco innovadoras incluso dentro de la tradición intelectual de la izquierda británica (SAMUEL Y JONES, 1994, p.X); lo es también de su conocimiento olímpico, de su siempre imaginativa y amplia curiosidad histórica, de su destreza para la generalización, de su agudeza para destacar el detalle sugestivo. Todas estas capacidades muy bien pueden desarrollarse en el marco de otras tradiciones de investigación. Pero en todo caso, resulta destacable que haya sido en el marco de un pensamiento matrizado por perspectivas que señalan la globalidad y unidad de lo social, y las dimensiones estructurales y fuertemente determinadas de los procesos históricos, que Hobsbawm haya logrado producir la mejor síntesis de nuestro siglo de que por ahora disponemos. Y si es que la problemática de una historia mundial todavía conserva su legitimidad y su vigencia, poco parece indicar que el rechazo de perspectivas como la de Hobsbawm resulte capaz de ofrecer, a cambio, una propuesta alternativa para interpretar los problemas generales de nuestro siglo XX. El impacto de la reestructuración capitalista en curso, tanto en las metrópolis como en las periferias, por ejemplo, parece indicar la justeza de aquellas afirmaciones que destacan la unidad de este proceso, así como su centralidad para moldear los destinos colectivos. Más en general, resulta difícil pensar en otros principios capaces de articular una narrativa cuyo alcance explicativo resulte igualmente amplio y convincente. Aun cuando se discrepe con la visión pesimista que Hobsbawm hace suya, el historiador inglés no parece no haber errado al afirmar que el siglo XX, a su modo, también está pautado por la expansión de la sociedad capitalista, y por las transformaciones y conflictos que su avance ha generado. En todo caso, y más allá de las limitaciones del magnífico Age of Extremes, una cosa es segura: Hobsbawm ha colocado la discusión sobre el sentido de nuestra época en una posición bien elevada. Es de esperar que quienes se internen en su espesura lo hagan con la inquietud y la amplitud de miras que signa la trayectoria de este historiador que sigue haciendo del pasado un instrumento de comprensión del presente.

[Roy HORA. “Hobsbawm y el siglo XX. A propósito de Age of Extremes”, in Revista de História (São Paulo), nº 138,  julio de 1998, pp. 119-130]

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✍ Naciones y nacionalismo desde 1780. Programa, mito, realidad [1990]

Éste es el nuevo libro del historiador más respetado de la Gran Bretaña. Se trata de un texto crítico sobre la trayectoria histórica del nacionalismo. El lector no encontrará explicaciones elaboradas o conclusiones parciales sobre un problema específico, sino más bien, enfrentará un cúmulo de información erudita sobre una gran variedad de temas relacionados con el nacionalismo en diferentes ámbitos geográficos y culturales. Esto no significa, claro está, que recibiremos una avalancha de datos históricos. De hecho, Eric Hobsbawn se sirve del campo de su dominio, la historia, para demostrar que la nación es un fenómeno moderno, resultado de una ideología liberal y que su desarrollo evolutivo no ha dependido de criterios culturales, lingüísticos, étnicos o de pasado colectivo. Son criterios económicos y políticos las causas de su surgimiento y desarrollo. Este punto de vista puede ser familiar para muchos lectores. Sin embargo, la razón principal para revalorar esta perspectiva es la de dar nueva luz a la reciente discusión sobre la antigüedad o modernidad de las naciones, su existencia en la antigüedad o su vigencia moderna con irrelevante sentido del pasado: un debate que divide a los teóricos del nacionalismo en “modernistas” e “histórico-culturalistas”. Cabe aclarar que Hobsbawn, sin pretender ser un teórico de los problemas del nacionalismo, se identifica con los primeros. El libro da comienzo con lo que se ha convertido en una sección obligada de la mayoría de textos sobre nacionalismo: comentar sobre la profusión de literatura de carácter monográfico y con menor frecuencia teórica. Es útil para el lector conocer cuáles son algunas de las fuentes de inspiración de Hobsbawn y los libros que considera han hecho contribuciones significativas al estudio de esta área, aunque no necesariamente coincida con ellos en lo principal. Su lista se compone de ciertos libros de los autores siguientes: Mirolav Hroch (1985), Benedict Anderson (1983), J. Amstrong (1982), J. Breuilly (1982), John Cole y Eric Wolf (1974), J. Fishman (1968), E. Gellner (1983), A. D. Smith (1983), Jeno Szücs (1981), Charles Tilly (1975) y, por supuesto, su propio “The invention of tradition” (1983) editado con Terence Ranger. Una sección ligada a la anterior es la revisión crítica del autor sobre los usos y significados de los conceptos “nación” y “nacionalismo”. También recupera de cierto modo la vieja polémica marxista sobre la existencia de criterios objetivos y subjetivos que conforman el concepto “nación”. Como la mayoría de los estudiosos de este campo, está de acuerdo en que el concepto en cuestión no es una simple suma de factores (e.g., lengua, cultura, territorio, economía) sino que su definición contiene dos ideas previamente elaboradas por dos teóricos contemporáneos, a saber: Benedict Anderson y Ernst Gellner. Del primero recupera la muy atractiva noción de “comunidad imaginaria” (imagined community) y, del segundo, la importancia de los elementos “artefacto” (artificialidad) “invención” e “ingeniería social” en la fabricación de nociones. Aunque no ofrece una definición precisa y original de lo que entiende por nación, más allá de la asociación con la idea de la comunidad imaginaria, el autor hará énfasis a lo largo del libro en los siguientes aspectos: la nación es una categoría moderna que contiene el principio de que existe una congruencia entre el gobierno y los gobernados; es resultado de un desarrollo económico y tecnológico (e.g. imposición de un lenguaje oficial, sistema de educación estatal, comunicación de masas) y, por lo tanto, debe analizarse bajo las siguientes condiciones objetivas: desarrollo político, técnico, administrativo y económico. Con respecto a su entendimiento sobre la relación entre nacionalismo y nación sostiene: las naciones no hacen a los estados y al nacionalismo. Por el contrario, los estados y el nacionalismo fabrican o inventan las naciones. La importancia de esta implicación debe entenderse en el contexto de la problematización teórica antes mencionada: la modernidad o antigüedad de las naciones. Así, se inclina por las definiciones de carácter objetivo, dando poca importancia a las definiciones que involucran la dimensión cultural, lingüística o la existencia de un pasado compartido, conocido actualmente como el pasado étnico de las naciones […]

