Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Introducción a los estudios históricos [1898]

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El método positivista como paradigma de conocimiento histórico. «Tal vez la falta del elemento mítico en la narración de estos hechos restará encanto a mi obra ante un auditorio, pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana, si éstos la consideran útil, será suficiente. En resumen, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre más que como una pieza de concurso para escuchar un momento» [1]. Con estas palabras, Tucídides resumía su propia investigación acerca de la guerra del Peloponeso. Como ocurrió con el historiador ateniense, la prosecución de la verdad en la narración sobre el pasado del hombre ha sido un afán recurrente en el trabajo historiográfico, pues en el uso que de él se ha hecho, «el pasado no es nunca la historia, por más que algunos de sus elementos puedan ser históricos» [2]. Así, la historiografía, como arte de escribir la historia, ha ido delimitando su objeto de estudio, perfilando su método y estableciendo sus técnicas de crítica para el exacto establecimiento de lo acaecido, de la objetividad del conocimiento del pasado, como sucedió con la afirmación de la historiografía crítica durante la segunda mitad del siglo XIX [3]. Pero como disciplina de conocimiento, la historiografía es una operación que se refiere a unas condiciones previas mediante «la combinación de un lugar social, de prácticas “científicas” y de una escritura» [4]; una operación que realiza un grupo profesional, con sus compromisos y disputas, no sólo con sus precursores, sino en competencia asimismo con los miembros de disciplinas aledañas para dominar el campo de las ciencias sociales. Así, se ha destacado la situación ambigua de este campo entre dos principios de jerarquización opuestos: el político y el científico; un mundo social como otros que conoce de relaciones de fuerza y de luchas de intereses, de modo que sólo el análisis histórico permite una crítica de las pasiones y de aquellos intereses que pueden condicionar la metodología más rigurosa [5]. En esta línea, no se han de buscar sólo las contribuciones permanentes de un momento anterior de la disciplina a su estado de conocimiento, sino que hay que poner de manifiesto «la integridad histórica de esa ciencia en su propia época» [6]. En la epistemología del conocimiento histórico, tal supone matizar la idea del desarrollo gradual y acumulativo de la disciplina a través del mejoramiento de su método de conocimiento científico. El cambio de la historiografía conlleva, más bien, el trastocamiento de un actitud intelectual, que es sustituida por otra que no era tenida como natural. De este modo, la práctica disciplinar de la historia se sitúa en un plano diferente al modificarse la perspectiva de la comunidad de historiadores. Un cambio que no resulta del enfrentamiento de ideas, sino de profesionales que las aceptan y acaban compartiendo distintos elementos a modo de «matriz disciplinar» de un paradigma a través de un entramado institucional: trátense de generalizaciones, modelos concretos, valores, y ejemplos de problemas y soluciones acerca del conocimiento del pasado [7]. Así sucedió con el establecimiento del método crítico de investigación en historia durante el siglo XIX, que acabó con una importante polémica acerca de su carácter científico. La naturaleza epistemológica del conocimiento histórico suscitó la controversia a finales de aquel siglo acerca de los fundamentos cognitivos de la disciplina y su método a partir del ejemplo de las ciencias naturales; en último término, tales reflexiones trataban sobre la oposición entre objeto y sujeto, herencia de la filosofía clásica del conocimiento, y de las condiciones de acceso a la verdad. Un debate que no sólo trató de la historia, puesto que también las ciencias, y en particular la física, fueron puestas en cuestión como conocimiento puro, resultado de la relación entre un objeto existente independientemente de un sujeto en un estado de objetividad y receptividad. De este modo, la historia y las ciencias han tenido trayectorias paralelas como manifestaciones parciales del conocimiento general [8]. La historia de la historiografía debe permanecer ajena a las luchas por el monopolio de la representación legítima del pasado, pues que ha de «proceder al estudio de la historiografía en coyunturas concretas y particulares, para que pueda ser referida a la estructura social que la hace posible, renunciando si hace falta a obtener un concepto unitario y dogmático de la actividad historiográfica» [9]. Este comentario acerca de la formación del método positivista como paradigma de conocimiento histórico parte, así, de unas premisas: la concepción de la tarea historiográfica como una práctica social enmarcada históricamente; la atención a los correspondientes factores contextuales, pero sin menoscabo de la que se debe prestar a los propiamente intelectuales; el interés entre unos y otros fenómenos por la organización institucional del oficio de historiador; y el rechazo de una visión lineal acerca de la formación de un método científico, coherente y uniforme, que sea consustancial a la historia.

