Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Historia social del gaucho [1968]

El objeto esencial de este libro es situar al gaucho como protagonista del proceso económico y social del pasado argentino. Personaje literario, tema folklórico, mito cultural, ninguna figura ha sido objeto de asedios y evocaciones tan recurrentes como la del habitante pobre de la campaña rioplatense. Pero el interés del historiador Ricardo Rodríguez Molas no es contribuir a una tradición intelectual que, bajo la forma de la condena o del panegírico, ha sobrevolado el análisis histórico de las relaciones económicas y jurídicas, políticas y sociales que configuraron la condición del gaucho. De ahí el tono polémico de este trabajo que reconstruye las vicisitudes de los “vagos y malentretenidos” a lo largo de un extenso período que tiene sus comienzos con la presencia española en la pampa húmeda y que dará origen a la zona periférica y fronteriza de donde el gaucho emergerá como tipo social característico. El lector encontrará una investigación ricamente documentada que coloca bajo una nueva luz la formación y el carácter de la Argentina “criolla” al estudiar la suerte de sus clases subalternas.

[Fuente: Centro Editor de América Latina]

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␥ Norberto Galasso [1936]

El historiador argentino Norberto Galasso nació en Buenos Aires, en 1936. Cursó estudios en el Colegio Comercial San Martín y en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires de donde egresó con el título de Contador Público Nacional. Investigador, periodista, político, militante, en 1963, publicó su primer libro, “Mariano Moreno y la revolución nacional”. A partir de 1966, inició su labor de investigación con una biografía titulada “Discépolo y su época”, editada por Jorge Álvarez, y dio comienzo, así, a su actividad de militancia vinculándose al Partido Socialista de Izquierda Nacional (PSIN) orientado por Jorge Abelardo Ramos donde estableció estrechas relaciones políticas con Arturo Jauretche y Juan José Hernández Arregui. Al constituirse el Frente de Izquierda Popular (FIP), en 1971, renunció al PSIN. Colaboró desde entonces con la izquierda peronista, sin integrarse a ella, permaneciendo en posiciones de Izquierda Nacional. En 1973, se desempeñó, durante pocos meses, como síndico en la Editorial Universitaria de Buenos Aires, dirigida entonces por Arturo Jauretche. Continuando una ya desarrollada carrera periodística en diversos medios impresos, colaboró con la revista Crisis. Durante la última Dictadura Militar (que censuró sus libros “Vida de Manuel Ugarte” y “¿Qué es el socialismo nacional?”) se refugió en la investigación y publicó en el exterior artículos en la prensa clandestina. Restablecida la democracia, publicó varias obras en la Biblioteca Política del Centro Editor de América Latina; entre las que cabe mencionar “La izquierda nacional y el FIP”, libro con el que inicia la reivindicación de los hombres de Frente Obrero, creadores de esta corriente de pensamiento político en la década de 1940. Galasso ha publicado más de cincuenta títulos -muchos con varias reediciones-, entre ensayos, antologías, estudios histórico-políticos, investigaciones y polémicas. De entre ellas se destacan tres, sin lugar a dudas las de mayor aliento, que le han requerido esfuerzos sostenidos a lo largo de los últimos años, y que le han valido un notable reconocimiento. Se trata de “Seamos libres y lo demás no importa nada. Vida de San Martín”, “De la Banca Baring al FMI. Historia de la deuda externa argentina”, y la documentada biografía en dos tomos de Perón. A estos verdaderos puntales de la historiografía argentina viene a sumarse la Historia de la Argentina (2011). Simultáneamente a su labor de publicista, Galasso ha dedicado esfuerzos a la organización de núcleos políticos y culturales. Aún hoy es un activo orientador del Centro Cultural Enrique Santos Discépolo.

