Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ El perfume o el miasma. El olfato y el imaginario social. Siglos XVIII y XIX [1982]

Los viejos urinarios de fierro, cuya pestilencia podía reconocerse de tramo en tramo en los más famosos bulevares de París, fueron sustituidos por letrinas modernísimas. Hasta entonces, pensar en París también podía ser recordar el insoportable olor que despedían estos urinarios, aunado a la risible figura de los pies que se alcanzaban a ver por debajo y al ruido de la orina en su caída. Hoy, por unos cuantos francos, se abre la puerta de la blanca semiesfera de donde fluye de inmediato una melodía que acompaña al usuario durante el inevitable ritual fisiológico. Una vez que ha pasado el tiempo necesario, a juicio del diseñador, la puerta se abre automáticamente. Así que es posible imaginar el desamparo de aquél que se encuentra en apuros por diarrea o por constipación. La cabina está equipada con un sistema de autolavado que lanza agua y jabón, lo que permite prescindir de la limpieza manual. Sin embargo, a pesar de éstos y otros modernismos, hay lugares que siguen apestando, como el metro en su sección más antigua. Una descripción que Alain Corbin recoge en “El perfume o el miasma” sobre el París del siglo XVIII, remite con eficacia a una imagen contemporánea: “los muros de las casas parisienses están degradados por la orina… Podemos imaginar lo que significó la pestilencia y la suciedad de los lugares públicos y privados durante los siglos estudiados por Corbin. Fue entonces cuando empezó a desarrollarse una posición científica en torno a los malos olores, a sus orígenes y a la necesidad de crear prescripciones para desterrarlos. Para Corbin, la existencia de olores agradables y desagradables es digna de ser historiada y considera que su abandono ha impedido entender en su justa medida el crecimiento de las sociedades. En su preámbulo refiere cómo hoy día el olfato ha sido relegado por los otros sentidos, cómo el discurso científico titubea al estudiarlo, cómo se carece de lenguaje apropiado para referirse a los olores y cómo los estereotipos han encerrado al olfato en el mundo del instinto, confiriéndole el sello de la animalidad. Subraya que la acción de olfatear, husmear o bien de otear, tiene un profundo sentido social y se dispone a mostrarlo a través del análisis de conductas filosóficas, científicas o médicas (actos de orden, vigilancia e higiene), así como a la luz del surgimiento de la burguesía parisina. Divide en tres partes sus estudios. En los cinco capítulos de la primera, reconstruye la historia científico-médica de los siglos XVIII y XIX que se centra en el reconocimiento de lo pútrido, de los miasmas insoportables que asedian las ciudades: excrementos, carroñas y cadáveres deben ser desterrados. A partir del siglo XVIII se aceleró el estudio teórico sobre los olores: sudores y ventosos se analizan por igual. Pero también entra a escena el olfato como sentido de la anticipación amorosa, de las afinidades. Se estudian los olores del esperma, de la menstruación y el papel erótico del aliento. El hombre enfermo, su habitación y sus vestidos son objeto de incontables teorías. Asimismo, los vapores y las atmósferas de espacios cerrados donde se acumulan multitudes. Se equiparan lugares que parecerían no tener comunión alguna: barcos, hospitales, cárceles, cuarteles, iglesias y salas de espectáculos. Aquí, Corbin detalla el discurso científico relacionado con estos recintos y describe sus condiciones reales de inmundicia: “el hospital se dibuja como una fétida máquina de infectar […] la penetración de los pisos por el contenido de las letrinas, la degradación de los muros a causa de los esputos, la impregnación de los colchones de pluma y de las camas de los moribundos. Tal como en las cárceles, las letrinas proporcionan la infección”. Alude a la ciudad como a otro lugar de aglomeración humana, con sus cloacas malolientes y sus constantes epidemias. Termina la primera parte apuntando hacia los aspectos culturales del olfato y los olores: la fumigación por medio de aromas fuertes y la descalificación de ciertos perfumes por razones terapéuticas, lo que muestra la ambigüedad del pensamiento científico respecto del olfato. Para Corbin, el refinamiento del olfato está emparentado con la aparición de una higiene más individualizada, la del aseo íntimo, que permite reconocer el propio cuerpo y que genera una satisfacción narcisista. El rechazo de los olores fétidos y de los aromas fuertes, pone de moda otros gustos olfativos más allá de los discursos médicos. El perfume de las flores y el ambiente de bosques y jardines cumple con la función de “promover el narcisismo”; y permiten olvidar las emanaciones putrefactas que recuerdan la muerte. En la segunda parte, formada por tres capítulos, Alain Corbin señala las consecuencias de la ciencia aplicada al olfato: higiene, políticas sanitarias, desinfectar y por tanto desodorizar. Lo cual forma parte de: “Un proyecto utópico: aquél que tiene por objeto encubrir los testimonios del tiempo orgánico […] El silencio olfativo no hace sino desarmar al miasma, negar el correr de la vida y la sucesión de los seres; sólo ayuda a soportar la angustia de la muerte”. A partir de este momento, Corbin relata la historia de la higiene y sus métodos aplicados a la urbe y a los lugares donde se hacinan individuos. Los apropiados para la casa habitación, desde la palaciega, pasando por la burguesa y la de las clases pobres. La casa del obrero y la del campesino merecieron atención hasta mediados del siglo XIX. Recoge amplias discusiones en torno a lo benéfico o no de los excrementos en las calles, a la inquietud que causa la presencia de ciertos artesanos, por los olores que se derivan de sus trabajos, de los mataderos y de cadáveres. Inquietud que comparten y discuten los preocupados de la salud de la urbe: “Los reformadores acarician el proyecto de evacuar