Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

␥ Arturo Andrés Roig [1922-2012]

El filósofo e historiador argentino Arturo Andrés Roig nació en Mendoza en 1922 y falleció el 30 de abril de 2012 en su provincia natal. Fue uno de los intelectuales argentinos de mayor reconocimiento internacional; existen tesis doctorales en Europa y muchos libros en varios países dedicados a su obra. Entre sus más de 30 libros, inmensa cantidad de artículos en revistas y libros, nacionales y extranjeros, se cuentan Breve historia intelectual de Mendoza (1966), con prólogo de Bernardo Canal Feijóo; Los krausistas argentinos (1969), Platón o la filosofía como libertad y expectativa (1972), Filosofía, universidad y filósofos en América Latina (1981), Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (1981) –reeditado en 2009 por Una Ventana–, Bolivarismo y filosofía latinoamericana (1984), Rostro y filosofía de América Latina (1993), El pensamiento latinoamericano y su aventura (1994) y Mendoza en sus letras y sus ideas (2005 y 2009). Desde el regreso a la democracia en 1984, cuando volvió del exilio, eligió como lugar de trabajo el Centro Científico Tecnológico (Cricyt-Mendoza, en aquella época), dependiente del Conicet, y fue su primer director en esa etapa de reconstrucción de la ciencia y sus instituciones. Dentro de sus amplias preocupaciones siempre habían estado los modos de organización de la docencia y la investigación. Un excelente trabajo sobre las razones para optar en estas instituciones por la organización por “áreas” interdisciplinarias, que había comenzado a pensar y escribir en 1973, encontraría su forma final en 1998: La universidad hacia la democracia. Bases doctrinarias e históricas para la constitución de una pedagogía participativa. El Instituto Gino Germani de la UBA le debe su organización por “áreas” a este gran visionario; cuando se lo pedimos no dudó en dedicar su tiempo para conversar la propuesta con los investigadores fundadores de la institución. En aquel viejo petit hotel de la calle Callao, antes de la reunión, él nos hizo un paseo cultural por el edifico y nos mostró, como hace un arqueólogo, maravillosos detalles que nosotros no habíamos visto nunca. En esos años 1980, cuando fue director del centro mendocino y lo conocimos, pudimos apreciar su tremenda capacidad de organización y gestión científica pero, además, su calidad humana que atravesaba todas sus ocupaciones y preocupaciones. Una de las primeras cosas que solucionó en el Cricyt fue una demanda de las empleadas y becarias de la institución: construir una guardería para solucionar los problemas de las madres trabajadoras. Las convocó a todas y en pocos meses se lograba una guardería modelo. Un viejo empleado de la institución comentó que sólo el doctor Arturo Roig era capaz de convocar lo mejor de cada uno y ponerlo en función de un proyecto colectivo. Y lo hacía en forma democrática y con sencillez. No obstante, su pasión fue la generación de conocimiento y siempre volvió allí. Su pensamiento y sus ideas acerca de América latina fueron pioneros en los estudios tendientes a reflexionar desde nuestra propia mirada los períodos poscoloniales; lo que hoy se conoce como “estudios decoloniales” o también “estudios poscoloniales”. Su muerte es una pérdida para el pensamiento, en particular para el latinoamericano, y es una gran pérdida para todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo. Aunque lo sabíamos anciano y lejos de esta ciudad de Buenos Aires, su presencia, las posibilidades de verlo y charlar aunque sólo fuera de vez en cuando, alimentaban entusiasmos y esperanzas. Nuestro abrazo a su familia. Lo extrañaremos, Maestro.

[Norma GIARRACCA. “Pasión por el conocimiento”, in Página/12, 4 de mayo de 2012]

Arturo Andrés Roig, fallecido en la provincia de Mendoza el lunes pasado, mantuvo hasta el final la llama viva del pensamiento latinoamericano. Difícil conmensurar lo que significa exactamente esta noción. Roig la heredó de sus trabajos sobre el primer Alberdi, pero también de sus estudios de ontología y filosofía antigua en la Sorbona, en años que ya parecen muy lejanos. Formó una innumerable cantidad de profesores y discípulos, y su vasta tarea con epicentro en Mendoza se irradió por todo el continente. El latinoamericanismo tuvo su momento de expansión en la historia de las ideas del siglo XX cuando se alió a la filosofía y la teología de la liberación. Roig discutía explícita o implícitamente con Dilthey, Nietzsche o Heidegger, y elabora lo que hoy podríamos considerar una completa antropología filosófica de la praxis política latinoamericana. Así lo atestigua su libro clásico Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, de comienzos de los años ’80, quizá la obra nuclear de su enorme producción. Revisó con un impulso heredado de otras discusiones, pero en él servidas por agregados efectivamente autónomos de razones, la filosofía hegeliana de la que tomó el profundo fragmento sobre el amo y el esclavo, rechazando su fallida construcción sobre la “falta de historicidad” en las nuevas tierras americanas. Erudito amable, condescendiente con todas las implicancias del juego de las ideas, supo rescatar para el gran cuadro del pensamiento emancipador obras relativamente ignoradas por el lector argentino, como la del filósofo uruguayo Vaz Ferreira, y con suma perspicacia examinó las teorías del relato folklórico del gran lingüista ruso Propp, para desplegarlas de una manera no diversa, pero sí deslizada hacia sus intereses historicistas, y dejar la noción de latinoamericanismo en un estado más apropiado para construir horizontes críticos de trabajo intelectual. No fue indiferente a ningún programa de lectura, pues por un lado seguía con interés, pero no con pleitesía los pasos del filósofo mexicano Leopoldo Zea, por otro lado era capaz de incorporar el pensamiento de Marx sin esquemas prefijados, sino ligados a una dialéctica autoral, suavemente interferida por Nietzsche, en la que depositó la esperanza de construir un pensamiento nuevo para nuestros países. Del pensamiento argentino le interesó tanto su aspecto folklórico como su inclinación universal, y en ese cruce dramático deseó anclar su larga tarea. Su libro Los krausistas argentinos devela las raíces conocidas y a la vez olvidadas del Partido Radical. Colocar esta atípica corriente de ideas ante su “destino latinoamericano” –todavía el presidente Alfonsín llega a citarla en su famoso Discurso de Parque Norte– fue una de las tantas tareas que se propuso Arturo Andrés Roig, y quizás él mismo la heredara al hacer presidir su profusa jornada intelectual por una pedagogía y una ética profesoral consideradas como una “oración laica”.

