✍ La crisis de la conciencia europea, 1680-1715 [1935]

Suele decirse comúnmente que el pensamiento y las ideas del mundo europeo contemporáneo tienen su punto de partida en el siglo XVIII, con su racionalismo, su sentimiento democrático y liberal y su entusiasmo por la ciencia. Pero Paul Hazard nos demuestra en este magnífico libro que esa gran revolución de los espíritus se produce antes: ideas que han parecido revolucionarias hacia 1760 y aun en 1789, se expresaron ya hacia el 1680. Entre esta fecha y 1705 se produce la transformación espiritual más importante entre el Renacimiento y la Revolución. He aquí el tema de la obra, que su autor divide en cuatro partes. En la primera nos habla de “Los grandes cambios psicológicos”, mostrando cómo tras el recogimiento espiritual subsiguiente al Renacimiento y la Reforma, viene un ansia de viajes, de ideas nuevas, de modernismo… Aparece ya el mito del “buen salvaje (el Adario del barón de Lahotan), y aún más que él preparan la llegada de un nuevo orden -dice Hazard- el Sabio Egipcio, el Arabe y, sobre todo, el Filósofo Chino (Confucio)”. Aparece, en fin Pierre Bayle, padre del actual nihilismo moral. En la segunda parte, “Contra las creencias tradicionales”, se perfila claramente el rumbo a que apunta ese nuevo orden de ideas; los “libertinos” ingleses y franceses (no olvidemos que la era hispana ha pasado ya y que ahora imponen su sentir la Francia de Luis XIV y la Inglaterra de los Orange), esos libertinos a lo Saint-Evremond dudan de todo y con escasa metafísica aplican, sin embargo, el racionalismo cartesiano. Porque es Descartes con Spinoza y con todos los secuaces del método racional, los que van a imprimir el sello a la nueva cultura, atacando las creencias tradicionales y las ideas recibidas. Ya a fines del siglo XVII se produce, pues, esa gran conjuración filosófica contra el cristianismo, que para José de Maistre define al siglo XVIII. La parte tercera lleva la rúbrica de “Intento de reconstrucción”. Frente a esa despiadada crítica negativa, cabe colocar los sistemas o escuelas que buscan un nuevo orden de afirmaciones que sustituya al antiguo: es el sensualismo de Locke, el deísmo y la religión natural. En 1624, bastante más de un siglo antes de Rousseau, el barón de Cherbury proponía una deísta profesión de fe, que no tiene nada que envidiar a la del vicario saboyano, el Derecho natural de Grocio y su escuela, la “moral social” (confundiendo la virtud con la utilidad social y falseando una y otra, como en la célebre fábula de Manderville). Y la cuarta parte, sobre “Los valores imaginativos y sensibles”, nos habla de la falta de poesía de la época, envenenada ya con el racionalismo. Tal es, a grandes trazos, el cuadro general de la obra. Como resumen y conclusión, nuestro autor pone de relieve el parentesco existente entre el momento de 1680-1715 y el Renacimiento: labor de crítica, glorificación de lo “humano”; pero los años aquellos son “más severos, más ásperos y como desengañados: un Renacimiento sin Rabelais; un Renacimiento sin alegría”. Es la misma idea exacta que Ortega y Gasset ha desarrollado en un precioso articulo sobre las tres bacanales de Tiziano, Poussin y Velázquez. En la segunda mitad del siglo XVII, en efecto, ya no hay dioses ni optimismo, ni alegría de vivir. Dice Paul Hazard que al producirse el equilibrio entre las fuerzasCVLU044301 renacentistas y sus contrarias, viene una conciliación: el clasicismo; y cuando éste deja de ser un esfuerzo y se transforma en una costumbre y en una traba, las fuerzas innovadoras recobran su energía y se vuelve a la búsqueda eterna, a la crisis, preparando el siglo XVIII. “La gran batalla de ideas sucedió antes de 1715, y aun antes de 1700”. Este libro constituye una exposición magistral de un interesantísimo momento de la conciencia europea; momento que suele preterirse y aun desconocerse, para arrancar de pleno siglo XVIII, al exponer los orígenes del ideario actual. Voltaire, Rousseau, la Enciclopedia, tienen, pues, padres y aun abuelos que les prepararon el camino. Pero el autor no pasa, en realidad, de la mera