Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

␥ Leopoldo Zea [1912-2004]

Leopoldo Zea (1912-2004) es una de las figuras clave del pensamiento americanista. Heredero del libertador Simón Bolívar y de José Martí y continuador de los caminos trazados por los argentinos José Ingenieros y Alejandro Korn, nos ofrece la versión latinoamericana del intelectual comprometido en una circunstancia concreta. Hijo de la revolución mexicana, abordó las complejas y conflictivas relaciones de los Estados Unidos con América Latina. Ajena al telurismo de ciertos vanguardistas, «la conciencia del ser americano» fue asumida por él como realidad histórica, como proceso. Sus formulaciones teóricas giraron en torno a preguntas acerca de la historia, a las categorías de dependencia e independencia o al discurso como diálogo, entre muchas otras. Después de una infancia difícil, en un país convulso y con un marco familiar de peculiares contornos, Leopoldo Zea recibe una educación formal en la Escuela de los Hermanos Lasallanos y en la Universidad Nacional de México. Paga con su trabajo los estudios superiores. Su natural inteligencia y su aplicación le valen el apoyo de importantes figuras de la cultura en México: su maestro José Gaos, Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas. Con la dirección de Gaos compone en 1942 una tesis doctoral sobre el positivismo mexicano, considerado su mejor trabajo en Historia de las ideas. Es el año en que empieza a colaborar con Cuadernos Americanos, otra fundación de exilados españoles, revista que dirigirá a partir de 1986. Al tiempo inicia su carrera de profesor universitario cuando en 1944 Antonio Caso lo propone para sustituirlo en la cátedra de Filosofía de la Historia en la UNAM. En 1945 termina la segunda guerra mundial y se abre una era de desarrollo y prosperidad para México que coincide con la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952). A partir de 1945 Zea trabaja en su materia por excelencia: el pensamiento latinoamericano, siguiendo las línea trazada por los precursores argentinos: José Ingenieros, Alejandro Korn y CoriolanoAlberini. Coinciden el apoyo de la Fundación Rockefeller, la universidad de Harvard y el proyecto colectivo coordinado por Silvio Zavala: Historia de las ideas contemporáneas en América. Zea recorre el continente participando en algunos eventos puntuales como las manifestaciones contra Perón en Buenos Aires y la caída de Getulio Vargas en Río de Janeiro. Lo más importante de su tarea consiste en tejer una red de contactos con pensadores de América, con los cuales seguirá elaborando sus estudios durante décadas: Francisco y José Luis Romero en la Argentina, Raúl Roa en Cuba, Danilo Cruz Vélez y Germán Arciniegas en Colombia, Arturo Ardao en el Uruguay, Francisco Miró Quesada en el Perú, Benjamín Carrión en Ecuador, Joao Cruz Costa en Brasil y Mariano Picón Salas en Venezuela, entre otros.Mientras México exhibe una sostenida estabilidad política, dictaduras y golpes de Estado abundan en otros países del continente. El pensamiento de Zea se va estructurando a partir de sus textos sobre la filosofía hecha en América Latina como reflexión sobre su identidad entendida en tanto conciencia de la dependencia y lucha intelectual por la independencia. Su línea bibliográfica abarca desde Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica (1949) hasta Discurso desde la marginación y la barbarie (1988), pasando por América como conciencia (1953), América en la historia (1957), El pensamiento latinoamericano (1965) y Filosofía de la historia en América (1976). Diversas influencias se registran en su deriva. Gaos lo introduce en la fenomenología y la filosofía de la existencia, Husserl y Heidegger, la sociología del conocimiento de Karl Mannheim, la filosofía de la historia de Hegel, la antropología de Jean-Paul Sartre, la teorías de los valores de Max Scheler, el historicismo de Wilhelm Dilthey y las grandes líneas del pensamiento romántico sobre la identidad nacional y la psicología de los pueblos, que rematan en Oswald Spengler y un libro de larga influencia latinoamericana: La decadencia de Occidente, traducido al español en 1923. Viajes y tareas institucionales marcan el resto de los días de Leopoldo Zea: el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, el Comité de Historia de las Ideas, la dirección de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (1966), el Seminario de Historia de las Ideas en América (fundado por él en 1947), el Centro de Estudios Latinoamericanos (1966) el Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos de la UNAM (1978), la dirección de Difusión Cultural de la UNAM (1970). En misión de amistad recorre países recientemente descolonizados o en proceso de revolución de África (1964) y Asia (1964). En 1972, salvando sus reticencias respecto del régimen franquista, visita España por primera vez. Un episodio importante de este periodo es su acercamiento a la vida política durante el sexenio del presidente Adolfo López Mateos (1958-1964), con su política de desarrollo y sus intentos de democratizar el Partido Revolucionario Institucional, en el cual había ingresado en 1954. Es cuando Zea empieza a colaborar como editorialista de opinión en el diario Novedades (1956). En 1958 funda el Instituto de Estudios del PRI y en 1960 se lo designa Director de Relaciones Culturales. Su paso por la política es entusiasta y termina con una marcada desilusión. El aparato del partido se interpone entre sus proyectos y la base popular que exige una auténtica democracia. Zea no cesó en sus trabajos editoriales, paralelos a su obra de ensayista. Dirigió las revistas Historia de las ideas en América (1959-1961) y Deslinde (1968-1970), las colecciones México y lo mexicano y Latinoamérica (1952 y 1978). Recibió incontables premios, entre los cuales el Nacional de Ciencias (México, 1980) y el Gabriela Mistral de la OEA (1987). Presidió en 1985 la Sociedad Interamericana de Filosofía y en 1987 coordinó la participación mexicana en el Quinto Centenario del Descubrimiento. La obra escrita por Zea es ingente. Sus libros superan el medio centenar y sus artículos, introducciones y prólogos son incontables y están por recogerse ordenadamente. Aparte de su extensión cuantitativa, importa la calidad magistral y polémica de su literatura, pues el campo de la historia de las ideas en América Latina, apenas esbozado cuando Zea empezó sus investigaciones, se ha ensanchado en publicaciones y organismos, hasta constituir un capítulo insoslayable en el día a día cultural del continente. Leopoldo Zea falleció en el Distrito Federal en 2004.

