Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ The Making of the Slavs. History and Archaeology of the Lower Danube Region, c. 500-700 [2001]

Este libro propone nuevas formas de aproximarse al fenómeno de la construcción de la identidad eslava en la Edad Media, preocupándose de la etnogénesis y la etnicidad eslavas en el centro sur y sur de Europa, entre los siglos VI y VIII. Fundamentalmente, Curta quiere demostrar que los eslavos llegaron a serlo, sólo en el contacto con el mundo romano-bizantino. Así, pues, la etnicidad eslava ―y ésta es la médula y el meollo del libro― es un invento de los escritores bizantinos, quienes usaron denominaciones como Sklavenoi para identificar grupos de poblaciones de la región danubiana, que aparecen en el horizonte bizantino desde la época del emperador Justiniano el Grande. Florin Curta, profesor de la Universidad de Florida, tiene formación de historiador y de arqueólogo y eso se nota en su libro. Además, construye su tesis a partir de los postulados y perpectivas de la antropología. Es, precisamente, esa visión de conjunto la que le otorga al libro una singularidad especial. Su autor, en un ejercicio notable, es capaz de contrastar las fuentes literarias con los hallazgos arqueológicos, llegando a conclusiones que vienen a renovar los estudios acerca de los orígines eslavos. Si alguien se había preguntado qué pasó con la discusión acerca de los orígenes eslavos después de la sorprendente tesis filológica de O. Pritsak (Settimane di Spoleto, 1983), encontrará en la obra de F. Curta una adecuada respuesta, como para referirse ya con más cuidado a la “oscura progresión” de los eslavos, como la llamara L. Musset. El libro consta de siete capítulos, a través de los cuales el autor desarrolla su tesis. Si los primeros cuatro capítulos se centran, esencialmente, en las fuentes literarias, los últimos lo hacen en la información arqueológica. El primer capítulo es una introducción conceptual acerca del ―indefinible‖ concepto de etnicidad. El segundo y el tercer capítulo están dedicados a una presentación crítica y comentada de las fuentes para el estudio de la historia de los eslavos tempranos, donde el autor demuestra su dominio de la materia a través de una exposición precisa y fundamentada. Interesante, sin duda, es su explicación en relación a la confusión de nombres y el uso de antiguos mapas. Se trata de una de las partes más logradas, a nuestro juicio, del libro, en cuanto poner al día al lector en relación al ―estado de la cuestión‖. Desde el capítulo cuatro y hasta el final del libro, el autor nos introduce en los hallazgos que ha realizado la arqueología en la región danubiana, zona fronteriza ―limes― entre el mundo eslavo y Bizancio, con énfasis en la actividad constructiva del emperador Justiniano (cap. 4), la formación de la identidad étnica entre las tribus bárbaras de las inmediaciones del Danubio y sus evidencias materiales(cap. 5), tema que también se aborda en el capítulo siguiente aunque focalizado en regiones tales como Rumania, Moldavia y Ucrania. Del análisis presentado en tales capítulos se desprende una nueva imagen del mundo eslavo primitivo y la constatación de que, antes de la fortificación del Danubio por Justiniano, ya había eslavos en la región. El análisis de los hallazgos numismáticos, por otra parte y siempre según el autor, permite explicar el colapso de las defensas danubianas como un problema estrictamente bizantino, y no en relación a las invasiones eslavas. También se detiene el autor en el estudio de la formación de las élites y de las formas que revistió el poder político entre los antiguos eslavos, una vez más agregando al análisis de las fuentes literarias los aportes de la arqueología a la luz de conceptos tomados de la antropología (cap. 7). Finalmente, en la Conclusión, el profesor Curta nos entrega una visón sumaria e integradora de las diversas vías que nos fue revelando a través del libro. A quienes sostienen que la historia de los eslavos comenzó en el siglo VI, Curta ―como dice en la Conclusión― les dice que los eslavos, en realidad, fueron una invención del siglo VI, detrás de la cual se oculta, naturalmente, una etiqueta elaborada por los extranjeros al mismo tiempo que una forma de autoidentificación. Una impresionante bibliografía de setenta y ocho páginas al final del libro (pp. 372-450) no sólo es útil para el lector, sino que también nos habla del notable aparato crítico de la obra en comento. En fin, estamos frente a una investigación sólida y sugerente, que tiene el mérito de integrar la evidencia material y arqueológica, con una visión histórica de los procesos culturales que intervienen en la formación de la etnicidad eslava.

[José MARÍN. “Reseña”, in Byzantion Nea Hellás (Chile), nº 25, 2006, pp. 358-361]

✍ El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio [2006]

