Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ La historia social y los historiadores ¿Cenicienta o princesa? [1991]

Escasean entre nosotros las reflexiones historiográficas por devoción y preocupación tanto como abundan por obligación burocrática. No será difícil coincidir en la observación de que durante los últimos diez años los tres libros de más uso e influencia, sobre estos menesteres, han sido el de Fontana (1982), útil y usado todavía, a pesar del rápido envejecimiento que afecta a cualquier empresa de análisis historiográfico, y los más recientes de Santos Juliá (Historia social y sociología histórica, 1989) y Julián Casanova (La historia social y los historiadores, 1991), que, productos de su tiempo, focalizan necesariamente el análisis desde la lente de la historia social, sin acabar de clarificar si la centralidad de la historia social se debe a su constitución como un territorio específico de la historia o a las comprobadas virtudes de una manera -alternativa- de hacer historia; es el propio Casanova quien concluye que «la historia social ya no sería una clase específica de historia, sino una dimensión que debería estar presente en cualquier forma de abordar el pasado». Lo mejor del mercado historiográfico nacional oferta análisis sobre la evolución hasta el presente del análisis histórico a partir de las principales tradiciones historiográficas europeas, la británica y la francesa singularmente, la norteamericana y la alemana, y mediante vastas, sistemáticas e inteligentes lecturas de la abundante bibliografía que acompaña como reflexión teórica a la producción histórica de estos países. Una de las características y una de las virtudes del libro es el atrevimiento, visto lo que hay, de introducir un apéndice sobre el secano español, ocho escasas páginas que no pretenden, naturalmente, resolver tan clamorosa ausencia, pero que valen por lo que tienen de advertencia para que los historiadores españoles reflexionen y debatan, como por ahí fuera, sobre lo que hacen. La ausencia de reflexión historiográfica entre nosotros es el síntoma de lo que para unos es un desierto, la historia de una carencia (Santos Juliá, 1989), mientras que para otros, más generosos, al territorio de la historia social es un secano necesitado de tratamientos adecuados a tal condición. La estructura del libro parte de una presentación de la historia tradicional, sobre el paradigma historicista principalmente, repasando las reacciones en contra de la misma que hunden sus raíces en el XIX (jacobinismo, marxismo, radicalismo) y que confluyen en los primeros usos del término historia social; el capítulo central trata de la edad de oro y combina la evolución de las relaciones entre historia, sociología y antropología con un recorrido sobre las principales corrientes historiográficas nacionales (francesa, británica y alemana), en el que inserta los principales hitos y debates; por último, trata de la crisis de la historia social a partir de finales de los setenta, diagnóstico en el que no todos están de acuerdo, pero que tampoco es un invento exclusivo del autor, para, finalmente, aventurarse a proponer su propia visión de los remedios para encontrar la salida del túnel de la crisis. El libro de Ju1ián Casanova, en el que concisión y claridad no son menores virtudes, capta la realidad de que lo que hoy se entiende como historia social encuentra sus raíces en el siglo XIX, sea por la recuperación de Marx, por la repercusión de la sociología de Durkheim, por el reto exterior de Max Weber, por la existencia -y por la recuperación que de ella se ha llevado a cabo- de tradiciones de historia radical, socialista…, así como que las diversas prácticas e intereses temáticos que cobija la historia social hoy (historia de las clases trabajadoras o bajas, historia cultural o de actividades humanas diversas, fusión de lo económico y lo social) se encuentran ya diseñadas a fines del XIX y en el cambio de siglo (Turner, Green, Webb, Hammond, Jaurès, Mathiez, Lamprecht…). Una tradición historiográfica que hay que recordar que, al igual que en otros países europeos vecinos, también existió en la España liberal del ochocientos y de las primeras décadas del presente siglo hasta el corte del franquismo, cuarenta años a lo largo de los cuales se separaron los caminos que llevaban a la edad de oro de la historiografía europea mientras aquí se regresaba a la Edad de Hierro. Pues la historiografía española ha tenido también sus militantes obreros (Morato, Lorenzo… ), sus profesionales y observadores que no desatendían las condiciones de vida de las clases populares y tampoco carecían de mirada sociológica o antropológica (Costa, Díaz del Moral, B. de Quirós, Pazos, Cárdenas, Buylla, Posada, Uña y Sarthou… ), e incluso desde dentro de la Academia, gentes