Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Sociología del arte [1974]

Hay autores que parecen tener un curioso sino: sus obras se publican, se difunden y discuten con mucho más énfasis en los países en los que son traducidos, quizá por aquello de que nadie es profeta en su tierra. Este es, o parece ser, el caso de Arnold Hauser, el responsable de que sea difícil (su Historia Social de la Literatura y el Arte ha cumplido ya su décimo segunda edición), contemplar un cuadro de Botticelli, por ejemplo, sin pensar al instante que detrás de esos velos transparentes y esos árboles erguidos se oculta todo un complicado sistema socio-económico, un mundo de acumulación de capital por una burguesía naciente en privilegiadas ciudades-italianas, en donde el mecenazgo y el artista aparecen como dos aspectos del mismo fenómeno: la aparición de la individualidad como consecuencia del tránsito del modo de producción feudal al que le sigue (en ese caso el burgués y en otros -dado el relativismo de la historia reciente- el socialista u otro todavía no pensado). Así de fácil y así de definitivo. De cosas como ésa se ocupa esa tímida o incipiente disciplina que quiere llamarse Sociología del Arte, disciplina que no ha alcanzado aún el estatuto de ciencia independiente con un método y un objeto de estudio claramente delimitados. Son muchos los que en la actualidad reivindican para sí el titulo de sociólogos del Arte. Hauser podría encuadrarse en esa corriente que arranca del materialismo histórico y que, pasando por Lukács  y la Escuela de Francfurt (Hauser nunca formó parte del grupo, ni ha prestado demasiada atención a los trabajos de Adorno), se desarrolla hoy siguiendo caminos muy diferentes. Pero Hauser, nos dirán sus oponentes, es más bien un historiador que realiza un estudio de la evolución de las sociedades, de sus modos de producción y, a partir de ahí, de las condiciones de vida del artista y de su época. Frente a las modernas corrientes de la sociología del Arte, como la encabezada por Francastel, que reivindica la especificidad del lenguaje artístico, de los códigos visuales y la vinculación de éstos a los grandes cambios económico-sociales, Hauser se habría planteado en su primera obra el estudio de la posición del artista en la sociedad, su prestigio o su olvido, las clases que le sostienen y consumen, y adentrándose a veces por el resbaladizo terreno del contenidismo- la relación de la obra con los sistemas sociales existentes: arte convencional o rígido unido a sociedades teocráticas o autoritarias, identificación de realismo o más bien naturalismo (en un sentido muy estrecho) con fases progresivas de la humanidad, etc. Pero el viejo Hauser también evoluciona y, en su trato continuado con el arte, el artista y sus obras, parece haber llegado a ese momento en que se enfrenta con ese gran dilema de la estética, con esa gran interrogación formulada ya por Marx cuando escribió en la Crítica de la Economía Política: «La dificultad no radica en comprender que el arte y la epopeya quizá vayan unidos a ciertas formas sociales de desarrollo. La dificultad consiste en que todavía conservan para nosotros goce artístico y que en cierto modo valen de norma y de modelo inasequible», dilema que hace que el sociólogo tenga que plantearse la posible inutilidad de toda una vida dedicada al estudio, ante la perspectiva de que todo se reduzca al famoso poema de Keats: The beauty is the true, verdad