Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

➻ Karl Lamprecht [1856-1915]

index.phpKarl Lamprecht estudió Historia y Ciencias Jurídicas en Catinga, Leipzig y Munich, y se graduó en 1882 en Bonn, donde fue profesor supernumerario (1885). En 1890 fue nombrado profesor de Historia de la Universidad de Marburgo: en 1891 se trasladó a la Universidad de Leipzig y en 1909 fundó en ella el Institut für Kulrur und Universalgeschichte. Su Deutsche Geschichte (19 tomos, 1891-1909), obra a la que dedicó toda su vida, le obligó a defender los métodos y objetivos de la Historia, criticados por la mayoría de sus colegas historiadores, pero aceptados por algunos sociólogos. Como señala Guillén, Lamprecht afirma haber inaugurado un nuevo método histórico y haber hecho de la Historia una ciencia exacta, con principios y leyes que podían demostrarse como los de la Biología y la Psicología Social. Según su perspectiva, la Historia consiste en una secuencia invariable de épocas simbólicas, típicas, convencionales, individualistas y subjetivistas, cada una de las cuales comprende todos los aspectos de las actividades culturales. Lamprecht resume sus teorías en Einführung in das hirtorische Denken (1912), y en una serie de conferencias, dictadas en los Estados Unidos y publicadas con el titulo What is History?

[K. M. SIBBALD. “Karl Lamprecht”, in Jorge GUILLÉN. El hombre y la obra. Valladolid: Editora Provincial, 1990, p. 110]

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✍ Ojazos de madera. Nueve reflexiones sobre la distancia [1998]

