Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ La revolución en la historia [1986]

El empleo del término revolución pasa por una confusa coyuntura ante la dificultad de aplicarlo en una sociedad donde la idea de ruptura revolucionaria es difícil de sostener, e incluso se cuestiona su realidad histórica. Los cambios en los países del Este, el reciente bicentenario de la Revolución Francesa y las últimas reflexiones sobre la Revolución Industrial ponen en duda, en primer lugar, la eficacia de un cambio radical y, por otro lado, la propia existencia de tales revoluciones. Ante tal confusión, proliferan múltiples usos del término revolución, un elenco de abusos terminológicos que diluye el significado del propio concepto, sinónimo al mismo tiempo de ruptura y evolución, siempre y cuando conlleve una transformación realmente fundamental. La obra que presentan Roy Porter y Mikulás Teich es una selección de ensayos que no contiene una discusión sobre el concepto general de revolución. Tan solo Eric Hobsbawm delinea el marco en el que habría que situar el estudio de la historia de las revoluciones. En el resto de los artículos se ofrece una excelente muestra de la amplia pluralidad del uso y abuso, desuso y aceptación presente del término en diferentes campos historiográficos, proyectándose los historiadores en dos direcciones principales: la concepción de la revolución como una supuesta ruptura o cambio súbito y la consideración de la misma como un eslabón en la continuidad del cambio. La revolución técnica es lo que suscita mayor atención: las reflexiones de Roy Porter, Mikulás Teich, Akos Paulinyi, e incluso Elizabeth Eisenstein son ejemplo de ello. Para Akos Paulinyi, “el elemento fundamental de la revolución técnica, a la que solemos llamar revolución industrial, fue la introducción masiva de máquinas de trabajo para dar forma a la materia”. Llama la atención su reduccionista identificación de la técnica y la industria, y las claras consecuencias de ruptura con el pasado medieval y moderno que, a su juicio, adquieren su propio impulso evolucionista. La duda sobre el cambio súbito, como elemento clave para concebir un proceso de tales características se resume con la parábola del zapato del filósofo, cuyas diferentes partes eran sustituidas poco a poco y al final, ¿se trataba del mismo zapato o de otro nuevo? Alan Macfarlane sintetiza de esta forma su alegato a favor de la continuidad en el cambio en su ensayo “La revolución socioeconómica en Inglaterra”. William N. Parker precisa el origen del espíritu de revolución continua en el renacimiento para explicar la aparición de las revoluciones agraria e industrial. Elizabeth Eisenstein cree que los efectos posteriores de la revolución de la imprenta deben situarse en un proceso largo, acumulativo e irreversible que nos lleva al corazón mismo de la Revolución Francesa. Para la historiadora norteamericana “y en mayor medida de lo que se piensa muchas veces, los acontecimientos de 1788-1789 fueron consecuencia, al parecer, de la suspensión de los controles gubernamentales sobre el material impreso”. Discutible o no, lo importante a retener en estos ensayos es el concepto de “revolución larga”, acuñado por Raymond Williams en 1961. Peter Burke, en su trabajo “La revolución en la cultura9780521277846 popular”, reflexiona sobre la gran difusión de ese concepto, y advierte de la contradicción que conlleva. La perspectiva de la larga duración es útil metodológicamente ya que acontecimientos, coyunturas y tiempo largo permanecen unidos. La utilización de la “longue durée” por la escuela de los Annales ha llevado al perfeccionamiento continuo (del presente al futuro sin discontinuidades), estamos a las puertas de la “historia inmóvil”, el sistema se adapta a sí mismo. El riesgo es evidente: las contradicciones sociales pierden todo sentido. Evitan este peligro algunos historiadores anglosajones rizando el rizo al plantear la necesidad de situar una revolución dentro de la revolución permanente o continua, cuyo final es difícil de determinar. Victor Kiernan señala cómo el Tercer Mundo complica aún más el concepto de revolución que, aunque exportado por el “imperialismo revolucionario” occidental, adopta allí formas y dimensiones distintas. A pesar de la advertencia de Alan Macfarlane del “declive inminente del revolucionismo”, en función de los cambios recientes en la ideología política, el debate sobre el concepto de revolución es más que nunca fundamental para explicar y comprender cambios totales y acelerados a lo largo de la historia de la Humanidad.