[Natividad GUTIÉRREZ CHONG. “Reseña” (fragmento), in Estudios sociológicos, vol. IX, nº 26, 1991]

✍ Los ecos de la Marsellesa [1990]

Los historiadores británicos y norteamericanos han desempeñado un papel capital en la reinterpretación historiográfica de la Revolución Francesa, ya desde los trabajos pioneros de Alfred Cobban con los que empezó a impugnar “The Myth of the French Revolution”, según el título de su libro de 1955. No obstante, la participación anglosajona en la «polémica revisionista» de los últimos años, la que ha tenido como campeones de los dos principales campos contendientes a François Furet y a Michel Vovelle, no ha sido directa ni activa. La polémica no habría sido posible sin los trabajos iconoclastas y libres de prejuicios aportados por los historiadores de lengua inglesa, quienes, no obstante, han preferido, por lo general, no mezclarse discusiones sostenidas preferentemente en francés. Entre las excepciones se cuenta este libro de Eric Hobsbawm quien decidió echar su cuarto a espadas en defensa de la vieja tradición movido por una poco flemática “irritación” y, según confesión propia, bajo los efectos de una inusual adrenalinemia motivada por la lectura de las últimas aportaciones revisionistas francesas. Por ello, sin incurrir, ni de lejos, en la ofuscación, sí se deja ver cierta merma de ecuanimidad, por ejemplo, al caracterizar a un colega de “reaccionario” o, algo más serio, al acusar a Cobban de haber truncado la carrera de Rudé en Inglaterra a raíz de una denuncia política, episodio que nunca ocurrió en los términos simplistas y maniqueos en que aquí se insinúa. Tres cuestiones fundamentales aborda Hobsbawm en estas páginas de tan vehemente origen: la debatida cuestión de la Revolución Francesa como modelo de “revolución burguesa”, su capacidad para inspirar a los artífices de la “revolución proletaria” y las diferencias en cuanto a los condicionamientos ideológicos y académicos que han enmarcado la celebración de su bicentenario y los que enmarcaron el centenario. De las tres, es la primera la de mayor contenido e interés. El modelo tanto tiempo dominante de la Revolución Francesa como expresión politica del tránsito del “feudalismo” al capitalismo determinado por un desarrollo secular de las fuerzas productivas insostenible ya con las relaciones de producción tradicionales, como enfrentamiento entre una clase de comerciantes a gran escala y propietarios industriales armados de los principios de igualdad política y libertad económica, por un lado, y una nobleza terrateniente aferrada al privilegio, por otro, ha perdido toda capacidad explicativa. Hobsbawm se detiene en recordar que el origen de esta interpretación, que el marxismo haría suya y perfeccionaría, se halla en historiadores liberales franceses muy próximos a los acontecimientos, como Thierry o Guizot; pero no señala (quizá por considerarlo obvio) que la concepción de la Revolución Francesa como modelo de revolución burguesa no habría sido posible sin la díaléctica hegeliana cómo método para explicar el cambio y su adaptación materialista por Marx, con la lucha de clases como motor. Es cierto que en los escritos de Marx y Engels no es posible encontrar un desarrollo sistemático del concepto “revolución burguesa”, ni tampoco un análisis histórico de la Revolución de 1789, pero las referencias aisladas y el contexto general (por ejemplo, en la primera parte del “Manifiesto Comunista”) bastan sin duda para fundamentar el modelo “Revolución Francesa=revolución burguesa”. Ese paradigma presupone tanto un orden feudal que no existía ya en 1789 como una clase burguesa políticamente consistente y enfrentada a la aristocracia en la defensa de los principios y valores del capitalismo. La investigación histórica de los últimos años ha ido desmantelando presupuestos que estaban en contradicción con los hechos: aristócratas y componentes de los estratos superiores del Tercer estado no formaban grupos sociales armónicos, sino una misma elite con iguales preferencias y actividades, e intereses más acordes que contrapuestos: la oposición a los derechos señoriales (lo más tangible que del “feudalismo” pudiera quedar) provino del campesinado, y no de los sectores pretendidamente burgueses: el desarrollo de la economía sobre base capitalista, lejos de acelerarse, se retrasó durante décadas con el triunfo de la Revolución. Y, sobre todo, la burguesía, entendida en el sentido rigurosamente marxista, esto es, clase propietaria de los medios de producción que emplea trabajo asalariado apropiándose de la plusvalía, era un grupo enormemente reducido y sin protagonismo en el proceso revolucionario. Quienes lo dirigieron eran hombres de leyes y funcionarios de la antigua administración: la revolución burguesa habría sido, así, obra de abogados y publicistas sin ninguna conexión con el mundo de la producción y los negocios. Como son esos hechos que no es posible ignorar, Hobsbawm, quien nunca ha abusado del término “revolución burguesa”, defiende el concepto hablando de “una revolución de la clase media” en la que la burguesía parece disolverse. En el vocabulario marxiano son términos bien diferenciados, correspondiendo “clase media” a la compleja categoría de “pequeña burguesía” (“Mittelstand”, “Kleinbourgeoisie”), con lo que su uso plantea problemas adicionales sin resolver el de fondo, pero es suficientemente expresivo de lo inconsistente del viejo esquema y valiéndose de esa expresión Hobsbawm viene a dar la razón en un asunto clave al revisionismo que quería combatir.