[Fuente: Editorial Colihue]

␥ Mykhailo Hrushevsky [1866-1934]

Mykhailo Hrushevsky fue uno de los historiadores más grandes de Ucrania. Su carrera académica comenzó en la Universidad de Kiev, donde en 1890 se graduó en el Departamento de Historia y Filología. Nombrado profesor de historia en la Universidad de Lviv en 1894, se convirtió en una figura destacada en la Sociedad Científica de Shevchenko y en la comunidad académica y cultural centrada en Lviv. En 1918, fue jefe del Gobierno de la República Independiente de Ucrania. De 1924 a 1931, organizó en ​​Kiev los estudios históricos en la Academia de Ciencias de Ucrania. Escritor extraordinariamente prolífico, produjo unos 2.000 trabajos académicos. Su obra mayor, la Istoriia Ukraïny-Rusy (Historia de la Ucrania rusa), apareció entre 1898 y 1937. Estos diez volúmenes publicados (en once libros) traza la historia de Ucrania desde los primeros tiempos hasta la era post-Khmelnytsky a finales de la década de 1650. Si bien la “Historia” fue aclamada internacionalmente en el momento de su publicación, a partir de los años 1930 no se podrá ser citada como referencia en la Ucrania soviética. Durante los años 1960, se intentó “rehabilitar” a Hrushevsky y sus obras, pero sólo a finales de 1980, la opinión pública ucraniana comenzó a recuperar el acceso a su “Historia”.

[Fuente: Canadian Institute of Ukrainian Studies]

◼ ¿Qué tiene ella que no tengan las otras? El significado de la Revolución Francesa, según el historiador Michel Vovelle

¿Acaso somos las últimas víctimas de una ilusión que habría que corregir lo antes posible? Creímos en la “gran Revolución” y no fuimos los únicos, a juzgar por el eco del estallido fundador que, desde hace dos siglos, resuena en el mundo entero. Y he aquí que se nos invita a meditar de manera más sana y modesta sobre el fin del “excepcionalismo francés”, un fraude histórico de larga duración, al fin y al cabo, en comparación con las armoniosas condiciones en las que se elaboró la democracia estadounidense por ejemplo… Pero todavía hay signos de vida. En sus escondrijos individuales, los últimos soldados de la infantería jacobina resisten a los sofisticados proyectiles de las cohortes galácticas revisionistas que ya consideran victoriosas antes incluso de que empiece el combate. Antes de resignarnos a una celebración con ejecución y de cerrar el caso —tal como se nos está invitando—, ¿no sería posible que nos preguntásemos qué tiene esta Revolución de más o de diferente respecto a las otras? Hubo levantamientos populares, “emociones” o “furores”, como gustan de decir algunos; pero la historia de la humanidad está llena de ellos, desde mucho antes de Espartaco. La lucha de los dominados contra los dominadores no comienza en 1789. Revoluciones, las hubo incluso antes. (Inglaterra conoció la suya en el siglo XVII). Y nos guardaremos muy mucho de olvidar la Revolución estadounidense de 1776, por más que los investigadores norteamericanos de hoy estudien el modo en que la Revolución Francesa imprimió retrospectivamente su guerra de Independencia un toque revolucionario que, al principio no era evidente. 

Matices propios

En relación con esta doble referencia, lo que ocurre en Francia en el decenio 1789-1799 adopta unos matices propios. Se trata de una subversión total que se moviliza contra el Antiguo Régimen político e institucional, no sólo a una elite nobiliaria ilustrada y una burguesía llevada por toda la prosperidad del siglo, sino también el asalto conjunto de las masas populares y de un campesinado propietario de más del 40 % de las tierras del país, un campesinado poderoso y miserable al mismo tiempo y muy apto para la movilización. Remitámosnos, para juzgar esta fractura, a la otra Europa, a la Europa “retrasada” de la que hablaba Jaurès, desde Alemania a toda una parte de Italia y, a mayor abundamiento, a la Europa central u oriental de los jacobinismos grupusculares y conspiradores: no se daban las condiciones para una subversión victoriosa por la vía revolucionaria —porlo tanto, “desde abajo”— de la sociedad tradicional. Es “desde arriba”, por la vía jerárquica (¿la vía prusiana?) que la modernidad se abriía aquí su camino .¿Tendremos que afirmar entonces —como hizo Burke en la época—que el buen camino fue el de Inglaterra, un país al menos tan evolucionado como Francia a finales del siglo XVIII, y que logró superar una situación indudablemente pre-revolucionaria para seguir una vía reformista aún a costa de todas las violentas luchas políticas del siglo XIX? Esto sería olvidar la máxima aportación de la vía francesa al cambio revolucionario: la formulación de los nuevos valores que, desde el Bill of Rights inglés a las pragmática Constitución de los Estados Unidos o, incluso la Declaración de Independencia, los precedentes anglosajones no habían hecho más que esbozar. La burguesía revolucionaria de Francia en plena Revolución habla en nombre de toda la humanidad al proclamar los nuevos valores: libertad, igualdad, propiedad, antes de descubrir, por etapas , la fraternidad. Puesto que la propia dinámica de la Revolución Francesa no lleva a ese deslizamiento del que a veces se ha hablado sino al descubrimiento progresivo de los que Ernest Labrousse calificaba de “anticipaciones”. Hay todo un camino recorrido desde las primeras proclamas de la burguesía constituyente, con sus prudencias y a veces sus contradicciones (la negación de la igualdad debido a separación censitaria entre ciudadanos activos y ciudadanos pasivos), hasta la proclamación, en 1793 ,del sufragio universal y, también, del derecho a la asistencia y a lo que llamaríamos la solidaridad.