9788483072967Imaginemos a un curioso, a un ávido lector deambulando entre las novedades de una librería. No sería extraño que viera removido su interés si, al hurgar entre los anaqueles en los que se yuxtaponen y multiplican el número de los libros, reparara en un título ambiguo e inaudito como es el de Ojazos de madera. Colocado entre los volúmenes catalogados como de “no ficción”, el curioso no acertaría a entender el objeto y su razón. Quizá el subtítulo, quizá la contracubierta, quizá el índice, le permitieran averiguar que, en efecto, no es un libro común, que es una obra difícil de clasificar, una obra que exige de los libreros imaginación, competencia y experiencia para poder identificarla y etiquetarla. Para unos, formaría parte de la sección de historia, pues reconocería en Ginzburg a un autor distinguido de esa disciplina; otros lo incluirían en la de antropología, dado que su tema, el de la distancia, parece aludir al problema de la comunicación entre culturas y al de la comprensión del otro; y, en fin, habría quien lo tomaría por un texto de estética, atendiendo a algunos de los conceptos clave que allí se tratan, propios de la crítica literaria o del arte. Probablemente -concluiría el librero avispado-, la mejor solución sea depositarlo en ese apartado inespecífico que denominamos ensayo y que recoge aquellos volúmenes incómodos y variopintos que rebasan los límites de las distintas disciplinas, aquellos volúmenes ambiguos que interpelan a especialistas de diversos géneros. Mayor razón para esta conclusión, si, además, ese librero averigua que la traducción al castellano viene precedida por el dato trivial pero incontestable de haber sido una obra galardonada en Italia con dos célebres premios literarios en el apartado de ensayo. Como se sabe, este género permite un tratamiento más libre de ciertos temas y objetos de conocimiento, tanto por ser variados los referentes que se emplean, procedentes de disciplinas diversas, como por dejar el ensayista su impronta, una marca de subjetividad, que hace manifiesta de una manera explícita, sin cancelar su yo o al menos la expresión transfigurada de su yo. Sin embargo, la peculiaridad de este libro, el dato que lo hace un ensayo peculiar -como sucede con otros del propio autor-, es la heterogeneidad de los asuntos tratados y la sutil coherencia retrospectiva que los hilvana. En realidad, el volumen es una recopilación de artículos, de los cuales tres son inéditos, escritos entre 1991 y 1996, y tratan objetos tan dispares como los mitos, los símbolos, las imágenes, la iconografía cristiana o conceptos tales como los de extrañamiento o estilo. Cada uno de esos artículos, que a su vez son ensayos breves, son trozos de sí mismo, costurones que el autor se ha arrancado tiempo atrás y que ahora ha puesto en relación. La vecindad que les da en este volumen es la de participar todos ellos del problema de la distancia, de la dificultad y necesidad del extrañamiento. Es decir –y ésta podría ser la tesis subyacente del libro-, en cada uno de nosotros hay un forastero que se siente incómodo dentro de su propia identidad, un Pinocho que nos mira sin entender o un Pinocho al que miramos sin adivinar sus intenciones o su zozobra. Si el otro está dentro de nosotros, al extraño, al diferente o al distante, habrá que entenderlo como el traslado de esa parte oscura de uno mismo. En un autor como Ginzburg, que ha leído con fruición y con aprovechamiento a Mijail Bajtín, no ha de extrañarnos semejante posición; en un historiador que ha frecuentado a Freud como referente e inspirador de su perspectiva, no ha de sorprendernos que acepte como propia la tesis de la “inquietante extranjeridad” que anida en nuestro interior. Sin embargo, esa formulación explícita que nosotros detallamos es la expresión manifiesta de una tesis implícita a la que Ginzburg no se esfuerza en llegar. Justamente por eso, quizá al lector aún le queden dudas sobre la coherencia del volumen; quizá aún le pueda parecer de difícil acomodo que temas tan diferentes permitan ser encajados dentro de ese hilo conductor. No obstante, esta forma de operar no es nueva en Carlo Ginzburg. Recordemos, por ejemplo, que algo semejante ocurría con su libro Mitos, emblemas, indicios (Barcelona, Gedisa), en donde, pese a trazarse de piezas sueltas, el autor nos alertaba muy sucintamente sobre su congruencia: la de la morfología en la historia. Tal y como la entendía entonces, y como reaparece en Ojazos, la morfología se refiere a los parentescos de familia –al modo de Wittgenstein o de Propp- que el observador percibe entre formas culturales distantes o diferentes. Por consiguiente, objetos diversos pueden tener una coherencia secreta y se puede descubrir una conexión entre fuentes históricas alejadas unas de otras. Por eso, tanto en éste como en sus otros volúmenes, los itinerarios que emprende son milenarios y, como él mismo nos advierte, “el camino que voy a seguir (será) aceptablemente tortuoso”. Un camino que puede llevar, por ejemplo, desde Cicerón hasta Feyerabend o desde el emperador Marco Aurelio al crítico ruso Victor Sklovski, “un camino fatigoso que requerirá cantidad de idas y venidas espaciales y temporales”. Lo que abruma en Ginzburg es el despliegue de su extraordinaria erudición, las copiosas, las torrenciales referencias que parecen brotar simultáneamente y en competencia para hacerse un hueco en el relato; lo que deslumbra es ese continuo