Escribió Montaigne: “Hacen que odie las cosas verosímiles cuando me son postuladas como infalibles. Gusto de esas palabras que morigeran la temeridad de nuestras proposiciones: Acaso, En cierta forma, Algunos, Según dicen, Considero, y otras similares”. El autor de los Ensayos se estaba refiriendo a fines del siglo XVI nada menos que a la cláusula gatillo que declaraba verdad una conjetura y permitía asar vivo a un hombre acusado de herejía. Un acto jurídico da cuenta apenas de un suceso y eso puede no conformar al historiador, para quien el acontecimiento resulta insuficiente en su tarea de reconstruir fenómenos más amplios como economías, sociedades, culturas. Sin embargo, un proceso judicial puede ser un buen punto de partida, con el matiz de que aquello que para el juez es negativo, el margen de incertidumbre, al historiador puede exigirle abrirse al contexto del caso y obtener de él respuestas que el caso esconde. El historiador acudirá entonces a los “acaso”, a los “en cierta forma” de los que hablaba Montaigne, convirtiendo en elementos narrativos los límites y vacíos que las huellas y los documentos presentan. En este libro, “El hilo y las huellas”, el historiador italiano Carlo Ginzburg, conocido especialmente por su extraordinario libro “El queso y los gusanos”, reúne ensayos y artículos de distinta época y tema. Declara que “lo que mantiene unidos los capítulos de este libro, dedicados a temas muy heterogéneos, es la relación entre el hilo -el hilo del relato, que nos ayuda a orientarnos en el laberinto de la realidad- y las huellas”. De todas maneras, se pueden identificar en el conjunto dos tipos de trabajos: unos que reflexionan sobre los métodos de lo que finalmente, y con recaudos, quedó bautizado como microhistoria y de la que Ginzburg es, por estos pagos, el más reconocido exponente. Dos de esos trabajos, uno sobre “El regreso de Martin Guerre” y otro titulado “Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella”, permiten deducir el tipo de investigación y de producción de esta rama historiográfica, al tiempo que exponen su propia historia, investigando los antecedentes que alimentaron el momento de plenitud a partir de los años 1970 del siglo pasado. Otros trabajos incluidos en el volumen son presentaciones de estudios realizados en el marco de la disciplina. El asunto más recurrido es el de la dimensión narrativa de la historia, o para decirlo con fórmula amplia, el de los vínculos cambiantes entre relatos historiográficos y de otros tipos (epopeya, novela, cine). Si el punto de partida es un caso, el uso de la analogía para subsanar lagunas desliza el relato histórico a un terreno que, con término temerario y provocador, llamaríamos de la invención. De esta forma el discurso histórico se aproxima al ficcional, borrando los severos límites que muchas escuelas de historiadores trazaron. Historia y ficción. Los ensayos del libro nos muestran que el gran desafío de la historia como narrativa acontece paralelamente al desarrollo de la novela. Defoe, Fielding, Stendhal, Tolstoi serán invitados de honor de las reflexiones de Ginzburg. Pero sin duda tanto Balzac como Manzoni le darán los mejores argumentos para su tarea de narrar la historia. Estos dos amenazan apropiarse de la historia a partir de un modo de escritura que funde realidad y ficción, penetrando en los hechos domésticos y en las huellas que lejos estaban de haber sido pensadas como documentos para la posteridad. Manzoni escribió un texto precoz y menos conocido que el ofrecimiento de Balzac de ser secretario de la historia, en el que expresa la idea de que la conjetura también aproxima lo real, dejando constancia de cuándo son inducciones o proyecciones que reparan los vacíos documentales. Un siglo y medio después, con las reformulaciones de los métodos de investigación histórica y los procedimientos narrativos que superaron la retórica realista de los novelistas del XIX, la separación entre el discurso histórico y el de ficción parece menos segura. Los problemas principales que se plantean en este conjunto están anticipados por el subtítulo que acompaña el título metafórico: “Lo verdadero, lo falso, lo ficticio”. De manera que la representación de la realidad, la relaciones entre ficción y verdad, entre lo falso y verdadero estarán permanentemente acechadas por las especulaciones de los diversos ensayos. Por supuesto que Ginzburg vive el conflicto presentado por los que llama escépticos y desconstructivistas, en particular por la figura del historiador Hayden White, de quien hace, en uno de los ensayos, la presentación de su carrera formativa. Fue White el que con más insistencia difundió, en el campo de la historia, un principio que afectaría todo análisis del discurso a partir del posestructuralismo y que puede resumirse en la fórmula un poco irónica de que “el historiador escribe”. La apretada síntesis de la frase puede expandirse con la idea de que al escribir crea la realidad que menta o que solo es representativo de su propia escritura. Ya los antropólogos habían sido cáusticos en este punto recordando que “el etnógrafo escribe”, cuando podría entenderse que da cuenta de una realidad sin  mediarla, tocarla, afectarla y hasta manipularla con su escritura. Ginzburg rechaza estas posiciones extremas, que parecen escindir todo discurso de la realidad .”Contra estas tendencias -escribe Ginzburg- debe enfatizarse, en cambio, que una mayor conciencia de la dimensión narrativa no implica una mengua de las posibilidades cognitivas de la historiografía sino, por el contrario, una intensificación de ellas”. Ginzburg admite, por cierto, el carácter subjetivo de los discursos históricos, pero ello no le impide observar que, visto que el pasado solo puede ser conocido por sus huellas, el historiador debe conseguir hacerle decir a ese pasado más que lo que tuvo a bien dejarnos dicho. Con Marc Bloch concluye que “bien mirado, es un gran desquite de la inteligencia sobre los hechos”. Un historiador como Ginzburg se embarca en la dilucidación de ese plus, de esas huellas incontroladas e involuntarias. Sus grandes investigaciones sobre la brujería tuvieron que dar vuelta los documentos existentes para poder leerlos en su reverso: en el capítulo “El inquisidor como antropólogo” explana los reversos de los interrogatorios inquisitoriales para atisbar en los mundos de los interrogados. Sinteticemos entonces que, tal como lo expresa Ginzburg, la virtud de un libro como El queso y los gusanos no fue haber reconstruido la peripecia individual del molinero de Friuli sino haberla relatado. Pero, y esto fue también principio nodal de su sistema, no buscó encubrir o recubrir las lagunas de la documentación (inevitables, por otra parte, en cualquier investigación) para construir una superficie tersa de la narración, sino que integró las dudas, las hipótesis, las incertidumbres al propio relato: “Los obstáculos que salieron al paso de la investigación eran elementos constitutivos de la documentación y, por tanto, debían volverse parte del relato: así como las vacilaciones y los silencios del protagonista frente a las preguntas de los instructores del proceso, o frente a las mías”. El lector de un libro como este puede disfrutar de las digresiones y las continuas arborescencias que se extienden desde el tema central hasta las ramas y las hojas más remotas para regresar luego, recargadas, más o menos al punto de partida. O, por el contrario, puede desconcertarse y sofocarse con el sobrepeso de la erudición en el dato minúsculo, biográfico o bibliográfico.

