Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Fluctuaciones económicas e historia social [1933/1944]

La Segunda Conferencia Internacional de Historia Económica, celebrada en Aix-en-Provence a fines del último agosto, con asistencia de unos 500 especialistas venidos de los cinco continentes, vio el triunfo de un hombre cercano a los 65 años, que reúne todos los atributos del intelectual insobornable. Nos referimos a Ernest Labrousse, profesor de Historia Moderna en la Sorbona. A él correspondió el honor de inaugurar la Conferencia, lo que hizo con una comunicación extraordinaria sobre «Renta del capital, repartimiento de los capitales en Francia en los siglos XVIII y XIX: primera aproximación en vistas a un estudio de las fluctuaciones»; en él concluyeron el homenaje de los colegas y la admiración de los jóvenes aprendices de historiador. Triunfo tardío —Labrousse, a punto de jubilarse, publicó sus grandes libros en 1933 y 1944—, pero triunfo esplendoroso de uno de los hombres que han hecho más por convertir la Historia en una verdadera ciencia. La reconstrucción histórica está entrando en una nueva fase, decididamente cuantitativa y omnicomprensiva. No se trata de masificar su contenido con menoscabo de los «héroes» tradicionales (como, en las páginas de este mismo periódico, ha lamentado cierto aficionado), sino de explicar tales «héroes» como producto o resultado de una sociedad entera. La preocupación de ahora por el «hombre común» —empleamos la terminología de Vicens Vives— no es incompatible con la preocupación de siempre por el hombre excepcional: a cada uno su parte, por modesta que sea, en la responsabilidad de los hechos. Si quiere convertirse en una disciplina auténticamente científica —y, por lo tanto, útil— la Historia debe alcanzar un valor universal. No hay auténtica ciencia a base de modelos locales o minoritarios. El historiador ha de serlo de una sociedad entera, sin limitaciones ni exclusivas. De ahí, el interés de la Historia Económica con tal que la entendamos —en última instancia, por lo menos— como la historia del hombre y de su subsistencia. Tocamos aquí al común denominador de todas las sociedades y de todas las épocas; contamos, a partir de aquí, con el instrumento más adecuado para conferir a la ciencia histórica la dimensión universal que, según hemos visto, le es preciso alcanzar. En rigor, la Historia Económica no tiene entidad: es un simple modo, conducente a la Historia total, es decir, a la Historia a secas. Naturalmente, esta concepción impone unas servidumbres muy onerosas. Como ciencia es siempre sinónimo de precisión y exactitud, no queda más remedio que construir una especie de servicio estadístico para unas épocas que, en realidad, no la tuvieron. Este esfuerzo por transformar la literatura segregada por todas las burocracias del pasado en un material cifrable y cuantitativamente significativo, constituye, con seguridad, el mayor obstáculo con que tropieza el historiador de los hechos económicos. En la práctica, el obstáculo suele evitarse mediante el recurso de criterios selectivos, esto es, unilaterales. Respondo a uno de ellos, por ejemplo, la moda actual de los estudios sobre la circulación monetaria y las grandes dinastías financieras que, no obstante sus méritos intrínsecos, valoran con exceso el papel de la moneda y de los intercambios dorando en demasía los blasones del pasado. Sustitución de la aristocracia de la sangre por la aristocracia del dinero, sustitución del oro de las coronas por el oro de las talegas, todo un modelo de historia aberrante, tan discriminatoria, tan parcial como la historia política. La historiografía debe poner el acento sobre la historia rural, porque es patente que, hasta tiempos muy recientes, todas las sociedades —incluso las más avanzadas— han sido de signo netísimamente agrario. Resulta cada vez más claro que Labrousse es uno de los pocos ejemplos a seguir. Su meticuloso análisis del movimiento de los precios y de las rentas en la Francia del siglo XVIII, ha aportado el mejor ensayo de historia social y la explicación más coherente de los grandes hechos revolucionarios. Entremos en su detalle, de la mano de uno de los discípulos más distinguidos: aquel movimiento se caracteriza por un alza secular quo comprende de 1733 a 1817: fase A, para usar los términos de Simiand, sucediendo a una fase B de depresión, que, desde el siglo XVII se extendió hasta 1730. El movimiento de larga duración empezó hacia 1733; la subida, lenta hasta 1758, se hizo violenta de 1758 a 1770 (“la edad de oro” de Luis XV), luego, hubo estabilización del alza para acentuarse otra vez en vigilias de la Revolución. Los cálculos de Ernest Labrousse, realizados a partir de los productos, señalan que, en promedio, los precios aumentaron en un 5 por 100 (base 100=1726-1741) durante el período 1771-1789, y en un 85 por 100 en el quinquenio final 1785 1789. El aumento fue muy desigual, según la clase de productos: más importante en el caso de los productos alimenticios que en el de los manufacturados, superior en los cereales que en la carne. Estas divergencias caracterizan a una economía de índole esencialmente agrícola; los cereales ocupaban entonces un lugar destacadísimo en el presupuesto familiar, su producción aumentaba poco, mientras que el incremento demográfico se producía con rapidez y el recurso de los granos extranjeros apenas podía intervenir. Pero lo decisivo es que las variaciones cíclicas (ciclos de 1726-1741, 1742-1757, 1758-1770 y 1771-1789) y las variaciones estacionales se sobreponen al movimiento de larga duración y acentúan el alza. En 1789, el máximo cíclico lleva el aumento del precio del trigo a 327 por 100, y del centeno a 136. En lo que concierne a los cereales, las variaciones estacionales, insensibles o casi en período de abundancia, se amplifican en los años malos. Es lo que sucedió también en 1789: el máximo estacional, coincidente esta vez con la primera quincena de julio, llevó el aumento del trigo a 150 por 100 y el del centeno a 165. La coyuntura se manifiesta, pues, por el coste de la vida: resulta fácil medir las consecuencias sociales de la misma. A pesar de esta facilidad, el Prof. Labrousse no puede ser mas ponderado en sus conclusiones. El desquiciamiento de los precios provoca el desquiciamiento de las condiciones de vida, al que siguió el de las instituciones. No obstante, todas las preocupaciones que tomemos serán pocas para evitar la confusión de una relación causal, incluso en el sentido vulgar de la palabra, con un orden puramente sucesorio y contingente. Los excesos pueriles en que a veces han caído algunos ensayistas del materialismo histórico están presentes ante nosotros para recordarlos. Pero la interpretación económica de la historia se ha afirmado como una de las hipótesis más vivaces y fecundas de la ciencia. El estudio comparado del movimiento económico e institucional nos permitirá verificar esta hipótesis en condiciones muy favorables: si el primero ha influido, por lo menos accesoriamente, en el segundo, la violencia de la causa debe permitirnos ver el efecto con mayor facilidad. Detengámonos aquí. Creemos que la muestra es suficiente para dejar las cosas bien sentadas y deshacer los pocos equívocos acumulados en torno a la Historia Económica. Por eso nos congratulamos muy vivamente de la reciente aparición, en castellano, de la obra de Labrousse. El libro, publicado por Editorial Tecnos, S. A., de Madrid, se titula “Fluctuaciones económicas e historia social” y refunde, con mucho tino, las dos obras esenciales del profesor francés: «Esquisse du mouvement des prix et des reveuus en France au XVIIIe siècle» (París, 1933) y «La crise de l’économie française à la fin de l’ancien régime et au début de la Révolution» (París, 1944); como muestra de la extensa gama de artículos publicados por el autor, el volumen incluye igualmente la traducción de uno intitulado “1848, 1830, 1789: trois dates dans l’historie de la France Moderne”. Estamos seguros de que los historiadores españoles sabrán agradecer la preciosísima guía que acaba de poner eu sus manos la conocida editorial madrileña.

