Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ ¿Quién rompió las rejas de Montelupo? [1977]

Carlo M. Cipolla es el mejor historiador italiano de la economía. Sus obras son bien conocidas por los estudiantes españoles, desde su “Historia de la población mundial” (1964) a su “Historia económica de la Europa preindustrial” (1976) pasando por “Cañones y velas” (1967), “Educación y desarrollo en Occidente” (1970) y la dirección y edición de obras colectivas tan significadas como “La decadencia económica de los imperios” (1973) y la “Historia económica de Europa” (seis volúmenes, 1979). Ahora, Cipolla, como muchos de sus colegas historiadores (Le Roy Ladurie, Duby, Natalie Zemon Davis, Ginzburg) se ha dejado tentar por el “revival” de la historia narrativa que ya preconizaba Lawrence Stone en su célebre polémica con E. Hobsbawn. El pretexto de esta curiosa y generalizada reconversión de la historia hacia un género nuevo, de difícil catalogación, entre el ensayo y la novela, lo ha brindado la antropología. Cipolla es un historiador demasiado comprometido con la realidad que le circunda, como para asumir la antropología con esa mansedumbre a la que me refería. El libro, que acaba de publicar la Editorial Muchnick “¿Quién rompió las rejas de Montelupo?”, es la demostración de que se puede armonizar la tentación antropológica con la inquietud sociológica y plasmar el conjunto en un libro de 160 páginas apasionantes. Montelupo es una pequeña población al lado del Arno, en la Toscana, en la que a comienzos del siglo XVII habitaban unas 150 familias. El impacto de la peste en 1630 en esta localidad le sirve a Cipolla para replantear la asunción de la misma, por parte de las autoridades políticas, de la Iglesia y naturalmente de los habitantes de Montelupo, sus sujetos pacientes, que no pasivos. Para este triple análisis Cipolla necesita de una coartada argumental: la ruptura de las rejas que aislaban Montelupo de su entorno en tiempos de peste por motivos sanitarios. La reconstrucción del proceso de búsqueda de los culpables no aporta la solución al interrogante que sirve de título al libro. Cipolla no logra identificar a los responsables de la ruptura de las rejas. Anticipo ya, pues, a los lectores, la frustración que el propio autor comparte. Pero tras la anécdota, Cipolla nos introduce en la vida cotidiana de un pueblo azotado por la peste durante los meses de julio y agosto de 1630, una peste que, en su tiempo, dio lugar a algunos novelones como los de Bernardo Morando, que describió la peste en Piacenza, o Francesco Pena, que lo hizo en Verona y sirvió de marco a la pareja milanesa protagonista de “Los novios” de Manzoni. Del libro de Cipolla me interesa subrayar tres ideas básicas. En primer lugar, la realidad implacable de la peste, la gran constante biológica del Antiguo Régimen. El jinete del Apocalipsis que asoló Europa desde el siglo XIV. La epidemia de 1630, principal protagonista de la obra de Cipolla, mató en Italia más de un millón de personas. A título de ejemplo, diremos que Milán con 130.000 habitantes tuvo 65.000 muertos y Venecia, con 140.000 habitantes, un total de 46.000. La peste de 1630 fue una peste bubónica -como la tan célebre peste negra de 1348- que mató, por cierto, en Europa a unos veinticinco millones de individuos sobre una población de ochenta millones -que afectó especialmente a Italia. Cataluña, como España, sufriría esta peste, aunque no tendría aquí la misma incidencia catastrófica que en Italia ni, desde luego el impacto caótico de la peste de 1651-1654 que significó para Cataluña unas pérdidas demográficas del 15 al 20 %. Pero la novedad que significa el libro de Cipolla, a mi juicio, está en no reincidir en los aspectos trágicos de la peste ya conocidos ni regodearse en la descripción de las siniestras connotaciones de la misma. Al contrario, la peste, pese a su terrible incidencia, parece asumida con significativa naturalidad por los hombres de Montelupo. La fuerza de la costumbre acababa por tapar la realidad del miedo a la que los holandeses llamaban “enfermedad presurosa”. La cultura popular que se dejó sentir en el sentido lúdico de la vida, pese a todo -serenatas nocturnas, juergas colectivas, etc.