Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Infancia e historia. Destrucción de la experiencia y origen de la historia [1978]

tapa Infancia e historia 4a edLos seis ensayos que integran Infancia e historia giran en torno a una misma serie de cuestiones: la experiencia, el sujeto, el lenguaje, la verdad, la historia, el tiempo. Tales cuestiones son tan vastas y complejas, y han sido tan profusamente trabajadas desde diversas disciplinas, que cualquier abordaje que se haga de ellas corre el riesgo de parecer insuficiente o demasiado parcial. Pero el filósofo italiano Giorgio Agamben consigue sin dudas salvar ese riesgo, y lo consigue porque la densidad de sus análisis y la riqueza de su erudición son tan amplias que se adaptan a la medida, más que amplia por cierto, del objeto de sus reflexiones. Sus trabajos se afirman en distintos registros: la filosofía, la lingüística, la teoría política, el psicoanálisis, la literatura, y también en una particular capacidad de atención a lo concreto (como se advierte, por ejemplo, en el ensayo sobre los juguetes o en el ensayo sobre los pesebres), que demuestra que Agamben merece contar entre sus precursores a Walter Benjamin, cuya obra tradujo al italiano y prologó. Agamben admite la crisis de la experiencia en el mundo moderno, pero no se conforma con eso y piensa en la infancia como una instancia posible para que la experiencia pura pueda darse todavía. Admite igualmente que el sujeto es constituido por el lenguaje y que no tiene por lo tanto otra realidad que la del discurso; pero se niega a convertir al lenguaje en una totalidad que no deja nada fuera de él. Considera la puesta en crisis de la noción de historia, pero no se limita a regodearse en el mero señalamiento de esa crisis: siguiendo, una vez más, la tradición de Walter Benjamin, impulsa una nueva concepción21VDqfrSy9L._SL500_ de la historia mediante la definición de una nueva concepción del tiempo. Estos ensayos son tan densos como decisivos, sobre todo si se considera que, en los últimos años, determinados conceptos teóricos se vieron reducidos, primero a fórmulas y luego a clichés: “muerte del sujeto”, “fin de la historia”, “fin de la experiencia”, “crisis del principio de realidad”. Esta clase de reducción al cliché empobreció los debates, hasta vaciarlos y en consecuencia volverlos inútiles. La recuperación de estos ensayos de Giorgio Agamben puede ser hoy una manera eficaz de comenzar a revertir ese estado de situación de la teoría y, por lo tanto, de reabrir discusiones. Por eso puede decirse, de los textos que integran Infancia e historia , que brillan siempre por su solvencia, tanto en los casos en los que resultan convincentes, como en los casos en los que -para bien- pueden resultar discutibles.

[Martín KOHAN. “Crisis de la experiencia”, in La Nación (Buenos Aires), 20 de junio de 2001]

✍ Pericles, el inventor de la democracia [2005]