exposición; aunque a lo largo de toda ésta se nota un deje de escepticismo y desengaño frente a este nuevo edificio ideológico, aunque en ningún instante podamos ver un laudatorio panegírico de los innovadores, no entra en discusión con ellos; solamente los recoge, muestra y descubre en sus principales ideas. Por otra parte, tampoco observamos una referencia especial al influjo general en los espíritus de semejantes ideas. Es indudable que Bayle, Spinoza, Locke, Grocio, etc., pensaban así; ¿pero es que sus ideas y sus pensamientos constituían efectivamente la conciencia europea? Porque no debemos olvidar que el espíritu de cada momento no nos lo da tal o cual obra o tratado, sino el común sentir de las gentes, en unos en forma consciente definida, en otros más bien sin reflexión, pero generalizado entre todos ellos. La verdadera revolución ha de venir después, cuando ese racionalismo crítico se infiltre en el alma popular y en los mismos dirigentes políticos y llegue a constituir propiamente la conciencia de las naciones de Europa. Pero esto no sucede hasta la segunda mitad del siglo XVIII, y por eso se explica que los nombres de Montesquieu, de Rousseau, etc., sean citados como los de los adalides de la nueva época. Sus precursores, estudiados por Hazard, quedaron atrás en el tiempo y son menos conocidos y sobre todo menos “populares”. ¿Queremos con esto decir que éstos no supieron o no pudieron introducir titresu pensamiento selecto en el sentir de la masa y que, en cambio, aquellos otros produjeron efectivamente, merced a su influjo, la revolución social y política que se desató a fines del siglo? Evidentemente no. Las transformaciones sociales no derivan pura y simplemente de la doctrina de un autor o de los caprichos de una escuela: responden a causas mucho más hondas e impersonales, causas que no se daban aún en el período 1680-1715. Todavía brillaba la luz del Rey Sol, aún la Iglesia conservaba parte de su pretérito prestigio y la nobleza un buen resto de sus aptitudes especiales de dirección social; aún no se había dado el ejemplo de América ni las condiciones económicas y sociales de toda especie habían cambiado lo suficiente para despertar un sentir común distinto del hasta entonces imperante. En una palabra, los factores morales y materiales de la vida social, que son los que determinan las reformas y transformaciones de los países con preferencia a las puras “ideologías”, no tenían en ese tiempo a que se reduce la obra que comentamos, la fuerza eficaz bastante para revolucionar a los espíritus, para introducir una efectiva crisis en la conciencia general de los europeos. Es muy cierto que Paul Hazard no descuida el examen de esas circunstancias de la vida misma, junto a la exposición de las ideas doctrinales; y así se fija en el predominio de la influencia francesa e inglesa, a costa de la española (lo que está determinado por razones políticas y no de escuela); observa los fenómenos de transformación religiosa (la Reforma); destaca la importancia sociológica que va adquiriendo la figura del “burgués” frente al caballero, etc. Pero su libro se circunscribe fundamentalmente al análisis de las ideas individuales de las grandes figuras del tiempo. En este sentido, su labor es, como hemos dicho, sumamente apreciable e instructiva. Mas con todo, echamos de menos en ella una constante referencia a los fenómenos reales subyacentes; sin esto, que es lo que constituye la sal y la esencia de la historia, parece que nos abocamos con ideas surgidas ex nihilo, con jirones intelectuales que flotan al azar en esos años y que lo mismo podían haber surgido cien años o doscientos después. En resumen, la evolución sociológica antes condiciona que depende de las ideas de los autores y trapacistas. Por eso es imposible conocer a fondo la doctrina y pensamiento de cada uno si no procuramos ponerlos constantemente en relación con el tiempo y lugar en que vivieron.

[Antonio PERPIÑÁ RODRÍGUEZ. “Paul Hazard. La crisis de la conciencia europea”, in Revista internacional de sociología, vol. III, nº 4, octubre-diciembre de 1943, pp. 239-242]