Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

➻ Johan Brouwer [1898-1943]

BROUWERJDesde hace algunos años, España es considerada una de las grandes potencias de Europa, junto a Inglaterra, Francia y Alemania. Se ha convertido en un país europeo «normal». Sin embargo, en el período 1950-1985 las cosas eran diferentes. Bajo el régimen de Franco se presentaba a España como un país «distinto», ferviente y colorista antítesis del sosiego gris y tedioso con el que se identificaba la cultura del resto del continente, para fomentar el incipiente turismo entre otras razones. En general, las reflexiones de esa época acerca de la «peculiaridad » de España se fundamentaban en elementos más o menos concretos juzgados determinantes para la cultura y la historia del país. Debido a su geografía, su historia y el carácter de sus gentes, España pasó a ocupar un lugar excepcional en Europa a partir del siglo XVI , granjeándose unas veces la admiración de los europeos y otras su repulsa. En resumidas cuentas, a lo largo de los últimos siglos la imagen de España se ha teñido reiteradamente de la infinita gama de tonos que existe entre el blanco y el negro. El legado del escritor neerlandés Johan Brouwer, cuyas principales obras fueron publicadas entre 1930 y 1942, constituye un interesante ejemplo de esta riqueza cromática. De todos los europeos que se dedicaron al estudio de España en el siglo pasado, Brouwer es, a mi juicio, uno de los más destacados. Por desgracia, su obra, escasamente traducida, apenas ha trascendido las fronteras de los Países Bajos. Sin embargo, en su tierra natal Brouwer llegó a ser más famoso que, por ejemplo, el inglés Gerald Brenan, otro gran conocedor de España. El presente artículo describe la evolución de las imágenes e ideas referidas a la historia de España tal y como quedan reflejadas en la obra de Johan Brouwer. Pero primero conviene detenerse en la trayectoria de esta persona excepcional, dado que su vida no es en absoluto equiparable a la del erudito «medio». Aquello que ya no es aplicable a España -si es que alguna vez lo fue-es de posible aplicación a Johan Brouwer: un ejemplo de hombre peculiar, «distinto». ¿Qué clase de hombre fue Brouwer? Pese a ser uno de los hispanistas más dotados de los Países Bajos, era demasiado excéntrico como para desarrollar una carrera académica. Fue un escritor que deseaba ser historiador, y un historiador que acabó optando por una «visión poética». Perdió la vida como héroe de la resistencia ante un pelotón de fusilamiento alemán, pero no murió por un ideal político. La definición más concisa de su persona la proporcioné en el título de la biografía que en su momento le dediqué: buscador, visionario e inspirador [1]. Brouwer buscaba valores espirituales, tanto para sí mismo como para sus oyentes o lectores. Fue un hombre extraordinariamente inteligente y sensible, con un marcado interés por la vida espiritual. Su espiritualidad llevaba aparejado -como suele ocurrir- cierto descuido de los aspectos más terrenales y materiales de la existencia. Brouwer nació en 1898 en el seno de una familia obrera de protestantes ortodoxos afincada en Rotterdam. Destacó por su inteligencia en las clases de religión, por lo que, en 1915, obtuvo una beca para la Escuela de Misioneros. La idea era que al término de sus estudios marchase como misionero a las Indias Neerlandesas para convertir a los «paganos» al cristianismo protestante. Sin embargo, en 1919 Brouwer empezó a dudar de su fe. Renunció a su futuro de misionero y comenzó a estudiar indología en la Universidad de Leiden, una carrera para funcionarios coloniales destinados en las Indias neerlandesas. Su crisis de fe no hizo más que agravarse, convirtiéndose en una crisis personal que le llevó por el camino de la delincuencia. En 1922, su hermano y él mataron a tiros a un chantajista. En el juicio contra los Brouwer se alegó que la falta de dinero y los «excesos» homosexuales habían conducido a los acusados al homicidio. Johan Brouwer adujo como motivo su crisis espiritual, explicando que, con el asesinato, había querido «poner a prueba su conciencia», algo que en 1922 debió interpretarse como una referencia inequívoca a Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo , la novela de Dostoievski, que por aquellas fechas tenía mucho éxito. El proceso culminó en ocho años de prisión para Johan Brouwer y doce para su hermano. En la cárcel, Brouwer sufrió una depresión psíquica. Logró superarla con la ayuda de unos psiquiatras de ideas avanzadas que, a partir de 1923, le autorizaron a leer libros españoles. Leyó a Lope de Vega, a Calderón, a autores españoles modernos como Felipe Trigo, Miguel de Unamuno y Ramón del Valle-Inclán, pero también a Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, los célebres místicos españoles del Siglo de Oro. Brouwer recobró la libertad en noviembre de 1928. Tras tantos años de lectura en la cárcel, pudo terminar sus estudios en un tiempo récord. En mayo de 1930 se licenció en Lengua y Literatura Españolas, una carrera por entonces recién implantada, y en enero de 1931 obtuvo en Groninga el grado de doctor en Letras, tras defender una tesis doctoral que llevaba por título «La psicología de la mística española». Lo curioso era que en dicho texto el protestante Brouwer cantaba las alabanzas de unos santos católicos españoles. Brouwer inició una vida precaria como profesor de español y escritor/periodista dedicado a España y la historia española. En 1934 dio un paso significativo: se convirtió al catolicismo. Su actitud procatólica influyó en su visión de los acontecimientos políticos acaecidos en la España de los años treinta, donde iban radicalizándose las oposiciones políticas entre la izquierda y la derecha. A juicio de Brouwer, la oposición católica a la República española de izquierdas, liberal y anticlerical, merecía el apoyo de todo europeo dado a creer que las democracias burguesas no eran capaces de ofrecer una respuesta a la crisis espiritual y política de los años treinta. Al estallar la Guerra Civil española, su simpatía por la causa católica le llevó a tomar partido por los rebeldes carlistas. Sin embargo, a lo largo de 1936 y a principios de 1937, el reportero Brouwer empezó a percatarse de la cruel realidad de la guerra, sobre todo la que se manifestaba más allá del frente de batalla. La lucha de los rebeldes por la regeneración católica de España había sido poco más que una estrategia propagandística. Por todo ello, a partir de 1937 Brouwer se limitó a visitar el territorio de la República. No tardaría en simpatizar con el bando republicano. Su postura política le distanció de José Ortega y Gasset, autor del que, en 1933, había traducido al neerlandés La rebelión de las masas . En realidad, Brouwer debió gran parte de su fama como hispanista a dicha traducción, pues el libro cosechó gran éxito en los Países Bajos (así como en el resto de Europa). Ambos escritores se conocieron personalmente en 1935. Entre ellos nació una relación de simpatía y respeto mutuos. En ese mismo año, Brouwer tradujo Estudios sobre el amor . En mayo de 1936, durante lo que Huizinga llamó la «marcha triunfal de Ortega por los Países Bajos», fue Brouwer quien presentó al filósofo español al público de La Haya. El estallido de la Guerra Civil hizo que Ortega y Gasset partiera de España rumbo a París, donde, el 16 de diciembre de 1936, se encontró por última vez con Brouwer. Conversaron sobre Miguel de Unamuno, al que Brouwer había entrevistado en agosto con motivo de la contienda civil. Ortega expresó su temor de que el conflicto acabara con la vida de Unamuno – un presentimiento que se confirmaría el 31 de diciembre, tras la dimisión forzosa del entonces rector de la Universidad de Salamanca. Es probable que durante aquella conversación del 16 de diciembre se abriera una brecha entre Ortega y su traductor neerlandés: Brouwer se identificaba cada vez más con la República y, al parecer, reprochaba a Ortega su falta de implicación en los acontecimientos españoles. A pesar de que el pensador español viviera y trabajara en los Países Bajos en 1937, no se produjeron más encuentros. En mayo de 1937, Brouwer escribió: «Sería un acto de desconsideración mencionar nombres, pero hay quienes, después de sentar las bases de la República, […] se retiran o retroceden a mitad de camino [2]». Pese a la reputación de «izquierdista» o, en todo caso, de «prorrepublicano» de la que gozaba en los Países Bajos, Brouwer se mantuvo apartado de los partidos políticos de izquierdas, y en concreto de los comunistas. En realidad le interesaban sobre todo los valores espirituales de España y, en su opinión, era la República española la que mejor protegía esos valores. Si bien es cierto que Brouwer no abjuró en ningún momento de sus creencias católicas, también lo es que se alejó de la corriente oficial de la Iglesia, alineándose con el movimiento católico juvenil de los Países Bajos y los católicos españoles que simpatizaban con la República española, como era el caso del grupo surgido en torno a la revista Cruz y Raya de José Bergamín. En prácticamente todos los libros de Brouwer, España desempeña el papel principal. En 1939 vio la luz Spaanse Aspecten en Perspectieven (Aspectos y perspectivas de España), una obra en la que Brouwer analiza la historia de España -a la luz de la Guerra Civil española-, poniéndola como ejemplo para el resto de Europa. En ese mismo año apareció también la extraña