[J. NADAL OLLER. “La obra del profesor Labrousse, al castellano”, in La Vanguardia (Barcelona), 2 de diciembre de 1962, p. 31]

✍ Sevilla y América, siglos XVI y XVII [1977]

Verdadera figura en el conocimiento del papel jugado por Sevilla y el Atlántico en la empresa descubridora y posterior colonización, Pierre Chaunu escribió en su día una obra titulada «Sevilla y América, siglos XVI y XVII», que ahora ha sido traducida al español por el profesor de la Universidad hispalense Rafael Sánchez Mantero. Hablamos con el traductor de un historiador que ha hecho escuela, aunando un aparato estadístico excepcional y un claro trasfondo humanista. Al hablar con cualquier experto en Historia de América, el nombre de Chaunu salta como una lumbrera que infunde respeto. «Su tesis de Estado en la Universidad francesa -afirma Sánchez Mantero- fue sobre el tema de Sevilla y el Descubrimiento, y estuvo en nuestra ciudad trabajando varios años sobre la documentación del Archivo de Indias. Fruto de ello fue su obra “Sevilla y el Atlántico”, doce volúmenes en los que se analiza exhaustivamente el tráfico comercial entre Sevilla y las Indias, una obra capital de 7.000 páginas».

¿Qué supuso el Océano para la aventura descubridora?

