Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Crisis y orden en el mundo feudoburgués [1980]

Crisis y orden en el mundo feudoburgués es un componente esencial del gran proyecto histórico que una muerte prematura, en 1977, le impidió a José Luis Romero llevar a cabo. Ya en 1948, había concebido claramente su emprendimiento y lo explicó en su ensayo El ciclo de la revolución contemporánea. Concebía esta larga historia como una sucesión hecha de crisis y de recuperaciones, de rupturas y de nuevos equilibrios -un ciclo- y expresaba el sentido de todo su proyecto con dos palabras: revolución y contemporánea. Para Romero, el orden, el equilibrio, no perduraban en la evolución histórica: en el corazón mismo de los sistemas históricos nacían las crisis que luego engendraban las revoluciones. El trabajo del historiador debía explicar este ciclo. Esta exigencia de larga duración permite entender el interés hacia la obra de José Luis Romero manifestado por Fernand Braudel, quien aceptó el pedido del historiador argentino de escribir un texto sobre L’Europe et l’Amérique 1531-1700 que, al igual que el texto encomendado a Lucien Febvre, ha quedado como borrador inédito. Sin embargo, esa exigencia es muy distinta del concepto de una historia prolongada hasta la continuación, de una historia inmóvil ideada por ciertos etnohistoriadores del siglo XX bajo la influencia de la antropología estructuralista. José Luis Romero concibe una historia en constante movimiento y su ambición es la de analizar y explicar esta historia cambiante. El título mismo del libro lo expresa: crisis y orden. Pero la otra palabra esencial es contemporánea. El carácter inconcluso de la obra de José Luis Romero y la importancia del período medieval tomado como momento crucial de la formación y del comienzo de la crisis del sistema histórico esencial de la modernidad -la burguesía- han tenido como efecto el de circunscribir la imagen de José Luis Romero a la de un medievalista. Por cierto, fue un gran medievalista, uno de los que revolucionaron, que renovaron profundamente, la imagen de la Edad Media. Inventó el término que, sin lugar a duda, quedará por largo tiempo ligado a esta época: el de feudoburgués, una de las grandes innovaciones del vocabulario historiográfico. Pero quiso ser un historiador del mundo contemporáneo, y explicarlo a través de un largo pasado en el cual el período medieval era decisivo. […] El conjunto de los cuatro volúmenes que debían componer la ambiciosa obra de José Luis Romero debía titularse Proceso histórico del mundo occidental. Se limitaba -si así puede decirse- a Europa y, después de la Edad Media, a Occidente. Pero José Luis Romero incorpora, a partir del siglo XVI, al nuevo mundo extraeuropeo descubierto, conquistado y colonizado por los europeos. […] La obra completa debía constar de cuatro tomos, que explicarían cronológicamente cuatro momentos sucesivos del ciclo revolucionario: La revolución burguesa en el mundo feudal (siglos III y XIII) (1967), el presente libro Crisis y orden en el mundo feudoburgués (siglos XIV a XVI), publicado incompleto a título póstumo en 1980, y los que no fueron escritos: Apogeo y ruptura del mundo feudoburgués (siglos XVI a XVIII) y finalmente El mundo burgués y las revoluciones antiburguesas (siglos XVIII a XX). El espíritu de la obra había sido delineado en tres artículos que fueron reunidos y publicados bajo el título Ensayos sobre la burguesía medieval en 1961. En el primero de estos ensayos, “El espíritu burgués y la crisis bajomedieval”, José Luis Romero volvió a encontrar en los textos medievales la concepción de Georges Dumézil, que tal vez no había leído, de una idea indoeuropea del esquema de la sociedad tripartita (oratores, bellatores, laboratores), casi al mismo tiempo en que Jean Batany, Georges Duby y yo mismo la descubríamos. De la diferenciación del grupo de los labradores, núcleo central que iba a impulsar la revolución, hacía Romero nacer la burguesía, cuyos pasos se proponía seguir hasta nuestros días. De esta manera se explicaba cómo la burguesía se desarrolló a través de los conflictos que la oponían estructural e históricamente a los otros dos órdenes, los oradores y los guerreros (bellatores), que llama defensores, siendo para él el motor de la historia las oposiciones y las luchas entre estas categorías sociales que no llama clases sino brazos. Son estos conflictos internos, estas tensiones, las que explican la transformación y el desarrollo de la historia siempre en movimiento. También en el interior de la burguesía, son los subgrupos los que la animaron; y en particular “frente a la agricultura, artificium y pecuniativa”. Finalmente, en el interior de la burguesía se impuso la alta burguesía, el patriciado. La concepción histórica de José Luis Romero abarca todos los campos de actividad de las sociedades históricas. Su obra es el más bello ejemplo que conozco de esta historia global preconizada y jamás realizada en su totalidad por los historiadores franceses de Annales. En Crisis y orden en el mundo feudoburgués escudriña