[Oscar BRANDO. “Tiempo y relato”, in El País (Montevideo), 14 de enero de 2011]

␥ José Luis Martínez [1918-2007]

Desde que llegó a la ciudad de México hacia los veinte años de edad, a finales de la década de los treinta, José Luis Martínez sorprendió a sus amigos y maestros por su laboriosidad, inteligencia, memoria, capacidad de organización (personal y de los otros) y por un raro sentido de la ponderación y el buen juicio. Fundó, junto con sus amigos Alí Chumacero, Jorge González Durán y Leopoldo Zea, la revista “Tierra nueva” y colaboró diligentemente en las revistas animadas por Octavio G. Barreda, “Letras de México” y “El hijo pródigo”. Fue secretario de Alfonso Reyes y de El Colegio Nacional. Destacó como historiador de la literatura nacional a través de múltiples trabajos panorámicos (La expresión nacional, Literatura mexicana del siglo XX), ediciones (de Justo Sierra, Manuel Acuña, Ignacio Manuel Altamirano, Ramón López Velarde, Ignacio Ramírez), estudios monográficos (Nezahualcóyotl, Juan José Arreola, Octavio Paz). Durante años sostuvo la cátedra de “Teoría literaria” en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Desempeñó, además de diversos cargos oficiales, como diputado, senador y embajador, múltiples y variopintos encargos académicos. Ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua el 11 de abril de 1958 y fue su director desde 1980 hasta 2002. Formó parte de la junta de gobierno de El Colegio de México. Dirigió la editorial gubernamental Fondo de Cultura Económica entre 1977 y 1982. Contemporáneo, paisano y amigo de Arreola, Juan Rulfo y Antonio Alatorre, Martínez compartió con estos escritores el gusto por la claridad y la exactitud. Se ha dicho que su prosa es el más puro ejemplo de prosa francesa escrita en castellano. Desde fechas tempranas, se interesó por la historia y, de hecho, la parte final de su vida tuvo que ver con este ejercicio de la memoria. Su obra cumbre es el libro “Hernán Cortés” (1990), un raro ejemplo de método progresivo entre historia, la narración, información de primera mano, frescura y penetración en el juicio. A esa obra central y centrada han de añadirse no sólo los cuatro tomos de documentos cortesianos anotados sino otros libros que subrayan la vocación historiográfica de José Luis Martínez, como “Vida privada de los emigrantes” (1992) y “Pasajeros de Indias” (1983), minuciosos recuentos de la vida cotidiana de aquel entonces. José Luis Martínez editó y leyó él mismo prácticamente toda la literatura y la historiografía mexicanas de los siglos XIX y XX. Además de una caudalosa bibliografía, dejó una biblioteca personal que es una de las más valiosas colecciones bibliográficas de todo el mundo de habla hispana y un caudal de proyectos de libros en ciernes o a medio elaborar que dan idea de su mirada crítica y su inteligencia panorámica.

[Ángel CASTAÑÓN. “In memoriam”, in Istor, nº 31, Año VIII, 2007, pp. 172-173]

◻ Carlo Ginzburg. Una “ratio” individualizante y universal [1990]