[Demetrio CASTRO. “En busca de los burgueses perdidos”, in ABC Literario, 9 de abril de 1993, p. 13]

✍ The Jazz Scene [1959]

A great deal of jazz writing is partisan, purist and pretentious. This can be seen in the sleeve notes as well as in the critical journals although the partisanship is common to both fans and critics. The claim has sometimes been that jazz is exclusively a negro music, more often the argument is about the various schools. Each has its defenders. Some would push the classic period back as far as the pre-Armstrong—King Oliver band. When I first became interested the leading Melody Maker critic wrote about the Golden Age of Nichols, Lang and Venuti. Today the great schism is Traditional/Modern. Just how damaging this is can be appreciated by a reference to the two Penguin books, Jazz by Rex Harris, and Recorded Jazz by Harris and Brian Rust. In the latter, not only is there no reference to Parker, Christian or Monk, but Ottilie Patterson is in and Billie Holliday out! The pretentiousness stems from a desire to give jazz standing. There is the eager snatching at any morsel of praise from respected legitimate musicians, the quotations from Ezra Pound, the maze of footnotes and the references to Cocteau, Horowitz, Cortot and Callas (this list from an article on Billie Holliday in the current Jazz Monthly). A good style is aimed at and something heavily old-fashioned and pompous is usually achieved. Francis Newton’s book, “The Jazz Scene”, is free from these faults. His approach to the schools is cool. His claims for the music are sensibly modest. The writing is lucid. These are not merely negative virtues. The intense partisanship of much jazz writing has led to a romantic picture of the growth of jazz and a glamourised presentation of the musicians as disinterested artists fighting against commercialism. For, whatever their other disputes, there is general agreement among the critics that commercialism corrupts. This has driven many writers to explain the development of jazz exclusively in terms of its own inner logic. It is the particular merit of Mr. Newton’s book that it opens out the discussion to include the relationship of jazz to popular music and commercial exploitation and to the publics for the music. He reveals the relationship as complex and many-sided. The book includes sections on popular music, the jazz business and the fans, but the wider approach also informs the more orthodox sections on the development of jazz. “Jazz,” says Mr. Newton, “originally an urban folk music, therefore simultaneously developed towards commercial pop music, and towards a special kind of music for musicians, i.e. the embryo of art music.” He sees one of its merits as “proving that genuine music, even in the Twentieth Century, can avoid both the blind alleys of commercial pop music, which establishes its rapport with the public at the expense of art, and avant-garde art—music which develops its art at the expense of cutting itself off from all but a chosen public of experts.” The first two sections of the book describe in excellently condensed form the growth and character of jazz. Jazzmen are professional entertainers and the idea of amateurism is firmly dealt with. “But for the entertainment industry Bessie Smith might merely be a memory for a limited number of elderly negroes who had seen her on tour, and a handful of whites who had happened to take in a show in the deep south.” Particularly good are the passages dealing with jazz and the pop world. The role of jazz in providing the source material for Tin Pan Alley’s product—from the cakewalks and rags to rock and roll—is noted, but so also is the extent to which the relationship runs both ways. Pop songs have become jazz “standards” and some jazz instrumentation and devices have derived from the pop dance band. “A good deal of jazz is essentially the product of the cross between earlier jazz and Tin Pan Alley. In a word, there is no sharp dividing line between the two, except in the minds of the doctrinaries.” Other non-musical factors which have helped to shape jazz development are treated, the role of the white specialist public in creating the New Orleans revival or the element of social protest in the bop movement. On the movement which produced “bop” and “cool” jazz, Newton writes that it was a “more deliberate musical break” (i.e. than the earlier development of jazz out of folk music). This may be true, and part of it may be described in terms of the musicians’ reaction against the standardised playing of the big bands. This is to give the modern movement the same genesis as the New Orleans Revival. But the new style of playing did not come out of thin air. “Though nobody predicted it at the time, we can now see that ‘modern’ jazz developed logically out of the middle period.” This makes the middle period particularly significant and one would like to have seen it receiving a fuller treatment. Middle period musicians like