-La posición geográfica de Sevilla era ideal para emprenderla, aparte de otros condicionamientos para establecer en esta ciudad la cabecera del monopolio con las Indias. Tenía un puerto perfecto para evitar agresiones, y contaba con los vientos alisios en época en que solamente existía la navegación a vela. Para hacer la ruta de Occidente se exigían condiciones geográficas que Sevilla tenía.

¿Qué hay de “Sevilla y el Atlántico” en este nuevo libro?

-“Sevilla y el Atlántico” lo publicó la Escuela de Altos Estudios con tirada reducida y aparato estadístico espectacular. Pero era una obra que no podía llegar al lector medio. Y era una pena que quedase en un círculo especializado. · Ülauilú publl_. có ·en Franci~ hace unos .añO$. este libro que ahora aparece en español. Sintetizó “Seville et l’Atlantique” y “Le Pacifique des Ibériques”, y publicó est, que es mucho más ligero, más manejable, conservando la sustancia y el rigor de los otros trabajos. Los mapas y gráficos vienen a reducir las estadísticas interminables. Yo lo que hice fue gestionar que la Universidad de Sevilla lo publicase, y traducirlo.

A la vista de que una traducción completa de los rótulos insertos en los gráficos iba a encarecer excesivamente, se han reproducido los de la edición francesa, con solamente los títulos traducidos. Chaunu es forjador de una escuela.

-En España siempre hemos estado influidos por la historiografía francesa. Después de la oleada de los grandes maestros (Labrousse, Braudel…), Chaunu se puede considerar como una de las cabezas más visibles en el conocimiento de la nueva metodología. El que dedicara a Sevilla una de sus obras es un privilegio. Además, es un hombre humanista. Es hugonote militante, y está interesado por el conocimiento del hombre. Ha formado una escuela muy importante de historiadores en Francia. Ha impulsado la historia estadística o “serial”, pero buscando por detrás dónde está el hombre. No sólo datos fríos. Es un humanista de la historia, y muy fecundo (publica un libro cada dos meses, como media).

¿Qué grandes grupos de información ofrece el libro?

-Trata de prescindir del aparato estadístico. Remite a las gráficas que reflejan esas estadísticas. Hay información, por ejemplo, sobre rutas marítimas a América, tonelaje de los navíos que hacían la carrera de Indias, puertos principales de más frecuente tráfico marítimo, pérdidas de navíos, movimientos… En el texto da una visión muy atractiva de cómo se veía América desde Sevilla, y al revés, lo que Sevilla significó para América. Va recorriendo cada territorio americano respecto a América.

No deja de admitir Rafael Sánchez Mantero que Chaunu tiene…

-sintaxis enrevesada y difícil, pero he tratado de respetar en la traducción ese estilo entrecortado, porque creo que es un estilo que hay que mantener sin cambio. Más que la originalidad de su aportación, a Chaunu hay que agradecerle su esfuerzo y tesón. El trabajo parte de un examen exhaustivo de los registros de la Casa de Contratación (miles y miles de documentos), para establecer una serie continua de siglo y medio, a través de la cual se puede seguir paso a paso la evolución de ese tráfico marítimo de la carrera de Indias.

¿Fue el hecho americano el que dio solidez y configuró a Sevilla?

-Sevilla era la cabecera del monopolio. No quiere ello decir que toda la mercancía que iba a América fueran productos sevillanos o andaluces. Sevilla se benefició, pero no está claro que desde un punto de vista agrícola fuese un lanzamiento.

¿Qué revirtió realmente sobre Sevilla en este tráfico con América?

-Sevilla no se dio al comercio como consecuencia del fenómeno americano. Pero sería absurdo pensar que no fue una conmoción para la ciudad. Se convirtió en capital del imperio de los Austrias. Su demografía y cosmopolitismo aumentaron. Desde el Descubrimiento, Sevilla se benefició, con el establecimiento de la Casa de Contratación y el control del tráfico de mercancías y hombres. Vivió su época dorada, y cuando perdió el monopolio se convirtió en ciudad provinciana, encerrada en sí misma.

