Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ The Cuban Slave Market, 1780-1880 [1995]

The Cuban Slave Market responde a una evidencia historiográfica: el hecho de que no es posible entender la evolución de economías esclavistas como la cubana sin contar con una gran base de datos cuantitativa sobre el precio de los esclavos que permita conocer el mercado de trabajo. Bergad, Iglesias y Barcia, con la colaboración de un grupo de jóvenes estudiantes e investigadores de la Universidad de La Habana y del Lehman College de Nueva York han realizado esa labor, confeccionando una muestra con 23.000 transacciones procedentes de tres colecciones localizadas en el Archivo Nacional de Cuba (La Habana): Protocolos de La Habana, Galetti y Fornari; Administración General Terrestre de Cienfuegos y Santiago, y papeletas para el cobro de la alcabala de Cienfuegos y Santiago, incluidas en la Miscelánea de Expedientes. La base de datos distingue, por tanto, transacciones realizadas en las tres localidades citadas, de negros esclavos clasificados por sexo, edad, lugar de procedencia (criollos o importados) y oficio. La obra está dividida en cinco partes. En la primera se analiza la historiografía existente sobre el precio de los esclavos y la importancia de la esclavitud en la historia económica de Cuba. En la segunda se presentan las fuentes, se exponen los métodos de selección muestral y los criterios para elaborar un índice de precios reales de los esclavos, que es el objetivo del libro. En la tercera se presentan los resultados y en la cuarta las conclusiones, incluyendo en ellas un apartado en el que se aborda el problema en perspectiva comparada. La quinta y última parte es un apéndice estadístico que incluye el mencionado índice de precios y la serie anual de cotizaciones promedio desagregada por lugares, sexos, edades, lugares de procedencia y oficios de los negros. Las conclusiones del trabajo son poco originales. Por lo general, confirman las tesis existentes sobre el tema. No obstante, y a pesar de que ello puede haber resultado desalentador para los autores, esa es su mayor aportación a la investigación: la revalorización de los estudios que le han antecedido. El principal defecto, por contra, está en la selección de la muestra. Somos conscientes de que ello se debe probablemente a problemas de disponibilidad de información. La confección de la base de datos y la elaboración de los índices se han realizado con la máxima rigurosidad y los criterios utilizados se exponen en el texto de forma meridiana; el inconveniente es que el criterio de selección geográfica plantea algunas dudas sobre su representatividad. La economía y la sociedad cubana de los siglos XVIII y XIX se caracterizó por marcados contrastes entre las mitades occidental y oriental de la isla. En el Oeste se concentró la población y las principales explotaciones económicas, mientras el Este permaneció aislado y atrasado. Hubo contrastes también entre la ciudad y el campo, especialmente entre La Habana y el resto del territorio, así como entre las regiones dedicadas a la explotación de recursos destinados a la explotación y regiones donde predominaron los cultivos de subsistencia. Los lugares elegidos en la muestra no reflejan todas esas diferencias. La Habana y Santiago representan a las ciudades (eran y son aún los dos mayores núcleos poblacionales de Cuba), la primera está en Occidente y la segunda en Oriente. Cienfuegos, situada en el centro del país, representa lo rural y también una zona azucarera de expansión relativamente reciente, sobre todo frente a La Habana. Sin embargo, la región azucarera por excelencia durante el siglo XIX fue Matanzas. Para hacernos una idea de su importancia basta decir que en 1877 producía la mitad del dulce cubano y ocupaba en sus ingenios al 50 % de los esclavos empleados en la industria del dulce, la cual daba trabajo a más del 40 % de éstos. Lo ideal, por tanto, habría sido seleccionar una muestra que incluyese un espectro más amplio del territorio o, al menos, haber podido obtener datos sobre las transacciones en Matanzas. El hecho de que las conclusiones del libro, como ya señalamos, no varíen sustancialmente las tesis anteriores sobre la evolución del precio de los esclavos y demuestren la existencia de un mercado nacional de trabajo compulsivo palian en cierta medida los problemas de representatividad de la muestra. Por lo demás, de su análisis se deduce la existencia de tres grandes períodos en la evolución de las cotizaciones. El primero de ellos coincide aproximadamente con la última década del siglo XIX. Debido a la expansión de la agricultura azucarera y cafetalera en ese período, el precio de los esclavos aumentó de 274 a 397 pesos entre 1790 y 1800 (45 %). A partir de esa última fecha se inició una fase de estabilidad: cincuenta años después, el valor de mercado promedio de los esclavos era de 320 pesos. Dicha tendencia indica que la trata funcionó adecuadamente y respondió al crecimiento de la demanda. Finalmente, a partir de 1850, el mercado refleja la coincidencia de factores económicos y políticos: la expansión de la producción y de las exportaciones de dulce y las dificultades políticas para la trata de negros, que culminó en 1867 con la abolición de dicha práctica en Cuba. Tal y como se aprecia en el siguiente cuadro, debido a esas variables, las cotizaciones experimentaron un incremento del 40 % en los veinticinco años siguientes, que contrasta abiertamente con la estabilidad del período anterior.