como Altamira, Ibarra, Ribera, Sánchez Albornoz, Carand, Valdeavellano… , careciéndose, por el contrario, entre nosotros de una reconstrucción de esta tradición. Aspecto central a la hora de organizar información y explicaciones sobre la edad de oro de la historia social es el de los encuentros, separaciones, reencuentros y cruces entre sociología e historia, especialmente porque es por aquí por donde Casanova encuentra al final del libro, retomando el asunto desde el presente, la salida del túnel de la crisis, relaciones que al ser diferentes en las tradiciones historiográficas francesa, británica y alemana, producen específicos desarrollos y cronologías. En este punto, como en todos los demás, el libro se apoya en una tan abundante como reciente literatura historiográfica británica, lo cual no le impide ampliar e integrar su análisis introduciendo una exposición y valoración de la “Neue Sozialgeschichte” alemana, construida sobre Iggers, neomarxistas británicos como Eley y Blackboum, el pésimamente traducido libro de Kocka sobre historia social (1989) o el magisterio oral y desperdigado en papers diversos de Carreras. En las vías que Casanova considera más efectivas en el desarrollo y para el presente y el futuro de la historia social: determinada sociología histórica norteamericana, la tradición británica y la alemana, hay matrices teóricas comunes, o por lo menos próximas, que parece conveniente destacar. El tipo de sociología histórica cuyas generalizaciones tienden a ser inductivas más que deductivas, desde B. Moore hasta T. Skocpol, no deja de estar emparentado con la clave teórica central de la historia social alemana que se remite a Max Weber y a una interpretación weberiana de la tradición marxista o con la flexibilización del marxismo que sustenta buena parte de la historia social británica. Puede llamar la atención el espacio individualizado reservado a Rudé en un discurso que planea desde la síntesis. Pero como se advierte en nota, el libro de Kaye sobre Los marxistas británicos (1989), que el propio Casanova editó, no lo incluye en su análisis biográfico e historiográfico, lo que justifica la especial atención que aquí se le dedica. Pero el autor selecciona y destaca determinadas concepciones de la crisis de la historia social; atiende y valora especialmente las críticas procedentes del neomarxismo británico, sean de Fox-Genovese, Eley, Judt, Stedman Jones y su reclamo emancipatorio y teórico de la historia social, Samuel… El discurso de Casanova adquiere más interés en la medida en que opina, más o menos solapadamente, y a la vez es aquí donde se abren más espacios para la polémica, el desacuerdo y otras perspectivas de análisis. Pero que uno sepa, sólo Santos Juliá, en la breve reseña ya citada de El País, manifestó no compartir su visión de la crisis ni, por tanto, de los remedios, considerando que la historia social gozaba de muy buena salud y estaba en el momento de su mayor expansión; lo que estaba en crisis era la historia de grandes arcadas. En todo caso son muchas, o algunas, las voces, entre las que parece estar la de Casanova, a quienes no parecen satisfacer los desarrollos de la historia social cuando se produce desprendiéndose excesivamente de lo económico (incluido el poder y el control económico) y de lo político (su expresión, el papel del control o del consenso); los perjuicios de la segunda separación quedan bien ilustrados en el texto, pero no tanto los de la primera. El problema es que si reintroducimos lo económico, como postulan algunos o como practican muchos historiadores sociales, y reivindicamos, lo público con la energía y convicción de los neomarxistas británicos, o desde la práctica de lo más sólido de las tradiciones historiográficas británica y alemana, nos vamos a quedar sin saber, a pesar de beneficiarnos de los frutos de la división del trabajo, si la historia, antes que social, o económica o política, es simplemente historia. Casanova no llega a plantearse este problema, pero finaliza la exposición de la crisis con otro atrevimiento, como es el de proponer remedios a la misma, básicamente, un reencuentro de la sociología y la historia y la defensa del discurso histórico como medio de comprensión de la realidad, es decir, disponer la misma posibilidad que otros para generar teorías propias, una historia teórica, lo cual le lleva, en las últimas páginas de su libro, a preguntarse qué ha de entenderse por teoría. Pero el concepto de teoría que propone consiste en la elaboración de esquemas conceptuales para la interpretación de situaciones históricas concretas; lo que más importa, en definitiva, es buscar las formas más flexibles de combinar las teorías con las fuentes. El autor, por tanto, es escasamente sospechoso de sucumbir ante ninguna gran teoría, del tipo que sea.