[Horacio GONZÁLEZ. “Roig, filósofo latinoamericano”, in Página/12, 4 de mayo de 2012]

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✍ Hablar y callar. Funciones sociales del lenguaje a través de la historia [1993]

Al hablar normalmente no somos conscientes -o lo somos casi de manera intermitente- de la presencia misma del lenguaje. Tal vez sea ésta un característica de su condición. No obstante, la palabra hablada no siempre ha estado allí. Peter Burke nos presenta en este libro varios ensayos en torno a los temas del lenguaje, del habla y el silencio en su relación estrecha con la sociedad, la cultura y la historia. El autor aclara que a finales de 1970 se interesó por lo que estaban haciendo los sociolingüistas y, por lo visto, también lo que hacían etnógrafos del habla (o de la comunicación), por lo que decidió abordar el lenguaje como objeto de estudio de la historia. Comenta que se enteró después que en Inglaterra ya había investigadores que abordaban estos temas desde un punto de vista de la escritura y de lo histórico. Este campo, del cual las nuevas generaciones han tomado conciencia de su importancia, puede ser llamada historia social del lenguaje, del habla, de la comunicación o bien “etnografía histórica del habla”. Se pregunta Burke qué tan viable es hacer este tipo de historia. Considera que el problema principal sería que actualmente no existan suficientes datos sobre la oralidad de la cultura popular, no sólo porque en épocas pasadas mucha gente no supiera leer y escribir, sino más bien porque los que sabían no se interesaban por estos menesteres o simplemente no sabían cómo registrar por escrito las manifestaciones de la cultura oral. Su respuesta es afirmativa, pues estima que, al menos para la historia de Europa occidental, existen abundantes fuentes desde finales de la Edad Media, especialmente como las de tipo judicial o bien los sermones, teatro y novela. El autor parte de la noción de que las formas de comunicación no son neutras puesto que “transmiten sus propios mensajes”. Una idea que retoma de la sociolingüística para hacer la historia social de la lengua consiste en que la lengua es una fuerza activa dentro de la sociedad, la cual es utilizada tanto por individuos como por grupos para realizar cambios o impedirlos y, en especial, para acentuar o minimizar identidades socioculturales. También participa de la idea de que el acto de hablar no pertenece a un rango diferente al del hacer social. Peter Burke, como en otras de sus obras, mantiene su interés por el tema de la cultura popular. En el caso de este libro hace una comparación entre el estudio social del lenguaje y la historia de la cultura popular, pues estima que en ambas áreas el interés se desplaza de los actos comunicativos de una minoría a los de todo un pueblo. Más adelante retoma varios sucesos en donde el uso del lenguaje juega a lo largo del tiempo un papel preponderante. Destaca por ejemplo, que la lectura del requerimiento en el siglo XVI a los indios del Nuevo Mundo por las autoridades españolas implicaba que los oyentes quedaran desde ese momento sometidos a la autoridad del rey de España, por lo tanto, si no lo cumplían se justificaba legalmente el uso de la fuerza. De una manera parecida -aunque aquí se trataba de oyentes de una misma lengua-, en la Inglaterra del siglo XVIII la lectura de la Ley de Revueltas permitía también, en sus términos, la ejecución de los supuestos revoltosos si éstos no se dispersaban en cierto tiempo. Por otra parte, aborda el aspecto del tránsito del uso de dialectos al de lenguas en Europa en los siglos XVII y XVIII, lo cual para el autor representa un distanciamiento de las sociedades de la época respecto a la cultura popular heredada. Algo que está en juego entre la Edad Media y la Modernidad, que se manifiesta por medio de los discursos y a través del propio lenguaje, son tanto las identidades prenacionales como las regionales, las religiosas y las étnicas. Un tema obligado en la historia del lenguaje en Europa es el empleo del latín y su proceso de decadencia. De esta manera, Burke retoma una tesis de los sociolingüistas en cuanto a que las lenguas bien pueden desaparecer por el hecho de que la gente misma estime que aquéllas resultan de poca utilidad ante situaciones novedosas y deje por lo tanto de enseñárselas a sus hijos. En el caso del latín, sostiene que su decadencia se explica en términos de la pugna entre la cultura de élite y la popular. Ya en el siglo XV habían surgido algunas rebeliones en contra del uso del latín que hacían los hombres de leyes. Menocchio, el molinero de Carlo Guinzburg, no fue el único que habló en los tribunales del uso de esa lengua como una traición a los pobres. En 1444 el pueblo de Curzola se quejaba de la explotación de los popolari a través del uso del latín de los “caballeros”. El autor, sin abundar en el tema, relaciona también al pujante público lector femenino con la decadencia del latín. En el siglo XVI, Erasmo pugna en su Paraclesis (1516) por la traducción a lengua vulgar de la Biblia. Más tarde, el Concilio de Trento condenaría como heréticas las Biblias que habían aparecido en lengua vulgar desde fines de la Edad Media. Igualmente, después de un largo debate, se declararía en contra de celebrar la misa en