Entre los nuevos horizontes que la restauración de las libertades ha abierto para los pensadores y lectores de la Argentina, uno de los más cautivantes es el que alberga a las últimas tendencias en la historia de las mentalidades y en la historia cultural. Por cierto que, antes del año 1983, algunos investigadores cultivaban ya el campo desde perspectivas lucidas, atentas a la renovación que aportaban la escuela de Annales y la historiografía italiana de la década de los ’70. Pienso sobre todo en Nilda Guglielmi, que mantenía y enriquecía la continuidad de una tradición asentada en los trabajos de José Luis Romero (1), y en la figura de Ángel Castellán, cuya reflexión sobre vexatae quaestiones del Renacimento y del Barroco, aunque solitaria, no resultaba por ello menos critica, inédita y revulsiva (2). Pero lo que faltaba, y estos años nos han traído, era lo que podríamos llamar un interés “colectivo”, un volcarse de la curiosidad, mas que nada estudiantil, hacia aquella tópica. Otra vez, el apasionamiento que los jóvenes dedican a un asunto es nuestro mejor acicate, la levadura de un saber en perpetuo crecimiento, la garantía de una ciencia libre. De las “nuevas tierras” teníamos ya noticias en los años ’60, pero la empresa de un Lucien Febvre, por ejemplo, parecía entonces algo trunca (3). Las historias económica y social (social en un sentido estricto, sociológico) prevalecían soberanas, ora en versiones estadísticas, neoliberales (4), ora en versiones marxistas para las que la lucha social nacía de una dialéctica férrea, casi mecánica de los modos de producción (5). Una y otras se destacaban a menudo por su amor a lo cuantitativo, aparato formal que se imponía como modelo aun a quienes osaban hacer una historia de la cultura (6). El estallido del ’68, la crisis del marxismo, el eurocomunismo y la resurrección de Gramsci mas allá de Italia (7) fueron tal vez factores decisivos en esa inflexión de los estudios históricos, que otorgo una vitalidad inesperada a la historia de las mentalidades. No solo el remozamiento sino el sesgo de la cuestión resulto insólito, porque los historiadores marxistas se estusiasmaban ahora con la idea de analizar y desmontar mucho mas que lo “superestructural”: se trataba de .quebrar el cerco determinista de lo ideológico y dar cabida a ideas de persistencia, a procesos de larga duración, a resurrecciones insospechadas de formas mentales. Así ocurrió que bajo distintas denominaciones -historia de la cultura popular, historia de la cultura o de las ideas de las clases subalternas- la historia de las mentalidades adquirió una respetabilidad, un status científico que hasta allí le había sido retaceado (8). Porque incluso para quienes no compartimos los paradigmas marxistas (y al decir “paradigmas” aludo a sistemas integrales de la teoría y de la acción (9), solo un pensar que entable un debate abierto y receptivo con el marxismo puede aspirar a constituirse hoy como una reflexión valida y alternativa. Lo cual implica que tanto los marxistas cuanto los no marxistas admitamos categorías e hipótesis comunes que el propio Marx formulo. Sigo creyendo que la situación actual es semejante a la del bajo Medioevo, cuando pensar era casi siempre razonar a partir de los términos y categorías de Aristóteles. Pensar sobre la sociedad es, en nuestro tiempo, discurrir por los caminos que Marx transito y dejo marcados en sus señales y mojones (10). Volvamos al hilo de nuestro discurso. El italiano Carlo Ginzburg es un representante culto y fecundo de la nueva era en la historia de las mentalidades, aunque el mismo rechace hasta cierto punto esa denominación para su disciplina, prefiriendo la de historia de las culturas subalternas (11). A pesar de ello, permítaseme incluir a nuestro autor en la primera formula, considerada en el modo mas abarcante posible. El fin de este escrito es ubicar a Ginzburg en una malla de relaciones amplias que, al fin de cuentas, el nunca rehúye destacar en la latitud increíble y aplastante de sus notas. Si bien ellas confirman las derivaciones de Gramsci, Bakhtin y Cantimori, patentes ya en los relatos novelescos, por no decir poemáticos, de la historia central y de sus ramificaciones, en las notas Ginzburg reconoce, por ejemplo, usar directamente conceptos e instrumentos metodológicos elaborados por Febvre (12), o bien trasladados a una dimensión polémica por los mismos críticos de su obra (13). Pero veamos de cerca a nuestro personaje. Carlo es hijo de Natalia y de León Ginzburg. Su madre es una -escritora notable cuyo lenguaje puede expresar la tristeza insondable en una novela como Caro Michele y también el encanto, la alegría de lo cotidiano en Lessico famigliare. Su padre fue profesor de literatura rusa, se negó a prestar juramento de fidelidad al régimen fascista en 1932, fue mas tarde miembro de la Resistencia y murió, victima de la persecución antisemita y política, en 1944 (14). Desde un comienzo, encontramos en torno a Carlo esa atmosfera de humanismo comprometido, a la par que abierto, universal, plástico, que caracteriza a los intelectuales italianos y que nuestro Ginzburg reforzaría mediante la elección de sus matres a penser. En primer Lugar, Dello Cantimori, el primer historiador italiano que aprecio la importancia de la escuela de Annales y trabo relaciones con ella (15). Cantimori había sido fascista en los ´30, pero milito en el partido comunista desde el fin de la guerra y consagro los últimos años de su vida a la traducción del libro I de El Capital. Carlo heredo de este maestro la relación con Annales, el interés por los movimientos heréticos, underground y marginales de la modernidad, y una lucida falta de prejuicios (la intraducible spregiudicatezza) en el abordaje de lo nuevo. A los americanos, siempre algo maniqueos, pueden parecernos paradójicos, inconciliables, el pasado familiar de Carlo Ginzburg y su acercamiento a una figura ambivalente como la de Cantimori. Pero, no olvidemos que este no fue un caso excepcional en la cultura italiana de posguerra. Sin llegar a los extremos de un Malaparte, Eugenio Garin tuvo una evolución parecida, creció bajo la influencia de Giovanni Gentile y se convirtió mas tarde en una figura académica relevante de las izquierdas. Nuestro Mondolfo, sin ir mas lejos, que tanto ha iluminado estas tierras con sus visiones de las líneas anticontemplativas y “proletarias” en el mundo antiguo, de la cultura mecánica del Renacimiento, del humanismo de Marx, acepto el juramento del ´32 y permaneció en la universidad italiana hasta la sanción de las leyes antisemitas en 1938. Algunos tendrán estas actitudes por síntomas de oportunismo. Por mi parte, creo mas bien que la primer etapa de los pensadores anotados ha de vincularse a la confusión ideológica que provocan los populismos, máximo cuando arrastran consigo componentes nietzscheanos. En cuanto a la segunda etapa, fue para mi un esfuerzo imponente de rectificación, de admisión honesta de lo hecho, de critica racional de uno mismo, saltando por sobre los dogmas. Tal es el temple del humanismo italiano de la segunda mitad del siglo, que en nuestro Ginzburg se combina además con un halito enlatecedor hacia el “otro”, antagonista y hasta victimario involuntario de su padre, un “hombre justo” sin lugar a dudas. Retornemos a Carlo una vez mas. En los años ´60, Foulcaut lo impresiona con su Histoire de la folie, pero lo decepciona luego con Les mots et les choses (16). El viaje que Ginzburg realizo a Londres fue importantísimo para afirmarlo en la convicción de que algo nuevo se abría paso. Su incursión en el Instituto Warburg y sus lecturas de Gombrich le exibieron un área problemática afín a sus preocupacioes por las permanencias y el devenir: el mundo de las imágenes, de los símbolos visuales, de los emblemeta (17). De este periodo data su primer libro sobre un tema de la cultura popular en los siglos XVI y XVII: I benandanti (18). La obra tuvo escasa resonancia e incluso algunas resistencias entre los historiadores cercanos al autor (19). Nadie se percataba de que ese estudio sobre una secta campesina, casi quijotesca, enfrentada contra los demonios por el bien de las cosechas y desfacedora de sus encantamientos, entrañaba una manera nueva de ver y de escribir la historia, de acceder a nudos esenciales del fluir de la cultura europea desde el análisis de asuntos en apariencia marginales. Quizás, en aquel momento, los lectores de Ginsburg percibieron I benandanti como una recaída en una vieja historiografía de la cultura, amante del suceso “individual”. Objeción que Ginzburg