Precio promedio quinquenal de los esclavos, 1850/54-1875/79 (en pesos)

1850-1854                                                        379

1855-1859                                                        567

1860-1864                                                       608

1865-1869                                                        529

1870-1874                                                        573

1875-1879                                                         530

El mercado mostró una gran capacidad de respuesta a las variables económicas y políticas. Destaca especialmente lo que los autores denominan una «consecuencia demográfica»: los tratados hispano-británicos sobre la trata tuvieron efectos significativos sobre la demanda de esclavos de determinadas características. Así, los acuerdos anglo-españoles acerca del tráfico de negros antes de 1850, provocaron un crecimiento relativo de la demanda de varones jóvenes (menores de 15 años), lo que indica una preocupación por asegurar el futuro de la m.ano de obra: hasta 1800, sólo el 15 % de los transados se encontraba dentro de esa categoría; el porcentaje ascendió al 18 % entre 1801-1820 y al 30 % entre 1921-1935. Dichos tratados, el primero de los cuales se firmó en 1817, provocaron también un incremento del precio de las mujeres jóvenes (en edad fértil) y por la misma razón que señalamos anteriormente. Entre 1816 y 1817, la cotización de las hembras de color de menos de 15 años aumentó un 78 %, y entre 1866 y 1867, un 44 % (la abolición definitiva de la trata se produjo en 1868). En ambas fechas, el precio promedio de los esclavos se redujo un 2 y un 5 % respectivamente. Las conclusiones de The Cuban Slave Market, muestran también, como cabía esperar, un precio promedio más alto de los esclavos varones criollos (aclimatados), frente a los foráneos, de los urbanos frente a los rurales y de los que tenían oficio frente a los domésticos o a los destinados a trabajar en el campo. Entre las mujeres, sin embargo, no se dan esas diferencias, de lo que Bergad, Iglesias y Barcia deducen que hubo una preocupación similar en los propietarios, fuese cual fuese la razón por la que adquirían los esclavos, por conseguir un equilibrio entre los sexos. El estudio demuestra también la importancia de los mecanismos de coartación (mediante el cual el individuo compraba su libertad) y manumisión: un 15 % de los esclavos gozó de la primera de esas condiciones y un 25 % fue manumitido, lo que indica la existencia de oportunidades de acumulación de capital y de liberación para la población esclavizada. Finalmente, en las comparaciones internacionales, los autores avisan de las dificultades que presentan estos ejercicios debido a la diferencia de fuentes, datos, métodos e hipótesis con que se trabaja en los distintos estudios existentes para otros países. No obstante, es posible cotejar los resultados obtenidos para Cuba, con los que existen para las otras dos grandes economías esclavistas: la brasileña y la del sur de los Estados Unidos. En el sur de los Estados Unidos, debido a la expansión de la agricultura algodonera, se observa un fuerte crecimiento de los precios de los esclavos en la segunda y en la cuarta década del siglo XIX que no se dio en Brasil y en Cuba. Las razones de tipo económico fueron más determinantes en la evolución de las cotizaciones que en la isla, donde el valor del mercado de los negros, según se ha demostrado, dependió más de factores de naturaleza política. En la década de 1830, además, siendo que las explotaciones algodoneras (estadounidenses), cafetaleras (brasileñas) y azucareras (cubanas) experimentaron una expansión similar, los precios mostraron una gran estabilidad con tendencia a la baja en Brasil y Cuba. La razón de esa tendencia fue que en esos lugares, la oferta de trabajo compulsivo se mostró muy elástica debido a la expansión simultánea de la trata, mientras que en los Estados Unidos ésta había cesado prácticamente en 1808 y el mercado interno de mano de obra esclava no fue capaz de reaccionar con rapidez a coyunturas de crecimiento económico. Las diferencias entre los tres casos antes de 1850, desaparecen prácticamente en la segunda mitad del siglo XIX. En ese período coincidieron causas económicas (expansión de la producción de materias primas) y políticas (dificultades para la trata de esclavos), que elevaron por igual las cotizaciones de los esclavos en los Estados Unidos, Brasil y Cuba. Finalmente, en estos dos últimos lugares se aprecia una nueva tendencia inflacionaria en 1870 ante la inminencia de la abolición de la esclavitud (en los Estados Unidos la abolición se produjo años antes debido a la victoria del Norte en la Guerra de Secesión). El estudio de Bergad, Iglesias y Barcia termina con algunas notas comparativas distinguiendo a los esclavos por el sexo, la edad, el lugar de procedencia y el oficio. Los estudios para los otros dos casos de la comparación son menos desagregados que los cubanos, por lo cual, no les es posible llevar más allá de un mero apunte el cotejo en función de estas categorías.