La emergencia del paradigma positivista en historia. En 1898, la edición de la obra Introduction aux études historiques, de Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos [10], supuso el cierre de un período de ciencia normal en la historiografía tras el cambio que la adopción del método positivista había producido en Francia. Elaborado a partir de la revisión de las conferencias que ambos autores dictaran en el curso anterior a estudiantes principiantes en la Sorbona, se trataba de un manual que introducía y normativizaba el trabajo del historiador. Como vehículo pedagógico, su finalidad era enseñar al estudiante los problemas y las soluciones metódicas en el conocimiento del pasado, además de servir para la reflexión personal de eruditos e historiadores sobre la profesión que, se objetaba, algunos ejercían de forma mecánica. En la advertencia de Introduction aux études historiques se comenzaba afirmando que: «Nuestra intención es examinar los condicionantes y la metodología de la investigación histórica y señalar su carácter y sus límites. ¿Cómo llegamos a saber algo acerca del pasado, hasta qué punto, y qué es lo que nos interesa de él? ¿Qué entendemos por documentos? ¿Cómo hemos de utilizarlos para escribir historia? ¿Qué entendemos por hechos históricos? ¿Cómo hemos de utilizarlos para escribir un libro de historia? De forma más o menos consciente, cualquier historiador efectúa en la práctica complejas tareas de selección y organización, de análisis y de síntesis. Pero los principiantes, y la inmensa mayoría de quienes jamás se han parado a reflexionar acerca de los fundamentos metodológicos de la historia recurren a métodos intuitivos que rara vez desembocan en la verdad científica, ya que por lo general carecen de rigor intelectual. Así pues, se hace necesario exponer y fundamentar la teoría de los procedimientos genuinamente racionales, ya consolidada en algunos de sus aspectos, todavía inconclusa en cuestiones de capital importancia». El libro era un ensayo acerca del método de las ciencias históricas, pues se puntualizaba que su necesidad era mayor en éstas porque los métodos de trabajo aparentemente más adecuados en un primer impulso no eran métodos racionales; además, se apartaban tanto de los propios de otras ciencias «que, para no caer en la tentación de aplicar a la historia los métodos de otras disciplinas ya establecidas, es preciso tener presentes sus características especificas». Se trataba del método crítico de la historia positivista [11]. La emergencia del positivismo como paradigma historiográfico coincidió con la percepción de la anomalía intelectual y moral, el «mal francés», en el contexto que siguió a la derrota militar de Sedán ante los ejércitos prusianos el 3 de septiembre de 1870, los sucesos violentos de la Comuna de París y la consolidación del régimen de la Tercera República. El uso público de la historia se convirtió en elemento esencial de la reconstrucción del sentimiento nacional y de la identidad republicana en Francia. Desde 1867, la historia era materia obligada en la enseñanza primaria, mientras que, con las leyes Ferry en el nuevo período republicano, se instituyó la escuela laica (en marzo de 1880), gratuita (junio de 1881) y obligatoria (marzo de 1882); una reforma que también ocurrió en la enseñanza superior [12]. Esto sucedió mediante el protagonismo de personajes como Ernest Lavisse, profesor de la Sorbona desde 1880, ocupando la cátedra de historia moderna cinco años después, y Gabriel Monod, quien inmediatamente introdujo los enfoques y los métodos de los seminarios alemanes en la IVª sección de la École Pratique des Hautes Études de París, creada en 1868. La fascinación por la universidades, la erudición y la crítica alemanas, hicieron que G. Monod quisiera renovar la ciencia histórica francesa a través de la Revue historique, que fundó con el archivero G. Fagniez en 1876 [13]. De este modo, la creación de tal tipo de revistas sirvió para la elaboración y el mantenimiento de los paradigmas científicos de la historia en la segunda mitad del siglo XIX [14]. Hay que insistir en que la articulación de la comunidad de historiadores en torno a estas instituciones académicas, de investigación y científicas contribuyó a la construcción nacional en el nuevo régimen de la Tercera República en Francia [15]. Precisamente, G. Monod y G. Fagniez concluían el editorial del primer número de la Revue historique indicando que el estudio del pasado de Francia tenía una importancia nacional en aquel de entonces, pues: «Es mediante él que podemos rendir a nuestro país la unidad y la fuerza moral que necesita» [16]. La historia de Francia ocuparía la parte principal de la revista, que abordaría el período europeo después de la muerte de Teodosio (395) y la derrota de Napoleón en 1815, pues para tan prolongado tiempo, los archivos y bibliotecas conservaban «los más valiosos tesoros». Pero para los fundadores de la revista, conocer las tradiciones nacionales y comprender sus transformaciones suponía amar la historia por sí misma y no como un arma de combate para la defensa de ideas religiosas y políticas particulares, demandando a los colaboradores «tratar los sujetos de que se ocupen con el rigor de método y la ausencia de toma de partido que exige la ciencia» [17]. Así, la emergencia de este paradigma historiográfico en Francia resultó de la amalgama del cientificismo empirista, inspirado por el positivismo, con la crítica erudita del historicismo alemán (desprendido de una finalidad idealista y teleológica). El principio de estudiar la historia a partir de sí misma era reiterado por Gabriel Monod en su amplio artículo publicado en el primer número de la Revue historique. Éste afirmaba que la revista «será una publicación de ciencia positiva y de libre discusión, pero se encerrará en el dominio de los hechos y se mantendrá cerrada a las teorías políticas y filosóficas» [18]. Ello servía precisamente para diferenciarla del ejemplo de la Revue des Questions historiques, que no había sido fundada simplemente para la investigación desinteresada y científica, sino para la defensa de ciertas ideas políticas y religiosas. Por el contrario, la adopción de un punto de vista estrictamente científico produce un sentimiento de simpatía respetuosa hacia el pasado, pero independiente, puesto que el papel del historiador consiste sobre todo en comprender y explicar, no en loar o condenar [19]. Un estudio imparcial y simpático del pasado, decía G. Monod, que era más apropiado en aquella época que en cualquier otra, dado que: «Las revoluciones que han estremecido y trastornado el mundo moderno han hecho desaparecer de las almas los respetos supersticiosos y las veneraciones ciegas, pero al mismo tiempo no han hecho comprender todo lo que un pueblo pierde de fuerza y vitalidad cuando rompe violentamente con el pasado. En los que se refiere especialmente a Francia, los acontecimientos dolorosos que han creado en nuestra patria partidos hostiles, vinculándose cada uno a una tradición histórica especial, y los que más recientemente han mutilado la unidad nacional lentamente creada a lo largo de los siglos, hacen un deber despertar la conciencia de sí misma en el alma de la nación mediante el conocimiento profundo de su historia. Sólo así todos podrán comprender el vínculo lógico que une todos los períodos del desarrollo de nuestro país e incluso todas sus revoluciones; así, se sentirán los retoños del mismo suelo, los hijos de la misma raza, sin que renieguen de alguna parte de la herencia paterna, todos hijos de la vieja Francia y, al mismo tiempo, todos ciudadanos con el mismo título de la Francia moderna. Es así que la historia, sin proponerse otro objetivo ni otro fin que el provecho que se tiene de la verdad, trabaja de una manera secreta y segura por la grandeza de la Patria, al mismo tiempo que para el progreso del género humano». El recuerdo de los sucesos de la Comuna de París, las consecuencias de la amplia represión tras su caída y las tensiones por el ascenso republicano en la vida política del nuevo régimen en Francia motivaron que este historiador insistiese en el inestimable servicio de la historia como ciencia positiva a la unidad, la grandeza y el progreso de la nación.