[Ángel PÉREZ GUERRA. ” ‘En el período que analiza Chaunu Sevilla alcanza su culminación’ “, in ABC (Sevilla), 6 de julio de 1983, p. 26]

␥ Christian Jouhaud [1951]

El historiador francés Christian Jouhaud recibió su educación tanto en Bordeaux como en París. Ha sido profesor de la École Normale Supérieure y se desempeña, actualmente, como director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, como investigador del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) y como director (junto con Alain Viala) del Grupo de Investigaciones Interdisciplinarias sobre la historia de lo literario en la EHESS. Asimismo, ha sido visiting fellow en la University of California en Berkeley, en la John Hopkins University y en la Princeton University. Ha dictado seminarios en la University of Cornell como Einaudi Fellow (1988), en la Society for the Humanities Fellow (1990), en la Mellon Fellow (1995) y ocupó la Einaudi Chair en 1996. Es especialista en historia social y política de la modernidad (siglos XVI-XVIII), en historia política y cultural del siglo XVII francés, en historia de la literatura panfletaria del siglo XVII, y en historia de la historiografía moderna. Con todo, es, además, uno de los pocos historiadores que investiga con particular profundidad las relaciones entre la historia y la literatura de la temprana modernidad. Según el historiador Steve Kaplan de la Universidad de Cornell, “Jouhaud es uno de esos historiadores que se toman en serio la literatura […] Mientras muchos teóricos literarios utilizan la historia para iluminar la literatura, y otros tantos historiadores reducen la literatura a una mera ilustración, Jouhaud se afana por explicar la estética del poder y el poder de la estética, tratando de aunar historia y literatura bajo un profundo equilibrio”. Ha publicado “Mazarinades: la Fronde des Mots” (1985), “La Main de Richelieu ou le pouvoir cardinal” (1991), “La France du premier XVIIe siècle: une histoire politique” con Robert Descimon (1996), “Les pouvoirs de la littérature. Histoire d’un paradoxe” (2000), “De la Publication. Entre Renaissance et Lumières”, editado junto con Alain Viala (2002), “Sauver le Grand-Siècle? Présence et transmission du passé” (2007), “Histoire Littérature Témoignage. Ecrire les malheurs du temps”, junto con Dinah Ribard y Nicolas Schapira (2009) y en japonés “Rekischi to Écritures: Kako no Kijutsu [Historias y escrituras: Escrituras sobre el pasado, Escrituras en el pasado] (2011).

[Fuente: École des Hautes Études en Sciences Sociales / Cornell University. Traducción del francés y del inglés por Andrés Freijomil]

◼ Entrevista con el historiador Pierre Nora: “No hay que confundir memoria con historia” [2006]

Además de inventar una nueva forma de narrar la historia, Pierre Nora consiguió establecer una línea demarcatoria entre dos conceptos cercanos y con frecuencia contradictorios: “No hay que confundir memoria con historia”, dice. De una curiosidad sin límites, Nora siempre pensó que, en un mundo presa de la inmediatez, la mejor forma de transmitir la historia de una nación es a partir del presente. De esa convicción nacieron, entre 1984 y 1993, una obra monumental y un concepto: les lieux de mémoire (sitios de la memoria). Durante más de diez años, con la ayuda de 130 historiadores, estableció la geografía sentimental de la nación francesa. En esa obra, reunida en tres tomos, se combinan libros, hombres, parajes y conceptos: la catedral de Reims, la batalla de Waterloo, el libro de Proust “En busca del tiempo perdido”, Vichy, Versalles, Juana de Arco, Víctor Hugo, “La Marsellesa”, la República, el Tour de Francia, la Torre Eiffel y las Galerías Lafayette. Una mitología francesa sobre la cual su autor dice: “Lo novedoso de esta manera de escribir la historia es que rompe con el hábito cronológico. Partimos del presente para hacer un inventario de aquellos objetos, hombres o lugares que pertenecen a la herencia colectiva”. Pierre Nora nació en 1931, en una familia judía de la burguesía parisiense. Hijo de un reputado cirujano, a los 12 años salvó su vida tirándose por una ventana para escapar de la Gestapo. Para olvidar, consagró su vida al estudio: es doctor en historia, en letras y en filosofía; profesor universitario; ensayista, y miembro de la Academia Francesa. En 1980 fundó la revista académica Débat, que todavía dirige. Desde 1966, cuando comenzó a colaborar con Gallimard, es considerado el editor de ciencias humanas más importante de su generación: publicó, entre otros, a Michel Foucault, Raymond Aron, Jacques Le Goff, George Dumézil, Elias Canetti y George Duby. ¿Quién mejor que él para explicar las razones de la crisis de identidad que atraviesa Francia en estos momentos? ¿Por qué este país se debate entre las reivindicaciones de todas sus minorías -étnicas, religiosas o sexuales- que tratan de imponer sus propias memorias a la mayoría nacional? En un mundo globalizado, el problema no es exclusivamente francés: las respuestas del historiador tienen alcance universal.