lenguas vernáculas. Sin embargo, Burke sostiene que el latín no desapareció de manera repentina, ni a finales del siglo XVII ni del XVIII; muestra que en algunos ámbitos se escribió en esta lengua hasta el siglo XIX (y aun en el mismo XX). En los estados pontificios se le utilizó hasta la revolución de 1831, e incluso en 1836 en las sesiones de la dieta húngara. Burke estima que dicha lengua debió usarse en la mayoría de los discursos políticos, ya que los oradores húngaros, croatas y eslovacos “no podían comunicarse entre sí de otra manera”. Además, en el ámbito académico se siguió usando el latín, por ejemplo, la lección inaugural de Ranke en Berlín fue impartida en esta lengua (De historiae et politicae cognitione atque discrimine). El autor considera que una manera de conocer la importancia del latín en la cultura moderna europea es por medio de su difusión a través de los libros traducidos de lenguas vulgares a aquella lengua. Así, entre 1485 y 1799, nos dice, se publicaron más de 528 obras traducidas al latín. Veamos algunos casos: en el siglo XVI se tradujeron el Decamerón de Boccaccio, las relaciones de los viajes de Marco Polo y El príncipe de Maquiavelo. Lo mismo sucedió con Reloj de príncipes de Antonio de Guevara, Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán y Examen de ingenios para las ciencias de Juan de Dios Huarte y Navarro. En el siglo XVII en Alemania se tradujeron al latín muchas obras tanto españolas como italianas de la Contrarreforma, como la Historia del Concilio de Trento de Paolo Sarpi, destinadas a los católicos del norte de Europa. Igualmente se tradujeron obras filosóficas como los Ensayos de Bacon, el Discurso del método de Descartes, el Leviatán de Hobbes y Sobre el entendimiento humano de Locke. En el siglo XVIII se traducen las obras de Kant. En el XIX fueron publicadas en latín las tesis de Henri Bergson, Quid Aristotles de loco senserit; Charles Seignobos, De indole plebis romanae apud Titum Livium; y Durkheim, Quid Secundatus politicae scientiae instituendae contulerit. Burke sostiene que en la modernidad los países donde más se planteó y escribió sobre las normas sociales de la conversación fueron Italia en el siglo XVI, Francia en el XVII e Inglaterra en el XVIII. Un ejemplo son los alcances que llegaron a tener las Maximes de la bienséance de la conversation de Anon publicadas a principios del XVII, las cuales un siglo más tarde tomaría como modelo el escolar George Washington para escribir sus Fifty-seven Rules of Behaviour. En este mismo siglo, Chesterfield criticaba en sus ensayos el que los conversadores aún tomaran de las ropas a sus oyentes para ser escuchados. Dos elementos que contribuyeron al desarrollo de la conversación en Inglaterra fueron el café y el club, donde alternaban lecturas y discusiones. En relación con el primero, Philippe Ariès ya ha destacado ampliamente su función para el caso de París en su artículo “La famille et la vielle”. El último capítulo “Notas para una historia social del silencio en la Europa moderna temprana” es un recorrido histórico sobre diversos significados del silencio en varios tratadistas y, como señala el autor, está inspirado en un trabajo del antropólogo Keith Basso sobre el valor manifiesto del silencio en la comunicación de la cultura apache. Un dato interesante en la obra, se refiere a la admiración de Marc Bloch hacia el método comparativo empleado por Antoine Meillet en el campo de la lingüística histórica (heredado a su vez de los neogramáticos alemanes), con el cual se inspiraría para desarrollar su propio método comparativo en el ámbito de la historia. De igual forma, llama la atención el hecho, señalado por Burke, de que el otro miembro destacado de la escuela de los Annales, Lucien Febvre, además de haber escrito algunos artículos en torno a la historia de la lengua haya sido discípulo de dicho lingüista francés. En este libro sobresalen las detalladas observaciones en torno al lenguaje (lengua y habla) y a las conversaciones, así como la documentación basada en textos y manuales europeos de los siglos XVI, XVII y XVIII. Su acercamiento desde la historia a diversos problemas de carácter lingüístico es muy precavido, compartiendo con la lingüística algunos elementos (sin arrebatarlos); su distancia es siempre prudente. Si bien es evidente que las simpatías del autor están del lado de lingüistas como Meillet, Whorf o Bajtín, para quienes el concepto de historia juega un papel importante en el lenguaje, -a diferencia de los sistémicos (“estructuralistas”) encabezados por Saussure-, no hay en Burke la intención de rivalizar, ni de enfrentar en la arena a la visión histórica y a la estructural. ¿Se trata de una nueva época en las relaciones entre sincronía y diacronía, entre historia y lingüística? Por último, se puede pensar que esta obra de Peter Burke resulta algo impresionista, careciendo de planteamientos con problemas específicos que los estudios históricos sean capaces no sólo de abordar, sino de resolver o de confrontar con nuevas respuestas. El autor no rebasa rasgos socioligüísticos muy generales de un mosaico europeo, en un tiempo y espacio muy amplios. No obstante, también considero que con su propuesta y enfoque se ganan temas y territorios poco transitados por los historiadores.