505057Las ciencias humanas como ciencia positiva. Como paradigma de ciencia positiva, la historia resultó una forma explícita y una aplicación exhaustiva del campo epistemológico, la episteme, espacio subyacente más confuso y oscuro, cuyo cambio abrió el umbral de la modernidad a principios del siglo XIX [20]. En este umbral, apareció el hombre por primera vez como objeto del saber y se abrió un espacio propio a las ciencias humanas [21]. El saber, que hunde sus raíces en las condiciones de posibilidad de la episteme, aparece ahora como un espacio a modo de una trama de organizaciones, de relaciones internas entre elementos, cuyo conjunto asegura una función y permite establecer analogías y la sucesión de una organización a otra [22]. La ciencia positiva, que se extiende transversalmente entre las distintas disciplinas del saber, procede mediante el establecimiento de hechos individuales, refiriéndolos unos a otros a través de relaciones inmediatas para alcanzar verdades generales. Pero como convicción, el cientifismo está inextricablemente unido a la fe en el progreso humano, en la creencia del valor fundamental de la ciencia para la resolución de problemas y la articulación de la sociedad por el descubrimiento de sus leyes generales. En Francia, la utopía cientifista en el progreso de la humanidad tuvo su proclamador más preclaro en el escritor Ernest Renan. Él también exaltó el poder omnímodo de la ciencia, del talento que gobernaría el mundo: «Dios entonces será completo, si hacemos la palabra Dios sinónima de la total existencia […] Pero detenerse aquí sería una zoología demasiado incompleta. Dios es más que la total existencia: es al mismo tiempo lo absoluto. Es el orden en que las matemáticas, la metafísica y la lógica, son verdaderas: es el lugar de lo ideal, el principio viviente del bien, de lo bueno y de lo verdadero» [23]. Esta revelación era resultado del progreso de la conciencia, la ley más general del mundo [24]. Sólo la tendencia al progreso hace que el tiempo no sea estéril, pues a modo de resorte íntimo impele todo en la vida hacia un mayor desarrollo [25]. El tiempo como factor universal establece precisamente una gradación entre todas las ciencias, porque cada una de ellas tiene por objeto dar a conocer un período de la historia del ser: «La historia propiamente dicha es, bajo este punto de vista, la más joven de las ciencias. Lo que nos esclarece tan sólo es el último período del mundo o, mejor dicho, la última fase de aquel período. Lo que nos enseña, nos lo enseña de una manera imperfecta y dejando enormes lagunas» [26]. En un temprano libro, L’Avenir de la science. Pensées de 1848, que sin embargo permaneció inédito hasta 1890, un joven Renan afirmaba que la pretensión de la ciencia moderna es «organizar científicamente la humanidad» [27]. La ciencia es una religión, puesto que únicamente ella puede resolver los eternos problemas del hombre [28]. Esta exaltación del cientifismo aparecía en un contexto político y social convulso, en un momento en que: «Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo», palabras con las que Karl Marx y Friedrich Engels comenzaban el Manifiesto del Partido comunista, redactado en el segundo congreso de la Liga Comunista, reunido en Londres del 29 de noviembre al 8 de diciembre de 1847. En aquellas circunstancias, Ernest Renan hacía una profesión de fe positivista próxima a la expresada por Auguste Comte. Sin embargo, pensaba que la filología, como «ciencia exacta de las cosas espirituales», es a las ciencias de la humanidad lo que la física y la química a la ciencia natural, lo que, en su opinión, no había comprendido Comte al concebir aquellas ciencias del modo más restringido y haberles aplicado el método más grosero [29]. Para Ernest Renan, había que afirmar que «Comte no ha comprendido la infinita variedad de ese fondo fugitivo, caprichoso, múltiple, intangible, que constituye la naturaleza humana» [30]. En la emergencia del paradigma positivista en la historiografía francesa, el pensamiento filosófico de Auguste Comte influyó esencialmente a través de la importancia de la metodología inductiva de la «ciencia positiva» en el estudio de la complejidad de los hechos del pasado. No obstante, existieron propuestas en relación con la historia muy próximas a la compleja noción comtiana de sociologie, como la que hiciera Louis Bordeau en el libro L’histoire et les histories, publicado en 1888. Para este autor, la historia estaba toda por hacer, pues no satisfacía ninguna de las exigencias de una ciencia constituida: su objeto es vago, mal definido, sin límites; su programa de problemas a resolver, lleno de confusión; su método, incapaz de constatar los hechos con certidumbre; su capacidad de establecer leyes, nula[31] . Así, instituir el estudio de las cosas humanas con el rango de las ciencias implica especificar el objeto de la historia, que L. Bourdeau definió como «la ciencia de los desarrollos de la razón» [32]. De esta manera, el objeto de la historia debe comprender la universalidad de los hechos que la razón dirige o cuya influencia sufre [33]. Sin embargo, Louis Bourdeau insistía en que los historiadores no habían atendido la obligación de observar la generalidad de los hombres (preocupándose por los personajes) ni las funciones de la razón (ocupándose de narrar los acontecimientos) [34]. La historia tenía que ser general e impersonal, prestando atención a las masas [35]; la historia debía tratar de los hechos regulares de importancia general y permanente [36]. La estadística precisamente podía renovar el análisis de la historia, procediéndose a la síntesis mediante la búsqueda de un orden a través de las leyes que presiden el desarrollo de la humanidad: «Un principio domina y dirige todo el orden de las investigaciones positivas: Todo está regido por las leyes. Ello permite establecer científicamente la historia o instituirla sobre el estudio de aquello que los hechos humanos tienen de regular y constante, eliminar las causas ocultas, proclamar bien alto que la actividad de la razón obedece también a las leyes y debe descubrirlas» [37]. En el mismo año de 1888, las críticas a la historia eran hechas por un joven científico social, Émile Durkheim, quien opinaba que la historia no es una ciencia porque se ocupa de lo especial y no puede alcanzar afirmaciones generales, comprobables empíricamente, que son propias del pensamiento científico. La historia quedaba reducida al estado de ciencia auxiliar, que aportaba información a la sociología [38]. Hay que observar que la fundamentación de la sociología como ciencia y su constitución como disciplina académica ocurrieron en gran medida a partir de semejantes conflictos teóricos, metodológicos e incluso corporativos, que tuvieron como trasfondo el rechazo de la historiografía académica. Bajo la influencia del positivismo, Émile Durkheim apuntaló metodológicamente el carácter de ciencia positiva de la sociología a partir de su objeto de estudio en la obra Les règles de la méthode sociologique, que se editó en 1895 (después de ser la segunda parte de su tesis doctoral, De la