Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Crítica de la razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo [2013]

critica_a_la_razon_negra_tapaEn su último ensayo, Critique de la raison nègre (Crítica de la razón negra), Achille Mbembe desarrolla una brillante reflexión sobre la alteridad, sobre la genealogía del concepto “raza”, indisociable del desarrollo del capitalismo, sobre lo que llama el “devenir negro del mundo”. apunta a un horizonte de emancipación, el de una “elevación hacia la humanidad” en un mundo liberado del lastre de la raza.

¿Qué papel jugaron el Congreso Nacional Africano (CNA) y Mandela, más allá del combate al régimen del apartheid, en las luchas contras las dominaciones coloniales en el continente africano?

—El desmantelamiento del apartheid en 1994 cierra una larga fase histórica de las luchas modernas por la emancipación. Esta fase comienza con las grandes campañas por la abolición de la trata de negros y la esclavitud. Continúa con el movimiento por la descolonización, las luchas por los derechos cívicos en Estados Unidos. Mandela representa, de alguna manera, la última palabra de esos combates por la igualdad. Atacó de manera frontal el dogma de la supremacía blanca y de la dominación racial que envenenaron durante mucho tiempo la vida de las naciones. Es la razón por la cual el mundo entero, hoy, celebra su vida.

—¿Por qué Sudáfrica ocupa un lugar especial en su reflexión?

—El estatus de Sudáfrica en mi reflexión es paradójico. Lo que Sudáfrica me permite ver es lo que existe como posibilidad. Sudáfrica expresa en su historia y vida contemporánea, de manera más explosiva que todos los países africanos, lo que podríamos hacer, cuáles son nuestras potencialidades. Pero, al mismo tiempo, muestra la dificultad con la que choca ese deseo de crear algo nuevo, incluyendo las sociedades posrevolucionarias.

—Usted dice de entrada que el término “negro”, que estructura su último libro, es indisociable de la invención de la “raza” ¿Se trata de una ficción, de un delirio, de un operador ideológico?

—Es un concepto, una noción cuyos múltiples sentidos han variado a lo largo de la historia, al menos a partir del siglo XV. La palabra “negro” remite tanto a cierta ficción, que se esfuerzan en llevar a la realidad, por medio del sueño, del deseo o de la violencia, de la crueldad. Pero sobre todo, es un concepto que remite a la imposibilidad de control, incluyendo el control de aquellos a quienes se esclaviza, se somete a condiciones de deshumanización extrema: los esclavos. De esta manera, es una palabra que remite a la posibilidad siempre presente en la historia de un levantamiento radical.

—¿El negro es entonces también una figura posible de la emancipación?

—Es una figura de la posibilidad de insumisión, de insurrección y de emancipación. La historia de la emancipación humana es, de alguna, manera, una historia negra, al mismo tiempo que una historia de negros, en la medida en que todo ser humano lleva en sí una parte de negro.

—Esa universalidad la encarnó primero la revolución haitiana…

—Sabemos en qué derivó la experiencia haitiana, pero, en sus orígenes, el momento haitiano de nuestra modernidad constituyó una especie de revancha. Haití surgió al mundo como consecuencia de una guerra dirigida por esclavos. La gran obsesión de los propietarios, en la época de la esclavitud, del siglo XV al XIX, era que los esclavos se unieran, una noche, y quemaran la plantación. Al grado de que la plantación era una estructura paranoica. Era una estructura económica, claro, en la que dominaban el paternalismo, la crueldad, las violaciones. Pero era también una estructura psíquica, de orden totalmente paranoico, en la que la función del miedo era reproducir constantemente el miedo en una especie de círculo infernal, que ni los esclavos ni los amos veían cómo interrumpir, cómo salirse de ella. Este mecanismo del miedo que reproducía el miedo descansaba en la fantasía, la invención. Para funcionar de esta manera, esta mecánica requería anclarse en la “raza”.

—¿De qué manera la emergencia del racismo es indisociable del desarrollo del capitalismo? ¿Qué papel ha jugado este concepto de raza en la “primera mundialización” diseñada por el comercio triangular? En el fondo, ¿la invención del racismo fue lo que permitió el desarrollo del capitalismo?

