Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

➻ Ernst Hartwig Kantorowicz [1865-1963]

hm_kantorowicz_k¿Por qué poner puertas al campo? ¿Y por qué construir barreras artificiales entre los saberes? Un humanista del siglo XX, el profesor Ernst Kantorowicz, demostró que la filosofía, el derecho, la ciencia política, la historia, la teología, el arte y la literatura, por lo menos, se sostienen entre sí. No se trata sólo de que sea compatible estudiar dos o más de ellas, sino de que muchas partes de la realidad, incluyendo la realidad histórica, se explican mejor recurriendo al todos estos múltiples recursos, fuentes y puntos de vista, en vez de considerarlos como si estuviesen incomunicados. Por ejemplo, si uno considera la naturaleza del poder en la Europa cristiana (es decir, la naturaleza de la monarquía entre los siglos VII y XVII, de España a Polonia y de Escocia a Bizancio), no puede obviar impunemente ninguno de estos saberes. Claro que Kantorowicz nunca tuvo que ser evaluado por una agencia oficial de la España del siglo XXI. Ernst Hartwig Kantorowicz fue un historiador alemán nacido en Prusia Central (Posnania) en 1895. Que la religión de su familia fuese judía no fue importante para casi nadie, y desde luego no lo fue ni para él ni para sus ideas. Nació alemán, amó Alemania y en Alemania y por Alemania luchó, trabajó, vivió y pensó. En la Primera Guerra Mundial, como muchos jóvenes estudiantes de su generación, combatió como oficial voluntario en un regimiento prusiano de Infantería y lo hizo con entrega y brillantez, siendo condecorado y herido, ingresando después en las Sturmtruppen. En 1918, como una gran parte de los jóvenes alemanes con su perfil, creyó que su patria, invicta en los frentes, había sido entregada a los Aliados por la puñalada en la espalda de los socialdemócratas y espartaquistas, y luchó en las milicias nacionalistas contra la anexión de Posen a Polonia, y después en las ligas y Cuerpos Francos patriotas contra los intentos comunistas de asalto al poder. Una vez consolidada la república democrática de Weimar e impuesto el Tratado de Versalles, Kantorowicz abandonó su ciudad natal y la industria de su familia, que habían sido definitivamente ocupadas por los polacos: quería seguir siendo alemán. Tras dejar el Ejército y los grupos paramilitares no cambió de ideas políticas, y con ellas se convirtió en un brillante estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Berlín y luego en Heidelberg, adquiriendo esa visión amplia y pluridisciplinar que la configuración actual de los estudios en España ya no permite. Enamorado, entre otras cosas, de la Edad Media, a ella se consagró como investigador, y en ella alcanzó la cima del saber y después del prestigio. Pero siguió cultivando la amistad de los círculos nacionalistas y románticos, la amistad de nobles y derechistas, la pertenencia al Georg-Kreis y el contacto con el también medievalista profesor doctor Percy Ernst Schramm. Kantorowicz demostró en su primera gran obra tanto su dominio de la materia como el de la palabra y el de las técnicas de investigación. Su biografía del emperador Federico II (Kaiser Friedrich der Zweite) no sólo renovó por completo el conocimiento y la interpretación de la vida del último Hohenstaufen reinante sino que, además, marcó un nuevo modo de hacer historia, exhibió su confianza en sí mismo al combinar sus conocimientos con su visión del mundo y, aún más interesante para nosotros, definió una nueva interpretación de la naturaleza del poder y de la realeza, tomando del pasado ideas para explicar también fenómenos presentes. Publicada en 1927, mereció encomios de lectores tan variados como los de Mircea Eliade, Ernst Jünger y Benito Mussolini. Los que entonces tenían el control de la opinión académicamente correcta se horrorizaron ante la innovación metodológica de Kantorowicz, y ante su osadía, pues publicó su estudio sin notas ni fuentes de ninguna clase, por lo que fue denostado como indigno de un doctorado y de una cátedra “serios”. Tuvieron que callar cuando, después de decir que lo consideraba inútil para el valor de la obra, publicó en 1931 un volumen de documentación y notas abrumador incluso para la tradición universitaria alemana. En medio del auge político del nacionalismo alemán y del avance de Hitler, siendo presidente el mariscal von Hindenburg Kantorowicz conquistó la cátedra de Historia Medieval en Frankfurt del Meno. Las leyes nazis le privaron de la docencia y después, para su gran dolor, de la plena ciudadanía alemana. Ninguno de sus amigos en el Partido consiguió para él una excepción, pero permaneció hasta 1939 en Alemania, nunca habló contra su país ni aceptó servir a otros contra él, esperando siempre un cambio de rumbo. ¿Cómo