- parece imponerse al miedo lógico a la muerte. En la jerarquía de los miedos de los montelupinos, el miedo a la peste no parece ocupar el primer lugar. La ruptura de las rejas es la expresión de la rebeldía a ese miedo, que condenaba al aislamiento. Entre la alternativa de la mala vida por un hermetismo represivo y ruinoso desde el punto de vista económico, y la amenaza de la muerte, muchos hombres de Montelupo apostaban por la libertad aunque fuera para morir. Toda una lección de vitalismo. En segundo lugar, el proteccionismo sanitario de las autoridades políticas, delegadas del Estado florentino, es también digno de comentario. Cipolla no puede remediar sus simpatías hacia el representante del poder político, el fraile Dragoni, preocupado por la salud del pueblo y dispuesto a aplicar a rajatabla las medidas profilácticas al uso (entierro fuera de las iglesias, prohibición de salir de sus casas a los habitantes, imposición de cuarentenas, limpieza severa, incitación al sudor a los enfermos, tratamientos específicos de las hinchazones, alimentación a base de carne y huevo y agua hervida, etc.), que se revelan como notablemente desarrolladas. Y es que, efectivamente, desde el siglo XIV, el poder político tuvo que asumir el reto del tratamiento sanitario de la peste y métodos diversos de profilaxis sanitarias se publicaron en toda Europa (significativamente, uno de los primeros libros impresos en Barcelona fue la traducción de la obra de Velasco de Taranto: “De epidemia e pesta”, hecho por Juan Vila, cuya primera edición es de 1475 y la segunda de 1507). El problema del pobre Dragoni es que la única medida reconocidamente eficaz contra la peste era la rápida huida al exterior, que generaba un absentismo de la administración municipal con la estela subsiguiente de relajación de vínculos legales y despenalización delictiva, o la rígida incomunicación exterior, tan incómoda como utópica para las clases no autosuficientes. La injusta impopularidad de Dragoni y sus medidas sanitarias no revelaban otra cosa que el eterno divorcio entre la cultura oficial -tan bien intencionada como incomprendida- y la cultura popular, tan viva, como próximos a la muerte estaban sus representantes. En tercer lugar, el culto al irracionalismo que representa en el libro de Cipolla la Iglesia con el párroco Bontadi al frente. La pedagogía del miedo, de que habló Bennassar, es hábilmente aplicada por una Iglesia, fundamentalmente representada por el clero secular contrarreformista, los párrocos herederos de Trento, en forma de procesiones, sermones, manifestaciones corales de diverso signo, todas ellas de efectos fatales por el contagio para la propagación de la peste. Así pues, Iglesia y Estado $_57compiten en 1630 por educar la conducta del hombre de Montelupo ante la peste. Ambas instituciones coinciden en su voluntad de inculcar un miedo al que parecían ajenos los montelupinos. La Iglesia intenta capitalizar el miedo a la muerte con un cuadro fatalista de amenazas y castigos, a lo que constituye, desde su óptica, la única razón del mal: el pecado. El Estado intenta superar el fatalismo eclesiástico propugnando un voluntarismo sanitario, dignos de mejor suerte. Y bajo estas presiones y coacciones, un pueblo que quiere vivir sin las rejas físicas impuestas por el celo sanitario estatal ni las rejas metafísicas de la Iglesia. Esa voluntad de vivir se acabará imponiendo sobre la peste cuya última siniestra huella quedó reflejada en Marsella en 1720. En 1348, ante la peste, la burguesía florentina ociosa pudo huir de la ciudad y entretener su ocio contando cuentos que Boccaccio plasmaría en su “Decamerón”. En 1630, el pueblo de Montelupo se ve condenado al singular estado de sitio que impone la amenaza de la peste y el miedo a la muerte. El lector del libro de Cipolla no sabrá al final de la lectura del mismo quién rompió las rejas de Montelupo, pero posiblemente se sienta cómplice de los montelupinos que lo hicieron, identificado con su impaciencia vitalista, convencido, como ellos, de que la vida, sin libertad, no vale la pena vivirla.

