Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

◼ La recepción sudamericana de Michel Foucault, según Oscar Terán [2004]

Aún es temprano para evaluar la recepción de la obra de Michel Foucault, en la Argentina o en el ámbito más vasto de Latinoamérica, pero se puede tratar de comprender algunos efectos de lectura. ¿Cómo fueron leídos, cuáles fueron las condiciones de posibilidad de esa lectura, las condiciones políticas y materiales desde las cuales se los miró? ¿Cuáles fueron los usos de Foucault entre nosotros? Porque, se sabe, su obra es múltiple, audaz, abierta y a veces arbitraria, diciendo más de lo que puede demostrar o aun argumentar. “Era un hombre en marcha”, como se dijo de manera elocuente, eficaz y precisa. Y además no se dejaba capturar, y cuando sus lectores trataban de imitarlo o de aplicarlo, aparecía haciendo señas desde otro sitio, reivindicando la permanente descolocación. “Que no nos pregunten quién habla”, decía. El primer Foucault estaba inscripto en la ofensiva estructuralista, que corría al existencialismo sartreano, y en definitiva, a todo humanismo. “Las palabras y las cosas” fue la consumación de ese proyecto en el plano de la filosofía o en el de esas peculiares intervenciones que utilizaban a la historia como canteras filosóficas. Escribiendo sobre historia de la biología, del lenguaje, de la economía, era posible arribar a la conclusión célebre: el tiempo del “hombre” como sujeto soberano de sus creencias y sus prácticas ha caducado, dejando al desnudo esas estructuras que lo fundaban a sus espaldas y humillaban su narcisismo. Pero este libro aparecido hacia mediados de los años 1960 se avenía mal con el clima de los “sixties”, animados de pulsiones transformadoras y voluntaristas. Desde la izquierda en general y también de la argentina, era imposible no señalarle lo que se le cuestionaba al estructuralismo en general: carecer de una teoría del cambio. Una teoría sin cambio no podía reclutar entonces demasiadas adhesiones. En diez años más, el mundo era otro; las esperanzas revolucionarias retrocedían, y en las resoluciones de la Guerra Fría, Latinoamérica ingresaba en una nueva era de dictaduras de creciente represión y crueldad. Entonces, en 1975, aparece “Vigilar y castigar”, en una época devastada por la crisis y la autocomplacencia teórica. En ese libro notable y también arbitrario se coloca en el centro el análisis del poder, donde la irreductibilidad del discurso comienza —o prosigue— albergando otras series de “lo real” en la producción de representaciones y de prácticas. De tal modo, se pasaba de la determinación dura del sistema sobre los acontecimientos a la inversión por la cual los acontecimietnso son “hechos rodeados de nada”, según la expresión de Paul Veyne. Una relación funcional, contingente y constitutiva, es decir, histórica. Así emergía la figura del delincuente, pero uno podía extender esto a la constitución de todo sujeto. Nada en ellos remitía a un origen ni a una serie de convicciones fundadas en alguna legitimidad externa (la historia, por ejemplo). Se restablecía así la relación nietzscheana entre verdad y poder. Entre palabras y cosas, significante y significado, forma y contenido, no había una relación ni de expresión, ni de causa a efecto, ni de isomorfismos estructurales. Sobre un espacio vaciado de toda legitimidad, sólo quedaban dispositivos de vigilancia constante: familias, escuelas, prisiones, Estados… ¿La verdad? Nietzche dixit: “El fulgor y la chispa de las espadas desenvainadas”. Así Foucault pasaba —y era fácil seguirlo— de la filosofía de la historia a la historia de la filosofía. También de los grandes textos a los archivos sin gloria (reglamentos penitenciarios, hospitalarios, escolares). Y también era fácil seguirlo. Empero, ¿era tan sutil, microfísico, el ejercicio del poder en esos años poblados de brutales dictaduras? ¿Estábamos tan lejos del castigo supliciante del Antiguo Régimen? ¿Lo estamos aún hoy, con las fotos de Irak? Además, Foucault no servía para pensar (valorar) la democracia ni los derechos humanos. Su fugaz pero entusiasta apoyo al régimen de Jomeini fue un alerta; y el entusiasmo de sociólogos e historiadores por el panoptismo desembocaba en el truísmo. Después de todo, ver control social por doquier no era develar las entrañas ocultas del poder sino el modo explícito en el que las sociedades se autoinstituyen en los tiempos de la modernidad. Pero cuando la utopía comunista cedía, podía resultar reconfortante leer que, si no el poder, al menos la verdad seguía de nuestro lado. Vuelvo a mirar los viejos textos de Foucault que ardían con mi vida. Y hoy recupero de esos rescoldos no la capacidad realizativa del discurso ni el despotismo minucioso del poder, sino sobre todo un título que colocó hace casi 50 años, y que identifico con la sabia tibieza de los años viejos: “En busca del presente perdido”, escribió.