y por qué se puede ostentar una doble personalidad, a la vez temporal (pasajera) y corporativa (institucional y trascendente, al menos en su origen? A esta cuestión, que ya había planteado, y a sus múltiples dimensiones y matices, dedicó Kantorowicz el grueso de su trabajo exiliado en Berkeley y en Princeton. El oficio y la persona del rey, y el reino material y el inmaterial, tienen en Europa a lo largo de más de un milenio una compleja y sutil elaboración que determina la identidad colectiva y la vida pública, incluso hasta el siglo XX. “Los dos cuerpos del Rey” se publicó en Estados Unidos, pocos años antes de la muerte de su autor y como síntesis avanzada aunque nunca definitiva de sus trabajos. Kantorowicz hilvanó sus hallazgos en literatos, juristas, teólogos, pensadores, canonistas, historiadores y artistas de múltiples siglos y países, sin seguir un orden cronológico ni geográfico; busca respuestas a su pregunta y a todas las partes y consecuencias de ésta, y trata en una prosa sólida pero que no deja huir con facilidad al lector. Como pocas obras de historia consiguen hacer, el libro que ahora Akal nos vuelve a ofrecer, responde a preguntas sobre la explicación del pasado, deja muchas otras nuevas abiertas, insospechadas y pendientes de respuesta y llega hasta el presente contestando a las inquietudes políticas que vivimos en nuestro siglo, en el que la realeza se eclipsa, el Estado nación decae, las instituciones presumen (¿sinceramente?) de no-trascendencia y sin embargo seguimos necesitando saber qué es y qué camino recorre nuestra comunidad política y su monarca, sacro a su pesar quizá. Leer a Kantorowicz, volver sobre él, es siempre un regalo; hoy, casi un cuarto de siglo después, no puedo más que agradecer el acierto de mi tío Gianni Tamburri al regalarme un Federico II que sigue sin traducirse al español, y el de don Ángel Martín Duque al recomendarme este Los dos cuerpos del Rey que sigue siendo imprescindible para cualquiera que estudie o enseñe Historia (en cualquiera de sus épocas), y para cualquiera que aspire a entender incluso la política europea actual. Naturalmente que Kantorowicz ha merecido muchas críticas. Seguramente la menos fundada y más cobarde de todas haya sido la del por lo demás muy interesante profesor Norman F. Cantor. Treinta años después de muerto el profesor Kantorowicz, Cantor le reprochó, como académico y como medievalista, su íntima cercanía al patriotismo alemán, y sólo su origen judío le habría impedido ser nazi. Ya hemos hablado de la vida de Kantorowicz y esta crítica no merece más respuesta, pero sí es muy sintomática de hasta qué punto es necesario volver a plantearse la formación y la función del historiador. Mientras que al profesor posnano se le acusó, vivo y muerto, de estudiar el pasado pensando en iluminar desde su conocimiento los problemas del presente (y por ello se le llamó historicista, quizás con razón), Cantor y una línea de historiadores y docentes de historia, muy mayoritaria por cierto en las escuelas españolas, consideran en cambio totalmente legítimo aplicar al pasado los prejuicios ideológicos del presente, especialmente cuando éstos son materialistas. Así, centrarse en el estudio científico y objetivo del pasado de lo que hoy más puede servirnos sería criticable, mientras que contar el pasado en clave sesgadamente marxista sería lo que nuestros alumnos y lectores merecen. Una maravilla de equilibrio y ponderación, en suma. La cuestión, en torno a la realeza, es que las conclusiones que sobre la naturaleza íntima del poder en las sociedades europeas cristianas extrae el ímprobo trabajo de Kantorowicz no han llegado mucho más lejos del círculo de los especialistas, y no todos. Yo no se si Akal habrá pensado en regalar a Su Majestad el Rey un ejemplar de esta edición, pero creo que la necesita o al menos sería conveniente para él y su Casa que se le explicase. Porque Kantorowicz demostró, en esta obra que sintetiza una vida de estudio, que en la Europa cristiana hay una dimensión personal, pasajera, terrena, del Rey, pero vive y no muere una abstracción y una dimensión espiritual que es el Rey permanente; ese Rey es depósito de todas las virtudes, de todos los deberes, modelo y encarnación del reino mismo y de su permanencia. Y esos dos cuerpos inseparables del Rey, en una doctrina que no es ni mucho menos sólo medieval y que está en la base de la vieja monarquía española, se sustentan el uno en el otro, y sobran los ejemplos –que aquí pueden leerse- en los que la miopía y los errores terminaron por romper lo irrompible. Por lo cual este libro, hoy más que nunca, no es para especialistas, y al menos los expertos en cortina política necesitan volver sobre él. Precisamente ahora, reinando Juan Carlos I.