Lester Young are obviously important and Mr. Newton traces the tradition further back to the playing of the New York white school of Nichols and Trambauer. This is the sort of hint it would have been useful to follow up. It is not enough to say that the middle period was the period of big bands, because alongside the growth of swing and the Kansas City style there were small permanent outfits such as the John Kirby band and many pick-up groups of coloured musicians playing very hot jazz. Indeed, apart from its historical interest, the period of the late thirties and early forties provided some of the best jazz on record. It is odd that this did not receive more mention as one of the outstanding sessions with Pete Brown, Albert Casey, James P. Johnson and others was led by the original Francis Newton. (This magnificent session which produced “Who” and “Rompin'” was one of the late Lester Young’s favourite recordings and was dismissed by Rex Harris as “very commercial”.) There is, in fact, no absolutely “clean break”. Indeed in some respects the modern movement represents a return to more fundamental jazz sources—this is true, for example, of jazz drumming. Jazz in society is the subject of The Jazz Scene and a world larger than that of jazz is illuminated. The banjo player Johnny St. Cyr is quoted: “You see the average working man is very musical. Playing music for him is just relaxing. . . . The more enthusiastic his audience is, why, the more spirit the working man’s got to play.” Mr. Newton comments: “If we need an illustration of the sort of art, and the sort of relation between art and the people, of which William Morris dreamed (‘an art made by the people for the people as a joy for the maker and the user’) we might do worse than this. It is a good deal. It is demonstrably from the reality of the arts in our Western urban and industrial society, and the chances are that every decade by industrialising and standardising the production of mass entertainment, shifts it farther away. How are we to restore the arts to their proper place in life, and to bring out the creative capacities in all of us? I do not claim that jazz holds the answer; indeed, much of it has gone down one or other of the blind alleys which bedevil the arts in our world: either into commercialised pop music or into esoteric art music. But the history of jazz, that remarkable noise from the Mississippi Delta which has, without benefit of patronage or advertising campaigns, conquered an astonishing range of geographical and social territory, can supply some of the material for an answer.” The development of jazz parallels that of the cinema. Both have grown up in the lifetime of people now only in their late middle-age. Both have developed art forms within commercial and popular entertainment. Their audience comes largely from the same age range (16-24) and a somewhat similar social class. The young working class Briton responds more readily to this American music and the Hollywood film than to the native product. The young people who attend the jazz clubs and the Hootenanys have fought for their music often in face of opposition from the adult and commercial world. This is something over which Educationists should ponder. This book is as good an introduction for the layman as there possibly exists. I hope that in particular many teachers will read it. Not because I want to see our schools setting up courses on the story of jazz from Buddy Bolden to Stan Getz (obviously part of the appeal of jazz to the young is (hat it is not part of the educational establishment) but because an understanding of the urban popular arts will help us to get the task of teaching in a better focus. Only a short time ago we read in the Melody Maker: “Police guards were posted outside Billie Holiday’s room in New York’s Metropolitan Hospital this week. Still seriously ill with cirrhosis of the liver and a heart disease, Lady Day was under arrest for an alleged narcotics offence.” A little later her death was announced in the evening papers. And so Billie Holiday died as she bad lived, hounded by the society that had helped to make her what she was. In her autobiography she describes how she had to put dark grease paint on her face to appear with the Basie band in case the customers would think she was a white girl singing with a coloured orchestra. In the same book there is this statement: “By the time Mom and I got together and found us a place of our own in Harlem the depression was on. At least so we heard tell.” It was always the depression for Billie even when she was rich and successful. The sadness is there in the songs and, right from those first wonderful sessions with Teddy Wilson in 1935, so is the artistry. Even at the end no one could sing a song quite like Billie and no one has written about her more movingly than Francis Newton.

[Paddy WHANNEL. “Jazz and its Public”, in Universities & Left Review, nº 7, otoño de 1959, pp. 69-70]