sucesivamente tres perspectivas de este mundo. Primero, la perspectiva económica; en este campo, la innovación de la nueva sociedad es la economía de mercado, que hace nacer en el seno de la sociedad feudoburguesa las contradicciones de la vida económica y las tensiones de la vida social. Luego, la perspectiva política que define, frente al desvanecimiento del orden ecuménico del Imperio y del Papado, como la política del realismo en vigencia en las ciudades de desarrollo autónomo y en los estados territoriales (no habla de naciones) donde se integran la política de las clases nobles y la de las burguesías. Finalmente, la perspectiva de las formas de vida (siempre conflictiva), que evoca el célebre capítulo de La sociedad feudal de Marc Bloch (1939-1940) sobre “las maneras de sentir y de pensar”; analiza allí la vida rural con su prolongación de grupos marginales: mendigos, rebeldes y bandidos, y la vida cortesana. Tendría que haber concluido con un capítulo titulado “El mundo urbano”. José Luis Romero tampoco tuvo tiempo de escribir una cuarta parte sobre “La prefiguración del mundo feudoburgués” en la que la transformación de la “imagen de la realidad y las renovaciones de las mentalidades habrían ocupado el lugar principal. En la historia global de José Luis Romero, la perspectiva religiosa y la perspectiva cultural ocupan también un lugar importante, siempre integradas en una visión a la vez sintética y dinámico-conflictiva. En La revolución burguesa en el mundo feudal José Luis Romero, que hacía comenzar su ciclo revolucionario en la crisis del Imperio Romano en el siglo III, muestra primero la formación en la Antigüedad tardía y en la Alta Edad Media de un orden cristianofeudal que luego desembocará en el mundo feudoburgués, subrayando así el carácter religioso de los orígenes de la Edad Media y dedicando un capítulo importante a las formas de la mentalidad religiosa. Este orden cristianofeudal confiere a la nueva sociedad una ecumenicidad que la Edad Media irá fragmentando. El arte y la literatura son expresiones y testigos privilegiados de las sociedades históricas. José Luis Romero ha sido uno de los historiadores más cultos de su tiempo y que ha dado a los testimonios artísticos y literarios un lugar particularmente impactante, en contraste con el relativo silencio de los medievalistas acaparados por las fuentes jurídicas (que no desdeña). […] En esta visión global de la sociedad y de la historia, José Luis Romero asigna, como resultado y causa de los cambios, una importancia particular a los factores psicológicos e ideológicos. Empezó a llamarlos espíritu para luego […] darles el nombre de mentalidades. El término invadió La revolución burguesa en el mundo feudal y había de ser enteramente el objeto de la cuarta parte no escrita de Crisis y orden en el mundo feudoburgués. Pero para él la mentalidad incorpora la sensibilidad (las últimas páginas de La revolución burguesa se titulan “Los cambios generacionales de la sensibilidad”) y el comportamiento. Un capítulo: “Nuevas actitudes y nuevas mentalidades” abre la cuarta y última parte de La revolución burguesa. Y en los ensayos de 1961, Romero describe las “nuevas formas de convivencia”. Es claramente todo lo cotidiano del hombre en sociedad lo que José Luis Romero abarca y revela a través del concepto de mentalidad. En el ensayo de 1961, donde el término espíritu anuncia el de mentalidad, el espíritu burgués se define con la puesta en vigencia de un jus mercatorum, el deseo de enriquecimiento, la aspiración a la libertad individual, la acentuación del individualismo, la preocupación por la seguridad, el gusto del lujo, la comunión con el arte y la naturaleza, la tendencia al hedonismo, el goce de vivir. Ilustran esta nueva mentalidad, según el conservador Dante, laudator temporis acti, los florentinos de finales del siglo XIII y principios del siglo XIV. Me sorprende que José Luis Romero en su admirable síntesis no haya acordado más presencia a la iglesia y a los intelectuales, excepción hecha de los juristas y retóricos de la economía. En este libro, Tomás de Aquino no es citado más que una sola vez por su teoría del “precio justo” tan importante para la actividad económica de los burgueses. Hay, por cierto, dos hermosas páginas (514 y 515) en La revolución burguesa sobre la iglesia “vigorosamente integrada en la sociedad, de la que era casi como el armazón o el esqueleto” pero rápidamente pasa a tratar lo que Dios representa para los medievales. Más que la institución religiosa, es la religiosidad de los fieles lo que concentra su atención; más que los intelectuales, son las ideas encarnadas, inspirantes las que lo cautivan. Es la sociedad concreta la que lo atrae y aquí, otra vez, no son las instituciones escolares y universitarias tan importantes, sin embargo, para las ciudades autónomas como para los estados territoriales. Puede pensarse que esta ausencia se deba a que su visión era ante todo la de un cambio de las sensibilidades y de los comportamientos sociales concretos. Trata el tema de los intelectuales en