[Pascual TAMBURRI BARIAIN, “Hay cosas que un Rey no debe hacer, y lo contó un judío pangermanista”, in El Semanal Digital (Madrid), 2 de noviembre de 2012]

✍ Los Reyes Magos. Historia y leyenda [2000]

reyes-magosCada año, a comienzos de enero, regresan. Los niños creen en ellos. Los padres los sustituyen. Eterno retorno del mito. Ellos eran tres. Los Reyes Magos. La tradición cristiana sostiene que acudieron al portal de Belén para dar testimonio (adorar) a Jesús de Nazaret. Llevaban regalos como emblemas de reconocimiento de su majestad: oro, incienso y mirra. Fueron allí siguiendo una estrella que vieron en el firmamento, mientras hacían sus observaciones astronómicas. Ese era el trabajo de los magos de Oriente: saber el camino de las estrellas. Los tres Reyes Magos son un poco la esencia de toda la cultura cristiana y, como su presencia es aún un acto mágico, una hierofanía, aconsejo a todos los que alguna vez recibieron un regalo suyo que lean el bello libro que Franco Cardini les ha dedicado: una reconstrucción histórica, erudita, visionaria y estetizante, donde la realidad y la leyenda son analizadas desde la grandeza del espíritu de quien está completamente convencido de la existencia de lo sagrado en el alma humana. El libro está compuesto como un tríptico, un recorrido en tres territorios distintos: primero, un paseo por los textos del pasado desde el evangelista Mateo hasta el obispo genovés Jacobo de Vorágine; a continuación, una búsqueda de la función y el significado religioso de sus reliquias, actualmente en la catedral de Colonia; y una descripción de las principales creaciones iconográficas desde los sarcófagos paleocristianos hasta el renacimiento. Revisar el mito a través de los textos es un ejercicio saludable, gracias al cual logramos conocer más a esos personajes: sus nombres verdaderos, sus atributos, el lugar de origen, los motivos de su viaje y los dones que ofrecieron. Los relatos constituyen un rico mosaico de glosas al lacónico comentario de Mateo. El problema central reside en la estrella que vieron, que no podía ser un cometa, pues en esas fechas no pasó ninguno por Asia Menor, y por tanto sólo cabe que sea o una supernova, o una conjunción de Saturno y Júpiter en Piscis, una “coniunctio magna”, recurso astrológico necesario, pues ellos eran ante todo magos. Y aquí radica la paradoja central del cristianismo, tan hostil a la magia y al mismo tiempo necesitado de concentrar la atención sobre esos tres insignes magos que acudieron a adorar al niño. En el siglo XII se sitúa el episodio central de la historia de los Reyes Magos, el traslado de sus reliquias de Milán a Colonia, una decisión de Federico Barbarroja, que buscaba con ello cimentar su poder en una especie de teología política. Idea desarrollada por cronistas ulteriores. En la “Historia de los Tres Reyes” de Juan de Hildesheim, el mundo oriental se transfigura para dar entrada al acto maravilloso por excelencia, la adoración en la cueva y la entrega de los dones. Hay también en este libro una historia de la visualidad de los Reyes Magos. La bifurcación entre las representaciones más arcaicas y las de nuevos tiempos tuvo lugar en el siglo XII, coincidiendo con el traslado de las reliquias. De los sarcófagos primitivos al románico, pasando9788831775557 por el bizantino, el arte explora el valor de esos tres enigmáticos personajes, profundizando en su carácter oriental (para unos vienen de Persia, para otros de Arabia), pero las imágenes no dejan entrever nada de su misterio. La visualidad moderna da comienzo con Giotto, Pisano y Fra Angelico y llega con Benozzo Gozzoli, el Bosco y Memmling a la relación perfecta entre el texto y la imagen. La definitiva aceptación de que la estrella es un cometa es precisamente resultado de la iconografía (el primero en sugerirlo fue Giotto en la capilla Scrovegni de Padua), con lo que se pierde la analogía entre la visión de la estrella y el nacimiento del hijo de Dios. Con la historia de los Reyes Magos, estamos en condiciones de comprender que la identidad de la Europa católica será posible resistiendo el empuje de los árboles sagrados, de Santa Claus y otros mecanismos de la globalización. En el sueño mágico de la noche de la Epifanía, nosotros tenemos aún mucho que recordar, y en esa memoria reconocer un mundo entrañable, donde la modernidad se asienta en la propia tradición, y no en elementos extraños. Por ese motivo, conviene que los Reyes Magos sean bien recibidos entre nosotros el próximo enero, y en muchas epifanías más.