37819737.0.mLa editorial francesa Flammarion ha enriquecido su fondo editorial con la traducción del inglés del libro «The jazz scene», al que un autor tan exigente como Ernst Ficher ha calificado de notable, citándole abundantemente en la parte que dedica al jazz en su libro «Problemas de la generación joven» (Editorial Ciencia Nueva). El título francés es bastante más esclarecedor de su contenido que el inglés, pues el tratamiento que da al fenómeno del jazz justifica perfectamente su inclusión en la «Nouvelle bibliothèque scientifique», junto a obras de Einstein, Gurvitch, Poincaré, etcétera. Todo ello queda claro con una simple ojeada al índice del libro, lo que, por otra parte, sirve para disipar cualquier temor sobre la amenidad del mismo. La primera parte está dedicada a la prehistoria e historia del jazz (la prehistoria, expansión y transformación). La segunda se centra en la música propiamente dicha (los «blues», los instrumentos, las realizaciones musicales y las relaciones del jazz con las demás artes). En la tercera parte se examina el aspecto comercial del jazz y en la cuarta y última se toca su aspecto humano (los músicos, el público y el carácter de protesta del jazz). Unos apéndices sobre las características sociológicas de los amantes del jazz en Gran Bretaña y sobre el lenguaje propio del jazz, así como una sucinta bibliografía completan el volumen. No puede darse una definición satisfactoria y precisa del jazz más que en términos demasiado generales que no serían de gran utilidad para identificarlo en el momento de la audición. El jazz no es ni inmutable ni autónomo. Lo que le separa de la música popular, en la que ha influido en grados diversos y a la que se ha mezclado, no tiene una frontera bien definida; más bien, se trata de una ancha zona limítrofe. El jazz, en el curso de su corta historia, no ha dejado de cambiar y nada asegura que esto no deba continuar. El jazz por naturaleza es una música desprovista de todo límite preciso. Sin embargo, del jazz, tal y como se ha desarrollado hasta el presente, puede decirse, a graneles rasgos, que presenta las cinco características siguientes, mientras que la música popular, influida por el jazz, no posee más que las tres o cuatro primeras, pero no la última. 1. El jazz posee particularidades musicales propias, debido bien al empleo de una escala diferente de la que se utiliza habitualmente en el arte europeo y que es originaria del África Occidental, bien a la combinación de esta escala africana con las armonías europeas. 2. El jazz descansa a menudo, casi fundamentalmente, sobre otro elemento africano: el ritmo. La variación rítmica incesante, vital para el jazz, no proviene de la tradición europea. El ritmo es el elemento organizador del jazz, pero resulta enormemente difícil de analizar y alguna de sus manifestaciones, como la que se designa con el nombre tan vago de «swing», resiste todo análisis. 3. El jazz utiliza aspectos vocales e instrumentales especiales, que resultan, en parte, del empleo de instrumentos poco extendidos en música clásica. Utiliza escasamente los de cuerda y se sirve del metal y la madera con fines inusitados en las orquestas sinfónicas. De vez en vez usa instrumentos exóticos, como vibráfonos y las maracas, si bien no hay ninguna razón para que no se pueda tocar el jazz con todos los instrumentos y así se ha hecho incluso con el órgano y la flauta. Sea como sea, en conjunto, el «tono» de jazz proviene del hecho de tocar todos los instrumentos con una técnica particular y no convencional, y ello, sin duda, porque numerosos pioneros del jazz habían aprendido a tocar por sus propios medios. Por otra parte, los instrumentos son tocados de forma que se asemejen lo más posible a las voces humanas. Por último, el jazz no rechaza ningún sonido como ilegítimo, todos son utilizables. 4. El jazz ha creado formas musicales y un repertorio propios. Las dos formas principales son el «blues» y la «balada», que, bien de una manera simple o compleja, sirven de base a variaciones musicales. 5. Finalmente, y esto es casi exclusivo del jazz, se trata de una música de ejecutantes, que depende enteramente de la personalidad de los músicos y de una situación musical en la que el músico es el maestro indiscutible. El compositor, personaje clave de la música occidental, no es en el jazz, con raras excepciones, más que una figura completamente secundaria. Su lugar es ocupado, si existe, por el que se llama modestamente, pero con justicia, adaptador. En cuanto al director de orquesta, queda absolutamente sin importancia, al menos en la acepción ortodoxa. La composición tradicional del jazz no es más que un simple tema para la orquestación y las variaciones. Un trozo de jazz es, cada vez, una creación nueva a la que se dispone la orquesta. En un plano ideal, dos ejecuciones del mismo trozo por la misma orquesta no son jamás parecidas, y sí, siendo ejecutado por dos formaciones diferentes, parece igual; es que una de ellas imita deliberadamente a la otra. Es, pues, natural que la improvisación individual o colectiva juegue un papel preponderante en el jazz. Pero un poco al modo de la antigua «Comedia dell’arte» en el teatro, en principio pura improvisación y luego convertida en una rutina, una colección de mímicas, de expresiones estereotipadas que el actor mezcla a su gusto, gracias a los recursos de su oficio y que puede ser que, en ocasiones para recordarlas, las anotase someramente. En este sentido, el jazz se presta mal a su transcripción escrita, y, si se hiciera, la complejidad de la partitura sería tal que los músicos no podrían descifrarla de una ojeada, ni siquiera aprenderla de