Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

➻ Adrián Gorelik [1957]

x350350-adriangorelik_390.jpg.pagespeed.ic.YK7fdE7PD7Adrián Gorelik nació en Mercedes, Provincia de Buenos Aires. Es arquitecto y doctor en Historia (ambos títulos por la Universidad de Buenos Aires). Es investigador independiente del CONICET y profesor titular de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) donde dirige el Programa de Historia Intelectual. Es coordinador del Seminario de historia de las ideas, los intelectuales y la cultura “Oscar Terán”, del Instituto de Historia Americana “Dr. Emilio Ravignani” (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). Su área de investigación es la historia cultural urbana. Es miembro del consejo de dirección de Prismas. Revista de Historia Intelectual y ha sido subdirector de la revista Punto de Vista. Dirige la colección Las ciudades y la ideas, de la Editorial de la UNQ. Ha obtenido la Beca Guggenheim (2003) y ha sido Visiting Professor en el Centre of Latin American Studies de la Universidad de Cambridge (2002) y en la Graduate School of Design, Harvard University (2005). Entre otros libros, ha publicado La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires (UNQ, 1998), Miradas sobre Buenos Aires. Historia cultural y crítica urbana (2004) y Das vanguardas a Brasília. Cultura urbana e arquitetura na América Latina (2005).

[Fuente: Universidad Nacional de Quilmes]

➻ Paul Mantoux [1877-1956]

UnknownPaul Mantoux estudió en París, su ciudad natal. Hizo su tesis sobre la revolución industrial en Inglaterra. Al terminar sus estudios obtuvo en Londres un trabajo como profesor de historia de Francia, en el University College y en la Escuela de Economía y Ciencias Políticas. Conocía muy bien las instituciones sociales y políticas tanto de Inglaterra como de Francia. Cuando estalló la primera guerra mundial fue movilizado y enviado al frente como soldado de segunda categoría con la tarea de cavar tumbas. Sin embargo, no duró mucho tiempo como sepulturero porque, a partir de enero de 1915, se lo nombró oficial-intérprete ante el estado mayor. Unos meses después, el ministro de guerra francés, Albert Thomas, le solicitó viajar a Londres para preparar con Lloyd George, por entonces ministro de guerra, una reunión franco-británica sobre la cuestión de las municiones. Se convirtió en intérprete oficial de las conferencias franco-inglesas de 1917 y 1918. El primer ministro francés de la época, Georges Clemenceau, lo llamó nuevamente a Francia en 1918 y lo asignó al Consejo Supremo de Guerra que se reunía en Versalles. Paul Mantoux fue uno de los principales intérpretes de los diálogos de la Conferencia de Paz de París. Cuando se hizo evidente que los trabajos del Consejo de los Diez no estaban progresando a un ritmo satisfactorio, se decidió conformar un grupo más limitado de negociadores, el Consejo de los Cuatro. Los cuatro jefes de Estado se reunieron primero solos, pero la necesidad de un intérprete no tardó en hacerse sentir. Según Lansing, “El señor Orlando no entendía inglés, mientras que el presidente Wilson y M. Lloyd George sólo tenían nociones de francés. M. Clemenceau, la única persona que dominaba ambos idiomas, debía servir de intérprete. Para remediar esta situación, se llamó a M. Mantoux”. Paul Mantoux conocía en profundidad la historia y la geografía modernas, dominaba el inglés y el francés y poseía una memoria extraordinaria. Podía traducir con exactitud las deliberaciones de los diálogos de paz, reproduciendo fielmente el tono del estilo de cada uno de los participantes. Al terminar la Conferencia de Paz, Mantoux fue nombrado director de la Sección Política de la Sociedad de las Naciones, cargo que ocupó de 1920 a 1927. Luego fue el primer director del Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales, en Ginebra. Muchos reconocieron la excepcional idoneidad de Paul Mantoux como intérprete. A él se debe, además, la redacción del único informe completo de las deliberaciones del Consejo de los Cuatro al cual añadió sus propias “notas de funcionario-intérprete”. El delegado americano Robert Lansing lo elogió en sus memorias como vimos anteriormente. Cuando se declaró la guerra (1914). Mantoux se dedicaba a la enseñanza superior y, por accidente, al ser reclutado, lo clasificaron como soldado sin grado y le asignaron tareas inferiores a sus capacidades. De la misma manera, y sólo como resultado de las circunstancias, fue llamado a asumir funciones de intérprete. Después de haber ejercido sus funciones, primero con un general de la división británica y después de más alto nivel ante los jefes de Estado, se le confiaron cargos prestigiosos, como director. Fue profesor en París y luego en Londres (como profesor de historia de las instituciones de la Francia moderna) antes de 1914. Al expirar su cargo en la Sociedad de las Naciones, participa en 1927 de la creación del Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales de Ginebra del que será director junto con William-E. Rappard. En 1935, Mantoux será nombrado titular de la cátedra de geografía industrial y comercial en el Conservatorio de Artes y Oficios de París, cargo que en 1940 le será arrebatado como consecuencia de las leyes antisemitas del gobierno de Vichy. Como ha dicho Jean-Jacques Salomon, Paul Mantoux es “el hombre de dos grandes libros y de varias vidas”. Estos dos libros son La Révolution industrielle au XVIIIe siècle (1906) y Les déliberations du Conseil des Quatre (1955). Mantoux ha sido colaborador de la Revue de synthèse historique (dirigida por Henri Berr), en particular, de un número especial consagrado a Inglaterra (nº 49, 1908) del que fue editor. 