[Ricardo GARCÍA CÁRCEL. “Las rejas de Montelupo”, in La Vanguardia (Barcelona), 10 de enero de 1985, p. 28]

␥ Jean Bottéro [1914-2007]

El asiriólogo francés Jean Bottéro, mundialmente reconocido por su saber sobre el antiguo Oriente Medio y el mundo de la Biblia, se tomaba con gracia la singularidad de su disciplina. Especializado en la Mesopotamia, donde surgió la primera civilización históricamente conocida y de la cual provienen la invención de la escritura y el derecho, la asiriología [según Bottéro] “compartía con la metafísica su renuncia a cualquier meta que no sea el conocimiento puro”, puesto que, como ésta, sólo puede ser un “saber de lo posible” sobre un puñado de personas. Bottéro se va por la tangente únicamente para ocultar la exigencia de un erudito que no hace más que escribir para comprender y no aventura ninguna síntesis inteligible hasta tanto no tener suficientemente resuelta la pregunta que se hace […] Bottéro proviene de un medio modesto -sus padres son descendientes de emigrados piamonteses-. Nace un 30 de agosto de 1914, a poco de haber comenzado la Gran Guerra, en Vallauris (en los Alpes marítimos) donde su padre era alfarero. Ese mismo año, su padre es mobilizado y no volverá de su cautividad hasta cinco años después cuando el pequeño Jean ya sorprende con su precocidad. A los 11 años, Jean ingresa en el seminario de Niza donde toma sus primeras clases de latín y griego, de allí su profunda y perdurable gratitud hacia a la institución dominicana, aquella que le ofreció una sólida formación sin que tomara contacto directo con la miseria. Sin duda, fue esa razón la que, tan pronto como terminó el bachillerato, lo empujó a entrar en una orden religiosa. Tras hacer el noviciado en Biarritz en 1931, en la navidad del año siguiente toma los hábitos del priorato de Saint-Maximin. En “Babilonia y la Biblia”, un maravilloso libro de entrevistas que le hizo Hélène Monsacré en 1994, Bottéro señala que fue seducido tanto por la teología como por la metafísica. Luego, es elegido por el Padre Lagrange, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, para tomar la posta y seguir interrogando in situ el texto testamentario. “Estudiar la Biblia en el país en que se ha escrito”: el proyecto entusiasmaba al joven Jean quien se puso a estudiar alemán (“la primera de las lenguas semíticas”, según Lagrange). Luego le siguió el hebreo, por supuesto, pero el conflicto mundial suspendió su sueño en tierra palestina. Bloqueado en Saint-Maximin, enseña filosofía griega y exégesis bíblica, comenzando por el estudio de Job y del Eclesiástico a fin de interrogar la cuestión del mal. Una manera, en suma, de elevar el Antiguo Testamento al rango de cuestión científica. Sin embargo, cuando aborda el Génesis y se niega a darle crédito histórico al relato del pecado original, se produce la ruptura y es suspendido. Como no puede renunciar a sus estudios, reemprende el proyecto de Lagrange y se establece en el Próximo Oriente. Si bien sólo sabía acadio, tradujo con la ayuda de René Labat, profesor de filología e historia de la École Pratique des Hautes Études (EPHE), el “Código de Hammurabi”. Se refugia así en el convento dominicano de la rue Glacière en París, donde habla latín y vive en una burbuja que le permite huir de los tomistas de la Edad Media… Impulsado por Labat, Bottéro ingresa al CNRS en 1957: una verdadera oportunidad puesto que sus superiores religiosos pronto le prohíben regresar a Saint-Maximin, dado que su presencia era considerada “un peligro para los jóvenes”. Obligado a pedir la “reducción al estado laico” en 1950 y al no poder oficiar como biblista, se convertirá en asiriólogo. Pero su carrera no ha cambiado. Todo redunda en beneficio de comprender mejor la Biblia y ver “qué hay detrás de ella”. André Parrot le ofrece sus servicios para indagar los misterios de Mari, el sitio arqueológico sirio que le representa un primer contacto con el terreno. En ese marco, Bottéro descubre Irak y verifica la sensatez del postulado de Lagrange según el cual se debía estudiar la escritura cuneiforme, allí donde había sido escrita. De regreso a Francia, reanuda la enseñanza en la Escuela del Louvre con una iniciación a la lengua acadia. Pero su libertad de pensamiento y su falta de diplomacia le granjean grandes enemigos. Cuando está a punto de ser apartado del CNRS, Labat (quien lo quiere como su sucesor en la EPHE) crea en 1958 una segunda cátedra de asiriología sólo para él. Así pues, con un puesto seguro, Bottéro se consagrará completamente al estudio de la civilización mesopotámica, ya no como arqueólogo o filólogo, sino como historiador. Tras haber estrechado fuertes lazos con colegas extranjeros -desde 1950, el encuentro internacional que reúne anualmente a los asiriólogos alemanes y norteamericanos, recibe calurosamente al sabio francés-, Heinrich Lenzen (el jefe de una excavación en Uruk), lo invita en calidad de epigrafista al corazón del desierto iraní… Mientras su nombre se hace cada vez más conocido en el mundo y el número de sus pubicaciones se acrecienta, Bottéro proseguirá en la EPHE la meticulosa exploración de un botín arqueológico gigantesco del que ofrece, a instancias de Marcel Gauchet, síntesis reveladoras. En Gallimard, publica una retahíla de publicaciones decisivas: “Naissance de Dieu. La Bible et l’Historien”, “Mésopotamie. L’Écriture, la raison et les dieux”, “Lorsque les dieux faisaient l’homme. Mythologie mésopotamienne” y una traducción del Poema de Gilgamesh […]