[Guillermo TURNER R. “Peter Burke y la historia social del lenguaje”, in Dimensión Antropológica, vol. VIII, nº 8, 1996]

✍ Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad [1982]

La marcada crisis del pensamiento y de los procesos de individuación que caracterizan a estos tiempos, ha surgido en parte a causa de haber creado un presente comprimido entre lo que vendrá (y que no sabemos cómo podrá ser) y un pasado al cual o desdeñamos, o bien remitimos nuestros más profundos deseos y temores. Suponiendo que la noción de modernidad se arraigue en el desapego hacia la tradición, en la negación de la normativa, en una palabra; ¿es, como dice Jean-François Lyotard, algo moderno sólo cuando ya es posmoderno; cómo calificar lo que se está creando si ya estamos sujetos a un juicio de valores inexistentes? En su “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, el norteamericano Marshall Berman analiza las contradicciones de la cultura moderna no desde un ángulo posmoderno, sino a partir de un acrisolamiento radicalizado de la idea de modernidad; su ensayo recalca la creencia de que si no nos es posible detectar los fundamentos de las vertiginosas enseñanzas del modernismo, al menos probemos tomar real conciencia de sus influencias. La premonitoria frase que da título al libro, extraída ya no de las profundidades líricas de algún poeta simbolista sino del mismo Manifiesto Comunista, sintetiza magníficamente el desmenuzamiento y la dispersión a la cual se ve sometido nuestro tiempo. Berman afirma que hoy vivimos en “una edad moderna que ha perdido el contacto con las raíces de su propia modernidad”, si bien esto no es del todo claro ya que la modernidad para poder perpetuarse en su propia desacralización, ha debido inventar procesos evolutivos dentro de su propio proyecto -de ahí la posmodernidad, que aún es una aspiración-. Pero a Berman no le interesa tanto el fenómeno post como la controversia surgida entre la modernización y la modernidad, a la que intenta dar una explicación sustancial desglosando su repaso en tres partes: la primera desde comienzos del siglo XVI hasta finales del XVIII, luego entronca con la década revolucionaria de 1790 hasta finales del siglo XIX para finalmente englobar todo el siglo XX. Para Berman, los exégetas de la tragedia originada por el progreso no son otros que Goethe, Marx y Baudelaire. Ellos abarcaron la época dorada del materialismo y de la expansión industrial que obligó a pensadores, poetas y artistas a refugiarse de su odiosa fealdad en paraísos artificiales, rebelándose mediante obras exaltadoras del espíritu y de la voluntad de transformación y renegando de sus degradadas ciudades que constituían el ejemplo de un anacronismo al que detestaban. Baudelaire, representante significativo a quien se recurre con bastante frecuencia para esbozar una teoría de la modernidad, que él siempre criticó como algo efímero, puso en tela de juicio la creencia de la sacralidad del arte, esforzándose por despejar la idea errónea de aunar progreso material con el espiritual. Aferrándose a una exposición en donde predomina un discurso revisionista que rechaza a todo individualismo no afín a una macrolabor social, Berman se dedica en parte a descubrir y señalar los caminos paralelos del marxismo y el modernismo; hace una lectura marxista de “Fausto”, recurre al simbolismo para resucitar a Marx y analiza a Baudelaire con una visión desarrollista. Pero mientras que el modernismo se ha alimentado de audacias que permitiesen al hombre buscar el ejercicio de la libre individualidad, el marxismo careció de la necesaria inspiración para sacar al hombre del círculo vicioso del trabajo, de la exaltación de los valores productivos, instaurando un progresismo mártir, descuidando, en pos de una sociedad prometeica, una cultura lúdica, con lo cual se mutiló el papel protagonista de la imaginación a un ornamento prescindible. Toda vez que marxismo y modernismo han querido convergir, el intento creó modelos éticos desviados, difícilmente aptos para afrontar un devenir cismático. Berman se distancia del principio de que la modernidad, para seguir siendo vigente, precisa destruir sus propias obras a fin de equilibrar experiencia y originalidad: el marxismo, en cambio, vive de su eterna e iterativa imposición jerárquica. Si la palabra destrucción es algo que últimamente se ha venido utilizando con profusión en todas las áreas de la cultura, Berman no deja escapar la oportunidad para trasplantar el fenómeno a la causa / efecto del urbicidio (destrucción de las ciudades), carcinoma que pareciera querer neutralizar, con su rechazo a la cultura modernista, el mismo núcleo del cual se alimenta el proyecto de la modernidad. Ante los procesos de “libanización” que sacuden hoy con el descuartizamiento de importantes centros urbanos (Beirut, Belfast) y la práctica de cirugía urbanística sin anestesia con obras vanguardistas, pero al mismo tiempo insensibles a las armonías del paisaje, (el París de Haussmann, el Bronx de Robert Moses), el concepto de devastación cobra una nueva dimensión. Explicar la modernidad con la imagen de Fausto trabajando bajo el auspicio de Mefistófeles puede que no se aleje mucho de la realidad, pero fracasará si al mismo tiempo no se lleva a cabo un estudio comparativo de las actitudes sociales motivadas por los dinámicos v transitorios cambios; cambios de perspectiva y de estilos, de ropajes y de conciencia, entre el paso de una cultura oscurantista a la barbarie tecnológica bajo el peso de la tolerancia y de la fatalidad. “Todo lo sólido se desvanece en el aire” es un libro prestidigitador de panoramas después de la batalla, cuyo velado atavismo y heterodoxia promueve relieves modernistas, que no ideas para una modernidad.