[Oscar TERÁN. “La recepción sudamericana de Foucault”, in Clarín, 19 de junio de 2004]

✍ Dits et écrits (1954-1988) [1994]

Por fin, ha salido a la luz una obra durante mucho tiempo anunciada y esperada. Como es sabido, la producción intelectual de Michel Foucault está formada por tres grandes bloques de textos: los libros, los cursos dictados en el Collège de France y las intervenciones de todo tipo, orales o escritas, pero generalmente breves y publicadas en los más diversos lugares. Los dos últimos bloques han sido, hasta ahora, de muy difícil acceso. El conjunto de los cursos aún está por editarse, aunque hayan aparecido ediciones piratas de alguno de ellos. En cuanto al tercer bloque, ha sido finalmente recopilado y publicado en cuatro densos volúmenes por la editorial Gallimard, bajo la dirección de Daniel Defert y Franyois Ewald. Como dicen los propios editores, «estos cuatro volúmenes recogen, excluyendo los libros, todos los textos de Michel Foucault publicados tanto en Francia como en el extranjero: prefacios, introducciones, presentaciones, entrevistas, artículos, conferencias». Los editores han pretendido ser exhaustivos, pero, al mismo tiempo, han respetado la prescripción testamentaria de Foucault: «Ninguna publicación póstuma». Ciertamente, se recogen algunos textos aparecidos tras la muerte de Foucault (entre 1985 y 1988), pero se trata de textos dados a la imprenta por el propio autor, y que simplemente sufrieron retrasos en su publicación. No se recogen los textos que Foucault publicó en forma de libro, aunque se trate de libros colectivos (como la presentación y las notas que acompañan al relato “Moi, Pierre Rivière…” ), excepto si se trata de textos que el propio autor suprimió en ediciones ulteriores (como el primer prólogo a la “Histoire de la folie”). Tampoco se recogen los cursos del Collège de France, ni las ediciones piratas de los mismos (realizadas antes o después de su muerte), pues no han sido objeto de una edición autorizada por parte de Foucault. Por último, no se recogen las entrevistas póstumas no revisadas por el autor, ni las peticiones o manifiestos colectivos donde aparece su firma, aunque hayan sido redactados por él mismo. El establecimiento crítico de los textos ha requerido tres tipos de intervenciones por parte de los editores: corrección de errores tipográficos, verificación de las citas mencionadas por Foucault y traducción al francés de todos los escritos publicados por el autor en otros idiomas (siempre y cuando no se conserve el original francés íntegro). Los textos han sido editados por riguroso orden cronológico, no de escritura sino de publicación. El primer volumen abarca los años 1954-1969, el segundo los años 1970-1975, el tercero los años 1976-1979, y el cuarto los años 1980-1988. Cuando diversas publicaciones de un mismo texto ofrecen variantes, éstas se señalan en notas: si las variantes entre una versión y otra son de importancia, se recogen ambas versiones. Cada texto va acompañado por la correspondiente referencia bibliográfica de su primera y de sus posteriores ediciones; a veces, se incluye también una breve nota aclaratoria sobre las circunstancias de su primera publicación. El aparato crítico de la obra es excelente. Se compone de una Cronología, elaborada por Daniel Defert, tan extensa y detallada (52 páginas) que constituye por sí sola una verdadera biografía; un Índice, elaborado por François Ewald, con la colaboración de Fréderic Gros y Évelyne Menier, que incluye cuatro apartados: personas, obras, conceptos, lugares y períodos históricos; y una Bibliografía, elaborada por Jacques Lagrange, que recoge todos los textos publicados por Foucault o atribuidos a él. A partir de ahora, la «Caja de herramientas» que Foucault quiso proporcionarnos está mucho más completa y ordenada. Sólo nos resta utilizarla con el rigor y la pasión con que él mismo lo hizo.