novela De schatten van Medina Sidonia (Los tesoros de Medina Sidonia), cuyo protagonista, un narrador en primera persona con fuertes rasgos autobiográficos, viaja al frente de la Guerra Civil para apoyar a la República en la batalla de Madrid. En mayo de 1940, Alemania ocupa los Países Bajos. Poco antes de la invasión alemana, Brouwer publicó una biografía sobre Juana la Loca, la reina que, al ser declarada incapaz, fue confinada en Tordesillas por expresa orden de su padre Fernando de Aragón y de su hijo Carlos V. En ese libro, el escritor llamaba la atención sobre la suerte del individuo convertido en víctima de los fríos cálculos de quienes ansían el poder político. En el otoño de 1940 apareció la novela histórica Philips Willem (Felipe Guillermo), sobre el hijo del rebelde Guillermo de Orange secuestrado por encargo del rey Felipe II. En esta obra, las referencias a los «abusos dictatoriales» cometidos contra individuos se vuelven aún más insistentes: la opresión de los Países Bajos del siglo XVI por Felipe II se compara con la ocupación de los Países Bajos por Hitler en 1940. Entretanto Brouwer pasó de las palabras a los hechos, oponiéndose activamente a la tiranía de los alemanes. Participó en la organización de la resistencia de artistas y estudiantes. El asalto al Registro Civil de Amsterdam fue su último acto de protesta. Si bien se quemó una parte de los archivos -lo que impidió el control de los falsos documentos de identidad de judíos y demás refugiados -, la gran mayoría de los asaltantes cayeron víctimas de la traición. Fueron detenidos y fusilados el 1 de julio de 1943, tras un breve juicio farsa. No hay ningún otro hispanista cuya visión de España guarde un vínculo tan estrecho con su trayectoria personal como en el caso de Brouwer. En este sentido cabe subrayar dos elementos fundamentales: el origen protestante del autor neerlandés, del que en realidad jamás se desprendió del todo, y su identificación con los presos y los oprimidos. Como protestante ortodoxo, Brouwer fue en busca de los fundamentos de la fe y de la conciencia, una búsqueda que le sumergiría en una profunda crisis y en la criminalidad. A base de mucho esfuerzo y tesón consiguió sublimar las alucinaciones padecidas en la cárcel, refugiándose en lo que más tarde denominaría «viaje vertical» o «viaje espiritual». Durante esos viajes espirituales, que llevaron a Brouwer a España a través de la literatura, descubrió su afinidad con «compañeros de prisión» como San Juan de la Cruz. A juzgar por la tradición hagiográfica, el místico español había causado un gran revuelo como prisionero de la Inquisición al provocar en su celda una luz milagrosa que los vigilantes no lograron extinguir. Brouwer volvería a narrar en repetidas ocasiones (tanto oralmente como por escrito) esta historia de la aparición de un haz de luz sobrenatural en una celda de prisión, unas veces haciendo alusión a San Juan y otras veces atribuyéndose a sí mismo el papel de protagonista. Ello da una idea de hasta qué punto Brouwer se identificaba con sus «compañeros reclusos». En muchos de sus libros, el escritor desarrolla una gran empatía con los «cautivos» protagonistas, como ya se ha dicho con respecto a Juana la Loca y Felipe Guillermo. Más adelante veremos cómo sucede lo mismo con Montigny y Don Carlos. Brouwer vivió la fe católica con ardor. En este sentido hay que destacar que su «conversión» se remonta a su descubrimiento de los místicos españoles. De la obra de estos místicos se ha dicho que podría interpretarse como una suerte de «reforma pacífica» del catolicismo de la España del siglo XVI , que contribuyó a que la Reforma, tal y como se desarrolló en el resto de Europa, no afectase a España. Resumiendo, se puede afirmar que la esencia del protestantismo europeo consiste en que el creyente individual cultiva una relación personal con Dios. Ése es también el caso de la mística, ya que permite al creyente sortear los sacramentos y la jerarquía eclesiástica de tal modo que el alma pueda arder directamente de amor hacia Dios [3]. Hemos de ser muy conscientes de que el hombre que en 1928 tomó por primera vez el tren para España era un hispanista con una preparación muy peculiar. Después de haberse dedicado durante años a leer en español, el ex presidiario protestante, iniciado en el conocimiento por los místicos españoles, entró en contacto directo con la lengua, el pueblo y el país. No es, por tanto, de extrañar que las ideas y reflexiones de este «preso protestante» dieran lugar a una visión excepcional de España. Johan Brouwer era un hispanista con pasado. Brouwer articula su visión de la historia de España en torno a tres ejes: la Leyenda Blanca, la Leyenda Negra y lo que podríamos denominar la perspectiva de la evolución europea. No cabe duda de que estos enfoques son de sobra conocidos, pero lo curioso es que los escritos de Brouwer reflejan una sucesión e incluso una fusión, al menos en parte, de los tres planteamientos. Empecemos, por tanto, con una breve descripción de cada una de estas visiones de la historia de España. Las naciones poderosas tienden a forjarse una imagen de sí mismas que, en la mayoría de los casos, se fundamenta sobre un mito de origen y una misión en el mundo. La propagación de esta imagen propia suscita a menudo imágenes contrarias en los adversarios de dichas naciones poderosas. En ese intercambio de imágenes internas y externas relacionadas con la identidad y la importancia internacional de una nación determinada se van acuñando frases lapidarias que quedan grabadas en la memoria internacional. A modo de ejemplo puede citarse la lucha de los Estados Unidos «por salvar al mundo para la democracia», el grito de guerra que profirió el presidente Wilson durante la Primera Guerra Mundial, o el término «imperio del mal», del que se sirvió el presidente Reagan para justificar la carrera armamentista contra la Unión Soviética, su adversario del momento. De este modo, el actual sucesor de aquellos presidentes estadounidenses, George Bush, no ha tenido que molestarse en inventar nuevas consignas, puesto que ya le estaban esperando desde hacía casi una centuria. En el siglo XXI , los antagonistas de los Estados Unidos hacen especial hincapié en la depravación moral en la que, a su parecer, se sustenta el papel que juega la principal potencia mundial en la escena internacional. España, la primera potencia europea en hacerse con un imperio mundial, constituye asimismo el primer ejemplo de esa tensión entre imagen propia e imagen contrapuesta internacional en la historia moderna. Simplificando, se podría decir que la imagen que tenía España de sí misma coincidió durante mucho tiempo con la llamada Leyenda Blanca. La imagen contraria aducida por los adversarios de España se conoce como Leyenda Negra. Si bien estos términos datan de finales del siglo XIX y principios del siglo XX , el conjunto de imágenes propias y contrapuestas al que representan es más antiguo. Del siglo XVI al siglo XVIII estaban muy difundidas entre los antagonistas del imperio español las críticas contra España en el sentido de la Leyenda Negra. En el siglo XIX , esas críticas internacionales comenzaron a ganar terreno en el debate interno de la propia España. Los españoles se preguntaron cuál había sido el origen del declive de España: la intolerancia religiosa (el argumento «negro» de los liberales) o la influencia negativa de la Ilustración (el argumento «blanco» de los católicos reaccionarios). Tras el desastre de 1898 -la deshonrosa derrota de los españoles ante los Estados Unidos-, el debate político en España se recrudeció hasta tal punto que se empezó a hablar de «las dos Españas», cada una con su visión propia sobre cómo había que restablecer la grandeza del país. De un lado, la España liberal, progresista y europeísta recurría a la Leyenda Negra para desprestigiar a sus contrincantes; del otro, la España católica tradicionalista se acogía con más énfasis que nunca al grandioso pasado católico de los siglos XVI y XVII , desarrollando una Leyenda Blanca sobre la historia española. El término «Leyenda Negra» fue acuñado en 1912 por Julián Juderías, discípulo del importante filólogo e historiador decimonónico Menéndez Pelayo, cuya obra ha de considerarse como un himno al pasado católico español. Desde el momento en que la visión antiespañola y anticatólica pasó a denominarse Leyenda Negra, no tardó en imponerse el concepto de Leyenda Blanca en referencia a la visión contraria proespañola y procatólica. Llevar a cabo un estudio pormenorizado de los debates surgidos en torno al origen de la Leyenda Negra nos llevaría demasiado lejos. Por ello nos limitamos a enumerar sus principales componentes. A raíz del comportamiento de los ejércitos españoles en Europa, desde 1527 en Roma hasta el conflicto con los Países Bajos entre 1572 y 1648, España se ganó la reputación de ser un país de saqueadores engreídos, falsos, vanidosos, lujuriosos y sanguinarios, exponentes de una cultura bárbara. A ello se añadía el reproche de la intolerancia religiosa como consecuencia de la conducta de la Inquisición en España y la violenta opresión del protestantismo en los Países Bajos. Para poner en guardia a los demás europeos, los neerlandeses y los ingleses llamaron la atención sobre los abusos cometidos por los españoles contra los habitantes de América del Sur, aprovechando en sus panfletos las críticas formuladas por el dominico español Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias , obra publicada en 1552. Otro componente de la Leyenda Negra fue la maldad intrínseca del rey Felipe II, cuya intolerancia y crueldad se hicieron por supuesto extensivas al carácter del pueblo español en su conjunto. En unos panfletos franceses del siglo XVII , basados en la Apologie de Guillermo de Orange, de 1581, se insistía en que el rey Felipe II mandó ajusticiar a su propio hijo, el príncipe heredero don Carlos, a manos de la Inquisición. Para Voltaire y Montesquieu, España era la encarnación misma del fanatismo religioso, por lo que se oponía diametralmente a la Ilustración, el progreso y la tolerancia religiosa que ellos propugnaban. La imagen del despótico rey Felipe II y su hijo amante de la libertad se difundió en Europa a través de la obra de teatro Don Carlos , escrita por Schiller en 1787. En el siglo XIX se hizo cada vez más patente no sólo el debilitado poder político de España sino también su decaimiento económico. De nuevo, el origen de estos males debía buscarse en la intolerancia religiosa, que había conducido, entre otras cosas, a la expulsión de los judíos. A lo largo del siglo XIX , los elementos de la Leyenda Negra fueron retomados por los autores españoles de ideas liberales en un intento por explicar el atraso de su país frente al resto de Europa y Norteamérica. El «desastre de 1898» parecía darles la razón. En resumen, según la Leyenda Negra, la peculiar trayectoria de España -es decir, su distinta evolución histórica con respecto a las demás potencias europeas- es debida a una serie de rasgos específicos de la cultura española, tales como el fanatismo religioso, la intolerancia y la falta de sentido práctico en el ámbito político y económico. España era «distinta»; España era un «imperio del mal». Las protestas españolas contra la Leyenda Negra ya se hicieron oír en el siglo XIX , volviéndose más vehementes a raíz de la derrota de 1898; al tiempo que en Europa los románticos comenzaron a percatarse de las sombras de la Ilustración y el progreso. En todo el continente europeo afloró un anhelo romántico de autoridad y protección, dos elementos que podían encontrarse en la nación y la fe. Historiadores católicos españoles como Menéndez Pelayo sostenían que el atraso de España no tenía su origen en la política de Felipe II, sino en las malas influencias de Europa y, en concreto, en la Ilustración. Para que España pudiese recuperar su poder y su prestigio internacional había que restaurar los valores religiosos y la unidad alcanzada en tiempos de Carlos V y Felipe II. A lo largo del siglo XIX , España había venido preparando en cierto sentido su vuelta a la escena literaria. Por aquellas fechas, literatos franceses, ingleses y norteamericanos est reme cían a sus lectores con historias de terror sobre la Leyenda Negra española, aunque se trataba de un miedo «subyugante». España era distinta, pero lo era «de una forma irresistible». Piénsese, por ejemplo, en «El pozo y el péndulo», el famoso relato de Edgar Allan Poe, de 1842, o en la obra de Byron y Victor Hugo. Poco a poco, esa fascinación por España -muy presente en un escritor como Maurice Barrès- se transformó en auténtica admiración. España estaba llamada a colmar un vacío que se dejaba sentir en el resto de Europa.En las sociedades industriales y burguesas del noroeste del continente europeo, el individuo parecía estar condenado a una existencia vacua y «desarraigada». Esta sensación de vacío iba acompañada de un descontento generalizado que, a su vez, despertó un fuerte deseo de autoridad y de cambios sociales, políticos y religiosos. El desencanto se tradujo en una actitud que suele denominarse ilusión colectivista y que se atribuye a aquellas personas que albergaban la ilusión de poder escapar a la modernidad mediante un nuevo concepto de sociedad y autoridad. Además, este conjunto de ilusiones llevaba incorporado un ensalzamiento de la vida «órganica » en el campo, a la vez que se asociaba a un movimiento conocido como neocatolicismo, cuyos adeptos no creyentes o protestantes (mayoritariamente artistas e intelectuales) buscaban amparo en el colorido ritual de la vieja fe católica en una tentativa de poner fin al malestar que les provocaba la cultura moderna. Al contar con una población y una economía predominantemente agrarias y una larga tradición católica, España resultó ser una segunda patria utópica muy apropiada para los intelectuales europeos seducidos por la ilusión colectivista. La Primera Guerra Mundial agravó el sentimiento de malestar provocado por la modernidad, la razón y la democracia. La ilusión colectivista se consolidó como vía de escape y España se presentó más que nunca como el refugio ideal. A los místicos españoles del siglo XVI les corresponde el mérito de haber vuelto a suscitar el interés de pensadores y autores tan dispares como el francés Emmanuel Mounier, el inglés Gerald Brenan y, cómo no, el neerlandés Johan Brouwer. Eso demuestra que, a lo largo de los siglos XIX y XX , la Leyenda Blanca, concebida originalmente en la propia España para hacer frente a las calumnias extranjeras difundidas en el marco de la Leyenda Negra, atraía también a almas descarriadas de fuera del país. La Leyenda Blanca valora en España lo que la Leyenda Negra condena: la ferviente profesión de fe, la actitud «antiburguesa» ante la existencia o, por decirlo con las palabras de Huizinga, el célebre historiador de los Países Bajos, «la intensidad de la vida». La Leyenda Negra y la Leyenda Blanca tienen en común que ambas consideran la historia de España como única, independientemente de si ese carácter único viene dado por la intolerancia, el fervor, la incapacidad administrativa o la mentalidad antiburguesa. Tras el régimen de Franco, cada vez más historiadores españoles y extranjeros se mostraron partidarios de presentar a España como un país «normal», no único. Desde esta perspectiva, la descripción se fundamenta en una serie de parámetros decisivos para la evolución histórica de España y los demás países europeos: condiciones del suelo, demografía, relaciones comerciales, desarrollo económico, cultura religiosa y política. Desde el posterior estudio comparativo se infiere que la evolución de España fue divergente en algunos terrenos y en algunas épocas y convergente en otros. Esta visión de España también es susceptible de crítica. Está muy próxima a la interpretación de la historia según los whigs , la perspectiva progresista según la cual la historia aparece como una evolución ineludible -casi diríamos dirigida por Dios- hacia una sociedad moderna, industrial y democrática. Antes ya se ha dicho que los europeos románticos del siglo XIX , defensores a ultranza de la «peculiaridad» de España, sintieron aversión por la mentalidad burguesa de la sociedad moderna; pues bien, muchos críticos estiman que la perspectiva de la evolución europea conduce ir reme diablemente a un triunfo de la mentalidad burguesa europea y del materialismo. Algunos de ellos sienten una permanente nostalgia, cargada de romanticismo, hacia una España «distinta» al resto de Europa, como es el caso de uno de mis colegas historiadores, el neerlandés Chris van der Heijden, que (en 2003) escribió acerca de la sabiduría y la veracidad del «sentimiento trágico de la vida» de la España premoderna [4]. ¿Cómo se fraguó la visión de Brouwer sobre la historia de España? ¿Cómo fue cambiando ésta bajo la influencia de su trayectoria personal y los acontecimientos históricos de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo XX ? Para los jóvenes neerlandeses no católicos, los españoles fueron los malos de la historia y Guillermo de Orange y los suyos los buenos. Quizá como reacción a esa imagen negra, Brouwer se erigió en defensor de la Leyenda Blanca en sus primeras publicaciones sobre España. En su Psychologie der Spaansche mystiek (Psicología de la mística española), publicada en 1930, el autor afirma que, en la España del siglo XVI , la vida interior espiritual era un asidero para los individuos de una sociedad en crisis, como también podía serlo para los europeos del siglo XX . Con respecto a la política española señala que la mano dura de la Inquisición era necesaria para unir a España frente a las influencias externas de los judíos y los musulmanes. La actuación de España fuera de Europa fue objeto del libro Hernán Cortés en Mocteczuma. Spanjaarden en Azteken in het begin van de zestiende eeuw (Hernán Cortés y Moctezuma. Españoles y aztecas a principios del siglo XVI ), aparecido en el otoño de 1933. Brouwer perfila una imagen «blanca» de la Conquista española en oposición a la imagen «negra» inspirada en la crueldad de los conquistadores, tan habitual en los Países Bajos. Parece justificar la actitud de los conquistadores sin reserva alguna al manifestar que los indios eran «caníbales hasta la médula de los huesos». Además de láminas y facsímiles del siglo XVI , Brouwer incluye asimismo ilustraciones contemporáneas, que califica de «obras maestras», entre ellas un retrato del gran Hernán Cortes visto a través de los ojos del dibujante y pintor Luis de Usabal [ 5 ] . También en Kronieken van Spaansche soldaten uit het begin van den Tachtigjarigen Oorlog (Crónicas de soldados españoles de los primeros tiempos de la Guerra de los Ochenta Años), dado a conocer en la primavera de 1933, el escritor confronta al público neerlandés con una imagen «blanca». Describe a los soldados españoles -Brouwer tradujo