que dejaría al crítico desarmado ante esa tan discutida teoría del arte por el arte que tan bien ha explicado el propio Hauser como consecuencia de la desvinculación del artista en esa pomposa sociedad acumulativa del Segundo Imperio francés. Pero quizá por eso Hauser, en la obra que ahora comentamos, intenta reconciliar lo irreconciliable, huir de la mecanicista teoría del reflejo, deslindar los campos, reservar al sociólogo un margen limitado que concede, sin embargo, la autonomía a la obra bajo su aspecto estético: «Sociología y psicología, nos dice, resultan igualmente extrañas a la obra de arte como construcción estética. En su calidad de estructura formal, dicha obra es un sistema encerrado en sí mismo, que no precisa motivo exterior alguno, un todo cuyos distintos elementos pueden explicarse y justificarse completamente por medio de sus mutuas relaciones internas» y entonces al sociólogo sólo le queda una aproximación relativa, completadora pero nunca explicativa, y recogiendo el concepto de mediación lukacsiano plantea una relación no dialéctica (por tanto, sin antagonismos, ni conflictos) entre el arte y la sociedad. Existe antagonismo, nos dice, en el arte y la sociedad, pero no hay ninguno entre la sociedad y el arte. Aunque la sociedad influya en el arte y éste en la sociedad, eso no quiere decir «que el cambio en uno corresponda un cambio en el otro». Y, por eso, estos dos grandes volúmenes, el testamento de toda una vida preguntándose sobre el arte y la sociedad, nos dejan al final sin respuesta, nos cuentan sólo la duda misma de un hombre que ama el arte y que se ha pasado largos años de su vida intentando encontrar las causas de ese “inefable” que no debiera ser transhistórico. Es interesante comparar esta obra rica y llena de vacilaciones, con otra que ha aparecido recientemente en las librerías y que se plantea también la relación arte-sociedad (la de N. Hadjinicolau, “Historia del Arte y lucha de clases”). EI autor, en este caso, althusseriano, pasado por la mano de Poulantzas, intenta explicar el arte, reducido de nuevo al mero campo de la superestructura y por tanto de la ideología, como un fenómeno más de la lucha de clases. Relación de nuevo dialéctica, la que nos plantea Hadjinicolau, pero empobrecida. Los diferentes estilos de un autor no serían más que la ideología en imágenes de los diferentes grupos sociales y, por tanto, manifestación de los conflictos entre las clases en pugna dentro de esa sociedad. Los diferentes estilos a lo largo de la vida de un autor no serían más que su vinculación temporal a los intereses de diferentes clases sociales. Libro éste que es un retorno, una vuelta atrás, dentro de ese difícil camino emprendido por la sociología del Arte, y que denota la inmadurez «ideológica» entendida aquí en el sentido de falsa conciencia de un aventajado e intransigente discípulo, que puede haber entendido a Althusser pero que no entiende el arte. Quizá la belleza no sea la única verdad, parecería decirnos Hauser con su obra, pero en cualquier caso, ella es la que nos sigue planteando el dilema. Posiblemente puedan reconocerse en los distintos cuadros de Rembrandt, como quiere Hadjinicolau, los intereses de distintos grupos antagónicos en la Holanda del siglo XVII, pero lo que quedaría sin resolver, y esto sí se lo plantea Hauser, es que, como diría Marx, «conservan para nosotros el goce artístico y nos valen aún de norma y de modelo inasequible».