La agitación de los últimos meses en Francia da la sensación de que la gente ya no sabe muy bien la diferencia que existe entre memoria e historia. ¿Cuál es esa diferencia?

-Memoria e historia funcionan en dos registros radicalmente diferentes, aun cuando es evidente que ambas tienen relaciones estrechas y que la historia se apoya, nace, de la memoria. La memoria es el recuerdo de un pasado vivido o imaginado. Por esa razón, la memoria siempre es portada por grupos de seres vivos que experimentaron los hechos o creen haberlo hecho. La memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones, inconsciente de sus sucesivas transformaciones, vulnerable a toda manipulación, susceptible de permanecer latente durante largos períodos y de bruscos despertares. La memoria es siempre un fenómeno colectivo, aunque sea psicológicamente vivida como individual. Por el contrario, la historia es una construcción siempre problemática e incompleta de aquello que ha dejado de existir, pero que dejó rastros. A partir de esos rastros, controlados, entrecruzados, comparados, el historiador trata de reconstituir lo que pudo pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un conjunto explicativo. La memoria depende en gran parte de lo mágico y sólo acepta las informaciones que le convienen. La historia, por el contrario, es una operación puramente intelectual, laica, que exige un análisis y un discurso críticos. La historia permanece; la memoria va demasiado rápido. La historia reúne; la memoria divide.

¿Por qué ese abandono de una conciencia colectiva nacional en beneficio de esas reivindicaciones de la memoria?

-Hubo un cambio en la naturaleza misma del trabajo del historiador. Los historiadores fueron durante mucho tiempo los depositarios de la memoria comunitaria en la medida en que tenían, casi, el monopolio de la interpretación, que, de paso, no era libre, porque con frecuencia el historiador era instrumento del poder. Con el tiempo, el historiador se independizó, para asumir una actitud científica. Pero casi al mismo tiempo apareció una vida mediática densa, que contribuyó a crear una forma de memoria colectiva, independiente del poder puramente científico. Las tragedias del siglo XX contribuyeron, en gran medida, a democratizar la historia, es decir, a hacerla vivir. El hombre comenzó a sentir que lo que vivía era la historia, contrariamente a lo que sucedía en las sociedades campesinas tradicionales. Cuando un campesino vivía, no tenía el sentimiento de que lo que hacía se inscribía en una gran corriente o tenía un significado que superaba su propia vida y la de su familia. Todo cambió cuando el hombre comenzó a decirse que no vivía en la tradición, sino en la historia.

¿En qué momento comenzó ese proceso?

-Simbólicamente, cuando Goethe dijo en Valmy: “Usted podrá decir «yo estuve» [se refiere a una frase del autor alemán en su libro “Campañas de Francia y de Maguncia”, publicado en 1817, sobre la batalla de Valmy entre franceses y prusianos]”. En otras palabras: “No crea usted que está viviendo un hecho anodino; está viviendo una batalla de gran importancia histórica”. Desde entonces el mundo comenzó a valorar al testigo. El testigo se transformó en aquel que conserva la memoria viva para hablar del drama europeo de 1914, del drama comunista, de la guerra de colonización, de la colonización mundial. El problema es que ese personaje tiene un gran valor histórico, pero no decisivo. Allí es donde comenzó el drama actual. Lo que vivimos desde hace 20 años es el paso de una memoria modesta, que quería hacerse reconocer, de una cantidad de víctimas que querían que sus penas y sufrimientos fueran tenidos en cuenta, a una memoria que se pretende dueña de la verdad histórica, más que toda otra forma de historia, y que está dispuesta incluso a querer cerrarles la boca a los mismos historiadores. En 20 años, hemos pasado de la defensa del derecho a la memoria a la defensa del derecho a la historia.

¿Esto quiere decir también que las sociedades de los países occidentales -Francia, por ejemplo- estarían en vías de dejar de vivir su historia para vivir numerosas y diferentes historias?

-El ejemplo francés es muy apropiado. Creo que Francia es, en este momento, una especie de caldo de cultivo particularmente sensible por numerosas razones. La primera es que siempre tuvo una relación particularmente intensa con la historia. Desde el siglo X, la relación de Francia con su pasado se intensificó cada vez más, porque la historia fue el instrumento formador de la conciencia cívica y nacional. La historia fue la disciplina prioritaria que hacía de los niños unos auténticos franceses. De esta manera, la historia cumplió un papel capital, porque consiguió reprimir las memorias, limitarlas al seno de las familias, al ejercicio privado. Un niño podía ser hijo o nieto de un aristócrata asesinado en la Revolución, hijo de un obrero asesinado en la Comuna, judío emancipado desde hacía poco, inmigrante o bretón? Pero cuando estaba en la escuela era un pequeño francés como cualquier otro, que recitaba “nuestros ancestros, los galos”. Lo que sucedió en los últimos 40 años es que se rompió ese doble registro privado/público y que esas memorias particulares de las minorías en vías de emancipación y de integración en el colectivo nacional reclaman ser como las demás, reconocidas por la mayoría nacional, y, a la vez, conservar algo de sus identidades. Algo que llaman “su” memoria.