[Jean DELISLE y Judith WOODSWORTH (ed.). Los traductores en la historia. Antioquía: Universidad de Antioquía, 2005, pp. 225-226]

✍ ¿Qué es la Historia? [1961]

4809A principios de 1961, Edward Hallet Carr, un especialista en historia soviética que estudió letras clásicas en Cambridge, pronunció un ciclo de seis conferencias en esa universidad. Su título era simple y profundo al mismo tiempo: What is History? Carr no podía sospechar que esa media docena de pláticas, publicadas por primera vez como libro ese mismo año, se convertirían en el texto historiográfico más influyente del siglo XX. Un texto que, además, fue el punto de partida de una tradición anglosajona de ensayos historiográficos de “alta divulgación” que perdura hasta nuestros días. Cincuenta años después de haber sido concebido, ¿Qué es la Historia? sigue siendo un libro editado, leído y discutido; en una palabra, es un “clásico” de la historiografía occidental (1). Cuando Carr pronunció las seis conferencias referidas era conocido sobre todo por un libro sobre las relaciones internacionales del periodo de entreguerras (La crisis de los veinte años, 1919-1939) y por los tres volúmenes de La revolución bolchevique 1917-1923, aparecidos respectivamente en 1950, 1952 y 1953. Mientras escribía ¿Qué es la Historia?, Carr estaba inmerso en otra magna obra sobre la revolución rusa: Socialismo en un solo país, cuyos cinco volúmenes aparecieron entre 1958 y 1964 (2). Su admiración por Marx y sus opiniones favorables al régimen soviético (particularmente a Stalin durante la posguerra temprana) le granjearon a Carr una reputación polémica, por decir lo menos, sobre todo en la medida en que la Guerra Fría se recrudeció. Su libro sobre las relaciones internacionales europeas de entreguerras, que sigue siendo lectura obligatoria entre los internacionalistas interesados en el periodo, y su monumental historia sobre la revolución rusa bastarían para que Carr ocupara un lugar privilegiado en el panorama de las ciencias sociales del siglo XX. Sin embargo, la obra por la que Carr es más conocido es el “librito” (150 páginas en una edición de bolsillo) que aquí conmemoramos. Cabe señalar que Carr no fue un historiador profesional en ningún sentido de la palabra: no estudió historia ni fue profesor de historia; además, nunca se doctoró (ni en historia ni en ninguna otra disciplina). Las conferencias que integran ¿Qué es la Historia? fueron concebidas por él como una polémica con las principales tendencias historiográficas de la academia británica de su tiempo. No sólo sobre la práctica de la historia, sino sobre sus presupuestos ideológicos y sobre sus consecuencias políticas. Estamos, pues, frente a un texto que podríamos considerar “de batalla”; un texto cuyo éxito se debe no solamente a muchas de las ideas que plantea, sino también a la fluidez de su prosa y al tono combativo que acabo de referir y que proporciona al texto una dinámica muy peculiar. En un pasaje de ¿Qué es la Historia?, Carr afirma que si alguien revisara los escritos publicados por él entre los años previos a la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra, fácilmente encontraría contradicciones e inconsistencias. No obstante, añade enseguida: “No estoy seguro que debiera envidiar a un historiador que puede preciarse de haber vivido los trepidantes hechos de los últimos cincuenta años sin haber sufrido cambios radicales en su perspectiva” (3). Estamos a cincuenta años de ¿Qué es la Historia? y si bien no hemos vivido dos guerras mundiales como las que padeció Carr o una revolución con las repercusiones mundiales que tuvo lo acontecido en Rusia a partir de 1917, es-que-es-la-historia-8-ed-libro-506929961_ML claro que algunas de las transformaciones sufridas por la humanidad desde 1961 lo habrían llevado a escribir un libro con no pocos de esos “cambios radicales”. Los seis capítulos de ¿Qué es la Historia?, equivalentes a las seis conferencias mencionadas al inicio de estas líneas, son los siguientes: “El historiador y los hechos”, “La sociedad y el individuo”, “Historia, ciencia y moralidad”, “La causalidad en la historia”, “La historia como progreso” y “Un horizonte que se abre”. Los títulos, por sí solos, dan una idea de la magnitud del desafío intelectual que Carr se planteó con estas conferencias, pronunciadas entre enero y marzo de 1961, pero que empezó a preparar desde el último cuarto de 1959, cuando fue invitado a impartir las prestigiadas “Trevelyan Lectures”. Una de las críticas más devastadoras que hace Carr a lo largo de ¿Qué es la Historia? es a la noción de “hecho” histórico. Para Carr, cualquiera que sucumba a la “herejía” (el término es suyo) de pensar que la historia consiste en la compilación del máximo posible de hechos irrefutables y objetivos “tendrá que abandonar la historia por considerarla un mal trabajo, y dedicarse a coleccionar estampillas… o acabará