[Manuel PEÑA DÍAZ. “Hacia la definición de un concepto”, in La Vanguardia (Barcelona), septiembre de 1991, p. 5]

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✍ ¿Por qué la historia? Ética y posmodernidad [1999]

Cuando se empieza a leer el libro de Keith Jenkins, uno no puede menos que sorprenderse cuando en la introducción anuncia la necesidad de vivir fuera de la historia pero en el tiempo, fuera de la ética pero en la moralidad. Peor aún, cuando más adelante anuncia el fin de la historia, el lector podría preguntarse si estamos ante un panfleto político-ideológico al estilo de Francis Fukuyama. Nada más alejado de eso. Antes de seguir más adelante y en aras de evitar una confusión mayor habría que hacer el necesario paréntesis para explicar qué entiende Jenkins por “vivir en el tiempo pero fuera de la historia, vivir en la moral, pero fuera de la ética”… El autor visualiza un fin de la historia, pero no en el sentido de que hemos llegado al pináculo de la civilización ni mucho menos al fin de la vida o de la realización humana; más bien., contempla el final del tipo de historiografía modernista que comenzó a escribirse en el siglo XVIII y que obtuvo una carta de ciudadanía plena en el siglo XIX. Este tipo de historiografía modernista, que contempla un tiempo lineal y progresivo, se expresó de manera principal en dos vertientes. Por un lado, estaban las grandes metanarrativas, “la historia con mayúsculas”, teodiceas secularizadas del tipo hegeliano y marxista que tuvieron gran aceptación en la escritura de la historia hasta la primera mitad del siglo XX. La otra gran corriente historiográfica que se considera es “la historia con minúsculas”, más de tipo académica y fundamentada todavía en muchos de los valores que Ranke y ciertos miembros de la “escuela histórica alemana” trataron de establecer y que todavía hoy en día cuenta con una gran aceptación dentro de las aulas universitarias, ya sea que la adscripción sea consciente o no. La segunda parte de la frase, “vivir en la moral pero fuera de la ética”, suena un poco extraña. En realidad, el historiador inglés entiende por “ética” no a la forma de conducirse individualmente sino a un sistema ético en su conjunto, donde las decisiones son tomadas a partir de los cánones que rigen ese sistema; “si actúo de acuerdo con el deber en el sentido kantiano, no actúo [moralmente]. Creo que no podemos renunciar al concepto de responsabilidad infinita” afirma Derrida. Pensemos prácticamente en cualquier religión o ideología donde existe un imperativo categórico que rige nuestro comportamiento y el cual se tienen que seguir. A Jenkins parece incomodarle esto porque mina nuestra capacidad de elección y la responsahilidad “moral” por cada uno de nuestros actos. Los sistemas éticos, dice Jenkins, están basados en nociones de verdad y la Verdad (la Verdad Absoluta) es algo que ya no funciona ni debe regir nuestras sociedades, por eso habría que intercambiarla por la indeterminación interminable de la decisión (y su responsabilidad) moral. Es lo que posibilita la “différence” de Derrida. El libro de Jenkins busca crear polémica, sacudir ciertas certezas teóricas e historiográficas tomando posición abiertamente por una forma de escribir la historia: la posmodernista. Si a los historiadores nos cuesta trabajo entendernos con la teoría por verla como disociada de la práctica, peor aún es con las propuestas posmodernistas a las que solemos mirar con desconfianza, por decir lo menos. Hace unos meses un amigo antropólogo me decía: “cuidémonos de esos santones de la posmodernidad, suelen ser mero pastiche y parodia de lo que critican”. Es cierto, hay mucho de eso. Pero no es menos cierto que la modernidad como periodo histórico que incluye la colonización de América, el Renacimiento y la Reforma protestante, el proyecto de la Ilustración y la Revolución francesa, teniendo a Europa como sujeto central de una historiografía marcada por un tiempo lineal y progresivo, ha entrado en un rápido ocaso a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Así como la Edad Antigua y la época medieval conocieron su término como periodo histórico y con ellos sus formas dominantes de concebir el tiempo y la escritura de la historia, no tendría por qué asombramos que el periodo moderno y sus formas de concebir el tiempo y la historiografía también tengan una finitud. Como dice Jenkins la posmodernidad no es una simple burbuja de la moda que desaparecerá si cerramos los ojos. No es así. La posmodemidad, como fenómeno histórico, se corresponde a lo que por sus características