había previsto en el texto del mismo libro al escribir: “…Donde esperábamos encontrar al individuo en su inmediatez, supuesta fuera de la historia, nos topamos con la fuerza de las, tradiciones de la comunidad, las esperanzas y las necesidades ligadas a la vida en sociedad.” (20). En efecto, Ginzburg había seguido paso a paso los procesos inquisitoriales contra campesinos del Friule, acusados de realizar ritos sospechosos de brujería. Del análisis de cada causa y expediente particulares, Ginzburg demostraba la persistencia de una religiosidad precristiana, bajo una veste cristianizada, que se erguía como barrera contra la acción maléfica de los hechiceros y los brujos en el seno de la cultura campesina. Incapaz de comprender el fenómeno en estos términos de marcada alteridad, la cultura dominante había intentado desde un principio encuadrar esas manifestaciones en el sistema teológico oficial, asimilándolas a sus preconceptos del satanismo y de la brujería. Tanta fue la presión jurídica y social en esa dirección que los benandanti terminaron por admitir aquella asimilación, curiosamente al mismo tempo que las creencias en la brujería entraban en una etapa de disgregación definitiva. Ginzburg ubicaba en el centro de sus reflexiones la cuestión de las relaciones, de la “circularidad” entre cultura dominante y cultura de las clases subalternas. Mas, a pesar de que por esos años Caro Baroja, Mandrou y Norman Cohn coincidían en un. esfuerzo semejante en torso al tema de la brujería propiamente dicha (21), I benandanti paso inadvertido. No parecía que los tiempos estuvieran maduros. La ya señalada crisis del marxismo y el consiguiente vuelco al tratamiento de las mentalidades por parte de historiadores de lo social “puro”, como Le Roy Ladurie que del “sótano” ascendía hasta el “granero”, o de historiadores marxistas como Vovelle, contribuyeron a que El queso y los gusanos, escrito por Guinzburg en los ’70, tuviese una difusión rapidísima en toda Europa y transformase a su autor en figura insoslayable de la vanguardia historiográfica (22). El queso y los gusanos es la historia de las ideas de Menocchio, un molinero friulano del siglo XVI. En las conversaciones con sus paisanos despuntan la audacia y la temeridad de un pensamiento que, en el ambiente de la Contrarreforma, termina oliendo a herejía y desencadena una denuncia ante el Santo Oficio. Menocchio comparece y expone abiertamente frente al inquisidor su concepto peculiar del cosmos, de la religión, de la moral. Las actas del interrogatorio y del proceso vierten al latín, al lenguaje oficial de los tribunales eclesiásticos, los discursos en vulgar molinero. De modo que tenemos una visión mediatizada, traducida, deformada del mundo mental de Menocchio, pero Guinzburg no se arredra y arremete con ella para arrancarle los hilos que le permitirán reconstruir la trama viva de un pensamiento sojuzgado. Entonces se nos aparece una lista sorprendente de lecturas que ha realizedo Menocchio, unas relaciones inesperadas entre la cultura popular y la mas “alta” cultura humanista de aquella epoce. Dante, Boccaccio y Servet habrían alimentado directamente la reflexión del molinero; sus lucess terminan abarcando un espectro en el que confluirán Montaigne, Bruno, Spinoza y Hegel (23). Pero lo mas apasionante del relato de Ginzburg es su indagación de como Menocchio reelabora, tritura y metamorfosea lo que lee. La Reforma religiosa había, roto los tientos que mantenían atada la mente del campesino; la imprenta le había facilitado las palabras, los circunloquios, las categorías, los moldes expresivos; sin embargo, Menocchio hablo de un cosmos completamente suyo, suyo en su calidad de campesino, suyo en cuanto a la excepcionalidad de su vida, inteligencia y coraje. Menocchio dejo al descubierto una visión panteísta, materialista de lo divino, lo natural y to humano, cuyas raíces eran antiquísimas en el medio rural del Mediterráneo, pero asimismo dirigió su mirada a la utopia, a un orbe social de religiosidad sencilla, libre de supremacías físicas y de actos de despojo. Menocchio se ha convertido en el heraldo de un “mundo nuevo” que todavía aguardamos. Su historia demuestra a las claras como grandes ideas son alumbradas fuera de la cultura de las clases dominantes. Ella es, de la misma manera que la historia de los benandant, el signo de un giro dramático de la cultura europea en los siglos XVI y XVII: el que impuso una escisión, un divorcio abismal entre la cultura hegemónica de las clases dominantes y la raíz popular de la civilización medieval-renacentista. Mas aun, una vuelta de tuerca que llevo a la represión y al aniquilamiento de la cultura subalterna de la que brotaba el saber rico, humanitario, policromatico y racional de Menocchio. Tras seguir las pistas innumerables sugeridas por la biografía del molinero, Ginzburg ha podido recrear legítimamente un colectivo, el universo mental del campesinado europeo, y ha conseguido atraparlo en el momento de una de sus mas trágicas transformaciones. De las capas sucesivas que se han ido descubriendo alrededor de la experiencia de un individuo, se ha formado un retrato complejo de la vida social, abierto hacia ambos extremos del tiempo: hacia el pasado, porque repite los rasgos seculares de una cultura popular, hacia el futuro, porque presenta el preludio de la lucha entre las comunidades primarias y las formas nuevas de poder. No es extraño que Ginzburg quiera coronar este periodo de su trabajo con la propuesta de un paradigma para las ciencias del hombre, para el ejercicio de la ratio en la historia. En un conjunto de ensayos reunidos por A. Gargani en 1979, nuestro autor presento un esbozo de sus ideas al respecto (24). Partió de una generalización deslumbrante que abrazo los métodos aparentemente alejados del experto en atribuciones artísticas. (Morelli), de la novela policial (Conan Doyle) y del psicoanálisis (Freud); así demostró la fertilidad de un estudio de lo singular, basado en los indicios diminutos que las abstracciones sucesivas de una ratio galileana han desechado. Lo paradójico es que el Estado moderno parecería haber aprehendido las posibilidades del método de las señales pequeñas e involuntarias, haberlas aprovechado en beneficio de su poder abstracto y totalizante. La consecuencia ha sido la invención de sistemas identificatorios y de mecanismos agobiantes de control o vigilancia sobre las personas. Pero Ginzburg, al sacar a la luz el paradigma indiciario, al revelarnos también su antigüedad y su universalidad (es el paradigma del cazador africano, del baqueano de la pampa, del labrador en el loess de las matronas y parteras de aldea), lo ha rescatado para nosotros, los hombres comunes, ha hecho de el un instrumento racional que nos permitirá recuperar los significados, las relaciones múltiples del obrar y del soñar, con las que los individuos en sociedad construiremos una historia digna de ser vivida. En las ’80, Ginzburg ha vuelto a su interés por la historia del arte y de la iconología. Ha aplicado su modelo indiciario a la solución de un viejo problema: se trata nuevamente de un significado perdido, el de la tabla de la Flagelación, pintada por Piero della Francesca a mediados del siglo XV. Ginzburg conduce una pesquisa a lo Holmes en un texto tenso, transido de desasosiego (25). Y vemos ante nosotros a un artista en dialogo sutil con su comitente, manipulando pinceles e ideas con una dignidad nueva, aunando en una misma representación la geometría, la crisis religiosa, la muerte y la bella estampa de los hombres. Los estudiantes del curso de historiografía del arte, asombrados por lo que entendían era vino viejo en odres nuevos, la resurrección enésima de la iconología, me preguntaban: “Que hay de nuevo en la Pesquisa sabre Piero? No es peligroso, aquí en Latinoamérica, donde todavía es tan confusa la instancia de lo colectivo, dedicarnos a armar puzzles individuales? No es todo esto un juego?” Debo confesar que las preguntas de estos jóvenes impidieron que mi entusiasmo por Ginzburg me condujera a hacer de sus escritos una lectura solo encandilada y a la postre frívola. Buscando las respuestas, redacte estos comentarios que aquí termino. Pero agregaría algo mas: lo nuevo de la Pesquisa es la angustia que subtiende el hacer de Ginzburg, el hacer de Piero y de cualquier individuo, el dolor despierto que solo se resuelve en una empresa para los otros, en un trabajo significante, en una trascendencia colectiva. Es un juego, si, un “juego de paciencia” (26) en el que apostamos la libertad y la existencia.

