Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ La España que conquistó el Nuevo Mundo [1965]

Militante desde muy joven del Partido Comunista, Rodolfo Puiggrós no esperó a la década de 1970 para volcarse al peronismo. Ya en 1945, apenas después del 17 de octubre, advirtió que era un error teórico –además de considerarla una infamia– formar parte de la Unión Democrática. Desde luego, no poco se lo castigó por haber condescendido desde la izquierda marxista tradicional a poner el cuerpo para la defensa del rápido gobierno camporista (regresado ya del exilio mexicano en 1973 para ser rector de la UBA) en una Argentina que se preparaba para los estertores de Perón. Más allá de estas polémicas aún no saldadas –y con muchas otras aristas a considerar–, sobrevive una de las obras más coherentes y sólidas del pensamiento argentino vinculado con un especial marxismo, ese que se dejó influir por el espacio nacional y popular (o bien: viceversa). Lo que hace Puiggrós particularmente en “La España que conquistó el Nuevo Mundo” (inaugurando la “Serie Rodolfo Puiggrós” que promete la pronta reedición de otras obras del autor) es la reelaboración en clave estrictamente marxista de la tesis según la cual el oro de América fue perjudicial para el desarrollo (capitalista) de España. Resulta singular y estimulante el modo en que Puiggrós argumenta, repasando minuciosamente unos trescientos años de la historia española. Así, todos los conflictos de la época son analizados como el reflejo superficial de esa razón profunda, material. Puiggrós incluso reinterpreta de un modo clasista los conflictos religiosos (que no eran moco de pavo: todo se resolvía a matanza limpia), y ese “fondo clasista” era la “defensa del feudalismo amenazado por la economía mercantil”. La revolución (burguesa) española “fue desviada”, dice Puiggrós evidenciando la certeza de cuño marxista respecto de la inevitabilidad del flujo histórico: la historia no la hacen los hombres y mujeres a cada paso sino que la historia se desenvuelve. Y por eso es que sucesos externos, como en este caso la abrupta aparición de América camino a Oriente, lo que hacen es detener “el curso natural de la historia”. Pese al carácter eminentemente marxista de sus razonamientos, Puiggrós discute con el también marxista chileno Volodia Teitelboim, cuya tesis al respecto (expuesta en “El amanecer del capitalismo y la conquista de América”) adolece, según sostiene Puiggrós, de prestar “muy escasa atención a los cambios internos en la sociedad española generados por el descubrimiento de América y a la sustitución de los mercaderes mediterráneos por los hidalgos de Castilla en la empresa de la conquista”. Y, en efecto, lo que no hace Teitelboim es lo que sí hace Puiggrós: detectar, describir y descifrar esas contradicciones de clase entre esa protoburguesía española –de las ciudades del Mediterráneo– y los nobles castellanos asociados a la reina Isabel y defensores del antiguo régimen. Y señala que el descubrimiento de América fue financiado por los burgueses mientras que la colonización fue hecha por los nobles, que luego se sentaron a gozar del oro, destruyendo la producción manufacturera española. El paralelo con la Argentina, sin ser buscado ni explícito, es evidente: la aristocracia española de entonces es una “clase divorciada de los destinos nacionales”; pese a estos puntos de contacto entre aquella España y la Argentina, Puiggrós sólo se ocupa explícitamente de esto en la última oración del libro, cuando afirma que “la única comunidad verdadera que tenemos con España es la que se concreta en la lucha histórica de su pueblo y de los nuestros por idénticos objetivos de liberación y superación”.

[Martín de AMBROSIO. “Ni por todo el oro del mundo”, in Radar Libros, Página/12, 10 de julio de 2005]

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␥ André Parrot [1901-1980]

El arqueólogo francés André Parrot es conocido por haber dirigido las excavaciones francesas en Tello y Larsa en Irak entre 1931 y 1933 y las de Mari en Siria entre 1933 y 1964. Ha sido curador jefe de museos nacionales franceses desde 1946 y profesor en la Escuela del Louvre y de la Facultad de Teología Protestante de París (en ambas instituciones desde 1936). Sus contribuciones en el campo de la arqueología de Cercano Oriente tomaron conocimiento público a partir de su excavación del Palacio de Mari. Su descubrimiento de más de 20.000 tabletas cuneiformes de los archivos reales de Mari -compuestos, principalmente, durante el reinado Zimri-Lim (siglo XVIII a. C.)- han incrementado considerablemente nuestro conocimiento del Asia occidental, en especial, de la era patriarcal. Sus contribuciones sobre Mari aparecieron publicadas en “Une ville perdue” (1945). Otra serie de estudios apareció en la revista francesa “Syria”, consagrada al arte y a la arqueología oriental, en “Archives Royales de Mari” (vols. I–IX, 1950–60), y en “Mission archéologique de Mari” (3 volúmenes, 1956–67), todas publicaciones científicas que, además, ayudo a editar. Ha escrito profusamente sobre historia, literatura, arquitectura, filología y temas por el estilo, todos vinculados con el Cercano Oriente. Muchos de sus trabajos relativos a los problemas bíblicos y a su background oriental han sido relativamente populares por su claridad, su humor y entusiasmo.