todo al mismo tiempo, la inmundicia y el vagabundo. El hedor de la porquería y la infección social […] hay quien propone confiar a los presos, numerados y sujetos con cadena, el cuidado de purificar la ciudad”. Los seis capítulos de la tercera parte de “El perfume o el miasma” están dedicados a lo que Corbin llama: olores, símbolos y representaciones sociales. Aquí retoma algunos temas y camina en busca de otros que sitúan las variaciones olfativas, como parte de los antagonismos de grupo: “Una curiosidad nueva invita a descubrir los olores de la miseria, desalojar la hediondez del pobre y de su madriguera”. Relata cómo se ve y estudia la habitación privada, cómo la vivienda de los pobres es sometida a juicio por los ojos y la nariz de la burguesía, que se apoya en la ciencia para descalificarla, para atacarla y para imponer sus valores de vida, sobre las costumbres de pobres, trabajadores y emigrados. A pesar de que en los palacios y en las casas burguesas las cocinas apestaban y, en no pocas ocasiones, los pasillos eran usados como letrinas. El tiempo deberá pasar para que poco a poco la burguesía se inicie en las modas higiénicas y sanitarias, así como en los mensajes corporales inscritos en una nueva delicadeza. La ciencia se da a la tarea de reeducar los sentidos, alegando criterios de salud y bienestar que a poco se confunden con prácticas sociales que aluden al buen gusto y a la elegancia. El baño se vuelve indispensable, aunque no se debe abusar bañándose más de una vez al mes. Las cocinas se ventilan con campanas de aire y empieza a sugerirse el orden en armarios y anaqueles. Los perfumes de la intimidad se vinculan con la nueva habitación burguesa: en su interior se aúna el desarrollo de la persona como sujeto y, con ello, la presencia de olores propios, privados. El interés por el ámbito del olfato se acentúa en la literatura: Zola, Flaubert, Balzac, animan a sus personajes a través de descripciones olfativas. El erotismo se revela por medio del olor de las flores, de las ropas o de los cuerpos, en el caso de los escritores más atrevidos. Para finalizar, Corbin vuelve a retomar el hilo inicial, haciendo referencia, una vez más, a la fetidez de los olores de París, que persistían aún en vísperas de la Primera Guerra Mundial: un hedor sofocante por la tarde era, ahora, provocado por las fábricas situadas en el suburbio norte. Sus conclusiones enriquecen el trabajo, con múltiples ideas sobre olfato y jerarquías, sobre el porqué de la destrucción de olores considerados inoportunos. Corbin propone que la historia del olfato permite una nueva lectura de la conformación de la sociedad actual y de “esos grandes acontecimientos de la historia contemporánea que son el aumento del narcisismo, el refugio en el espacio privado, la destrucción de la comodidad salvaje, la intolerancia de la promiscuidad”. La obra de Corbin se inscribe dentro del interés por estudiar la vida cotidiana. Interés que, más allá de las preocupaciones eruditas, pretende encontrar nuevas vías de entendimiento y transformación del hombre en sociedad. Caminos que rompan con las explicaciones tradicionales, impuestas por las historias totalizadoras, cuyo discurso grandilocuente y cerrado apunta siempre al enseñoramiento de valores y formas de mirar de los que manejan el poder. Corbin pone de manifiesto la manera en que el pensamiento y la práctica científica se entrelazan con las necesidades de la burguesía en formación, cómo la refuerzan y cómo este mismo discurso sirve para prometer a todos una vida más saludable, a la vez que se le usa para vigilar y castigar a los que no comparten sus valores. El pensamiento científico, por tanto, se presenta tramado con las vicisitudes histórico-sociales y no neutro, como suele suponerse siempre. Un enorme caudal de fuentes primarias consultadas le permiten fundamentar, paso a paso, cada una de sus afirmaciones y revitalizar cada instante como en una visión cinematográfica. Las anécdotas recogidas por cada autor consultado, junto a sus afirmaciones científicas o médicas, permiten recrear el espíritu de época. Pocas son las referencias olfativas en tomo a los olores del campo. Algunas que Corbin consigna provienen de la visión que auspició el pensamiento romántico que veía en el campo y en la vida rural (o en la del hombre primitivo) una forma de huir de los pesares de la vida urbana. Por ser visiones románticas siguen siendo urbanas. El romántico añora un campo soñado, imaginado, deseado desde su condición de citadino. Pero justamente por eso no toleraría sus formas de vida y mucho menos sus olores, sus hedores. El estudio de Alain Corbin es rico en sugerencias y estimula a buscar explicaciones para temas nuevos y tradicionales que se creían ya resueltos. Uno de los asuntos que me parece deja entrever su trabajo, es el de la subordinación del pensamiento científico a las formas de vida urbana. Si bien el autor no lo afirma, su investigación aporta elementos para empezar a plantear cómo con el advenimiento de la ilustración, todo pensamiento se considera regido por la razón -destruyendo así toda otra posibilidad de ciencia, de conocimiento. Y cómo triunfa la visión del mundo propiciada por la vida sedentaria de los ciudadanos, cuya inmovilidad y hacinamiento los lleva a exaltar la monointerpretación racional. De ahí que las referencias al campo, en este caso, se den en un tono menor y siempre remitidas a este pensamiento urbano, ya sea científico o romántico. Corbin avanza por este camino cuando afirma que el pensamiento científico o filosófico tiende a anular la ambigüedad, lo irreductible al pensamiento: “Los antagonismos y estratificaciones se enraízan en dos conceptos del aire, de la mugre, de las heces; se manifiestan mediante gestiones antitéticas de los ritmos y las fragancias del deseo; tienden a resolverse en el silencio olfativo de un entorno desodorizado, el nuestro”. Y nos preguntamos por tantos otros silencios.