[Fuente: Centro Virtual Cervantes, Instituto Cervantes]

✍ Una modernidad periférica. Buenos Aires, 1920-1930 [1988]

Este es el libro más reciente de Beatriz Sarlo, y, tanto o más que los anteriores, es un libro casi deslumbrante. Si digo “casi” es por algún interrogante que deja sin despejar, y al que me referiré después, pero el término “deslumbrante” -incluso con su modificador- habla a las claras de una obra renovadora, cautivante e imprescindible. Desde el comienzo, en su “Introducción”, la escritora plantea las reglas del juego: aunque diferente, su libro está fuertemente inspirado por “Fin-de-siècle Vienna” de Carl Schorske y “All That Is Solid Melts into Air” de Marshall Berman. A punto de abandonar la crítica literaria como disciplina intelectual, decepcionada o impaciente por la poquedad de recursos, vías, soluciones que esta práctica ha desarrollado entre nosotros, Sarlo descubrió en las dos obras referidas un impulso que la llevó a recoger el desafío de la revisión histórico-literaria de Buenos Aires en la segunda y tercera décadas del siglo, y emprendió esa relectura con libertad metodológica, con brío intelectual, con originalidad expresiva. Como suele suceder pocas veces en la lectura (con obras de Barthes o Benjamin, o de Schorske, Berman y Sarlo), es recompensante y fruitivo observar el movimiento de una inteligencia mientras abre nuevas puertas de interpretación y hace nuevas “lecturas” de la realidad, precisamente al enfrentarse a temas tan trillados como la literatura argentina de la inmigración y de las vanguardias. Lo que sucede aquí es que si el camino es el mismo, el vehículo resulta distinto y el viaje acaba totalmente renovado. Sarlo realiza con su tema lo que ella misma percibió realizándose en las dos obras citadas: “la reconstrucción de un mundo de experiencias a través de los textos de la cultura”. Ya no se trata de seleccionar los textos canónicos de la “literatura” y estudiarla como una forma -la única- de la “alta” cultura como hace tradicional y convencionalmente la crítica literaria. La lección esta vez entiende a la literatura como un discurso social más dentro de otros discursos, o bien como un discurso cuya significación no se agota en el ámbito de la estética. En este sentido, Sarlo no se sintió obligada a discriminar, como juez absoluto, las obras que “merecen” estéticamente la atención de su estudio, y su análisis recorre un corpus de buena y “mala” literatura, más de la segunda que de la primera, ya que no se trata de valorar sino de ver cómo funcionan los discursos. Sarlo apela a un estilo de análisis de discurso que hace uso de prácticas interdisciplinarias: por eso llama al suyo, un “libro de mezcla”. Sólo que la “mezcla” es también metáfora para referirse a la “cultura [la urbana de Buenos Aires] también de mezcla”. “No sé a qué género del discurso pertenece este libro -dice Sarlo-: si responde al régimen de la historia cultural, de la intellectual history, de la historia de los intelectuales o de las ideas”. En realidad, pertenece a todos ellos: es un análisis de discurso “de mezcla”, multidisciplinario, sin ataduras ni corsés metodológicos. “Me había propuesto entender de qué modo los intelectuales argentinos, en los años veinte y treinta de este siglo, vivieron los procesos de transformaciones urbanas y, en medio de un espacio moderno como el que ya era Buenos Aires, experimentaron un elenco de sentimientos, ideas, deseos muchas veces contradictorios”. Los ocho capítulos que forman este libro pueden considerarse ocho accesos a su tema, no una sola argumentación en varias etapas. En vez de una etapa inicial que se comprueba al final, como tesis, es un retrato cambiante de Buenos Aires de acuerdo con los diversos puntos de vista. Así el libro acaba redondeándose y cumpliendo su promesa. El