[Zev GARBER. “André Parrot”, in Encyclopaedia Judaica, The Gale Group, 2008. Traducción del inglés por Andrés G. Freijomil]

␥ Juan Agustín García [1862-1923]

El jurista argentino Juan Agustín García nació en Buenos Aires el 12 de abril de 1862. Murió en Buenos Aires el 23 de junio de 1923. Hijo de un famoso jurisconsulto, Juan Agustín García compartió con su padre el nombre, la profesión y una destacada trayectoria pública. También, y por rama materna, estaba emparentado con Antonio Sáenz y Valentín Gómez, ambos rectores de la Universidad de Buenos Aires, la casa de altos estudios en la que desarrollaría una labor docente y teórica de excelencia. Con una tesis sobre Los hechos y actos jurídicos, Juan A. García obtuvo su diploma de abogado en 1882, a los 20 años de edad. De inmediato comenzó a dictar clases en el Colegio Nacional e inició un vasto camino en la producción de obras pedagógicas y teóricas, que inaugurará en 1883 con Nociones de geografía argentina, libro orientado a la enseñanza secundaria. En 1884 viajó a Europa, visitando París y otras importantes ciudades de diferentes países por casi dos años. Al cabo, regresó al país para hacerse cargo de la Inspección General de Colegios Nacionales y Escuelas Normales. En esta tarea permanece hasta 1892, cuando es nombrado Fiscal del Crimen. Así iniciará su trayectoria en la labor judicial, continuada como Juez de Instrucción (1893), Juez en lo Civil (a mediados de la década de 1890), y como Camarista del Fuero Federal, en 1902 y hasta 1913. Sin embargo, será la docencia universitaria su labor fundamental, y en la que volcará toda su experiencia como jurisconsulto y sociólogo. En sus inicios, será titular de las cátedras de Introducción a las Ciencias Jurídicas, Sociología, Derecho Público Eclesiástico, Derecho Civil, e Introducción al Derecho, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Como resultado de este trabajo formativo, García publicará dos obras que rápidamente trascenderán los claustros y se volverán fundamentales para comprender la sociedad argentina del siglo pasado: La ciudad indiana (1900), una investigación sobre los orígenes políticos e institucionales argentinos, e Introducción al estudio de las ciencias sociales argentinas (1899), una vastísima recopilación de las formas jurídicas a través de la historia y su reflejo en la constitución de la sociedad, con especial atención a los procesos sociales, políticos e institucionales constitutivos de la Nación argentina. García dejará la docencia universitaria entre 1904 y 1906, año en que regresa a la Facultad de Derecho para dictar un curso inolvidable sobre la historia de las ideas argentinas, que se llamará Notas sobre Alberdi. Por esos años, también dará clases en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, dependencia que dirigirá como interventor en 1918 (luego de la Reforma Universitaria) y que lo tendrá como docente hasta 1923, cuando fallece. Juan A. García, además, fundó y dirigió los Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, y la Historia de la Universidad de Buenos Aires y su influencia en la cultura argentina (1918), y fue miembro de la Junta de Historia y Numismática Americana. Son destacables otros ensayos sociológicos de su producción, tales como Ensayos y Notas (1903) y Memoria de un sacristán (1906), además de varias obras de teatro, entre las que se destaca Cuadros y caracteres snobs. Escenas contemporáneas de la vida argentina. En todas estas obras, plasmó una visión integral de la sociedad nacional, sus costumbres, hábitos y formas de ser, expresando una gran versación sociológica y sus grandes cualidades de investigador y teórico.