en un manicomio”. Según Carr, el “fetichismo de los hechos” se ve con frecuencia complementado por lo que él denomina el “fetichismo de los documentos”. Esto no quiere decir que tanto hechos como documentos no sean esenciales para la labor historiográfica, sino que, para él, “historiar significa interpretar”. Esto lo afirma Carr después de haber revisado sucintamente las contribuciones que hicieran en su momento Wilhelm Dilthey (1833-1911), Benedetto Croce (1866-1952) y R. G. Collingwood (1889-1943) para terminar con la supuesta primacía y autonomía de los hechos en la historia. Carr no pretende reemplazar a los datos con la interpretación; una pretensión absurda si pensamos, junto con él, que la dicotomía hecho-interpretación y sus avatares (particular-general; empírico-teórico; objetivo-subjetivo) son, en buena medida, una invención. Lo que hay en realidad, desde su punto de vista, es un diálogo permanente entre los hechos y la interpretación, entre los hechos y el historiador, entre el pasado y el presente. Como una especie de corolario de lo anterior, en este primer capítulo Carr presenta una idea que sigue siendo considerada como una de las más “radicales” de ¿Qué es la Historia?: “Cuando llega a nuestras manos un libro de historia, nuestro primer interés debe ir al historiador que lo escribió, y no a los datos que contiene”. Los peligros inherentes a una postura como ésta tienen que ver con una de las cuestiones más importantes de la historiografía (y del conocimiento en general): el tema de la objetividad, del que Carr se ocupa explícitamente en el quinto capítulo y que, por lo tanto, aquí dejo solamente apuntado (4). Es también en este primer capítulo en donde Carr hace una de las afirmaciones más recurrentes (y cuestionables desde mi punto de vista) en los debates sobre carrla importancia de la historia: “La función del historiador no es amar el pasado ni emanciparse de él, sino dominarlo [master] y entenderlo como la llave para entender el presente” (p. 101). En mi opinión, muy pocas veces el pasado representa una “llave” para entender el presente. Lo más probable es que las “llaves”, en plural y si es que existe algo a lo que podamos darle ese nombre, estén en ese mismo presente. Otra cosa es que el pasado no pueda aportarnos elementos para dar con ellas; por supuesto que sí, pero esto me parece algo muy distinto. Carr regresa a esta cuestión en el segundo capítulo, cuando afirma que la “gran historia” se escribe cuando la visión del pasado de cada historiador “se ilumina con sus conocimientos de los problemas del presente”. En este caso, creo que estos problemas pueden sin duda servirnos para ubicar o contrastar mejor ciertos aspectos del periodo o de la problemática histórica que estamos estudiando, pero esto no me parece ninguna condición para escribir “gran historia”. Al final de este segundo capítulo Carr insiste en este punto cuando afirma que la doble función de la historia es “comprender la sociedad del pasado e incrementar su dominio [mastery] de la sociedad del presente”. A este respecto, considero que, salvo en un sentido relativo (que no es el que tiene en mente Carr a juzgar por lo expresado por él en esta y otras partes del texto), la historia no incrementa nuestro dominio sobre la sociedad en que vivimos (5). Como señalé, en el primer capítulo Carr enfatiza el peso del historiador en toda la labor historiográfica. En el segundo, en cambio, subraya el peso del contexto social sobre el historiador. Es aquí donde Carr hace otro planteamiento por demás polémico cuando afirma que no hay una distinción clara entre un hombre como individuo y un hombre como miembro de un grupo. Por supuesto que hay líderes en la historia, nos dice, pero la multitud es esencial para su éxito: “En historia, el número cuenta”. Aquí, como en otras partes del libro, Carr critica la visión de la historia de Isaiah Berlin sobre el estudio de la misma con base en las intenciones de los individuos. Para Carr, la interacción entre los individuos modifica sustancialmente sus intenciones; por lo tanto, centrar nuestra atención en ellas es una pérdida de tiempo. Los “grandes hombres” no surgen de la nada y la socorrida antítesis entre la sociedad y el individuo no es, para Carr, más que una “pista falsa” (red herring) para confundir el pensamiento. ¿Qué es la Historia? no podía dejar fuera el tema de la causalidad en la historia y a él está dedicado el cuarto capítulo. La relevancia de esta cuestión es evidente para cualquier historiador o persona interesada en la historia. En opinión de Carr, un historiador es conocido, antes que por cualquier otra cosa, por las causas que invoca para explicar tal o cual hecho o proceso histórico. “Toda discusión histórica gira en torno a la cuestión de la prioridad de las causas” (6). Respecto al determinismo, una cuestión que surge de manera natural en cuanto nos adentramos