Y que lo es…

-Sí. Cada comunidad tiene su propia historia. Los obreros tienen una memoria obrera que comenzó a establecerse cuando la clase obrera estaba desapareciendo. Comenzamos a hablar de memoria campesina en los años 70, cuando no había más campesinos en Francia. Por entonces, el porcentaje de la población activa ocupada en la agricultura cayó por debajo del 10%, mientras que después de la Segunda Guerra Mundial alcanzaba el 45%. Se comenzó a hablar de memoria femenina sólo con la emancipación y la integración de la mujer en la sociedad francesa.

En otras palabras, ¿la memoria sectorial o comunitaria aparece después de una conmoción o de una tragedia?

-En cierto sentido. Las guerras, los genocidios, los totalitarismos? La Shoa es el ejemplo perfecto de la matriz memorial. Fue justamente Auschwitz lo que dio origen a la expresión “deber de memoria”.

Esta necesidad de memoria particular parece estar provocando una crisis de identidad nacional en Francia.

-Porque el sujeto nacional portador de esa ideología de la nación está en grave crisis. A las guerras, a la reducción del poderío, a la crisis del modelo, a la dificultad de la transmisión del mensaje se agregaron cantidad de cosas en los últimos 40 años. Francia tiene, desde entonces, una historia en migajas que provocó una profunda fisura en el nivel de su memoria. Piense en la Segunda Guerra Mundial y en el gobierno colaboracionista de Vichy. Francia salió de esa experiencia trágicamente dividida: había una memoria de los resistentes, una memoria de los racistas, una memoria colaboracionista, una de los ocupados y otra de los no ocupados, de los prisioneros…

¿Por qué ese desgarramiento?

-Porque cada uno creía encarnar una parte real de este país.

¿Fue en ese momento cuando la historia oficial de Francia comenzó a ser difícilmente transmitida?

-En efecto. En las escuelas comenzó a ser muy difícil transmitir una memoria oficial. A eso se agregó el drama de la descolonización amplificada por la guerra de Argelia, porque, a diferencia de los ingleses, los franceses manejamos muy mal ese proceso. Y porque teníamos en esas colonias una verdadera población francesa. Argelia, por ejemplo, no era simplemente una colonia, sino mitad colonia y mitad departamento francés. La descolonización fue una auténtica guerra civil. Los franceses vivimos la guerra de Argelia como los norteamericanos vivieron la Guerra de Secesión.

Un nuevo desgarramiento.

-Fue un traumatismo nacional, un desgarramiento de la conciencia, al mismo tiempo que el fin de la proyección mundial de Francia y un regreso a las fronteras nacionales. En ese mismo momento comenzaron a nacer las obligaciones europeas, que disminuyeron las libertades y soberanías de los franceses.

En los últimos años hay en Francia una tendencia a dictar leyes que sacralizan las memorias sectoriales: la ley Gayssot, que considera crimen toda actitud negacionista; la ley Taubira, que califica la trata de negros de crimen contra la humanidad; por fin, un artículo de ley, en 2005, que preconizaba la “necesidad de enseñar en las escuelas el papel positivo” de la colonización francesa (artículo que acaba de ser anulado por el Consejo Constitucional). Muchos historiadores siempre estuvieron en contra. Usted en primer lugar.

-Porque la historia no puede ser dictada por los legisladores. Eso sucede sólo en los países totalitarios, no en una democracia. Si cada hecho histórico se vuelve intocable tras haber sido declarado por ley genocidio o crimen contra la humanidad, se está condenando a muerte la investigación histórica y, por ende, cristalizando la historia de una nación. Cuando, en 1990, se comenzó a discutir la ley Gayssot, yo me opuse. Por entonces trabajaba sobre la memoria y, a pesar de las buenas intenciones de ese texto, pensaba que estábamos poniendo el dedo en un engranaje del que no podríamos salir. Comenzaríamos con los judíos y continuaríamos con todas las demás comunidades.

Y así fue.