Un modelo diverso

Sin duda, la suerte de la Revolución Francesa en esta aventura depende de unas condiciones materiales en la década de 1780, los movimientos de los patriotas bátavos, brabanzones o ginebrinos, habían sido reprimidos, aplastados por la Europa monárquica. La Revolución Francesa tuvo éxito porque fue lo bastante fuerte como para resistir la contrarrevolución interior y, al mismo tiempo, los ataques de la Europa coaligada. A partir de aquí, empieza otra aventura, gracias a la cual la experiencia francesa adquiere un relieve particular: la de la expansión revolucionaria por la vía directa de la anexión, la constitución de las repúblicas hermanas en la época del directorio y el potente eco de un cambio que, desde la Europa delos príncipes a Hispanoamérica, no deja a nadie indiferente. Una sacudida general se apodera del mundo a partir del epicentro francés. Tanto a partir de este impacto instantáneo —o de secuelas— como de la misma magnitud de las “proclamas” formuladas, podemos comprender la duración del eco recibido y lo que llamaría la “plasticidad” del mensaje de la Revolución Francesa. También en esto difiere de las otras, por esta capacidad que tuvo para erigirse en modelo de los movimientos liberales y nacionales (desde 1830 hasta 1848 y posteriormente) y, también, de los movimientos obreros de la segunda mitad del siglo XIX que se apropiaron de esa herencia. Más que un mito, una idea-fuerza, la Revolución Francesa debido (o a pesar) de su originalidad se ha convertido en el ejemplo o el modelo sobre el que meditar de una transformación profunda y voluntaria del mundo. Así, pues, se comprende que, desde hace tiempo —no es un anhelo reciente— se haya deseado “terminarla” pero, a la vez, lo difícil que puede ser llegar al fondo de una imagen portadora de semejante carga de esperanza.

[Michel VOVELLE. “¿Qué tiene ella que no tengan las otras?”. Traducción del francés por Juan Gabriel López Guix, in La Vanguardia (Barcelona), 2 de julio de 1989, p. 56]

␥ John V. Murra [1916-2006]