NOTAS. (1). Nilda Guglielmi, La ciudad medieval y sus gentes, Italia, siglos XII-XV. Buenos Aires, FECYC, 1981; Marginalidad en la Edad Media, Buenos Aires, Eudeba, 1987. José Luis Romero, La revolución burguesa en el mundo feudal. Buenos Aires, Sudamericana, 1967; Estudios de la mentalidad burguesa. Madrid, Alianza, 1987. (2). Ángel Castellán, Algunas preguntas por lo moderno. Buenos Aires, Teknt, 1986. (3). Lucien Febvre, Le probleme de I’incroyance au 16e siecle. La religion de Rabelais. Paris, Albin Michel, 1968; “Sorcellerie, sottise ou revolution mentale?” in Annales E.S.C. 1948, pp. 9-15; “Histoire des sentiments, La terreur” in Annales E.S.C., 1951, pp. 520-523; “Pour l’histoire d’un sentiment: le besoin de securite” in Annales E.S.C., 1956, pp. 244-247. (4). Véase, por ejemplo, B.H.Slicher Van Bath, Historia agraria de Europa occidental (500-1850).- Barcelona, Peninsula, 1974. P.Deane y W.A.Cole, British Economic Growth.1688-1959. Trends and Structure. Cambridge, 1962. (5). Vease al respecto el iluminante articulo de Pierre Vilar, Histoire marxiste, histoire en contruction. En Faire de l´histoire (bajo la direccion de Jacques Le Goff y Pierre Nora). Paris, Gallimard, 1974, I. “Nouveaux problemes”, pp. 231-284. (6). De hecho, el modelo cuantitativo no ha perdido peso en el actual periodo de auge de los estudios que estamos reseñando. cf. Francois Furet. Le quantitatif en histoire. En Faire de l´historie…, I, pp. 69-93. (7). Perry Anderson, Tras las huellas del materialismo histórico. México, Siglo XXI, 1986, pp. 29-33. pp. 42 y ss. (8). Michel Vovelle, Ideologías y mentalidades. Barcelona, Ariel, 1984. (9). Sobre el particular, considérese la duda que nuesto Ginzburg abriga sobre la pertinencia del calificativo “marxista” aplicado a su maestro Delio Cantimori: Keith Luria y Rómulo Gandolfo, “Carlo Ginsburg: An Interview”, in Radical Historical Review, 35, p.95, 1986. (10). J.E.Burucua, Marginalia. Una aproximaciom metamarxista al arte del siglo XVII. En vías de publicación en las actas del Congreso de Historia de la Psicología, organizado por la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, junio a noviembre de 1987. (11). Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Barcelona, Muchnik, 1981, prefacio. (12). Ibídem, pp. 228 y 235. La noción de outillage mental y las distinciones entre “contacto” e “influencia” cultural. (13). Ibídem, p. 231. (14). Keith Luria y Rómulo Gandolfo, op. cit., pp. 89-90. (15). Ibídem, p. 95. (16). Ibídem, pp. 102-103. Si alguien esta interesado en acompañarme en una apreciación paralela, puede leer mi articulo “Lo superficial y lo profundo en un análisis estructural de “Las Meninas” a publicarse próximamente en la revista Quiron, La Plata, Fundación Mainetti. (17). Keit Luria y Rómulo Gandolfo, op. cit., p. 91. Ginzburg trazo mas tarde una historia de la escuela iconológica en su articulo “D.A. Warburg a E. H. Gombrich (Note su un problema di método)” in Studi Medievalit serie III, VII, 1966, pp. 1015-1065. (18). I benandanti. Stregoneria e culti agrari tra Cinquecento e Seicento. Turin, Einaudi, 1966. Inhallable en la Argentina, he consultado la version francesa: Les batailles nocturnes. Sorcellerie et rituels agraires aux XVIe. et XVII siecles. Paris, Flammarion, 1984. (19). Keith Luria y Rómulo Gandolfo, op. cit., pp. 95-96. (20). Les batailles…, p. 102. (21). Julio Caro Baroja, Las brujas y su mundo. Madrid, Revista de Occidente, 1961. Robert Mandrou, Magistrats et sorciers en France au XVIIe siècle. Una analyse de psychologie historique. Paris, Pion, 1968. Norman Cohn, Los demonios familiares de Europa. Madrid, Alianza, 1980. Entiendo que un punto clave de la cuestión ha sido deliberadamente dejado en la nebulosa por Ginzburg. Me refiero a la “realidad” de las reuniones de los benandanti o de los sabbat. Por lo general, Ginzburg subraya el carácter ilusorio de viajes y acciones, cumplidas “en .espíritu”, en los propios testimonios de los bemandanti. Pero urn .pasaje importante del libro ( Les batailles… p. 201-203) esta destinado a sugerir que algo concreto debió de suceder en ciertos casos. Lo cual contrasta con la repulsa absoluta, que mantiene Cohn, de la participación “real” de las brujas en cualquier tipo de encuentro. (22). Keith Luria, “The paradoxical Carlo Guinzburg”, in Radical History Review, 35, pp. 80-87, 1986. (23). Acerca de Dios, Menocchio declaraba: “… así este intelecto por el conocimeinto quiere expandirse para hacer este mundo.” (El queso…, p. 97). (24). Señales. Raíces de an paradigma indiciario. En La crisis de la razón. Nuevos modelos en la relación entre saber y actividad humana . A cargo de Aldo Gargani, México, Siglo XXI, 1983; pp. 55-59. (25). Pesquisa sobre Piero . Barcelona MuchniK, 1984. (26). Carlo Ginzburg y Adriano Prosperi, Giochi di pazienza. Un seminario sul “Beneficio di Cristo”. Turín,- Einaudi, 1975.