[Antonio SANTAMARÍA GARCÍA. “Información bibliográfica”, in Revista de Indias, vol. LVI, nº 207, 1996, pp. 547-551]

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✍ Los textos de la patria. Nacionalismo, políticas culturales y canon en Argentina [2007]

En 1915, en el marco de los debates sobre la nacionalidad propios de los años del Centenario, aparecieron de manera simultánea dos colecciones de autores argentinos que proponían dos visiones bien distintas de la tradición cultural argentina. Contra las apariencias de consenso promovidas por el concepto de canon, estas colecciones inaugurales presentaron dos cánones textuales inconciliables. Se publicaron, enfrentadas, durante más de una década. Sus directores, Ricardo Rojas y José Ingenieros, se contaban entre las figuras intelectuales de mayor peso en la época. Tres años antes se había ampliado la democratización del sufragio con la ley Sáenz Peña, y un año después subió a la presidencia Yrigoyen. Y esto sucedió en uno de los momentos que más justificadamente podemos llamar de nacimiento de la literatura argentina. El primer acierto de la investigación que está detrás de Los textos de la patria reside, evidentemente, en la elección de su tema. La estructura del libro, además de eficiente, es sencillísima: una introducción, un primer capítulo centrado en las antologías poéticas del siglo XIX, un segundo capítulo dedicado a la Biblioteca Argentina de Rojas, un tercer capítulo sobre La Cultura Argentina de Ingenieros y un epílogo que se ocupa, más brevemente, de las colecciones posteriores, desde las de Alberto Palcos hasta las de Eudeba y Centro Editor de América Latina en la década de 1960. Los capítulos sobre Rojas e Ingenieros son por supuesto los más importantes (y extensos), pero el primer capítulo es el que permite comprender por qué en 1915 se inició una nueva etapa en la elaboración de nuestro canon literario y por qué las colecciones de Rojas e Ingenieros fueron pioneras. Ese primer capítulo está subordinado a los dos que le siguen, y también se deja leer solo. Es una historia crítica detallada de las antologías poéticas argentinas y americanas que se publicaron durante el siglo XIX, desde La lira argentina (1824) hasta la Antología de poetas hispano-americanos (1892-1895) de Marcelino Menéndez y Pelayo, aunque también se ocupa de las antologías en prosa (el género mucho más pragmático y mucho menos prestigioso que tuvo su modelo en los Trozos selectos de Alfredo Cosson, aquel director del Colegio Nacional que recordamos por Juvenilia), de La tradición nacional de Joaquín V. González y de los manuales de historia literaria argentina para uso escolar inmediatamente anteriores a la de Ricardo Rojas. Este primer capítulo responde por primera vez de una manera suficientemente fundamentada cuáles fueron los textos y autores (y quizá lo más importante: según qué criterios) considerados como canónicos a lo largo del siglo XIX. “Puede afirmarse”, concluye Degiovanni en la página 38 con el laconismo de la credibilidad, “que estos ocho textos constituyen el centro del canon argentino del siglo XIX”. En Los textos de la patria hablan casi exclusivamente los textos. El lector puede buscar inútilmente en el libro, por ejemplo, cierta imagen de Ingenieros: el de La Siringa, el mistificador, el gran fumista. Y los textos, además de exigir sus contextos (historia literaria, pero también política, de la inmigración, de la prensa, del público lector, de la filología, de la sociología) llevan siempre a otros textos hasta tramar una densa y a la vez dilatada conversación que se extiende entre los siglos coloniales (porque la “biblioteca restauradora” de Rojas, según la llama Degiovanni, no excluía el período colonial) y la década de 1920 —o la de 1960, si consideramos el epílogo. El periodismo cultural, aun más que la crítica universitaria, creó el hábito de recibir sin sobresalto y con escepticismo palabras como “polémica”, “batalla” o “disputa”. En Los textos de la patria esas palabras no faltan, pero tampoco quedan injustificadas. En las colecciones de Rojas e Ingenieros, nos dice, se enfrentaron dos sectores sociales en pugna (inmigrantes y viejos criollos), dos posiciones políticas, dos nacionalismos distintos, dos perspectivas epistemológicas (materialista y cientificista en Ingenieros; espiritualista y ligada a una formación humanística tradicional en Rojas), dos disciplinas (sociología y filología), dos alianzas (mercado y Estado), dos públicos lectores y dos circuitos de consumo cultural. Rojas e Ingenieros supieron discutir bajo formas directas. Escribieron, por ejemplo, dos textos (llevaron curiosamente el mismo título, “Historia de una biblioteca”) destinados a reclamar para sí la precedencia de sus respectivos proyectos. Pero sobre todo discutieron