imaginario colectivo que estudia la autora se forma a través de numerosos vehículos, actitudes, transformaciones: las revistas, la actitud pedagógica, la aparición de un discurso femenino, los grupos de estética de vanguardia, la preocupación política, el erotismo, la revolución, los discursos marginales. Esta pluralidad de ángulos, de elementos, en vez de confundir los rasgos de la fisonomía, la enriquecen. Por ejemplo, Sarlo emplea con agudeza la noción de “saberes”, en especial para detectar cómo algunos saberes marginales (el alquimista de Arlt, el femenino, el mundo del circo, la propia literatura “mala”) fueron desplazados por los saberes hegemónicos que exclusivizaron el panorama y se convirtieron en los “únicos” legítimos. Una gran virtud del libro es trabajar sobre esa marginalidad y descubrir su presencia -que estaba soterrada o mal estudiada- en la cultura argentina. Para desarrollar cada capítulo, Sarlo elige un puñado de textos (a veces no-textos, circunstancias biográficas, discursos heterogéneos), y trabaja sobre ellos a profundidad: así, por ejemplo, para mostrar la nostalgia de la “edad dorada” en contraste con la tecnología de la modernización, pero recuperada a través de un simbolismo igualmente moderno (Don Segundo Sombra), que sería algo así como la transculturación de valores rurales mediante vehículos expresivos urbanos; el “erotismo” y la represión en la obra de tres escritoras: Nora Lange, Victoria Ocampo y Alfonsina Storni; la Vanguardia y la mitología de lo nuevo; la actitud de la literatura ante la revolución política y social (de Aníbal Ponce a González Tuñón, pasando por Castelnuovo y las polémicas de la época), y finalmente “La imaginación histórica” vista a través de textos de Borges, Jauretche, Scalabrini Ortiz, Martínez Estrada, Mallea. Cada capítulo -dije antes- es una aproximación, un nuevo modo de releer la realidad bonaerense de las dos décadas señaladas. Y resulta admirable observar cómo Sarlo maneja con habilidad los diversos discursos (y saberes) extrayéndoles no sólo sus significados voluntarios y buscados, sino en especial los otros, las connotaciones inesperadas que la perspectiva histórica -precisamente la posibilidad de verlos hoy a la distancia- le da la oportunidad de revisar de manera novedosa y diferente. El “casi” del comienzo no se refiere a una limitación de la autora ni a un defecto del libro, sino, en todo caso, a una petición de principio en que muchos estudios actuales incurren: ¿qué significa la modernidad que tienen como centro? ¿Qué significa esa palabra -y su concepto- tan omnipresentes pero también tan indefinidos? En este libro, la “modernidad” no aparece sólo en el título sino en toda su extensión. Es incluso su clave. “Saberes que entrecruzan modernidad y arcaísmo”, “las promesas de la modernidad”, “la modernidad institucionalizada”, “la modernidad revolucionaria”, el jazz, “música de la modernidad por excelencia”, “convulsiones de la modernidad”, “el impacto de la modernización”, “la ciudad moderna”, [la revista] Sur como “factoría de la modernidad”, etc. Pero la modernidad no aparece nunca definida, descrita ni caracterizada. Del mismo modo, en 1982, Angel Rama dedicó su “Transculturación narrativa en América Latina” a explicar los procesos de la modernización literaria, y acuñó esa útil herramienta metodológica tomando prestado el término a la antropología, pero tampoco se ocupó de definir a la modernidad. No es que no sepamos qué es la modernidad; el problema está en saberlo, en reconocerla en análisis tan brillantes como éste de Sarlo (o el de Rama), y sin embargo no poder asirla. Es la presencia fantasmal y elusiva que percibimos pero no podemos caracterizar. Que se introduce en el discurso (y lo “moderniza”) y sin embargo esquiva y esconde su condición, como toda ideología.