[Lourdes ORTIZ. “Hauser y la posición del artista en la sociedad. Un intento de reconciliar lo irreconciliable”, in El País, 9 de mayo de 1976]

✍ Historia de Roma [1854-1856]

El historiador alemán Theodor Mommsen fue un humanista prolífico, su producción científica es realmente impresionante, a los dos años de su muerte su bibliografía completa abarcaba “1513 títulos” (Fontan, 1978), con cerca de “40.000 páginas” (Fraccaro, 1934). El otorgamiento del Premio Nobel en 1902 es, en parte, un reconocimiento y tributo a su productividad, pero por sobre todo, a ese incesante estudio de la república romana. Su “Historia de Roma” es un sutil y hábil juego de la política romana entre el siglo VIII y el I a. de C. Cuando se publicó la obra en 1856, Mommsen tenía 39 años, eran los tiempos de fecunda actividad juvenil. Escrito sin gran aparataje crítico y científico de notas y citas, descriptivo y analítico, de tendencia historicista-positivista, es considerado un texto que estudia profundamente el período republicano. La Historia de Roma de Mommsen tuvo un éxito fulminante y es considerada una obra de “arte histórica”. Ordenada, de relativa facilidad de lectura, es un verdadero almanaque de los hechos y procesos históricos de la antigua Roma y un punto de partida obligatorio para cualquier estudioso de estas temáticas. Ahora bien, la Historia de Roma integra dos culturas abiertamente, una alemana, de la centuria de Goethe, exaltador del individuo y de los héroes (recordemos el Alejandro Magno de Droysen), del siglo liberal descubridor de los procesos y fuerzas colectivas, y otra, aquella romana, de Tito Livio que aprecia la historia anónima de la ciudad. En el fondo, es una historia donde se mezclan y se entrecruzan dos pasados: el del siglo XIX, del cual fue testigo y agudo observador con sus luchas y rivalidades políticas, y el período de la antigua Roma republicana, objeto central de sus investigaciones. Inmediatamente surgieron las críticas, catalogándola como una obra confusa y contradictoria donde el lector se perdía en la maraña de la historia. Las críticas fueron infundadas y displicentes por parte de algunos colegas, pues el libro tuvo el mérito académico, el reconocimiento y la valía como soporte y fundamento historiográfico primordial para el estudio de la res publica romana. Concordamos plenamente con la afirmación de Finley: “Mejor dos pasados que ninguno” (1986). La Historia romana es una historia viva con ejemplos y adjetivaciones del siglo decimonónico, y para Mommsen el héroe por antonomasia, el hombre de la perfección, genial, reformador y modelo es Julio César: el creador del imperio; su contraparte es el fiel defensor del Senado, Sila. El dictador que, apoyado por las fuerzas populares contra la oligarquía, creó un régimen personal, el cesarismo. La Römische Geschichte, como señala Carlo Lanza, “no era el cúlmine científico de la prodigiosa actividad de Mommsen”. Sin embargo, su claridad de la exposición narrativa que llegó a un amplio público y de estudiosos, la convierten en la obra por excelencia y más conocida de Mommsen; teniendo un éxito fulminante. La Academia sueca valoró sus méritos como escritor, premiándolo con el segundo Nobel desde su creación en 1901 (el primero fue al poeta Sully-Prudhome). El ilustre galardonado ha sido el único historiador (con la excepción de W. Churchill como hombre de Estado) a lo largo de la trayectoria de los nóbeles en obtener el premio en la mención de literatura.

[Alejandro BANCALARI MOLINA. “Theodor Mommsen, el mundo romano y sus proyecciones: A propósito del centenario de su muerte” (fragmento), in Atenea, nº 492, 2005]