y desordenado vaivén que hace obligatoria la tutela de un lector admirado y fatigado, un lector que precisa la guía y la mano firme de un autor que sabe dónde lo quiere llevar. Ésta, que es la mejor virtud de Ginzburg, es también el motivo principal de los reproches frecuentes que se le dirigen. En efecto, cuando el lector se aventura en un ensayo de Ginzburg no sabe cuál es el objeto auténtico de la obra, porque, pese a su enunciado explícito –la distancia cultural, por ejemplo-, detrás siempre hay una meta implícita, un objeto escondido que justifica ese itinerario tortuoso que el autor ha empedrado a partir de los atisbos que va hallando y que a modo de señales le permiten ir avanzando. Y así, por ejemplo, Feyerabend, el célebre filósofo de la ciencia que se autoproclamara anarquista y contrario a las verdades instituidas autoritariamente por el saber institucional, aparece en el capítulo dedicado al estilo estético. ¿Con qué fines? ¿Por sus declaraciones a propósito de la inconmensurabilidad de las obras? En realidad, Feyerabend es evocado, analizado y finalmente denunciado por sus lamentables, por sus tibias afirmaciones, por sus olvidos y por no asumir en la vejez, en la autobiografía que escribiera poco antes de morir, su responsabilidad como oficial del ejército del Tercer Reich. ¿Cuál sería el objeto escondido de esa alusión de Ginzburg? No lo es Feyerabend propiamente, ni tampoco el concepto de estilo, es decir, lo explícito del ensayo, sino el paradigma relativista o el escepticismo epistemológico que, como él ha destacado en otras ocasiones, nos deja desprotegidos frente a la negación del Holocausto y de la verdad histórica. Llegados a este punto, el lector puede muy bien preguntarse de qué asunto trata realmente Ginzburg en esta obra. La respuesta, ahora y en sus libros anteriores, es siempre la misma. Hay distintos objetos yuxtapuestos, asociados, subordinados, tratados con suficiente aparato documental y, a31idws+Lu8L._SL500_AA300_ la vez, con medida ambigüedad y estudiada imprecisión. En realidad, si todo gran autor tiene una única obra cuya urdimbre va tejiendo con los hilos de sus diversos trabajos, en el caso de Ginzburg eso también se hace evidente. Esos objetos yuxtapuestos, esos temas y las preocupaciones que le mueven, son recurrentes y varían de acuerdo con el énfasis que pone en cada momento o de acuerdo con los modos de presentación. Por eso mismo, las obras de Ginzburg ni se modifican ni se corrigen ni se actualizan, dado que son ensayos cerrados en donde el autor ha arrancado una parte de sí mismo y la ha volcado en la escritura. Son retratos de cada una de las épocas del propio autor y no consienten retoques. Una prueba fehaciente de esto último, pero también de los otros rasgos con los que hemos descritos esta obra y a su autor, es el título del libro, un título connotativo, de consecuencias varias y que no cumple sólo una función ornamental. A pesar de todo, a pesar de los indicios que ya hemos dado, Ojazos de madera no deja de ser un rótulo sorprendente, oscuro, ambiguo. Parece extraño que haya tomado como título las primeras palabras que Gepetto le dirige a su muñeco de madera cuando observa que los ojos que le acaba de tallar se mueven y le miran. Y, sin embargo, utilizar a Pinocho también tiene su sentido. ¿Cuál? Si la propia figura de Pinocho ha sido objeto de innumerables interpretaciones, la referencia literaria de la que Ginzburg se apropia también entrañaría ambigüedad e incluso un conflicto de interpretaciones. El propio Ginzburg deja sin aclarar el sentido que quepa atribuirle y sólo por inferencia contextual puede el lector conjeturar su significado metafórico. Los ojazos de madera son los de un muñeco en fase de creación, que después, al final, será humano; los ojos que provocan la desazón y la extrañeza en su autor, en Gepetto. El carpintero se siente incómodo ante la mirada de un extraño, un extraño que está fabricando a su imagen y semejanza, que tiene una vida propia que él no le ha dado. Desde este punto de vista, la frase de Gepetto puede ser tomada, en efecto, como una alusión metafórica del extrañamiento, de la distancia que nos separa a los humanos, de los atributos que nos hacen diferentes. El carpintero sería, en este caso, como aquel historiador que solicitado por un extraño emprendiera con esfuerzo la comprensión empática del otro. A la vez, si miramos como Pinocho, lo haremos sin dar nada por sentado, como un salvaje, como un niño, con una mirada ingenua, examinando “la sociedad con ojos distanciados, extrañados, críticos”, que es a lo que Ginzburg parece aspirar explícitamente. ¿No será ésta una defensa del historiador inocente? ¿Pero es posible hacer esta apología implícitamente rousseauniana en alguien que es poseedor de una mirada culturalmente saturada y de la que no podría predicarse la ingenuidad? ¿O es que, acaso, esa cultura errática y universal de la que es portador –aquello que mejor define su linaje hebreo- es precisamente lo que le faculta para comprender la ingenuidad y lo extraño? Más aún, no sabemos si éste, el de la inocencia, es el sentido real de la metáfora, si resume el objeto explícito y escondido del libro. Dueño de un significante poderoso, señor de la connotación, el historiador Carlo Ginzburg no se pronuncia y al no pronunciarse sobre su obra, al no aclarar el sentido que le atribuye, se comporta como un écrivain, por emplear palabras de Roland Barthes.