[Philippe-Jean CATINCHI. “Jean Bottéro, éminent assyriologue, nous a quittés”, in Le Monde (Paris), 25 de diciembre de 2007. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil]

␥ Diego Luis Molinari [1889-1966]

El historiador argentino Diego Luis Molinari nació en Buenos Aires hacia el año 1889 y murió en la misma ciudad en 1966. Junto a Rómulo Carbia, Ricardo Levene, Emilio Ravignani y otros destacados historiadores de las primeras décadas del siglo XX, Molinari integró la Nueva Escuela Histórica, encargada de revisar los objetos de estudios históricos y la manera misma de historizar en la Argentina. De vida multifacética, Molinari fue profesor de derecho y de historia argentina. En 1933 y hasta 1946, encabezó la Cátedra de Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Entre 1936 y 1946, fue además titular del curso de Historia Económica en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, institución de la cual fue vicedecano entre 1938 y 1940. También tuvo una intensa vida pública, como diputado y senador (cargo que ejerció a los 31 años de edad) y como subsecretario de Relaciones Exteriores durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, en cuya labor defendió la política de neutralidad de la Argentina frente a los conflictos armados internacionales, aspecto que caracterizó al gobierno del presidente radical. De alguna manera, Molinari trasladó esta idea a la investigación historiográfica, cuando trató de diferenciarse, de manera tajante, de la inteligencia dependiente del poder político y económico, que tuvo su expresión más clara durante la década de 1930. La trayectoria política de Molinari, antes y después de 1930, fue extensa: enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en comisión en Bolivia, Perú y Chile (en 1917) y en Brasil (1922); presidente del Departamento Nacional del Trabajo (1922), diputado nacional, entre 1924 y 1928; senador nacional (entre 1928 y 1930, y de 1946 a 1952), y delegado nacional a distintos países de Latinoamérica (1947) y Pakistán (1950). Su defensa de lo nacional popular, en la investigación científica, se plasmó en obras tales como Prolegómenos de Caseros y La Unión del Sur. Otras de sus obras son: La Representación de los Hacendados de Mariano Moreno (1914); La trata de negros (1914); El gobierno de los pueblos (1916); El sofista (1922); El virrey (1922), La empresa colombina y el descubrimiento de América (1936) ¡Viva Ramírez! (1937); La política lusitana en el Río de la Plata, 1877-1802 (1939) y El nacimiento del Nuevo Mundo (1941).