␥ Lewis R. Binford [1930-2011]

El 11 de abril de 2011 falleció Lewis Roberts Binford en Kirksville, Missouri. Creador y brazo armado de la Arqueología Procesual, no cesó de propagar y defender lo que consideraba la mejor versión del quehacer del arqueólogo a lo largo de toda su vida. Su influencia ha sido crucial no sólo para el progreso de la disciplina, sino también para el reconocimiento de la misma por parte de otras disciplinas. Su constante preocupación por dotar a la arqueología de una sólida base científica se apoyó en su avasallante personalidad, su inmensa capacidad de trabajo y su habilidad para llegar con su “mensaje” a investigadores que a su vez se transformaron en elementos clave para la propagación de sus ideas. Esto último es un logro obtenido gracias a una dedicación plena a sus alumnos y a una vocación por la enseñanza que no reconocía horarios ni otros límites convencionales. Visitar sitios arqueológicos con Lewis era una experiencia inolvidable, porque inmediatamente se interiorizaba acerca de la interpretación vigente de los materiales allí obtenidos y poco tiempo pasaba antes de que empezara a desafiarla. Lo más atractivo de estos ejercicios era que a lo largo de los diálogos que se establecían entre él y sus interlocutores comenzaban siempre a aparecer escenarios alternativos, implicaciones que usualmente trascendían el locus en que uno se hallaba y nuevas líneas potenciales de investigación. Cuando terminaba la visita al sitio, llegaba la noche y retornábamos a la ciudad, pero el tema no había desaparecido. Utilizando servilletas para escribir o vasos para representar rasgos del paisaje, la argumentación continuaba desarrollándose, nunca de manera reiterativa, siempre en forma productiva. Cuesta pensar en otro arqueólogo que haya logrado atraer la atención de manera semejante a como lo hizo él. Su nombre aparece hasta en obras de ficción como la serie Neanderthal Parallax de Robert J. Sawyer quien, al imaginar una dimensión paralela en la que los Neanderthales superaron a los Homo sapiens, la conducta de aquellos es modelada a partir de conceptos publicados por Binford, con líneas que explícitamente lo reconocen. Famosamente un Neanderthal llega, en un momento culminante de una de las novelas, a decir que “Binford tenía razón”. Con esto su obra claramente ha trascendido un límite en el que ya no se trata de la fuerza explicativa de sus ideas, sino de su capacidad para trascender los ámbitos científicos e instalarse en aspectos de la narrativa popular. Volviendo al plano científico, su obra –con vastos matices que abarcan todo el espectro desde la organización tecnológica, a la arqueología del contacto, desde los estudios arqueofaunísticos al cambio cultural a largo plazo y desde el replanteo metodológico a la más sofisticada discusión teórica– permanece desde años sobre la mesa de discusiones obligadas de la disciplina. Es interesante observar en qué forma autores que prácticamente nunca han citado su obra hoy se encuentran abocados a programas de investigación que reconocen lazos muy fuertes con aquellos planteados por Binford o que implícitamente buscan superar los estándares que este alcanzara. Da la impresión de que todo ha sido tocado por Binford, desde la forma de cuantificar los restos óseos hasta los criterios para establecer la relevancia de observaciones actualísticas para interpretar el registro arqueológico. Una razón para que muchas veces se tenga esta impresión deriva de que los alcances producidos por los cambios introducidos por su New Archaeology fueron tan vastos que hoy nos resulta medio imposible ponderar donde debemos –o podemos– dejar de medir su influencia.