-Sí. Si no conseguimos poner freno a esta desviación, mañana veremos en Francia a los protestantes venir a reclamar al Estado una ley en nombre del “genocidio” por la masacre de San Bartolomé en 1572, o a los habitantes de la Vendée por las víctimas de la contrarrevolución entre 1793 y 1796. Nunca terminaríamos. Lo que en realidad es preocupante es un peligroso aumento de la ideologización de “la” víctima en todo el mundo.

¿Cuál es la diferencia entre lo que usted llama ideologización actual de las víctimas y la posición de la izquierda europea en los años 60, cuando comenzó a denunciar la colonización, la marginación y otras formas de explotación?

-El problema es que esa izquierda ha dejado de existir. La actual ya no tiene más nada que decir y nada más para hacer. Le queda una sola cosa: indicar lo que está bien y lo que está mal. Entonces se apodera de los temas históricos y trata de convertir la historia en purgatorio de la humanidad.

Pero ¿por qué la gente es ahora sensible al ejercicio de la memoria sectorial en vez de pensar en la historia?

-Debido a la supremacía del presente. En el mundo actual, el presente se ha vuelto el juez supremo. Es el registro de temporalidad con el que vivimos nuestro cuerpo, nuestra vida familiar, nuestro placer y nuestro juicio del pasado. En Francia, el peso del presente se traduce, por ejemplo, en algo tan simbólico como haber permitido a las parejas dar a los niños el apellido paterno o materno indistintamente. Eso es una ruptura de la genealogía y de la filiación. Dentro de dos o tres generaciones, nadie sabrá de quién desciende. Y nadie parece darse cuenta del significado profundo que tendrá ese cambio para la sociedad. Esto quiere decir, entre otras cosas, que las personas han dejado de vivir para sus hijos: sólo viven para sí mismas. Creo que estamos ante un oscurecimiento completo de la proyección de futuro.

En otras palabras, ¿el hombre moderno ha dejado de saber adónde va?

-Así es. Cuando uno sabía vagamente, o creía saber, adónde iba, era posible saber de dónde venía. Usted y su familia se transformaban, entonces, en un instrumento de transmisión, aun cuando los historiadores eran quienes permitían al pasado preparar el futuro. Pero a partir del momento en que los hombres dejan de saber adónde van, que las cadenas interpretativas han dejado de permitirles proyectarse en el futuro, es necesario constatar que estamos en una situación totalmente imprevisible.

Chesterton decía que cuando los hombres dejan de creer en Dios terminan creyendo en cualquier cosa. ¿Eso se podría aplicar a la historia?

-Perfectamente. Y si se deja de creer en la historia, en cualquier historia, que vaya hacia alguna parte, tampoco se sabe qué es lo que hay que retener del pasado para justificar el futuro. Es entonces cuando el hombre se pone a vivir bajo el control absoluto del presente y termina por juzgar la historia con los criterios del presente. Esa idea de crimen contra la humanidad que invocan todos esos grupos memoriosos es una noción que data de Nuremberg. La idea de aplicarla a fenómenos que sucedieron hace cinco o seis siglos es aberrante. Esto no quiere decir que no hubo horrores. Al contrario. Toda la historia de la humanidad está repleta de crímenes contra la humanidad. Pero si toda la historia se vuelve una serie de crímenes contra la humanidad, ¿por qué enseñarla? Sólo nos queda expiarla.

En esas condiciones, ¿cuál es el papel que le queda al historiador?

-Creo que somos más necesarios que nunca. En un mundo delirante, es imprescindible que reasumamos una misión de vigilancia intelectual, racional y cívica. La tarea del historiador es ayudar a la sociedad a reflexionar sobre sí misma, pero sin emitir juicios de valor. No tiene razón de ser un historiador obligado a llegar a conclusiones políticamente correctas. Los historiadores no tienen lugar en un mundo donde sólo reinan el “bien” y el “mal”.

[Luisa CORRADINI. ” ‘No hay que confundir memoria con historia’, dijo Pierre Nora”, in La Nación, 15 de marzo de 2006]

✍ An Islamic Response to Imperialism. Political and Religious Writings of Sayyid Jamāl ad-Dīn “al-Afghāni” [1983]