—El capitalismo, desde el siglo XV, siempre ha requerido de subsidios raciales para ampliar su reproducción tanto en el tiempo como en el espacio. La invención del negro se produce en un contexto de transnacionalización. Lo que llamo el primer capitalismo es el que se inaugura en los perímetros del Atlántico. En ese comercio triangular que enlaza a Europa, África y América circulan mercancías y esclavos. Presenciamos entonces el surgimiento y la consolidación de ciertas tecnologías, la invención de los seguros. Un derecho de propiedad se forja en Europa en esa época teniendo, como trasfondo, el comercio de esclavos. No se podría comprender en lo más mínimo la evolución de las estructuras jurídicas, filosóficas, narrativas de Europa sin tomar en cuenta la trata de esclavos.

—Usted devela en este libro un regreso a la “raza” con otros disfraces, los de la cultura, la religión, la clasificación de los seres humanos bajo la égida de lo biopolítico. ¿Por qué se convoca de nuevas maneras esta noción de “raza” actualmente?

—La raza es demasiado “útil” para desaparecerla. En el contexto contemporáneo nos resulta cada vez más difícil enunciar con claridad las razones por las que constituimos un mundo común. Esas razones ya no nos resultan para nada evidentes y, al no emprender una reconstrucción paciente de las razones por las que deberíamos vivir juntos, creamos una situación en la que lo importante es ir en busca de lo que nos separa. En tal contexto, la raza se vuelve un operador porque permite separar a los nuestros de los que no lo son. Aquellos que, aun viviendo entre nosotros, no son para nada de los nuestros. La movilización del significante racial permite desempatar a la humanidad entre aquellos que deben vivir y aquellos que deben ser expuestos a la indiferencia y ser parte de la clase de los superfluos.

—Usted define de manera muy precisa el momento del neoliberalismo en el cual estamos ahora. ¿Qué hay de nuevo en la manera en que este sistema económico se extiende sobre todo el planeta?

—Estamos en un momento en el cual la forma dinero usurpa las funciones de creación y de redención antes atribuidas a dios. Es el momento en el que lo que se llama Mammon en la Biblia, cuando el principio del dinero aparta el principio divino y lo sustituye. A partir del momento en el que el principio dinero sustituye al principio dios, el principio dinero se vuelve el relevo primero y último de todas las significaciones y se instituye en culto idólatra cuyo dogma consiste en confundir todo, mezclar todo, tanto lo que concierne a lo humano como lo que concierne a la cosa, lo que concierne a la mercancía. Nada de eso cuenta ya.

—Ese movimiento es paralelo, dice usted, al ascenso de un imperialismo del desorden. ¿Sacar provecho implica en la actualidad sembrar el caos?

—¡Sí! De hecho, pensándolo bien, ese ha sido el principio imperialista desde su origen. Las formas en que se manifiesta han evolucionado, pero el código genético del imperialismo es ese. Se siembra el caos, se pone a unos contra otros, se crean situaciones de guerra civil. Se administra el desorden, el caos. El imperialismo consiste en la administración, en beneficio propio, de un caos provocado, organizado y sostenido. Lo vemos actualmente en las guerras de ocupación, la economía de extracción, el desmantelamiento de todo lo que parezca, así sea mínimamente, un bien común.

—¿En que basa su oposición radical a las periódicas intervenciones militares francesas en el continente africano?