un capítulo en el que describe las formas de la mentalidad religiosa y lo hace a través de las manifestaciones de la cupiditas scientiae. De los Padres de la Iglesia a Abelardo, San Bernardo o Raimundo Lulio (hombres sentimentales y apasionados), sus intelectuales de la Edad Media no son pensadores sino hombres de deseo, en busca de placeres intelectuales. O bien cuando Romero habla del conocimiento , se trata esencialmente de un saber empírico y no filosófico o teológico. […] La obra inconclusa de José Luis Romero, de la cual este libro es un componente central por los temas y la cronología, permanece como uno de los monumentos más impresionantes y más notables de la historiografía de la segunda mitad del siglo XX. […] Permítanme terminar aludiendo al parentesco de sus ideas con las de sus contemporáneos de los Annales. Ya he subrayado su pasión por una historia que sea fundamentalmente una historia social, pero hay más. La imagen, la nueva imagen que le ha aparecido en el corazón del fenómeno burgués, y por consiguiente de la reflexión y de la pasión del historiador, es la de hombre. José Luis Romero ha sido un gran pionero de la antropología histórica.

[Jacques LE GOFF. “La forja de la mentalidad burguesa”, in La Nación, 17 de agosto de 2003. Traducción del francés por Pierre Horlent y Laura Muriel Horlent Romero]

Nota bene. Este texto es el prólogo inédito que el historiador francés Jacques Le Goff escribió para la reedición que de Crisis y orden en el mundo feudoburgués lanzó Siglo XXI en 2003.

✍ The Asiatic Mode of Production in China [1989]

El debate sobre el modo de producción asiático (MPA) continúa y en la República Popular China (RPC) resurgió después de 1978. Este libro compilado por Timothy Brook, autor asimismo de la introducción, consiste en la traducción de once artículos escritos por estudiosos chinos sobre este tema. Consideramos que el gran mérito del libro radica en presentarle al lector occidental interesado las discusiones y los avances sobre el MPA que se llevan a cabo en la RPC. Asimismo, al final de la obra hay una extensa bibliografía que consta de 126 referencias a diversos artículos sobre el MPA, publicados durante 1978-1988, en revistas de diferentes universidades e institutos de la RPC. La bibliografía presentada por orden alfabético (transcripción fonética pinyin) será de interés y de gran utilidad para el lector occidental conocedor del chino. En la introducción, Brook presenta varios aspectos relacionados con el tema del MPA. En primer lugar, destaca la dicotomía Este-Oeste, esto es, sociedad estática vs. sociedad dinámica, y la influencia que esa posición heredada de Hegel tuvo sobre el pensamiento de Marx. Continúa luego con la discusión que existe alrededor del MPA, la forma asiática de producción y la sociedad oriental, todos ellos conceptos esbozados por Marx, y señala lo que ya sabe cualquier interesado sobre el MPA: Marx no amplió más sus ideas sobre Asia porque su interés primordial era el desarrollo del capitalismo en Europa. Brook presenta las controversias surgidas en la URSS y la influencia que tuvieron, así como la dogmatización posterior de la investigación sobre el MPA. La sección más interesante es la discusión respecto del MPA en China que, con excepción de los años de 1958-1959 (Gran Salto Adelante) y 1965-1977 (Gran Revolución Cultural Proletaria), ya había surgido desde 1951 en la prensa académica china. El interés y aumento de tales artículos desde 1978, se debe según Brook “… al retiro de algunas de las restricciones a la investigación intelectual que fueron impuestas durante la década de la Revolución Cultural”. A través de los artículos elegidos para conformar este volumen -los cuales fueron traducidos por Brook y un equipo- Brook presenta varias posturas no estrictamente delineadas de intelectuales chinos sobre el tema y la discusión del MPA. La primera de dichas posturas es la de aquellos que defienden el concepto del MPA y que en esta selección está representada por tres artículos. El primero de ellos, escrito por Wu Dakun, se titula “Some questions concerning research on the Asiatic mode of production”, y en él se señala que Marx, en el prefacio a La contribución a la crítica de la economía política, ya había concebido el MPA como un antecedente del periodo esclavista, dentro de un total de seis modos de producción. Más adelante Wu afirma que el estado asiático se estableció durante las llamadas Tres Dinastías (Xia, Shang y Zhou), maduró durante Chunqiu y Zhanguo y se transformó en un estado despótico y centralizado durante las dinastías Qin, Han y posteriores. Se trata de un artículo retórico que termina haciendo una evaluación del significado político del estudio del MPA, considerando que éste no sólo contribuirá al entendimiento de la historia china y de las políticas del Partido Comunista (i .e. las Cuatro Modernizaciones) sino que además evitará que se cometa el error de Lin Biao y de la Banda de los Cuatro: revivir el despotismo oriental del antiguo estado asiático. El segundo artículo, escrito por Ke