[Anaclet PONS y Justo SERNA. “¿El historiador inocente?”, in Ojos de Papel, domingo, 31 de diciembre de 2000]

➻ José Ferrater Mora [1912-1991]

Josep-Ferrater-Mora-en-una-de-_54353944698_54028874188_960_639Nacido en Barcelona, el 30 de octubre de 1912, entre 1922 y 1925 estudia en el Colegio de Santa María del Collell, Banyoles, que abandona para trabajar en diferentes empleos –oficinista de banca, comercial de automóviles, empresas de servicios- mientras prepara el bachillerato. En 1932, ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, donde coincide con su maestro Joaquim Xirau, licenciándose en 1936. Desde 1926, compagina los estudios con trabajos de traducción y edición. En sus últimos años universitarios, recibe la invitación de colaborar en la versión española de un diccionario clásico de la filosofía alemana, el Wörterbuch. El libro no se llega a publicar pero fue la semilla de su obra más significativa. Seguramente, Ferrater redacta entradas de los filósofos españoles más conocidos y aprende la técnica enciclopédica de sintetizar en pocas líneas. Al estallar la Guerra Civil se alista y es destinado a una oficina del servicio de inteligencia del Cuartel General del Ejército del Este. Pasa cuatro meses en un sanatorio de los Pirineos. En enero de 1939, cruza la frontera francesa e inicia un largo exilio. Vive cuatro meses en París –junto Renée Rosalie Petitsigné, su primera esposa, de nacionalidad francesa-. Después, viaja a La Habana, donde da cursos de verano, traduce y prepara la primera edición de su famoso diccionario –el prólogo es de abril de 1941-. Ese mismo año marcha a Chile, donde imparte clases de filosofía en la universidad. Finalmente, en 1947, se establece en Estados Unidos, primero en Nueva York y desde 1949 en el Bryn Mawr College, en Pensilvania, donde desarrolla la mayor parte de su carrera docente. En 1979, es nombrado doctor honoris causa por la Universitat Autònoma de Barcelona y en 1988 por la Universitat de Barcelona. Entre sus muchos galardones, destacan, la Cruz de Isabel la Católica, 1982; la Gran Cruz de Alfonso el Sabio, 1984; el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1985 y la Cruz de Sant Jordi de la Generalitat, ese mismo año. El 26 de enero de 1991, sufre un infarto en Barcelona, donde se encuentra presentando su última novela. Ingresado muy grave en la clínica Sant Jordi no consigue superar una segunda crisis cardiaca y fallece el día 30. Sus cenizas son trasladadas por su segunda mujer, la estadounidense Priscilla Priscilla N. Cohn, desde Barcelona hasta Villanova de Pensilvania, a pocos kilómetros del Bryn Mawr College. Una de sus últimas voluntades, fue hacer donación de su biblioteca privada de Pensilvania a la Cátedra Ferrater Mora de Pensamiento Contemporáneo del Estudi General de Girona –predecesor de la actual Universitat de Girona-, que el mismo había impulsado en 1989. El traslado de más de 2.000 libros, 156 títulos de revistas y un importante archivo de su correspondencia se realiza al año siguiente. El 13 de noviembre de 1992, se inaugura la Biblioteca Ferrater Mora en Girona. Aunque Ferrater Mora es considerado por muchos como el filósofo español más importante de la segunda mitad del siglo XX, ni sus obras más maduras, El ser y la muerte: bosquejo de una filosofía integracionista, de 1962; El ser y el sentido (1968) y De la materia a la razón (1979), han tenido la repercusión de su Diccionario de filosofía. Desde su primera edición de México, 1941 (I volumen, 598 páginas, 2,4 millones de caracteres) a la sexta edición de Madrid, 1979 (IV volúmenes, 3.589 páginas, 17 millones de caracteres) el Diccionario ha representado un esfuerzo individual e intelectual gigantesco. Josep Pla lo calificó de esfuerzo titánico, comparable a la obra del lingüista Joan Corominas. Durante más de treinta años, Ferrater lo reescribe, rehace partes, añade entradas. En cierta forma, el diccionario se transforma en paralelo a su pensamiento. Ferrater se ve obligado a profundizar en la tradición analítica –tan desconocida en España- y a armonizar en su obra la diversidad de múltiples materias: lógica, matemática, ciencia, ética y estética, política o teoría del conocimiento. El compendio del diccionario es el reflejo de su doctrina filosófica: el integracionismo. Aunque el diccionario marca su biografía de una forma decisiva, Ferrater intenta escapar de su sombra, escribe novelas con discreto éxito; en 1988, fue finalista del premio Nadal con El juego de la verdad. Realiza incursiones en la fotografía y el cine, escribiendo cortos y dirigiendo algunas películas amateur. Colabora en revistas –especialmente de filosofía- y en periódicos, pero nunca fue un autor prolífico. En La Vanguardia publica 84 artículos. Si bien el 30 de octubre de 1966 escribe una carta pública a Miguel Masriera sobre Eugeni d’Ors, su primer artículo regular data del 19 de abril de 1970. No es un año casual, aunque en 1960 se convierte en ciudadano estadounidense, desde los años setenta comienza a intervenir en la vida intelectual española.

[“Ferrater Mora, el peso del ‘Diccionario’ “, in La Vanguardia (Barcelona), 30 de octubre de 2012]

✍ La nascita del capitalismo in Europa. Crisi economica e accumulazione originaria fra XIV e XVII secolo [1965]