indirectamente, a través de alusiones y contrapuntos —que exigen, por lo tanto, las destrezas de un lector atento para descifrarlos. Fue una discusión donde cada uno de ellos contradijo al otro sin dirigirle la palabra, a través de específicos procedimientos editoriales: selección de ciertos textos, agrupación en series que confiaban en la contaminación de textos contiguos, añadidos u omisiones que definían sentidos, redacción de prólogos con instrucciones de lectura. Cuando me llegó el libro reprimí el impulso o vicio profesional de revisar ante todo los apéndices que figuran al final y que exponen las listas ordenadas de los títulos correspondientes a las dos colecciones. Comenzar por allí, es decir, por preguntarme qué se puede hacer con esos dos catálogos, hubiera sido (pensé después, tras la lectura ordenada y completa) el mejor recorrido para valorar la respuesta dada por Los textos de la patria. A la pregunta ¿cuál es su tema de investigación?, Degiovanni pudo responder económicamente señalando con el dedo esos catálogos. Se trataba de un objeto de investigación fácilmente delimitable y hasta extremadamente acotado que, sin embargo, poseía la capacidad de expandirse hasta volverse intratable para cualquier investigador, incluso bien informado y entrenado. Comenzar la lectura por los apéndices puede intensificar otra comprobación, porque de esos tan quietos catálogos de libros pasaríamos a un texto ensayístico que sin embargo sabe generar los efectos de un texto narrativo. Las inmóviles colecciones de Rojas e Ingenieros se ponen en movimiento en Los textos de la patria por el lugar que el libro le otorga a la historia, o más exactamente, porque el libro piensa las colecciones bajo la forma de historia valiéndose de su larga duración. Los capítulos dos y tres reconstruyen la historia de la publicación de las colecciones, centrando el comentario en los títulos o autores sobre los que Ingenieros y Rojas coincidieron (al elegirlos) y difirieron (al tratarlos), y a la vez narran otras dos historias: la historia de las mutaciones por las que pasaron los dos proyectos editoriales hasta su final concreción en 1915 y la historia de las también cambiantes teorías de la nación de Rojas e Ingenieros sobre las que se apoyaron y sin las cuales no hubieran sido posibles la Biblioteca Argentina y La Cultura Argentina. Me parece justo agradecerle también a Fernando Degiovanni algo presente en cada página y en cualquier plano del libro: una combinación de la lucidez y la modestia. En Los textos de la patria no pude hallar el menor rastro de autoindulgencia narcisista. Todo parece supeditado al respeto por el lector y al mejor funcionamiento del texto. Se puede empezar a corroborar lo que digo (sé que no es el mejor ejemplo, pero es lo más rápido) abriendo el libro en cualquier lugar y observando la construcción de los párrafos que allí encuentren: párrafos de parejísima extensión que fueron construidos como párrafos, como si el punto y aparte fuera en efecto un punto y aparte que sirviera justamente para separar y crear párrafos, con una frase inicial que suele oficiar de introducción y una última parte que favorece el enlace con lo que viene. Veo lo mismo, para dar otro ejemplo cualquiera y bien diferente, en el exigente nivel de justificación que se impuso para las principales tesis que defiende el libro. Allí donde habitualmente se le ofrecerían al lector, en el mejor de los casos, un par de razones, Degiovanni acumula las pruebas, valiéndose de esa red de textos en diálogo que arma y que le permite cruzar corroboraciones de distinto tipo y con distintas procedencias. Hay otras modestias, como evitar las generalizaciones vistosas y citables pero imprudentes. No obstante, creo que Los textos de la patria no deja de sugerirnos, mediante la paciente acumulación y articulación de observaciones menores, dos claves mayores. Una de ellas es el declive final del patronazgo estatal sobre las letras desplazado por el imperio del mercado: no casualmente el libro termina con proyectos editoriales de difusión masiva como los de Eudeba y CEAL, que a su vez remiten, hacia atrás, a editores como Antonio Zamora o a la colección del propio Ingenieros. La otra clave tiene la forma de una paradoja, quizá la más resistente que propone el libro, y gira en torno a los efectos inesperados del divorcio entre la cultura científica y la cultura literaria: ¿cómo, respaldado en las convicciones positivistas de una sociología que se fundó en el rechazo de lo literario, Ingenieros pudo proponer un canon de la literatura argentina que, invirtiendo a Rojas (y por lo tanto, sin período colonial, sin géneros discursivos residuales como los de la oratoria, con autores como Fray Mocho y Florencio Sánchez) nos resulta ahora tanto más moderno, cercano, familiar?