económicas se ha denominado como capitalismo tardío y cuyo comienzo algunos autores sitúan recién finalizada la segunda Guerra Mundial, o apenas en los albores de la década de los cincuenta. Pero, ¿cuál es la intención de Jenkins por mostrarnos la necesidad de “vivir en el tiempo pero fuera de la historia, vivir en la moral pero fuera de la ética”. La necesidad, dice Jenkins, es que ante la transformación del mundo, ante su aceleración, ya no podemos pensar en categorías decimonónicas, se hace necesario imaginar otras para poder convivir en formas más democráticas y emancipatorias. Esta búsqueda de nuevas formas de imaginar distintas categorías de convivencia hace que el autor se decante por ciertos teóricos de la posmodernidad, no todos ellos historiadores, pero sí quienes han contribuido a minar las certezas de la historiografia modernista. El autor expone las implicaciones que tienen en la investigación histórica y en su escritura los trabajos de Jacques Derrida, Jean Baudrillard, Jean-François Lyotard, Hayden White, Frank Ankersmit, Elizabeth Deeds Ermarth y David Hadan, además de poner como contraejemplo -lo que no se debería hacer- a Richard Evans. A pesar de lo problemático o lo complejo que pueda parecer la empresa que Jenkins se propone realizar, aquí entra la otra intención con la que se escribe este trabajo: difundir de la manera más clara, en forma pedagógica e introductoria el pensamiento de estos personajes. No es un Derrida para lingüistas o un Lyotard para filósofos: el trabajo está pensado para historiadores y, mejor aún, para estudiantes de historia o historiadores con poco bagaje “posmodemista”. No es un libro para eruditos donde se coteja la última actualización del pensamiento o de donde sólo se podrían extraer frases en un leguaje criptográfico. No es así. Jenkins siempre está pensando en su lector, por lo que se apropia de estos autores y saca de ellos lo que necesita para emprender nuevos derroteros en la forma en que concebimos la historiografia. No es la primera vez que Jenkins intenta esto. Sus otros trabajos se caracterizan por tener la misma impronta pedagógica. Rethinking History, What is History? From Carr and Elton to Rorty and White y The Postmodern History Reader buscan lo mismo: introducir al joven estudiante en los terrenos del posmodernismo sin tener que hacerlo de golpe y porrazo con textos difíciles ni con una fraseología pedante y hueca que suele disfrazarse de erudición. Aunque sus propios planteamientos suelen hallarse presentes a lo largo de la obra -como el de vivir en el tiempo y la moral sin necesidad de la ética y de la historia [modernista]-, Jenkins funciona más bien como una especie de traductor, de puente que se tiende entre un historiador bisoño y el complejo pensamiento de importantes pensadores. Ésta, que no es una tarea fácil, debe ser agradecida por sus fines didácticos. Populariza autores que parecen elitistas y hace comprensibles textos complicados, siempre dejando en claro el carácter de interpretación y apropiación de los autores para sus propios fines. Tratar de desmenuzar más en detalle el libro significaría simplificar en demasía autores de vasto trabajo y que ya han sido masticados previamente para nuestra digestión. Sin embargo, habría que señalar un par de elementos de importancia en la obra de Jenkins que suelen ser el motivo del recelo y la desconfianza con los que los historiadores miran al posmodernismo: la embestida a “la historia con minúsculas” y el relativismo de sus posiciones. Hoy en día, prácticamente nadie podría afirmar la existencia de absolutos o de verdades atemporales. Las teodiceas hegelianas y marxistas han sido desterradas de la escritura de la historia; la idea de totalidad del mundo no se puede apresar o representar, diría Lyotard. En la actualidad, casi nadie pretende tejer una metanarrativa onto-teleológica; uno de los últimos en hacerlo fue Fukuyama y así le fue. Así es como muchos historiadores parecen coincidir en el fin de las grandes metanarrativas, “las historias con mayúsculas”, pues implicaría la concepción de una verdad “quod semper, quod ubique, quod ab omnibus”. El fin de esas grandes metanarrativas (filosofías de la historia) dio como resultado el refugio del historiador en su parcela. La historiografía se atrincheró a piedra y lodo contra la filosofía y la teoría y se puso al buen resguardo del dato, del archivo, o del cronotopo escogido que no se abandona nunca. Pero, ¿eso realmente “resguardó” la disciplina?, ¿nos protegió a nosotros? Tal vez. Tal vez al costo de la disciplina y de nosotros