en la causalidad, Carr enfila sus baterías en contra de Karl Popper y, otra vez, Isaiah Berlin; concretamente en contra de lo que considera una visión reduccionista de estos dos autores respecto el determinismo. Una vez más, Carr plantea que estamos ante una “pista falsa”, pues todas las acciones humanas son, al mismo tiempo, libres y determinadas, dependiendo del punto de vista del observador. “Nada es inevitable en la historia, salvo en el sentido formal de que, de haber ocurrido de otro modo, hubiera sido porque las causas antecedentes eran necesariamente otras” (7). El quinto capítulo está dedicado al tema del progreso. Para Carr, el progreso historiográfico está íntimamente ligado con la objetividad en la historia. Carr ha sido acusado de ser excesivamente optimista en lo que concierne al progreso en la historia. Es cierto que acepta la idea de un progreso ilimitado, pero se trata de un progreso dirigido a objetivos que sólo pueden ser definidos a medida que avanzamos hacia ellos y cuya validez sólo pueden ser verificados de acuerdo al ritmo en que van siendo alcanzados. Lo mismo sucede para Carr con la objetividad. Ésta depende de la interpretación y como, a su vez, ella evoluciona de acuerdo a los objetivos que se va planteando el historiador, la “objetividad” es algo dinámico, cambiante. Ahora bien, para Carr lo anterior no invalida la historiografía como una ciencia progresiva, pues lo es en la medida en que busca proveer una comprensión cada vez más profunda sobre una serie también progresiva de eventos (en última instancia, Carr vincula la objetividad con el futuro; postura que le ha valido, creo con razón, no pocas críticas). Durante los últimos doscientos años los historiadores han asumido que la historia tiene una dirección, que existe un progreso. Se trata de una visión optimista que, nos dice Carr, comparten whigs, liberales, hegelianos, marxistas, teólogos y racionalistas. Viene enseguida un párrafo que le ha valido también severas críticas: “La historia es, en términos generales, recuento de lo que han hecho los hombres, no de lo que se frustró: en esa medida es la narración del éxito”. No Scan10012es necesario cultivar ninguna de las corrientes a las que con frecuencia se aglutina bajo la expresión “historia desde abajo” para darse cuenta de las limitaciones que encierra este planteamiento o, más aún quizás, del que le sigue un poco más adelante, cuando, con base en Hegel, Carr distingue entre “historia” y “prehistoria”, para enseguida afirmar categóricamente: “Sólo los pueblos que han sabido organizar en cierto grado su sociedad dejan de ser salvajes primitivos y penetran en el recinto de la historia” (8). El quinto capítulo termina con una vuelta a la imposibilidad para el historiador de distinguir entre hecho e interpretación. Desde el punto de vista de Carr, la posibilidad de separar a estos dos elementos sólo podría darse en un mundo estático, pero en la realidad esto no existe: “La historia es, en su misma esencia, cambio, movimiento, o —si no se oponen a esta palabra pasada de moda— progreso”. El progreso vuelve a aparecer en el capítulo final, titulado “Un horizonte que se abre”. Repito el título de este último capítulo porque refleja bien lo abigarrado de su contenido: Marx y Freud como los dos autores que han redimensionado el uso de la razón en nuestro tiempo (y, más concretamente, obligado a los historiadores a pensarse a sí mismos como individuos ubicados dentro de la sociedad y de la historia); la revolución material y mental que ha implicado la economía administrada (sea capitalista o socialista); el imparable proceso de “individualización” que caracteriza al mundo moderno y que denota una civilización en constante ascenso; el incremento progresivo en el número de personas que aprenden a pensar, a “usar su razón” (según la elocuente expresión de Carr); el riesgo de uniformidad social que implica la extensión de la educación y, por último, la pérdida del centro de gravedad mundial que Europa Occidental había representado durante siglos. En relación con este último tema, Carr hace una severa crítica a las universidades inglesas de su tiempo cuando afirma que la historiografía británica es provinciana (parochial) por creer que la historia del mundo angloparlante de los últimos cuatrocientos años es el fundamento de la historia universal. Carr afirma que es una obligación de las propias universidades inglesas corregir esta distorsión histórica e historiográfica. Menciono esta cuestión porque creo que los centros e institutos que se dedican al estudio de la historia en México (y en América Latina) debieran prestar atención a esta crítica de Carr (la cual, por cierto, influyó para que pocos años después de la publicación de ¿Qué es la Historia? se iniciara una reforma de los planes de estudio en historia en las universidades británicas). No es posible que en los albores