[Jorge LECH. “Por la quiebra de lo nuevo”, in La Vanguardia (Barcelona), 5 de mayo de 1989, p. 45]

✍ Corregir el cuerpo. Historia de un poder pedagógico [1978]

El libro “Corregir el cuerpo. Historia de un poder pedagógico” del historiador francés Georges Vigarello es un estudio histórico sobre las distintas tácticas pedagógicas que se aplicaron / aplican sobre el cuerpo desde el siglo XVII hasta el siglo XX. Para afrontar tal problemática, el autor se sumerge en las distintas representaciones del cuerpo, las concepciones estéticas y las tácticas pedagógicas en distintos momentos, ámbitos y contextos sociales, indagando en diversas fuentes documentales y bibliografías para llevar acabo dicho abordaje. Resulta interesante discutir esta producción dado que nos muestra las diversas tácticas que se aplicaron y aplican sobre los cuerpos en donde las intervenciones, como prácticas sociales, de los profesores en Educación Física muestran la compleja trama de relaciones que las atraviesa, su carácter histórico y la convivencia con otras prácticas que tienen como eje al cuerpo, debiendo por tal ser analizadas como parte de un complejo proceso social locamente situado. El libro se encuentra organizado en seis capítulos, los cuales mantienen entre sí una consecución temporal abordando en cada uno de ellos una problemática central de cada determinado período. En el capítulo primero, presenta cómo se concebía la imagen del cuerpo en el siglo XVII. Al estar constituido por humores, es considerado flexible y maleable, principio que fundamenta el uso de los corsés y de diversas prácticas de masajes y compresiones para favorecer la “buena forma” pues tiene incapacidad de alcanzarla por sí mismo. En consecuencia, a los niños se les dan lecciones de compostura, buscando que estos aprendan la posición correcta, estando el horizonte en la inmovilidad corporal. En el capítulo segundo “Un cuerpo que se corrige”, analiza el autor como en el siglo XVIII aparecen diversas tácticas de corrección del cuerpo, estando en relación a una representación filogenética de éste. Esto se encuentra asociado a la aparición de una serie de producciones de medicina infantil, destinadas principalmente a los adultos, como “La ortopedia” de Andry, teniendo como principio que la buena posición se encuentra en la naturaleza, apareciendo los ejercicios corporales para el logro de la rectitud. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, aparece una literatura pedagógica que retoma dichas obras de la medicina, asociando a la formación del cuerpo con la “degenerecencia” y esta última con la despoblación. Las prácticas sobre el cuerpo tienen propósitos preventivos. En este momento, guiados por las ideas del progreso, las deformaciones no serían ya accidentes sino lo que sube a la superficie impulsado por una larga historia humana. A partir de esta bibliografía escrita por médicos con propósitos pedagógicos, las mantillas y corsés aparecen pronto como procedimiento bárbaros. A éstos se los asocia con diversas degeneraciones y la producción de problemas funcionales en el cuerpo. Se entabla la lucha contra la degeneración, no como en el momento anterior con la aplicación de tutores, sino por la libertad y controlando la intensidad que le deben otorgar a los ejercicios como manifiesta Vigarello “el cuerpo es llamado a que se corrija por sí mismo y no a ser corregido”. Al igual que antes el niño debe mantenerse derecho, pero no por las mismas razones ni de la misma manera. La postura y su rectitud que eran presentadas como tributarias de una exigencia social o mundana, ahora se refiere en lo esencial a una exigencia higiénica, y fisiológica. El ejercicio es presentado como juego libre y polifónico, pero al mismo tiempo se lo describe como algo que se debe vigilar y llevar a cabo con gran atención. Es oportuno mencionar que en este momento, en los diferentes ámbitos que presenta el autor, se mantiene el uso de la mano del adulto para modelar al niño. En el tercer capítulo, “Organización y distribución del trabajo corrector”, el autor se va a concentrar en la problemática de la pedagogía de la postura entre fines del siglo XVIII y principios del XIX atendiendo a las diferentes influencias y propuestas del momento, en donde los tratados de urbanismo, de fisiología y de higiene asumen un carácter estructural. En este contexto, se presenta la aparición del concepto de Educación Física diferenciándose del de gimnasia, comprendiendo al primero como “una pedagogía de las actitudes