[J. E. RUIZ-DOMÈNEC. “Esencia y paradoja del cristianismo”, in La Vanguardia (Barcelona), 2 de noviembre de 2001, p. 9]

➻ Jorge Gurría Lacroix [1917-1979]

59gonzalez03El 11 de febrero de 1979 falleció en la ciudad de México el doctor Jorge Gurría Lacroix, director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y coeditor de Estudios de Historia Novohispana. Aunque nació en la ciudad de México, el 19 de septiembre de 1917, su interés y sus conocimientos sobre Tabasco, lugar de origen de su familia, hacían pensar a muchas personas que era tabasqueño. Cursó en la UNAM la carrera de abogado (1937-1941), pero sus intereses lo encaminaron hacia otra dirección y en 1948 ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras donde siguió la carrera de Historia. En 1975 obtuvo el doctorado. Desde el inicio de su carrera se interesó por la actividad docente. En 1950 fue designado profesor de Historia de México en la Escuela Nacional Preparatoria y también ayudante del ingeniero Vito Alessio Robles en la cátedra de Historia de las Provincias Internas, en la Facultad de Filosofía y Letras. Posteriormente, en esa facultad, impartió Geografía Histórica de México, Historia de la Conquista de México y el seminario de Historiografía de los siglos XVI y XVII. Su dinamismo, entusiasmo y capacidad como organizador hicieron que se le llamara a colaborar en varias instituciones. Fue secretario de la Biblioteca Nacional de México, secretario general del Instituto Nacional de Antropología e Historia, coordinador de los trabajos de restauración e instalación del Museo del Virreinato en Tepotzotlán, secretario general de la Facultad de Filosofía y Letras y director general de Publicaciones de la UNAM. En el cumplimiento de estos cargos encontró la manera de encauzar muchos de los intereses e inquietudes a los que dedicó parte de sus empeños. Propició y dirigió la edición de obras históricas, promovió el conocimiento de nuestros monumentos históricos y artísticos y procuró el cumplimiento y mejoramiento de las leyes que se encargan de la protección de éstos. Cuando fue secretario de la Biblioteca Nacional de México (1953) , puso en práctica su idea de que parte de la labor del intelectual era dar a conocer ciertos elementos de nuestra cultura poco difundidos, y así, se inició en las lides editoriales promoviendo la edición de la Continuación del cuadro histórico de la revolución mexicana de Carlos María de Bustamante y de la crónica de la Merced de Cristóbal de Aldana. Por esa misma fecha empezó a dirigir la “Biblioteca José Porrúa Estrada de historia de México” donde se publicaron la Relación de méritos y servicios de Bernardino Vázquez de Tapia, Décadas del Nuevo Mundo de Pedro Mártir de Anglería y Relación del Conquistador Anónimo, entre otras. Poco después, en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, como jefe del Departamento de Publicaciones primero, y como asesor técnico de publicaciones después, impulsó la impresión de gran cantidad de obras de arqueología, etnografía, antropología, arte e historia, que vieron la luz durante su gestión (1955-1971). Sus conocimientos de los procesos de edición unidos a su gran capacidad de trabajo y a su amor a la universidad, hicieron que fuese considerado el hombre idóneo para hacerse cargo de la Dirección General de Publicaciones de la UNAM, puesto que dejó cinco años después para dirigir el Instituto de Investigaciones Históricas. Siendo Jorge Gurría estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras, el maestro Francisco de la Maza, en su curso de Historia del Arte Colonial Mexicano, le enseñó a amar nuestros monumentos artísticos, como a tantos otros de sus alumnos. Este amor hizo que se empeñase en conocer y registrar los que aún permanecían descónocidos, ya que creía que la difusión de su conocimiento contribuiría a asegurar su preservación. Así, dedicó mucho de su tiempo a recorrer toda la República fotografiando y estudiando infinidad de lugares importantes. La noticia de estos viajes ha sido recogida en los artículos que publicó en el Boletín INAH. Como maestro e investigador, su interés estuvo dirigido a la historia de la conquista de México, a la historia de la historiografía y a la historia de Tabasco. Entre sus obras se encuentran: Las ideas monárquicas de don Lucas Atamán; Monografías históricas sobre Tabasco, Anastasio Zerecero. Estudio historiográfico sobre sus Memorias, Historiografía sobre la muerte de Cuauhtémoc, el estudio y la edición de Francisco de Aguilar, Relación breve de la conquista de la Nueva España (UNAM, 1977), el prólogo a Francisco López de Gómara, Historia de las Indias, y fray Juan de Torquemada y la conquista de México en la edición que de la Monarquía Indiana está publicando el Instituto de Investigaciones históricas. A su muerte, se encontraba preparando un estudio historiográfico sobre Andrés de Tapia y reconstruyendo los apuntes de Juan Bautista Arrechederreta. Su relación con el Instituto de Investigaciones Históricas fue larga y fructífera. Desde su ingreso en 1951, ya pesar de los cargos que en la Universidad o en otras instituciones desempeñó, nunca cortó sus ligas con él. A su colaboración con los maestros Rafael García Granados y Pablo Martínez del Río y a su empeño y actividad, se debió la formación de la biblioteca del instituto por la que siempre mostró mucho interés. Gran parte de sus obras fueron publicadas con el pie de imprenta de este Instituto al que más tarde dirigió tan atinadamente. Buen amigo, noble y leal, la última virtud es, quizá, la que mejor lo define. Su vocación intelectual, su dinamismo, su buena fe, produjeron frutos que perdurarán más allá de su desaparición. Descanse en paz.