del siglo XXI los estudiantes mexicanos que quieren estudiar historia (ya sea a nivel licenciatura o posgrado) tengan muy pocas opciones que no sean la historia de México (desde los aztecas hasta, digamos, el 68). Este “mexicocentrismo” refleja una visión parcial y limitante no sólo de la historia en sí misma, sino también del quehacer historiográfico (con claras repercusiones en los contenidos e intereses de la divulgación histórica en nuestro país). Carr pone punto final a ¿Qué es la Historia? en clave explícitamente política: el liberalismo, que fuera un revulsivo social en otro tiempo, en el suyo se ha convertido en una ideología conservadora. Hay que recuperar, propone, el optimismo que animaba el liberalismo de alguien como Lord Acton; un optimismo que Carr fundamenta en su confianza en la razón y en el progreso.9 Esta confianza, concretamente en la razón, debe también contribuir a reducir esa exaltación de la acción práctica que Carr considera el sello de la casa del conservadurismo. Hay que recuperar, propone, posturas que podríamos considerar disidentes; es decir, posturas que busquen cambios fundamentales, no mejoras parciales. “Espero que llegará el tiempo en que los historiadores, los sociólogos y los pensadores políticos del mundo de habla inglesa recobrarán su valor para emprender esta tarea”. Lo que le perturba más a Carr, sin embargo, es la pérdida generalizada de la sensación de que el mundo está en movimiento. En su opinión, el cambio ya no es percibido como una oportunidad de progreso, sino como algo que hay que temer. Ante la serie de distinguidos historiadores británicos que, de una u otra manera, predican el conformismo, la inmovilidad y/o el conservadurismo (Namier, Oakeshott, Popper, Trevor-Roper y Morison son los nombres que menciona en el párrafo que cierra ¿Qué es la Historia?), Carr afirma ser un optimista que sigue pensando que, pese a todo, el mundo, como afirmó Galileo, no cesa de moverse. Algunos de los objetivos, de los combates, de los aciertos, de los vaivenes y de los puntos débiles de ¿Qué es la Historia? puede intuirlos el lector con base en la visión panorámica del libro que he proporcionado aquí.10 Termino estas líneas haciendo referencia al prólogo de esa segunda edición de ¿Qué es la Historia? que Carr preparaba en los años inmediatamente anteriores a su muerte (acaecida, como se apuntó, en 1982). En dicho prólogo, Carr reconoce que los veinte años transcurridos desde 1961 han frustrado la confianza que manifestó entonces. Sin embargo, considera que la falta de esperanza en el futuro es en realidad “un constructo teórico abstracto” y que, además, es exclusiva de Europa Occidental, sobre todo de la Gran Bretaña, y de “sus vástagos de ultramar”. Carr concluye que la ola de escepticismo que descarta toda fe en el progreso es una forma de elitismo; tanto al interior de cada sociedad, como de los países que han perdido el control mundial que antaño tenían. Los principales representantes de dicho escepticismo son los intelectuales, a quienes Carr define como “los proveedores de ideas del grupo social rector al cual sirven”. Enseguida, entre paréntesis, refiere la conocida frase de Marx: “Las ideas de una sociedad son las ideas de su clase dominante”. Marx, por cierto, es, con diferencia, el autor más recurrente en ¿Qué es la Historia?; una recurrencia que, no está de más señalarlo, no corresponde del todo bien con un autor que, pese a numerosas apariencias en contrario, nunca fue un historiador marxista. El último párrafo del prólogo en cuestión vuelve a la parte final de ¿Qué es la Historia?: todos los grupos sociales producen cierto what-is-historynúmero de “disidentes”. Esto, nos dice Carr, sucede particularmente entre los intelectuales; algunos de los cuales son capaces de ir más allá de las “polémicas de rutina” y desafiar los presupuestos mismos de la sociedad en que viven. Carr afirma que las vivencias victorianas de su niñez (nació en 1892) le impiden pensar el mundo en términos de permanente e irreversible decadencia y cierra su prólogo afirmando que en las páginas que siguen (lo que hubiera sido la segunda edición de ¿Qué es la Historia?) se distanciará explícitamente de las tendencias dominantes entre la intelectualidad occidental de su tiempo, especialmente la británica, y considerará el futuro de una manera “más saludable y más equilibrada”. Parecería que Carr, el historiador, se hace a un lado para dar paso a Carr, el ideólogo voluntarista, que no se resigna a que su visión del hombre, del mundo y de la historia se diluya en los sucesos que tiene ante sus propios ojos. Frente al colapso del comunismo (que tuvo lugar pocos años después de ser redactado el prólogo que nos ocupa), cabe plantear que la lucidez historiográfica de E. H. Carr habría continuado remitiendo ante acontecimientos que, tiempo mediante, conforman eso que llamamos “historia”.