mismos. ¿Quién se interesa hoy en la historia? Nadie más que los historiadores. ¿Quién se interesa o lee trabajos de compañeros que no se circunscriban específicamente a su cronotopo? Prácticamente nadie. Vivimos en soledad y aislados, no sólo de la sociedad sino incluso de los demás integrantes de la disciplina. Por más que a muchos historiadores les disguste y a otros simplemente no les interese, tenemos que replantearnos estas bases teóricas que han divorciado a la disciplina de la sociedad, sino seguiremos produciendo pequeñas historias locales hasta la saciedad sin un propósito claro. Esos trabajos, sin duda de esfuerzo y trabajo, suelen dormir el sueño de los justos en las bibliotecas y las librerías. “Los peluqueros en el sexenio cardenista entre marzo de 1936 y abril de 1937 en la comunidad de Uriangato” puede haber significado un gran trabajo de archivo, pero dudo que mucho más. ¿No son este tipo de obras, trabajos a escala de la noción de verdad? Si no puedo plasmar una verdad histórica universal tal vez pueda plasmar una verdad histórica particular, parecen decir este tipo de historiadores. Nos parecemos al cuento de Borges en el que para poder trazar un mapa del imperio se necesita … ¡un imperio idéntico! Ante lo cual el mapa perdía su razón de ser. Esas son las críticas que le hace Jenkins a Richard Evans. Desconozco si dichas críticas son fundadas o no -no conozco el trabajo de Evans- pero sin duda se puede aplicar a un gran número de historiadores en la actualidad. Sobre la actitud posmodernista y su relativismo que se critica por socavar fundamentos, tanto de izquierda como de derecha, Jenkins simplemente asume la posición y considera que no es un problema sino una de las mejores soluciones de acuerdo a la actualidad. Pero habría que moderar esta concepción relativista del posmodernismo. Stanley Fish dice que los relativistas no dicen que no haya fundamento; sí los hay, pero existen como ficciones útiles, que de manera pragmática operan como reales para nuestra comprensión del mundo. Además la historiografía modernista y sus fundamentos tampoco nos salvaron del fascismo, el holocausto, los genocidios y las guerras, ni la cantidad ingente de pobres que hoy existe en el mundo. De la noción de relativo depende la de absoluto: se es relativo respecto a algo: a la Verdad, a la justicia, a la Razón. Pero si omitimos el absoluto, si quitamos el centro ¿dónde queda lo relativo? ¿Estamos “relartivamente” más cerca de la Verdad o más lejos de ella si dcscentralizamos su existencia? Siguiendo de cerca los argumentos del científico Ilya Prigogine, Elizabeth Deeds Ermarth señala que “estamos rodeados por un mundo que funciona según los principios de la teoría cuántica; (pero) vivimos en mundos mentales que operan bajo los principios de Newton”. Este es el reto de la historiografía por venir, según Jenkins y Ermarth, “vivir en el tiempo pero fuera de la historia (modernista) que ha producido un tipo de tiempo lineal, el tiempo de Newton y de Kant, el tiempo de los relojes y del capital”. Dipesh Chakrabarty propone para las estudios poscoloniales (y en general para la historiografía) “provincializar”, descentralizar el sujeto por excelencia de la historiografía moderna (Europa) de manera que no haya centro y por ende no exista la periferia, la descentralización del lugar, la relativización del espacio en la historia. Entonces pareciera tener sentido que el siguiente paso sea la descentralización y relativización del tiempo, la construcción de una historia no-euclidiana; no más flecha del tiempo ni para el mundo social ni para el mundo físico, como ha señalado Prigogine. Pero entonces, si todo pareciera ser contingente, ¿para que molestarnos en escribir historia y, llevándolo al extremo, por qué molestarnos en nada en absoluto? La respuesta parece residir, como Rorty afirma, que “estamos sin amigos, a expensas de nosotros mismos como el panda, la abeja y el pulpo: simplemente otra especie más haciendo lo que puede”. Para un creyente esto es inadmisible. Está bien, los que creen en Dios seguirán invariablemente otra lógica. Para los agnósticos, como es mi caso, es necesario creer en algo: la necesidad de estar haciendo algo que nos conduzca a un presente mejor. Todo se reduce al intento de querer vivir mejor. Y la historiografía como proyecto ético (moral diría Jenkins) que construya nuevos imaginarios políticos “más emancipadores y democráticos”, es indispensable. Pensar lo político en toda su dimensión ética tiene que ser el reto de una historiografía no-moderna (¿posmoderna, transmoderna?).