[Fuente: Programa de Divulgación Científica de la Facultad de Matemática Astronomía y Física de la Universidad Nacional de Córdoba]

␥ Rodolfo Puiggrós [1906-1980]

Una caracterización somera de Rodolfo Puiggrós, no podría dejar de definirlo como un eminente y original pensador nacional, educador, periodista, militante popular y polemista brillante, hacedor de una prolífica obra que se reactualiza en el espíritu libertario latinoamericano y en cada lucha social. 
Transcurría el año 1906 cuando el presidente argentino Manuel Quintana fallecía durante su mandato. Su vicepresidente, José Figueroa Alcorta, pasó a desempeñar la primera magistratura e iba a ser el encargado de presidir los festejos del primer centenario de la Revolución de Mayo escenario de ostentación de la sociedad porteña engalanado por la figura de la Infanta Isabel, y cuyos ecos resonarían en Europa para corroborar la frase “más rico que un argentino”. En ese contexto de la pujante Buenos Aires, resultado de políticas centralistas y de la intensa actividad agroexportadora, nació Rodolfo Puiggrós, el 19 de noviembre de 1906 en el número 1320 de la calle Independencia, límite de los actuales barrios de Constitución y Monserrat. Su padre, José Puiggrós, natural de Rubió, era integrante de una familia perteneciente a la antigua nobleza catalana, que dejó huellas de su paso por Cataluña en un pueblo epónimo. Su casa natal, según referencias de personas bien informadas tenía alrededor de 900 años. José, después de haber servido a la Corona en la guerra de Filipinas, se estableció en Buenos Aires a principios del siglo XX. Allí, se casó con la descendiente de una familia de la burguesía catalana, Margarita Gaviria. En Argentina, se dedicó al comercio y la consignación de hacienda. El “primer hijo, primer sobrino y primer nieto” pronto debería compartir atenciones con cuatro hermanos, también varones. El reacomodamiento de los vínculos familiares producido por la llegada de los hermanos, los recurrentes cambios de domicilio y, según él, cierto autoritarismo paternal, junto a crecientes diferencias de concepción sobre la vida misma, llevó a definir a su situación hogareña como dentro de una “atmósfera familiar represiva” y a su familia, como llevando“una gris y mediocre existencia”. Luego de terminar sus estudios primarios en el antiguo “Colegio Charlemagne”, fue internado como pupilo junto a sus tres hermanos menores en el colegio “Carmen Arriola de Marín” de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en San Isidro, Provincia de Buenos Aires. Serían, a su juicio, el conjunto de esas vivencias las que determinaron su “carácter retraído y hosco”. 
Al cumplir veinte años viajó con su padre por España, Portugal, Bélgica, Holanda, Escandinavia y llegaron hasta la URSS, en plena consolidación de la revolución bolchevique, acontecimiento que marcó a fuego su personalidad y desde ese momento la cuestión del protagonismo obrero comenzó a ser un tema que despertó su curiosidad y ocupó su interés durante toda su vida.
 Vivió dos años en París y dos en Londres, período durante el cual comenzaría a nutrirse de las discusiones políticas e ideológicas europeas de la época, tanto como de las obras referidas a las ciencias sociales, economía y filosofía, y en especial las concernientes al marxismo. El haber vivido esos años en el corazón de Europa le dió la posibilidad de extender su competencia lectora en otros idiomas: durante toda su vida leería ávidamente las obras de su interés en inglés, francés, italiano, o portugués. 
Los anhelos familiares con respecto a su porvenir lo encauzaban paulatinamente hacia el estudio de las ciencias económicas “mientras menospreciaban los valores humanos y de la cultura, los atraían los de la ciencia y la tecnología”, opinaba de su familia, razón por la cual abrazó la carrera de Economía en la Universidad de Buenos Aires, que rápidamente abandonó, inclinándose por su faceta de periodista y escritor. Es así, que con sólo veintidós años fundó la publicación periódica porteña “La Brújula”, de la cual fue director desde 1928 hasta 1932. Durante los años 1932 y 1933, trabajó como editorialista del diario “Rosario Gráfico”, oportunidad en que se relacionó con el gran pintor Antonio Berni, quien en su libro Escritos y papeles privados relató algunas graciosas peripecias compartidas con su amigo. Durante 1935 y 1936, fue el director del diario “El Norte” de Jujuy. Estos fueron los primeros pasos en su profesión como periodista, quehacer que matizó con la docencia para poder subsistir, la investigación histórica y la militancia política dentro del Partido Comunista. 