(1) Lo cual no quiere decir que no tenga claras limitaciones desde el mirador historiográfico del siglo XXI. En la introducción de la edición en español que emplearé en esta reseña crítica, Richard J. Evans identifica ocho aspectos de las ideas de Carr que no han resistido el paso del tiempo; refiero solamente cuatro de ellos: su concepción instrumental de la objetividad, su desdén por la gente corriente, su rechazo absoluto de la contingencia en la historia y su insistencia en que la historia tiene un sentido y una dirección. ¿Qué es la Historia?, Ariel, Barcelona, 2003, p. 40. (2) Más tarde, entre 1969 y 1978, Carr publicaría otros seis volúmenes, esta vez sobre la Rusia posrevolucionaria: el primero se titula El interregno 1923-1924, al que seguirían los cinco volúmenes de Los fundamentos de una economía planificada 1926-1929. En total, su monumental Historia de la Rusia soviética consta de 14 volúmenes (dos de ellos como coautor). El interés de Carr por Rusia venía de lejos: en la década de 1930 había publicado estudios biográficos de Dostoievski (1931), de Herzen (1933) y de Bakunin (1937). Esta “pasión rusa” se mantuvo hasta el final de sus días (Carr murió en 1982): póstumamente aparecieron dos libros más con tema soviético: El ocaso del Comintern (1930-1935) y El Comintern y la guerra civil española. (3) What is History?, Penguin Books, Harmondsworth, 1986, p. 42. En este caso la traducción es mía, pero la oración se encuentra en la página 118 de la edición española de ¿Qué es la Historia? (ver nota 1). Esta edición contiene una útil introducción de Richard J. Evans y un ensayo de R.W. Davies sobre las notas preparatorias que hizo Carr para la segunda edición del libro, que nunca vio la luz. Incluye también el breve prólogo que escribió para lo que hubiera sido esa segunda edición y que fue lo único que estuvo listo para la imprenta; haré referencia a este prólogo al final de estas líneas. En lo que sigue, las traducciones son de este libro (con leves modificaciones en un par de casos). (4) Esta cuestión surge de manera inmediata y perentoria en la investigación histórica si tenemos en mente la siguiente oración (tomada del quinto capítulo): “Sólo el tipo más sencillo de afirmación histórica puede considerarse absolutamente cierta o absolutamente falsa” (p. 203). (5) A este respecto, no está de más mencionar que Carr trabajó para el Foreign Office durante 20 años (1916-1936); un dato que, creo, contribuye a entender y a explicar el marcado pragmatismo que caracteriza aspectos importantes de su obra (en general, no solamente de ¿Qué es la Historia?). (6) Más adelante, Carr es aún más claro a este respecto: “La jerarquía de las causas, la importancia relativa de una u otra o de este o aquel conjunto de ellas, tal es la esencia de su interpretación [del historiador]” (p. 184). Cabe apuntar que la historiografía contemporánea presta cada vez más atención al significado de los hechos históricos y no tanto a sus causas (siempre entendidas, por lo demás, en un sentido no mecánico). (7) Es también en este cuarto capítulo en el que Carr descarta taxativamente las posturas que enfatizan el papel del azar en la historia (una cuestión historiográfica en ocasiones resumida bajo la expresión “la nariz de Cleopatra”): “…cuando alguien me dice que la historia es una sucesión de accidentes, tiendo a sospechar la presencia, en mi interlocutor, de cierta pereza mental o de una corta vitalidad intelectual” (p. 183). (8) Esto no le impide a Carr escribir lo siguiente (apenas dos páginas más adelante): “Nada hay más radicalmente falso que la erección de algún patrón supuestamente abstracto de lo deseable y la condena del pasado con base en este patrón” (p. 212). (9) Lord Acton (1834-1902) fue un célebre político e historiador inglés que se distinguió, entre otras cosas, por su defensa de las libertades civiles, por su defensa de la libertad religiosa (él era católico), por su extraordinaria erudición (en una época de eruditos extraordinarios) y por ser el promotor de la Cambridge Modern History. (10) Para aquellos lectores que quieran ir más allá del texto de Carr, recomiendo el libro ¿Qué es la historia ahora?, David Cannadine (ed.), Ediciones Almed, Granada, 2005; y, en inglés (pues no hay versión castellana), el libro E.H. Carr (A Critical Appraisal), Michael Cox (ed.), Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2004. Entre sus 15 ensayos, este libro contiene tres dedicados a ¿Qué es la Historia? (además de una útil introducción del editor y un breve pero interesantísimo escrito autobiográfico de Carr).