Este volumen reproduce textos fundamemales de la obra de Jamal ad-Din al-Afghani, escritos de 1880 a 1883, y traducidos al inglés por Nikki Keddie con la supervisión de Hamid Algar. Jámal ad-Din al-Afghani (1838/9-1897), intelectual y político musulmán y verdadero introductor del pensamiento islámico como factor revolucionario y anticolonialista, es conocido tanto por su influencia y sus activtdades políticas -que lo llevaron a recorrer gran parte del Oriente Medio, Europa y la India- como por sus escritos aparecidos en Al- ‘Urwa al-Wuthqa, periódico que publicaba con la colaboración de Muhammad ‘Abduh. Los artículos periodísticos representan solamente una faceta de su actividad de escritor, si bien fueron producidos durante su período de mayor influencia. En ellos mosrraba su preocupación por alentar la conciencia de unidad de los musulmanes y por encontrar, dentro de la tradición islámica, argumentos que pudieron movilizar a las masas en contra del colonialismo. La compilación de textos políticos y religiosos realizada por la historiadora norteamericana Nikki Keddie pone a nuestro alcance escritos que proporcionan un panorama mucho más extenso de la obra de Al-Afghani, pues se trata de trabajos dispersos que difícilmente un interesado hubiera podido reunir. Uno de ellos, “The Truth about the Neicheri Sect” o “Refutation of the Materialist”, ha sido traducido del original persa por primera vez, y se encuentra confrontado con las variantes provenientes de la traducción arabe, que ha sido hasta hoy la más difundida. También del persa han sido traducidos ”Lecture on Teaching and Learning”, “The benefíts of Philosophy” y “Commentary on the Commentator”. Del árabe fue traducido un artículo de Al- ‘Urwa al-Wuthqa: “The Materialits in India”, y del francés “Answer to Renan”. Estos escritos alcanzan un mayor interés a causa de su contenido aparentemente contradictorio. Es difícil encontrar alguna relación entre los argumentos utilizados en ”The Truth about the Neicheri Sect”, donde Al-Afghani emprende la defensa apasionada de la religión a la cual considera fundamento de toda civilización y garantía de su continuidad, atacando al materialismo como teoría científica y a los materialistas como factores de la decadencia de las culturas a lo largo de la Historia- y sus afirmaciones en ”Answer to Renan” acerca de que todas las religiones son intolerantes por naturaleza y que el progreso y la evolución humanos eliminan la necesidad de la tutela religiosa sobre la sociedad. Estos textos, extremos por la divergencia de sus argumentos, parecen incluso hechos por dos escritores distintos. Nikki Keddie explica esta contradicción en los escritos de Jamal ad-Din al-Afghani por medio de sus intenciones políticas, y reconstruye su pensamiento a través de una investigación biográfica que esclarece múltiples etapas oscuras de la vida de este personaje. En primer lugar, el método de Al-Afghani proviene de la tradición musulmana shi’ita en la que ha sido formado y que lo ha puesto en contacto con la filosofía islámica medieval en una forma mucho más completa que si se hubiera formado dentro de la sunna, como pretendió durante casi toda su vida. Su aprecio por la filosofía llegó a que se le adjudicara la reputación de libre pensador durante su juventud, y provocó su expulsión de Estambul en 1870, por comparar en forma ventajosa el pensamiento filosófico sobre la revelación divina, en un discurso cuyo texto parece definitivamente perdido. Por otra parte, también pertenece a la tradición filosófica del Islam el recurso de modificar el lenguaje y los argumentos de acuerdo con el tipo de audiencia que se debe enfrentar, diferenciando especialmente un discurso para el pueblo y otro para las élites. Al-Afghani utilizó ampliamente este recurso al invocar los sentimientos religiosos de las masas en su propósito de enfrentar la amenaza del colonialismo europeo, mientras buscaba otro auditorio para discutir la reforma religiosa y social; aunque su actividad en ese sentido fue secundaria por no considerarla tan urgente como la defensa ante el avance occidental. Esta diferencia en los niveles de discurso le permitía hacer, en periódicos franceses, afirmaciones inaceptables para un creyente, dado que esas publicaciones no estaban al alcance de su gran público musulmán; pero por este medio defendía la causa del Islam con argumentos adecuados para un público occidental del siglo XIX, con tal éxito que Renan lo llegó a considerar un racionalista de su misma categoría. Así pues, el rechazo de Al-Afghani a los materialistas sólo se puede explicar por su interés en proteger a la comunidad islámica de una escuela que tendía a dividirla y a debilitar su respuesta ante el colonialismo, argumento que podemos encontrar tanto en “Refutation of the Materialists” como en el artículo “The Materialists in India”. La aparente contradicción se resuelve, entonces, sólo si tomamos en cuenta que el objetivo principal de la actividad y la obra de Jamal ad-Din al-Afghani fue la unificación y el reforzamiento del Islam y su rechazo a la agresión europea.

[Fernando CISNEROS. “Reseña”, in Estudios de Asia y África, vol. XIX, nº 2, 1984, pp. 322-323]

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