[Carlos FORCADELL ÁLVAREZ. “Reseña”, in Ayer, nº 6, 1992, pp. 149-153]

✍ El sendero del tiempo y de las causas accidentales. Los espacios de la prehistoria en la Argentina, 1850-1910 [2009]

El sendero del tiempo y de las causas accidentales de la antropóloga argentina Irina Podgorny delinea el desarrollo de los estudios sobre la prehistoria en la Argentina decimonónica. El libro gira en torno a los «espacios» de la prehistoria, los aspectos materiales y sociales que contribuyeron a la formación de la disciplina: Irina Podgorny se centra en los edificios, en el vocabulario, y en las redes personales. Describe la circulación internacional de las ideas, de modelos arquitectónicos, o de los sistemas de clasificación para comprender el desarrollo de la prehistoria en la Argentina en relación con Europa y Norteamérica. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, los debates en torno a la antigüedad y el origen de la humanidad marcaron el desarrollo de las ciencias; el libro de Irina Podgorny elucida la centralidad que tuvo la Argentina en las redes intelectuales y materiales de la época. El libro se divide en dos partes; la primera parte se dedica al museo de historia natural y la colección como lugares para el estudio de la antigüedad del hombre en Europa y Norteamérica. En el primer capítulo la autora describe cómo los museos fueron usados como puntos de referencia y modelos en los debates sobre la construcción de los edificios para los museos argentinos. Muestra cómo se relacionaba la concepción del museo argentino con los modelos europeos o norteamericanos: el museo de Historia Natural de París, producto de la reorganización del Jardin des Plantes de París tras la Revolución francesa, el museo de Historia Natural de Londres establecido en 1881, y el Museo Nacional de Washington, fundado entre 1879 y 1881. Podgorny arguye que muchas veces las ideas sobre la naturaleza se subordinaban a las posibilidades concretas de llevarlas a un tipo de arquitectura como el de las exitosas exposiciones universales, la disponibilidad de fondos públicos, o la seguridad de la construcción. La búsqueda de un espacio para el museo articulaba a la vez la práctica científica y la política; los organizadores recurrían al orgullo nacional como sustento para el establecimiento de un museo de historia natural, o defendían los museos como símbolos de la civilización. El segundo capítulo gira alrededor de las disputas lingüísticas por imponer un léxico para la nueva disciplina, su adaptación al castellano y su incorporación a la terminología de los estudiosos en la Argentina. La autora rastrea el nacimiento del nombre «prehistoria» para los nuevos saberes y para los períodos históricos sobre los cuales se carece de testimonios escritos. De procedencia escandinava, el término se acuñó en inglés alrededor de 1850 como prehistory. En Francia, centro de los debates sobre la antigüedad del hombre, se propusieron al mismo tiempo los términos alternativos de paléoethnologie o anté-histoire, mientras que en España no existía alrededor de la década de 1880 unanimidad en la nomenclatura: se hablaba de arqueolítico, prehistórico y antihistórico. Rastreando la gradual imposición del término «prehistoria» en la Argentina, la autora nota también que en América este término siempre abarcó la época prehispánica en su totalidad: mientras que el límite entre prehistoria e historia en Europa se situaba en el diluvio, en América la conquista marcó un límite local distinto. El capítulo que cierra la primera parte del libro se centra en los medios técnicos ideados para resolver el problema de la precisión, en el «ajuste entre las cosas y las palabras». Con un énfasis en el Museo Etnográfico de Berlín, el Museum Británico de Londres y el Chicago Field Museo, Podgorny analiza cómo se buscaban precisar los léxicos y los sistemas de catalogación en relación a las nuevas prácticas de la prehistoria. Pone un énfasis en la transformación de la excavación y el registro en los métodos centrales de la Arqueología en Europa y Estados Unidos. Se partía de la idea de que el pasado estaba en peligro no tan solo por el transcurrir del tiempo, sino también por la destrucción de esa evidencia en el momento de su excavación y recolección tal como el tiempo lo había conservado. En este contexto surgieron nuevas técnicas, los protocolos y las fotografías