[Javier BUENROSTRO. “Reseña”, in Istor. Revista de Historia Internacional, nº 35, invierno de 2008, pp. 187-192]

␥ Colin Renfrew [1937]

El prehistoriador inglés Colin Renfrew terminó sus estudios universitarios en Cambridge en 1962. En 1965, obtuvo una plaza de Lecturer en la Universidad de Sheffield, llegando más tarde en la misma Universidad a Reader. En 1968 publicó su primer artitulo polémico, “Wesse without Mycenae”, que invirtió todas las consideraciones tradicionales sobre la edad del Bronce y el Calcolítico europeo, cuestionando además el dogma difusionista. Fue durante estos años en Sheffield que se presentó como candidato al Parlamento por el Partido Conservador. En 1972 obtuvo la cátedra de Arqueología de la Universidad de Southampton, plaza en la que estuvo hasta 1981. En este año, tras la jubilación de Glyn Daniel, consiguió la Cátedra Disney en la Universidad de Cambridge y se hizo cargo de la dirección del Departamento de Arqueología de esa Universidad. Desde esa fecha ocupa ambos puestos, en simultáneo con su trabajo en otras actividades académicas. En septiembre de 1986 llegó a Master del Jesus’s College, uno de los Colleges de Cambridge mejor considerados y más ricos. Colin Renfrew es, con muy pocas dudas, uno de los más importantes prehistoriadores actuales, y sin duda alguna, uno de los de mayor renombre y popularidad. Esto se ha debido al hecho de que ha escrito principalmente acerca de temas polémicos y de indudable importancia para la prehistoria en su conjunto, terciando en debates como el que opone posiciones difusionistas a autoctonistas, replanteando los orígenes de la metalurgia o repensando el fenómeno megalítico. Su capacidad de síntesis y amplitud de miras le permitieron, a partir del fundamento teórico y renovación metodológica que suponían los desarrollos iniciales de la New Archaeology, desempeñar el papel de auténtico “vulgarizador” de esta corriente y promover a través de respuestas concretas un cambio radical en los paradigmas, categorías y resultados interpretativos de la Arqueología y los arqueólogos. De este modo, sin ser forzosamente una de las personalidades más relevantes en la producción y formalización teórica de esta corriente, ha pasado a representar el prototipo de arqueólogo ligado a la misma. Por ello, su trabajo reproduce y concreta todas las características de la Nueva Arqueología, tanto en sus virtudes como en sus defectos. De esta posición Renfrew ha contribuido a una transformación radical en la forma de hacer y concebir el trabajo arqueológico. Se podrá estar de acuerdo o en desacuerdo con él, se podrá participar de sus ideas o criticarlas, pero en todo caso parece bastante claro que su propia labor ha propiciado esta mayor amplitud que la Arqueología va adquiriendo día a día. Sin embargo, a menudo se realizan interpretaciones muy simplistas de la obra de Renfrew. Ya sea en elogios, censuras o, simplemente, utilizaciones de la misma, se acostumbra tomar datos e interpretaciones que Renfrew postula descontextualizándolos, fijándose en ellos desde un punto de vista exclusivamente puntual y, en el fondo, anecdótico. Así, por ejemplo, se habla de Renfrew como uno de los mayores oponentes al paradigma difusionista y se le cita para desmontar estudios que siguen esa tendencia. Pero casi nunca se plantea una reflexión crítica paralela sobre la lógica que pueda subyacer a su militancia proautoctonista, ni se reconoce la significación que ese postulado concreto pueda tener en el seno de su sistema de pensamiento. Este problema, normal en las ciencias humanas, es de particular incidencia en la Arqueología. En general los investigadores prefieren no tener en cuenta que debajo de las formulaciones teóricas, elecciones metodológicas y resultados prácticos de cada uno de ellos o los demás, haya algo más que meros intercambios presuntamente objetivos e inocentes entre esos autores y los datos u objetos con los que trabajan. Y en general siempre hay entramados más profundos, a menudo desconocidos para el arqueólogo, en los que los principios y técnicas de las cuales éste se reviste adquieren un sentido que en buena medida es extraño al investigador individual […] Se trata, en suma, de intentar evitar posicionamientos tan simplistas como el que era frecuente encontrar en las arqueologías griega y noruega antes de que éstas empezasen a tener mucho contacto con el exterior, y en las que en general predominaba la creencia de que Renfrew debía ser un hombre de izquierdas porque representaba una tendencia progresista en la disciplina arqueológica, en abierta oposición con las orientaciones tradicionales dominantes, que, como es bien sabido, han estado muchas veces relacionadas a posiciones políticas conservadoras. Evidentemente, maniqueísmos de este estilo, en los que conservadurismo o progresismo en ciencia es igual a conservadurismo o progresismo en política o ideas sociales, no sólo son erróneos, sino que, sobre todo, son oscurantistas, ya que mientras hacen polarizar la atención sobre la base ideológica de la ciencia en términos tan sobresimplificadores, contribuyen a evitar planteamientos más rentables y constructivos sobre esa cuestión.