Hacia el final de la década de 1930, decenio de grandes convulsiones políticas nacionales e internacionales, comienza la divulgación de su obra, que a lo largo de su vida comprendería alrededor de treinta y cinco libros sobre filosofía, economía, política e historia, además de innumerables artículos, editoriales y folletos. En 1940 editó sus primeros libros: 130 años de la Revolución de Mayo; De la colonia a la revolución y La herencia que Rosas le dejó al país. Con ellas inició la etapa de historiador de los procesos nacionales y sus actores, desde una perspectiva de análisis rigurosa y original al aplicar el método científico de la historia, considerando las causas económicas como las primeras en los fenómenos sociales pero sin soslayar la influencia que en ellos tiene la ideología, la filosofía, la religión, la política. “No soy un ‘hechólogo’, decía soy pensador”. 
En 1938 fundó la revista Argumentos y la dirigió hasta 1941.
 Por aquella época hizo pública su simpatía por el incipiente movimiento popular que, nucleado en torno a la figura del entonces Coronel Perón, prometía encarnar las aspiraciones de la clase obrera, circunstancia que le valiera en 1945 la expulsión del Partido Comunista. Desde el año 1946 a 1955 se desempeñó como Director del periódico “Clase Obrera”.
 Por aquel entonces, una de las publicaciones más importantes de la Argentina, el diario “Crítica” lo contaba también entre sus colaboradores. Desde 1938 hasta 1955 compartió esa tribuna con personalidades como Roberto Arlt, Nicolás Olivari, Enrique y Raúl González Tuñón, Jorge Luis Borges, Carlos de la Púa, Conrado Nalé Roxlo, Eduardo Guibourg, César Tiempo y Homero Manzi, entre otros. Desde sus páginas hostigó al fascismo italiano mientras expresaba su apoyo a los republicanos españoles y hasta se animó a denunciar los fusilamientos de 1955. 
En la década de 1950, viajó a Bolivia y a Perú donde desarrolló su tarea de periodista, y como académico ejerció la docencia en la Universidad de San Marcos (Perú) y en la Universidad de San Javier (Bolivia), siendo ya un estudioso de los movimientos populares de Latinoamérica. En sus anotaciones manuscritas inéditas aparecen frases que señalan: “Bolivia: clave del cono sur”, posición que refrendaba desde sus testimonios orales cuando invitaba a observar con atención los procesos sociales bolivianos como paradigmáticos, por las condiciones de explotación infrahumanas a las que eran sometidos los trabajadores de las minas del altiplano. 
Con la aparición en 1956, de su libro Historia crítica de los partidos políticos en la Argentina, se inicia desde su obra el abordaje de problemáticas más actuales. Empero, la Argentina de los gobiernos dictatoriales era un ámbito incompatible con su accionar: llegó entonces el primer exilio a México, país donde el fenómeno de la conquista española y la resistencia de la cultura aborigen, parecían mostrarse con mayor nitidez. Desde su nueva residencia, se volcó a la investigación de esta problemática, atendiendo especialmente a su relación con los modos de producción. Desde este punto de vista es, sin duda, el período más rico de su historiografía: en 1961 publicó La España que conquistó al nuevo mundo y Génesis y desarrollo del feudalismo, en 1965; en Los orígenes de la Filosofía (1962) describió y fundamentó la naturaleza materialista y no idealista de sus comienzos, como se sostenía teóricamente hasta el momento. En ese mismo año fundó, junto a otras personalidades, el diario “El Día”, que sería luego, uno de los periódicos más importantes de México y donde se desempeñaría como editorialista hasta 1978. 
Su reconocida trayectoria y nivel teórico pudieron expresarse también desde la cátedra: fue Consultor Adjunto en La Sorbonne (Francia); en la UNAM, profesor titular de “Historia Económica” en la Facultad de Economía, y de “Antropología Filosófica de América Latina” e “Historia Económica” en la Facultad de Ciencias Políticas. Cargos obtenidos por reconocimiento a su labor intelectual que enriquecía permanentemente con lecturas actualizadas. Tan es así, que sus allegados decían refiriéndose a él: “Donde va Rodolfo, crea una biblioteca”.
 Desde México, país al que lo unían entrañables lazos, fue invitado a visitar China. En Argentina no había logrado ejercer, prácticamente, ningún cargo remunerado, sin embargo fue convocado frecuentemente a debates, exposiciones y ponencias por parte de la comunidad académica de las casas de altos estudios del país: por ejemplo en la Universidad Nacional de la Plata, de Córdoba, de Tucumán, de Cuyo. 