[Eloísa URIBE. “A qué hueles y te diré quién eres”, in Historias. Revista de la Dirección de Estudios Históricos (México), nº 18, julio-septiembre de 1987, pp. 153-155]

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✍ La invención de una legitimidad. Razón y retórica en el pensamiento mexicano del siglo XIX (Un estudio sobre las formas del discurso político) [2005]

El libro del historiador argentino Elías José Palti tuvo su origen en la primera parte de su tesis doctoral presentada en 1997, en la Universidad de California en Berkeley. Su investigación nació de un “malestar intelectual” derivado de las perspectivas dicotómicas que dominan a la literatura de la historia intelectual latinoamericana, la cual por lo regular se plantea desde una serie de oposiciones tales como modernidad / tradición, ilustración / romanticismo, racionalismo / nacionalismo, individualismo / organicismo y otras más. Las perspectivas dicotómicas buscan trazar genealogías de pensamiento, es decir, se intenta desagregar a un autor y clasificar sus ideas bajo una de las dos posiciones. A decir de Palti, el método genealógico es bastante limitado para analizar el pensamiento de un autor, pues las ideas y los conceptos se combinan de modos complejos y cambiantes, por lo que no se puede trazar el sentido de las ideas. Es por ello que se debe examinar lo que un escritor entendía por cierto concepto, a fin de comprender de qué manera se definen y redefinen las nociones a lo largo del tiempo. En este sentido, se trata no sólo de superar las dicotomías tradicionales, sino de buscar una vía para escapar de ellas; y ésta es la de analizar los lenguajes políticos, que trata de comprender de qué manera las condiciones de enunciación de los discursos se inscriben en los propios textos y forman parte integral de su sentido. El lenguaje político reconstruye, a partir de los usos públicos del lenguaje, el vocabulario de base que delimita lo decible y lo pensable, y, sobre todo, la forma en que las condiciones se modifican históricamente. Una historia de los lenguajes políticos proveería un marco para concebir de qué manera las tensiones de un periodo se despliegan en el interior de los discursos y pueden dislocarlos, lo que significa la desestabilización de su lógica interna y de su régimen de funcionamiento. Para analizar esta dimensión textual, Palti recurrió a la retórica clásica. La aproximación retórica a los textos busca comprender de qué forma se alternan las condiciones de la enunciación y cuál es el sentido del desplazamiento de las problemáticas subyacentes. La historia de las ideas muestra estabilidad en los contenidos ideológicos, pues aunque las ideas no cambien sí se alteran los modos y circunstancias en que se articulan. En este sentido, la tarea de la retórica es descubrir de qué manera las transformaciones impactaron los discursos y trazar en los textos las huellas lingüísticas de tales alteraciones. Así, lo que se propone Palti es investigar de qué manera se altera el discurso público de una comunidad política, en este caso la mexicana decimonónica, cuando se quiebra el consenso de base y se corroen los supuestos ideológicos en que se funda tal discurso. Es así que las nociones, categorías e instituciones, que se asumían como naturales en tiempos normales, se tornan objeto de escrutinio crítico y se reconstruyen sobre nuevas bases. El autor plantea que la elite mexicana decimonónica tuvo que articular una nueva legitimidad, pues las bases teóricas y materiales de la antigua se habían erosionado. Es importante señalar que la dimensión retórica no era ajena a los autores analizados, y que ésta era una de las disciplinas que dominaban los lectores medianamente instruidos. La retórica desaparecería del horizonte cultural con el advenimiento del enfoque positivista. En México, el resurgimiento de la tradición retórica clásica se hizo notoria a medida que se deterioró el régimen colonial. La elite mexicana tenía consciencia del uso que le podía dar al lenguaje en la formación de las conductas políticas, por lo que se llevaría a cabo una interacción entre las prácticas políticas y los discursos. El recurso a la retórica tenía profundas raíces conceptuales que se asociaban con la naturaleza de la deliberación pública y sus intentos de constituir un sistema republicano de gobierno. La retórica proveyó de herramientas a una clase política conformada por abogados que trataban de aplicar sus habilidades. La primera generación de políticos latinoamericanos utilizó una retórica fundada en el género forense, lo que llevaría a concebir que el objeto de la opinión pública era la fundación de un régimen republicano de gobierno. Palti identifica dos momentos en la formación del concepto jurídico de la opinión pública: el de la política restringida, que se refiere a la introducción de la temporalidad en el ordenamiento político desde afuera del mismo, y que proviene de circunstancias que escapan a su control. Los problemas políticos comienzan cuando la retórica rebasa sus límites inherentes y se introduce en el ámbito de los valores y normas constitutivas de la comunidad. Así, se entra en un contexto de “política generalizada”, que constituye el segundo momento, en el que las premisas básicas del orden existente se convierten en materia de controversia. El curso de la política mexicana decimonónica puede concebirse como una trayectoria sostenida, que conduce de un sistema de política restringida a uno de política generalizada. Este proceso se desplegó en tres periodos sucesivos que se encuentran separados por tres acontecimientos o puntos de inflexión en la historia política mexicana: el motín de la Acordada (1828), que quebró la continuidad institucional del régimen republicano surgido en 1824; la sanción de las Siete Leyes Constitucionales (1836), que marcó el fin de la primera república federal, y el colapso producido por la intervención norteamericana (1847-1848). Cada acontecimiento determinó un quiebre en el ámbito del lenguaje político que ubicaría los discursos políticos en un terreno distinto y con nuevas instancias de debate. Palti denomina “maquiavélico” al primer momento de transición política, mismo que sitúa entre 1824 y 1836. La caída de Iturbide marcó el inicio de un nuevo lenguaje político que el autor llama “la era de Lizardi”, la cual comenzó en 1808 con la desintegración del sistema monárquico que abrió las puertas del Imperio a la agitación política y a una