memoria. De mayor interés son los aspectos del libro dedicados, como su título indica, a una sociología del jazz. El jazz es uno de los fenómenos culturales más notables de nuestro siglo. No simplemente de un cierto tipo de música, sino de la extraordinaria conquista que esta música ha sabido hacer de la sociedad que es la nuestra hasta convertirse en uno de sus aspectos más característicos. Porque el mundo del jazz no es solamente el juego de combinaciones rítmicas y melódicas nacidas de una forma particular de servirse de ciertos instrumentos; lo son también los músicos, blancos o negros, americanos o no. Y el que jóvenes obreros británicos de Newcastle disfruten tocándolo es también interesante, si no más sorprendente que el hecho de que esta música se haya desarrollado inicialmente en las tabernas del valle del Mississipl. El mundo del jazz es aún los lugares en que se ejecuta, la estructura comercial y técnica en la que nacen sus sonoridades, los recuerdos que evocan. Son los oyentes, los lectores y los escritores sobre el jazz. En el libro no se trata del jazz como un fenómeno en sí, diversión favorita o pasión de lo que es un vasto público de aficionados, sino que reconoce en él una parte integrante de la vida moderna. Si el jazz es emocionante es porque lo son los hombres y las mujeres. Si es un poco extravagante y delirante es porque lo es la sociedad en que vivimos. Dejando de lado todo juicio de valor, es el jazz en la sociedad lo que constituye el objeto de este libro. Y así se examinan no sólo la historia y los desarrollos estilísticos del jazz, sino también su aspecto comercial, las relaciones entre el jazz y la música popular, el músico de jazz y el público de jazz, el jazz y las demás artes. Se puede decir que el jazz en el mundo actual está en todas partes: Louis Armstrong es invitado al Festival de Edimburgo; el partido demócrata cristiano de Italia encarga a formaciones del tipo Dixieland para animar sus mítines; formaciones de jazz acompañan a los manifestantes contra la carrera de armamentos; un novelista de moda en Inglaterra se encarga de la crítica de jazz en el más intelectual de los periódicos ingleses de domingo; en los «ghettos» de África del Sur, las formaciones «jives» tocan un jazz auténtico, derivado de los discos americanos de los años 30; en fin, se puede decir que no hay ciudad de cierta importancia en el mundo en la que no se esté a punto de escuchar un disco de Armstrong, de Charlie Parkes o de músicos influidos por estos artistas. De una forma más o menos pura el jazz se ha convertido en el lenguaje de base de la danza moderna y de la música popular en la civilización urbana e industrial. Es, pues, indispensable que nos interroguemos por la esencia del jazz. Estaba de moda en los círculos intelectuales de los años 20 hablar del jazz como de «la música del futuro», aquella cuyo ritmo y sonoridades estridentes reproducían los movimientos, los ruidos esenciales del siglo de la máquina, una especie de melodía del robot. Es cierto que estas afirmaciones procedían de quienes no habían casi puesto los pies en una fábrica del siglo XX, ni, por otra parte, oído una música que reconoceríamos hoy por jazz. Pero esto no es excusa suficiente para semejante error, porque la esencia misma del jazz es precisamente el no ser una música standarizada o producida en serie. Se equivoca Günter Anders cuando cree que en el jazz la maquinaria subyuga voluptuosamente a los seres humanos. La única máquina a la que el jazz haya intentado nunca imitar es la locomotora que representa, en toda la música folklórica americana del siglo XIX, un símbolo universal y muy importante, uno de esos símbolos polivalentes tan queridos a los críticos literarios, pero jamás un símbolo de la mecanización. Como destaca Fischer, esto lo ha visto magníficamente Newton en el libro que comentamos. En un buen número de «blues» inspirados por el ferrocarril, el tren es el símbolo de un movimiento generador de libertad personal, el símbolo de las fluctuaciones de la vida y, por tanto, del destino, el símbolo de la tragedia y de la muerte como en numerosas canciones sobre las catástrofes ferroviarias, así como en los «blues» sobre el suicidio. El tren es la lamentación, la nostalgia, el trabajo necesario para tender la vía, como en la balada de John Henry, la virilidad necesaria para conducir la locomotora; es también la sexualidad, como en Casey Jones de Bessie Smith. En definitiva, la relación entre el jazz y el tren, si bien es el reflejo de una base de la industrialización, no se trata de la producción en masa del siglo XX, sino de la sociedad poco mecanizada aún del XIX. No hay nada en el llamado «jazz del ferrocarril» que no haya podido ser creado hacia 1890. También es insatisfactoria la interpretación de Muchow, según la cual el jazz sería una deformación de la música, que con su empastamiento de los sonidos correspondería a la generación confusa; advierte, en cambio, con razón, la contradicción existente entre el ritmo básico, el «beat» de la sección rítmica y el ritmo de la melodía, el de la sección melódica; gracias a este conflicto la estadística pasa a ser un éxtasis. Francis Newton señala lo esencial al decir que el jazz no es simplemente música, ligera o seria, sino música de la protesta y de la rebelión; ahora bien, no es absolutamente y siempre de protesta política, aun cuando en el Oeste, en la medida en que hay adhesiones políticas, tiende más a la izquierda que a la derecha; es una música democrática, que no exige al oyente la formación cultural que es imprescindible para comprender una fuga, por ejemplo, y anticipa el ideal artístico de una sociedad