[Jorge RUFFINELLI. [Reseña], in Nuevo Texto Crítico, v. II, nº 3, 1989]

✍ La historia de una montonera. Bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires, 1826 [2006]

Caudillos y montoneras constituyen un tema recurrente de la literatura histórica argentina. Quien repare en las páginas de esta historia de la montonera de Cipriano Benítez se enfrentará al análisis contextualizado de una de las experiencias políticas más decisivas, aunque no por ello mejor conocidas, de la vida política de la provincia de Buenos Aires previa al recrudecimiento de la guerra entre unitarios y federales, y al ascenso político de Juan Manuel de Rosas. Si casi nadie podrá objetar el peso del caudillismo en la cultura política hispanoamericana, la novedad a las que nos enfrenta el historiador argentino Raúl O. Fradkin en “La historia de una montonera” reside en que lo ubica en coordenadas diferentes al conectarlo con el fenómeno del bandolerismo como accionar político y manifestación de rebeldía social y popular previa y simultánea a su emergencia. Será justamente en la intersección de ambos fenómenos donde el autor focaliza el análisis de la primera montonera que conmovió aquel escenario provinciano con el propósito de restituir las prácticas políticas de los sectores subalternos, y examinar paso a paso las formas, estímulos, configuraciones y contextos de la movilización y politización rural en vísperas a la consolidación del rosismo. Esa estrategia analítica –que también es narrativa– si bien se enlaza con la tradición de estudios disponibles que desde temprano ocuparon un lugar central en la literatura argentina e hispanoamericana, se distancia de ella en más de un motivo: el caudillismo deja aquí de ser abordado como vertiente política que asegura y controla a los sectores populares sobre la base de dispositivos coactivos y/o clientelares, atribuyendo capacidad de negociación política de aquellos actores, para postular, a partir de ella, la posibilidad concreta de enhebrar programas de acción política autónoma por considerarlos sujetos capaces de condicionar su obediencia. Bien sabemos que el desafío al que se ha enfrentado no es menor en cuanto se trata de transitar un problema resbaladizo que consiste en comprender las complejas y parcamente documentadas identidad y cultura política plebeyas del temprano siglo XIX. El autor no sólo hace explícitas esas dificultades sino que las considera a la luz de una genealogía historiográfica euroatlántica lo suficientemente consensuada, que ha ofrecido muestras contundentes de cuánto se puede avanzar en la caracterización de los sectores subalternos en el siglo XIX. El libro expone esos itinerarios, y revela la manera en que se puede acceder a esos fragmentos del pasado a través de fuentes discontinuas y de las mediaciones implícitas de la documentación policial y criminal como principal vertiente de voces subalternas. Si su preocupación por capturar aquel momento político lo hizo bucear por casi todas las huellas disponibles –que reparan en expedientes judiciales, partes oficiales, la prensa gubernamental, federal y unitaria, y que alcanza incluso las formas poéticas– la certeza de que ése era el camino más seguro para “capturar su presa” –según la fecunda expresión de Marc Bloch– provenía de otras convicciones no menos importantes. Aquí, la literatura hispanoamericana dedicada a reparar las modalidades de acción política campesina –que sigue la ruta del México rural y alcanza al mundo andino tardocolonial e independiente, y que incluye, como no podía ser de otra forma, a la completa y antigua jurisdicción rioplatense– lo surtió de un magma de experiencias políticas significativas para interceptar el caso bonaerense, y a partir de allí develar y comprender la emergencia de la montonera que Cipriano dirigió en aquel diciembre caliente de 1826. La historia de esa montonera, y de su fracaso, exhibe la manera en que un conglomerado de hombres movilizados por toda una madeja de tensiones acumuladas en la economía y la sociedad imaginaron y practicaron el poder y la política de manera autónoma con los recursos y concepciones políticas que tenían a su alcance. Un contexto dirimido por las fisuras en las condiciones materiales de vida hasta entonces vigentes, las inestabilidades generadas a partir de las alteraciones habidas en la frontera hispanocriolla, la leva forzosa y las opciones políticas federales, en el sentido que aquellos montoneras entendían el federalismo, se convierten en cantera fecunda para restituir, probar y argumentar las formas de organización y cultura política popular moldeada al calor de ejercicios duales entre resistencia y negociación. La fertilidad de esa densidad analítica (que es desde luego también política) no es independiente de la trama argumentativa que Fradkin ha creado para enfrentarnos a aquella experiencia colectiva. La posibilidad de sumergirnos en aquellos tiempos modernos capaces de enhebrar prácticas consuetudinarias con las inauguradas por la revolución y la guerra resulta tributaria de una feliz estrategia narrativa derivada de los embates habidos en el campo historiográfico desde los setenta, de las discusiones en torno a los límites de los modelos macroexplicativos, y las opciones que nacieron a partir del reconfortante contacto de la historia con la antropología y de la reducción de escala como instrumento para penetrar en las condiciones y motivaciones de la acción social. Si este libro puede ser ubicado como un rico exponente de esos debates, no es allí donde parece abrevar su tradición: en esto como en otras cosas, parece que Fradkin consideró aquella advertencia leviniana sobre los riesgos del geertzismo donde invitaba a tomar recaudos sobre el relativismo cultural. En su caso, la montonera de Benítez opera y funciona eficazmente para mejorar la comprensión de la conflictividad social y política en la campaña bonaerense cruzada de igual modo por la cristalización de identidades federales populares y la movilización miliciana, dispuesta por el entonces presidente Bernardino Rivadavia, para dirigir la guerra contra el Brasil. Es esa especificidad de la conflictividad porteña (aunque no sólo de ella) la que ocupa el primer lugar en el espléndido relato fradkiano, de la cual se obtiene una imagen densa a partir de aproximaciones sucesivas. Primero, restituye las voces del poder, es decir, reconstruye la percepción oficial del conflicto que dio por tierra con las aspiraciones de Cipriano y sus aliados. Luego, el relato cede su paso a las voces de los