El antropólogo e historiador John Victor Murra, nacido el 24 de agosto de 1916 y fallecido el 16 de octubre del 2006 a la edad de 90 años, revolucionó el estudio y comprensión de las culturas andinas y en particular de la sociedad y el estado Inca. Mientras los eruditos que le precedieron se habían dejado fascinar por los rasgos únicos y exóticos del Incario (maravillándose por su estado centralizado y por el enorme poder e influencia de un dominio que se extendió por miles de kilómetros a lo largo de la cadena andina, capaz de desarrollarse sin dinero ni mercados, ni tecnologías como de la rueda y, al parecer, sin cualquier forma de escritura), el genio de Murra radicó en analizar sobre todo el Incario como un sistema extraordinariamente eficaz de administración social. Nacido como Isak Lipschitz, un año antes de la revolución rusa de 1917, en Odesa, el cosmopolita puerto del Mar Negro, su recuerdo más temprano fue atravesar corriendo el puente que atraviesa el Dnieper en Rumania, con su madre cargando sobre su espalda las reliquias de la familia. Todo esto en medio del tiroteo que se abría detrás de ellos mientras la joven Unión Soviética se sumergía en la guerra civil. John Murra creció en Bucarest, identificándose, de manera entusiasta, con la dinámica de un país en proceso de inventarse a sí mismo como nación, a la sombra de las ruinas del Imperio Otomano, el dominio de los Habsburgo y el Imperio ruso. Cuando la ultranacionalista y antisemita Guardia de Hierro ganó prominencia en el país, en su temprana adolescencia, él se unió al movimiento juvenil socialdemocráta asociado al Partido Comunista. Hacia 1934, sus padres, desesperados por evitar que cayera en la cárcel, arreglaron para que fuera a Chicago, en Estados Unidos, en donde vivía uno de sus tíos como músico, intérprete de contrabajo. Murra estudió en la Universidad de Chicago durante la etapa de Radcliffe Brown, líder de la prestigiosa tradición intelectual de la antropología social británica. Si bien aprendió mucho, al mismo tiempo mantuvo una actitud rebelde. Se cuenta, como anécdota, que permanecía de pie al otro extremo de donde Radcliffe Brown dictaba sus conferencias gritando: “¿Y qué pasa con la lucha de clases?”. Se casó brevemente con Virginia Miller, una colega militante. Se alistó como voluntario en la guerra civil española y desde 1936 hasta 1939 estuvo en el 58º batallón de la 15ª Brigada (Internacional) del ejército Republicano, defendiendo la república española contra la insurrección derechista de Franco. Debido a su uso fluido del ruso, el rumano, el francés, el alemán, el inglés y el español, fue trasladado desde el frente al alto mando republicano en calidad de traductor. Esto le proporcionó una inconmensurable experiencia sobre el funcionamiento del poder, y sobre los desvíos y manipulaciones de los comisarios. Fue herido en acción durante la guerra; al final de esta, se escapó por los Pirineos hasta terminar varado con otros miles de excombatientes en un campo de internamiento en la playa de Argeles. Trabajando otra vez como traductor, le impresionó la actitud del Partido Comunista que, con total cinismo, mandaba a sus excombatientes a volver a sus países de origen, donde les esperaba una muerte segura a manos de los gobiernos fascistas instaurados en ellos. Su ex-esposa le consiguió la visa para que volviera a Estados Unidos, haciendo uso de su visa, salvando, sin duda, su vida. Pero su compromiso con el comunismo había terminado. El golpe final fue el pacto de no agresión entre Hitler y Stalin en agosto de 1939, momento en el que abandonó definitivamente el partido. Como un signo de su ruptura con su pasado él se reinventó como John Victor Murra. “Murra” (que significa zarzamora) era su apodo rumano debido a sus penetrantes ojos negros; “Victor” señalaba su política radical; y “John” lo escogió por su carácter anónimo, práctico, americano. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó con la antropóloga Ruth Benedict, y visitó Ecuador en donde realizó su primer trabajo sobre los Andes. Con la llegada de la Guerra Fría sufrió, al igual que muchos otros, las consecuencias de la cacería de brujas antizquierdista y las restricciones contra cualquiera sospechoso de tener simpatías por el comunismo. Le fue negada, en una primera fase, la ciudadanía estadounidense, y después de que se la concedieron, no le otorgarían un pasaporte hasta 1956. Esto influyó en que su trabajo de PhD sobre “La organización económica del Estado Inca” se basara en fuentes documentales históricas. La fascinación de Murra con el funcionamiento de la civilización andina, y la originalidad de su análisis, no fue ajena a su identidad como rumano, y de todo lo que él había aprendido como joven