que no esté sometida a una cultura minoritaria ortodoxa. La protesta democrática del jazz se exterioriza en la exigencia de que el pueblo participe de verdad en la actuación artística. (Como es natural, el jazz, justamente por dirigirse a todos, a los idiotas como a los inteligentes, puede hundirse en el peor filisteísmo, como le sucedió al vals). El jazz es una música de protesta, en primer lugar por ser la música de un pueblo oprimido y de unas clases oprimidas en un lugar en que uno y otras estaban fundidos: «Como los negros estaban y están oprimidos incluso por los pobres e impotentes, su grito de protesta ha sido más poderoso y sobrecogedor, y su llamada de esperanza más conmovedora que en los demás pueblos, y han encontrado, incluso verbalmente, una expresión más irrecusable». Es una protesta de los pobres en favor de los pobres, pero que no corresponde a movimiento alguno organizado, sino que es informe y sin rito, espontánea y colectiva como la del cristianismo primitivo, las sectas heréticas y las iglesias de los pobres. En esta protesta no hay programa político alguno; pero como el negro norteamericano padecía un máximo de miseria, su música ha sido capaz de asumir la de todos los humillados y ofendidos. El hecho de que el jazz haya nacido en los barrios negros de New Orleans ha llevado a algunos, en una especie de racismo al revés, a sostener que sólo los negros pueden tocarlo, porque sólo ellos pueden sentir un verdadero jazz. Frente a esa tesis es más cierto que el jazz es, en realidad, una música del pueblo, una música de oprimidos, sean blancos o negros quienes lo toquen, lo que no obsta para reconocer que, por razones históricas, los negros lo han creado, lo han desarrollado al máximo y han proporcionado sus mejores intérpretes. Aquella actitud, como agudamente observa Newton, no debe criticarse en el sentido de que se haya exagerado el papel del negro americano en el jazz, sino que, en el fondo, responde al gusto por una música de gentes, que, según las normas burguesas, son socialmente sus inferiores. De todas formas el aspecto de protesta del jazz debe menos de lo que podría pensarse a lo que tiene de verdaderamente negro, porque, paradójicamente, la protesta personal del negro contra su destino es uno de sus elementos que han intervenido menos en la extensión del jazz y uno de aquellos cuya influencia se ha hecho sentir más tardíamente. Todos los negros americanos, como todos los miembros de poblaciones oprimidas o desheredadas, no cesan de protestar de una forma o de otra contra su situación, por el modo mismo de sus comportamientos, aunque no sea siempre una protesta consciente o deliberada. Sin embargo, en las épocas de relativa estabilidad política como en las que se desenvolvió el jazz, estas protestas son, a menudo, indirectas, alusivas, complicadas y esotéricas hasta el punto de que los extraños, a quienes no van dirigidas, tardan mucho en descubrir su verdadero carácter. El objeto de la protesta del jazz es, para Newton, secundario. El jazz, en sí, no está políticamente orientado ni es revolucionario. La voz de los hombres que gritan ¡qué situación tan detestable! no debe ser tomada por el grito ¡esto no puede continuar así y mucho menos por ¡hagamos la revolución! Antes de ser adoptado por grupos intelectuales, el jazz parece prestarse menos a las ideas políticas revolucionarias de otras músicas populares, los cánticos religiosos, por ejemplo. La razón de ello está en que los orígenes del jazz se encuentran en aquellas capas de la población que, aunque terriblemente oprimidas, están desprovistas de organización colectiva y de conciencia política, que encuentran su libertad esquivando la opresión, mejor que haciéndola frente, y que, a la hora de expresarse musicalmente, plantean problemas personales e individuales: el «blues» típico canta las dificultades surgidas entre una mujer y su hombre o entre un hombre y su mujer. Contra lo que se dirige el jazz parece, de todas maneras, relativamente claro en teoría. Es, por el contrario, mucho más difícil de precisar aquello por lo que lucha el jazz: la libertad, la igualdad, la fraternidad, un pollo todos los domingos o, dado el nivel de vida americano, todos los días de la semana. Y así, la reivindicación del jazz como todas las protestas individuales y espontáneas se ha visto sometida a una gran tentación, la de servir a fines extremadamente limitados: satisfacciones personales o el reconocimiento oficial por la sociedad en que se desarrolla. Este sentimiento de inferioridad, reconocido o no, se integra en el carácter de protesta del jazz y está en el origen de los intentos de hacer del mismo una música clásica, el jazz sinfónico, cuyos resultados han sido siempre bastante deplorables. Es, paradójicamente, la forma más simple y la menos política del jazz la que mejor ha resistido a las tentaciones de compromiso, al deseo de respetabilidad y de audiencia oficial. Bessie Smith, que no cantó jamás en un teatro de blancos y que no hubiera cambiado de estilo si hubiera debido hacerlo, representa la parte menos corrompida y menos corruptible del jazz, porque ella es la más pura mensajera de la protesta del jazz. Incluso su muerte adquirió un sentido simbólico a este respecto. Bessie murió en el estado asesino de Mississippi. Se había herido gravemente en un accidente de automóvil, pero el hospital no permitió que entrase una negra y se desangró. Aquella sangre, dice Fischer, es el jazz, y cuando la industria de las diversiones lo elabora hasta convertirlo en un artículo convencional, las heridas se abren otra vez, pues son la esencia del jazz y los jóvenes la sienten bajo la piel.