[R. C. “Jorge Gurría Lacroix [1917-1979]”, in Estudios de Historia Novohispana, vol. VII, nº 7, 1981, pp. 7-9]

➻ Guillermo Lohmann Villena [1915-2000]

NOTICIAS_Semblanza-del-DrEntre los estudiosos americanos del siglo veinte, pocos son los que hayan realizado obra seria y ameritada. El mundo indígena, la larga historia colonial, la insurgencia y el desorganizado siglo diecinueve tuvieron selectos cultores. Villacorta y Rodas en Guatemala, Fernando Ortiz en las Antillas, Valcárcer en el Perú, Ricardo Donoso y Eugenio Salas en Chile; en Argentina Ricardo Levene, en México Silvio Zavala y volviendo al Perú contamos con Guillermo Lohmann Villena. De antigua estirpe limeña Lohmann Villena, quien tuvo excelente formación y quien más tarde la acrecentaría en instituciones europeas, sirvió a su país tanto en el ámbito de la enseñanza pues, luego de haber surgido de la Pontificia Universidad Católica del Perú, fue profesor honorario del Departamento de Humanidades en el cual recibió la distinción del galardón José de la Riva Agüero y Osma. También fue rector de la Universidad del Pacífico. Fue de los fundadores de la Sociedad Peruana de Historia en 1945 y posteriormente miembro destacado de la Academia de Historia Peruana. En medio de intensa actividad actuó como director del Archivo General de la Nación y de la Biblioteca Nacional del Perú. También dirigió con gran celo la Academia Diplomática. Ingresó temprano a la diplomacia, en la cual desempeñó varios cargos con lucidez y atingencia. Al final figuró como embajador representante del Perú ante la UNESCO y posibilitó el ingreso del Perú en el Comité Internacional de Ciencias Históricas. Su producción histórica en libros y revistas especializados fue grande y de calidad. En los últimos años produjo: Inquisidores, virreyes y disidentes (1999); Familia, linajes y negocios entre Sevilla y las Indias: los Almonte, y Plata del Perú, riqueza de Europa (2004), amén de otras obras de gran trascendencia, fruto de sus meditaciones y de su continuo trabajo en los archivos españoles y peruanos. Un buen conocedor de la historiografía peruana, Fred Brionna, lo llamó “el gigante del grupo”. Auténtico caballero, estudioso incansable, su imagen en los medios académicos españoles y peruanos tuvo el respeto de todos sus colegas y amigos. Vinculado familiarmente a España, formó familia respetable y gozó de la simpatía de sus colegas americanos que en él veían un dechado de investigador inteligente y minucioso, de un amigo cordial y excelente investigador. Falleció en España en 2005. Dejó además de preciosa colección de trabajos, memoria de una existencia llena de esfuerzos, el calor de su cordial simpatía y su altísima calidad humana.