[Charlotte DAMM y Felipe CRIADO BOADO. “El arqueólogo y su pensamiento” (selección), in Revista de Arquelogía, Año VIII, nº 78, octubre de 1987, pp. 5-6]

␥ Lila Caimari [1962]

La historiadora argentina Lila Caimari nació en la provincia de Río Negro. Se graduó en la Universidad Nacional de La Plata, obtuvo el doctorado en el Instituto de Estudios Políticos de París. Es investigadora del CONICET y docente en el Posgrado en Historia de la Universidad de San Andrés. Es autora de “Perón y la Iglesia católica. Religión, Estado y sociedad en la Argentina, 1943-1955” (1995). Sus trabajos sobre la cuestión criminal han sido publicados en “Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955” (2004), “La ley de los profanos. Delito, justicia y cultura en Buenos Aires (1880-1940)” (2007) del que fue compiladora, “La ciudad y el crimen. Delito y vida cotidiana en Buenos Aires, 1880-1940” (2009) y “Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1945” (2012). También ha editado junto con Robert Buffington el volumen colectivo “Keen’s Latin American Civilization: History and Society, 1492 to the Present” (2004). Es, asimismo, autora de numerosos artículos y capítulos de libros sobre diversas dimensiones de la historia social y cultural argentina. Actualmente investiga sobre policía y cultura urbana.

[Fuente Siglo XXI Editores]

✍ Antiguas civilizaciones del Asia Anterior [1959]

Toda afirmación de la historia, dado su carácter científico, es hipótesis emanada de pruebas y constantemente sometida a ellas. El conocimiento de la historia está modificándose, durante este siglo, por innumerables hallazgos arqueológicos y desciframientos de escrituras que prácticamente nos están descubriendo, por un lado, una entraña inesperada de las civilizaciones cuyos nombres o poco más nos había legado lo tradición; por otro, una relación distinta entre esas civilizaciones y, por otro aún, civilizaciones que no conocíamos o nombres antes vacíos que hoy nos aparecen plenos de contenido. Esta pequeña obra de Contenau nos ofrece, hasta donde le es posible en su brevedad, un mapa de conjunto de los antiguos civilizaciones del Asia Anterior; un resumen de su movimiento general, con las fragmentaciones locales, unificaciones y nuevas fragmentaciones, la unificación general del tiempo de los persas y los desmembramientos que la siguieron: una idea evolutiva de los desarrollos políticos, culturales, técnicos y religiosos; una exposición de los descubrimientos arqueológicos más significativos y las modificaciones conceptuales que han provocado. El cuadro general de las antiguas civilizaciones del Asia Anterior que resulta aparece libre de casi todas los presiones tradicionales, pero rigurosamente prudente, es decir, científico, en la proposición de criterios nuevos, y singularmente animado y vívido en la reconstrucción de tan inmensa perspectiva. El arqueólogo y orientalista francés Georges Contenau (1877-1964) fue miembro correspondiente del Instituto de Francia -que reúne las cinco academias de Francia- y se ha desempeñado honorariamente como curador en jefe de antigüedades orientales en el Museo del Louvre. 

[Fuente: EUdeBA]

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