[José E. BURUCÚA. “Carlo Ginzburg. Una ratio individualizante y universal”, in Boletín de Historia Social Europea, nº 2, 1990, pp. 96-104]

◼ Entrevista con el arqueólogo e historiador Mario Liverani [2004]

Dice Mario Liverani: “Tengo 64 años y nací en Roma, aunque he vivido en Siria, Turquía y Libia, excavando. Soy arqueólogo y profesor de Historia Antigua de Oriente Medio en la Universidad La Sapienza (Roma). Estoy casado y tengo dos hijos (31 y 26 años). Soy de izquierdas y agnóstico.Gracias a la escritura emergieron las sociedades complejas urbanas”. Mesopotamia, la tierra entre el Tigris y el Éufrates, diríase predestinada a ser escenario de pasajes cruciales de la historia de la humanidad. Fue cuna de la escritura y hoy la vemos reventada por las bombas: esta generación presencia tan penoso bucle de 5.000 años de historia humana… Allí empezaron los poemas de amor y también las declaraciones de guerra… Todos los que escribimos deberíamos orar cada día por ese lugar… Lo hace por nosotros Mario Liverani, que se dedica a desenterrar y a leer tablillas de barro de hace miles de años. Le sorprendo en el Museu de la Ciència, hipnotizado por un cilindro de terracota cubierto de un texto escrito hace 3.800 años: en él, un rey explica las obras que ha hecho en el río Tigris. ¿Qué queda de aquella obra? Sólo el texto, la escritura

–¿Qué sabe de la torre de Babel?

–¿Se refiere a la de la Biblia?

–Sí.Ya sabe: los hombres alzaron una torre retadora, un desafío a Dios, y entonces…

–… y Dios los castigó diversificando sus lenguas. Dejaron de tener todos la misma y única lengua. Sin poder ya entenderse entre ellos, la obra quedó inconclusa.