También fueron notorias sus aptitudes como polemista: los debates teóricos con André Gunder Frank con respecto a los modos de producción imperantes en América Latina, publicados en “El Gallo Ilustrado” revista dominical del diario “El Día”, despertaron el interés académico en distintas latitudes. Desde un estilo inflexible, explicaba su posición con respecto a que “América debe a España su incorporación al proceso general de desarrollo de la humanidad a través de un feudalismo agonizante en la época del nacimiento del capitalismo”. En tanto, su oponente sostenía la concepción de las sociedades duales (capitalistas-feudales), insertando al capitalismo desde el momento mismo de la conquista. Posteriormente, la transcripción de estos debates fueron incluídos en el Tomo II de América Latina en transición (1970) con el título “Los modos de producción en Iberoamérica”.
 En 1965 se publicaron: Integración de América Latina. Factores Ideológicos y Políticos; y Pueblo y Oligarquía. Desde este último incorporó como perspectivas de análisis los adjetivos nacional, popular y revolucionario, términos que servirían de herramienta para el reconocimiento de nuestra historia por parte de las generaciones protagonistas de los grandes movimientos populares y sociales que como “el Mayo francés”, “Tlatelolco” o “el Cordobazo”, que daban cuenta del nuevo panorama político planetario. “La Universidad, la prensa, entrelazadas con el sindicato obrero: he aquí tres instituciones modernas, hijas de la eterna lucha del hombre por la libertad. Las tres instituciones más odiadas por las tiranías, las que cuando no consiguen someterlas, las arrasan. Son las que están dando héroes y mártires al futuro de nuestra América”. En este contexto, es preciso mencionar que contaba entre sus amigos a Juan Perón, Omar Torrijos, Gabriel García Márquez, Arturo Jauretche, José Hernández Arregui, entre otros destacados intelectuales y políticos.
 La religión fue desde siempre materia de su interés: en 1966 publicó Juan XXIII y la tradición de la Iglesia, donde ubicaba a la religión como un fenómeno social explicando su correspondencia con un determinado orden socioeconómico. En ese año regresó a Buenos Aires durante las vacaciones. Para su sorpresa no se le renovó la visa para retornar a México. Conjeturó algunas hipótesis, que iban desde los motivos políticos a los recelos profesionales, pero nunca logró obtener información fehaciente para corroborarlas. Se estableció en Buenos Aires y en 1967 publicó Las izquierdas y el problema nacional. De 1968 son Las corrientes filosóficas y el pensamiento político argentino y La Democracia fraudulenta. Estaba a punto de dejar de ser “peronólogo”, para convertirse en peronista, como él mismo describía. Mantuvo una intensa comunicación epistolar con el General Perón, a quien visitó en varias oportunidades en su residencia de Puerta de Hierro, en el exilio español. Los unían las concepciones comunes acerca de la Patria Grande Latinoamericana y las luchas por la Liberación. En este contexto es conveniente agregar que ambos crearon en abril de 1971 el Movimiento de Solidaridad Latinoamericana (M.A.S.L.A.), del cual el Presidente era el General Perón y Secretario General Rodolfo Puiggrós, siendo su colaborador más importante al Mayor Bernardo Alberte. Dicha fundación se realiza con la convicción de que “es la lucha misma la más efectiva y eficaz forma de ejercitar la solidaridad con los revolucionarios que combaten en cualquier rincón de nuestra América o del mundo”. Según declarara el escritor al periodista del diario El Alcázar de Madrid, el 15 de abril de 1971, esta creación surgió “a raíz de hechos como los acontecimientos bolivianos de noviembre del 69” y de haber asistido él “a la toma de posesión del Presidente Allende….en representación del General Perón y del movimiento peronista”. Ante el protagonismo popular de esa época señalaba: “conceptuar la realidad y no meramente conceptuar conceptos, como lo hizo siempre la agónica izquierda tradicional, es el mayor salto cualitativo que ha dado el movimiento obrero revolucionario”. 
En ese mismo año el ex Presidente le prologó su libro El peronismo. Sus causas, que tuvo amplia repercusión.
 En la Argentina, el descontento popular precipitaba el llamado a elecciones aunque con ciertas restricciones. “Cámpora al gobierno Perón al poder”, era la consigna que ilustraba el triunfo del gobierno popular en 1973, el cual ponía en marcha una serie de medidas diametralmente opuestas al régimen anterior. En medio de la efervescencia de aquellos días, Rodolfo Puiggrós fue nombrado Rector Interventor de la UBA el 31 de mayo y la UBA pasó a denominarse “Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires”. Desde allí sostenía: “se terminó eso de la universidad libre pero a espaldas del pueblo (…) No habrá revolución tecnológica sin revolución cultural”. En una de sus disposiciones se declaraba la “incompatibilidad entre cargos docentes y desempeño jerárquico en empresas multinacionales…”. En una de sus declaraciones manifestó que “debemos tener en cuenta que aunque las universidades no hacen la Revolución, en cambio de su seno pueden salir los