y de la motricidad”. En el periodo, la posición recta se convierte en un tema largamente trabajado en los libros de fisiología, a partir de éstos, la rectitud se comienza a sostener en los discursos de la higiene a diferencia de lo que sucedía hasta el momento, que se sustentaba en postulados morales. Se produce un proceso de atomización de los movimientos y de los ejercicios, debido a los diversos trabajos de anatomía y de fisiología, los cuales influenciados por el mundo industrial, tienden a la búsqueda de la eficacia física. Como plantea concretamente el autor “representaciones corporales surgidas del mundo industrial parecen deslizarse hasta el alejado espacio de la fisiología y de las prácticas pedagógicas”. Con esta misma lógica, se organiza la gimnasia escolar, la cual tiende a enseñar principalmente la posición recta a partir de secuencias ordenadas y dosificadas de ejercicios, combinados con una estricta vigilancia. En el cuarto capítulo, se presenta la racionalización que se produce en el siglo XIX entre las concepciones del cuerpo, las principales influencias científicas, las exigencias y preocupaciones político-sociales y las diversas prácticas correctivas según los estratos sociales. Para abordar esta compleja trama va a dividir su presentación en distintos ámbitos, con sus problemáticas y tácticas pedagógicas particulares. En primer lugar, se va a concentrar en la “degenerescencia”, que se basa en la estadística y en la biología, en donde la no asimilación a los parámetros “normales” y únicos marcaría la falta de adaptación a la vida, con un consecuente riesgo para la especie. En este contexto, se introduce a la gimnasia y por parte de Courbertin a los deportes, como empresa de regeneración. Esta concepción también aborda los significados sociales y los objetivos morales, en donde la práctica correctora se volvía clara y conscientemente atenta a las diferencias sociales, como condensa esta frase de Vigarello “la Educación Física importa a todos los hombres, pero es indispensable sobre todo para las clases trabajadoras en las que resulta un medio de sustento y una salvaguarda”. Se establece una correspondencia entre lo físico y lo moral, en donde se vincula las deformaciones físicas como posibles sanciones morales, asumiendo en estos casos la gimnasia un rol correctivo. El discurso de la “degenerescencia” revela el lugar preeminente que adquiere la higiene, la que pasa a distribuir normas en los más amplios campos, abarcando desde prevenciones físicas hasta las sutiles normas morales. La racionalización del cuerpo, lleva a que éste se construya en un objeto de análisis de rendimiento, se estudian los consumos a los efectos de aumentar su productividad. El cuerpo que se consolida es ante todo el de un individuo encarado como máquina. Ingresando al sistema educativo, Vigarello nos muestra como a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, en la escuela se instaura un orden que lejos de ignorar el cuerpo del niño racionalizará y unificará una sistemática de sus tensiones, al pretender ser más funcional, la disposición de la clase se fortalece en el sentido de la vigilancia y de la rigidez, es el momento del nacimiento de la sala escolar como la conocemos hoy. Las intervenciones de los adultos sobre el cuerpo de los alumnos cambian radicalmente, en las clases de Educación Física se suprimen terminantemente las manipulaciones de los cuerpos, hay una tendencia hacia la neutralidad instrumental. La disciplina que regula la postura, se desarrolla desde un lugar donde el maestro racionaliza un poder que es tanto al grupo como a cada integrante. Al mismo tiempo se comienza a debatir sobre los contenidos que se deben enseñar de acuerdo a los sectores sociales, en este sentido Coubertin propone que en el nivel primario se practique una gimnasia estricta y metódica dado que dicha formación se encontraba destinada a los sectores populares, permitiendo imponer a los alumnos un orden, por otro lado en los Liceos, donde asisten las futuras dirigentes, se deben desarrollar los deportes para prepararlos para la toma de iniciativa y de decisiones. Esta propuesta tiene matices y misturas en la práctica, en donde la gimnasia se concibe como un paso previo para el deporte en los sectores populares. En el quinto capítulo, “De la forma higiénica a la aparición de la psicología”, se desarrollan tres puntos, presentando la transición de las fundamentaciones. En primer lugar, analiza las clasificaciones que se producen en los niños