[Antonio CAMPILLO. “Reseña”, in Δαíμων. Revista de Filosofía, nº 11, julio-diciembre de 1995, pp. 179-180]

␥ Henri-Jean Martin [1924-2007]

El historiador francés Henri-Jean Martin estaba investido de una energía intelectual apenas doblegada por la enfermedad que nos lo ha arrebatado. A fuerza de tenacidad y coraje, en medio del sufrimiento de los meses finales, fue capaz de culminar el libro que lo empeñaba desde hacía años. Su tema no dejará de sorprender a los que le conocen, por encima de todo, como el gran historiador del libro y de la edición en la Francia del Antiguo Régimen. Su última obra se ocupa de trazar la vasta historia de la comunicación humana que comienza con el homo sapiens y que alcanza hasta la invención de la escritura alfabética. El proyecto es un fiel reflejo de la infatigable curiosidad de Henri-Jean Martin, dirigida a contrarrestar las tendencias a la especialización demasiado radicales con su afán de saber y su deseo de enseñar. Seguramente el libro habría contado con la aprobación del hombre al que siempre tuvo por maestro: Lucien Febvre. Fue Febvre, en efecto, quien le pidió –aun cuando Martin no era más que un joven conservador– que colaborara con él en la redacción de un volumen consagrado a la invención de la imprenta en la colección «L’Évolution de l’Humanité». Entre el historiador consagrado, padre fundador de la Escuela de los Anales, y el joven destinado a la Biblioteca Nacional en 1947 tras su salida de l’École des Chartes para encargarse, con todo su pesar, del catálogo de libros eróticos del «infierno», la colaboración fue fácil y pródiga en afecto mutuo y respeto. El resultado de esa colaboración fue “L’Apparition du livre”, publicado en 1958, dos años después de la muerte de Febvre. Pronto se convirtió en un clásico que conoció múltiples reediciones y traducciones al inglés, italiano, japonés y portugués. Agustín Millares Carlo lo tradujo al español, y con el título de “La aparición del libro”, se publicó en México, por la Unión Tipográfica Hispano Americana, en 1962. Reeditado en el año 2000, pasó a integrar la colección «Libros sobre libros» del Fondo de Cultura Económica en 2005. Mi primer encuentro con Henri-Jean Martin ocurrió en 1966, en su amplio despacho de Jefe de Conservación de la Biblioteca Municipal de Lyon, puesto para el que fue nombrado en 1962 después de una estancia de tres años en el C.N.R.S. Para entonces ya había progresado en la inmensa tarea de recoger datos necesarios para la elaboración de la tesis que había emprendido sobre la producción impresa, las vicisitudes de la edición y los oficios vinculados al libro en el París del siglo XVII. En medio de las múltiples ocupaciones impuestas por el desarrollo de un ambicioso programa de lectura pública y la construcción de una nueva biblioteca, defendió su tesis en 1968 y se publicó en 1969. Este gran monumento fue, aún por encima de “L’Apparition du livre”, la obra que consagró la existencia de una nueva disciplina: la historia del libro. Después de 1963, Henri-Jean Martin pasó a dar clases en la la IV sección de L’École Pratique des Hautes Études, donde su seminario de los lunes a las cinco de la tarde se erigió en verdadero crisol de una «escuela francesa de historia del libro» empeñada en insertar la historia de la producción impresa en la herencia de la historia económica y social, y en despejar los nuevos caminos de una historia de la circulación de las obras. Pocos son los historiadores cuyo nombre pueda asociarse a la invención de un nuevo campo de investigación. Henri-Jean Martin es uno de ellos. Primero en l’E.P.H.E después en l’École des Chartes, donde fue nombrado profesor en 1970, formó a numerosas generaciones de