TOPOLSKI - LA NASCITA DEL CAPITALISMO IN EUROPAMal ando, pobre de mí, en punto a economía. Si es tocante al bolsillo, está más que demostrado; y en cuanto a conocimientos sobre el tema, absurdo fuera ir poniéndose moños bajo el manto de una erudición que en verdad sólo acreditaría tantas horas calentando el asiento, sin mayor enjundia. Lo del civet de liebre, sin liebre. Mejor, pues, citar paladinamente el manadero del fingido saber. No otro, en este caso, que el brillante economista Jerzy Topolski y su originalísima teoría sobre la aparición del capitalismo, en la Europa occidental; que he tardado una docena larga de años en conocer, hasta su traducción en italiano (el polaco figura entre mis muchas ignorancias) que ahora publica Einaudi bajo el título «La nascita del capitalismo in Europa» y al nada económico precio de 800 liras, que si bastan a esclarecer el nunca bien explicado tránsito del feudalismo al capitalismo, la transformación de la economía monetaria del bajo medioevo en economía capitalista, convirtiendo en mercancía la fuerza-trabajo, bien gastadas sean. Hasta ahora se daba por sentado que el estímulo, el factor determinante para ese tránsito a la economía capitalista, cabalmente en el occidente europeo, dimanase del creciente poder de la burguesía, la próspera clase urbana entregada al comercio, los tráficos, la banca, con el consiguiente desarrollo de la economía monetaria. Que el punto de arranque estuviera en las tremendas sangrías de la peste negra y en la general crisis económica del atardecer de la Edad Media, también es canónico. Como el hecho de que los feudales abandonasen sus castillos, a falta de numerario, para instalarse en la ciudad. Mas lo que el profesor Topolski niega, y lo niega con profusión de documentos, es que ese pasar de feudales a urbanos redundase exclusivamente en beneficio de la que llamamos aristocracia de raíz comercial o industrial. De otro modo; que en la fusión de ambos estamentos en una nueva clase dominante, no fue precisamente el papel burgués el que dominara, antes al revés. «Gracia capta». Seguiríase de ahí que la tan campaneada revolución florentina de 1293, en que setenta y tres familias nobles sufrieron confiscación de bienes y fueron arrojadas a las tinieblas exteriores, a beneficio de los burgueses inscritos en alguna de las corporaciones artesanas (Dante, por ejemplo, en la de médicos y drogueros para llegar a prior de la república), no tendría -para el devenir europeo- el papel determinante que suponíamos. Aunque lo representase para las suertes de Florencia. Así lo espero, so pena de arrojar al cesto el medio centenar de páginas que puse de entrada a la traducción de Cavalcanti, donde el movimiento que condujo a tal revolución aparecía como uno de los  factores para explicar el Dolce Stil Novo. Pelillos a la mar. Que la nobleza feudal se apercibía de que se les escamoteaba el terreno bajo los pies, está cantado. Las rentas rurales iban francamente en baja, mientras crecía la necesidad de dinero y, de consumo, aumentaban los réditos de las clases ciudadanas, la burguesía comercial y bancaria en particular, haciendo cada vez más difícil la situación de esa nobleza que no se resignaba a abdicar de su protagonismo en la sociedad, y en el gobierno del Estado. A lo que no iban a renunciar tan fácilmente. Minimizadas las rentas agrarias a causa de los nuevos contratos de aparcería, clausuradas actividades extraeconómicas cual el bandolerismo, mero parche momentáneo, a esa nobleza tocaba -aclara Topolski- pasar a una actividad verdaderamente económica. Vale decir, que esa nobleza entró -por la lógica misma de la nueva situación- en el engranaje de la acumulación de numerario, los procesos de la acumulación originaria, premisa para el desarrollo del capitalismo. Si bien se piensa, no otra cosa haría la nobleza agraria inglesa, siglos después, apadrinando la revolución industrial. O, en Lombardía y el Véneto, los Visconti y otros pares que, desde hace siglos, siguen en cabeza del capitalismo italiano. Como, puestos en el muelle sillón de las hipótesis, el retraso del movimiento capitalista en nuestro país poco costará achacarlo a los estragos de la peste negra, que al Principado dejó -lo recordaba anteayer Díaz-Plaja, aquí mismo- en trescientos mil habitantes. Mientras la clase dirigente, la nobleza militar y agraria, hacía asiento en la parte más prometedora del imperio aragonés: en Sicilia y la Campania. Que allí, luego, no se mostrasen a la altura de la teoría, quede para el profesor polaco el explicarlo. Quien avisa no es traidor, y por mi parte ya me declaré profano en la materia, que por otra parte me interesa sólo por su mucha o poca incidencia en la historia de las ideas y su inevitable reflejo en la literatura. Tentador sería, a este respecto, comprobar cómo -a partir del Magnánimo- la gran literatura catalana se contrae a la pingüe Valencia de la corte y los tráficos.

[M. “La culpa, dice un marxista, fue de la nobleza”, in La Vanguardia (Barcelona), jueves 24 de mayo de 1979, p. 53, col. 1]

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