división du travail social, que comenzara en 1884 y fuese publicada en 1893) [39]. En el prefacio de su obra acerca del método sociológico, Durkheim señalaba que «nuestro objetivo principal es extender el racionalismo científico a la conducta humana, haciendo ver que, considerada en el pasado, es reducible a relaciones de causa y efecto, que una operación no menos racional puede transformar más tarde en reglas de acción para el porvenir. Lo que se ha llamado nuestro positivismo, es una consecuencia de este racionalismo» [40]. La sociología superaba así la «metafísica positivista» de precursores como Auguste Comte y Herbert Spencer para abordar el conocimiento de la realidad social mediante la observación y la aplicación del método científico al considerar los fenómenos sociales como «cosas». En este sentido, Émile Durkheim destacaba que el objeto de la ciencia sociológica es el «hecho social», de carácter externo y coercitivo a la conciencia individual, de la que se preocupaba la psicología, puesto que se trata de «maneras de obrar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, y están dotadas de un poder coactivo, por el cual se le imponen» [41]. El individuo era desplazado como objeto de estudio en beneficio del análisis de las relaciones sociales, al tiempo que el «imperialismo sociológico» (de Durkheim y quienes formaron la École française de Sociologie, articulada en torno a la revista L’Année sociologique, que se publicó entre 1898 y 1913) resultó de la tarea impuesta de subordinar otras disciplinas de conocimiento [42]. La premisa de que el método de una ciencia está unido a su objeto de estudio, pero sobre todo la autonomía de disciplinas como la historia, suscitaron el debate en Francia a partir de los últimos años del siglo XIX. Precisamente, el reto que el positivismo significó para el historicismo en Alemania había desatado también unas «disputas sobre el método» (Methodenstreit), que en parte trataron sobre el lugar de la historia en la clasificación de las ciencias. En 1883, Wilhelm Dilthey estableció la clásica división de «ciencias de la naturaleza» y «ciencias del espíritu», señalando que las últimas «constituyen un nexo cognoscitivo mediante el cual se trata de alcanzar un conocimiento real y objetivo de la concatenación de las vivencias humanas en el mundo histórico-social humano». El mismo autor puntualizaba seguidamente que: «El mundo histórico humano no se nos presenta en las ciencias del espíritu como la copia de una realidad que se encontraría fuera […] En ellas lo acontecido y lo que acontece, lo único, accidental y momentáneo es referido a una trama de valores llena de sentido. El conocimiento trata de penetrar cada vez más, a medida que avanza, en esta trama o conexión; se hace cada vez más objetivo en la captación de ésta sin por eso poder suprimir su propia naturaleza, pues “lo que es” no puede experimentarlo más que por simpatía, reconstruyéndolo, uniendo, separando, en conexiones abstractas, en un nexo de conceptos» [43]. De este modo, las ciencias del espíritu se refieren a los hombres, a sus relaciones entre sí y con la naturaleza exterior, fundamentándose en la vivencia, la expresión de vivencias y la comprensión de esta expresión [44]. La temporalidad contenida en el transcurso de la vida no es así una línea que se compone de partes equivalentes, un sistema de relaciones, de sucesiones, de coetaneidad, de duración, sino que el tiempo concreto es el cambio constante del contenido de la vivencia: «el tiempo concreto consiste más bien en la precipitación incesante del presente en la cual “lo presente” se está haciendo pasado y lo futuro presente. “Actualidad” no es sino concreción de un momento del tiempo con realidad, es vivencia, en contraposición con el recuerdo de la misma, o con el desear, esperar, temer algo “vivible” en el futuro. Esta llenazón con realidad es la que subsiste siempre, de modo continuo, en la precipitación incesante del tiempo, mientras que lo que constituye el contenido de la vivencia cambia constantemente. Esta decantación progresiva de la realidad en la línea del tiempo, que constituye el carácter del presente, a diferencia de la representación de lo vivido o de lo que se ha de vivir, este sumirse constantemente del presente hacia atrás, en un pasado, y este hacerse presente de lo que apenas si hemos acabado de esperar, querer o temer y que sólo se hallaba en la región de lo representado, he aquí lo que constituye el carácter del “tiempo real”» [45]. La vivencia es la unidad más pequeña en la corriente del tiempo, seleccionándose por su significado en el curso de la vida [46]. Para Dilthey, junto a las ciencias de la naturaleza se había desarrollado un grupo de conocimientos unidos por la comunidad de su objeto: la historia, la economía política, la ciencia del derecho y del estado, la ciencia de la religión, el estudio de la literatura y de la poesía, de la arquitectura y de la música, de los sistemas y de las concepciones filosóficas del mundo y la psicología, que se referían al género humano [47]. Pero en estas ciencias, la realidad de lo humano no viene desde fuera, sino que se basa en su propia esencia, en lo interno, en el sentido [48]. La diferencia respecto a las ciencias de la naturaleza radica en el método que constituye su objeto, puesto que: «En un caso se produce un “objeto espiritual” en el “comprender”, en el otro un “objeto físico” en el “conocer”» [49]. Wilhelm Dilthey observaba que: «Lo humano, captado por la percepción y el conocimiento, sería para nosotros un hecho físico y en este aspecto únicamente accesible al conocimiento científico-natural. Pero surge como objeto de las ciencias del espíritu en la medida en que “se viven” estados humanos, en la medida en que se expresan en “manifestaciones de vida” y en la medida en que estas expresiones son “comprendidas” […] En una palabra, se trata del hecho de comprender mediante el cual la vida se esclarece a sí misma en su hondura y, por otra parte, nos comprendemos a nosotros mismos y comprendemos a otros a medida que vamos colocando nuestra propia vida “vivida” por nosotros en toda clase de expresión de vida propia y ajena. Así, pues, tenemos que la conexión de vivencia, expresión y comprensión constituye el método propio por el que se nos da lo humano como objeto de las ciencias del espíritu» [50]. Por el contrario, existen regularidades en la sucesión o la coexistencia de los fenómenos sensibles. La propiedad de todo lo físico supone la reducción de tales regularidades a un orden según leyes, comprobables mediante la inducción y la experimentación [51]. En resumen, las operaciones analíticas y sintéticas del método crítico de la historia se disponen entre dos extremos: la realidad interna de las vivencias humanas y la realidad externa de lo colectivo. Así, tales operaciones conducen, en primer lugar, desde lo interno de la subjetividad del observador a lo externo del hecho particular descrito y, en segundo término, desde lo concreto a lo general de los hechos históricos. Tal es el proceso de construcción metodológica de la historia como “ciencia positiva”.