investigadores de las que salieron bibliotecarios y profesores de universidad sin cuyas aportaciones no habrían existido los cuatro volúmenes de la “Histoire de l’édition française”, que dirigimos conjuntamente entre 1982 y 1986, y que se reeditó en 1989-1991. Para Henri-Jean Martin este gran proyecto no fue tanto una culminación como un punto de partida a la hora de plantearse nuevas preguntas. Por de pronto, ha servido para ampliar la perspectiva cronológica y engarzar la historia del libro en la más amplia historia de la cultura escrita. En su “Histoire et pouvoirs de l’écrit”, aparecido en 1988 y reeditado en 1996, analiza cómo la escritura, desde los sistemas ideográficos hasta los nuevos media, ha transformado la distribución del poder, la organización de las sociedades y las maneras de pensar. Una empresa semejante, con su necesaria carga de lecturas y erudición, no está exenta de peligros. Henri-Jean Martin supo eludirlos, atento a las lecciones de los que sabían lo que él ignoraba. Traducido por Emiliano Fernández Prado y Ana Rodríguez Navarro, “Historia y poderes de lo escrito” fue publicada por Trea en 1999. Henri-Jean Martin regresó una y otra vez a los libros que, como bibliotecario e historiador, había catalogado, comentado o leído. Poco a poco fue creciendo en él la necesidad de comprender cómo la disposición de los textos en la página generaba y reflejaba distintas maneras de leer y procesos cognitivos variables según las épocas, los géneros y los tipos de lectores. De ahí las dos obras que dedicó en 1990 y 2000 respectivamente a las formas de la «puesta en texto» de los manuscritos y de los libros impresos. En este último caso, el «nacimiento del libro moderno» se vincula al hábito de dividir los textos en párrafos. A Henri-Jean Martin se le conocía bien en España y sus libros fueron objeto de lectura en numerosos cursos universitarios, tanto de historia y literatura como de biblioteconomía. Tenía buenos amigos entre los bibliotecarios españoles y su obra ha sido decisiva en el desarrollo de la historia del libro español, cuyos resultados pueden apreciarse en la Historia de la edición y de la lectura en España 1472-1914, dirigida por Víctor Infantes, François Lopez y Jean-François Botrel, y publicada por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en 2003. Un proyecto como éste, que agrupa bibliotecarios y profesores, historiadores de la cultura y de la literatura, investigadores españoles e hispanistas franceses e ingleses, habría sido imposible sin el trabajo de Henri-Jean Martin y sus esfuerzos por vincular estrechamente, en un mismo proyecto intelectual, la bibliografía, la historia social y la historia de los textos. Henri-Jean Martin fue un hombre de paradojas, un rasgo que encarecía la amistad y la fascinación por el personaje, teñida a veces de inquietud por lo que él llamaba, no sin intención eufemística, su «temperamento anticonformista». «Hombre de derechas», según su propia expresión, nacido en una familia «profundamente nacionalista», formado en la rigurosa erudición de l’École de Chartres, no dejó por ello de mofarse de la solemnidad inherente a las más honorables instituciones, ni de estrechar la colaboración con quienes no pensaban como él, ni de alentar con su ejemplo y su apoyo las audacias intelectuales de sus alumnos. Respetaba a los sabios; él era uno de ellos y había recibido en 1998 el prestigioso premio Gutenberg. Pero, como a Febvre, no le gustaba el espíritu de capilla. Henri-Jean Martin no había envejecido. Conservaba intactos el entusiasmo y la juventud, la voluntad de aprender, la pulsión de la urgencia intelectual. Es en sus libros donde aún podemos escuchar su aliento generoso.