—Desde un punto de vista geoestratégico, hay una nueva embestida contra África. ¿Quiénes son los actores principales? Son las viejas potencias occidentales, pero también las nuevas, como Brasil, China, la India, Turquía, así como los actores de Medio Oriente, como Qatar, Arabia Saudita. Hay un puñado de actores que, con objetivos diversos, comparten la idea de que África constituye un espacio cuyos recursos hay que controlar para consolidar un lugar en la escena mundial contemporánea. Es ese el marco general en el que hay que releer las9782707188724 intervenciones militares francesas en el continente. Intervenciones militares que el gobierno socialista parece querer multiplicar y acelerar. Tomando como pretexto el debilitamiento real de las estructuras estatales en países como Mali, la República Centroafricana. Invocando la amenaza, que es real, por otro lado, del islamismo en su forma violenta, en oposición a tradiciones del islam a las que se lleva a la síntesis y al sincretismo. El gobierno francés ridiculiza sus intervenciones militares disfrazándolas de humanitarismo o cuando entona la vieja cantaleta de la amistad secular entre Francia y los africanos. ¿Pero cuál es el precio a pagar? ¿Quién lo paga? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Por qué Francia puede intervenir así en esta región del mundo, que se supone que es independiente y soberana? Si esta región del mundo es independiente y soberana ¿por qué no logra resolver, con su propia fuerza, sus propios medios, las situaciones extremas que enfrenta? Y si África no es capaz por sí misma de resolver esas crisis propias que generan aquí y allá catástrofes humanas ¿por qué mantener la ilusión de que es capaz de gobernarse? Y, para que las cosas sean claras, si no es capaz de gobernarse a sí misma, ¿por qué no ponerla bajo tutela simplemente? Es ese el marco conceptual en el que me interrogo sobre esas intervenciones militares. Es la única posición de responsabilidad posible para los africanos. Lo ideal sería llenar el vacío hegemónico que está en la médula de la dinámica continental. Si no se hace, es un llamado a las potencias externas, que, por
razones que se nos escapan, deciden intervenir.

—Usted describe la marginalización de la vieja Europa en la escena mundial. Sin embargo, Europa está oponiendo a eso una resistencia feroz. ¿Cómo ese “devenir negro” del mundo del que usted habla puede advenir frente a lo que las grandes potencias despliegan para mantener su hegemonía?

—El acontecimiento de nuestro tiempo es en efecto el desclasamiento de Europa, el hecho de que ha dejado de ser el centro del mundo. Este acontecimiento abre enormes oportunidades al pensamiento crítico, pero al mismo tiempo conlleva peligros. Europa resiste, no soltará su poder tan fácilmente. En el fondo, una dimensión esencial de su furia que presenciamos radica en el hecho de que Europa llegó a su final y no logra reanimarse sola ni a reanimar lo que llamo su Idea. El momento que tenemos ante nosotros será un momento difícil. Ya lo es de hecho. Para intentar conservar su hegemonía, Europa y Estados Unidos van a fomentar la balkanización del mundo. Van a favorecer la multiplicación de las fronteras, su militarización. Van a facilitar la abrogación de una serie de derechos, la normalización del Estado de excepción, que permite a la violencia de Estado circular de manera más fluida en las sociedades. La búsqueda de enemigos y su ejecución, de preferencia extrajudicial, se volverá medular en su política mundial.

—En su libro anterior, Sortir de la grande nuit (Salir de la larga noche), usted imagina una bella alternativa: la de una “elevación hacia la humanidad”. ¿Qué significa eso para usted?

—Es una idea que debo a una tradición de la crítica de origen africano, de W.E.B. Du Bois a Édouard Glissant. Remite primero a una experiencia dolorosa, la de la esclavitud y al esfuerzo que mostraron los esclavos para conservar lo esencial de su humanidad, para acceder nuevamente a la vida y realizarnos en comunión, en vínculo con el conjunto de los vivos. Ese proceso de renovado acceso a la vida, de reaparición a partir del abismo de la infamia, de restitución en cierta forma de la dignidad inherente a la condición humana, es lo que llamo la elevación hacia la humanidad. Es un acceso que, por definición, para ser válido, debe ser compartido.

—En esta larga crisis que atraviesa el sistema capitalista, ¿qué indicios de que puede haber un mundo nuevo ve usted? ¿Qué posibilidades existen para tal “elevación hacia la humanidad” cuando el panorama mundial está asolado por la pobreza, las guerras, los conflictos?