entre otras cosas, que conservaban las coordenadas y el espacio de la investigación como infinitamente observable. En la segunda parte del libro, la autora centra su análisis en los debates en torno a la antigüedad del hombre en la Argentina. El cuarto capítulo describe el surgimiento del interés científico en la segunda mitad del siglo XIX en la antigüedad del hombre en las pampas. Según la autora, para la Argentina y la América del Sur el interés por la arqueología prehistórica no puede separarse de la formación de las colecciones paleontológicas y del debate acerca de la antigüedad de la formación Pampeana. Las primeras colecciones prehistóricas argentinas datan de fines de 1850: a partir de la aceptación de los hallazgos de Boucher de Perthes, diversos buscadores de fósiles siguieron encontrando vestigios. Si bien el problema de la antigüedad del hombre sudamericano tuvo un momento de esplendor en la década de 1870 y la primera mitad de la de 1880, la paleontología de los mamíferos concentró la atención de la mayoría de los naturalistas locales hasta 1910, cuando la posibilidad de encontrar evidencia del hombre terciario en la Argentina empezó a ser agitada. En el capítulo que sigue, la autora analiza los centros de recopilación de datos y de formación de colecciones en Córdoba, Tucumán, Buenos Aires y Entre Ríos. Desde allí se enviaban comisiones a los lugares donde se pretendía haber dado con la prehistoria en su manifestación americana. Podgorny delinea las redes de individuos interrelacionados a través de las sociedades científicas y los museos. La autora se centra particularmente en las actividades de tres individuos que escribían y publicaban sobre el problema de la antigüedad del hombre: Estanislao Zeballos, Francisco P. Moreno y Florentino Ameghino. A lo largo del libro, la figura más estudiada es la de Ameghino. Habiendo empezado como proveedor local de los museos europeos con fósiles, Ameghino descubrió grandes yacimientos que asociaba con el «hombre fósil» sudamericano, perteneciente a una supuesta raza dolicocéfala en la América. Podgorny entreteje los debates en torno a los hallazgos de Ameghino con una discusión en el mundo científico de la época: enfatiza la dimensión social de los procesos en los cuales se estableció la «autenticidad» de los hallazgos, y cómo, poco a poco, fue privilegiándose cada vez más la experiencia de campo por encima de la del gabinete o la universidad. La autora narra en el siguiente capítulo la participación argentina en la Exposición Internacional de Antropología y Paleontología de 1878 celebrada en París, simultánea a la Exposición Universal. La exposición ratificó la existencia del hombre terciario en Europa y aceptaba el hallazgo de restos humanos en el Terciario de California. Despertó también expectativas entre los argentinos, porque los científicos franceses estuvieron dispuestos a reconocer en base a la exposición argentina la posibilidad de que «el origen» de la humanidad se encontrara en la Argentina. La estadía en Francia influyó profundamente en Ameghino en particular, quien permaneció tres años en París, interviniendo y aprendiendo en el campo paleontológico local. En su libro La antigüedad del hombre en La Plata en 1880, Ameghino arguyó que el hombre americano era tan antiguo como el de otros continentes, afianzando sus vínculos con autores franceses como Topinard, de Quatrefages y Broca, y su cercanía a G. De Mortillet. El séptimo capítulo gira alrededor de los debates en la Argentina durante la década de 1880. Analiza, en una primera sección, el estudio de los restos arqueológicos en la zona de Córdoba asociados con las culturas Calchaquí y Quechua. Los vestigios, relativamente sofisticados, cumplían con las expectativas creadas por la capacidad predictiva de las categorías europeas: era esperable una Edad de Hierro, y los restos cordobeses posiblemente la representaban. Aunque un museo de arqueología y etnografía anexo a la sede de Córdoba del Instituto Geográfico Argentino nunca se materializó, Córdoba contaría con un Museo Antropológico y Paleontológico en el marco de la Universidad, puesto bajo la dirección de Ameghino desde 1885. La segunda parte del capítulo se centra en la estadía cordobesa de Ameghino, y sus escritos sobre los mamíferos fósiles y el «hombre fósil» sudamericano. La autora cierra el capítulo con una polémica