–Eso: ¿existe ahí alguna verdad histórica?

–No. Sólo que al ser los hebreos deportados a Babilonia en el siglo VI a.C., vieron los antiguos zigurats ya deteriorados y constataron la variedad de lenguas de la zona: eso pudo inspirarles tan bella y alegórica historia.

–¿Y la escritura? ¿Se sabe cuándo aparece?

–Hacia el 3.200 a.C.

–¿Dónde?

–Precisamente allí, en Mesopotamia. Y, a la vez, aparece también en Egipto.

–¿En paralelo y sin contacto entre ambas?

–Son dos escrituras distintas, sin influencia mutua. Contactos sí hubo, pues vemos en Egipto motivos decorativos mesopotámicos.

–¿Podemos atribuirle a alguien el honor de ser el inventor de la escritura?

–No. Hay dos teorías… Una sostiene que la escritura fue un invento paulatino. Otra argumenta que un sistema tan complejo y, a la vez, tan completo y coherente, tuvo que ser obra de una sola mente humana.

–¿Y usted qué dice?

–Las dos tienen razón: desde la prehistoria hubo intentos de registrar cosas, y llega un momento en que alguien da un salto colosal y organiza metódicamente esos intentos.

–¿Hubo una “escritura prehistórica”?

–Había unas piececitas de barro cocido (o de piedra) con una señal grabada: una cruz, por ejemplo. Cada piececita simbolizaba una oveja, y se metían en una vasija de barro, que simbolizaba un rebaño de ovejas.

–Una prehistoria de la escritura, pues…

–Luego esa señal de la piececita fue usada ya como signo aislado, sobre alguna superficie: ¡una cruz significará “oveja”, pues! Ese proceso gradual conducirá hasta la escritura.

–¿Cuál es el documento escrito más antiguo conocido?

–Las tablillas de Uruk, del 3.200 a.C., en Mesopotamia. Sobre tablillas de barro blando grababan signos con una cañita. Es la escritura cuneiforme, o sea, en forma de cuña.

–¿Por qué se la llama así?

–Porque los signos parecen clavitos, cuñas, a causa del ángulo con que la cañita incidía en el barro blando. Los signos eran dibujos estilizados, hechos a base de rayitas, y representaban objetos concretos, sin verbos.

–¿Qué idioma plasmaba esa escritura?

–El sumerio. Luego se expandió por la zona y se usó para el babilonio, el hitita (en Anatolia, hoy Turquía), el cananeo (Siria)…

–La invención de la escritura, ¿alteró el curso de la historia de la humanidad?

–¡Lo alteró radicalmente! La escritura implicó un cambio mental. Implicó un modo nuevo de concebir el mundo. Implicó ordenar el mundo en una serie cerrada de categorías representables mediante signos: “oveja”, “oveja hembra”, “oveja macho” , “oveja reproductora”, “oveja no reproductora”, “oveja preñada”, “oveja no preñada”…

–Se “computeriza” la realidad.

–Pues sí. Permite tenerla bajo control, y para ello es preciso simplificarla. ¡Ese fue el logro de la escritura! La escritura no fue una simple herramienta, sino que implicó una revolución mental. Está en la base de la gran revolución urbana.

–¿Aparecen las grandes ciudades?

–Los estados complejos, las grandes civilizaciones: la escritura es el instrumento “sine qua non”: ¿cómo organizar, si no, una economía compleja? Esas primeras tablillas escritas plasman inventarios, transacciones comerciales, censos, hechos administrativos…

–¿Hacia dónde se expandió la escritura?

–De Mesopotamia hacia el Oeste: Siria, Palestina… También hacia Irán. Y también hacia la península arábiga. Y, dos mil años después de aquella invención de la escritura, llegó la otra gran revolución…

–¿Cuál?

–¡La invención del alfabeto! Fue el alfabeto protocananeo, hacia el 1.200 a.C. De ahí derivarían los demás alfabetos: el fenicio, el ibérico, el griego, el hebreo, el latino…

–El que uso para esta entrevista…

–¡Fue una invención genial!: con sólo veintipico signos pudimos representar ya todas las palabras. Eso sí popularizó la escritura, hasta entonces limitada a los escribas, que tenían que saberse de memoria cientos de palabras a costa de muchos años de aprendizaje.

–Así fue más fácil ya aprender a escribir.

–Claro: en vez de tener que aprenderse de memoria cómo se escriben 500 palabras, bastó ya con aprenderse 20 signos. Para disgusto de algunos, que lo vieron como retroceso…

–¿Retroceso? ¡Pero si es todo un progreso!

–En la Grecia clásica hubo quejas acerca de que la escritura empobrecía la cultura: la escritura es una memoria extrasomática, así que ya no había que aprenderse de memoria largos versos. ¡La escritura mató la literatura oral! Una lamentable pérdida, para algunos.

–Bueno, sí, del mismo modo que siglos más tarde el libro matará al rollo de pergamino…

–Lo que también debió de molestar a algunos: siempre hay nostálgicos para los que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ahora se teme que lo audiovisual mate a la escritura.

–¡Sería un paradójico retorno al origen!

–La cultura evoluciona en sus herramientas. La escritura alfabética es el éxito de la abstracción: ¡el mundo quintaesenciado en signos! Pero ha habido otras culturas sin escritura… Lo cierto es que las letras han sido los ladrillos del edificio de nuestra cultura: la escritura nos ha hecho como hoy somos.

[Víctor-M. AMELA. ” ‘La escritura nos ha hecho como somos’ “, in La Vanguardia (Barcelona), 23 de abril de 2004]

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