[Ernesto de la TORRE VILLAR. “In memoriam Guillermo Lohmann Villena, 1915-2000”, in Históricas (México), nº 76, mayo-agosto de 2006, pp. 26-27]

✍ La ciudad impura. Salud, tuberculosis y cultura en Buenos Aires, 1870-1950 [2007]

imagesUna enfermedad, ¿puede explicar a una sociedad? Diego Armus, con este libro buscó contestar esta pregunta; así, desplegó una historia de la tuberculosis en tanto espejo de algunos aspectos constitutivos de la ciudad de Buenos Aires entre 1870 y 1950. La tuberculosis, integró la vida de la ciudad en diferentes niveles, no solamente en los meramente discursivos sino que tiñó las prácticas cotidianas de sus habitantes. Aunque carecía de novedad, su impacto a partir del último tercio del siglo XIX con el desarrollo de la bacteriología moderna cristalizado en el descubrimiento de Koch, devino en una subcultura. El libro se presenta como una especie de inventario de “imágenes, asociaciones y experiencias concretas que dan sustancia a esa subcultura que, durante siete u ocho décadas, saturó de significaciones a la tuberculosis y su lugar en la vida de Buenos Aires”. Este trabajo se inscribe dentro de una renovación historiográfica del campo de la historia de la salud y la enfermedad, en los últimos años, el descubrimiento de la enfermedad como objeto de reflexión integró perspectivas renovadas de la historia de la medicina, la historia de la salud pública y la historia socio-cultural de la enfermedad. Dentro de esta línea de trabajo, la historia de la tuberculosis, se convirtió en una de las patologías que más atención concitó entre aquellos interesados en explorar la relación que establecen los procesos de salud y enfermedad con los procesos de urbanización, industrialización, modernización y modernidad. Múltiples trabajos en diferentes países tanto occidentales como no, constituyen un entramado de referencia para esta obra. La tuberculosis se erigió, de esta manera, en una enfermedad cargada de significados que excedían lo estrictamente patológico; su vigencia durante el período elegido, entre 1870 y 1950, le dotó de una continuidad que la distinguió de otros procesos de la historia política, social o cultural. La omnipresencia de la tuberculosis se erigió en una clave central para entender como la gente convivía con la enfermedad, como se la dotó de complejas asociaciones y metáforas así como se articularon las preocupaciones e iniciativas políticas alentadas por la higiene social y la salud pública. Todos estos aspectos, se manifiestan en los nueve capítulos del libro. Inicialmente se abordan, los proyectos para conjurar el peligro a través de la creación de una ciudad verde, con arboledas y paseos que impedirían fructificar los gérmenes infecciosos, imaginada tanto por los actores más diferentes desde los ácratas ansiosos de lograr una nueva sociedad en las antípodas del mundo como por planificadores en busca de una solución racional al caos urbano. En el centro de esta asociación de la enfermedad como resultado de una relación defectuosa entre sociedad y medio ambiente, se ubicó la vivienda popular, sinónimo de hacinamiento y precariedad material, como contrapartida se prefiguró el ideal: la casa higiénica. Las diferentes asociaciones, imágenes y metáforas construidas que dieron sustancia a la subcultura de la tuberculosis se develan en profundidad. En primer lugar, el texto descubre la feminización de la enfermedad plasmada en tres arquetipos de tuberculosas: la neurasténica, la trabajadora, especialmente la costurerita y la milonguita. Pero esta no fueron las únicas asociaciones existentes, en una sociedad aluvional, la importancia de la construcción de la nacionalidad y de una “raza argentina” adquirió preeminencia. Otra vertiente de esta preocupación, enraizó la tuberculosis en la cuestión racial, en consecuencia, se calificaron los grupos étnicos en torno a su propensión a contraer la enfermedad: la “predisposición de los españoles”, “el vigor de los vascos”, “la debilidad de los judíos”, la