entre Ameghino y el director del Museo Nacional, Hermann Burmeister, acerca del «hombre fósil». Podgorny pone el debate en contexto enfatizando una vez más cuán frágil era la evidencia arqueológica una vez removida del contexto original. La autora traza en el siguiente capítulo el desarrollo de los dos principales museos argentinos de la época dedicados a la prehistoria: el Museo de la Plata y el Museo Nacional en Buenos Aires. Con relación al Museo de la Plata, símbolo del triunfo sobre el desierto, la autora explica cómo el museo se diseñó para ilustrar la evolución humana: atravesando distintas épocas, la sala de antropología con los indios vivos cerraba la trayectoria de la humanidad en la Argentina. A diferencia del Museo de la Plata, los directores del Museo Nacional de Buenos Aires —Hermann Burmeister hasta 1892, Carlos Berg hasta 1902, y luego Ameghino— sufrían las malas condiciones del edificio y la instalación. La autora describe las negociaciones por un nuevo espacio para el museo, los debates técnicos tanto como las alusiones al orgullo nacional para conseguir financiamiento. Finalmente, en su último capítulo, Podgorny vuelve a la historia de los hermanos Ameghino como trayectoria representativa de la era de los naturalistas viajeros y de la consolidación del trabajo de campo como parte esencial de la práctica de la Prehistoria, la Paleontología y la Paleoantropología. Entre 1890 y la década de 1910, Florentino y Juan Ameghino participaron de una serie de debates geológicos conocida como la controversia patagónica. Los trabajos de los hermanos se situaron en el contexto de la lucha por expandir la clasificación geológica del Terciario a la América del Sur y la adopción de un lenguaje universal aplicable en todo el mundo. En la primera década del siglo XX en particular, los ancestros sudamericanos del género humano crearon un nuevo frente de disputa y atrajeron nuevos contrincantes. El sendero del tiempo… define dos ejes conceptuales: por un lado, se alinea con la búsqueda de las raíces internacionales de las tradiciones científicas nacionales. La Prehistoria implicó la idea de un desarrollo histórico de la naturaleza y de la humanidad comparable en todo el mundo, con los datos locales imbricándose con los datos recogidos en otros lugares. El énfasis en el ámbito internacional escogido por la autora resulta idóneo para comprender mejor la historia de la disciplina en la época. Por otro lado, el trabajo de Irina Podgorny se relaciona estrechamente con un enfoque que examina la ciencia «como práctica». Este ángulo destaca la importancia de la infraestructura que abre o imposibilita el acceso a los lugares de estudio, de las relaciones sociales que mediaron los resultados y su reconocimiento oficial, y de la disponibilidad de tiempo para realizar excursiones. Elucida cómo los museos exhiben todos los conflictos relacionados con el mundo de trabajo —la jerarquía, la sanción y la coacción— para situar la Prehistoria en el ámbito de lo social. La descripción minuciosa de las excavaciones, de las estructuras inestables, y de las trayectorias de viaje fragmenta en varios momentos la coherencia de la narrativa. Sin embargo, ello constituye precisamente la idea que marca la concepción del libro. Con su énfasis en el rol de las prácticas en la formación de la disciplina científica, la autora se desvincula del enfoque en la ideología que, desde la década de 1980, ha forjado gran parte de los trabajos sobre el desarrollo de las disciplinas tales como la Arqueología, la Prehistoria, o la Etnología. Ante todo insiste que, lejos de encontrarnos con proyectos de dominio nacional, de un estado nacional que ejerza una estrategia o control, muchas veces fueron los directores y científicos quienes crearon funciones para sus instituciones para justificar su presupuesto. El mérito de esta aproximación radica también en que nos permite ir más allá del estudio de los grandes hombres de la ciencia acercándonos a las condiciones que los posibilitaron, desarmando a la vez la «épica del progreso de la ciencia». El énfasis en las prácticas indica un camino útil del cual podría beneficiarse y enriquecerse la historia de la arqueología del mundo decimonónico en Europa, Norteamérica y también en el Perú. La historia de la Arqueología ha de transmitir que la disciplina no fue tan solo simbólica, sino también prosaica.