crónicas de Alonso Vázquez y Bernardino de Mendoza – como defensores de la legítima autoridad frente a los rebeldes herejes. A su juicio había que comprender que los españoles reaccionaran con dureza frente la rebelión iconoclasta de 1566, puesto que «se había derramado sangre y el fuego y la mano violenta de personas malvadas, fanáticas, ofuscadas y engañadas habían destruido iglesias y conventos». Es llamativo que Brouwer emplee palabras casi idénticas para describir el robo y saqueo de iglesias que se produjo en los años 1931-1936, justo antes de la Guerra Civil española. Se puede citar otro ejemplo: según Brouwer, el duque de Alba pertenecía a «esa raza de hombres fuertes que también hace falta en nuestro tiempo, pero que, por desgracia, escasea en todos los siglos». Salta a la vista que la imagen «blanca» que Brouwer difunde en el período 1931-1936 de la España del siglo XVI está fuertemente marcada por su visión personal: su devoción por el catolicismo español y la lucha por la unidad de los reyes españoles y su manifiesta simpatía por el bando católico en la política española de la Segunda República. En las postrimerías de 1936, Brouwer modificó su opinión sobre los rebeldes. En un primer momento, este cambio de rumbo se deja entrever tan sólo en sus artículos y opúsculos sobre la historia contemporánea de España en general y la Guerra Civil en particular, pero más tarde también trasciende en sus libros, donde se distancia de la Leyenda Blanca. A diferencia de sus libros anteriores, dedicados a las -cuando menos temporalmente- exitosas acciones militares (desde el punto de vista español) en América del Sur y los Países Bajos, De onoverwinnelijke vloot (La Armada Invencible) trata de un estrepitoso fracaso: la derrota de la Gran Armada que Felipe II envió contra Inglaterra en 1588. En esta obra, Brouwer compara las relaciones internacionales existentes en el año 1588 con la situación de 1938, 350 años más tarde. En el escenario internacional hubo un antes y un después del desastre de la Armada. Brouwer temía que fuera a suceder lo mismo en 1938, cuando otro gran imperio, Inglaterra -al igual que antes España-, intentaba mantenerse a flote ante la aparición de nuevas potencias como Alemania e Italia (equiparable a la entrada en escena de los Países Bajos e Inglaterra en tiempos pasados). La visión «blanca» de España brilla asimismo por su ausencia en la primera novela de Brouwer, De schatten van Medina Sidonia (Los tesoros de Medina Sidonia), de 1939. Estamos ante un libro extremadamente complejo en el que se mezclan diferentes géneros: reportaje sobre la Guerra Civil, novela de tesis y novela gótica. La historia se desarrolla en dos niveles. En el primer nivel, el narrador en primera persona parte para la Guerra Civil como brigadista internacional para ayudar a defender la República española. Resulta herido y es enviado como voluntario a la iglesia de San Francisco el Grande en Madrid, donde se encargará de inventariar las obras de arte que se esconden en los sótanos para ponerlas a salvo de los efectos de la guerra. A partir de ahí, la novela se traslada al segundo nivel, que es el de la novela gótica. En los sótanos de la iglesia de San Francisco el Grande, el protagonista halla una serie de indicaciones que le conducen a los tesoros del duque de Medina Sidonia, comandante en jefe de la Armada Invencible. Entran en escena espectros del siglo XVI , que hacen referencia a la realidad espiritual y sobrenatural que pervive en España. Teorías parapsicológicas alternan con contemplaciones históricas. Ello no obsta para que este libro, la única novela neerlandesa donde se aborda de forma explícita la Guerra Civil de España, destaque por sus bellos fragmentos sobre la vida en el Madrid asediado de los años 1936 y 1937. En esta obra, Brouwer apuesta rotundamente por la dignidad humana que, según el, se manifiesta a la perfección en la espiritualidad española. A partir de 1939, la política del momento comienza a ejercer una acusada influencia sobre la visión de la historia de España que Brouwer proyecta en sus libros: dos biografías históricas y una novelada; aunque es preciso hacer notar que el autor no siempre establece una distinción nítida entre ambos géneros. En estas obras, Brouwer no sólo parece haberse despedido de la Leyenda Blanca, sino que incluso se basa en elementos de la Leyenda Negra. Johanna de Waanzinnige. Een tragisch leven in een bewogen tijd (Juana la Loca. Una vida trágica en una época turbulenta), publicada en la primavera de 1940, es una biografía cimentada en fuentes de los siglos XV y XVI así como en nociones biográficas y psicológicas modernas. El escritor se identifica fuertemente con la temática de la obra. A su juicio, fue la presión de las altas esferas políticas lo que volvió loca a Juana. Fernando y Carlos V, padre e hijo de Juana, la encerraron para impedir que los elementos rebeldes se adueñasen de su persona. Una vez más, Brouwer traza un paralelismo entre las circunstancias políticas del siglo XVI y las del siglo XX : Fernando dio un «golpe de Estado» en España y Carlos V soñó con imponer «su dictadura en toda Europa». Philips Willem, de Spaansche prins van Oranje (Felipe Guillermo, el príncipe de Orange español), publicado en el otoño de 1940, describe la vida del hijo mayor de Guillermo de Orange, secuestrado y educado en España por orden del rey Felipe II para que, después de la Rebelión, sucediera a su padre como virrey proespañol de los Países Bajos. En esta obra (ya se ha señalado al comienzo del presente artículo), Brouwer plasmó a discreción toda suerte de paralelismos entre los siglos XVI y XX . Es harto probable que muchos lectores, familiarizados desde niños con la Leyenda Negra sobre Felipe II y España, establecieran enseguida una relación entre la ocupación española y la ocupación alemana. Aunque esta novela histórica suele calificarse de vida novelada, quizá sea más acertado catalogarla como vida moralizada o politizada, habida cuenta de la afición de su autor por los paralelismos históricos y políticos. El último libro de Brouwer sobre la historia de España es una biografía de 1941 que se intitula Montigny, afgezant der Nederlanden bij Philips II (Montigny, enviado de los Países Bajos en la corte de Felipe II). Tiene como protagonista histórico al enviado neerlandés Montigny, capturado y ajusticiado por el rey Felipe II: otro preso y otro ejemplo patente de la tiranía del rey español. La comparación entre los «invasores» españoles y alemanes de los Países Bajos se vuelve incluso más explícita que en los libros anteriores. Brouwer considera las ideas católicas del rey español como una «ideología» y añade que este tipo de ideologías sirve en todos los siglos para ocultar los objetivos políticos de los gobernantes y asegurarse el apoyo del pueblo. Una vez más, describe a Carlos V y a Felipe II como «gobernantes dictatoriales», en clara referencia a los dictadores del siglo XX . Desde este punto de vista resulta muy significativo el comentario de que el duque de Alba recibe de Felipe II la orden de «subyugar y depurar» el aparato administrativo de los Países Bajos, ya que estos términos eran los que utilizaban los invasores alemanes en 1942. El mismo duque de Alba lanza una «redada» para capturar a un grupo de adversarios, por analogía con las razzias organizadas por los alemanes para detener a los judíos y las personas que vivían en la clandestinidad. Es más, el autor establece una comparación explícita entre la Inquisición y la Gestapo, la policía secreta alemana. En el último capítulo del libro, Brouwer recoge la historia de don Carlos, hijo de Felipe II. Profundiza en la «visión poética» que Schiller plasmó en su famosa obra teatral del mismo nombre. En esa pieza de 1787, don Carlos aparece como defensor de la libertad y la humanidad, en contraposición a su padre, el cruel tirano Felipe II, que entrega personalmente a la Inquisición a su propio hijo. Brouwer no se distancia en absoluto de este mito romántico, visiblemente distorsionado por la Leyenda Negra. No cabe duda de que las preocupaciones personales desempeñan un papel predominante en las novelas históricas de Brouwer. Escribe sobre la Armada Invencible, un sonado fracaso militar, y sobre individuos como Juana, Felipe Guillermo, Montigny y don Carlos, que viven en cautiverio y que, en opinión de Brouwer, son víctimas de los intereses políticos. Con posterioridad a 1938, el autor ya no vuelve a incorporar a su obra elementos procedentes de la Leyenda Blanca que defendió con tanto entusiasmo nada más estallar la Guerra Civil española. Todo lo contrario, se encamina más bien hacia lo que podríamos definir como una «extensión» de la Leyenda Negra al contexto europeo: la opresión del individuo por parte de poderes estatales abstractos, fenómeno que, después del ejemplo inicial de España, se repitió reiteradas veces en la historia europea moderna. En resumen, Brouwer no retomó íntegramente la Leyenda Negra, sino que se limitó a adoptar algunos de sus componentes. Incluso hay que preguntarse si su visión de la España de los siglos XVI y XVII , tan marcada como estaba por la historia europea del siglo XX , no contenía también algunos elementos de lo que antes hemos llamado la perspectiva de la evolución europea. ¿Hasta qué punto anuncia la obra de Brouwer esta tercera y científica visión de España? A partir de 1937, la visión de Brouwer comienza a moverse tímidamente en dirección hacia una nueva perspectiva de la historia de España. Al ser insertada en un contexto europeo, la Leyenda Negra se vuelve menos específica y menos española. Brouwer pasa a interpretar la historia de España a la luz de la historia de Europa. Es cierto que se centra sobre todo en la historia de las mentalidades y no tanto en la historia política y socioeconómica, pero ello no es óbice para que la España de Brouwer resulte cada vez menos «distinta». A través de los paralelismos establecidos entre las relaciones internacionales europeas del siglo XVI y del siglo XX , Brouwer hace ver que España no puede ser separada del contexto europeo y mundial. Sitúa la Leyenda Negra española en un contexto europeo, generalizándola y convirtiéndola en una denuncia universal contra el dogmatismo, la intolerancia y la tiranía. En sus obras sobre España, supuesta cuna de todos estos males, Brouwer presta más atención a las víctimas y a los presos que a los autores de semejantes villanías. Los puntos de contacto entre la historia de España y de Europa se estudian con especial detenimiento en el libro que lleva por título Spaanse aspecten en perspectieven (Aspectos y perspectivas de España). Apareció en 1939. En esta obra, Brouwer analiza a fondo la oposición entre «las dos Españas», entre quienes pretenden cambiar y renovar la política y la sociedad y quienes desean mantener las relaciones existentes. Aunque reconoce que este enfrentamiento no es privativo de España, Brouwer sostiene que, a diferencia de países como Francia e Inglaterra, donde la oposición entre progresistas y conservadores trajo consigo unos cambios políticos y sociales reales, en España esta lucha jamás pasó de su fase inicial, entre otras razones por el poder ilimitado de los reyes absolutistas españoles, la preponderancia del clero, las malas vías de comunicación, la economía predominantemente agraria y la evolución tardía del capitalismo industrial. Brouwer concluye que el enfrentamiento entre progresistas y conservadores está presente en todos los países, pero que en España la falta de matización política y social se compensó con una radicalización y profundización del conflicto entre ambos bandos. Debido al enorme poder de la Iglesia y el analfabetismo de grandes capas de la población, los intelectuales reformistas no contaron con ningún apoyo. La mayoría de las reformas iniciadas en los siglos XVIII y XIX fueron promovidas desde arriba. No las impulsaron la burguesía ni los obreros, los dos grupos que sustentaron los cambios en el resto de Europa. La República de 1931, definida por Brouwer como «la revolución liberal de 1931», llegó tarde. La influencia del ideal renacentista, basado en la autonomía intelectual y ética del ser humano, apenas se había dejado sentir en España. El país tampoco había conocido la Reforma que, en otras regiones de Europa, había dado lugar a una actitud crítica y personal ante la vida. La revolución liberal de 1931 se produjo en un momento en el que, en el resto de Europa, los ideales políticos y humanitarios del liberalismo atravesaban una profunda crisis. Brouwer lo resume como sigue: «El capitalismo industrial del siglo XIX necesitó de una democracia liberal para poder desarrollarse libremente. España, que […] llevaba algunos decenios de retraso con respecto a Europa, comenzó a construir el capitalismo industrial cuando éste amenazaba con desmoronarse en todas partes. La República se instauró dos años después de la gran crisis mundial de 1929.» Este razonamiento suena muy moderno y se ajusta a las ideas científicas actuales sobre la evolución de la historia española, pero no podemos olvidar que Brouwer interpreta el consabido enfrentamiento casi exclusivamente en términos religiosos, espirituales, literarios y artísticos, que eran los aspectos que más le interesaban. Ahí es donde sigue buscando la «peculiaridad» y el carácter único de España. A su juicio, los místicos españoles, a los que a estas alturas tilda directamente de «revolucionarios», fueron representantes tempranos de la España progresista. Además de a los místicos cita a una serie de artistas que, según él, jamás perdieron el contacto con la cultura popular, zócalo de la espontaneidad: Albéniz, Granados, Falla; Galdós, Pio Baroja, García Lorca, Goya, Picasso y Buñuel, al que califica de «Goya del cine». En opinión de Brouwer, España constituye pese a todo un caso único, puesto que ha sabido dar forma de una manera muy enérgica a la tensión europea entre fuerzas progresistas y conservadoras, bajo el influjo de unas circunstancias históricas y un ritmo de desarrollo propios. El carácter del pueblo español y de la cultura española, fruto de muchos siglos de influencias muy diversas, se ha venido forjando bajo lo que Brouwer definió en algún momento como una campana colocada sobre el país por el Estado y la Iglesia. Bajo esa campana, las oposiciones generales europeas entre espíritu progresista y espíritu conservador, entre espontaneidad y rigor, entre libertad y opresión, adquirieron su particular apariencia española. Esta idea queda muy bien reflejada en las opiniones de Brouwer acerca de la mística española. Hasta 1935 aproximadamente, los místicos españoles encarnan para él la esencia de España, tanto del espíritu español en general como del catolicismo español en particular. Después de la Guerra Civil los ve como «una corriente religiosa rebelde», característica de la vitalidad de la cultura española. Lo que más admira del pueblo español y de la cultura española es su capacidad pura e intuitiva de definir valores interiores, así como su anhelo de valores absolutos y trascendentes. A juicio de Brouwer, España continuará distinguiéndose siempre por su «sed de eternidad». Volviendo a lo que hemos dicho antes acerca de la evolución personal y científica del autor, podemos extraer algunas conclusiones. España fue para Brouwer un espejo en el que se reflejaba su propia trayectoria personal y científica. No se aproximó a España como un científico imparcial, sino como alguien ávido de encontrar una patria espiritual. Afectado por una profunda crisis personal -a la que en los años treinta y cuarenta se sumaban unas crisis políticas no menos acuciantes-, Brouwer fue en busca de valores susceptibles de conferir un sentido a la vida, no sólo a la suya propia sino también a la de sus lectores. Buscó consuelo en la historia y la cultura de España, ya que en ese país hombres y mujeres a los que él admiraba -místicos, escritores, artistas y pensadores- habían proseguido su búsqueda de valores espirituales a pesar de la represión económica, social, religiosa y política. Si bien es cierto que Brouwer se desentiende sólo en parte del esquema mental (en términos de Leyenda Blanca o Negra) que presenta a España como un país peculiar y «distinto», ajeno a la evolución europea, también lo es que, con el paso del tiempo, la interacción entre España y Europa adquiere una importancia cada vez mayor en su obra. «Extiende» las críticas vertidas contra España en el marco de la Leyenda Negra al contexto europeo: las múltiples comparaciones con las dictaduras y las policías secretas del siglo XX ponen de manifiesto que, en opinión de Brouwer, la opresión religiosa, la Inquisición y la tiranía política no son rasgos exclusivos de España. Es consciente de que las diferencias entre España y los demás países de Europa occidental se deben sobre todo a un ritmo de desarrollo distinto. En otras palabras, comprende que, en términos de evolución, la diferencia entre España y Europa es meramente cuantitativa, pero su fijación con los valores espirituales y religiosos le lleva a insistir en que España difiere también de los demás países europeos desde el punto de vista cualitativo. Aunque Brouwer pasa a situar la historia española en el contexto de la historia europea, España sigue siendo para él un país «distinto». Incluso después de la Guerra Civil y en los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial continuaba albergando la esperanza de que España fuera siempre un ejemplo edificante para Europa. Hoy en día ya no pensamos en la historia de España en estos términos, ni en la historia de ningún otro país europeo. Consideramos a España como un país que, en los últimos decenios, ha logrado hacerse un hueco importante entre las grandes democracias europeas. Ha dejado de ser una segunda patria para seguidores de la ilusión colectivista. En el supuesto de que en España existan «valores espirituales eternos», éstos ciertamente no gozan de mayor predicamento en Europa que los valores procedentes de Italia, Inglaterra, Alemania, Francia, o quizá incluso de los Países Bajos. En este sentido, la visión de la historia española de Brouwer es el reflejo de una época. Los historiadores contemporáneos ya no se consideran a sí mismos como buscadores, visionarios o inspiradores. Con todo, la visión genuinamente personal de la historia española que desarrolló Johan Brouwer desde la perspectiva de la Leyenda Blanca, pasando por la Leyenda Negra, hasta una perspectiva europea en cierto modo comparativa, marcó un hito en el pensamiento sobre las relaciones entre los Países Bajos y España en los siglos XVI y XX . Su planteamiento polifacético y pormenorizado (especialmente en el ámbito de la cultura y la religión) invita a la reflexión. Éste es el gran mérito del hispanista neerlandés, incluso ahora, en un siglo XXI en el que muchos andan a la busca de unos valores y una identidad europeos.

[1] H. Henrichs, Johan Brouwer, zoeker, ziener en bezieler. Een biografie (Amsterdam, 1989). [2] H. Henrichs, Johan Brouwer , p. 213 y nota 9. [3] Felipe Fernández-Armesto, «The improbable empire», en: Raymond Carr (ed.), Spain, a history (Oxford, 2000), pp. 116-151, en concreto pp. 136-139. [4] Chris van der Heijden, «Maan en steen», en: Arjen Fortuin y Hans Schoots (eds.), Ongenaakbaar Madrid (Amsterdam, 2003), pp. 31-44, en concreto pp. 43-44. [5] Usabal y Hernández, Luis. 1876 Valencia (España) Pintor, ilustrador, escultor español; cursó estudios en las academias de Valencia, Madrid, París, Roma y Munich. Trabajó en Berlín como colaborador de diversas revistas satíricas. Miembro de la Asociación de Ilustradores Alemanes.

[Hendrik HENRICHS. “Un holandés «distinto»: Johan Brouwer y la historia de España”, in Revista de Occidente (Madrid), nº 304, septiembre de 2006. Traducción de Goedele De Sterck]

✍ Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario [2011]

getImg.spyNo hay revolucionarios sin revolución, ni revolución sin revolucionarios, es la idea que Wasserman expone al comienzo del libro mediante un doble epígrafe (de Juan B. Alberdi y Andrés Rivera) y que sintetiza el espíritu de la colección de “Biografías argentinas” dirigida por Gustavo Paz y Juan Suriano: recuperar el protagonismo del actor y a su vez exponer los condicionamientos impuestos por la época en que le tocó vivir. La apuesta al género biográfico augura buena acogida en un campo historiográfico que desde hace algunos años y desde muy disímiles corrientes pone de relieve la agency del sujeto en la historia. El otro objetivo de las varias biografías que la colección anuncia, y que este libro sobre la vida de Juan José Castelli logra magistralmente, es producir textos de “alta divulgación”, es decir, libros destinados a un público no profesional sino medianamente familiarizado con la lectura de trabajos históricos. Juan José Castelli. De súbdito de la Corona a líder revolucionario es un nuevo ejemplo de que la investigación académica, metodológicamente rigurosa y bibliográficamente actualizada, no está reñida con el formato impuesto por la divulgación: prosa fluida y clara, reducción al mínimo del aparato de citas (en este caso aparecen en promedio apenas diez referencias por capítulo) y una bibliografía final ajustada. Ciertamente, el género biográfico colabora en la sencillez de la estructura del libro, vertebrada de acuerdo a un prístino orden cronológico que recorre el arco vital del personaje (Buenos Aires, 1764 – íd. 1812). En este caso, el corte de los trece capítulos y sub-capítulos se establece de acuerdo con hitos significativos de la vida de Castelli, en los que por momentos se agranda la lente para esclarecer la complejidad de los contextos (local, regional, continental y Atlántico) y por momentos se cierra en el acontecimiento biográfico inmediato, así como en la narración también se acelera y ralentiza el tiempo. Hacia el final del libro, en el fragor bélico que tuvo a Castelli como protagonista y en medio del precipitado ritmo de la política revolucionaria, los capítulos abarcan tiempos progresivamente más cortos, siendo crucial por momentos contemplar el día a día en varios lugares simultáneamente para comprender la acción de los hombres y la realidad de una sociedad que atravesaba cambios tan vertiginosos como irreversibles. Wasserman logra con maestría conducir a buen puerto este equilibrio hermenéutico. Por supuesto, en el criterio para ampliar o reducir la escala de observación, tanto geográfica como temporal, no deja de imponer sus condicionamientos el conjunto de información y fuentes disponibles. En este punto, el autor se nutre fructuosamente de la historiografía especializada de los últimos años producida en nuestro país y en el extranjero, así como de los trabajos más tradicionales de enfoque monográfico aparecidos en infinidad de boletines y revistas a lo largo del siglo XX. La colección documental Biblioteca de Mayo (diecinueve tomos) resulta una gran cantera de fuentes -memorias, crónicas, juicios, periódicos, cartas, partes oficiales, etc.- de la que Wasserman saca lúcido provecho, junto con otros compendios, como La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época y los dos tomos del Archivo General de la República Argentina. El propósito central del libro -explícito desde el subtítulo- es restituir, evitando todo anacronismo, el proceso por el cual un “súbdito de la corona” se convierte en “líder revolucionario”. En este afán, la elección de Juan José Castelli se debe a su lugar excepcional, breve e intenso, que permite observar cómo los actores experimentaron desde su esfera de acción y marco de representaciones el desmoronamiento del orden monárquico Borbón y visualizaron, a partir de una cambiante amalgama de nuevos y viejos valores, la construcción de inéditas formas de ejercicio y concepción del poder que implicaron la reinvención de la comunidad política. Predomina por ello y también a causa de la poca documentación existente sobre su vida íntima, un retrato social y político de Castelli antes que emocional y privado (muchas anécdotas sobre su comportamiento son producto del rumor). Asimismo, la elección de este personaje se debe a la escasez de estudios que se le han dedicado, salvo la ineludible biografía de Julio César Cháves, la cual, señala Wasserman, resultó de gran utilidad para el trabajo, a pesar de los anacronismos que presenta. Estos tienen que ver con el hecho, según el autor, de atribuirle al Castelli de un momento las ideas o “proto-ideas” revolucionarias del Castelli de otro momento posterior. La meticulosidad de Wasserman en evitar los anacronismos, ardua gimnasia de todo buen historiador, ya se refleja con excelencia en sus investigaciones anteriores sobre culturas y lenguajes políticos del siglo XIX latinoamericano. De este modo, el autor consigue eludir tanto el doble sesgo teleológico y hagiográfico habitual en las biografías de “próceres nacionales”, al menos las confeccionadas en décadas pasadas, como el tradicional anacronismo historiográfico que confina la dinámica geográfica, política e intelectual de los procesos y el radio de redes de influencias de los actores dentro de un marco nacional que, tal como ha insistido en ello una importante línea de trabajos de José Carlos Chiaramonte, no existía en momentos de las guerras de revolución. El capítulo uno recorre la infancia y educación de Castelli (1764-1787) en sus estancias en su Buenos Aires natal, Córdoba y en la afamada Universidad de San Francisco Xavier en Chuquisaca (actual Sucre). Caracteriza los valores, dinámicas internas y actividades económicas, culturales y políticas de la sociedad porteña de mediados de siglo XVIII. Por entonces Buenos Aires era una sociedad de castas pero con canales relativamente abiertos para los comerciantes de origen extranjero. Castelli nació en el seno de una familia acomodada, hijo de un médico veneciano. Era primo por línea materna de Manuel Belgrano, quien luego también sería abogado y más tarde otra figura importantísima del proceso revolucionario por entonces aún inimaginable. Los padres de Castelli decidieron sacar a su hijo del Real Colegio de San Carlos y enviarlo a la Real Universidad de Córdoba y Tucumán para que estudiara teología y filosofía, institución conocida por su estricta disciplina. Allí entabló contacto con jóvenes oriundos de otras ciudades del virreinato como Saturnino Rodríguez Peña, Juan José Paso, los hermanos Pedro y Mariano Moreno, y el paraguayo José Gaspar de Francia, entre otros. Sin embargo, su experiencia determinante, por más que al cabo de un año hubiera regresado a Buenos Aires, fue su paso por la Universidad de Chuquisaca luego de que abandonara el destino sacerdotal y escogiera la abogacía. El capítulo dos se adentra en su labor como joven abogado entusiasmado con los vientos ilustrados de transformación que ofrecían los borbones finiseculares. Castelli se ocupó con habilidad de casos particulares, adquiriendo cierto prestigio como abogado, a la par que sus servicios fueron requeridos por distintas instancias de la administración, como por ejemplo el Consulado, una institución recientemente creada en la que participó como suplente de su primo. A pesar del optimismo por la modernización impulsada por los borbones, Castelli y buena parte de los criollos empezaban a percibir las restricciones impuestas a los americanos para participar de la nueva administración civil y eclesiástica. En este sentido, el autor da cuenta de estas tensiones del orden colonial. En el capítulo tres el tiempo histórico comienza a acelerarse sensiblemente (comprende 1806-1808) y el contexto internacional aparece como gran condicionante debido a las cambiantes alianzas entre España, Francia, Inglaterra y Portugal, junto con los efectos de las invasiones inglesas en el ámbito local. Wasserman analiza las limitaciones documentales para dar cuenta cabal del surgimiento de lo que algunos historiadores denominaron “Partido de la Independencia”. El autor advierte sobre “la cambiante situación política que llevó a ensayar muy diversas tentativas, razón por la cual parece infructuoso buscar un sector que haya mantenido una línea de acción precisa y coherente a lo largo del tiempo” (p. 51). El capítulo cuatro (1808-1809) examina los pormenores de la crisis del orden colonial en el Río de la Plata, comprendiendo el inicio del juntismo desencadenado por la invasión napoleónica en la península y los vínculos de Castelli con el carlotismo, una apuesta política que en diferentes momentos y según los actores involucrados connotaría proyectos distintos. Pero nadie imaginaba entonces los sucesos que sobrevendrían al año siguiente, ni siquiera al mes siguiente. De hecho, Castelli, quien participaba de las reuniones en la jabonería de Vieytes donde se empezaba a estudiar la posibilidad de un gobierno propio -fiel al cautivo Fernando VII-, habría sido en ocasiones convocado como asesor por el virrey Cisneros. Wasserman consigue así recrear el clima de desorientación política ante acontecimientos inéditos junto con los deseos de reformas que embargaban a buena parte de la sociedad letrada. El capítulo cinco (enero a mayo de 1810) examina día a día los posicionamientos políticos ante las noticias llegadas de la metrópoli y de otras partes del virreinato. El cabildo abierto del 22 de mayo marcó un antes y un después en la vida de Castelli, dando el salto de abogado prestigioso y prudente reformista a “orador de la revolución”. El capítulo seis (mayo a septiembre de 1810) recorre los primeros pasos de la revolución, la cual, como remarcó Marcela Ternavasio, debía gobernarse a sí misma y a la vez conducir una guerra. Una guerra civil contra los contrarrevolucionarios en cuyo desarrollo se irían definiendo-mutando poco a poco las identidades y justificaciones de los dos bandos. Como vocal de la Junta y activo participante de reuniones políticas, la vida de Castelli pasó a estar absorbida completamente por la política, convirtiéndose en uno de los líderes de la revolución y promotores de su radicalización (el fusilamiento de Liniers es otro de los hitos que resalta la historiografía). Al igual que su primo, tuvo que asumir la dirección de fuerzas militares, de manera que el capítulo siete (septiembre a noviembre de 1810) examina este paso “de la revolución a la guerra”. En tanto jefe político del ejército auxiliar, además de la misión de alcanzar la victoria en el campo de batalla, tenía amplias facultades representativas en nombre de la Junta para procurar la imprescindible adhesión de los pueblos del norte del virreinato. Resultan fascinantes los desafíos políticos, militares y sociales que tuvo que enfrentar el representante porteño en su paso por Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, hasta llegar al Alto Perú – Potosí y Chuquisaca-, cuya ocupación es tratada en el capítulo ocho (diciembre de 1810 a febrero de 1811). El capítulo nueve ahonda en los cambios políticos en Buenos Aires y la forma en que repercuten en las relaciones con Castelli, además de continuar examinando las alianzas y tensiones en las que se vio involucrado en el Alto Perú. Esto último es profundizado magistralmente en el capítulo diez, “Cartas, rumores y conjuras (abril a junio de 1811)”, donde se posa una mirada muy atenta a los papeles y discursos, públicos y secretos, que circulaban en todas direcciones. En el capítulo once, dedicado a la política de Castelli para con los indios, puede advertirse la influencia de actuales “estudios históricos y antropológicos que se interesan en dilucidar el accionar de los pueblos indios teniendo presente cuál era su propia visión o, mejor dicho, sus visiones” (p. 192). El capítulo doce refiere en detalle a la derrota de Guaqui y sus consecuencias (junio a septiembre de 1811), que marca tanto la pérdida del Alto Perú como el “el fin del representante”. El último capítulo (diciembre de 1811 a octubre de 1812) analiza minuciosamente los postreros meses de Castelli, cuando debe enfrentar un juicio que hoy calificaríamos de “kafkiano” por sus ambigüedades y morosidades, mientras su hija lo decepciona por querer casarse con un saavedrista y, lo más terrible, un cáncer de lengua convierte en un martirio sus últimos días en la ciudad que lo vio nacer. En una entrevista concedida hace unos años, Tulio Halperin Donghi afirmó que la “biografía es la historia sin sus problemas”. En todo caso, esta biografía de Castelli, resultado de años de trabajo, se muestra como un excelente aporte no solo por el uso de múltiples fuentes y bibliografía actualizada, sino también por conseguir hacer presente en el flujo de la narración muchos de los problemas a los que buena parte de esa bibliografía especializada -entre las que se cuentan las propias investigaciones de Wasserman-, consagra sus análisis y orienta sus interrogantes.

[Pablo ORTEMBERG. “Fabio Wasserman, Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario, Buenos Aires, Edhasa, 2011, 254 páginas”, in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, Tercera serie, nº 35/36, segundo semestre 2011 / primer semestre 2012]

✍ Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista [1959]

vision-de-los-vencidos-la-miguel-leon-portilla_MLM-O-27204136_5233De nuevo se vuelve a editar este volumen de la Biblioteca del Estudiante Universitario que apareció por vez primera en 1959, y que se ha convertido ya en un clásico de la historia mexicana. La Visión de los vencidos concentra diversos testimonios sobre la forma como los indígenas sometidos sintieron e interpretaron la violenta irrupción española en su territorio. Los textos que se ofrecen aquí, compilados y espléndidamente comentados por Miguel León-Portilla, muestran la otra percepción de la conquista de México, la de aquellos que presenciaron el derrumbamiento de su cultura, la de quienes fueron descendientes de los conquistados y no pudieron acallar las voces de su lamento. La traducción del náhuatl al español de la mayor parte de las versiones presentadas en este volumen se debe al humanista mexiquense Ángel Ma. Garibay, quien dedicó su vida al estudio de la historia y la literatura nahuas. Pero ¿qué tiene de nuevo esta decimoquinta edición? La más reciente publicación de esta obra contiene un apartado adicional intitulado “Lo que siguió”, que enriquece los ya de por sí invaluables documentos inmediatos a la conquista, ofrecidos anteriormente. Miguel León-Portilla incluye, además de una esclarecedora introducción general con la que hace acompañar los textos desde la primera edición y del comentario de los mismos, un conjunto revelador de testimonios sobre el sentir y el pensar indígena acerca de las consecuencias de la conquista, que abarca desde el siglo XVI hasta nuestros días y aparece puntualmente acotado por el editor. León-Portilla presenta en “Lo que siguió” escritos de diversos géneros localizados en México en el Archivo General de la Nación, y en distintos repositorios de España, principalmente. Asimismo, incorpora conmovedoras manifestaciones poéticas de escritores actuales de estirpe nahua, que exaltan con orgullo sus raíces. En las primeras ediciones de este libro encontrábamos plasmada ya, mediante distintas expresiones, la visión de los vencidos. Recordemos tan sólo los icnocuicatl o “cantos tristes” que describen desgarradoramente el desmoronamiento del mundo indígena, o las distintas ilustraciones de las fuentes pictográficas alusivas a la conquista como el Lienzo de Tlaxcala o el Códice Aubin, u otros testimonios como los de los informantes de Sahagún o los aliados de Cortés, que relatan aquel suceso desde la perspectiva indígena. Pues bien, a éstos Miguel León-Portilla añade en la nueva edición un conjunto de composiciones de diverso género, realizadas en diferentes épocas por nobles indígenas y por gente del pueblo, por luchadores sociales y por poetas, que alzan su voz para denunciar los agravios sufridos. Estos interesantísimos documentos iban dirigidos a distintos destinatarios. Así,vision-de-los-vencidos-relaciones-indigenas-de-la-conquista_MLM-F-3415666977_112012 igualmente encontramos cartas de nobles nahuas que escriben al Rey a mediados del siglo XVI, con el fin de que interceda para que se les destine una autoridad que responda favorablemente a sus demandas; manuscritos confeccionados en el último tercio del siglo XVII, por indígenas de distintos estratos sociales, quienes reclaman lo que consideran sus territorios ancestrales a las autoridades competentes; convocatorias para la defensa de los derechos de los pueblos sometidos al principio de la presente centuria, y exhortaciones expresadas mediante bellas imágenes y metáforas, que pretenden reafirmar y fortalecer la esencia del hombre indígena en la actualidad. La Visión de los vencidos es la mirada del “otro” sobre un acontecimiento que cambió radicalmente su existencia; es el desgarrador testimonio de quien tuvo que doblegarse, pero también del que hoy está aventurándose a resurgir de nuevo, retomando sus orígenes y laborando su particular porvenir. Enhorabuena por esta decimoquinta edición aumentada que nos permite ahondar en la otra interpretación de un hecho trascendental de nuestra historia.

[Pilar MÁYNEZ. “Reseña”, in Estudios de Cultura Náhuatl, vol. XXX, 1999, pp. 322-323]

➻ Fabio Wasserman [1968]

fabio-wassermanEl historiador argentino Fabio Wasserman nació en Buenos Aires, en 1968. Se graduó de doctor en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como docente en la cátedra I “A” de Historia Argentina en esa facultad y como investigador del Conicet en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”. Su área de especialización es la historia política y cultural argentina e hispanoamericana del siglo XIX, temas sobre los cuales ha publicado varios libros y artículos, no solamente en la Argentina sino también en el extranjero. Ha publicado “Formas de identidad política y representaciones de la nación en el discurso de la generación de 1837” (Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, 1996), “Entre Clio y la Polis: Conocimiento Histórico y Representaciones Del Pasado en el Río de la Plata, 1830-1860” (Teseo, 2008) y “Juan José Castelli, de súbdito de la corona a líder revolucionario” (Edhasa, 2011).

[Fuente: El Tribuno (Salta)/Ediciones Colihue]

➻ Carlos Antonio Aguirre Rojas [1955]

aguirre2El historiador mexicano Carlos Antonio Aguirre Rojas es Doctor en Economía por la UNAM y ha realizado investigaciones posdoctorales en Historia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Nació en la Ciudad de México en 1955. Organizador de las Primera Jornadas Braudelianas Internacionales (México, 1991). Sus artículos han sido traducidos al portugués, inglés, francés, italiano, alemán, ruso y chino. Desde hace más de veinte años contribuye a la difusión didáctica de metodologías de historia crítica, de Marx a Edward Thompson, pasando por Bloch, Benjamin, Elias y Ginzburg. Fue nombrado Directeur d’Etudes en la Maison des Sciences de l’Homme en seis ocasiones y profesor invitado en universidades de Francia, Estados Unidos, Cuba, Perú, Guatemala, Colombia, entre otros países. Entre sus obras, cabe señalar: El problema del fetichismo en El capital (1984), Ensayos Braudelianos. Itinerarios Intelectuales y Aportes Historiográficos de Fernand Braudel (1993), Construir la historia, entre materialismo histórico y Annales (1993), Fernand Braudel y las ciencias humanas (1996), Braudel a debate. Ensayos sobre su itinerario intelectual y su obra (1998), La Escuela de Annales. Ayer, hoy, mañana (1999), Itinerarios de la Historiografía del siglo XX, de los diferentes marxismos a los varios Annales (1999), Breves ensayos críticos (2000), Pensamiento histórico e historiografía del siglo XX. Ensayos introductorios (2000), América Latina. Historia y presente (2002), Corrientes, temas y autores de la historiográfia del siglo XX (2002), Contribución a la Historia de la Microhistoria Italiana (2003), Immanuel Wallerstein. Crítica del sistema-mundo capitalista. Estudio y entrevista (2004), La historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y ¿2025? (2004), Chiapas en perspectiva histórica (2004), Para comprender el siglo XXI. Una gramática de larga duración (2005), Antimanual del mal historiador (2007), Microhistoria italiana. Modo de empleo (2009) y Mandar obedeciendo. Las lecciones políticas del neozapatismo mexicano (2009).

[Fuente: Diccionario Institucional. México: Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2007, p. 196]

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