Changji, se titula “Ancient chinese society and the Asiatic mode of production”. Ke adopta la interpretación de Guo Momo y hace equivaler el MPA con la sociedad primitiva comunal; además, discute la categoría de las comunas rurales -base del estado oriental despótico y presentes desde la India hasta Rusia- que en China tomaron la forma, por un lado, de comunas del campo en forma de pozo y, por otro lado, del sistema llamado shushe, o propiedad estatal monárquica. Según este autor, la desaparición parcial del sistema de propiedad estatal junto con otras formas residuales de propiedad comunal son la razón del estancamiento de la sociedad china. El tercer artículo, “The well-field system in relation to the Asiatic mode of production”, fue escrito por Zhao Lisheng. A través del análisis del sistema de campos en forma de pozo y de las diversas fuentes en las que se hace referencia al mismo, Zhao concluye que esta propiedad era del tipo asiático y que representa la amalgama de dos elementos: una propiedad comunal imperfecta y una propiedad noble o privada imperfecta, la primera en descomposición y la segunda inmadura. Una segunda postura está representada por cuatro artículos que plantean que el MPA corresponde a la sociedad primitiva, y que también niegan que este concepto sea exclusivo de China o Asia. El primero de estos artículos y cuarto del libro, titulado “The unproblematic Asiatic mode of production” y escrito por los autores de An outline history of world antiquity, se destaca por su tratamiento del MPA y del despotismo. Según los autores, la comuna y el estado despótico no guardan relación entre sí, pues por definición el MPA no se aplica a las sociedades clasistas; de lo que se trata es de la combinación de dos formaciones sociales diferentes que no llegan a constituir una unidad sino en las que una unidad se superpone a la otra. De esto se dan varios ejemplos: la comuna rusa bajo el gobierno del zar, la comuna javanesa bajo el imperialismo holandés, etc., en los cuales la comuna permanece con su carácter original. Asimismo, el artículo critica la asociación que se hace del MPA con la construcción de obras hidráulicas y con el despotismo, concluyendo que estos elementos no tienen ninguna relación causal. Por último se señala que el problema del MPA es la interpretación errónea de lo planteado por Marx, y que se trata de un concepto que también tiene aplicabilidad a otras civilizaciones tempranas. Zhu Jiazhen en su artículo titulado “Some questions concerning research on the theory of the Asiatic mode of production”, señala que según la teoría del materialismo histórico, el MPA es una forma económica que representa un periodo específico en el desarrollo de la sociedad y que no se refiere a un tipo de sociedad en particular; es necesario separar el MPA (que es una abstracción) del concepto de despotismo oriental que tenía remanentes de la comunidad primitiva. Al discutir la cuestión de los esclavos, el autor señala que el esclavismo aparece en oposición a la comuna debido a la captura de personas durante la guerra, mientras que la llamada “esclavitud colectiva” en China es la explotación del servilismo de los campesinos. En su artículo “Further comments on the ‘Asiatic mode of production’ “, Wang Dunshu y Yu Ke difieren un poco de los dos anteriores, pues estos autores señalan que el MPA no corresponde a la sociedad primitiva sino a una sociedad donde existen remanentes del comunismo primitivo; por otra parte, para ellos no es válido separar las dos formaciones como lo hacen otros autores, pues éstas se encuentran orgánicamente combinadas. El último de los cuatro artículos de este conjunto, escrito por Qi Qinfgu, se titula “The ‘Asiatic mode of production’ is not a scientific concept”. Qi señala que la comunidad primitiva y la comunidad agrícola deben diferenciarse, ya que esta última aparece durante el periodo de transición entre el fin de la sociedad primitiva y el inicio de la sociedad clasista. El autor toma el caso de la prefectura autónoma Xishuangbanna en Yunnan, de nacionalidad dai, para ejemplificar las características del MPA y para mostrar lo confuso y provisional de tal concepto en Marx. Una tercera postura está representada en el libro por dos artículos que tratan de resolver la incoherencia tan criticada del concepto de MPA, señalando que éste es más bien un punto de transición entre el comunismo primitivo y la sociedad esclavista antigua; por lo tanto, hay seis modos de producción en el desarrollo histórico de la sociedad. Sin embargo, coincidimos con Brook en que ambos artículos, a pesar de su originalidad, carecen de consistencia. El octavo artículo del libro, de Song Min, se titula “The scientific validity of the concept of the Asiatic mode of production”. En este artículo, Song afirma que Marx nunca abandonó el concepto de MPA, ya que éste representa una etapa social necesaria cuya base es la propiedad comunal de la tierra. Este concepto fue reforzado por el descubrimiento que realizó Morgan de las sociedades primitivas basadas en una organización ciánica. El