desde comienzos del siglo XIX, en donde se instauran métodos para marcar mejor las actitudes y “adaptar” y jerarquizar mejor las actividades. La infancia anormal exige la necesidad de promover una adaptación. En segundo lugar, presenta el proceso de educación corporal de la pequeña burguesía, en donde el cuerpo debiera llevar marcas siempre claras y directamente interpretables. En este proceso de ascenso social la postura adquiere un papel simbólico sumario que perderá cuando esas categorías “evolucionen” hacia una mayor abstracción psicológica. Es la primera vez que los procedimientos que valorizan el control corporal no apuntan solamente a la tonicidad de éste. En tercer y último lugar, nos presenta como a partir del siglo XX en el aprendizaje corporal adquiere un lugar central los mecanismos sensoriales, planteando que la pedagogía de la corrección comienza a apuntar hacia los datos sensoriales, retomando los debates de la psicología. En este momento, de forma general la práctica de la gimnasia no cambia, lo que sí se modifica son sus objetivos y la interrogación sobre lo que se experimenta, las sugerencias. En el último capítulo, “Relativización de las normas e individualización”, el autor marca tres modificaciones en los modelos corporales que surgieron entre las décadas de 1950 y 1970. En este período se produce a partir de los trabajos de Sheldon y Delmas una relativización de los parámetros de normalidad que se utilizaban hasta el momento, al mismo tiempo que produce un desplazamiento en las revisiones de las patologías, en donde las deformaciones del cuerpo no son concebidas como necesariamente la causa de perturbaciones o de limitaciones fisiológicas. En paralelo a esto se da una psicologización en general y su empleo en la pedagogía con fines “liberadores”, se trata de pedagogías que apuntan a una mayor disponibilidad de las motricidades y a la desaparición de toda crispación que puede ser portadora de futuros dolores. En las conclusiones, el autor nos va a plantear la relación que se divisó a lo largo de la investigación entre la apariencia, las estéticas y las rectitudes corporales, en donde las pedagogías de las posturas se muestran históricamente situadas en solidaridad con la ciencia. El trabajo de Vigarello presentado nos permite problematizar distintas cuestiones sobre las diversas tácticas pedagógicas que modela al cuerpo y los sentidos que sumen las prácticas de la Educación Física. Vislumbramos la compleja trama que atraviesa a las tácticas pedagógicas sobre el cuerpo, en donde los movimientos, los ejercicios, la gimnasia, los deportes y la Educación Física tienen diversos roles y características en el devenir de la historia, mostrando que no son éstas las únicas tácticas pedagógicas que corrigen al cuerpo y que su existencia, sentidos y representaciones se encuentra en relación con las concepciones de cuerpo, estética y con los devenirse científicos. Es oportuno problematizar algunos puntos del trabajo, en primer lugar a lo largo de la presentación el autor hace uso de diversos conceptos claves como son: táctica, ejercicio, movimiento, los cuales no se encuentran conceptualizados en la presentación. En segundo lugar, el texto es minucioso en las referencias temporales de las fuentes y afirmaciones empleadas, adolece de una circunscripción geográfica de lo que está presentado, en donde por momento este estilo de redacción sobredimensiona las afirmaciones realizadas en relación con las fuentes presentadas, profundizándose en este sentido ante afirmaciones con un alto grado de generalidad mostrando referencias sólo de Francia. En tercer lugar, con el propósito de problematizar la propuesta del autor para futuros abordajes sobre la temática y considerando que el comentario excede los objetivos que se plantea desde un principio en la obra, al momento de exponer modificaciones a lo largo de la historia en lo atinente a las prácticas corporales, no atiende a las particularidades socio-históricas de las diversas “técnicas corporales”. En diversas ocasiones hace mención “a los deportes” y a “la gimnasia” como conceptos aglutinadores; pero se desconocen las particularidades que asumen éstas en los distintos ámbitos y épocas históricas. En particular, sería interesante tal abordaje, al punto de considerar en el siglo XIX las diversas prácticas corporales según los distintos sectores sociales en donde sólo se presenta con las categorías generales, permitiéndole dicha labro “jugar” con los niveles tácticos y técnicos.