serie de prácticas y modos de difusión de ideas, hasta entonces inéditos. La prensa periódica fue fundamental para articular la idea republicana moderna y para definir la noción de opinión pública. Las autoridades coloniales habían establecido la prensa para contrarrestar la acción de medios más informales de transmisión de ideas, como los libelos y panfletos, pero con ello abrieron un espacio para el debate en el que se podían fiscalizar las acciones del gobierno por parte del público. Así nació el tribunal de la opinión y el origen del modelo jurídico de opinión pública; esto es, la opinión pública se concibió como un tribunal neutral, que al evaluar la evidencia y contrastar los argumentos accede a la “verdad del caso”. A través del análisis de personajes como Lizardi, Zavala y Mora, Palti percibe la manera en que se forma el concepto jurídico de la opinión pública. La formación de una opinión pública conlleva un debate racional que presupone la exclusiva atención a lo que se encontraba en cuestión y a los argumentos expuestos. El segundo momento de transición política es el “hobbessiano”, que se desarrolló entre 1836 y 1848. En este periodo se observa la profundidad de la crisis del sistema institucional y la irrupción de la temporalidad en el pensamiento político de México, lo que hace que se admita la presencia de un “otro” irredimible: el derecho de insurrección. La República se ve confrontada con una forma de finitud temporal que es resultado de la contingencia de sus propias premisas y de la radical indecibilidad de la legitimidad de sus fundamentos. En este periodo se observa el eclipse del pensamiento centralista y el fracaso de su ensayo constitucional, así como el retorno del liberalismo que no podía permanecer ajeno al proceso de deterioro del concepto republicano, sustentado sobre la idea deliberativa de la verdad. La guerra de intervención de 1847 evidenció un agónico contexto de debate, en el que la idea de la entidad misma de la nación mexicana se puso en tela de juicio. Esto daría paso al tercer momento, denominado “rousseauniano”, el cual se ubicó entre 1848 y 1853 cuya característica fue que los proyectos políticos se volvieron obsoletos y la elite gobernante observó el derrumbe de la inteligibilidad. La “polémica en torno al monarquismo” generada en 1848, daría fin a la abulia política que abrió una nueva etapa en la vida intelectual del país. La crítica de los conservadores al concepto liberal republicano puso de manifiesto que no existía diferencia esencial entre los estados de la naturaleza y de la sociedad civil. La controversia desatada por los conservadores definiría las reglas del juego político mexicano. Es importante mencionar que el momento rousseauniano se encuentra marcado por la ruptura del consenso de base, lo que definió las ideas sobre la naturaleza de lo político en un sistema republicano. Palti menciona que durante los dos primeros momentos políticos los conceptos de “verdad” y “opinión pública” estaban definidos por analogía con los debates en el foro judicial, pues existían fuertes vestigios de oralidad, una lógica acumulativa de prueba antes que de ordenamiento metódico de argumentos y una necesidad de ceñirse a lo que se encontraba en debate. En este sentido, lo que se ponía en juego no era un conocimiento de tipo teórico ceñido a los rigores formales de la lógica, sino un saber práctico de las circunstancias particulares en un contexto determinado de debate. Este modelo hundía sus raíces en una cultura política en la que predominaba la formación jurídica de la clase letrada. Esto se modificaría en el tercer momento, cuando se produce un proceso de letteraturizzazione, esto es, la retórica pasa de la persuasión a la narración, del contexto cívico al personal y del discurso a la literatura. Este cambio se expresa en una explotación sistemática de los recursos aportados por la “tecnología de la escritura”, lo que planteó nuevas exigencias de consistencia argumentativa que los medios anteriores no estaban en condiciones de satisfacer y aun dispuestos a aceptar. Los cambios en la retórica política se relacionan con las redefiniciones del sentido y del rol de los partidos. Se consideraba que los partidos no ayudaban a la formación de una auténtica opinión pública y atentaban contra el buen funcionamiento de un sistema republicano, pero la aparición del partido monarquista destruyó esta idea y obligó a definiciones ideológicas menos circunstanciales. El tercer momento evidencia la aparición de un “modelo estratégico”, en el que la opinión pública no es el lugar de la verdad sino el espacio de la política, una continuación de la guerra por otros medios. La sociedad civil se convierte en un campo de interacción agonal, es decir, abierto a la confrontación entre opiniones que no se refieren a un horizonte de objetividad común (la verdad), lo que abre la posibilidad de integrar la idea de partidos al concepto republicano. En este sentido, el cambio del modelo forense al estratégico implica un giro del discurso. El modelo estratégico de la sociedad civil opera sobre una doble diferenciación: el centro de la acción política se instala en los modos de constitución del sujeto y el proceso de formación de la opinión pública se instala en el nivel de los presupuestos. La existencia de la sociedad civil aparece como precondición para la formación de la opinión pública. La totalidad social se organiza a partir de la idea de bien común, que surge de la compatibilización de pluralidad de intereses y voluntades. Así, el espacio social se fragmenta y no conforma un todo homogéneo, sino que alberga una diversidad de actores que se agrupan sectorialmente. El modelo estratégico introduce una nueva forma de realismo político que nació de la fractura de las idealizaciones en que se sostenía el modelo forense. No cabe duda de que el libro de Elías José Palti permite entender, desde una perspectiva retórica, la complejidad de los discursos políticos que aparecieron en el convulsionado siglo xix mexicano. Palti trasciende la simple enunciación de autores para tratar de comprender la lógica interna de los discursos. La incorporación de las herramientas de la retórica muestra que la historia debe estar atenta a lo que pueden aportarle las otras disciplinas. La política no se puede entender sin la carga retórica que subyace en ella. El trabajo de Palti es una invitación para tratar de entender el siglo xix desde nuevas perspectivas.