montoneros para ilustrar las motivaciones políticas que guiaron el asalto al pueblo de Navarro y el frustrado operativo contra Luján. Los interrogatorios a los que fueron sometidos los montoneros le permitieron no sólo identificar las razones que explicaban la destitución de las autoridades pueblerinas herederas del orden posrevolucionario, sino identificar las antinomias entre quienes se percibían como “hijos del país” y aquellos ubicados en la constelación enemiga: los insultos son aquí utilizados como indicio de identificación social y política; esos destellos del vocabulario político son los que permiten restituir el carácter antiextranjero y antieuropeo del movimiento. Por otra parte, si esas evidencias resultan eficaces para sostener la ausencia aun de identidades políticas cristalizadas, el asalto como forma de acción política pone en escena la manera en que esos grupos de hombres armados ejercieron una cuota de soberanía para deponer a las autoridades legales del pueblo visualizadas ya como agentes de una creciente coacción estatal que operaba sobre la población rural (hombres y familias) a través de la leva forzosa y el aumento de la presión fiscal sobre las tierras baldías o comunitarias. La forma o la “anatomía” de la montonera es abordada en el tercer capítulo del libro: bajo un título cargado de sintomatología guizburguiana, y convencido de enlazar la genealogía política pampeana con la desplegada en otras latitudes de la antigua jurisdicción virreinal y la que habría de integrar la geografía del nuevo país, Fradkin restituye su composición, las estrategias y expectativas de los reunidos alrededor del liderazgo de Benítez, en su mayoría simples paisanos, desertores y salteadores reunidos en torno a intermediaciones complejas y relaciones pactadas que incluían, como no podía ser de otra manera, lazos familiares y de vecindad. Se trata de un desplazamiento no menor en la caracterización de las montoneras entendidas generalmente como fuerzas irregulares sin conducción ni programa aparente. El reemplazo de ese registro va acompañado de otros no menos importantes: frente a las precarias condiciones para encarar la lucha política, “el asalto a los pueblos” irrumpe como forma de protesta y como medio de obtención de recursos frente a precarias o ausentes condiciones para generarlos. El cuarto capítulo está dedicado al contexto. Aquí el lector se enfrentará no sólo con la estructuración del escenario social, económico y político que ayuda a explicar la emergencia y la acción política de Benítez, sino con los resultados de una suerte de programa historiográfico del que el autor formó parte y que estuvo dedicado a deconstruir no pocas convenciones sobre la sociedad y economía pampeanas en el tránsito entre el orden colonial y la Argentina republicana. Cipriano y sus aliados vienen a ser uno de aquellos pequeños productores rurales de la zona oeste incluidos en un mercado y en un orden social y político en construcción, plagado de nuevas inestabilidades a las ya introducidas por la guerra, y abierta ahora a la expansión de la frontera, al quiebre de la política de alianzas con parcialidades indias, a los flujos migratorios internos, la progresiva mercantilización de la tierra y el aumento de la criminalidad. ¿Pero cuál era el significado político de la montonera? Este interrogante estructura el último capítulo del libro, con lo cual el autor aborda el dilema de la identidad social y de la identidad política de Cipriano y sus aliados. Sobre la primera, traza una línea demarcatoria no demasiado consolidada entre los exceptuados, vecinos y hacendados principales, y los clasificadores de la leva, y aquellos conglomerados errantes de pobladores rurales susceptibles de integrar los contingentes sociales sujetos a obligaciones militares distintas a las que hasta el momento había regido el servicio miliciano. Distinguida esa frontera social, Fradkin detecta que los perfiles sociales que integraban la montonera de Benítez eran desertores o potenciales reclutas que imaginaban un lugar distinto en el nuevo orden social y político de la campaña. Para estos “hijos del pays” –la expresión con la que se identificaban– el espacio político imaginado era entendido como radicalmente opuesto al sostenido por los españoles, “gallegos” o “maturrangos” sobre quienes recaía una condena social, política y moral en virtud de que, a los ojos de los montoneros al estilo de Cipriano, la revolución no había hecho más que consolidar sus posiciones en el poder político y en la administración de la justicia rural de la provincia de Buenos Aires. Además, esa condena del “mal gobierno” –común a la cultura política de la plebe urbana porteña– no quedaba circunscripta de ningún modo a los límites pueblerinos. El discurso político antiespañol y porteñista de Cipriano se extendía incluso al propio gobierno nacional, con lo cual se pone de manifiesto au ras du sol el alcance de la politización y faccionalización en los pueblos de la campaña. Por último, el libro de Fradkin plantea nuevos problemas en torno a la estructuración del poder en la campaña, en el cual el liderazgo de Rosas todavía no está consolidado. Por un lado, la complejidad de aquel mundo político pone en escena límites concretos al ideal unanimista que primaba en las concepciones políticas vigentes en los pueblos y ayuda a comprender, además, el comportamiento electoral de la población rural; por otra parte, esos acechos al poder local, entendidos en clave de asalto o rebelión, podían dar origen a diferentes formulaciones al interior del movimiento: el programa de Benítez, contrario a la “leva generalizada” y a favor de una “política pacífica” con las parcialidades indígenas, permite al autor identificar la razón de la posterior adhesión de los paisanos a Rosas y postular que Cipriano expresaba “un rosismo antes del rosismo”. Lo último, aunque no menos relevante: el impacto de la montonera de Benítez termina siendo abordado en la narrativa que despuntó de inmediato a su fracaso; allí se descubre el origen de la interpretación que el autor se propuso impugnar que no resultó ser otra que la versión construida por las elites y la prensa unitaria. Aunque ese hallazgo viene acompañado de un sugestivo análisis de la propaganda federal en plena confección del poder rosista, la cual no casualmente enfatiza la movilización de los gauchos y el papel de Rosas en la conducción de la extendida sublevación social vigente en la campaña como única salida para asentar el orden político y social posrevolucionario.