inclinación a la enfermedad de “los indios de Roca” ejemplificada en Ceferino Namuncurá. El discurso médico, legitimó este imaginario, en la medida que no pudo explicar las causas efectivas de la manifestación de la enfermedad ya que sólo algunos terminaban tuberculosos a pesar de que todos estaban expuestos. Para explicar este proceso, el colectivo profesional elaboró un catálogo de conductas excesivas que facilitaban la adquisición de la tuberculosis: la sexualidad, la bebida y el trabajo. La enfermedad se erigió en un recurso organizador de una serie de discursos que buscaron el disciplinamiento, la moderación, la racionalización, y la normalización de la población. La cultura higiénica, resultado de la acción de educadores, médicos, políticos y burócratas se consolidó con su difusión en casi todos los ámbitos sociales. Sin embargo, la escuela, se elevó como un escenario privilegiado para erradicar las prácticas peligrosas, en ella, se desarrolló con ímpetu la guerra al esputo al polvo, al corsé, al beso. El sistema educativo, en correspondencia generó instancias de fortalecimiento de la niñez a través de la educación física y especialmente en las escuelas y colonias para niños débiles. Así la forja del cuerpo sano estableció una nueva relación entre estado y sociedad, si bien la sociedad se vio obligada a incorporarlo como meta al mismo tiempo lo transformó en un derecho a aspirar. Pero estas no constituyeron las únicas iniciativas, la tuberculosis fue la enfermedad que más atención concitó en las primeras décadas del siglo XX, la emergente burocracia médico-administrativa construyó con relativa autonomía tanto una red de instituciones estatales de asistencia antituberculosa como una institución privada apoyada en ocasiones por el Estado: La Liga Argentina contra la Tuberculosis. Esta última, se constituyo en la referencia institucional más influyente y perdurable de la sociedad civil al lograr un consenso en torno a la urgencia de combatir la enfermedad que se visualizó a partir de 1935 con la Primera Cruzada Nacional Antituberculosa. Sin embargo, no emanó de este entramado institucional una terapéutica eficaz, la experiencia de la enfermedad gestó un itinerario de tratamiento propio. En esta experiencia de la enfermedad se recurría a las ofertas de las instituciones médicas, que variaban según el sector social de pertenencia, desde las internaciones en estaciones de salud en los Alpes suizos, sanatorios y hoteles de lujo a dispensarios, hospitales y pensiones tanto en las sierras de Córdoba como en la ciudad. Pero los tuberculosos, en un derrotero variable, no descartaron las propuestas brindadas por los curanderos, herboristas y charlatanes. Los enfermos, devenidos a medida que avanzaba el siglo XX en pacientes medicalizados son recuperados como actores a través del análisis de las diferentes estrategias y reacciones utilizadas para resquebrajar una relación desigual signada por la subordinación; de esta manera en forma individual o colectiva desplegaron una variada gama de reacciones que abarcó desde la adaptación a la protesta. El libro es fruto de una investigación empírica de gran erudición que se despliega en un abanico de fuentes; así se analizan en profundidad los textos literarios, las estadísticas, las revistas médicas, la historia oral, los reportes oficiales, los diarios de gran circulación, los avisos publicitarios junto a las letras de tango, la prensa obrera, los ensayos sociológicos, las historias clínicas y las autobiografías. Finalmente, el autor cumple con las exigencias dentro del campo académico y se convierte en una obra de referencia ineludible, pero va mucho más allá, cumple con el sueño de los historiadores de lograr que una tesis doctoral se transforme en una obra de alcance más amplio y vasto que impacte en el conjunto de la sociedad.

[María José BILLOROU. “Reseña bibliográfica”, in Quinto Sol (La Pampa), nº 13, 2009, pp. 205-236]

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