revolucionarios”. Y con ese espíritu se pusieron en marcha Las 90 medidas más importantes de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires en los primeros 90 días de gobierno universitario. En junio de 1973 el Rector- Interventor Puiggrós les ofreció al ensayista Arturo Jauretche y al periodista Rogelio García Lupo “reflotar el perfil original de EUDEBA”, la editorial universitaria de Buenos Aires. Ambos, entre otras acciones, promovieron la edición de la colección “Las Revoluciones”, que desarrollaba las historias de las revoluciones populares como la chilena, la peruana o la peronista. Otra de las medidas importantes que tomó Puiggrós fue la creación del Instituto del Tercer Mundo, motivo por el cual y por su carácter de Rector de la UNPBA el presidente de Argelia lo invitó a asistir a la “4ta. Cumbre de Países No Alineados”, que se desarrolló en Argel durante ese año. 
Pero las medidas encaminadas a una reestructuración de los resortes del poder asumidas por los gobiernos populares, resultaban una amenaza para los intereses de Estados Unidos y las empresas transnacionales, tal como les había sucedido con la experiencia cubana.
“No veo por qué debemos quedarnos mirando cómo un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su pueblo”, manifestaba el entonces secretario de Estado Henry Kissinger, refiriéndose al caso chileno, mientras la CIA intentaba diversas estrategias de desestabilización que iban desde el boicot económico o la infiltración en los diferentes estamentos sociales para invitar al descontento, hasta la asistencia militar que desembocara en el propio golpe de estado. En tanto, en la Argentina, el pragmatismo del gobierno iba mutando el rumbo inicial, que luego de la muerte de Perón, pasó a convertirse en el prolegómeno de lo que sería la etapa más sangrienta del país. Las amenazas personales y familiares a Rodolfo Puiggrós, se tornaban cada día más factibles: llegaba el momento de su segundo exilio. Otra vez camino hacia su muy querido México, país solidario con cientos de argentinos que debieron partir en busca de asilo político. De ahora en más, emprendería una intensa tarea política además de su trabajo profesional como periodista en el periódico “El Día” y académica como docente universitario en la UNAM o como panelista en diferentes Congresos y Foros internacionales. Fue nombrado Miembro fundador de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe, en 1974. Un año después, se fundó el COSPA (Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino) que integró junto con otros destacados políticos, como Ricardo Obregón Cano. Puiggrós fue miembro Fundador del Comité de Solidaridad Latinoamericana, junto a renombradas personalidades como Gabriel García Márquez, Pablo González Casanova y Carlos Quijano. Fundamentalmente se realizaban tareas de solidaridad con los movimientos revolucionarios de América Latina y del resto del mundo y de homenaje a grandes figuras del pasado, como Manuel Ugarte, Augusto Sandino, Ernesto Che Guevara.
 En el COSPA se desarrollaban actividades culturales, de asesoramiento, pero sobre todo de contención a la comunidad argentina en el exilio. Ejemplo de ello fue “La Casa del Niño”, que ofrecía un espacio de participación a los niños latinoamericanos. 
Pero el objetivo era el regreso a una patria democratizada y por ello se apelaba a la comunidad internacional para desenmascarar el accionar de los miembros y colaboradores del “Proceso” y su política entreguista afianzada por la vía del terrorismo de Estado. “El exilio nos agrandó la Patria”, sostenía. En esta etapa realizó numerosos viajes por el continente: Venezuela, Colombia, Panamá. En el año 1978 ofició como jurado en el Concurso de Casa de las Américas en La Habana. Ese mismo año viajó a Europa: España, Francia, Holanda, Bélgica y Suecia, donde tomó contacto con el exilio latinoamericano. En 1979 llegó hasta Nicaragua y Costa Rica. Participó como miembro del Consejo Asesor Latinoamericano de Radio Noticias del Continente y un año después fue designado miembro del Tribunal Permanente de los Pueblos de Centroamérica, dependiente de la Comisión para la Defensa de los Derechos Humanos en Centroamérica, con sede en San José. También en 1980, formó parte del Consejo Asesor de la Editorial Patria Grande. En ese mismo año tuvo el propósito de retomar un antiguo proyecto y comenzar a escribir un libro que resumiría la historia del siglo XX, al que iba a denominar El hijo del inmigrante, y que ya tenía delineado en su cabeza hacía mucho tiempo.
 Sin embargo, la muerte frustró su propósito. A los 73 años, el 12 de noviembre de 1980, falleció luego de una semana de ser ingresado en el Hospital “Cira García” de la Habana, dedicado a la atención de los extranjeros radicados o visitantes de Cuba […]