[1] Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 4. [2] Plumb, J. H., La muerte del pasado, Barcelona, Barral Editores, 1974 (ed. or. en inglés de 1969), p. 12. [3] Entre las exposiciones más tempranas sobre la historia de la historiografia en aquel siglo, véase Fueter, Eduard, Historia de la historiografía moderna, Buenos Aires, Editorial Nova, 1953 (ed. or. en alemán de 1913), en particular el segundo volumen de la obra, que concluye con el estado de la historiografía en correspondencia con los cambios históricos ocurridos a partir de 1870. Asimismo, hay que citar Gooch, George Peabody, Historia e historiadores en el siglo XIX, México, FCE, 1942 (ed. or. en inglés de 1913). [4] Certeau, Michel de, «La operación historiográfica», en La escritura de la historia, México, Universidad Iberoamericana, 1993 (ed. or. en francés de 1975), p. 68. Se trata de una versión revisada y ampliada de la contribución del autor, con el título «La operación histórica», en Le Goff, Jacques y Nora, Pierre (dirs.), Hacer la historia, Barcelona, Laia, 1978 (ed. or. en francés de 1974), vol. I, pp.15-54. [5] Bourdieu, Pierre, «La cause de la science. Comment l’histoire sociale des sciences sociales peut servir le progrès de ces sciences», Actes de la recherche en sciences sociales, n.º 106-107 (marzo 1995), p. 3 y sigs. Este texto fue presentado por el autor en el coloquio sobre «Social Theory and Emerging Issues in a Changing Society», celebrado en Chicago en 1989 y publicado con el título «Epilogue: On the Possibility of a Field of World Sociology», en Bourdieu, Pierre y Coleman, J. (ed.), Social Theory for a Changing Society, Nueva York, Russell Sage Foundation, 1991. [6] Kuhn, Thomas S., La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1971 (ed. or. en inglés de 1962), p. 23. [7] Ibidem, pp. 278-287. Estas precisiones sobre el concepto de «matriz disciplinal» fueron hechas por T. S. Kuhn en la posdata de 1969 a la primera edición en inglés del libro citado, y que originalmente había incluido en la versión japonesa del mismo. [8] Pomian, Krzystof, «L´histoire de la science et l’histoire de l’histoire», Annales. Économies, Sociétés, Civilisations, 30 (septiembre-octubre 1975), pp. 935 y sigs. [9] Niño Rodríguez, Antonio, «La historia de la historiografía, una disciplina en construcción», Hispania, CSIC, XLVI, n.º 163 (1986), p. 416. [10] Introduction aux études historiques, París, Hachette, 1898, XVII-308 pp. Esta obra fue traducida al español a partir de la cuarta edición del original en 1909 con el mismo título de Introducción a los estudios históricos, Madrid, Daniel Jorro, editor, 1913, 372 pp., volviendo a ser editada en La Habana, Editora Nacional de Cuba, 1962 y también en Buenos Aires, Editorial La Pléyade, 1972. [11] Véanse exposiciones generales como Bourdé, Guy y Martin, Hervé, «La escuela metódica», en Las escuelas históricas, Madrid, Akal, 1992 (ed. or. en francés de 1990), pp. 127-148; Noiriel, Gérard, «Naissance du métier d’historien», Genèses, n.º 1 (septiembre 1990), pp. 58-85 («La formación de una disciplina científica», en Sobre la crisis de la historia, Madrid, Cátedra, 1997); Prost, Antoine, «Seignobos revisité», Vingtième Siècle. Revue d’Histoire, n.º 43 (julio-septiembre 1994), pp. 100-118; y Pasamar Alzuria, Gonzalo, «La invención del método histórico y de la historia metódica en el siglo XIX», Historia Contemporánea, Universidad del País Vasco, n.º 11 (1993), pp. 183-213, pero sobre todo el exhaustivo estudio de Carbonell, Charles-Olivier, Histoire et historiens, une mutation idéologique des historiens français 1865-1885, Toulouse, Privat, 1976. [12] En relación con este último aspecto, hay que citar Digeon, Claude, La crise allemande de la pensée française, París, P.U.F., 1959, sobre todo el capítulo VII, «La nouvelle université et l’Allemagne» (1870-1890)» y Keylor, William R., Academy and Community. The Foundation of the French Historical Profession, Cambridge, Mass., Harvard University Pess, 1975; y Charle, Christophe, La République des universitaires 1870-1940, París, Seuil. 1994. [13] Véanse las contribuciones reunidas en el monográfico con motivo de su centenario en la Revue historique, n.º 518, abril-junio de 1976, en el que se reproducen asimismo el editorial del primer número de la revista y el amplio artículo que G. Monod publicó, con el título «Du progrès des études historiques en France depuis le XVIe siècle», en el mismo número inaugural de 1876. Hay que citar asimismo el trabajo de Corbin, Alain, «La Revue historique. Analyse de contenue d’une publication rivale des Annales», en Carbonell, Charles-Olivier y Livet, Georges (dir.), Au berceau des Annales. Actes du Colloque de Strasbourg (11-13 octobre 1979), Toulouse, Presses de l’Institut d’Etudes Politiques de Toulouse, 1983, pp. 105-137. [14] A la fundación de la Historische Zeitschrift en 1859, siguieron otras como la propia Revue historique, la English Historical Review (1886), la Rivista storica italiana (1888) o la American Historical Review (1896). [15] Véase Jones, Stuart, «Taine and the nation-state», en Berger, Stefan; Donovan, Mark y Passmore, Kevin (ed.), Writing National Histories. Western Europe since 1800, Londres, Routledge, 1999, pp. 85-96. [16] Véase la reproducción del editorial en el mencionado monográfico de la Revue historique, n.º 518, abril-junio de 1976 (la cita procede de la p. 296). [17] Ibidem, p. 295. [18] Monod, Gabriel, «Du progrès des études historiques en France…», p. 322. [19] Ibidem, pp. 322-323. [20] Las grandes «discontinuidades» en la episteme de la cultura occidental fueron señaladas por Michel Foucault en Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, México, Siglo XXI, 1968 (ed. or. en francés de 1966), p. 7. [21] Ibidem, p. 10. [22] Ibidem, p. 214. [23] Renan, Ernesto, Las Ciencias naturales y las ciencias históricas. Carta a M. Marcelino Berthelot, escrita el 8 de agosto de 1863, Barcelona, Publicaciones de la Escuela Moderna, s.f., p. 36 (edición facsimilar en Valencia, Librerías París-Valencia, 1997). [24] Ibidem, p. 33. [25] Ibidem, p. 30. [26] Ibidem, p. 11. [27] Renan, Ernesto, El porvenir de la ciencia (Pensamientos de 1848), Madrid, Doncel, 1976, p. 30. [28] Ibidem, p. 93. [29] Ibidem, pp. 134-135. [30] Ibidem, p. 135. [31] Bourdeau, Louis, L’histoire et les histories. Essai critique sur l’histoire considerée comme science positive, París, Félix Alcan, éditeur, 1888, p. 1. [32] Ibidem, p. 5. [33] Ibidem, p. 11. [34] Ibidem, p. 12. [35] Ibidem, p. 109. [36] Ibidem, pp. 123 y sigs. [37] Ibidem, p. 343. [38] Durkheim, Emile, «Cours de science sociale: leçon d’ouverture», Revue internationale de l’enseignement, 15 (1888), pp. 23-48. [39] Les règles de la méthode sociologique, París, Alcan, 1895. La traducción al español de Las reglas del método sociológico apareció publicada en Madrid, Antonio G. Izquierdo, 1912, versión reeditada en Madrid, Akal, 1987. [40] Ibidem, p. 17. [41] Ibidem, p. 36. [42] Sobre estas cuestiones, véanse las aportaciones en el dossier titulado «A propos de Durkheim», Revue français de Sociologie, vol. 17, n.º 2, 1976, además de Besnard, Philippe (ed.), The Sociological Domain: The Durkheimians and the Founding of French Sociology, Cambridge, Cambridge University Press, 1983. [43] Dilthey, Wilhelm, El mundo histórico, México, FCE, 1944 (ed. or. en alemán de 1923), p. 5. [44] Ibidem, pp. 91-92. [45] Ibidem, p. 93. [46] Ibidem, pp. 94-95. [47] Ibidem, p. 100. [48] Ibidem, pp. 104 y sigs. [49] Ibidem, p. 106. [50] Ibidem, p. 107. [51] Ibidem, p. 111.