[Luis Alberto BORRERO. “Lewis Roberts Binford”, in Chungará (Arica), vol. XLIII, número especial 1, 2011, pp. 331-332]

✍ La mentalidad revolucionaria. Sociedad y mentalidades bajo la Revolución Francesa [1983]

La editorial Crítica acaba de publicar el libro de Michel Vovelle “La mentalidad revolucionaria”, editado en francés en 1985. Este mismo historiador publicaba en castellano en 1981 “Introducción a la historia de la Revolución Francesa”, libro éste en el que se incluían unos atrevidos “Apuntes para una historia de las mentalidades”. Este primer esbozo ha sido desarrollado ahora en una obra sólida y homogénea sobre la mentalidad revolucionaria. El esqueleto sigue siendo el mismo, una estructura básica de factores recurrentes (el miedo, la violencia, la muerte, el gusto de la colectividad, el amor, el heroísmo, la religión, la fiesta, el rechazo) a la que se añaden posteriores trabajos, reflexiones y precisiones terminológicas para establecer, en definitiva, una estrecha relación entre representantes mentales y aquello que las ha suscitado, la Revolución francesa y en concreto el período 1789-1799. Este tiempo corto de diez años no significa una reducción estricta de su campo de estudio. Vovelle continúa reflexionando en esta obra sobre una de las problemáticas en el trabajo del historiador de las mentalidades: la dialéctica de los tiempos, el nivel de las articulaciones entre diacronía y sincronía, entre la larga duración y el tiempo corto (el acontecimiento revolucionario). Y en esta dinámica se encuadra la pregunta central: ¿herencia o innovación? Para Vovelle, la Revolución no fue la formalización de un cambio ya producido, ni tampoco sencillamente la creación del momento. En la Revolución confluyen y se superan las mutaciones generadas en la sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XVIII. Para explicar estos cambios anteriores a 1789 presenta un capítulo que ya publicó en su libro “Ideologías y mentalidades” (edición francesa de 1982 y española de 1985). En la edición original el título de este artículo era la “sensibilidad” prerrevolucionaria. Ahora ha pasado a denominarse: “la mentalidad” prerrevolucionaria, lo cual no es un mero capricho semántico, sino un buen ejemplo del proceso de maduración terminológica en el campo conceptual de la historia de las mentalidades. El miedo y la violencia son componentes fundamentales en la mentalidad de los franceses del siglo XVIII. Pero, ¿qué continuidad existe entre la mentalidad prerrevolucionaria y la revolucionaria? Babeuf, el 22 de julio de 1789, se refería a la violencia revolucionaria diciendo: “Los señores, en lugar de civilizarnos, nos han hecho bárbaros porque ellos también lo son. Cosechan y cosecharán lo que han sembrado”. Vovelle se interroga sobre las nuevas formas que reviste la violencia durante la Revolución, negando la vieja y renovada interpretación que hace de la Revolución el lugar privilegiado del miedo, de la locura colectiva sangrienta, que ha puesto de moda el tema del “genocidio franco-francés” con cifras fantasiosas y exageradas. Frente a la violencia, el miedo experimentó un proceso de madurez política. Los nuevos valores como la emancipación y la responsabilidad individual generan una “transferencia” cultural fundamental que nos lleva a “Homo Novus”. Vovelle realiza la síntesis de los análisis originales de Cobb y Soboul sobre los “sansculottes”: el hombre nuevo revolucionario “entramado de contradicciones”. Se opone al “arribismo” revolucionario señalado por los revisionistas, propone democratizar el heroísmo, hacer emerger las personalidades de menor envergadura y captarlos en movimiento para superar la sociología demasiado estática, desarrollada hasta ahora. Un ejemplo es la aportación de este libro sobre los jacobinos, que continúa la “teoría de las circunstancias” o “huída hacia adelante” formulada por C. Mazauric. Al “mito de la conspiración, tan complaciente y digámoslo, tan estúpidamente desarrollado por una historiografía reaccionaria” opone Vovelle la sociabilidad revolucionaria, soporte de los compromisos políticos, en la aventura desde el club hasta el poder. Completan este capítulo sobre “La ciudad ideal” una síntesis de sus trabajos sobre la fiesta y la descristianización. Las dos últimas partes están dedicadas al estudio de las dos Francias revolucionarias, la del compromiso y la del rechazo. Frente a la fría aseveración que realiza Vovelle en páginas anteriores, estos capítulos revelan cómo tal imagen es en sí misma engañosa. La mayoría de los franceses participan de las grandes mutaciones, en la manera de vivir desde el amor hasta la muerte (el nuevo calendario, los pesos y medidas, el matrimonio y el divorcio, nuevos cultos necrológicos) o en las actitudes mentales del rechazo, la exclusión o el desarraigo de los marginados, los emigrados y los contrarrevolucionarios. El texto, acompañado con un rico material gráfico y estadístico, presenta la deficiencia de no poseer un aparato crítico en cada capítulo y, en su lugar, se incorporan unas orientaciones bibliográficas, en algunos casos ya incompletas por no recoger las recientes aportaciones, incluso del mismo autor, con ocasión del bicentenario de la Revolución Francesa. Por su parte la editorial Crítica, y a diferencia de la edición italiana de Laterza (1989), incluye en páginas centrales un excelente corpus de ilustraciones, lo que constituye toda “una atención al lector de una obra fundamental para comprender el giro irreversible -incluso en el ámbito de las mentalidades- que supuso para la historia la Revolución Francesa.