[Delia CARNELLI y Marcela LE BOZEC. Biblioteca “Rodolfo Puiggrós”. Universidad Nacional de Lanús]

␥ José Antonio Maravall [1911-1986]

El lector que repase cronológicamente la amplia bibliografía de José Antonio Maravall experimentará posiblemente una extraña impresión. En los primeros libros, de los años 1940 y 1950, se aprecia ya su espléndida capacidad como lector, la intención de enlazar todo texto con el marco político en que surge, pero sobra quizás valoración de lo concreto y la historia de las ideas aparece como algo desligado del proceso social. De haber proseguido esta línea, hubiese sido lo que llamaríamos un autor de referencia, pero no ocuparía el lugar que hoy le pertenece en la historiografía española. En “Las Comunidades de Castilla” (1963) y “El mundo social de la Celestina” (1964), la imaginación del historiador comienza a actuar a fondo al integrar la historia de las ideas. A partir de ese momento las reflexiones expuestas inicialmente en su “Teoría del saber histórico” (1958) comienzan a rendir frutos. Maravall regresa una y otra vez al mundo ideológico y rural de la España del antiguo régimen y elabora un análisis cada vez más complejo del pensamiento político. De ahí la impresión de constante rejuvenecimiento que transmite su obra. El prólogo de “La cultura del Barroco” (1975) aporta suficientes datos para entender cómo en Maravall el trabajo histórico no era acumulación de hechos. Es así como su temprano interés por la historia de las mentalidades desemboca en “Estado moderno y, mentalidad social” (1972). Ese hilo conductor de la preocupación por la turbia imagen de la España barroca va a parar a su último libro, quizás el más pensado y reelaborado, sobre la novela picaresca. Ahora bien, para entender ese proceso de renovación en la obra de José Antonio Maravall no bastan el talante individual o las lecturas. En pocos universitarios de su momento histórico incidieron con tanta intensidad los cambios en el marco político. Pienso que, en gran medida, Maravall consuma, en los años 1960 una renovación, porque ve que el país comienza a transformarse, siente la influencia positiva de la relación intelectual con sus hijos y, en definitiva, que sus libros son también un agente del cambio. Hay que pensar que Maravall inicia su carrera intelectual -y cuasi política- muy pronto, en torno a 1930, sin los 20 cumplidos, y que participa de las esperanzas y de las frustraciones de Ortega al llegar la Segunda República. Luego le golpea la oscuridad, hasta que el rigor de su primera investigación le integra en el mundo intelectual europeo. En los 1960, en la facultad de Ciencias Políticas, su magisterio era una isla de libertad. También de preocupación y de angustia, acrecentada esta última por la espada de Damocles, que le golpeaba periódicamente, de un corazón frágil.

[Antonio ELORZA. “El historiador en la historia”, in El País, 20 de diciembre de 1986]