[Roger CHARTIER. “In memoriam Henri-Jean Martin (1924-2007)”, in Archivos de la Real Biblioteca (Madrid), Año XIII, nº 48, enero.marzo de 2007]

✍ El Próximo Oriente asiático. (I) Desde los orígenes hasta las invasiones de los pueblos del mar. (II) Los imperios mesopotámicos. Israel [1970-1977]

La serie publicada por las Presses Universitaires de France bajo el título de “Nueva Clío. La Historia y sus Problemas”, empezó a aparecer hace ya casi veinte años en francés. El Próximo Oriente Asiático, que constituye el tomo II de la serie, comprende dos volúmenes: Desde los orígenes hasta las invasiones de los pueblos del mar, del asiriólogo francés Paul Garelli y los imperios mesopotámicos. Israel de ese mismo autor y de Valentin Nikiprowetzky. El primero de ellos vio la luz por vez primera en francés en 1970; el segundo en 1977. Se trata pues de obras no muy recientes; sin embargo, hay que decir para comenzar que la empresa que la editorial Labor se ha propuesto de poner al alcance del público de lengua española la serie Nueva Clío es encomiable desde todo punto de vista, puesto que su concepción misma la hace ser mucho más que otra colección de libros de historia universal. Las ya cinco ediciones francesas del primer volumen y las dos del segundo prueban, por su éxito editorial, el acierto de la idea y la actualidad permanente de las obras publicadas. Como lo dice el subtítulo, La Historia y sus Problemas, el enfoque de estos libros tiene una orientación fundamentalmente metodológica, no desde un punto de vista teórico sino eminentemente práctico, en el sentido de metodología aplicada: la historia no es algo acabado y definitivo. La narración vehicula los problemas que el historiógrafo se plantea, por la naturaleza de sus fuentes, por la interpretación que de ellas han hecho otros autores, por los problemas que subsisten. El lector se vuelve así partícipe de las preocupaciones del historiador. Y la historia aparece como lo que es, una pregunta sobre el pasado, cuyas respuestas son tanto más ricas cuanto que en ellas intervienen los más diversos puntos de vista. Teniendo en cuenta que nos interesa subrayar este aspecto crítico de la obra nos concretaremos a poner de relieve en nuestros comentarios algunos elementos que lo prueban. Los dos volúmenes que ahora nos proponemos reseñar son un ejemplo de un buen logro de la idea de la Nueva Clío. Valgan pues tanto como una recomendación de toda la serie, como de estas obras en particular que consideramos, sin temor de exagerar, como la síntesis más seria que conocemos de la historia antigua del Próximo Oriente, desde los orígenes hasta la caída del imperio caldeo de Babilonia a manos de Ciro, el persa. La edición francesa presenta en cada volumen una primera parte dedicada a una bibliografía selectiva temática que intitula Los instrumentos de investigación. La edición española pone esta sección al final de la obra con el título documentación. Parecería una cuestión secundaria de tipo puramente editorial. En realidad no creemos nosotros que el anteponer la bibliografía carezca de sentido. En general, la bibliografía es algo que se deja al final para quien guste abundar o ahondar algún tema. En la Nueva Clío es algo más que eso: antes de la exposición de nuestros conocimientos, se deben presentar las fuentes primarias y secundarias principales de donde han sido tomados. Es un elemento importante de la idea de Nueva Clío. La selección de obras y su clasificación es excelente. Especialmente para los profesores de historia resulta un instrumento importante. Es cierto que Labor la deja como una tercera parte con su título, documentación; no es la bibliografia común y corriente; pero lamentamos que se haya tomado esa decisión pues es algo que afecta a la concepción de la obra. La primera parte de la edición española se llama Estado actual de nuestros conocimientos. Es la revisión sucinta de la historia. Síntesis muy bien lograda que supone un amplio y profundo conocimiento de los temas con un dominio consumado del oficio de historiador. A cada paso aflora el sentido crítico. Los autores -el profesor Garelli para todo lo referente a la historia del Oriente Próximo en general; el profesor Nikiprowetzky para la historia de Israel- toman partido en los problemas discutidos sólo después de haber expuesto el planteamiento del problema y las posiciones de diversos autores siempre con la prudencia de quien sabe que en historia y, sobre todo, en historia antigua, rara vez se puede decir la última palabra cuando se trata de problemas de interpretación delicados. La segunda parte de cada volumen es la más original de la Nueva Clío: Debates entre historiadores y directrices para la investigación. Es en esta sección donde se ofrece al lector la posibilidad de adentrarse en el laboratorio del historiógrafo, de enterarse no sólo del resultado de la investigación, sino del por qué y del cómo se ha llegado a él; frecuentemente, también, de lo que falta para obtener una conclusión definitiva y de cuáles son las alternativas provisionales. Baste con enumerar los temas de los dos primeros capítulos del primer volumen: el problema cronológico: por qué diversos autores presentan cronologías diferentes -alta, media, baja- que desorientan tanto a quienes no son especialistas en la materia, problema difícil y generalmente tratado en forma muy compleja cuando se le aborda; las sociedades arcaicas: el Oriente Próximo es y fue una encrucijada de pueblos, desde sus orígenes y a lo largo de su larga historia, lo que hace necesario explicar lo que se sabe y lo que no se sabe a ciencia cierta; los regímenes politicos es un tema muy controvertido -la democracia primitiva, la anfictionía política del Sumer Protoliterario; la religion naturista de las sociedades pre y prototohistóricas, se afirman, pero qué significan. Y de la misma forma crítica, se repasan los temas de la administración de los reinos sumerios y semitas; los precios, salarios y nivel de vida; las concepciones religiosas sumerias; los problemas de la historia hitita; los estados nacidos de las grandes invasiones. En el segundo volumen la segunda parte nos ofrece los siguientes títulos: problemas políticos; problemas económicos y sociales; problemas religiosos. Como lo advertimos ya a propósito de las primeras partes -el estado actual de nuestros conocimientos- en la síntesis histórica también existe como un hilo conductor de espíritu crítico, pero en las segundas partes los temas más discutibles son tomados de nueva cuenta y con mayor detenimiento. Esto permite que el relato histórico fluya con soltura primero y que al abordar los problemas el lector esté ya capacitado para comprender mejor el fondo de la discusión. Se resuelve así, en forma práctica e inteligente, el dilema entre ofrecer al lector una historia digerida sin introducirlo en el proceso de su elaboración o bien hacerlo partícipe de los interrogantes con el riesgo de desorientarlo y cansarlo. Nueva Clío considera a su público adulto y maduro. La historia resulta así lo que es, y debió ser desde que Heródoto se lo propuso, una búsqueda, una indagación del pasado en un intento de comprenderlo mejor.