[Beatriz BRAGONI. “Reseña”, in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, nº 31, enero-diciembre de 2009, pp. 206-210]

␥ Roberto Di Stefano [1962]

El historiador argentino Roberto Di Stefano es licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires (1991) y Doctor en Historia Religiosa por la Università degli Studi di Bologna (1998). Es profesor en las universidades de Buenos Aires desde el año 2002 y San Andrés, y ha enseñado en universidades argentinas, latinoamericanas y europeas. Desde 1999, es investigador del CONICET y, desde 1998, del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (UBA). En sus trabajos de investigación se ha ocupado de la historia social e intelectual del clero y de los entrecruzamientos entre política y religión en los siglos XVIII y XIX. Roberto Di Stefano es, sin dudas, el principal artífice de la renovación historiográfica en el ámbito de los estudios de historia religiosa y de la Iglesia en Argentina, no sólo realizando investigaciones decisivas, sino también formando historiadores en esta línea de análisis. Ha publicado junto a Loris Zanatta, Historia de la Iglesia argentina (2000), junto a Nancy Calvo y Klaus Gallo, Los curas de la Revolución (2002), una obra que ya es considerada un clásico, El púlpito y la plaza. Clero, sociedad y política de la monarquía católica a la república rosista (2004) y Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos (2010).