siguiente artículo corresponde a Su Kaihua, y se titula “The meaning of the ‘Asiatic mode of production’ and the origin of the term”. El autor señala que las comunidades aldeanas o agrícolas son diferentes de la comunidad ciánica -que es la formación más antigua- e identifica la comunidad primitiva tribal con la comunidad nómada pastoril; es decir, que el MPA corresponde a una sociedad pastoril anterior al modo de vida agrícola y, por lo tanto, puede encontrarse tanto en Occidente como en Oriente. La cuarta y última postura la representan dos artículos que proponen modelos multilineales, como una alternativa frente al unilinealismo de otros autores. El artículo de Hu Zhongda, titulado “The Asiatic mode of production and the theory of five modes of production”, plantea que sobre la base de la definición que hace Marx del MPA se pueden establecer cinco características principales de éste: 1) la presencia de propiedad pública y propiedad estatal; 2) la existencia de comunidad aldeana; 3) el carácter autosuficiente de las comunas; 4) una extensión geográfica que no incluye sólo a China, y 5) la integración en la economía doméstica de la manufactura y la agricultura. La interpretación de Hu Zhongda se hace a partir del modo de producción de la comunidad primitiva, que se ramifica en tres modos que se ubican en un mismo nivel jerárquico: el modo de producción asiático, el modo de producción antiguo y el modo de producción feudal, los cuales tienen tres similitudes básicas: 1) el uso del hierro; 2) la agricultura como el sector económico más importante, y 3) la renta de la tierra como la forma típica de explotación. El último artículo de este volumen, escrito por Ma Xin y titulado “The theory of Marx’s ‘Four modes of production’ “, señala la existencia de tres formas de propiedad: la asiática, la esclavista y la feudal, derivadas de una misma forma de propiedad primitiva y aboga por una interpretación no rígida de los conceptos de Marx.

[Rosa Elena MONCAYO OCHOA. “Reseña”, in Estudios de Asia y África, vol. XXV, nº 3, 1990, pp. 551-555]

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✍ Los intelectuales y la invención del peronismo. Estudio de antropología social y cultural [1998]

El libro del antropólogo Federico Neiburg se inscribe en un núcleo de problemas y perspectivas teóricas y metodológicas constitutivas de un campo de conocimiento que, tras más de una década, se desarrolla en los denominados estudios culturales de nuestro país. Aunque Neiburg se suma a este conjunto de trabajos que explora el itinerario intelectual de diferentes grupos y figuras de la argentina post-peronista, su labor le permite ensayar una nueva perspectiva. La cantidad de publicaciones que tienen como al peronismo es indicativa de la centralidad que el mismo adquirió en el debate intelectual después de 1955. Las interpretaciones formuladas por poetas y escritores, por ensayistas liberales o nacionalistas, por teóricos de las nuevas vanguardias políticas y sociales, por historiadores y sociólogos se acompañaban con verdaderos proyectos de Nación. Desde la antropología, y no sin debate, se ha reconocido que las teorías y las cosmogonías son útiles, tanto como objeto de análisis, y punto de partida para estudiar la sociedad que la produce. Debatir sobre la naturaleza de un fenómeno social implica una forma de observar la sociedad y la cultura asentada en un supuesto relativo a la separación entre un objeto considerado como la interpretación de la realidad y la propia realidad que es interpretada. En cambio, el objetivo del autor es analizar la relación constitutiva entre representaciones de la realidad y la realidad para comprender la “lógica social subyacente a la existencia de los debates, la génesis de las figuras intelectuales que en ellos participaron y sus efectos en la construcción del propio peronismo como un fenómeno social y cultural”. Con esta estrategia, Neiburg evita analizar la validez de las interpretaciones sobre el peronismo y nos obliga, en cambio, a reflexionar sobre algunos procesos de construcción de nuestra cultura en el doble sentido de cultura nacional y académica nacional. Al ser derrocado, el peronismo adquiere una amplia gama de sentidos. El debate suscitado en torno del verdadero significado de la palabra posee, desde el origen, un carácter polémico asentado sobre una preocupación claramente política, aquélla de “ una propuesta positiva o negativa de constitución de la nación, una forma perversa o progresista de integración del pueblo a la sociedad argentina”. Una de las claves de la lectura de este libro es que teorías o interpretaciones revelan que una interpretación siempre se constituye en lucha y competencia con otras, que ninguna profecía es un fin en sí misma sino una interpretación más. Esto conforma el campo de batalla que define a los intelectuales. A partir de la analogía del duelista, Neiburg afirma que “dos principios rigen la lógica del honor y de las luchas de honor: uno indica que desafiar a individuos colocados en posiciones reconocidas como superiores en la