[Manuel PEÑA DÍAZ. “La dialéctica intelectual del fenómeno de la Revolución”, in La Vanguardia (Barcelona), marzo de 1990, p. 7]

␥ Maurice Herbert Dobb [1900-1976]

A mediados los años 1930, y tras haber pasado una temporada en Gran Bretaña, le preguntaron a Michal Kalecki su opinión sobre los ingleses. Kalecki respondió que sólo había conocido dos verdaderos gentlemen en Inglaterra, y que uno de ellos era comunista y el otro italiano. El italiano, incidentalmente, era Piero Sraffa. El comunista era Maurice Herbert Dobb, de cuya muerte, el 17 de agosto, nos han informado unas escuetas líneas en este periódico. Dobb era un caballero, en efecto, pero esto no le impidió ser un militante del Partido Comunista durante medio siglo, ni adquirir reputación mundial como uno de los principales economistas marxistas. Su dilatada presencia en Cambridge, donde realizó sus estudios y ejerció la mayor parte de su docencia (era fellow del Trinity College), fue sin duda uno de los elementos fundamentales de su reconocimiento internacional como un gran economista. Fue también motivo de que se convirtiera, en palabras de Paul Sweezy, en una demostración viviente de que las contradicciones se dan en la realidad y no sólo en la mente humana. Dobb consiguió ser simultáneamente un economista marxista y un miembro activo de la escuela de Cambridge. La amplitud de su obra hace difícil trazar un panorama de sus escritos, pero sería posible quizás agruparlos en torno a una serie de temas. Con la excepción de “Salarios” (1927), obra de carácter excepcionalmente monográfico, los escritos de Dobb podrían catalogarse en tres apartados fundamentales: teoría económica, problemas del socialismo e historia del desarrollo capitalista. La publicación, en 1946, de “Estudios sobre el desarrollo del capitalismo”, provocó una polémica (recogida bajo el título La transición del feudalismo al capitalismo), en la que participaron economistas e historiadores (Sweezy, Hilton, Lefebvre, Hill, Takahashi y el propio Dobb), sobre el problema crucial de los factores determinantes de la transición. Dobb regresaría sobre el tema en unas conferencias de 1962 (publicadas en el volumen “Ensayos sobre capitalismo, desarrollo y planificación”). La polémica y los problemas que suscitó siguen sorprendentemente actuales hoy día y constituyen un punto de referencia ineludible para cualquier debate en profundidad sobre la transición entre dos modos de producción distintos. Al escribir sobre problemas del socialismo, Dobb tiene una faceta indudablemente militante, que se refleja en textos como “Argumentos sobre el socialismo o El nuevo socialismo”, que cumplen sobre todo una función propagandística. Es interesante observar cómo, pese a que “El nuevo socialismo” está fechado en 1970, Dobb se limita a formular una crítica del excesivo centralismo de la planificación soviética tradicional, en un marco próximo al de las propuestas de reforma que se generalizan en los países del Este. Pero no llega a cuestionar la institucionalidad política de estos países, pese a que la primavera de Praga había puesto en primer plano precisamente este problema tan sólo dos años antes. Y pese, sobre todo, a que es difícil imaginar algo más incompatible con su propio temperamento de académico de Cambridge que una dictadura de partido único. “El desarrollo de la economía soviética desde 1917” (1948) constituye en realidad la continuación y ampliación de una obra veinte años anterior. La versión española está realizada sobre la edición puesta al día en 1966. Pero quizá las obras de Dobb sobre problemas del socialismo que posean un mayor interés sustancial sean los artículos sobre cálculo económico en una economía socialista y sobre problemas teóricos de la planificación. En estos escritos la obra de Dobb recupera su aspecto más teórico. Junto con “Economía política y capitalismo” (1937) y “Economía del bienestar y economía del socialismo” (1969), constituyen las principales obras de Dobb como crítico e historiador de la teoría económica, hasta la aparición, en 1973, de su libro “Teorías del valor y la distribución desde Adam Smith”. Es en este libro (probablemente su obra teórica más importante) donde es posible ver a Dobb con más claridad como una contradicción viviente. “Teorías” es una discusión de las doctrinas económicas a la luz de la obra de Sraffa, “Producción de mercancías por medio de mercancías” (1960). Esto supone un intento de mostrar la posible armonía de la tradición marxista y de la tradición ricardiana recuperada por Sraffa, intento ciertamente audaz, pero que sólo parece viable gracias a la insólita rapidez con la que Dobb pasa a través de la teoría del valor trabajo de Marx. La publicación de “Teorías” pasó prácticamente desapercibida en España, aunque esto sólo puede parecer extraño a quien no sepa que, diez años después de la aparición de la edición castellana del libro de Sraffa, son legión los economistas que ignoran su misma existencia. Sin embargo, “Teorías” es un libro crucial, pues pocas personas como Dobb (que colaboró con Sraffa en la preparación de la edición de las obras y correspondencia de David Ricardo) estaban en condiciones de comprender la importancia del neorricardianismo como crítica definitiva de la teoría económica neoclásica, a la vez que su incompatibilidad, al menos en apariencia, con la teoría marxiana del valor trabajo. En Inglaterra, la opción entre neorricardianismo y marxismo ha dividido a los economistas que podríamos llamar radicales, cuyas posturas oscilan entre el neorricardianismo ortodoxo de Nell hasta el marxismo no menos ortodoxo de Rowthorn, pasando por el singular eclecticismo de Hodgson. La viveza y la importancia de la discusión evidencian la gravedad de la pérdida que, para el marxismo y la teoría económica en general, supone la desaparición de Maurice Dobb.

[Ludolfo PARAMIO. “La obra de Maurice Herbert Dobb”, in El País, 12 de septiembre de 1976]

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