[Fuente: Programa de Divulgación Científica de la Facultad de Matemática, Astronomía y Física de la Universidad Nacional de Córdoba]

✍ José Hernández y sus mundos [1985]

La personalidad conflictiva de José Hernández en sus facetas de periodista, poeta, reaccionario y político circunstancial ha dado origen a innúmeras publicaciones que abarcan desde las de los observadores españoles Azorín, Miguel de Unamuno, Marcelino Menéndez y Pelayo y América Castro hasta las más recientes de Angel Horacio Azeves (“José Hernández, el civilizador”, 1986) y de Tulio Halperín Donghi, quien ingresa con esta obra en un campo de matices históricos y sociales muy diferente al de sus obras anteriores. Situado siempre José Hernández en la frontera de lo político con lo literario, ésta es la vertiente que ha concentrado casi todo el interés. Mal conocido en su dimensión humana e ideológica, con la excepción de algunos estudios, resulta apropiado observarlo desde la perspectiva histórica para proyectarlo como figura epigonal de Sarmiento y Alberdi, por sus objetivos, audacia y originalidad. Los ocho densos capítulos en que está dividida la obra analizan los “mundos” de José Hernández, sus muchas vidas, aunque sólo es válida la del ser humano, recreándolas e interpretándolas. Los titubeos iniciales de Hernández en el periodismo de Entre Ríos, en El Nacional Argentino, desaparecen al convertirse en editor de El Argentino. Derrumbada la Confederación Argentina en setiembre de 1861, retomada por Buenos Aires la tradición del unitarismo rioplatense y relegado Urquiza a un muy distante segundo plano, Hernández escribió con encendido tono opositor sobre el triunfador de la hora, el general Bartolomé Mitre, y la facción extrema del liberalismo porteño de la que fue vocero La Tribuna de los hermanos Varela. La etapa siguiente de Hernández, en Corrientes, es más intensa con funciones judiciales, legislativas y en la redacción de El Eco de Corrientes (1868), siempre en la línea de sostenida oposición a los malabarismos políticos y a las contradicciones militares de Mitre durante la Guerra del Paraguay. Pero donde José Hernández adquiere real proyección como periodista es en la etapa de editor de El Río de la Plata (Buenos Aires, 1867-70). Tulio Halperín dedica a ella el espacio vertebral de su estudio. Muy variados son los asuntos que abarca y critica El Río de la Plata, en particular, los relativos a la política interna, los mal encubiertos intereses de Mitre, la neutralidad de Urquiza, la inexistencia de una política de principios y de una estructura ideológica orgánica en el gobierno nacional. Es muy elusivo el examen de la posición del diario en lo relativo a política externa cuando fue el que en forma más prolija y completa divulgó la furia epistolar desatada en diciembre de 1869, que se conoce tradicionalmente como Polémica de la Triple Alianza. En el tratamiento de reformas eclesiásticas, muy audaces para la época, tuvo influencia decisiva en Hernández el pensamiento del uruguayo Gregorio Pérez Gomar sobre la separación entre el exclusivismo dogmático de la iglesia y el poder temporal. La formulación de una ideología ruralista que Hernández intentó sin éxito desde las páginas de El Río de la Plata conduce a Halperín a digresiones eruditas pero innecesarias que desvían del tema propuesto sólo retomado en las últimas páginas del capítulo que le dedica. El cese de El Río de la Plata, la situación casi clandestina de Hernández en Buenos Aires durante la primera revolución de Ricardo López Jordán que dio fin al feudalismo político de Urquiza en Entre Ríos y al exilio de Hernández en Montevideo, explican las dos series de publicaciones en La Patria (Montevideo, 1874) firmadas con el seudónimo “Un Patagón” que analizan las escasas alternativas de Mitre en el escenario político de América. Se trata de literatura política polémica, ligada íntimamente a los principios del Partido Blanco del Uruguay, que no revela variantes en la ideología de Hernández sino que la reafirma bajo el discreto seudónimo. Martín Fierro, un tema tan transitado, ocupa espacio apropiado en esta obra en cuyo capítulo final se rescata la actuación parlamentaria de José Hernández en la legislatura de la provincia de Buenos Aires. Ese verdadero artillero de la pluma, ahora el “Senador Martín Fierro”, aparece como la antítesis de la otra personalidad de Hernández: es un disciplinado y sobrio político unido a Dardo Rocha, pero de opaca y anodina actuación hasta su muerte prematura en 1886. Tulio Halperín ha recreado a Hernández con vuelo, imaginación y un finísimo y sutil manejo del idioma. En Hernández, insertado en el complejo período histórico que se inicia en 1861, encuentra la esencia del inestable principismo nacionalista argentino y el romanticismo hispánico. Pero por sobre todo, esta obra es una reflexión madura sobre soslayados aspectos de la realidad argentina escrita con nostalgia y vigor.