[Fuente: Siglo XXI Editores]

✍ Freud en las pampas. Orígenes y desarrollo de una cultura psicoanalítica en la Argentina, 1910-1983 [2001]

El historiador argentino Mariano Ben Plotkin organiza su trabajo en torno a dos cuestiones centrales: en primer lugar, cuáles son los factores culturales, sociales y políticos presentes en el desarrollo histórico reciente de la Argentina que permitieron o promovieron la difusión masiva del psicoanálisis en el país y, en segundo lugar, qué hay en el psicoanálisis que lo hizo tan atractivo a la sociedad argentina. De esta manera, se inscribe dentro de una nueva vertiente historiográfica que sostiene que la historia de las ideas debe analizar la implantación, la apropiación y la reelaboración de las mismas en culturas diferentes. Este trabajo rescata y defiende la historicidad del proceso a través del cual las ideas se generan, difunden e incorporan en una sociedad determinada, al analizarlo como resultante de la combinación de factores sociales, culturales, economicos, intelectuales y políticos que posibilitan la incorporaci6n del psicoanálisis como herramienta interpretativa. Para lograr el objetivo propuesto, considera las múltiples dimensiones que adquiere un único fenómeno en tanto desarrollo y extensión de una doctrina que reclama el atributo de cientificidad, la creación de un campo profesional y la evolución de un contexto cultural, social y político que facilitó la difusión. Así, este trabajo busca a partir de una exploración de los modos a través de los cuales el psicoanálisis se extendió en la sociedad argentina, considerar tanto al psicoanálisis como a esa cultura concreta. El capítulo I estudia la recepción del psicoanálisis en los inicios del siglo XX en la sociedad argentina a partir de los círculos médicos e intelectuales, su apropiación y difusión en un público más amplio a través de periódicos, en especial la columna firmada por “Freudiano” en el diario Jornada, revistas y libros populares. Plantea que el psicoanálisis se había instalado como tópico de discusión en amplios sectores de la cultura argentina antes de la fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) en 1942. Este desarrollo se aborda a través del capítulo II, donde el surgimiento de la APA permite comprender la expansión del psicoanálisis como campo profesional así como las condiciones políticas e ideológicas que rodearon y facilitaron el proceso. La decada de 1960 es la protagonista del capitulo III. La convergencia de factores culturales, sociales, políticos, económicos que se produjo en ese momento se convierte en la clave para entender el boom psicoanalítico, entendido como la consolidación de una cultura “psi”. La difusión del psicoanálisis traspasa el encuadre institucional consolidado de la APA y encuentra en el psicodrama, la terapia de grupo y otras técnicas alternativas nuevos canales. La demanda vigente de un sistema de creencias para interpretar la realidad encontro en la naturaleza adaptable y maleable del psicoanálisis su respuesta. El capítulo IV se centra en los actores que consolidaron la presencia de la doctrina freudiana en la cultura argentina, sus divulgadores más activos, Marie Langer, Arnaldo Rascovsky, Enrique Pichon Rivière, todos ellos miembros de la APA y Eva Ciberti desde fuera de la APA así como las publicaciones Para Ti, Claudia, Nuestros Hijos, Gente, Atlántida y Primera Plana bajo cauces diferentes. Así el autor plantea que la atracción generada por el psicoanálisis en la sociedad argentina se debió, en gran medida, a que las teorías sostenidas proporcionaban una legitimidad científica y moderna a concepciones tradicionales especialmente aquellas que regían la familia y el lugar de la mujer. Los capítulos siguientes reducen la escala de análisis, al abordarse áreas específicas de difusión y recepción del psicoanálisis. En el capítulo V, se analiza la evolución y constitución de la psiquiatría como especialidad médica autónoma, así como el complejo proceso de politización que sufre en la decada de 1960. De esta manera, se detallan las condiciones que facilitaron la convergencia entre psicoanálisis y psiquiatría, que se cristalizaron en la introducción de la terapia freudiana en los hospitales públicos. Por lo tanto, la experiencia del servicio de psicopatología del Hospital Gregorio Aráoz bajo la direccion del doctor Mauricio Goldenberg, entre otras, posibilita el examen de una situación concreta donde confluyeron psiquiatría y psicoanálisis, otorgando nuevas terapias a