[Antonio FERNÁNDEZ FÁBREGA. “Sociología del jazz”, in Revista española de la opinión pública (Madrid), nº 9, julio-septiembre de 1967, pp. 370-376]

Nota bene. Entre los años 1950 y 1960, Eric Hobsbawm se desempeñó como crítico de jazz en la revista inglesa “The New Statesman”, pero no firmaba sus recensiones con su nombre, sino con un seudónimo: Francis Newton. En 1959, publicará una obra “The Jazz Scene”, precisamente bajo ese seudónimo. Luego, en 1989, este trabajo será reeditado, pero con su verdadero nombre.

Andrés G. Freijomil 

✍ La era del imperio, 1875-1914 [1987]

“Es imposible evitar una cierta ambigüedad al hablar de nuestro futuro: los logros materiales e intelectuales del siglo XX son innegables, pero, por otro lado, está también el avance de los bárbaros, de una nueva edad oscura”. Con esta mezcla de esperanza y pesimismo expresa el británico Eric J. Hobsbawm, uno de los autores fundamentales en el campo de la historia moderna, su opinión sobre nuestra época. Hobsbawm, que pronunció ayer una conferencia en Barcelona sobre “La era del imperio, 1875-1914”, título de su obra recientemente publicada en España (Labor), manifiesta en esta entrevista: “Nos hemos acostumbrado a las hecatombes diarias, esa es la tragedia de nuestro siglo”. “Las grandes crisis que conmovieron a todo el mundo en el siglo XIX hoy nos parecerían cosas triviales”, dijo Eric J. Hobsbawm, “Dreyffus era un solo oficial judío; eso nadie lo pondría ahora en la primera página de los periódicos”. “He revisado unos datos sobre los grandes pogromos, eran cosa de 30 o 40 muertos; eso hoy, para nosotros, es nada. Desde 1914, nos hemos acostumbrado a medir en millones el número de víctimas de cualquier conflicto, una magnitud impensable antes de la I Guerra Mundial. Nos hemos acostumbrado a eso y al mismo tiempo a un progreso sin par”.”Tengo mis especialidades, pero creo que es obligada la tarea de comprender las tendencias largas de la historia”, señaló Hobsbawm sobre la trilogía que viene a completar “La era del imperio” (“Las revoluciones burguesas” [The Age of Revolution, 1789-1848], publicada en 1962, y “La era del capital” [The Age of Capital, 1848-1875] en 1975). “Justifico esta obra de la siguiente manera: el mundo ha sido totalmente transformado -técnica, económicamente, etcétera-, poseemos la capacidad de destrozar el mundo y las bases ecológicas de la vida. Todo eso es consecuencia de lo ocurrido en la historia mundial en los últimos dos siglos. Supongo que hay raíces más antiguas, pero esta transformación espectacular y dramática del mundo proviene de la época que he señalado; y por eso, el XIX, en el que se nota la irrupción de las fuerzas modernas en la historia, es un siglo sumamente importante en la historia del mundo. Esta época es un enlace entre los temas de la historia mundial y nuestro presente y nuestro futuro”. En “La era del imperio”, una obra que se abre de una manera insólita con el relato de cómo se conocieron los futuros padres del autor, Hobsbawm expone un concepto singular, la zona de sombras de la historia. “Es un tema subjetivo, presente tanto en la conciencia del historiador como en la de cualquier otro individuo”, indicó Hobsbawm. “Entre la historia muerta, el pasado ya totalmente inaccesible -recuperable sólo a través de la investigación- y la historia contemporánea, entre el pasado como un registro generalizado y el pasado como parte recordada, como memoria personal, se extiende esa zona de sombra, una especie de tierra de nadie en el tiempo. Por ejemplo, para la mayoria de los españoles, la guerra civil pertenece a la zona de sombra, no se conoce exactamente: hay mitos, contramitos, imágenes, memorias familiares… Para el historiador, ésto presenta problemas técnicos muy dificiles. Escribiendo sobre esa zona no sabe hasta que punto está soñando o está despierto”. “La era del imperio” es para Hobsbawm, nacido a finales de la Gran Guerra, esa zona oscura. Para Eric J. Hobsbawm, el gran problema de la historia es la mitificación de ésta. “La historia no es algo ajeno a nosotros, estamos en la historia. Esta es una cuestión que me interesa muchísimo, aunque no comparto la teoría tan de moda que niega a la historia una realidad objetiva, la teoría de la deconstrucción de la historia”. “Sí, hay historia”, subrayó Hobsbawm, “no la inventamos; cada generación forma su idea de la historia, pero no la inventa, y es eso lo que justifica el trabajo de los historiadores”, concluyó con una sonrisa. Para Hobsbawm, los actuales cambios en el Este indican la “incapacidad” de unos sistemas para adaptarse a un mundo que se encuentra en el periodo “más revolucionario de su historia”. El estudioso, no obstante, subrayó cómo esas estructuras lograron cierto éxito en la reconstrucción de la posguerra, especialmente la URSS, que alcanzó “milagros de reconstrucción” […]

[Jacinto ANTÓN. “Hobsbawm: ‘Nos hemos acostumbrado a las hecatombes, esa es la tragedia del siglo’ “, El País, 18 de octubre de 1989]

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