jerarquía social es una forma de búsqueda de reconocimiento y de ascenso social; el otro, advierte que aceptar el desafío de individuos de status inferior es un signo de debilidad que pone en riesgo la posición que se ocupa en la jerarquía social. La contradicción entre ambos principios solo puede evitarse en una situación ideal en que los duelistas reconocen como adversarios legítimos exclusivamente a individuos de status semejantes” (p.49). El repertorio de cuestiones consagrado y compartido por quienes transformaron al peronismo en objeto de debate (el duelo) poseía un registro polémico y la polémica envolvía siempre el reconocimiento de asuntos e interlocutores. El debate sobre la naturaleza y orígenes del peronismo exigía que, como toda lucha de honor, cada uno exhibiese aspectos de sus argumentos y descalificara al otro aunque, paradójicamente, en esta descalificación, reconocía un tipo de autoridad y diseñaba un campo de batalla en el que adquiría sentido. Se define una comunidad de iguales, de pares así como los problemas comunes y las formas de debatirlos. “La analogía entre la polémica y el duelo muestra la productividad de incluir al reconocimiento como una dimensión constitutiva de los argumentos que autorizaban a las interpretaciones. Desde esta perspectiva, analizar el debate sobre el peronismo es una forma de comprender el mundo social y cultural en el que tuvo lugar; estudiar, a su vez, los argumentos de autoridad que cada polemista reconoció en las interpretaciones de sus adversarios y que consiguió hacer reconocer en sus propias interpretaciones es una forma de trazar la historia social y cultural de esas figuras sociales “. (p. 53) “Toda interpretación del peronismo y toda representación sobre la autoridad de su intérprete debía responder a cuatro cuestiones, que se imponían en la forma de dicotomía de pares de oposiciones. En la primera oposición se distribuían las identidades que correspondían a las valoraciones del peronismo: en un extremo, las identificadas como peronistas; en el otro, las identificadas negativamente como antiperonistas” y dentro de estas últimas, las que apelan a la peronización de los intérpretes y/o a la desperonización del pueblo así como a la proximidad o distancia con el objeto: entre estas dicotomías, el peronismo es un amplio abanico de posibilidades. Lo importante es que, al mismo tiempo, estaba en juego la definición de las propiedades del objeto que servía como referente, la identidad social de las diferentes figuras que polemizaban y las distintas apuestas con respecto a las relaciones entre ambos. Es ésta una de las claves de lectura más interesantes y logradas del libro. Comprender todo lo que se debatía, la relación entre objeto, sujeto, reconocimiento y formación de un campo es lo novedoso y desafiante del trabajo. Para ello, Neiburg organiza su exposición en una estructura de capítulos relativamente independientes a partir de investigaciones interrelacionadas que, por momentos, obliga a reproducir hipótesis y análisis ya desarrollados. La centralidad que el peronismo adquirió en el debate intelectual obliga al autor a realizar un recorte y selección de los autores así como los espacios a analizar. En la primera parte, dividida en tres capítulos, se ofrece un abanico de problemas y el repertorio que conforma el debate, la emergencia de nuevos especialistas en un nuevo tema: el peronismo, la génesis social de alguno de sus protagonistas y sus puntos de vista así como la relación entre las interpretaciones del peronismo en los relatos mayores sobre la nación argentina. Recorremos así los escritos de Mario Amadeo, Carlos Strasser, Carlos Fayt, Arturo Jauretche, J.J. Hernandez Arregui, Victoria Ocampo, Ezequiel Martínez Estrada, Tocuato Di Tella, las revistas Centro y Contorno, Héctor Agosti, Héctor Murena, Jorge Abelardo Ramos, Gino Germani, entre otros. Este itinerario, por momentos abrumador, permite examinar el espacio de los desacuerdos, allí donde las interpretaciones del peronismo propusieron modos de integrar el pueblo, propuestas de caminos alternativos que sirven de argumentos para la disolución del victorioso frente antiperonista y también para orientar la acción de individuos y grupos, pues, en última instancia, se trataba de dos grupos en disponibilidad. Por un lado, la base social que había quedado huérfana de un líder y, por otro, líderes políticos potenciales que se percibían carentes de base social. Como productores de las interpretaciones, estos últimos propusieron diferentes alternativas para aproximarse al pueblo: desde su propia peronizacion hasta la desperonizacion del pueblo incluyendo propuestas claramente autoritarias hasta procesos más lentos de educación democrática. Así, por ejemplo, los integrantes de la revista Contorno que “hicieron un anuncio por lo menos paradójico: reclamaron el privilegio de indicarle al pueblo peronista que es lo que debía ser el peronismo” (p. 87). En el campo de los desacuerdos, interesa el ejemplo del análisis que recorre las trayectorias de Arturo Jauretche y de