[Alicia VIDAURRETA. “José Hernández y sus mundos”, in The Hispanic American Historical Review, vol. LXVIII, nº 1, febrero de 1988, pp. 179-180]

En Proyecto y construcción de una nación (1846-1880), cuya primera edición es de 1980, Halperin Donghi describía a un José Hernández absolutamente distante del retrato “oficial”: si al concluir la fiesta del Centenario Rojas y Lugones colocaron al Martín Fierro como piedra basal de nuestra literatura, y en 1975 el Estado convirtió a Hernández en el sustrato del Día de la Tradición, Halperin, en cambio, lo presentaba como un periodista ambicioso que buscaba insertarse en la vida política y que no dudaba para ello en proponerle al partido federal una reformulación tal de su ideología que le permitiera inscribirse en la corriente liberal (que regiría el progreso argentino, de modo que había que impedir que se quedasen exclusivamente con esa bandera los triunfadores); un periodista que se declaraba a favor de la presidencia de Sarmiento (cuando siempre se nos había enseñado lo contrario) y lo apoyaba en el frenesí privatizador de aquellos años (porque había llegado a la conclusión de que no hay peor administrador de cualquier cosa que el Estado). Además, proponía leer el famoso poema en clave económica “para descubrir el lugar del héroe en la sociedad ganadera”. Estas consideraciones no conformaban el objeto central del libro, pero servían como advertencia de que Hernández estaba siendo atentamente analizado por el historiador. Y el resultado de esa indagación se conoció en 1985, cuando la primera edición de José Hernández y sus mundos, felizmente reeditado por estos días. Apenas iniciado el texto, Halperin introduce de manera tangencial el misterio que motivó su investigación: ¿cómo es que un periodista del montón produjo la obra literaria que ha sido identificada tan fuertemente con la argentinidad? Lo más interesante que tiene su libro es que no agota el interrogante sino que, a medida que lo contesta, lo va sosteniendo: Hernández fue un constante misterio. Fue liberal pero es el símbolo del nacionalismo; se manifestó en contra de las facciones pero se volvió faccioso; rechazó la candidatura de Sarmiento y les propuso a los federales apoyar al candidato de Mitre, pero luego se volvió sarmientista e hizo de los mitristas sus principales enemigos. Halperin rastrea la carrera periodística de Hernández y escudriña sus artículos para observar en detalle cómo van mutando o madurando sus ideas, con quiénes discute, a quiénes apoya: el periodista se muestra demasiado “sensible a las tendencias dominantes en el medio al que se incorpora”. El punto clave, entonces, es si sabrá leer a tiempo los cambios. Para analizar la cuestión, nada mejor que su llegada a Buenos Aires y la fundación del diario El Río de la Plata, en 1869: se lo acusa de formar parte del Partido Sarmientista, como denomina La Nación Argentina al oficialismo, porque se muestra próximo al gobierno nacional y a cierta distancia del provincial, oponiéndose a Mitre. De hecho, trabaja a favor de que los federales construyan una amplia alianza que ponga en jaque los proyectos del primer presidente constitucional. Ese intríngulis basta para ver su incapacidad de leer el campo político: por un lado, deseoso de ser candidato a algo, propone que en 1870 los redactores de los diarios más importantes sean candidatos para reformar la constitución provincial, idea que le cae bien a Mitre, que convoca a todos los medios a su casa (incluido Hernández, que no acierta a negarse) y logra que conformen una comisión para armar la lista, previa renuncia de sus integrantes a ser candidatos; por el otro, Urquiza se reconcilia con Sarmiento, y él no forma parte de la delegación que viaja a Paraná porque no se encuentra lo suficientemente cerca de ninguno de los dos; y ante el asesinato de Urquiza evita un pronunciamiento contra López Jordán y lanza la exótica teoría de que Mitre sería el autor intelectual del crimen como parte de un supuesto proyecto secesionista de las provincias litoraleñas que favorecería a Brasil. Hernández pretende que el gobierno nacional persiga a los autores de ese plan siniestro en vez de castigar a unos pobres entrerrianos; en ese delirio gasta sus últimos argumentos y se ve forzado a cerrar el diario y a huir, reconvertido en jordanista. De modo que el fracaso es absoluto. Curiosamente, sólo podrá entender lo que entonces estaba en juego –la supremacía del Estado nacional sobre las facciones– cuando en 1874, en pleno cambio presidencial, la rebelión de Mitre sea la derrotada: comprender el valor del hecho, retornar al plano político y declararse a favor del presidente Avellaneda son tres pasos de la misma danza. Ahora bien, en 1872 ha publicado la primera parte del Martín Fierro. Lo que Halperin nos presenta aquí es sorprendente: de una manera excéntrica, Hernández reitera, en sus artículos, y disfraza, en el poema, el discurso de la Sociedad Rural, o sea los intereses de la clase terrateniente de Buenos Aires. Habiendo perdido toda su encarnadura mítica, el Hernández de Halperin no es más que un hombre ambiguo que trata de forjarse un espacio en las primeras filas de las clases dirigentes.