un público más amplio. El capítulo VI examina la creación de la carrera de Psicología en las Universidades Nacionales, incluyendo en el análisis varios ejes: la constitución de la psicología como un campo profesional, las relaciones establecidas entre psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras y las diferencias de género en estas relaciones. A partir del capítulo VII, el autor transita la relación entre el psicoanálisis y la izquierda a partir de la recepción de las ideas de Freud por una nueva izquierda crítica emergente en la sociedad argentina en los años 1960. Se profundiza entonces este diálogo en el examen de las obras de tres intelectuales influyentes de izquierda José Bleger, León Rozitchner y Oscar Massotta. El capítulo siguiente ahonda esta relación al compás de la politización y radicalización que la sociedad y la cultura argentina vivieron hacia fines de la década de 1960 y durante la década de 1970. La integración del psicoanálisis con la cultura de izquierda es examinada a partir de tres tópicos: la separación de una parte de los psicoanalistas pertenecientes a la APA y la fundación de la Federación Argentina de Psicoanálisis (FAP), la recepción de las teorías de Jacques Lacan y la lectura política de la enfermedad mental y de la reclusión de los locos. Este texto finaliza presentando de manera singular el proceso que se inicia con la dictadura militar y su impacto en una sociedad que había convertido el psicoanálisis en un sistema interpretativo para gran parte de la población. El autor sostiene que la desaparición del psicoanálisis era imposible, por lo tanto el Proceso impuso condiciones que favorecieron el desarrollo de determinadas prácticas psicoanalíticas confinadas al ámbito restringido de los consultorios en el que toda preocupaci6n podía ser resuelta de un modo privado. El autor se enfrenta al desafío, reconocido en sus propias palabras, de organizar y analizar una masa de informaci6n tan amplia y diversa para brindarnos herramientas claves para entender la cultura argentina del siglo XX. Las fuentes utilizadas en el trabajo son de manera exhaustiva pero no excluyente las revistas argentinas del período. Así, tanto las revistas dirigidas a un público amplio como El Hogar, Para ti, Claudia, Nuestros Hijos, Gente, Primera Plana como las específicas creadas desde las instituciones psicoanalíticas y psiquiátricas, Psicoterapia, Revista de Psicoanálisis, Revista latinoamericana de Psiquiatría, Acta Neuropsiquiátrica Argentina, Revista Argentina de Psicología, Cuadernos Sigmund Freud, Cuadernos de Psicología Concreta; de igual manera las publicaciones de izquierda Pasado y Presente, Contorno, Cuestiones de Filosofía, Los Libros, son recorridas con minuciosidad a lo largo de toda la obra. Así los canales de difusión de las ideas como los intelectuales que las generaron se convierten en piezas claves en la construcción de esta obra. La cultura del siglo XX argentina mirada a través del tamiz elegido, la implantación, la apropiación y la reelaboración del psicoanálisis, transitan en las páginas del libro para comprender y aprehender tanto los cambios como las permanencias que ésta sufre. Cada parte permite sentar las bases para la formulación de nuevas preguntas, podríamos sostener, entonces, que cada capítulo es germen de un futuro trabajo autónomo ya que se sientan las bases de futuros líneas de investigación que se amplíen y diversifiquen; cada capítulo puede ser la base de otro libro futuro. Así, el libro responde a los objetivos propuestos y permite pensar nuevas líneas de investigación; no sólo a partir del psicoanálisis sino adhiriendo a la postura historiográfica planteada sobre la relación entre las ideas y una sociedad determinada en un tiempo concreto. Finalmente, la obra cumple con uno de los ideales del trabajo de todo historiador, ya que responde a las expectativas de los pares como del gran público; y no defrauda al especialista ni al que a través del atractivo título tiene una primera aproximación al tema. Ambos disfrutarán de una obra que describe, explica y pregunta sobre un tema clave de nuestra sociedad: los elementos que conforman nuestra cultura al identificar, establecer y reconocer el proceso mediante el cual ciertas ideas se convierten en herramientas interpretativas para entender la realidad individual y social en las que nos encontramos inmersos.

[María José BILLOROU. “Reseña”, in Quinto Sol, nº 7, 2003, pp. 169-171]

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