[Roberto BREÑA. “E. H. Carr: Historia, disidencia e ideología”, in Nexos (México), 1º de octubre de 2010]

✍ La verdad sobre la historia [1994]

UnknownEntre nosotros, la discusión transcurre fuera del círculo de los historiadores profesionales, que en general no han perdido la fe en su tarea. En los EE.UU. el movimiento contestatario, iniciado en los años 1970, se desarrolla dentro de la corporación académica: la crítica a la verdad es bandera para asaltar posiciones, desplazar a los viejos, ganar el poder. En ese contexto se ubica este libro, dedicado en parte a problemas generales del conocimiento histórico y en parte a discusiones muy propias del medio académico estadounidense. Las autoras, Joyce Appleby, Lynn Hunt y Margaret Jacob, son historiadoras reconocidas. Se formaron en el movimiento de los años 1970 y su relación con él no es hostil: aprecian las virtudes de la crítica y el escepticismo, pero piensan que se ha llegado demasiado lejos. Han escrito una crítica y un alegato, pero no pretenden demoler al adversario sino comprenderlo e incluirlo en una explicación más amplia, muy clara, lo que en sí supone una reivindicación del oficio. El texto tiene una organización clásica: tres partes, tres argumentos. En la primera -una hermosa síntesis de la historia intelectual de los siglos XVII a XIX- se expone el modelo heroico de la ciencia. En primer lugar, una ciencia capaz de conocer la naturaleza y operar sobre ella; son las leyes del universo mecánico de Newton, y las de la evolución de Darwin. Luego, una visión de la historia de la humanidad; ésta progresa hasta alcanzar la modernidad, diseñada de manera diferente pero coincidente por los grandes sistemas interpretativos: Marx, Weber o Durkheim coinciden en la posibilidad de aprehender la totalidad de la experiencia humana y de establecer una verdad válida para todos. Tercer pilar: la historia explica el desenvolvimiento de una comunidad y la progresiva realización de sus objetivos y valores comunes; explicación y valores se fusionan. Para nuestras autoras, estos tres absolutos han quedado destruidos por la crítica del siglo XX. La democratización académica y política incorporó tantos puntos de vista sobre la historia -los progresistas, los trabajadores, los negros, las mujeres- que el multiculturalismo reemplaza la idea de destino común. La ciencia sufrió primero la crítica9780393312867 de Kuhn -toda verdad lo es dentro de un paradigma, que cambia- y luego la de los historiadores culturales, que examinaron los valores y prejuicios de los científicos. La crítica posmoderna, de Saussure a Derrida, subrayó la autonomía de textos y discursos y cuestionó la existencia de una realidad más allá de ellos. Todo eso es cierto, reconocen las autoras, pero no alcanza para eliminar la aspiración de buscar una verdad razonable: sólo quienes siguen asumiendo el carácter absoluto de la verdad, propio de la ciencia del siglo pasado, creen que ésta se desmorona con cualquier relativización. Afirman que la deconstrucción sin reconstrucción es una irresponsabilidad y proponen un realismo práctico: el saber es una relación entre un sujeto y un objeto; hay distintas perspectivas legítimas, pero finalmente el saber remite a algo que está fuera del sujeto, un objeto del que pueden decirse distintas cosas, pero no cualquier cosa. ¿Quién establece esos márgenes? Hay una cuestión personal, de rigor y probidad; luego, una verdad consensual: en cada época, el conjunto de los historiadores define los márgenes de lo aceptable, de forma flexible como para que puedan emerger nuevas interpretaciones. Se reconocen en esta explicación dos elementos que nuestras historiadoras asumen como valiosos: un escenario público democrático, donde las ideas circulan libremente, y un sujeto racional y autónomo, capaz de conocer. He aquí una hermosa reivindicación, no sólo de este viejo oficio de historiador sino, sobre todo, de los tan manoseados valores de la modernidad.

[Luis Alberto ROMERO. “La verdad sobre la historia”, in Clarín (Buenos Aires), 14 de febrero de 1999]

✍ Política, cultura y clase durante la Revolución Francesa [1984]