[Alejo LEVORATTI. “Reseña”, in Educación Física y Ciencia (La Plata), Año XII, 2010, pp. 115-119]

✍ Los inicios de la ciencia occidental. La tradición científica europea en el contexto filosófico, religioso e institucional (desde el 600 a.C. hasta 1450) [1992]

No debiera parecer aventurada la siguiente afirmación: que esta obra de David Lindberg tome rumbo de convertirse en referente para todo aquel curioso que se atreva a acercarse y comprender los diversos desarrollos que ofrece el pensamiento científico durante la Antigüedad y la Edad Media, pero naturalmente también para el especialista en esta materia por las razones que enseguida se aludirán. Lindberg proporciona en este estudio riguroso una inapreciable aproximación a los respectivos marcos histórico-culturales de esas dos épocas. consciente de que el adecuado tratamiento de estos temas exige destacar en primer término la simbiosis entre las teorías científicas y los contextos en que nacieron y se desarrollaron. “Los inicios de la ciencia occidental” resulta, así, un libro innovador por un doble motivo. Primero, porque constituye un ensayo de síntesis que aborda en un único volumen las exposiciones que sobre la ciencia antigua y la del Medievo han venido apareciendo hasta este momento por separado. Los estudios de conjunto más influyentes y ampliamente reconocidos y elogiados continúan siendo “Early Greek Science: Thales to Aristotle” y “Greek Science after Aristotle”, ambas de Geoffrey E. R. Lloyd, y el ya clásico “Augustine to Galileo” de Alastair C. Crombie -sobradamente conocido este último por estar disponible la traducción al castellano, en numerosas reimpresiones, con el título “Historia de la ciencia: de san Agustín a Galileo”. El segundo motivo de novedad reside precisamente en la mencionada atención a los contextos institucionales y culturales en los que las teorías e interpretaciones científicas se crearon y difundieron a través de las diferentes épocas hasta los albores de la ciencia moderna, con todos sus avatares y peculiares circunstancias. El lector tiene en sus manos una explicación del pensamiento científico, pero también del sentido del mundo y de la vida en que dicho pensamiento quedó circunscrito. Si la exposición dedicada a la ciencia antigua es en buena medida deudora de la erudición de otros recientes intérpretes (en particular de la obra del ya citado G. E. R. Lloyd), sin ninguna duda la parte concerniente a la Edad Media es la más profunda y la más perspicaz. El pensamiento científico de este período constituye un terreno en el que Lindberg se siente seguro, pues no en vano a él ha dedicado buena parte de su ya larga labor de investigación. Es además, aquí, en esta época señalada de recepción y transmisión del legado científico procedente de la Antigüedad, donde ha de buscarse el nervio central que vertebra la obra. El fenómeno de la recepción de las antiguas fuentes permite constatar prima facie no sólo la existencia de una, o unas tradiciones científicas en el ámbito del mundo occidental por espacio de más de quince siglos, sino la propia reconducción de este legado que lo lleva, más allá de las interpretaciones del escolasticismo, hasta el tiempo del pensamiento científico de la modernidad temprana (siglos XVI y XVII). En este punto, arduamente debatido, Lindberg sitúa su línea interpretativa entre dos opiniones clásicas encontradas: la interpretación discontinuista y la continuista. La primera de ellas concibe la síntesis científica medieval (cristiana o aristotélica cristianizada) como una auténtica cesura entre el pensamiento científico clásico grecolatino y el de la modernidad. Esta opinión prevaleció a partir de la “invención” de la Edad Media como tiempo de oscurantismo y dogmatismo, impulsada por los juicios de Voltaire y Condorcet, hasta llegar a Jacob Burckhardt un siglo después (ha de tenerse en cuenta la influencia que este célebre historiador suizo ejerció sobre la interpretación histórico-científica de su seguidor, el británico John A. Symonds, cuya opinión tuvo amplio predicamento y fue extremadamente influyente). La tesis continuista, por su parte, adquiere carta de naturaleza con los estudios de Pierre Duhem a principios del siglo XX. Duhem expuso y trató de demostrar la relación existente entre el desarrollo del pensamiento científico bajomedieval y el de la primera modernidad; los términos en que planteaba esa continuidad terminaban por ignorar la idea de revolución científica moderna que tanta trascendencia iba a alcanzar, como se sabe, durante el pasado siglo. El “tertius datur” de Lindberg simpatiza -como él mismo reconoce abiertamente en este libro- con el punto de vista que sobre la cuestión mantuvieron Alexandre Koyré y, sobre todo, su discípulo A. Rupert Hall. Lindberg acepta, por tanto, el hecho de que los transcendentales cambios que se produjeron en el nivel metafísico (la nueva concepción de la naturaleza) y metodológico (fundamentalmente referidos a la preponderancia que adquiere el método experimental) sí resultaron ser cruciales para la eclosión de la llamada Revolución científica, y que, en definitiva, dichos cambios terminaron por repercutir, en mayor o menor medida, sobre el complejo entramado de la ciencia en su conjunto. Sin embargo, al mismo tiempo, pretende llamar la atención sobre la imposibilidad de obviar la existencia de continuidades de diverso signo entre el pensamiento científico premoderno y el moderno (continuidades de tipo lingüístico, conceptual y teórico) cuyos pormenores sólo pueden ser considerados teniendo en mente de forma retrospectiva la totalidad del análisis que aborda a lo largo de la obra, y cuyo colofón es el capítulo dedicado a “El legado de la ciencia antigua y medieval”. Por consiguiente, las páginas de “Los inicios de la ciencia occidental” se centran en la poderosa imagen de la existencia de una tradición científica premoderna, y en la continuidad de dicha tradición entendida, pues, en su justa medida. Puede así hablarse, con toda propiedad, de una contribución científica medieval que fue impulsada a partir de la traducción masiva de las fuentes procedentes de la Antigüedad. La recepción de este legado se produjo -como se sabe- sobre todo a partir de la labor desarrollada en el ámbito cultural islámico. Todas estas fuentes relativas a las diversas materias científicas como la filosofía natural, la matemática, la astronomía, la óptica y la medicina, entre otras, se encuentran todas ellas disponibles en Occidente desde mediados del siglo XIV. Partiendo de estos presupuestos, los sucesivos capítulos de “Los inicios de la ciencia occidental” permiten un acercamiento más fiable y riguroso al análisis de un período histórico heterogéneo, complejo y vastísimo que, como reza el subtítulo en esta edición en castellano, se extiende del 600 a.C. al 1450 de nuestra era.

[José Javier BENÉITEZ PRUDENCIO. “Reseña”, in Δαíμων. Revista de Filosofía, nº 28, 2003, pp. 199-200]

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