[Sergio PASTORMERLO. “Reseña”, in Orbis Tertius, vol. XII, nº 13, 2007]

✍ Historia de la historiografía moderna [1911]

La nueva edición que, tras varios años desde la muerte del autor, Dietrich Gerhard y Paul Sattler han ofrecido de la Historia de la historiografía moderna de Eduard Fueter, no aporta al texto de la obra ningún cambio importante, salvo la corrección de algunos errores materiales. Con todo, en el Apéndice, se encontrará una puesta al día muy útil de los trabajos de algunos escritores que han sido estudiados por Fueter. En cuanto al libro propiamente dicho, todos saben qué lugar ocupa desde su aparición en 1911, junto con laimages traducción francesa posterior de 1914, la cual se encuentra, con toda justicia, entre nuestras fuentes de consulta más familiares. Es cierto, tiene fallas -y una de las más graves es, sin dudas, haber pretendido establecer un cisma harto arbitrario entre la “historiografía” y la investigación histórica que, frente a la experiencia, se ha revelado impracticable: como “historiógrafo”, Mabillon apenas es merecedor de una línea; como creador de un método intelectualmente considerable, mucho más que la página que se merece. ¡Pero no importa! “El Fueter” nos presta enormes servicios: la moderación y el buen tino de sus observaciones son elementos que, actualmente, se han vuelto más valiosos que nunca, de manera que no podemos escatimarle ningún agradecimiento.

[Marc BLOCH. “La historia de la historia”, in Annales d’histoire économique et sociale, vol. VIII, nº 41, 1936. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil] 

✒ Algunos motivos para leer los clásicos, según Italo Calvino [1981]

Empecemos proponiendo algunas definiciones.

1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo…».

Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro. El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación» de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído. Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo son también más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan enseguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas. Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo ensayo. Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición:

2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por  primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces:

3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo. Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia. En realidad, podríamos decir:

4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. 

La definición 4 puede considerarse corolario de ésta:

6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. 

Mientras que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como:

7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas quehan precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en lasculturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días. La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir que:

8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que laobra se sacude continuamente de encima.

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y ésta es también una sorpresa queda mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición del tipo siguiente:

9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela. Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte, hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios pickwickianos. Poco a poco él mismo, el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de
Las aventuras de Pickwick en una identificación absoluta. Llegamos por este camino a una idea de clásico muy alta y exigente:

10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé. Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho, pero todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él. Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre mis autores. Diré por tanto:

11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural. Podríamos decir:

12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.

Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el de cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que no son de clásicos. Problema que va unido a preguntas como: «¿Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?». Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto sin tener que hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario, tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción. Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos indica los atascos del tráfico y las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el discurrir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habitación. Pero ya es mucho que para los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera de la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen. Añadamos por lo tanto:

13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otium humanístico, y también en contradicción con el eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación. Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada su vida en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda la literatura italiana, más la francesa, con exclusión de las novelas y en general de las novedades editoriales, relegadas al margen, en el mejor de los casos, para confortación de su hermana («tu Stendhal», le escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas, Giacomo las satisfacía también con textos quenunca eran demasiado up to date: las costumbres de los pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el viaje de Colón en Robertson. Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales. Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he citado. Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo el artículo para que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender quiénes somos y a dónde hemos llegado, y por eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos. Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han deleer porque «sirven» para algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos. Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De qué te vaa servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”».