529060c0La interpretación que hace aquí Lynn Hunt de la Revolución francesa está comprendida dentro de los esfuerzos de los científicos sociales contemporáneos, particularmente de los historiadores por encontrar nuevas formas de análisis de los procesos sociales, superando los parámetros de causa y efecto. La autora define su interpretación como “estructural y procesal” a la vez. Enfoca en este estudio: “los procesos revolucionarios en cuanto éstos enfatizan las formas en que la retórica, los símbolos y la participación de ciertos grupos y [el uso de ciertos] lugares moldean la experiencia de cambio revolucionario en evolución…”. Su intención es detectar las fuentes de la unidad y la diversidad en el proceso político, más que determinar los orígenes y resultados de éste. Hunt se disocia explícitamente de las teorías procesales y centra su atención en los patrones generales de pensamiento y de acción políticos y no en los objetos clásicos de estudio: los líderes, los partidos y las ideologías establecidas. Una evaluación crítica de los enfoques utilizados para analizar la política revolucionaria inicia el volumen. Concluye la autora, en esta introducción, que las interpretaciones marxista, “revisionista” y “tocquevilliana” del fenómeno revolucionario desdeñan las “intenciones revolucionarias” al concentrarse sólo en los problemas de causa y efecto. Como alternativa, se propone descubrir las normas de comportamiento político, los valores y las expectativas comunes que guiaron a los participantes de la Revolución francesa; es decir, “recuperar la cultura política de la Revolución [francesa], una nueva cultura política. El trabajo se divide en dos partes: “La poética del poder” y “La sociología de la política”. En la primera, el análisis se centra en la retórica, las formas simbólicas de la práctica política y en la iconografía radical. Cada uno de estos aspectos se trata con detalle. El papel fundamental de una retórica revolucionaria desbordante (“Las palabras se vuelcan en torrentes… [con] una cualidad mágica”) se estudia observando los eslogans, el vocabulario, los nombres propios y los toponímicos en boga, las palabras clave (como “Nación”, “patria”, “ley”, “regeneración”, “vigilancia”, etc). La discusión se vuelca a la crítica de los análisis del lenguaje revolucionario. La propuesta de la autora en este sentido es observar el contexto en que se da la retórica revolucionaria, transformada en “instrumento de cambio social y político”, “un medio por el cual reconstruir el mundo político y social”. El capítulo que trata de las formas simbólicas de la práctica política muestra cómo el proceso revolucionario fue influyendo gradualmente la vida cotidiana. Se toma como ejemplo la evolución de las cocardas, su papel en la marcha a Versalles (1789) y su posterior transformación, en 1792, de símbolo popular en símbolo oficial. Esta evolución también se detecta en el caso de los festivales populares, regularizados para 1790, con lo cual “los oficiales del régimen revolucionario trataron de disciplinar la festividad política popular”. Al mismo tiempo, se crean símbolos oficiales como el de la “diosa de la libertad”, que Hunt analiza con detención, para uso popular. Se hace aquí también un análisis detallado sobre el “vestido revolucionario” como signo político. En el capítulo dedicado a la iconografía radical, la autora sitúa el problema siguiendo el concepto de “marco cultural” para la autoridad política de C. Geertz. Así, examina el cuestionamiento del “marco” del Viejo Régimen y la consiguiente “crisis de representación” del Nuevo Régimen. En este proceso, puntualiza la autora, puede observarse cómo la cultura moldea la política, y cómo la Revolución francesa demostró que los actores sociales podían “inventar por sí mismos cultura y política”. La iconografía del periodo, que refleja los distintos conflictos políticos del momento, se evalúa en su papel de difusora de la idea de la revolución. La segunda parte de este libro se centra en la geografía política de la Revolución, el surgimiento de una nueva clase política y el papel de aquellos ajenos al proceso, los “cultural-brokers” y las redes políticas. El estudio de la geografía política de la Revolución plantea a la autora preguntas a considerar en futuros estudios, como para qué se desarrollaron ciertas bases regionales y la evolución de culturas políticas en cada región. El capítulo dedicado a la nueva clase política se desarrolla también a partir de un debate teórico sobre la forma en que se ha enfocado el problema de la identidad social de los revolucionarios. Pasa luego al análisis de los datos, incluidos los estadísticos, que revelan -según concluye la autora- la falta de homogeneidad social de la nueva clase política y, a la vez, los patrones comunes (su ruptura con el Viejo Régimen y su relación con el ámbito urbano). En este contexto, se discute el problema de si esta nueva clase política fue burguesa, en el sentido marxista. Luego de ese examen de aspectos poco explorados de la Revolución francesa, la autora concluye el estudio con un análisis sobre la Revolución en la cultura política. Señala los orígenes, tanto simbólicos como sociales, de la cultura política de la Revolución, considerando que éstos superaron la diversidad social de sus participantes. Curiosamente, luego de un análisis tan cuidadoso, propone lo que es ya un lugar común: el carácter no revolucionario de la Revolución francesa, a la que ve transformarse en “una tradición”. Se enfatiza, en tanto, la necesidad de explicar el surgimiento de una cultura política de la Revolución, y no de la búsqueda de supuestos nuevos modos de producción o de evidencias de modernización económica. El debate sobre la posición de los historiadores frente al problema, desarrollado a lo largo del texto, finaliza en esta última parte con el apoyo de datos adicionales. Es ésta unapolitics-culture-and-class-in-the-french-revolution-twentieth-anniversary-edition interpretación de la Revolución francesa por una historiadora rigurosa, que se suma al nuevo esfuerzo de análisis de los fenómenos políticos que se ha venido desarrollando en los últimos tiempos. La interpretación de Lynn Hunt quiere presentar una alternativa tanto a la interpretación marxista clásica como a la de Tocqueville. Sin embargo, hay que recordar que ya hace veinte años, E. P. Thompson (a quien no se cita en el texto), desde una perspectiva marxista, comenzó a analizar aspectos del fenómeno político como los que interesan a Hunt, y que habían sido y siguen descuidados o ignorados por los politólogos. Si bien es ésta una nueva interpretación de la Revolución Francesa, en general la obra de Hunt forma parte de una corriente más amplia que apunta hacia una nueva historiografía, en la cual se insertan historiadores de distintas bases teóricas. Un rasgo común hoy en día, presente también en Hunt, es el “descubrimiento” por los historiadores de aspectos de los fenómenos sociales que clásicamente han sido preocupación de los antropólogos. Esta actitud incluye un enamoramiento con el análisis simbólico (de ahí la referencia a Geertz), actualmente de moda. Este giro no deja de sorprender a quienes, desde el otro lado del río, tratan de buscar un acercamiento a los planteos históricos para ampliar el horizonte analítico de la antropología. Lo positivo de esta búsqueda encontrada quizás sea la eliminación eventual de las barreras disciplinarias en el campo de las ciencias sociales. El libro se complementa con un apéndice con datos políticos, económicos y demográficos correlacionados en una extensa tabla, y otro dedicado al análisis ocupacional de los consejeros en cuatro ciudades francesas. El volumen incluye las referencias en notas a pie de página, pero no una bibliografía general, lo cual hace algo incómodo el cotejo bibliográfico […] Ocho cuadros y veintiún grabados complementan el texto adecuadamente. Se incluye también una cronología breve de la Revolución Francesa, al comienzo del texto. La información densa, combinada con la discusión teórica que subyace a lo largo de todo el texto, llega a veces a hacer lenta la lectura. Los historiadores y los especialistas en historia social encontrarán el debate que desarrolla Lynn Hunt sumamente estimulante. La información que se proporciona sobre aspectos poco estudiados de la Revolución Francesa resultará sin duda de interés para una amplia gama de lectores. Consideramos que la lectura de este libro será muy provechosa para aquellos en el campo de las ciencias políticas, ya que abre dimensiones que generalmente se ignoran.

[Susana B. C. DEVALLE. “Reseña”, in Estudios de Asia y África, vol. XXIII, nº 3, 1988, pp. 576-579]

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