militante. Uno de los factores que lo llevaron a estudiar el estado Inca fue indudablemente el que se lo haya comparado con la nueva Unión Soviética, hasta el punto que el historiador francés de derecha Louis Baudin llegó a calificarlo como el “primer estado socialista” del mundo. Sus lecturas de las fuentes coloniales españolas del siglo XVI fueron llevadas no por los autores consagrados (divine rulers), ni por la cosmología exótica, sino por preguntas más pragmáticas de cómo este régimen único fue organizado y administrado. Él creyó apasionadamente que este era un recurso precioso para la humanidad, porque esta fue una civilización grande y distintiva que se desarrolló independientemente de la influencia europea o asiática. No era ningún romántico, menos un iluso con respecto al poder. Celebró la eficiente carrera de un sistema de gobierno extraordinariamente centralizado en el -al parecer- poco prometedor ambiente de los Andes centrales, y procuró entender los medios materiales y simbólicos que hicieron que la población campesina del Incario viera al estado como una fuente de justicia, y se animaran a trabajar para sus gobernantes. Al mismo tiempo, como rumano, se sintonizó más con las zonas marginales que con el Cuzco, la capital real del Incario. Las figuras por las que él fundamentalmente se interesó fueron los burócratas provinciales responsables de los censos y de la distribución de las asignaciones de trabajo; igualmente le preocuparon los grupos étnicos capaces de crear condiciones de reproducción social y de evitar las condiciones de hambruna gracias al desarrollo de prácticas sofisticadas de manejo de recursos ubicados a larga distancia y en distintos pisos ecológicos. Murra desmereció la expresión “conquista española”. Para él, lo que realmente había pasado era una invasión: la “conquista” implicaba una legitimación del nuevo orden. Para Murra, esta invasión fue una catástrofe: la pérdida de un conocimiento y un entendimiento único, debido, en parte, a la destrucción voluntaria y en parte a la ignorancia y mala interpretación. Al mismo tiempo, él apreció a aquellos funcionarios españoles y soldados que comenzaron a conseguir una comprensión de la civilización que destruían, de modo que su investigación posterior se enfocó al desvelamiento de tales figuras. Los análisis de Murra sobre los Andes se fundaron en un materialismo robusto, aspecto que fue apreciado por la antropología marxista de los años 1970. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones de intelectuales indígenas en Sudamérica fueron inspiradas por su trabajo, y lo utilizaron en sus tentativas de reavivar sus propias tradiciones sociales. John Murra obtuvo varios puestos académicos en Estados Unidos, siendo los más importantes en Puerto Rico, en el Vassar College y en la Universidad de Cornell en el estado de Nueva York. Un viajero infatigable, pasó mucho tiempo en América Latina. En el año 1964 fue cofundador del prestigioso Instituto de Estudios Peruanos, y en 1966 el gran escritor peruano José María Arguedas dedicó a Murra uno de sus poemas más famosos: “Llamado a algunos Doctores”. Murra a menudo decía que la antropología era su verdadera casa. Murra fue un hombre de intensas paradojas: patriarcal y autoritario, era al mismo tiempo profundamente partidario de las mujeres en sus luchas por crear un espacio personal y ganar el reconocimiento profesional. Una de sus estudiantes, la feminista californiana Laura X, había adoptado su apellido como propio. Aborreció los regímenes soviéticos, y admiró y apreció el localismo de la política estadounidense, pero creyó en un estado fuerte, y mostró poca simpatía por los movimientos libertarios estudiantiles de finales de los años 1960. Las figuras que más admiró eran a menudo poderosos estrategas: hombres como su camarada rumano Petru Navodaru o Ángel Palerm, el comandante catalán republicano convertido en antropólogo mexicano. Murra era un convencido entusiasta de la psicoterapia, y antes de su muerte donó muchos cuadernos donde había registrado sus propios sueños a los Archivos Nacionales Antropológicos Norteamericanos. Su segundo matrimonio con Elizabeth Sawyer acabó en divorcio. No tuvo hijos, pero fue un profesor motivador y figura paterna para una gama muy amplia de gente a través del mundo, con mucha de esa gente mantuvo una correspondencia infatigable. Su hermana Ata lo sobrevive en Rumania. Entre sus grandes obras, cabe destacar “The Economic Organization of the Inca State” (1956) y “Formaciones económicas y políticas del mundo andino” (1975).

[Olivia HARRIS. “John Victor Murra Antropólogo e historiador de los Andes”, in Íconos, nº 27, 2007, pp. 164-166]

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