—Si modificamos nuestra manera de ver, de oír, de escuchar, es posible percibir esos indicios. La realidad es que muchas de esas gentes están atontadas, aturdidas, bombardeadas por todos lados. Tanto por sistemas políticos en vías de petrificación como por un régimen económico que ya llegó a su punto de fuga máximo y, en ese proceso, se transformó en una violenta abstracción. Están atontadas por el poder de ficción favorecido por un sistema mediático que vive de la reproducción indefinida de los miedos y las fantasías. Y entonces se buscan. Pero los indicios de otra historicidad posible están ahí, en la emergencia de nuevas formas de solidaridad transnacionales, en una parte de la creación estética e imaginaria, en una serie de pequeñas aboliciones como las que se ven en Sudáfrica, donde están ganando ciertas ideas de la familia, del amor, del matrimonio. Creo que sería necesario apoyarse en esos pequeños pasos para abrir más brechas en un sistema verdaderamente cerrado.

Pensar la emancipación. Achille Mbembe es profesor de historia y ciencia política en la universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo. Da clases también en el departamento de estudios romances de la Duke University (Estados Unidos). En sus últimos ensayos desarrolla, a partir de la herencia anticolonialista y anitiimperialista, una reflexión fecunda y estimulante sobre las sociedades poscoloniales marcadas por reuniones complejas, sobre las políticas de depredación que acechan a África, sobre la manera en que las políticas neocoloniales se extienden a escala mundial. De este pensamiento crítico emana un pensamiento de la emancipación que da forma a un mundo común.

[Rosa MOUSSAOUI. “La historia de la emancipación humana es una historia de negros” (entrevista a Achille Mbembe), in L’Humanité (Paris), 9 de diciembre de 2013. Traducción del francés por Dulce María López Vega]

✍ El copista. Gaspar García Viñas entre la Biblioteca Nacional y la Facultad de Filosofía y Letras [2013]