[CALVINO, Italo. Por qué leer los clásicos. Barcelona: Tusquets, 1993, pp. 13-20]

NOTA BENE. Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba). A los dos años la familia regresó a Italia para instalarse en San Remo (Liguria). Publicó su primera novela animado por Cesare Pavese, quien le introdujo en la prestigiosa editorial Einaudi. Allí desempeñaría una importante labor como editor. De 1967 a 1980 vivió en París. Murió en 1985 en Siena, cerca de su casa de vacaciones, mientras escribía Seis propuestas para el próximo milenio. Con la lúcida mirada que le convirtió en uno de los escritores más destacados del siglo XX, Calvino indaga en el presente a través de sus propias experiencias en la Resistencia, en la posguerra o desde una observación incisiva del mundo contemporáneo; trata el pasado como una genealogía fabulada del hombre actual y convierte en espacios narrativos la literatura, la ciencia y la utopía.

✍ Pour une Histoire à part entière [1962]

Aparece ahora, casi podríamos decir, como un homenaje a la memoria del gran historiador francés Lucien Febvre, este libro en el que se recogen una serie de reseñas y de ensayos, publicados entre 1907 y 1953. Ordenados no cronológicamente, sino por las diversas materias sobre las que meditó el fino espíritu de Lucien Febvre, podemos así seguir su pensamiento sobre las relaciones entre la Geografía y la Historia, sobre la Historia de la Econonúa, sobre la Historia social, sobre la Civilización y, finalmente, sobre la que él denominó Historia de los sentimientos. El lector acostumbrado a la pluma de Lucien Febvre volverá a encontrar aquí esa penetración del juicio y esa riqueza de expresiones, puestas al servicio de una interpretación nueva de la Historia. Nada más revelador, a este respecto, que la ligazón entre Lucien Febvre y Fernand Braudel; para el que no la conociera, bastaría con leer el comentario que hizo Febvre a la aparición de la obra magna de Braudel titulada El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Allí cuenta el comentarista cómo un joven profesor de Argel le indicó un día su propósito de presentar su tesis en la Sorbona sobre un tema encajado dentro de las directrices de la historiografía clásica: La política mediterránea de Felipe II. A lo que Lucien Febvre respondió: “Felipe II y el Mediterráneo, he ahí un buen tema. Pero, ¿por qué no El Mediterráneo y Felipe II?”. Formidable consejo que arrancaba al joven historiador en ciernes, de los caminos rutinarios, para encauzarle por la vereda de una nueva concepción de la Historia. Y así comenzó la gran aventura de Fernand Braudel, una aventura de muchos años de pacientes investigaciones, para captar el ritmo profundo del viejo mar en un momento de su Historia. Y de ese modo vemos a Lucien Febvre, en estrecha solidaridad con la obra de las generaciones siguientes, creando escuela, esa gran aspiración de todo profesional. Pues leyendo esta prosa del historiador francés, representativa de la obra de toda su vida, se comprende bien el por qué del florecimiento de la nueva escuela histórica francesa. Bien sea en sus disquisiciones sobre la evolución del capitalismo y en sus entronques con la Reforma, bien en sus sondeos sobre el término civilización, con sus dos acepciones contradictorias, bien sean sus lucubraciones sobre técnica y maquinismo, nos encontramos siempre con el maestro de la mejor Historia, una Historia nueva frecuentemente por el tema, y sorprendente siempre por la forma sencilla, clara y penetrante con que nos es contada. De ese modo, este libro de Lucien Febvre viene a ser como una antología de lecturas históricas, y una antología de tal calidad, que el autor nos prueba bien que la Historia no tiene por qué ser una ciencia árida y seca. Para todos aquellos que creen que sólo hay un modo de escribir la Historia, y es con el escueto lenguaje de los datos, yo les recomendaría que leyesen las páginas que Lucien Febvre dedica a la historia de los sentimientos, o sus reflexiones sobre la interdependencia entre los personajes creadores y el medio ambiente del que han partido. Admitamos la importancia de la atmósfera social que respiran los grandes personajes históricos, nos dice Febvre; pero no les creamos siempre encadenados a las circunstancias de su tiempo. No son los galeotes que no pueden alzar la vista de su remo, sino los pilotos dominadores de las olas, el ojo atento, siempre atisbando nuevas auroras.

[Manuel FERNÁNDEZ ÁLVAREZ. “Reseña”, in Hispania (Madrid), vol. XXII, nº 88, octubre-diciembre de 1962, pp. 628-629]

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