[Francisco SEVILLANO CALERO. “Estudio introductorio” (fragmento), in Charles LANGLOIS y Charles SEIGNOBOS. Introducción a los estudios históricos. Alicante: Universidad de Alicante, 2003, pp. 9-25]

➻ Álvaro Matute Aguirre [1943]

alvaro  matute emerito 2El historiador Álvaro Matute nació en la Ciudad de México en 1943. Se considera que su trayectoria cubre de manera muy amplia y brillante las diferentes facetas de la vida académica: investigación, docencia y difusión, llevándolo a trascender hacia los ámbitos nacional e internacional. Su desempeño como investigador ha sido plural. Su obra, además de incluir libros, artículos, ponencias y capítulos originales, abarca una extensa labor de edición de textos de índole diversa y la elaboración de una gran cantidad de reseñas bibliográficas. Entre sus campos de investigación, están la historia política y diplomática de los siglos XIX y XX, la historia de la cultura y de las ideas. Destaca su aportación en la historiografía, asociada con la teoría y la filosofía de la historia. De ellos ha derivado una multiplicidad de líneas de investigación plasmada en una obra consolidada y reconocida. En la Facultad de Filosofía y Letras impartió por más de 30 años la materia de Historiografía de México, asimismo dictó los cursos de Introducción a la Historia y Filosofía de la Historia y fundó la cátedra de Historiografía contemporánea de México de la cual se hace cargo hasta la fecha. En la propia UNAM, en el ámbito del posgrado, su seminario de Análisis Historiográfico lo ha llevado al estudio de figuras consagradas así como a introducir autores novedosos. Son referentes obligados sus trabajos referentes a Justo Sierra, Ramón Iglesia, Edmundo O’ Gorman, José Gaos, entre otros personajes; en los terrenos de la historia política y la cultural, lo son sus textos sobre Álvaro Obregón, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña y el Ateneo de la Juventud. Es Miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia y titular del Seminario de Cultura Mexicana. Recibió el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades en 1997 y la Medalla “Capitán Alonso de León”, de la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística en 2007. Es Investigador Emérito de la UNAM desde 2004. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes y pertenece al Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

[Fuente: Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República Mexicana]

✍ Histórica. Lecciones sobre la Enciclopedia y metodología de la historia [1858]

lecciones-sobre-la-enciclopedia-y-metodologia-de-la-historia_MLU-O-2698607639_052012Más de cien años han transcurido desde la presentación final de Histórica. Lecciones sobre la Enciclopedia y metodología de la historia [Historik: Vorlesungen über Enzyklopädie und Methodologie der Geschichte], de Johann Gustav Droysen (1804-1884) conformada a lo largo de un cuarto de siglo. Dictó las lecciones por primera vez en 1857 y las publicó al año siguiente; luego las repitió reelaborando conceptos, añadiendo ejemplos y notas que se recogieron en ediciones posteriores y en las que habrá de reconocer -no sabemos hasta dónde- la mano de sus discípulos. En el semestre de invierno de 1882-1883, Friedrich Meinecke asistió a la última versión y tomó las palabras finales del maestro, cuando daba razón de la división tripartita del curso “en metódica, sistemática y tópica” y de los límites y posibilidades del trabajo historiográfico: “Dos cosas debían surgir aquí con especial claridad Por una parte, que a diferencia de las ciencias naturales, no tenemos los medios del experimento; que tan sólo podemos investigar. Luego, que también la investigación más profunda sólo puede contener una apariencia fragmentaria del pasado, que la historia y nuestro conocimiento de ella son inmensamente diferentes. Esto nos desconsolaría si no hubiera una cosa: aun cuando no se posea el material completo, podemos seguir el desarrollo de los pensamientos en la historia. Así obtenemos, no una imagen de lo acontecido, sino una concepción y elaboración espiritual de él. Esta es nuestra compensación. (Historia, p. 392)”. ¿Tanto batallar para llegar a esto que hoy nos parece una verdad de Pero Grullo? ¿Vale la pena enfrascarse en la lectura de las lecciones? Creemos que sí; en su elaboración y su laboración hay un saber y una pasión política que caracterizan la gran historiografía alemana del siglo XIX, presidida por la enorme figura de Leopold von Ranke y por sus discípulos, los que, sin dejar de aprovechar las enseñanzas del maestro, formaron la “escuela prusiana”. Se trata de un momento histórico intelectual que G. P. Gooch caracteriza así: “Ranke inició su carrera y fundó su escuela en la era del estancamiento político, entre las guerras de liberación y la revolución de 1848; pero a mediados del siglo la actitud de distanciamiento ante los candentes problemas del día se hizo imposible. En la formación del Imperio alemán le cupo una parte no pequeña a un grupo de profesores que mediante la voz y la pluma predicaron el ejemplo de la nacionalidad, glorificaron las proezas de los Hohenzoller y condujeron a sus compatriotas del idealismo al realismo (Gooch, 1942, p. 137)”. Esta fue la posición de Droysen en su monumental Historia de la política prusiana, que ha merecido la critica severa de autores como Gooch (cfr. 1942, pp. 141-147) y Barnes (cfr. 1963, p. 210). Y es el caso que cuando dictaba sus lecciones sobre la Enciclopedia y metodología de la historia, Droysen la asumió plenamente. Ranke y sus discípulos más fieles propugnaron la objetividad y el distanciamiento de afanes políticos como condición de la obra historiográfica de valor eterno y universal, pues tal era la pretensión de la historiografía científica. Droysen no niega la calidad científica de la obra del historiador, sólo que advierte que el historiador no puede desconocer “un deber y una tarea tanto más grandes y fecundas cuanto menos formada y más lánguida sea todavía la conciencia nacional” (Histórica, p. 354); a él le bastaba con una verdad relativa a su patria, a su convicción política y religiosa sobre la base de un estudio serio, pues lo limitado y especial para él algo más que lo general y lo sumamente general (cfr. idem, p. 355) “al considerar el pasado desde el punto de vista de los pensamientos de mi pueblo y de mi Estado, de mi religión, me situó por encima de mi propio yo. Pienso en un yo más elevado en el cual se ha fundido la escoria de mi persona. (Loc. cit.)”. Tan vigoroso mensaje nos pone en guardia contra la obra, y más si recordamos que este libro de Droysen -como otros tantos de pensadores del Impreio alemán- fue reeditado en 1936, cuando el nazismo lo hizo objeto de propaganda; había en él, como en otros, elementos para ello. Pero la obra no se agota ahí. Lo que de ella hemos entresacado son ideas de la parte final del libro, la tópica, en las que el autor trata el problema de las distintas formas de composición y exposición historiográficas, según los propósitos que guíen al historiador. En ésta y, sobre todo, en las partes anteriores hay elementos que bien podemos aprovechar para discernir sobre las posibilidades de la ciencia historiográfica y del momento en que vivía el autor. Droysen poseía una gran erudición en las antigüedades greco latinas; sus obras de juventud, dedicadas a la literatura y a la historia griegas y a la época helenística, le hicieron célebre como profesor. De aquel saber, que le dotó de un profundo conocimiento del a historia, hay mucho en la Histórica. Además, se adentró en la filosofía de Hegel (de quien fue discípulo), en la historia moderna y, no sólo por estudios sino que también por experiencia de la vida diplomática, en la historia moderna y contemporánea. Retirado ya de esas labores “prácticas” fue cuando emprendió estas Lecciones de Enciclopedia y metodología de la historia. El cuadro que traza es muy vigoroso. Lo emprende con esbozos que luego va detallando e iluminando con ejemplos de la antigüedad y de su contemporaneidad. La “introducción” es un deslinde de las realidades de la “naturaleza” y de la “historia”. Esta es una realidad humana en la que el hombre se concibe como algo que tiene un significado para sí y como algo que delega significados a otros hombres que vivirán realidades significantes. Sólo la aprehensión del significado, de lo significante, nos conduce a la historia; sólo atendiendo a la realidad de lo significante lograremos la aprehensión y explicación de lo histórico. Pero resulta que de esas realidades con significado sólo van quedando rastros, vestigios, señas que hay que recolectar e interpretar. Para hacerlo hay que seguir caminos rigurosos y ciertos: los del método, que él trata en la metódica, primera gran parte del curso. La metódica se inicia, tratándose de realidades significantes, por la pregunta sobre el significado; esto es, por el afán de comprender. Luego, seleccionando aquellos vestigios que efectivamente cobren sentido por la pregunta inicial y que exijan más preguntas. Esto es la Heurística, a la que siguen las críticas o apreciación de esos vestigios, desde los menos expresivos e intencionales -como huellas en el paisaje modificado por el hombre hasta los más intencionales, como los monumentos y las expresiones verbales que llegan a ser verdaderas fuentes de la historia. La riqueza de ejemplos y procedimientos es asombrosa y no vale la pena repetir aquí siquiera el índice del libro. Esta es la parte en que se revela el avance de los conocimientos arqueológicos y filológicos de la Alemania de aquellos días. En la parte sistemática advierte la amplitud del campo que se descubre con el método histórico y los límites de lo que efectivamente puede conocerse. Es tal y tan amplia, que hay que adentrarse en ella orientado por un sistema verdaderamente comprehensivo. Al conocedor de la antigüedad y actualidades filosóficas no le duelen prendas y por ello propone aprehender esa realidad -que llama “trabajo histórico”, como obra del hombre en el devenir sido- usando la división cuatripartita de Aristóteles, esto es:

  • 1. Según las materias con que se forma.
  • 2. Según las formas en que se configura.
  • 3. Según los trabajadores que la ejecutan.
  • 4. Según los fines que se realizan en sus movimientos.

Las cuatro causas aristotélicas se actualizan con los conocimientos y afanes de las ciencias del siglo XIX. Tras ello hay un predicado ético y religioso, como veremos. Los materiales de la realidad histórica son, según Droysen, la naturaleza, el hombre como creatura y ser creador de su realidad, las configuraciones en las que deviene constantemente esa realidad. Las formas que asume ésta son determinadas por “los poderes morales” o “anillos éticos” que se complementan, se contraponen, coexisten y se suceden en las “comunidades naturales” (la familia, la estirpe y la tribu, el pueblo), las “comunidades ideales” (el habla y las lenguas, lo bello y las artes, lo verdadero y la ciencia, lo santo y las religiones) y las “comunidades prácticas” (las esferas de la sociedad y del bienestar, del derecho, del poder y del Estado). Aquí hallamos una serie de conocimientos antropológicos y afanes políticos con los que podemos “fechar” el texto de Droysen. Menos extensión concede a los Trabajadores o realizadores de la historia. Estos son los que pertenecen a la “humanidad”; pero el historiador sólo puede descubrir a quienes se comportan como agentes en las conformaciones de la humanidad. Igualmente breve resulta la parte dedicada a la historia según los fines que en ella se realizan. Los fines se advierten por la orientación de las distintas conformaciones humanas, por la diferencia que hay en distintas épocas y que el historiador percibe como un progreso: pero “…nuestra ciencia no llega ni a los últimos fines ni puede remontarse a los primeros comienzos. Y si nuestra investigación conoce o concibe al mundo ético como una continuidad en la que se alinea una infinita cadena de anillos de fines de fines, por la vía de nuestro conocimiento empírico no es posible alcanzar el último fin que mueve a todos los demás, que los abarca y los impulsa, el fin supremo, incondicionado condicionante, el fin de fines” (Histórica, p. 330). En otras palabras, Dios no es objeto21XGks06DyL._SL500_AA300_ de la ciencia histórica; por más que el historiador lo tenga presente en su vida, no lo alcanzará ni logrará la “plenitud” a que aspira como ser ético y religioso. Al historiador le queda, eso sí, concebir lo acontecido y exponerlo. De esto se ocupa en la parte final, la tópica. Destaca en ella cuatro tipos de exposición, no como retórica, sino como dialéctica de la investigación y lo investigado sobre el pasado en un presente con sus propios y particulares acontecimientos. La primera forma de exposición es la investigante, que deja que se forme en el espíritu del lector la verdad del desarrollo histórico, hace del lector un buscador de la verdad histórica. La segunda es la exposición narrativa, que entrega esa verdad como un desarrollo o “pragmático”, o “biográfico”, o “monográfico”, o “catastrófico”; en ella el historiador compone cuadros y entrega una verdad elaborada. También lo hace en la tercera forma de exposición, en la didáctica, sólo que esa elaboración se destina a mostrar hechos ejemplares en el devenir de sucesivos presentes. El ejemplo acabado es Tucídides. Por último, la exposición discursiva es la que lleva esa verdad a su utilización práctica emparentada, sí, con la didáctica, pero que se realiza en el ámbito de las “comunidades prácticas”, los intereses en conflicto, el Estado, las esferas económica, social y jurídica. En resumen, estos cuatro tipos de exposición difieren por su adecuación creciente al uso político-práctico; pero todas ellas implican una preocupación por la verdad de la realidad histórica. Tan ambicioso esfuerzo teórico merece rescatarse; la obra de Droysen bien puede verse en nuestros días como un testimonio de aquella “escuela prusiana”, pero no vendría mal discutirla en serio como algo que -por afinidad y rechazo, si se quiere- nos hace pensar en cuestiones centrales de la ciencia historiográfica.