9789871867868_frontcover-665x1024Las Bibliotecas Nacionales de numerosos países europeos, y también algunas de Latinoamérica, albergan, además de libros, folletos, periódicos y mapas, colecciones de documentos originales que hacen al acervo histórico o que denotan cierta especialización institucional en la guarda de la memoria de un período específico del derrotero histórico nacional. Sin ser una excepción, nuestra Biblioteca Nacional, en su Sala de Reservados, no sólo atesora incunables y libros raros o curiosos, sino también una impresionante colección de documentos para la historia argentina procedentes del Archivo General de Indias y que fueran paleografiados, copiados y mecanografiados por Gaspar García Viñas, funcionario de la institución que pasó largos años trabajando en la sede de ese repositorio mayor que concentra documentación invalorable acerca de nuestro pasado colonial y del de las otrora llamadas “posesiones españolas de ultramar”. Allí, en el corazón de Sevilla, se erige ese monumento al pasado colonial español y a la memoria histórica de la identidad colectiva latinoamericana y filipina labrada desde el contacto hasta las independencias en el siglo XIX. Allí, en un edificio sito paradójicamente en la Avenida de la Constitución sin número, anonimato que denota su monumentalidad edificada tras los documentos, García Viñas encabezó dos misiones que hoy nombraríamos como de investigación pero que entonces, entre 1910 y 1926, se rotulaban como de copistas. Esos cambios, esas paradojas de la profesión, su mismísima construcción como oficio son los que, más allá de las misiones y la biografía de García Viñas, recupera Marcelo Rey en este libro en el que la historia argentina, los hombres que la construyeron a comienzos del siglo XX, el contexto de producción de sus textos y sus relatos e instituciones como la Biblioteca Nacional y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires cobran vida y protagonismo tras una investigación que permite articular historia y política en el ejercicio intelectual. El autor, joven investigador egresado de la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras y formado en el pasado temprano colonial de los Andes Centrales y Meridionales, realizó este libro luego de finalizar su tarea como becario de la Biblioteca por un año, período en el que no sólo revisó los documentos de la Colección García Viñas de Copias de Documentos del Archivo General de Indias, objetivo inicial de su propuesta, sino que, motivado por la densidad del trabajo de García Viñas y su fina apreciación de una problemática que se le abría más amplia e inclusiva, indagó en la persona, en el hombre y el profesional, profundizó en las motivaciones de las autoridades que ordenaron las sucesivas misiones al repositorio sevillano, se plantó en el contexto político e intelectual de la Argentina de los inicios del siglo XX en que se insertaron esas misiones para, finalmente, articular esos indicadores con la profesionalización del arte de hacer historia. Sin dudas, Rey es exitoso en mostrarnos un sensible cambio de época y el nacimiento de una corriente de pensamiento que aspiraba a plasmar un método asociado a una temática bien precisa en la investigación, a más de reconocer a los copistas, los colaboradores y los autodidactas como protagonistas de la tarea de historiar. Tras la pluma de Rey, Paul Groussac, el director de la Biblioteca Nacional entre 1885 y 1929, es interpretado como respuesta a una corriente historiográfica que no ahorra protagonismo y jerarquía en la autorepresentación y que arrastra a sus colaboradores, verdaderos especialistas más que meros copistas, al anonimato construido desde la ideología y el poder que entonces confería la Dirección de la Biblioteca, cargo desde el cual ejercía señorío intelectual a la vez que replicaba el orden, no sólo intelectual, establecido. Ese lugar silente y de invisible existencia en que Groussac coloca al copista, mero empleado y receptor de órdenes, recién en décadas posteriores habrá de deconstruirse y re significarse tras la consideración de García Viñas, en este caso particular, como investigador, ya que fueron su selección, su cuidadosa indagación documental y su conocimiento paleográfico los que se conjugaron para que hoy reconozcamos en la Colección que lleva su nombre la impronta de un autodidacta cuyo trabajo aprovechamos quienes efectuamos nuestras tesis de grado y posgrado sobre diversos aspectos del pasado colonial argentino y americano. Es en ese sentido, y con los objetivos de su investigación personal atada al contexto de su época y de su ideología, que tanto Groussac como Emilio Ravignani y su colaborador José Torre Revelo aspiran a completar una heurística que conjugue el presente del estado nación con el pasado colonial y la organización jurídica y constitucional de la Argentina, respectivamente. La segunda fundación de Buenos Aires en 1580, organizada y financiada desde Charcas por el riquísimo encomendero y minero Juan Ortiz de Zárate, cuarto Adelantado del Río de la Plata, sirve al propósito hegemónico de derivar la producción de la plata potosina hacia una salida al Atlántico, a la vez que a reactivar las rutas comerciales interregionales y la circulación de bienes hacia el estuario de la abandonada ciudad fundada por Pedro de Mendoza en 1536. Esa jerarquía atlántica y portuaria continuaba abonando las reflexiones de Groussac para cimentar la vigencia de Buenos Aires junto al proyecto de desarrollo de la Argentina agroexportadora. Por otro lado, la Nueva Escuela Histórica indagaba en otras variables para llegar a la construcción y la fisonomía del estado nación. La ley y la legislación coloniales eran un punto de partida para verificar en el constitucionalismo nacional la matriz de la identidad argentina, tarea que abrigó Ravignani al recolectar las bases legales inscriptas en la Recopilación de las Leyes de Indias para traducirlas en sus interminables Asambleas Constituyentes Argentinas. De allí la importancia manifiesta de enviar copistas a los archivos españoles, de tanto una como de otra corriente de pensamiento. El cambio de época del que nos habla Rey se revela tras la adhesión a los postulados de una Nueva Escuela que se plasman en la asociación de Ravignani con García Viñas y Torre Revello -el director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras y sus copistas-, lo cual se exhibe aquí tras una nutrida correspondencia que el autor recuperó del Archivo de Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” de la misma Facultad. A más de vincularse con sus colaboradores en una relación intelectual y personal más abierta y simétrica, Ravignani reconocía la capacidad y la autonomía de los copistas asignados a los repositorios europeos, prueba de lo cual fue su apoyo a un autodidacta como Torre Revelo para alcanzar la cátedra de Historia de América en Filosofía y Letras. Es en ese sentido que se patentiza otro elemento de ese cambio, el reconocimiento del copista como colaborador y como profesional y la valoración del saber y la idoneidad para llevar a un subordinado al espacio de los pares. El protagonismo omnímodo de Groussac, que no había cejado de apelar hasta la ficción para comprobar sus conjeturas y que había invocado cierta connotación moral en el relato, dejaba paso a la construcción paulatina de una tarea, la de hacer Historia con método, compartida entre colegas y especialistas de una naciente profesión al servicio de una misma institución. Finalmente, las páginas que se abren a continuación y que nos ha regalado Marcelo Rey dan cuenta de cuán articulado está el trabajo del historiador con el contexto de producción de su obra, cuánto incide la realidad que se transita con los intereses y los temas de investigación y cuán presente está la ideología en la producción intelectual y en la construcción de los vínculos personales dentro de las instituciones.