J.J. Hernandez Arregui ubicados en la misma categoría del intelectual peronista por la literatura que analiza ese período de la historia intelectual, literatura “(que) -de la misma forma que los aliados y enemigos de ambos individuos- ocultó algunas diferencias entre ellos que son extremadamente relevantes desde un punto de vista sociológico”. Este tipo de afirmaciones hace que el libro, por momentos, adquiera el mismo tono polémico que describe. En el marco de los desacuerdos y el reconocimiento entre las distintas autoridades que coincidían en hablar sobre el peronismo se conforman algunos consensos: explicar el peronismo era explicar la Argentina y pensar la Argentina pensar la crisis. Se descubren, así, elementos comunes en los análisis que contribuyeron a la construcción del peronismo. Algunos intérpretes buscan la clave en los años treinta y en la existencia de dos argentinas. La idea de dos argentinas irreconciliables, la noción de una nación inacabada, donde el peronismo revelaba la crisis. La Argentina dual: integrada o no integrada, sociedad tradicional o sociedad moderna, civilización o barbarie, peronismo y antiperonismo. Con independencia de la valoración positiva o negativa que el peronismo mereciera de parte de cada uno de los intérpretes, el estudio de Neiburg demuestra la importancia de toda reflexión sobre las consecuencias del hecho que la propia existencia social de cada uno de ellos haya sido inseparable de la existencia del peronismo. “Colocando al peronismo dentro de los grandes relatos sobre la Argentina y su historia, observándolo como una discontinuidad, como un enigma revelador de la crisis de la nación, los intérpretes lucharon por transformarse en los profetas capaces de revelarlo” (p. 135). Y de esta forma contribuyeron a su construcción puesto que “ las interpretaciones producidas por estas figuras no deben nada a la naturaleza del peronismo y sí a una configuración social y cultural particular que hizo que en un momento de la historia de la argentina, el enjeu principal fuese la imposición de una definición del peronismo”. La segunda parte del libro esta construida desde una perspectiva mas historiográfica, en la que se estudia la relación entre los grupos de las elites sociales y las intelectuales a través de la historia del Colegio Libre de Estudios Superiores, (CLES) la invención del peronismo desde el punto de vista de la “ciencia social” y la sociología científica a través de la trayectoria de su padre fundador, Gino Germani. En el ultimo capítulo se analizan los concursos realizados en la Universidad de Buenos Aires después de la Revolución Libertadora como un proceso de desperonizacion de esa institución. El promenorizado análisis del CLES le permite a Neiburg reconstruir la estrategia de algunos intelectuales que, en la década de 1930, se preparaban para la posguerra y finalizan tomando a su cargo, diez años después, la reconstrucción de la Universidad luego del “holocausto”. La emergencia de la sociología científica es planteada como una continuidad de las redes del CLES a partir de la biografía de Gino Germani. Este capítulo recupera con rigor y erudición parte del análisis que conocemos por diferentes publicaciones1. El éxito de Germani fue erigirse en la mirada científica y la consagración del peronismo como objeto pasible y necesario de análisis, la consagración de la ciencia contra el ensayo, el habitat de los especialistas frente a la tradición y erudición de los maestros. El proyecto de nación propuesto por la nueva disciplina debía comenzar por una nueva universidad construida sobre el valor de la modernización. Pero para ello era necesario desperonizarla. El debate se traslada a la universidad, la imagen de la universidad de la excelencia es también la de la exclusión. A través del detallado examen de los expedientes de los concursos, es posible observar los contenidos de esa exclusión. “Los candidatos deben dar muestras de un comportamiento cívico ajeno a toda adhesión a las conductas totalitarias” (p. 219). Este análisis confirma que el contexto del surgimiento de la sociología está impregnado por el clima de violencia política y simbólica abierto con el golpe de 1955, al que subyace el cuestionamiento de la ausencia de autonomía del campo intelectual como condición para la constitución de una visión científica sobre la sociedad argentina. El análisis de Neiburg se construye entre una tradición del análisis cultural, preocupado por el estudio de las culturas y las identidades o ideologías nacionales, y una tradición de análisis sociológico interesado por el estudio de la génesis de las figuras sociales asociadas al campo de la producción cultural y de los especialistas que se constituyen participando en éste. El libro permite múltiples lecturas y abre infinidad de interrogantes. Aunque es posible cuestionar algunas de las elecciones y enfoques propuestos, interesa subrayar que el libro de Neiburg nos obliga a reflexionar sobre los supuestos y también sobre los prejuicios acerca de los que se asienta nuestra propia cultura académica.