[Rogelio DEMARCHI. “El misterio de un periodista”, in Radar Libros, Página/12 (Buenos Aires), 14 de mayo de 2006]

✍ Historia de la arqueología de los anticuarios a Vere Gordon Childe [1950]

La Historia de la Arqueología de Glyn Daniel es una exposición pormenorizada y sistemática de los consecutivos jalones en el estudio de los testimonios del paso del hombre sobre la Tierra, desde la perspectiva de la constitución de una disciplina, la arqueología, especializada en el estudio, ajustado a un método, de unos restos cuya significación se esclarece al vincular su investigación con la de los datos y testimonios aportados por la geología, la antropología y, entre otras, la ciencia histórica propiamente dicha. En tal sentido, Glyn Daniel elabora un análisis histórico y documentado (podría decirse que el libro es una antología de los documentos históricos relativos al origen, evolución y organización de la arqueología como ciencia independiente) da las líneas de investigación arqueológica: una, clásica y bíblica, emparentada fundamentalmente con la historia del arte y que arranca de loa trabajos de Johan Winckelman y otra, más rigurosa y enraizada en la tradición de las ciencias naturales, que arranca de The Origin of Species, de Darwin, y de The Antiquity of Man, de Lyell, ambas fundidas en los trabajos de Morgan, Spencer y Tylor, origen, a su vez, del enfoque sociológico de la arqueología sobre el que incidirán decisivamente los trabajos desarrollados por Vere Gordon Childe y Cyril Fox. En términos generales, y en su aspecto fundamental de antología de textos y documentos, el libro es de una muy precisa minuciosidad, que si bien en algunos momentos resulta ligeramente tediosa y da lugar a que se eche de menos la construcción de una síntesis brillante y aceleradora, en otros depara el conocimiento de relatos tan divertidos como el del afluente caballero Giovanni Belzoni, un aventurero bastante pintoresco al servicio del cónsul británico en Egipto y encargado de arrebatar de aquellas tierras cuantas antigüedades pudiere, o tan emocionados como el de la exposición planteada por Boucher de Perthes ante sus escépticos colegas, o tan fascinantes como las coloristas descripciones de los trabajos de hombres como Schlieman, Evans, Howard Carter, el quinto conde de Carnarvon, Woolley y el general Pitt Rivera; testimonios a través de los cuales asistimos a la evolución de una ciencia que tras una etapa de tanteos, aproximaciones e interpretaciones localistas, personales y a veces extrañas a su propia y específica área de intereses, alcanza finalmente la madurez el utilizar el Carbono 14 para la consecución de una cronología absoluta con la que, disipando las dudas y confusiones planteadas por la cronología relativa basada en el sistema de las Tres Edades, establecer un cuadro de nítidas referencias y vinculaciones. Figura protagonista de esa última etapa (por lo que al libro concierne) fue Vere Gordon Childe, un arqueólogo extraordinario, con una capacidad de trabajo y de síntesis sin paralelo hasta nuestros días, autor de obras como “Los comienzos de la civilización europea”, “Lo que sucedió en la Historia” y “La evolución social”, verdaderamente clásicas en la materia y provechosas para todo aquel que se interese en ella.

[Juan N. ALMAYER. “Historia de la arqueología”, in Tiempo de historia, año I, nº 4, marzo de 1975, p. 122]

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