[Jorge SILVA CASTILLO. “Reseña”, in Estudios de Asia y África, v. XIX, nº 2, abril-junio de 1984, pp. 319-321]

◼ El “abuelo” de Asia yacía en Laos [2012]

El hallazgo de un cráneo permite adelantar en 20.000 años la llegada del hombre moderno al sudeste asiático desde África. El hombre moderno —nuestro antepasado directo— era un impenitente viajero. Y, para los medios de la época —a pie—, bastante rápido. Tanto, que llegó, desde el origen común africano de hace más de 140.000 años al sudeste asiático, hace unos 60.000, según publican en PNAS, la revista de la Academia Americana de Ciencias, investigadores de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign. La datación ha sido posible gracias al hallazgo de fragmentos de un cráneo muy bien conservados en una cueva de los montes Anamitas, al norte de Laos. Y el resultado hace retroceder en 20.000 años la fecha estimada de la llegada de nuestra especie al sudeste asiático.

Emilio DE BENITO. “El ‘abuelo’ de Asia yacía en Laos”, in El País, 20 de agosto de 2012.

Tres fósiles hallados en Kenia demuestran que hubo dos especies coetáneas al ‘Homo erectus’. Las piezas ubican un polémico cráneo. La idea sencilla de que la evolución en general, y la humana en particular, es una cadena de especies que se suceden una tras otra, es claramente incorrecta. La ciencia, los fósiles de los seres del pasado que se van encontrando, lo desmienten. En realidad, la evolución se parece más a un árbol y, a menudo, es difícil desentrañar la maraña de ramas. El último descubrimiento de fósiles del entorno de nuestros antepasados aclara el panorama precisamente de hace unos dos millones de años, cuando surge el género Homo, pero haciéndolas más complicadas que la tradicional sucesión lineal de especies. El hallazgo se concreta en tres fósiles de hace entre 1,7 y 1,95 millones de años encontrados en el norte de Kenia por el equipo que dirige una de las más famosas y respetadas paleoantropólogas del mundo: Meave Leakey.

Alicia RIVERA. “Nuestros tatarabuelos eran tres”, in El País, 8 de agosto de 2012.

A %d blogueros les gusta esto: