Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

➻ Jacques Heers [1924-2013]

Heers_J_500_El medievalista y especialista en la ciudad y el espacio italiano, Jacques Heers, falleció el 10 de enero de 2013 en Angers a la edad de 88 años. Nació el 6 de julio de 1924 en París, y creció en Sarthe, en La Ferté-Bernard donde sus padres tenían un café, un burgo muy activo y célebre por su mercado de pecherones. El padre de Jacques, hijo de un zuriqués y una alemana de Hanovre, fue movilizado en 1939 y sirvió como chofer de un oficial francés que lo liberó en el momento de la debacle. Considerado un desertor por los alemanes por no haber servido al ejército del Reich durante la Gran Guerra, llegó a Sarthe donde, bajo un nombre falso, escapó a las persecuciones con la complicidad de toda la ciudad. Por su parte, Jacques tuvo una escolaridad ejemplar. Tras obtener el certificado de estudios y realizar el curso complementario, se dedica a trabajar como maestro de escuela primaria en el momento en que el régimen de Vichy decidió cerrar las escuelas normales. Transferido al Liceo de Le Mans, consigue una beca y culmina el bachillerato. Mientras trabaja como maestro en el internado de un establecimiento de Sarthe, Heers se inscribe en la Sorbona para hacer la licenciatura y luego, siempre como estudiante asalariado, preparar el concurso. En 1948 obtuvo el CAPES [Certificat d’Aptitude au Professorat de l’Enseignement du Second degré] y comienza a enseñar a los hijos de una tropa de la escuela militar de Le Mans. Luego, con la agregación terminada, enseña en la Prytanée nacional militar de la Flèche y después en Alençon. Siempre en Sarthe donde, inclusive, el suegro de Heers, Paul Bois, hizo trabajos de investigación para su famosa tesis, “Paysans de l’Ouest”. Su encuentro con Fernand Braudel será crucial para su carrera. Heers quería trabajar el mundo mediterráneo, de manera que el jefe de la Escuela de Annales le propone como objeto de investigación, Génova en el siglo XV. Tras cuatro años en la capital liguria gracias a una beca del CNRS, Heers concluye una de las tesis más importantes de los años 1950, tesis que, en parte, provocará el entusiasmo de los medievalistas por el estudio de las ciudades italianas. Heers defiende su tesis en 1958 y la publica en 1961 [Gênes au XVe siècle. Paris: S.E.V.P.E.N., 1961, 741 pp.]. De regreso a Francia, se convierte en profesor asistente de Georges Duby en Aix-en-Provence, antes de ser nombrado profesor en la Universidad de Argel en 1957, donde enseña ACH002299697.0.580x580durante cuatro años. Así, pasa por Rouan, Caen, Paris-X-Nanterre, para terminar en la Sorbona donde se convierte en Director de estudios medievales. De las numerosas publicaciones de Jacques Heers, podemos señalar Précis d’histoire du Moyen Âge (1968) y L’Occident aux XIVe et XVe siècles (1963) en la editorial PUF, así como también el discutido Clan familiale au Moye Âge (1974), reimpreso en la colección “Quadrige” cuando Heers cede su cátedra universitaria en 1993 y que le valen el Gran Premio literario de la Ciudad de París (1981) y luego, en 1998, el Gran Premio Gobert de la Academia Francesa “por el conjunto de su obra”. En 1998, tras la publicación de una serie de biografías (Marco Polo, Maquiavelo, Gilles de Reis), aparece Jacques Coeur, reimpreso en estos días por la colección “Tempus” de la editorial Perrin. Heers ha sido un pionero en cuestionar, desde un punto de vista historiográfico, objetos vinculados con la ciudad, la esclavitud o la idea de partido político. Sin embargo, ha estimulado más de lo que ha convencido a sus pares y jóvenes historiadores quienes, a pesar de haber refutado unas intuiciones discutidas sino discutibles, han reconocido que, hasta su desaparición, Heers siempre ha sido leído. La última obra que publicó se titula La Naissance du capitalisme au Moyen Âge. Changeurs, usuriers et grands financiers (2012).

[Philippe-Jean CATINCHI. “Jacques Heers, historien du Moyen Age”, in Le Monde (Paris), 24 de enero de 2013. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil]

✍ La invención de la Edad Media [1992]

la-invencion-de-la-edad-media-jacques-heers_MLU-O-3986296883_032013Para empezar hay que decir que la Edad Media es una categoría historiográfica, artificial como otras muchas, una convención del lenguaje, que a nosotros puede parecernos neutra y hasta muy poco imaginativa, pero que no lo fue en modo alguno en sus orígenes. Esta es una discusión que cualquier estudiante de historia ha escuchado en la primera lección del programa de Historia medieval. Pero es una discusión que sigue siendo oportuna porque explica muy bien el porqué de muchas malas interpretaciones y, sobre todo, del abuso sistemático del lenguaje de los que somos, sin darnos cuenta, espectadores y protagonistas ocasionales. Y ello explica que de vez en cuando se alcen voces apasionadas y hasta airadas contra una mala interpretación del pasado medieval en su conjunto. Lo expresó hace años con mucha gracia Régine Pernoud en un libro publicado en francés en 1977 y pronto tmducido al castellano titulado Para acabar con la Edad Media, en el que, para mostrar la ignorancia general de la gente sobre lo que fue la época medieval refiere, entre otras, la anécdota de aquella documentalista que solicitó de la autora unas diapositivas que representaran la Edad Media. Ante su cara de sorpresa por lo extraño de la petición, la documentalista se apresuró a aclarar lo que buscaba: “Sí, [unas diapositivas] de la Edad Media en general: matanzas, degollaciones, escenas de violencia, de hambrunas, de epidemias”. Otro historiador francés, Jacques Heers, ha escrito un libro deliberadamente polémico titulado La invención de la Edad Media -libro que en su versión original lleva el título mucho más provocador de Le Moyen Âge. Une imposture-, en el que defiende la tesis de que “la Edad Media, en realidad, no existió”, ya que no es sino un concepto artificial al que “se ha aplicado a sabiendas” todo tipo de oprobios. Y no le falta razón a Jacques Heers. Para empezar, el propio nombre Edad Media, consagrado en el manual de un modesto estudioso alemán del siglo XVII, es el menos adecuado para definir un periodo tan largo y complejo como el que transcurre entre el final del mundo antiguo y el inicio del que llamamos moderno. A falta de otra mejor, todavía seguimos utilizando la expresión “Edad Media”. En cualquier caso, el adjetivo “Media” se venía utilizando desde el siglo XV por los humanistas y con el paso del tiempo acabó cargándose de connotaciones peyorativas, concebido como un paréntesis entre dos periodos culturalmente brillantes y una etapa de predominio de la Iglesia y de la intolerancia. Ahora bien, afirma Heers, la Edad Media, como un todo, no existió, lo mismo que tampoco existió el hombre medieval. Porque ¿qué relación hay entre Clodoveo, por ejemplo, y Luis XI? ¿O entre Pelayo y Alfonso X el Sabio? Ninguna. Sin embargo, en la consideraciónmoyen_ge_imposture general todos son o serían “hombres medievales”. El libro de Heers no deja títere con cabeza. Por citar uno de los varios frentes contra los que acomete, el autor analiza el caso del feudalismo, sin duda la bestia negra del Medioevo. Heers afirma, y aporta pruebas, que muchas de las barbaridades y del mal trato de que fueron víctimas los campesinos sometidos al régimen feudal no existieron nunca, al menos de forma generalizada y que, por el contrario, se han incorporado al imaginario colectivo del hombre moderno como resultado de la campaña que condujo, al inicio de la Revolución Francesa, a la abolición, en la noche del 4 de agosto de 1789, de los derechos feudales y del feudalismo. Ahora bien, Heers, por su parte, en su afán por destruir la imagen absolutamente negativa que se tiene del feudalismo ofrece a la postre otra igualmente falsa por excesivamente idílica. Pero, detalles o puntos de vista aparte, Heers tiene razón en una cosa: la imagen que tenemos de la Edad Media ha sido construida por “escritores, historiadores, panfletistas o novelistas, comprometidos […] en la lucha por desacreditar todo lo que, en el pasado, no cuadraba con su ideal de Estado centralizador; todo lo que les parecía ajeno al “progreso” industrial, mercantil y burgués”.

[Manuel GONZÁLEZ JIMÉNEZ. “La Edad Media, hoy”, in Manuel GONZÁLEZ MORALES y Jesús Ángel SOLÓRZANO TELECHEA (editores). II Encuentro de Historia de Cantabria. Santander: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cantabria, 2005, pp. 235-236]

✍ Corre manuscrito. Una historia cultural del Siglo de Oro [2001]

Unknown-2Desde hace varios decenios, la preocupación de científicos sociales de diversas especialidades se ha enfocado en el estudio de la producción escrita de determinadas épocas: en los impresores, los libreros, la tipografía utilizada, el comercio de las obras, las formas de leer, la reactualización de los textos, la censura de la cultura escrita, la profesionalización de copistas, tipógrafos y escribanos. En fin, en el complejo sistema de producción, circulación y recepción de textos, tanto impresos como manuscritos. El libro que reseñamos es una aportación más al poliedro interesantísimo de los estudios sobre cultura escrita. Corre manuscrito. Una historia cultural del Siglo de Oro se nos presenta como una ventana no sólo al ágil sistema de copias y traslados que estuvo profesionalizado entre los siglos XVI y XVII en España y Portugal; es también un estudio, concienzudo y documentado, sobre las diversas formas en que el manuscrito no sólo coexistió sino compitió con la imprenta un siglo y medio después de su uso masivo en la península ibérica. Fernando Bouza, profesor titular de Historia Moderna en la Universidad Complutense de Madrid, nos advierte desde las primeras páginas la necesidad de “superar el esquematismo que, de un lado, reduce lo tipográfico exclusivamente a la difusión, así como sus copias a productos de mercado, y que, de otro, imagina que lo manuscrito es sinónimo de una voluntad no difusionista”, pues, según sus investigaciones, durante el período llamado Siglo de Oro, el manuscrito fue considerado, algunas veces, como ejemplar más completo que el impreso debido a las actualizaciones que por medio de la pluma podían hacerse de él. De ahí que muchas copias manuscritas excedieran en número y volumen a su correspondiente ejemplar impreso. Por otro lado, la importancia de prestar atención al manuscrito implica conocer otras formas de trabajo, pues generalmente fueron varias manos las que participaron en un mismo texto de manera casi simultánea. La copia manuscrita, entonces, conocía varias manos y varios autores debido a que la gran demanda de copias de comedias, pasquines, romanceros, apuntes universitarios y sátiras político-sociales no podía ser satisfecha por un solo amanuense. Los manuscritos, muy a pesar de lo dispuesto en Trento, tuvieron también una orientación mágica y milagrosa, pues se les dio un uso similar al de las imágenes de santos, los escapularios y las reliquias. Pero no sólo sirvieron como objetos de invocación y protección. Bouza asegura que la sociedad del período que le ocupa utilizó el manuscrito como objeto para causar daño o bien, para provocar el amor de la persona deseada o para luchar contra los enemigos. En este sentido, algunas oraciones manuscritas funcionaron como talismanes o amuletos que protegían a su portador y se creía que no sólo funcionaban con su lectura, bastaba solo con llevarlas consigo. Otras, como las cartas de resguardo y daño, eran conocidas por su capacidad de actuar sobre los enemigos. Algunas otras, conocidas como cartas de toque, podían sanar un cuerpo enfermo al besarlas o colocarlas en la parte enferma del cuerpo. Además, las personas conocidas como saludadores, atendían al recién nacido proveyéndolo de amuletos para su buena vida y de nóminas. El poder del manuscrito era inexorable. En el siglo del fervor por la impresión, poseer un manuscrito –el manuscrito de una obra que podía imprimirse o no– se convirtió en un símbolo aristocrático y elitista pues, en oposición a la masificación del impreso, la nobleza estuvo atraída por las copias únicas e irrepetibles como sinónimo de su singularidad, y el préstamo, intercambio o regalo de ejemplares manuscritos se convirtió en una práctica relacionada con “el valor cortés”. Por otro lado, la cultura escrita en la corte tuvo un uso pedagógico, pues era deseable que los jóvenes conocieran los preceptos palaciegos mediante la copia escrita. De ahí que, a partir del reinado de Felipe II, los archivos crecieran con el gran número de papeles públicos y privados que debían mostrarse, guardarse o quemarse. La política epistolar fue, entonces, también una manera de reconfigurar las historias de los pueblos, escritas entre lo que se podía saber, lo que se debía archivar y lo que inexcusablemente debía desaparecer de la memoria. La profesionalización de copistas, escribanos y escritores de libros durante los siglos XVI y XVII determinó en buena medida que el manuscrito fuera, como la imprenta, un medio divulgativo. Nos dice Bouza que el mismo Lope de Vega sabía que un tal Manuel de Faria e Sousa, quien había dedicado su vida a la escritura, tenía algunas de sus obras que “no determinava publicarlas en impressión, aunque algunas se leen manuscritas” obteniendo la misma difusión que las impresas. Así, varias personas vivieron de su actividad como amanuenses o, por lo menos, sobrevivieron con sus trabajos como copistas, según lo manifiesta el caso de Agustín de Rojas Villandrado, quien en un momento de su vida trabajó para un agustino escribiéndole unos sermones y recibiendo la paga de “un puchero” al día. En esta misma línea, el célebre autor del Examen de ingenios para las ciencias (1575), Juan Huarte de San Juan, se ganaba la vida en las universidades trasladando papeles “a buena letra”. Y algunos maestros de primeras letras, al ver la falta de cartillas impresas para aprender a leer, enseñaron a sus alumnos el oficio por medio de copias manuscritas de cartillas y manuales que ellos mismos trasladaban. La vida de estos escritores era, algunas veces, más que azarosa pues debían desplazarse de un lugar a otro ofreciendo sus servicios. También se dedicaron a hacer traslados sin encargo en espera de que alguien interesado en sus copias las comprase. El uso que los libreros dieron al manuscrito también es parte de los intereses de Fernando Bouza. Según sus hallazgos, algunos libreros se dedicaron a la venta de manuscritos que obtenían de los autores cuando daban su obra a la imprenta. Si el autor era afamado, algunos libreros realizaron tasaciones post mortem de sus manuscritos que eran vendidos al mejor postor. Y aún en vida de los autores, otros libreros vendieron los manuscritos, por lo que Lope de Vega denunciaba los hechos diciendo que, con la venta de papeles manuscritos de comedias y rótulos ya impresos, se defraudaba a la Real autoridad y el daño era peor que el que podía venir de imprimir un libro sin licencia. Algunos aficionados copiaban “de oído” las comedias sin el permiso de sus autores, para venderlas a libreros e impresores. Aunque los amanuenses introducían muchos errores en sus “copias de oído”, sus obras eran compradas en el entendido de que si bien las palabras podían ser diferentes al original, “no era así en la substancia”. Lo mismo sucedía con los predicadores sagrados que, con sorpresa, vieron impresas o manuscritas obras de su tutoría sin poderlas reconocer debido a las variaciones introducidas por los copistas. Al respecto afirma el autor, que la copia es instrumento de fraude no sólo de comedias y sermones, también de genealogías y obras de historia que circularon bajo la protección de un autor afamado. Pero si bien la historia del manuscrito tuvo tintes poco honestos, también se convirtió en uno de los medios más eficaces para burlar la censura inquisitorial o para evitar los filtros y retoques de los censores de las obras impresas. En este sentido, el manuscrito fue considerado más veraz que el impreso. Es por ello que el Santo Oficio estuvo preocupado por la vigilancia y persecución de los escribanos de oficio y de los manuscritos que producían. Estos escribanos fueron acusados no sólo como copistas o escribanos, sino como autores de sátiras políticas, de sátiras de vecinos, de libelos famosos y de otra serie de calumnias repletas de la violencia escrita propia de la época. Los censores vieron en los profesionales de la escritura el medio de contacto entre la sociedad letrada e iletrada. Se sabe incluso que muchos analfabetos llegaron a ser propietarios de manuscritos de todo tipo conociendo perfectamente su contenido. Y no podemos olvidar la importancia de las cartas amorosas y familiares, fomentada incluso por las autoridades con los oficios de escribanos. Bouza menciona que en la cárcel de Sevilla, en tiempos de Felipe II, se podía comprar papel y tinta, y muchos presos se ganaban la vida escribiendo principalmente correspondencia amatoria. Cartas que nos hablan de las preocupaciones sociales, de las nuevas importantes, de las formas de amar y también de la extrañeza como lo demuestran las cartas llegadas a España desde tierras americanas. La carta fue, entonces, el sustituto de la voz. Sustituto de la voz y medio de entretenimiento, pues otro uso cortesano de ellas –más allá del uso político– fueron las cartas de locos. Correspondencia leída por bufones de corte que tartamudean, cambian el sentido y gesticulan lo leído llenaron el espacio del divertimento cortesano. Estos bufones escribieron cartas burlescas y satíricas para el público de palacio en las que lo grotesco, lo irreverente y lo ridículo se permite en aras de la diversión. Así, la obra de Fernando Bouza es una investigación importante para los amantes de la historia de la cultura escrita no sólo peninsular sino virreinal. Escrita en un lenguaje accesible, documentada con interesantes y curiosos datos que nos revelan las formas en que la cultura manuscrita, en tiempos de la masificación impresa, corría de mano en mano.

[Anel HERNÁNDEZ SOTELO. “El manuscrito en los siglos XVI y XVII: coexistencia y competencia con la tipografía”, in Estudios Sociales. Nueva Época, Año V, nº 5, 2009, pp. 229-232]

✍ Antiguos contactos. Relaciones de intercambio entre Egipto y sus periferias [2004]

Campagno012Este libro es una obra colectiva de la escuela de egiptólogos argentinos del Instituto de Historia Oriental de la Universidad de Buenos Aires. Sustentados en una bibliografía pertinente y actualizada, los siete ensayos que la componen giran en torno a una propuesta teórico-metodológica y de la temática que anuncia su título: las relaciones de intercambio entre Egipto y otras áreas del mundo antiguo. En el primer estudio (“Antiguos contactos entre centros y periferias. Un estudio introductorio”), Marcelo Campagno presenta la propuesta fundamental que guía los otros seis trabajos de la obra: la aplicación de los conceptos de “centro-periferia”, que a decir de M. Rowlands: “los centros fueron definidos como aquellas áreas que controlaban habilidades tecnológicas más desarrolladas y los procesos de producción, formas de organización del trabajo y un fuerte aparato ideológico de estado para defender sus intereses [mientras] se decía que las periferias carecían de estos atributos y habían sido modificadas para atender las demandas externas de materias primas”. El concepto ha sido adaptado para su aplicación en el estudio de las sociedades precapitalistas, y se ha convertido en una herramienta teórica útil. Debe entenderse que aquí no nos encontramos de ninguna manera frente a lo que W. Roces llamó alguna vez el “vicio del modernismo” (1) para el estudio de la historia antigua, a la manera de Jacques Pirenne, por ejemplo, quien en algunas de sus obras utilizaba con demasiada liberalidad conceptos y categorías como “feudalismo”, “capitalismo”, “burguesía”, entre otros, aplicándolos a la sociedad egipcia (2), por el contrario, es una forma correcta, tanto metodológica como teóricamente usada para explicar y no tan sólo describir los acontecimientos histórico-culturales de la antigüedad protohistórica, en el caso específico del Egipto antiguo. En cambio, se acerca a las propuestas metodológicas de G. de Ste. Croix, quien critica de manera clara y precisa a los investigadores que renuncian “explícita o implícitamente, a todo deseo de realizar un cuadro orgánico de una sociedad histórica, iluminado por toda la perspectiva de la que hoy día podemos disponer, y deliberadamente se limitan a reproducir de la manera más fiel posible algún rasgo en particular o algún aspecto de dicha sociedad, estrictamente en sus términos originales”. Con ello, se dejan de lado un sinnúmero de detalles que deben ser interpretados y explicados de manera significativa, y no sólo como partes de una mera descripción de los acontecimientos (3). Ste. Croix ejemplifica su critica con el trabajo de F. Millar, The Emperor in the Roman World (1977), en donde Millar señala que había “evitado con todo rigor la lectura de obras sociológicas acerca de la realeza y demás asuntos con ella relacionados, o estudios sobre instituciones monárquicas que no sean la griega y la romana”. Además, Millar considera que el verdadero objetivo del historiador es “subordinarse a los documentos y al mundo conceptual de una sociedad del pasado”. Así, el investigador debe evitar contaminarse con los estudios de sociología general, por ejemplo, pues cualquier sistema social es necesario analizarlo primordialmente “según los modelos específicos de acción recogidos por sus miembros”, y es necesario “basar nuestros conceptos única y exclusivamente en […] las actitudes y expectativas expresadas en las fuentes antiguas que nos proporcione nuestra documentación” (4). Ste. Croix señala los peligros de subordinar al historiador de esta manera acrítica a “la evidencia” documental (que por lo demás siempre sufre el proceso de selección del investigador) para simplemente reproducirla, lo cual tiene por consecuencia una visión superficial que poco o nada explica sobre el pasado de una sociedad. Además, pretender basarse tan sólo en lo que expresan pura y simplemente las fuentes, sin interpretarlas para no “contaminarlas” con los aportes de otras ciencias sociales, lleva a conclusiones tendenciosas y hasta falsas, y en otros casos, imposibles, ya que si no existen testimonios sobre ciertos sectores sociales o aquellos son muy escasos, ¿qué hacer entonces? (5) Por otra parte, la escuela historiográfica francesa contemporánea o “de los Annales” ha señalado y probado con diversos estudios la utilidad de la aplicación del método de la historia-problema, que consiste en partir de un problema actual, de “La fuerza de sugerencia que ejerce sobre el espíritu de los historiadores […] el conocimiento […] de los hechos contemporáneos” para cuestionar a través de ellos la experiencia histórica. Así, conocer el presente por el pasado y el pasado por el presente (M. Bloch) se convierte en un recurso perfectamente válido de conocimiento, y el investigador no debe dudar si el pasado le sirve para comprender el presente o a la inversa; lo que importa es que tal confrontación le permita producir “un cierto saber”. Ello no quiere decir, como ejemplifica Burguière, que la penuria monetaria de la alta Edad Media o la inflación del siglo XVI sean precedentes o prefiguraciones de la depresión iniciada en 1929. Pero “el hecho de estudiar estos fenómenos a partir de un marco de análisis extraído de la experiencia contemporánea permite comprender mejor los mecanismos de cambio, y sobre todo admitir la variabilidad de los modos de articulación del universo económico y del universo social” (6). Desde luego, al aplicar estas ideas debe evitarse caer en “excesos”, que a veces suelen responder a ciertas posiciones o motivaciones no precisamente ligadas con la investigación histórica. Al considerar esta perspectiva, el libro que reseñamos presenta así un notable interés, y sin duda contribuye a un mejor conocimiento de la temática del intercambio en el mundo protohistórico influido por los egipcios, y permite continuar llenando el hueco —que hasta hace algún tiempo el notable egiptólogo Jac J. Janssen consideraba “virtualmente inexistente (7)— de la historia económica del Egipto antiguo. En los últimos años se han hecho aportes muy importantes al respecto, y en este libro se incorporan algunos de ellos, en una labor de reflexión crítica sobre el contenido de tal bibliografía para presentar sus propias reflexiones en español, al alcance de los interesados en esta materia en los países donde no se dominan las reglas fundamentales de la egiptología: alemán, inglés y francés. El hilo conductor de la mayoría de los trabajos es el estudio del testimonio histórico contrastado con las referencias arqueológicas; quizá se pudo haber recurrido también a los testimonios artísticos. En efecto, a lo largo del Imperio Nuevo sobre todo, se encuentran diversas representaciones plásticas que hacen referencia a los contactos de intercambio de diversos artículos entre los egipcios y los pueblos exteriores al valle del Nilo. Así se ve en la imagen de la tumba de Ken-Amón en Tebas, del Imperio Nuevo, donde mujeres intercambian sus productos con marineros sirios (figura 1).

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También las mujeres nubias acudían regularmente a las fortalezas establecidas por los egipcios para intercambiar sus productos, como se ve en un documento de la dinastía XII (8). En las imágenes plásticas es común observar a las mujeres nubias cargando a sus hijos y enseres diversos (figura 2).

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Es ésta una vertiente de gran interés que refuerza los testimonios citados por los autores de la obra que reseñamos. De esta manera, Alicia Daneri discute las vías de tránsito y de intercambio entre Egipto y las regiones meridionales del interior africano, sobre todo Nubia y el llamado “país del Punt” (¿Sudán oriental?) de bienes tales como resinas, especies e incienso. Concluye que Egipto contribuyó al desarrollo político del interior africano, ya que favoreció “el surgimiento de organizaciones políticas centralizadas, preestatales y estatales”. En el siguiente estudio, Marcelo Campagno analiza las relaciones y las concepciones que de las regiones periféricas al valle del Nilo (Palestina, Nubia) tuvieron los propios egipcios. De ahí que la dicotomía “maat”-“isfet”, orden cósmico contra caos, se manifestase también ideológicamente en las relaciones de intercambio y en las concepciones egipcias que derivaron de ellas. Por su parte, Roxana Flamini se enfoca al Reino Medio para analizar las características del intercambio entre Egipto y sus regiones periféricas durante esta etapa en la que Egipto recuperará la centralización política en torno de la figura del faraón, para entonces —luego del intermedio hickso— lanzarse a la conquista de su imperio asiático y africano. Así, la autora revisa las relaciones entre Egipto y Siria-Palestina y Nubia, fundamentalmente; relaciones de carácter “imperialista” económico más que de establecimiento de un imperio territorial en la zona. Celeste Crespo se ocupa luego de las relaciones, siempre conflictivas, de Egipto con las poblaciones libias durante el Tercer Periodo Intermedio (dinastías XXI a XXV), época de debilitamiento y de problemas internos en Egipto, situación que aprovechan los libios para participar activamente en los circuitos de intercambio del periodo e incluso para acceder a la realeza y al control de áreas independientes del dominio egipcio. Los dos últimos trabajos se orientan a revisar aspectos de las relaciones de Egipto con el Negev y con Palestina. El de Juan Manuel Tebes estudia tal interrelación a través del sitio de Tel Masos en el valle de Beersheba, en el Negev, importante productor de cobre hacia los siglos XII y XI a. n. e. De hecho en este artículo son muy pocas las referencias a los contactos con Egipto, siendo un texto más bien ligado a la arqueología de las regiones periféricas al propio Egipto. En cambio, el artículo de Emmanuel Pfoh procura más que nada discutir la historicidad del rey Salomón, para lo que retoma las tesis de Israel Finkelstein y Neil Silberman. Es el trabajo menos ligado a la temática del libro, y su mérito mayor parece ser el de difundir las propuestas de los arqueólogos israelíes en nuestro medio. Empero, no olvida discutir las posibles relaciones de Egipto y los hebreos, como las muestran los hallazgos arqueológicos, en la época del que ahora se considera un monarca de “historicidad incierta” por decir lo menos. Finkelstein y Silberman creen en la existencia histórica de David y Salomón, pero es lo único seguro en su entorno: lo demás es leyenda. “Realidad teológica indiscutible”, lo llama Pfoh. En suma, una obra que permite conocer el estado actual de la investigación en las áreas que los autores estudian y un ejemplo de la necesidad de contrastar la información arqueológica e histórica con un marco teórico, lo que permite llegar a explicaciones más claras de la historia y de ciertos aspectos de la economía del Egipto antiguo.

NOTAS. [1] Véase Wenceslao Roces, Algunas consideraciones sobre el vicio del modernismo en la historia antigua, 2a ed., México, UNAM, 1987, 17 p. (Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos. Cuadernos, 5), passim. [2] Véase su obra Historia del antiguo Egipto, 6 v., Barcelona, Océano, 1989, ilus., map., plan., passim. Ello no quiere decir que los aportes de Pirenne no hayan sido importantes para la egiptología. Su idea en torno del dinamismo de la sociedad egipcia antigua es fundamental para entender mejor la historia egipcia: resaltar que la sociedad del Egipto antiguo no fue inmutable a lo largo del tiempo, ni fue tampoco un ente pasivo y eterno, organizado de manera mecánica y sin que pudiera presentar en su interior tensiones y conflictos sociales producto de su desarrollo propio y particular, y no sólo como consecuencia de invasiones externas que así afectaban la “maquinaria perfecta” de esta sociedad. Al respecto escribe Pirenne (ibid., vol. I, pp. 10-11): “En el curso de mis trabajos me he dado cuenta de que la evolución de la civilización es tan rápida en la más lejana antigüedad como en los restantes periodos de la historia; que los pueblos del antiguo Egipto, de los que nos separan milenios, han conocido problemas sociales, económicos, políticos y jurídicos, del mismo orden de los que se han planteado en épocas más próximas a la nuestra.” Esta frase debe entenderse como una crítica a la visión de una sociedad egipcia inmóvil y siempre “igual a sí misma” como decíamos antes. Sin embargo, Pirenne cae a su vez en ciertas interpretaciones que critican autores como J. Yoyotte o C. Cardoso (véanse las opiniones de este último al respecto en “Las comunnautés villageoises dans l’Egypte ancienne”, Dialogues d’histoire ancienne, París, núm. 12, 1986, pp. 9-31, especialmente pp. 10-12 y 14). De todos modos, el considerar al Egipto faraónico como un mundo en el que a veces “nada ocurre” salvo una sucesión de nombres de reyes de las dinastías y en el que el pueblo no intervino en su historia más que como productor, es una falsa imagen criticada por Pirenne en su obra; al menos ésa parece su opinión. Por otro lado, la crítica de Cardoso contra aspectos de la visión de Pirenne (la evolución cíclica de la historia del país, el empleo de conceptos desfasados en el tiempo, etc.) nos parece muy válida. [3] G. de Ste. Croix, La lucha de clases en el mundo griego antiguo, trad. por T. de Lozoya, Barcelona, Crítica, 1988, 851 p. (Crítica. Arqueología), p. 102. [4] Ibid., p. 103. [5] Ibid., p. 582. [6] A. Burguière, “Histoire d’une histoire: la naissance des Annales”, Annales. Économies-sociétés-civilisations, París, año 34, núm. 6, noviembre-diciembre de 1979, pp. 1355-1356. Sobre la comprensión “reversible” de la historia humana, cf. Marc Bloch, Introducción a la historia, 8a reimpr., trad. por P. González Casanova y M. Aub, México, Fondo de Cultura Económica, 1978, 159 p. (Breviarios, 64), pp. 34-41. [7] “Prolegomena to the study of Egypt’s economic history during the New Kingdom”, Studien zur Altägyptischen Kultur, Hamburgo, núm. III, 1975, p. 128. [8] Carta traducida por Wente y Meltzer, op. cit., pp. 70-71.

[José Carlos CASTAÑEDA REYES. “Alicia Daneri Rodrigo y Marcelo Campagno (ed.), Antiguos contactos. Relaciones de intercambio entre Egipto y sus periferias, Buenos Aires, Instituto de Historia Antigua Oriental, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2004, 160 p.”, in Estudios de Asia y África, vol. XLI, nº 2, 2006, pp. 338-345]

➻ Claude Mossé [1924]

AVT_Claude-Mosse_3226Fue a los dieciséis años cuando, en plena Guerra Mundial, Claude Mossé quedó impresionada con la lectura de un texto de Demóstenes, verdadero elogio a la libertad y la democracia. Desde entonces, ha consagrado su vida a la historia griega. Algo había sucedido en la vida de Claude Mossé aquel día de invierno de 1941. Esa mañana, como tantas otras, la brillante alumna del Liceo Jules-Ferry abrió su libro. “Vamos a estudiar un texto de Demóstenes”, indicó el profesor de griego. “Las Filípicas”, exactamente. Comenzaron a leer. En el aula, una adolescente se quedó inmóvil, con los ojos clavados en el texto allí cuando el autor arengaba al pueblo en nombre de la democracia. Esa vibrante defensa de la libertad le provocó un clic: mientras afuera los uniformes alemanes surcaban las calles, la familia Mossé, de origen judío, temía una denuncia. “Imagínese lo que ese texto representaba en aquel entonces”, recuerda Claude Mossé, “decidió mi vida”. Tenía tan sólo dieciséis años. Poco tiempo después, su padre, Roger Mossé, agente comercial de un viticultor, se enteró que había sido denunciado. El comisario de la policía del distrito XVIII destruyó la denuncia y, de ese modo, salvó a la familia de la deportación. Pese al milagro, de pie en el último vagón del metro reservado a los judíos o, tras el desembarque, comprimida por la multitud en el hall del hotel Lutétia, al ver en la lista de deportados los nombres de su tío, su tía y sus primos, Claude Mossé se aferrará a las famosas palabras de Demóstenes. Un destino marcado por unas pocas líneas… Desde los dieciséis y hasta los setenta y cinco años, Claude Mossé  ha permanecido igual. Su mejor amigo se llama, desde luego, Demóstenes y a éste le ha consagrado una obra en 1994, “Demóstenes o las ambigüedades de la política”. Mossé intenta ofrecer, de quien ha sido su héroe de juventud, un retrato lleno de matices, situándolo en el contexto de su época, pero haciéndolo también con Esquilo, Jenofonte, Sócrates, Platón y con toda una cohorte de estrategas a los que les da forma en un cuarto aislado de un minúsculo departamento del distrito XVI. Es difícil creer que esta dama, sentada ahora en un sofá celeste, haya consagrado su vida al estudio de la historia griega. Su tema predilecto: la Atenas del siglo IV a.C. Dueña de una rigurosidad a toda prueba, su cara, su risa lúcida y su voz alegre más bien parecen identificarla con una abuela despreocupada y satisfecha. Mossé no se ha casado, no ha tenido hijos y no ha dejado de trabajar en la Antigüedad. La primera lección que como estudiante de historia aprendió en la Sorbona ha sido… Demóstenes. Los estudios universitarios cultivaron en ella un rol de “buena alumna”, rol que jamás abandonaría como herencia de una estricta educación burguesa parisina. Su padre, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, tras la victoria, debió ponerse a trabajar como tantos otros y no pudo retomar sus estudios, pero les transmitió a sus tres hijas su gusto por la literatura y por escritores como Anatole France y Jules Romains, representativos de una izquierda moderada. Por supuesto que Claude Mossé se ha preguntado en ocasiones “¿por qué?”: porqué Grecia y porqué esa obstinación… “Parecía algo innecesario”, recuerda, “Me preguntaba, a fin de cuentas, ¿para qué sirve todo esto? ¡Se puede vivir sin la historia griega! Pero, ¿cómo decirlo?… Es como un juego de ingenio. Descubrir los vínculos entre la Antigüedad y la Revolución Francesa, por ejemplo. Piense, por ejemplo, en el propio Chateaubriand: parece una locura que las revueltas griegas le hayan interesado. En fin, el tema es inmenso”. Mossé le ha dedicado una obra a “La Antigüedad en la Revolución Francesa”, donde intenta comprender cómo y porqué los hombres de 1789 y 1793 se entusiasmaron tanto con modelos tan alejados de la Francia del siglo XVIII. Por otra parte, sus primeras investigaciones estuvieron consagradas a la Revolución: un trabajo titulado “La venta de bienes nacionales en París”, le permitió obtener un diploma de estudios superiores. Pasó largas horas sin calefacción en el Archivo de la Ciudad de París: el portero se sentía obligado a acercarle unos tazones de Viandox humeante. Por la tarde, se lanzaba a ver “Lo que el viento se llevó”, el cine americano era su debilidad. Admitida primera en la agregación, ex aequo con Jean Poperen (el número dos del partido socialista), pasó la barrera de los veinticinco años prendada de su tesis “La decadencia de la ciudad griega en el siglo IV a.C.”. Si desde aquel entonces esta idea de decadencia a partir del siglo IV fue puesta en duda, los análisis que llevó a cabo en historia económica continúan siendo esenciales. Su tratamiento del tema -inspirado ampliamente en el método marxista- representó una nueva perspectiva que, hasta ese momento, sólo se focalizaba en las luchas patrióticas y los aspectos nacionales de la cuestión griega. Al igual que la joven generación de los años 1950, la URSS abrigaba en Claude Mossé grandes esperanzas. En la Biblioteca Nacional se encontraba con gente que se había afiliado al Partido Comunista, tales como Jean Poperen, Emmanuel Le Roy Ladurie o François Furet. En su momento, ella también se afilió. Naturalmente, creía en el partido (“Rusia representaba un verdadero mito”), pero, en cuanto la actividad militante perdió su seriedad, el entusiasmo comenzó a marchitarse. En 1956, el informe Kruschevmosse atenas cortó definitivamente aquel prolongado coqueteo con el PC. En 1959, abandonó Rennes, donde tuvo su primer puesto de asistente en Historia Antigua. En Clermont-Ferrand, trabajó en una facultad de vanguardia que le permitió realmente comprometerse y tomar contacto con Michel Foucault y Michel Serres. Inspirada por el ardor de sus colegas, militará contra la guerra de Argelia. Como si de una marmita en ebullición se tratase y mientras la ciudad parecía un estacionamiento desierto, la universidad fue la única que acogió entre sus paredes el Mayo de 1968. Digna heredera de los intercambios socráticos, Mossé buscó, ante todo, discutir. Fiel a la idea de un elitismo republicano caro a la izquierda, intenta convencer a los estudiantes que puede hacerse una revolución sin alterar el sistema de concursos y selección: “De lo contrario”, dice, “se abriría el camino para los que tienen dinero y apoyo”. En el contexto de esa leonera, Pericles, Demóstenes y algunos otros, quedaron un poco rezagados. En octubre de 1968, Claude Mossé se lanza al proyecto de la universidad experimental de Vincennes. Frente a sus estudiantes, se entusiasma con “Max Weber y la Antigüedad” y se pregunta si la búsqueda de un “tipo ideal” permitiría comprender mejor el funcionamiento de las sociedades antiguas. A sus alumnos, los acerca por primera vez a la obra de Moses Finley, el gran especialista en la Grecia antigua, a quien había descubierto tiempo atrás y cuyos trabajos le habían abierto los ojos. “Hasta ese momento, tenía una visión positivista de la historia, teñida de marxismo. Buscaba explicar la evolución de la sociedad privilegiando sus aspectos económicos. Finley me enseñó lo que era una verdadera problemática, sin caer en esquematismos”. Su entusiasmo sufre una recaída cuando comprueba que temas como “Max Weber y la Antigüedad” no le sirven para ganar concursos. Y luego, la anarquía corrompería lentamente los grupos de trabajo. “Todo aquello se degeneró demasiado”, suspira… Todos sus libros fueron escritos a pedido. La escritura no es para ella ni un lujo ni un sufrimiento: es una necesidad, porque Claude Mossé se considera, al igual que los griegos, didáctica. Sus trabajos, producto de un minucioso estudio de textos, fuentes literarias, alegatos civiles…, proporcionan valiosos análisis sobre la ciudad antigua. Y con conclusiones por lo general, fecundas. Así, en “La tiranía en la antigua Grecia”, muestra de qué modo los tiranos que se sucedían en el poder sin ninguna legitimidad en la Atenas del siglo IV a.C., habían logrado mejorar la sociedad y permitir el triunfo de la democracia a expensas de la antigua aristocracia. Su pluma lo ha escrito todo, desde una “Historia de una democracia”, publicada por la editorial Seuil en 1971 pasando por innumerables artículos e incluso publicando una ficción: Calmann-Lévy le pidió un día una novela policial histórica: se llamará “Asesinato en el ágora”. Hoy, Claude Mossé valora esa soledad que corta cualquier mundanidad, a una edad en que, como decía Jules Romains, “uno adora la soledad, incluso cuando está solo”. Al ver hablar a Claude Mossé, se perciben las oscilaciones íntimas de un ser al tiempo que se observa a una mujer rigurosa en extremo que puede conmoverse evocando las flores de su balcón o transformando la compra del Le Monde en una fiesta cotidiana. Y, curiosamente, es así como esta sabia dama alcanzó la grandeza imprecatoria de un Demóstenes.

[Clara DUPONT-MONOD. “Claude Mossé ou la Grèce au coeur”, in L’Histoire (París), nº 243, mayo de 2001. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil]

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