[Patricia BERROTARÁN. “Reseña”, in Prismas. Revista de Historia intelectual, nº 3, 1999, pp. 325-328]

␥ Luis Eduardo Valcárcel [1891-1987]

Hijo de Domingo Valcárcel y Leticia Vizcarra, el antropólogo e historiador peruano Luis Eduardo Valcárcel nació en Moquegua el 8 de febrero de 1891. Su familia se trasladó a la ciudad imperial del Cuzco, donde estudió en el Colegio Peruano y el seminario de San Antonio de Abad. Luis Eduardo Valcárcel Vizcarra fue un hombre que desde sus comienzos se sintió profundamente comprometido en dar a conocer las raíces autóctonas del Perú, un país milenario y rico en tradición. Fue uno de los más empecinados en demostrar la originalidad de la civilización de los Andes o más circunstancialmente, la correspondiente al período de los incas. Esta época, llamada del Incario, fue estudiada exhaustivamente por el maestro Valcárcel dando inició en el país, al desarrollo de esa disciplina científica denominada etnohistoria. A este insigne estudioso se le debe también el haber iniciado en el Perú la corriente conocida como antropología cultural. Carlos E. Valcárcel, joven aún, ingresó a la Universidad del Cusco y participó activamente en el movimiento que propugnó la reforma universitaria. Simultáneamente, ejerció el periodismo trabajando como redactor en los diarios El Sur, La Sierra, El Sol y El Comercio, donde llegó a ser director desde 1916 hasta 1923. Fue inspector departamental de Educación del Cusco, presidente del instituto histórico de la ciudad imperial, diputado por Chumbivilcas y fundador del Museo Arqueológico de dicha región. Luis Valcárcel mantuvo vínculos muy estrechos con el gran pensador y ensayista José Carlos Mariátegui, iniciados durante la estada del ideólogo en el Cusco, según refiere la Enciclopedia Biográfica e Histórica del Perú de Milla Batres. Nombrado en 1930 Director del Museo Bolivariano el doctor Valcárcel se trasladó a Lima. Al año siguiente y hasta 1945 asumió la dirección del Museo Nacional del país. En su paso por los claustros sanmarquinos fue catédratico de Historia de la Cultura Peruana e Historia del Perú, y posteriormente Decano de la Facultad de Letras desde 1956 a 1961. En la Decana de América estableció el Instituto de Etnología. El historiador Luis Varcárcel fue ministro de Educación Pública (1945-46), presidente de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, director del Museo de la Cultura Peruana y del Instituto Indigenista Peruano. Entre sus obras sobresalen Kon, Pachacámac, Viracocha, De la vida inkaika, Tempestad en los Andes, Mirador del indio, Ruta cultural, Historia de la cultura antigua andina del Perú, Etnohistoria del Perú antiguo e Historia del Perú antiguo. Publicó textos de etnohistoria, una combinación de los tradicionales relatos de las crónicas con información arqueológica y etnográfica. Fue así como impulsó la corriente antropológica cultural en el Perú. En 1932 inició la edición de la Revista del Museo Nacional, donde aparecieron importantes trabajos arqueológicos. Publicó además, en 1981, sus propias Memorias. Por su fecunda labor fue galardonado con las Palmas Magisteriales, en el grado de Amauta. A la edad de 96 años dejó de existir el 26 de diciembre de 1987. A las exequias asistieron, entre otras ilustres personalidades del mundo científico, político y cultural, los ex presidentes Fernando Belaúnde Terry y Alan García Pérez. Se puso así punto final a la presencia física de uno de los más reconocidos estudiosos, intelectuales, propulsores y amantes de nuestra cultura e historia milenaria.

[Fuente: Universidad Nacional Mayor de San Marcos]

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