[Beatriz Lucía CANO. “La invención de una legitimidad”, in Historias. Revista de la Dirección de Estudios Históricos (México), nº 70, mayo-agosto de 2008, pp. 116-118]

✍ El feudalismo [1944]

El feudalismo constituyó probablemente el ámbito temático del que más se ocupó en su quehacer investigador, el historiador belga François-Louis Ganshof. De hecho, una de sus publicaciones tempranas versó sobre esta materia, temática a la que terminaría dedicándose durante toda su vasta trayectoria científica. No es extraño por ello que Ganshof sea conocido, sobre todo, por su estudio en tomo al feudalismo. Los americanos hablan del “Ganshof del feudalismo”; otros acuñarían más tarde la expresión “feudalismo ganshofiano”. Y es que Ganshof escribió muchos artículos acerca del feudalismo, en especial, sobre los tribunales feudales y la relación beneficio-vasallaje. No obstante, su fama se debe, principalmente, a su libro titulado “Qu’est-ce que la féodalité?” [“El feudalismo”, en la versión española], publicado por vez primera en francés en 1944, si bien posteriormente, al ser reeditado en numerosas ocasiones, se tradujo al inglés, alemán, español, portugués y japonés. En algunos casos esas traducciones también fueron reeditadas. Este pequeño libro no quedó aislado, pues en los años anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial muchos otros estudiosos abordaron el estudio del feudalismo. Surgía así una corriente historiográfica que presentaba el mundo feudal desde una concreta perspectiva, recibiendo tiempo después la denominación de Feudalismo clásico. Pese a que los autores clásicos del feudalismo pudieran discrepar en algunas cuestiones, compartían sin embargo algunas premisas generales. Sostenían que la época clásica del feudalismo era la Alta Edad Media (siglos X-XIII), lo que implicó dos cosas: en primer lugar, consideraban el feudalismo como un elemento central de la sociedad altomedieval, hasta el punto de que pudiera hablarse de una “sociedad feudal” ; en segundo lugar, apuntaban que fue en la Alta Edad Media cuando el feudalismo gozó de su máximo esplendor, pues mientras en la época carolingia se encontraba en su infancia, a partir de 1300 fue relevante sólo en el ámbito del Derecho privado (no en el público). Este feudalismo clásico altomedieval se consideraba como el propio (o típico) de la zona central del Imperio carolingio, de la Francia norteña, de la Alemania occidental y de las regiones intermedias, no encontrándose un feudalismo puro (o pleno) en las zonas periféricas. El feudalismo de los Estados que resultaron del Imperio carolingio fue visto como un elemento de desintegración, una energía centrífuga, y que había contribuido a la desintegración del Estado de Carlomagno. Ahora bien, dentro de esta corriente clásica deben distinguirse dos tendencias. Mientras algunos autores se centraron en los aspectos socio-políticos del feudalismo, es decir, en la sociedad feudal (el francés Marc Bloch constituye el ejemplo paradigmático), otros se centraron en el estudio de sus elementos institucionales, conscientes de que éstos no agotaban sin embargo toda la riqueza y complejidad del feudalismo como realidad social (opción ganshofiana), consciencia que en ocasiones ha caído en el olvido en la historiografía posterior (tanto entre los defensores como entre los detractores de Ganshof), traicionando así -y contradiciendo en parte- el propio pensamiento ganshofiano. A esta visión más institucional o juridico-pública del feudalismo se le ha denominado feudalismo ganshofiano. Se trata de una perspectiva del feudalismo tan centrada en los elementos jurídico-institucionales que termina identificándose en buena medida con el Derecho feudal. Ahora bien, conviene precisar e insistir en que, pese a ese enfoque jurídico-institucional, Ganshof no estaba en contra de una visión del feudalismo más de conjunto, ni se opuso jamás -en contra de lo que pudiera pensarse- a la idea de una sociedad feudal. En efecto, no sólo no se oponía al estudio del feudalismo en un contexto más amplio que el estrictamente institucional, sino que veía con buenos ojos y tenía en gran estima la “Société féodale” de March Bloch, para la que tan sólo tenía palabras de elogio. Cuando Ganshof, discípulo de Henri Pirenne, publica por vez primera su estudio -ya clásico- sobre el feudalismo conoce bien la obra de Bloch, sobre quien también ejerció un gran influjo el propio maestro del historiador belga. No parece en este sentido, pues, que el diverso enfoque de sus estudios levantara suspicacias ni desencuentros de ningún tipo, como en ocasiones se ha podido dar a entender por la historiografia posterior. Efectivamente, aunque en ocasiones hayan podido presentarse como antagónicas o incompatibles las concepciones del feudalismo sostenidas por Marc Bloch y Ganshof, lo cierto es que éste las consideraba más bien complementarias, como si se tratara de una misma realidad vista desde perspectivas distintas. Se entiende mejor así que, en ocasiones, el propio Ganshof no vacile en poner de manifiesto su absoluta conformidad con el parecer del historiador francés, como sucede al tratar la expresión feudo, de la que afirma que “la que nos dio Mace Bloch sigue pareciéndonos la más satisfactoria”. En esta línea, al abordar la fidelidad de los vasallos que, referida “a bienes enajenables, en lugar de a bienes difícilmente enajenables […], la fidelidad del vasallo se puso en venta”, respecto a lo cual recoge en nota a pie de página “como espiritual y justamente ha escrito Marc Bloch”. Además, al recoger, al final de su estudio, un elenco bibliográfico relativo al feudalismo en general cita la obra clásica al respecto del autor francés, a la que califica como “una de las obras maestras de la historiografía contemporánea”, y añade: “el autor estudia en ella el feudalismo, sobre todo como fenómeno social de la época, con ayuda de una documentación de una variedad y una extensión sorprendentes. Excelente bibliografía”. Es más, Ganshof deja claro al principio de su obra el concreto enfoque desde el que se dispone a estudiar el feudalismo, reconociendo que esta temática va mucho más allá y tiene un mayor alcance del que él se ve capaz de presentar, lo cual encaja bastante bien con su marcada modestia, tan característica de su personalidad. Reconoce incluso expresamente la existencia de una sociedad feudal de la que él tan sólo va a exponer los aspectos jurídico-institucionales […]. ¿Qué pretendió Ganshof, pues, en su estudio? Lo que pretendió fue tan sólo asegurar y garantizar que no se eludieran los aspectos jurídico-institucionales que configuraban la base del feudalismo como realidad jurídica. Pero era perfectamente consciente de que el feudalismo era una realidad mucho más compleja, cuyo alcance no se limitaba a lo meramente institucional […]