Al cumplirse el 20º aniversario de la muerte de José Antonio Maravall, la mente se puebla de recuerdos personales. Tal vez el más ilustrativo de su personalidad fuera aquel episodio del año 1961 en que el bedel del Instituto de Estudios Políticos vino a interrumpir la reunión del seminario de Historia de las Ideas que él codirigía con Luis Díez del Corral. Avisaba de que en media hora iban a reunirse allí mismo miembros del Consejo Nacional del Movimiento, cuya sede era el viejo palacio del Senado. Maravall se levantó casi de un salto del sofá, colocado justo bajo el enorme cuadro de la conversión de Recaredo, y marchó decidido hacia la puerta. “¡Vámonos!”, dijo, “no sea que nos confundan”. Pronto Díez del Corral y Maravall dejaron de pertenecer al Instituto al ocupar Manuel Fraga la dirección de aquél. Para quien cursaba la carrera de Ciencias Políticas al borde de los años 1960, el contacto sucesivo con las enseñanzas del historiador de las ideas Luis Díez del Corral y del gran especialista en el pensamiento político español José Antonio Maravall constituía al mismo tiempo una sorpresa inesperada, pues para los estudiantes sólo contaba la dificultad de las respectivas asignaturas, y sobre todo un fascinante ejercicio de recuperación de la libertad perdida. Con notables diferencias de estilo, que por entonces conferían un cierto protagonismo a Díez del Corral, ambos remitían con sus palabras y sus actitudes a un mundo intelectual borrado por el franquismo. Era el suyo un lenguaje distinto, como lo eran sus referencias culturales, rasgando la cortina del pensamiento oficial, al modo que ya lo venían haciendo otros maestros como Aranguren o Tierno Galván, más comprometidos políticamente. Es cierto que tanto Maravall como Díez del Corral, jóvenes discípulos de Ortega y Gasset en los treinta, estuvieron primero alineados ideológicamente con el régimen, pero muy pronto sus trabajos como historiadores marcaron una ruptura inevitable. Con “El liberalismo doctrinario”, de 1945, y “El rapto de Europa”, Díez del Corral propuso de modo implícito una alternativa auténticamente liberal y europeísta, orteguiana, al discurso histórico de la autarquía, en tanto que Maravall iniciaba en 1944 su largo recorrido por la España barroca con una aproximación insólita entre nosotros a la literatura política de emblemas. Por el momento la novedad se escondía detrás de un título muy de la época, “La teoría española del Estado en el siglo XVII”. Cuando la obra fue traducida al francés por iniciativa de Pierre Mesnard, el deje castizo de “teoría española del Estado” desapareció, pasando a ser “la filosofía política española del siglo XVII”. No obstante, la sobrecarga de “lo español”, paradójica en quien tan acertadamente desmontó el tópico de los caracteres nacionales, siguió presente en dos obras mayores de los años cincuenta, “El concepto de España en la Edad Media” (1954) y “Carlos V y el pensamiento político del Renacimiento” (1960), punto a su vez de partida de otro eje de preocupación maravalliana, el Estado moderno en nuestro país. A los 50 años de edad, Maravall reflejaba ya en sus ideas y en su trabajo el eco de su estancia previa en París como director de la Casa de España en la Cité Universitaire. Amigo de Pierre Vilar, estaba harto del régimen, admiraba el pensamiento democrático modernizador de Pierre Mendès France, se abría en sus explicaciones al preliberalismo ilustrado, así como a Pi y Margall y a la crítica de Cánovas, y estaba dispuesto a abordar como historiador una profunda renovación metodológica. Su campo de preocupaciones desbordó el pensamiento político con dos libros mucho más ágiles que los anteriores, “Velázquez y el espíritu de la modernidad” (1960), y sobre todo “El mundo social de la Celestina” (1964), sorprendente incursión en el ámbito de la sociología histórica aplicada a la literatura que anuncia sus espléndidas aportaciones posteriores al análisis de la cultura del Barroco y, en especial, de la novela picaresca. Ahora bien, el punto de inflexión es también observable en los trabajos sobre pensamiento político, con “Las Comunidades de Castilla” (1963), interpretadas como “una primera revolución moderna”. Hemos pasado como referente de San Isidoro a Manuel Azaña. Modernidad y reforma político-cultural se convierten en dos preocupaciones centrales de Maravall, que se proyectan sobre la temática de sus trabajos: el discurso de ingreso en la Academia de la Historia sobre “Los factores de progreso en el Renacimiento español” (1963), “Antiguos y modernos” (1966), hasta culminar en la magna obra “Estado moderno y mentalidad social” (1972), al tiempo que busca rastros de utopía y disidencia política en la España de los Austrias. A título personal, aun con la rémora de un frágil corazón, Maravall acompaña con entusiasmo la curva ascendente de la España de los 1960, apoyado en un medio familiar que siempre le compensó de otros sinsabores y que ahora refuerza su confianza en el cambio, propiciada en su especialidad por la llegada de historiadores más jóvenes, de Miguel Artola a Gonzalo Anes Álvarez. De paso, presenta en 1958 su reflexión metodológica en la “Teoría del saber histórico”. Vuelve la angustia en el ocaso del franquismo, sucediéndose los estudios en los cuales aborda desde distintos ángulos el vínculo entre poder social y cultura en la España del siglo XVII, su vieja e incómoda amiga. Le preocupan el cambio y las resistencias al mismo, a las innovaciones, en una estructura histórica, la sociedad española en crisis. La historia, dirá, “es la ciencia de lo que dura en su fluido pasar”. Esa “innovación” que busca en el pasado se convirtió en realidad con la transición democrática. Maravall recupera entonces el entusiasmo con que casi medio siglo antes, estudiante dado a la poesía, amigo de Rafael Alberti, recibiera otro cambio de régimen. La labor de su hijo José María como ministro vino a confirmar ese estado de ánimo optimista que le acompañó hasta la muerte repentina, poco después de terminar su segunda gran contribución, “La literatura picaresca desde la historia social” (1986). A título póstumo, recibió el Premio Nacional de Ensayo. Nunca fue premio Nacional de Historia. 

[Antonio ELORZA. “El historiador y la política”, in El País, 20 de diciembre de 2006]

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