[Ana María PRESTA. “Prólogo”, in Marcelo REY. El copista. Gaspar García Viñas entre la Biblioteca Nacional y la Facultad de Filosofía y Letras. Buenos Aires: Teseo, Biblioteca Nacional, 2013, pp. 13-17]

✍ La historiografía entre la República y la Nación. El caso de Vicente Fidel López [2005]

414969g0Roberto Madero propone en este libro un novedoso conjunto de perspectivas que busca complejizar las imágenes cristalizadas en torno de los modos de historiar de quien fuera una de las figuras fundacionales de la historiografía argentina: Vicente Fidel López. Madero procura desestabilizar el lugar de “mal historiador” que la historia de la historiografía argentina canónicamente le ha reservado a López en su contienda con Mitre, en particular, debido a su desdén por los documentos. Frente a ese juicio, el autor de este libro busca restituir historicidad al tema, reinscribiendo las prácticas de escritura histórica de López en las más abarcadoras que dan cuerpo a la figura del letrado. Así, el privilegio de la tradición oral y los relatos y memorias de miembros de la élite, como instrumentos legítimos para la reconstrucción del pasado, deben leerse como un resultado de la mayor autoridad que a los ojos de López surge del testimonio directo de las figuras patricias a las que tiene natural acceso; o, de un modo similar, la manera de juzgar hechos pretéritos con arreglo a los modos de la casuística -selección y juzgamiento de diversos testimonios en función de extraer una verdad sin la cual no se constituye un hecho- no es sino una extensión de los hábitos del letrado, entre los que el procesamiento de la realidad en términos jurídicos y el peso otorgado a la ley resultan configurantes del modo de aproximación a la historia de López. Esta relativización del paradigma -frecuentado por Mitre- de una verdad objetiva pasible de ser extraída de los documentos, se continúa en López en un apaciguamiento de la mirada romántica y organicista que asediaba sus escritos en torno a 1880, y que ciertamente preside la mirada de su contrincante. Un corolario de ello, que Madero escruta en sus matices, es la diferencia entre la historia mitrista -historia que es inevitablemente la historia del despliegue necesario de una nación- y la de López, en la que el marco de análisis ya no le ofrece la nación, sino una república elitista y porteñocéntrica que los diversos registros de escritura deben ayudar a consolidar políticamente.

[Martín BERGEL y Ricardo MARTÍNEZ MAZZOLA. “Roberto Madero, La historiografía entre la república y la nación. El caso de Vicente Fidel López, Buenos Aires, Catálogos, 2005” (reseña breve), in Prismas. Revista de historia intelectual (Bernal), nº 10, 2006, p. 290, col. b y c]

✍ The Poetry of History. The Contribution of Literature and Literary Scholarship to the Writing of History since Voltaire [1947]