[Aniceto MASFERRER y Dirk HEIRBAUT. “La contribución de François-Louis Ganshof a la historiografía feudal europea. Una revisión crítica de la historiografía española en torno al feudalismo ganshofiano” (fragmento), in Anuario de Historia del derecho español, t. LXXV, 2005, pp. 642-645]

␥ Ranajit Guha [1922]

Como lo recuerda una corta biografía redactada en honor del fundador de Subaltern Studies, [Shahid Amin y Gautam Bhadra, “Ranajit Guha. A Biographical Sketch”, en David Arnold y David Hardiman (ed.), Subaltern Studies VIII, Delhi, Oxford University Press, 1994, pp. 222-224], el historiador indio Ranajit Guha nació en 1922 en Bengala (distrito de Bakarganj), en el seno de una familia de terratenientes acomodados y educados. Su padre era abogado, y como toda una generación de indios de las clases pudientes, él mismo recibió una educación sólida que combinaba el conocimiento del sánscrito, el bengalí y el inglés y que lo condujo hasta el prestigioso Presidency College de Kolkata, y después a la universidad de esa misma ciudad. Al igual que un cierto número de hombres de su generación, desde muy joven se afilió al Partido Comunista Indio y se convirtió al marxismo. Su militancia activa lo desvió de los caminos universitarios clásicos (no presentó el examen de doctorado) y terminó por convertirse en su actividad de tiempo completo a partir de 1947. En ese año emigró de la India hacia París, donde se instaló como miembro de la Federación Mundial de la Juventud Democrática (World Federation of Democratic Youth). En 1953, después de recorrer Europa y haber frecuentado los círculos más diversos, Guha regresó a la enseñanza en la Universidad de Kolkata. Después de la invasión a Hungría, en 1956, abandonó el Partido Comunista. En 1959 llegó a Inglaterra, donde durante 21 años impartió clases; primero, en la Universidad de Manchester, después en la School of African and Asian Studies de la Universidad de Sussex. De sus años de militancia hay que recordar tres elementos importantes. Por un lado, su adhesión al marxismo, que sentó las bases del programa “subalterno” lanzado en 1982, aunque se tratara entonces de un marxismo crítico. Por otra parte, su estancia en Francia, que lo familiarizó con una producción histórica, lingüística, antropológica y filosófica que le sirvió, a partir de ese momento, como fuente de inspiración. Finalmente, la publicación de su primera obra, en 1963, bajo el título A Rule of Property for Bengal, libro dedicado a su maestro, el historiador indio Sushobhan Sarkar, que describe con sutileza los fundamentos de la política británica sobre la posesión de la tierra, puesta en marcha en Bengala a partir de 1793 y conocida con el nombre de Permanent Settlement. El envión esencial de esta política consiste en consolidar “permanentemente” los derechos y las obligaciones (particularmente en materia fiscal) de una clase de propietarios indios (los zamindars) en el contexto del orden colonial naciente, no sólo con el objetivo de vincularlos mejor sino de inculcarles nuevas normas y referencias fundadas en el principio de la propiedad privada —base fundamental sobre la que se construye, según los europeos, una “sociedad moderna”. Al insistir en la realización de descripciones de figuras influyentes en los orígenes de aquello que quiere mostrarse como un verdadero “sistema”, Guha revela los lineamientos de una imaginación colonial nutrida por reflexiones filosóficas —en particular las de los fisiócratas que circulaban entonces entre las dos capitales intelectuales de la época, París y Edimburgo—, así como por las primeras visiones orientalistas que se funden con las premisas de la indología. A Rule of Property for Bengal propone un análisis de gran fineza y revela el interés que Guha otorga al universo de la tierra y a las sociedades rurales —que, subsecuentemente, serán prioritarias en los estudios subalternos— el cuidado que tiene el autor al momento de describir el universo cultural e intelectual en el que se sumergen los individuos que observa y, finalmente, su conocimiento de la Europa de la Ilustración. No obstante, esta primera obra todavía presenta una factura clásica —en el sentido en que Europa domina el tema como actor central de la investigación. Bengala aparece como el objeto de proyecciones intelectuales y políticas para los “reformadores” británicos encargados de idear una “nueva sociedad” sometida al devenir imperial. Antes de la aparición del segundo libro de Guha, Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India, transcurrieron 20 años. Publicado en 1983 durante el lanzamiento del primer volumen de Subaltern Studies, los dos textos participaron estrechamente en un mismo proyecto científico. Se requirieron, por lo tanto, 20 años para refinar minuciosamente nuevas perspectivas de investigación y reunir en torno del autor a jóvenes historiadores, indios o británicos, en un contexto intelectual profundamente influido por las grandes figuras de la historia marxista británica, Edward P. Thompson, Christopher Hill y Eric Hobsbawm, pero también por la lectura de Claude Lévi-Strauss, Pierre Bourdieu, Roland Barthes, Jack Goody, Clifford Geertz, Max Gluckman y otros, sin olvidar a los partidarios de la historia social francesa y, más específicamente, a Georges Lefebvre. Todos estos autores están incluidos en la bibliografía de Elementary Aspects. Por el contrario, Michel Foucault nunca es citado directamente en sus trabajos. Es posible ver cómo se dibuja —en la muy abundante lista de autores que Guha reivindica, y que sobrepasa ampliamente las fronteras de la disciplina histórica— el interés inicial que muestra en el estudio del lenguaje y la semiología, así como en la antropología, en especial la estructuralista; filiaciones que los actuales defensores de los estudios subalternos tienden a ocultar. Estos 20 años de gestación están también marcados por el contexto político en el que se inscriben Guha y sus estudiantes: el de una izquierda marxista disidente, agitada por las desilusiones que suscitan los regímenes burocráticos del “socialismo real”, los desvíos tercermundistas y los límites de las teorías marxistas ortodoxas. El marxismo se mantiene como un horizonte intelectual esencial tanto para unos como para otros —aún lo es actualmente, en especial para D. Chakrabarty, el más fiel entre todos, como lo muestra la discusión que entabla con los escritos de Karl Marx en un libro reciente (Provincializing Europe. Postcolonial Thought and Historical Difference, 2000). Es en la obra de Antonio Gramsci donde Guha encuentra el primer armazón teórico de su proyecto. Al buscar la manera de librarse de una red analítica fundada exclusivamente en las relaciones de clase, las estructuras sociales y las referencias a las estrictas lógicas económicas, explora una línea explicativa que otorga un lugar más amplio a la cultura, la conciencia, la autonomía de la acción y la diferencia. Como lo subraya David Ludden, la obra de Gramsci traducida al inglés entre las décadas de 1950 y 1960 no tiene verdadera resonancia sino a partir de 1977, con la publicación del libro de Raymond Williams, Marxism and Literature (Londres, Oxford University Press). El uso que Guha hace de este libro, constituye un medio de intervención —desde un ángulo nuevo— en el debate en curso sobre la history from below, que se desarrolló entre las huellas de los trabajos de E. P. Thompson. Sin embargo, el propio Guha rechaza esta fórmula al considerarla fundada sobre un presupuesto elitista. Los estudios que hablan sobre los grupos sociales ignorados hasta entonces, las “clases y culturas populares” o, incluso, los movimientos sociales, “las revueltas campesinas” y “las insurrecciones obreras” se multiplicaron en los años sesenta y setenta en Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, y encontraron su equivalente en las tierras del sur de Asia en el desarrollo de las investigaciones rurales y de las monografías locales, así como en el estudio de las revueltas populares, lo que, en el contexto colonial, está acompañado naturalmente por una reflexión sobre los orígenes del nacionalismo. Al apoyarse sobre el conjunto de dichas experiencias, Guha prepara su segundo libro, Elementary Aspects, del mismo modo que su colega Sumit Sakar —futuro disidente del proyecto subalternista— prepara en ese momento una nueva síntesis de la historia contemporánea india, en cuyo centro coloca los movimientos populares. Las condiciones de emancipación del yugo colonial y del advenimiento de la nación son entonces objeto de un debate extremadamente animado, con la publicación en 1968 del libro de Anil Seal, The Emergence of Indian Nationalism. Competition and Collaboration in the Later Nineteenth Century, producido en el seno de la llamada “Cambridge School of South Asian History”. Esta tesis propone una historia de las instituciones políticas durante el periodo colonial, que se interesa particularmente en la interacción entre las camarillas, las facciones y las ambiciones personales al interior de las instancias representativas indias para la conquista del poder —éstos son los objetivos de todos los ataques, y en particular de los de Guha y del programa de los Subaltern. En su artículo publicado en el volumen I, así como en la introducción de Elementary Aspects, Guha denuncia la historiografía elitista que reduce el nacionalismo a los conflictos de intereses y a la competencia que se desarrolla exclusivamente entre los grupos dominantes, o que solamente conciben al nacionalismo como un “aprendizaje” (learning process) gracias al cual las élites indias se encuentran progresivamente incluidas en la práctica política al negociar su posición en el marco de las instituciones coloniales y al aprender a servirse, poco a poco, de las palancas de poder que construyeron los británicos según las modalidades que exige “la modernidad política”. Para Guha, la “Cambridge School” simboliza los límites de una historiografía enteramente dedicada al análisis de los “grandes del mundo” e ignora al pueblo y a sus acciones. Otros, como el historiador estadounidense Bernard S. Cohn (quien será asociado al programa subalternista), fustigan a la “Cambridge School” por su visión “politicista” de la historia y por la ausencia de interés hacia la cultura, valores, ideas y lazos sociales indios. Es también el momento de la crítica de la visión encantada por el nacionalismo, descrito durante mucho tiempo como una larga aventura idealista conducida por las élites indias ilustradas que extirparon al pueblo de su estado de sujeción y de miseria para conducirlo hacia la libertad. Esta visión encantada, representada en particular por el historiador Bipan Chandra, insiste en el papel de líderes como Jawaharlal Nehru o Mohandas Gandhi —los más conocidos—, o de organizaciones políticas —en primer lugar, el Indian Nation Congress—, y subraya la oposición superada entre las élites indias —completamente consagradas a la emancipación nacional— y los representantes del poder colonial deshonrado. Guha considera que se trata de otra versión de una historia que no concibe la acción política sino a través de las acciones de los líderes y de los partidos, e ignora los movimientos populares y, especialmente, la resistencia campesina, a la que considera “prepolítica” —según el modelo propuesto por E. Hobsbawm. Ahora bien, Guha considera que una noción que califica de formas “primitivas” a las revueltas caracterizadas por la falta de conciencia de clase, de programa o de ideología es inadecuada, ya que, hasta principios del siglo XX, el contexto indio continúa ampliamente dominado por una organización política, económica y social de tipo precapitalista y semifeudal —legitimado por una cultura tradicional aún soberana. Los británicos contribuyeron a consolidar dicha organización al reforzar la estabilidad de un orden sostenido por terratenientes encargados de cobrar las rentas y los impuestos. Las revueltas campesinas no pueden colocarse fuera de la esfera política en la India pretextando su carácter arcaico o “premoderno”, ya que éstas no solamente han tenido una plena participación en la acción política sino que, en la misma medida que otros movimientos, también forman parte de los elementos constitutivos de la “modernidad política” […]

[Isabelle MERLE. “Subaltern Studies. Regreso a los principios fundadores de un proyecto historiográfico de la India colonial” (fragmento), in Estudios de Asia y África, vol. XLIII, nº 1, enero-abril de 2008, pp. 210-217]

✍ Morir en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días [1975]

Con esta obra la editorial Adriana Hidalgo vierte en lengua española en la colección de “Filosofía e Historia” el conocido libro francés de Philippe Ariès cuyo contenido es una serie de reflexiones acerca de los cambios de cosmovisiones respecto de la imagen de la muerte en la historia de occidente. El autor pasa revista a una serie de documentos de distintas épocas con el fin de esclarecer las diferencias respecto de la actitud del moribundo ante la muerte. Sin embargo, se percibe la reducción de las fuentes a la documentación moderna y contemporánea de los estudios de casos en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Los escritos son principalmente literarios, aunque de manera esporádica recurre a la opinión establecida en algunos ensayos de tipo filosófico. La intención de Ariès es mostrar cómo diferentes ideologías epocales entrelazadas con rituales occidentales, a veces católicos, a veces protestantes, fluctúan el devenir de los diferentes períodos por los que el imaginario popular ha entendido como el modo adecuado de enfrentar la muerte. De este modo, el libro presenta un prefacio y una única división cuya primera parte titulada Actitudes ante la muerte consiste en un comentario de índole diacrónico a partir del cual intenta establecer determinados hitos sin los cuales, a su juicio, no se comprenden rigurosamente los giros de la historia de la muerte en su nueva dirección. Así lo muestra con claridad a lo largo de los capítulos cuando opone el modo de morir en los siglos XII-XIII a los siglos XVII-XVIII. Por un lado, la familiaridad de la muerte, el consuelo espiritual y el entierro alrededor de los santos en las mismas ciudades cuyo marco de comprensión es la Iglesia. Por el otro, aparece una determinada rebelión contra estas diferentes formas de visión sacra instaurando cierta familiaridad entre la belleza de la muerte y los apetitos sexuales. A su vez, los siglos intermedios muestran a modo de puente la progresiva individualización del ser humano, y la consiguiente aparición del juicio individual en donde Dios y la corte celestial y el demonio junto a sus secuaces reclaman el alma del moribundo. No es posible dejar de mencionar que el fin de esta peculiar historia es introducir al lector en un horizonte de comprensión más amplio a partir del cual pueda sopesar y juzgar la conducta actual que sostiene el hombre en esta temática, es decir, la muerte y sus diversos ritos. Para ello el quicio que desvía abruptamente tal historia se encuentra enclavado en el imaginario procedimental del siglo XVIII. Basta mencionar como cuestión manifiesta la pérdida de sentido de los ritos fúnebres y el origen de una visión utilitarista que entiende a la muerte como un negocio altamente lucrativo en oposición a la visión sobrenatural y trascendente. Sin embargo, no es ésta la única piedra de escándalo que nos llevará a comprender la agonía y la indiferencia en la contemporaneidad en relación al modo del fallecer actual. Este quiebre con la tradición, a su vez, se agudiza en el siglo siguiente. El siglo XIX se caracteriza por un sincretismo en donde la laicidad se convierte en una especie de hálito que enajena de su sentido primigenio las obras arquitectónicas de la baja Edad Media y del Renacimiento, lo cual exalta una suerte de romanticismo fúnebre. Sin embargo, ello no está exento de ciertas contradicciones, pues la muerte tiende a ocultarse y a desaparecer, y así se vuelve vergonzosa y un objeto de censura. Desaparece aquello que tenía de familiar y se transforma en algo que provoca o bien horror, o bien una fría indiferencia. De fondo, en ambas cuestiones aparece la misma actitud: la vida es bella y plena de felicidad la cual nada tiene que ver con la muerte. Un cambio del sentido de la imagen del fallecer que se ha agudizado en el siglo XX está claramente manifestado en la importancia de los hospitales. En efecto, según el autor, los hospitales se vuelven centros en los cuales los hombres se dirigen para morir. La muerte es un malestar que irrumpe la felicidad y debe ser, en consecuencia, desplazada de la vida familiar y social. Se muere a solas, sin familia. La indiferencia se tapa con el auge del sexo, y una cierta frialdad extrema cubre toda sociedad conllevando invariablemente la muerte de la cultura occidental. Se toman en consecuencia dos actitudes: una, el embalsamamiento de cadáveres; la otra, la cremación. Ambas son dos formas distintas de romper con la tradición. El origen de esta ruptura geográficamente lo hallamos en Francia, las Islas Británicas y en los Estados Unidos. La segunda sección del libro, titulada Itinerarios, está destinada al estudio particular de algunos ensayos literarios, que nuevamente comienzan desde la Edad Media y se detienen en el siglo XX. Dicha parte consta de once reflexiones y las mismas tratan de destacar algunas modalidades epocales como el caso de los funerales públicos y pomposos con la presencia de órdenes mendicantes, el cortejo fúnebre de lloronas oficiales, las misas y oficios frecuentes, el testamento escrito, el testamento oral, las tumbas artísticas, y las tumbas sencillas como simple representación del deber patriótico. O bien, las relaciones con el erotismo macabro y mórbido, la belleza cadavérica, los desnudos y la manipulación científica de los cuerpos; o simplemente el horror a la muerte concebida como bestia salvaje e incomprensible. Finalmente la obra agrega a estas dos secciones generales una breve reflexión que oficia de conclusión, la cual está incluída en la segunda parte del texto. Su extensión es pobre en relación a la totalidad de la obra y en relación al título que lleva, a saber: Inconsciente colectivo e ideas claras. En suma, se trata de una obra que consta de algunas perspectivas originales. Sin embargo, a nuestro entender, el texto presenta la carencia de estudios filosófico-científicos acerca de la razón de ser del modo de comprender los diferentes comportamientos tanto de los moribundos como de la sociedad. Mas, no por ello deja de ser una obra relativamente valiosa por la cuestión abordada.

[José Mª Felipe MENDOZA. “Reseña”, in Scripta Mediaevalia, vol. II, nº 2, 2009, pp. 174-176]

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