[Stéfanie GÄNGER. “Comptes rendus d’ouvrages/Reseñas”, in Bulletin de l’Institut Français d’Études Andines, vol. XXXIX, nº 2, 2010, pp. 451-462]

␥ Luis Alberto Romero [1944]

El historiador argentino Luis Alberto Romero nació en Buenos Aires en 1944. En 1967 se graduó como Profesor de Historia en la Universidad de Buenos Aires. Es Investigador Principal del CONICET. Dirigió hasta el 2011 el Centro de Estudios de Historia Política, en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. Es coordinador del Programa Buenos Aires de Historia Política y director del sitio historiapolitica.com. Dicta cursos de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y la Universidad Torcuato Di Tella. Dirige la colección Historia y Cultura, editada por la Editorial Sudamericana (1987-97), y desde 2002 por Siglo Veintiuno Editores de Argentina. Es miembro del Consejo de Administración de la Fundación Universidad de San Andrés. Ha sido profesor titular de Historia Social General, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires entre 1984 y 2010. Ha dictado cursos en diversas universidades nacionales y en las universidades Católica y de Santiago, en Chile, Nacional Autónoma de México, Federal de Rio de Janeiro, de Salamanca, Valencia y Oviedo, en España, en la École d’Hautes Etudes en Sciences Sociales, y el Graduate Center de la City University of New York. Fue investigador del Instituto Torcuato Di Tella (1967-1978). En 1978 fundó, con Leandro Gutiérrez, Hilda Sabato y Juan Carlos Korol, el Programa de Estudios en Historia Económica y Social Americana (PEHESA), hasta 1992 en el Centro de Investigaciones sobre el Estado y la Administración (CISEA) y desde esa fecha en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, de la Universidad de Buenos Aires. Ha tenido becas del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), el Social Science Research Council (1982), la Fundación Antorchas (1999) y la Fundación Guggenheim (2006). Ha recibido la Mención Especial en el Gran Premio Nacional de Historia (1994) y el premio Konex en Historia (2004). Integró el Comité Editorial de las revistas Desarrollo Económico (1982-1993) y Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (1987-2005). Ha sido miembro de la Comisión Asesora de Historia y Antropología y de la Junta de Calificaciones del CONICET, entre 1984 y 1988. Fue miembro del Consejo Directivo de la Facultad de Filosofía y Letras (1986-94). Ha publicado Sectores populares, cultura y política: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro H. Gutiérrez, 1995), Qué hacer con los pobres. Elite y sectores populares en Santiago de Chile en el siglo XIX (1996), Volver a la historia (1997), Argentina. Crónica total del siglo XX (2000), Buenos Aires, historia de cuatro siglos (con José Luis Romero; 2da edición, 2000), y Breve historia contemporánea de la Argentina (2da ed. 2001) (traducida como A History of Argentina in the Twentieth Century 2002). Ha sido Director académico de la colección Los nombres del poder, del Fondo de Cultura Económica, y de la Historia Visual Argentina, publicada por el diario Clarín. Dirige actualmente la colección Historia y cultura de Siglo XXI editores de Argentina. 

[Fuente: Universidad Nacional de San Martín/Siglo XXI Editores]

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