PericlesCiertamente, no es tarea fácil escribir una biografía de Pericles, porque en primer lugar, como la misma autora indica, apenas contamos con fuentes sobre él, mucho menos coetáneas, en segundo término porque, dada la premisa anterior, es difícil sustraerse a la tentación de atribuir al estadista ateniense aciertos y errores de la política de su tiempo, cayendo así en retratos estereotipados tan frecuentes en la historiografía de antaño. Quizá por ello el resultado inevitable sea más bien una historia de Atenas en el siglo de Pericles, esto es, en el siglo V, precedida por una primera parte en la que, como Tucídides en su Arqueología, Mossé recoge lo sustancial del pasado político del arcaísmo ateniense, el camino no siempre llano hacia esa democracia madura (“radical” la llamaban sus opositores). Publicado en francés en 2005 (Éditions Payot, París), el libro se dirige sin duda al gran público, deseoso de acercarse al “inventor de la democracia”, como reza un provocador subtítulo que despoja a Clístenes del prurito de estar en el origen de tan ensalzado régimen (si la democracia es una “invención” o resultado de una evolución en el tiempo continúa siendo motivo de debate, como puede comprobarse en el recién aparecido libro de K. Raaflaub, J. Ober y R.W. Wallace, Origins of Democracy in Ancient Greece, Berkeley, University of California Press, 2007); a tal fin responde igualmente la reducción al máximo del aparato crítico y de la selección bibliográfica, así como la elusión de ciertos problemas controvertidos como las causas de las guerras médicas o la motivación de Pericles para introducir la misthophoría. Esto hace que algunas cuestiones queden sin explicación, como por ejemplo por qué Mossé acepta la afirmación de Plutarco (frente al que la autora muestra un sano escepticismo en el capítulo 13) en cuanto a que Pericles introdujo el theorikón, el pago por asistencia a los espectáculos, que otras fuentes más fiables atribuyen a Eubulo a mediados del siglo IV, o incluso a Agirrio en la década de 390 (aunque en este caso el silencio de Aristófanes arroja más dudas). Por lo demás la autora hace un retrato ponderado del político -y de la política ateniense, primero con la Constitución de Atenas pseudoaristotélica como acompañante para viajar a la Atenas predemocrática —aunque prudente siempre ante la certeza o la sospecha de anacronismos y reconstrucciones ficticias de la tradición ateniense por las fuentes del siglo IV—, para después incorporar al más fiable Tucídides para la Pentecontecia y los orígenes de la guerra del Peloponeso, mientras recurre dosificadamente, con sabiduría y precaución, al tardío Bíos pericleo de Plutarco y a fuentes tendenciosas como los cómicos Éupolis y Cratino, que se ceban con el “Olímpico”. Es digno de mención que Mossé no da hechos por sentado, más bien al contrario, reitera una y otra vez frases del tipo “es imposible contestar a esta(s) pregunta(s)” o “tenemos que confesar nuestra ignorancia”, lo que quizá pueda desconcertar al lector aficionado, pero siempre será mejor que engañarlo (“no sabremos nunca quién era realmente Pericles, puesto que no podemos captar su personalidad más que a través de otros” reconoce en pág. 245), como también dejar hablar a las fuentes por sí mismas, posibilitando que el lector las lea de primera mano, sin otro intermediario que el traductor (por más que se cuele algún error: los versos de Andrómaca citados en pág. 172 son 444-453, no 444- 458, y la obra no es mencionada explícitamente, con lo que puede confundirse con la alusión inmediatamente anterior a Heraclidas). Lo que sí tiene meridianamente claro la autora es su aversión a cualquier idea que huela a materialismo histórico, como queda patente en la aseveración con la que abre la sección dedicada a la economía y la sociedad: “Es importante precisar de inmediato que este título no nos debe hacer creer ni postular que las estructuras económicas determinan la naturaleza de una sociedad de la que, como veremos, derivan estatus independientes del modo de actividad81rXU0VY-eL._AA1500_ económica” (pág. 127). La tercera parte de la obra está consagrada a la Atenas de Pericles, o clásica cabría decir, habida cuenta la dificultad de poner lindes cronológicos a la evolución de las clases sociales o de las experiencias religiosas. Así, el capítulo 8 supone una presentación de la sociedad ateniense, mientras el 10 revive las dos principales fiestas áticas, las Panateneas y las Grandes Dionisias. La mano de Pericles puede verse con mayor claridad en el ambicioso programa de obras públicas de la Acrópolis dirigido por su amigo Fidias (capítulo 9) o en la primacía cultural que hizo de Atenas esa “escuela de Grecia” (capítulo 11). Por fin una cuarta parte atiende a la proyección literaria (sobre todo historiográfica, pero también en la oratoria, el teatro y la teorización política) de la figura de Pericles, desde sus mismos contemporáneos o poco después hasta nuestros días. La traducción en general es pulcra y conserva en buena medida el fácil verbo de la académica francesa, no obstante lo cual se hace notar algún que otro error, como escribir “los Antiguos” (sic, con mayúscula), dejar sin traducir Periegèse en la cita de Pausanias (en lugar de Periégesis o bien Descripción de Grecia), un mal uso del verbo “detentar” en castellano, alguna frase forzada (como la que titula el capítulo 14 “La posteridad de la imagen de Pericles”, cuando es más natural “La imagen de Pericles en la posteridad”) o una traducción literal del frecuente le jour suivant (que no significa justo al día siguiente del hecho en sí), además del consabido “ilotas”, desgraciadamente ya tradicional en la historiografía española, sin la “h” que exige el espíritu áspero del término griego.

[César FORNIS. “Claude Mossé, Pericles. El inventor de la democracia, [trad. de M. Sáenz de la Calzada], Pozuelo de Alarcón (Madrid), Espasa, 2007. 273 pp.”, in Gerión. Revista de Historia Antigua (Madrid), vol. XXV, nº 2, 2007, pp. 173-175]

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