12498060In the beginning was the word, and the word was a song, a song of war and victory. Poetry and history grew out of the same root, emotion and imagination; they were the inspired words of the seer, the heroic song of the bard, and they glorified the king or the Lord, for he had thrown the horse and his rider in the sea. The author of our book, however, does not deal with this primitive stage of history and poetry. He discusses “the contribution of literature and literary scholarship to the writing of history since Voltaire”, as is explained in the subtitle. The book has been called The Poetry of History because to the author “poetry seems the most adequate symbol for the quintessence of the human spirit”. Some readers might perhaps have their doubts about that, and the reviewer is one of them. Poetry may be described as the primitive or childish form of expression of the human mind, but it is hardly its quintessence or a symbol for its quintessence. But, after all, the reader need not spend too much time on the title, the choice of which was not very happy. Let him rather proceed to the book itself and there he will find a series of stimulating and delightful essays on some of the leading historians of the last 200 years who were also distinguisheda s men of letters, like Gibbon and Niebuhr, Renan and Michelet, Burckhardt and Green, and on some of the great men of letters who at the same time made contributions to the philosophy of history, such as Voltaire, Vico, Goethe, Herder and Carlyle. Voltaire was the great shatterer of tradition, the spiritual revolutionary who blazed a new trail. He reproached Bishop Bossuet for having omitted in his Universal History (1681) China and India, and for having spoken of the Arabs “only as a deluge of barbarians”. To Voltaire Christendom was not the entire human race. While ignorance reigned in Europe, and the West stood out darkly as a heap of crimes and follies, China and India had flourishing civilizations and the Arabs cultivated the arts and sciences throughout an empire from Baghdad to Granada. It will be interesting to note that an historian of science living in our times is still compelled to deplore the lopsidedness of the judgment of those who describe the 7th century as the nadir of the human mind, even though the first half of this century was a golden age in at least four countries: Arabia, Tibet, China and Japan (see Sarton, Introduction to the History of Science, I, 460). Some people like to date the beginning of our modern age with the discovery that the earth is not the center of the universe. It was a discovery of the same importance perhaps to discuss the Bible not as the absolute truth of revelation, as the hub of the spiritual world, but as a human work dealing with the history and literature of the Jews. In a sense, Voltaire may also be considered one of the pioneers of Biblecriticism. But whereas his theories were merely amateurish suppositions, Dr Neff uses the occasion −while discussing Herder− to give us a brief but excellent account of the rise of Bible-criticism as one of the great disciplines of the modern science of history (see pp. 51-64). Even as the two epics of Homer, so were also the historical books of the Bible transmitted by word of mouth for many centuries. Similarly, Jesus left nothing in writing, and Renan was justified in treating the New Testament as an example of popular literature and of the growth of legend out of oral tradition. The Gospels were composed by men who thought not in Greek but in Aramaic, and they told a story completely to the taste of the masses, a story “in which the priest is always wrong, respectable people are all hypocrites, the lawful authorities exhibit themselves as scoundrels and all the rich are damned”. The outbreak of the French revolution in 1789 moved the aging Gibbon to deplore the conspiracy of numbers against rank and property. Later historians, however, felt obliged to pay more attention to popular movements and changes in the social structure of the peoples. It was Michelet in particular who chose as his main theme the French masses, the oppressed populace, inarticulate but growing toward self-consciousness and self-defense. Dr Neff selected among the historians those who represent the highest synthesis of literature with historical genius and social consciousness, and he certainly displayed fine judgment and discernment in his selection. However, the reviewer is afraid that Voltaire and Gibbon, Renan and Burckhardt, and even Herder and Goethe will raise startled eyebrows when, all of a sudden, they will find in their company “the formidable and ambiguous figure” of Herr Oberlehrer Oswald Spengler. Even though a scholar and historian of the rank of Eduard Meyer described the Decline of the West as a lasting contribution to the scholarship and literature of the Germans (in Deutsche Literaturzeitung, 1924, nº 25), the reviewer feels strongly that this ambiguous figure does not belong in the circle of those illustrious philosophers and writers who are generally recognized as an ornament of the great Republic of Letters and whose brilliant ideas constitute the beauty and charm of Dr Neff’s learned and delightful volume.

[Solomon GANDZ. “Emery Neff, The Poetry of History, viii + 258 pp. New York: Columbia University Press, 1947” (reseña), in Isis. A Journal of the History of Science Society, vol. XXXIX, nº 3, agosto de 1948, pp. 198-199]

✍ El sentido del pasado en el Renacimiento [1969]

El sentido del pasado en el Renacimiento.inddEl historiador británico Peter Burke analiza cómo el Renacimiento inició una mirada al pasado basada en el rigor científico y el respeto a la cronología. De entre los acontecimientos que precipitan o acompañan la llegada del mundo moderno, el descubrimiento de la Historia -de la Historia tal y como hoy la concebimos-, es quizá el menos conocido. Panofsky relacionó oportunamente esta nueva perspectiva temporal con el hallazgo de la perspectiva pictórica, formulada por Filippo Brunelleschi. Y Erich Fromm recordaba, en imagen memorable, que los relojes de Nuremberg sólo comenzaron a dar los cuartos a principios del siglo XVI. Sin embargo, dada la magnitud de tal suceso, una visión anecdótica o parcial resultaría insuficiente, y debe ser el análisis historiográfico, como el que ofrece Burke aquí, el que clarifique una revolución -pues de una revolución se trata-, de la que somos sus inmediatos herederos y tributarios. Según Burke, el sentido de la Historia, la percepción del pasado, la propia temporalidad del tiempo, varían sustancialmente en entre los siglos XIV y XVI. De este cambio se derivaría una nueva forma de acercarse a los hechos que, para el hombre del medievo, resulta inconcebible. Pero resulta inconcebible no porque no existieran crónicas y libros de Historia en la Edad Media, sino porque el modo en que se narran los sucesos prescinde voluntariamente de lo que hoy llamaríamos verosimilitud y rigor científico. Para el hombre del medievo la Historia es un continuo en el que Carlomagno y César son émulos y compañeros en la flor de la caballería. Por los mismos motivos, los hechos de las Escrituras se darán en ese tiempo sin tiempo de los mitos. Para Spinoza, sin embargo, y para toda la historiografía posterior, la Biblia será sólo un documento histórico. Un documento de primer orden, si se quiere; pero documento al cabo y obra de los hombres. ¿Qué ha ocurrido, pues, para que la percepción del pasado se deslice desde la acogedora, desde la promiscua intemporalidad del mito a la minuciosa cronología moderna? Burke advierte un primer cambio en la figura de Petrarca y su admiración por la Antigüedad pagana. Porque son, en efecto, el redescubrimiento de la cultura clásica, junto a la emulación de historiadores como Heródoto y Tito Livio, los que propician, en definitiva, tanto un mayor respeto a la cronología y los hechos, como la súbita conciencia de que la Antigüedad es antigua. Vale decir, irrecuperable, nebulosa, sumida en una profundidad histórica. Se da así la circunstancia, paradójica en apariencia, de que la admiración por el mundo clásico fue lo que reveló al hombre del Renacimiento la enorme distancia que lo separaba de su objeto de admiración. Si a ello le añadimos el nuevo modo en que el Renacimiento observa y analiza la Naturaleza, comprenderemos que la labor histórica del mundo moderno era una subespecie de la ciencia, adornada con sus mismas virturdes: la exactitud, el distanciamiento, la veracidad, unidos al análisis de las causas. Solo más tarde, en el XVIII, los historiadores tendrán en cuenta el clima, la417NT6AwmdL._SL500_ cultura, el idioma, la religión y cuantos factores hoy se consideran determinantes de los acontecimientos históricos. No en vano, Gianbattista Vico, que fue junto a Herder el padre de esta nueva concepción del pasado, llamará a su método la Ciencia Nueva. Un método que daría pie a la historiografía romántica del XIX, y del que es fácil calcular sus implicaciones. Quedan por explicar, en cualquier caso, las causas de aquel interés por la Antigüedad del Renacimiento, así como ese nuevo aislamiento en el que el hombre se situó para escrutar objetivamente la Naturaleza y el Pasado, el espacio y el tiempo. Por el propio objeto de estas páginas, Burke sólo apunta sumariamente dichas causas. Causas que el gran historiador de la Cultura analiza con mayor detención en su obra El Renacimiento, y entre las que se incluyen el auge de las ciudades-estado, la Reforma, la imprenta, el descubrimiento de América, la caída de Constantinopla, el Saco de Roma y otro número de sucesos del que saldrá, trémulo y sobrecogido, el hombre moderno. Un hombre que, como recuerda Burckhardt y Burke repite, no es sólo ya un súbdito, un fiel, un miembro de la gleba. Se trata, nada menos, que de un individuo. De dicha individualidad se derivará, necesariamente, un concepto agónico del tiempo. Se derivará una temporalidad, una historicidad y, en suma, un modo profundo y lejano de contemplar a quienes le precedieron en otra hora del mundo.

[Manuel Gregorio GONZÁLEZ. “La hendidura del tiempo”, in Diario de Sevilla, 11 de abril de 2016]

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