[Andrés LIRA. “Reseña bibliográfica”, in Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad (Michoacán), vol. VI, nº 23, 1985, pp. 150-154]

✍ La consagración del ciudadano. Historia del sufragio universal en Francia [1992]

ac9bb03010c1d5dc8178fd3a7d164274Más que el inglés o el norteamericano, el siglo XIX francés fue el laboratorio mejor equipado de la modernidad política. Si bien estos tres países vivieron, a mediados de aquella centuria, una similar ampliación del sufragio que entrelazó los principios liberales con los democráticos, en Francia la experiencia del cambio fue más radical y convulsa. Los Estados Unidos habían surgido a fines del siglo XVIII como una nación moderna, republicana y federal, sin la herencia de un ancien régime corporativo y absolutista. Gran Bretaña, por su parte, era una sólida monarquía parlamentaria que desde el siglo XVII había resistido con éxito las tentaciones republicanas. Francia fue, pues, el único Estado nacional europeo que logró transitar, en el lapso de un siglo, es decir, entre 1789 y 1875, de una monarquía absoluta a otra parlamentaria y de un imperio liberal a una república democrática. Semejante metamorfosis, en tan poco tiempo, sólo podía ser obra de un alud de revoluciones: 1789, 1830, 1848 y 1871. El historiador francés Pierre Rosanvallon escribió un libro imprescindible sobre estas mutaciones políticas, que ha sido publicado recientemente en la valiosa colección “Itinerarios” del Instituto Mora. El hilo conductor de la historia es la institución del sufragio universal, desde sus avatares en la Convención y el Primer Imperio, hasta su pleno establecimiento en la primavera de 1848 y su consolidación durante la Tercera República, pasando por la difundida modalidad notabiliaria que, en 1830, introdujo la Monarquía de Julio de Luis Felipe de Orleans. Pero Rosanvallon no ha escrito un estudio sobre las prácticas electorales en la Francia del siglo XIX, sino una historia intelectual del sufragio que reconstruye las venturas e infortunios de ese novísimo derecho. Por el diálogo que entabla con la historiografía de las ideas políticas francesas, La consagración del ciudadano debería leerse en la proximidad de otros dos libros: la Histoire du libéralisme politique (1985) de André Jardin y The Republican Moment (1998) de Philip Nord. El punto de partida de Rosanvallon es la radical novedad que implica el sufragio dentro de las tradiciones cristianas y liberales de la política occidental. La elección de representantes con apego al principio de la soberanía popular era practicada en Europa desde la Baja Edad Media y, en Francia, monarquía de inconstante parlamentarismo, había sido reclamada por los monarchomaques y la Fronda en el siglo XVII y por los enciclopedistas en el XVIII. Pero esos ejercicios de la representación eran estamentales o corporativos y proyectaban un imaginario organicista de la sociedad. La idea del sufragio como derecho universal del ciudadano-elector, que sustituye la imagen del reino holístico por la de una comunidad de individuos libres, no aparece hasta Locke y la filosofía ilustrada y no comienza a aplicarse plenamente hasta mediados del siglo XIX. Rosanvallon insiste en que, al propugnar la igualdad política entre todos los individuos, el sufragio rompe con las doctrinas previas de raíz judeocristiana, como el liberalismo y el socialismo, cuyas percepciones negativas del derecho se limitaban a la consagración de la igualdad social y económica. La historia del sufragio es, pues, la historia de la democracia y sus entrecruzamientos con el liberalismo y el conservadurismo, la república y la monarquía, el socialismo y el fascismo. En Francia, antes de su normalización a partir de la Tercera República de 1875, el sufragio experimentó, al decir de Rosanvallon, tres “momentos del ciudadano”. El primero fue la arquitectura social de una “ciudadanía sin democracia”, intentada por Napoleón Bonaparte durante los años del Consulado y el Imperio, en la que una ampliación del sufragio “desde abajo”, reflejada en la Constitución del Año VII, se contrae “desde arriba” con las “listas de confianza” que imponen los colegios electorales, fieles al emperador, y con los mecanismos plebiscitarios de esa mezcla única, aunque muy41YGPNY7VZL._SY344_BO1,204,203,200_ repetida, entre legitimidad republicana y monárquica. El segundo momento fue el que Rosanvallon llama el “orden de las capacidades” o de “los diplomados en derecho”, adoptado parcialmente por la Restauración borbónica de 1815 y luego totalmente por la Monarquía de Julio, en 1830, el cual consistía en un sufragio censitario e indirecto de los propietarios notables y mejores contribuyentes del reino. Así se llega al tercer momento: el decreto del 5 de marzo de 1848, que proclamó el derecho al voto directo de todos los franceses mayores de 21 años. Hazaña política y jurídica asociada al nombre de Alexandre-Auguste Ledru-Rollin, quien años más tarde, desde su exilio en Londres, fundaría con Mazzini y Kossuth la primera asociación democrática paneuropea. Rosanvallon se detiene en la paradoja de que este logro de la Revolución de 1848, más que como una ley promotora de la democracia, fuera entendido como un símbolo de cohesión social y política entre los franceses o como una garantía de la fraternidad y no de la libertad. Louis Blanc, Victor Hugo, George Sand, Jules Ferry, Léon Gambetta y otros intelectuales republicanos celebraron en el sufragio un Arca de la Alianza que refrendaba la unidad nacional, en vez de una norma que posibilitaría el pluralismo político. De ahí que Rosanvallon atisbe un “hilo antiliberal” e, incluso, “antidemocrático” en esa comprensión del sufragio que luego se incorporará al Segundo Imperio y a la Tercera República. La razón de esta paradoja tiene que ver, según Rosanvallon, con la naturaleza revolucionaria de la modernidad política en Francia. A mediados del siglo XIX, Gran Bretaña había alcanzado el voto universal masculino por medio de una evolución jurídica de los antiguos derechos electorales. Francia, en cambio, llegaba al mismo punto tras una desgarradora fractura social. Esto provocó que la cultura francesa hiciera del voto universal y directo un emblema de paz y concordia que acabaría para siempre con las inveteradas guerras civiles. Después de la guerra franco-prusiana y la Comuna de París, dos estremecimientos en el mismo año de 1871, el sufragio comenzó a ser identificado con la forma republicana de gobierno, reforzando así su sentido armonizante. Hasta los enemigos conservadores o monarquistas de esa institución, como Ernest Renan o Gustave Flaubert, la cuestionaban no sólo por amenazar el liderazgo de la aristocracia, sino por su voluntad de erigirse en símbolo nacional. Renan, por ejemplo, decía que “el sufragio universal es como un montón de arena, sin coherencia ni relación fija entre los átomos”. Esta simbología Electre_2-07-041785-9_9782070417858unificante del sufragio en Francia, secuela de un republicanismo vencedor, es, según Rosanvallon, uno de los factores que explican la tardía formación de un sistema de partidos y la resistencia a reconocer los derechos políticos de las mujeres. No es hasta 1944, cuando cae Pétain y casi un siglo después de la renuncia de Guizot, que se extiende el sufragio a la población femenina. Rosanvallon dedica a este tema un enjundioso capítulo, cuyo argumento central es la dificultad del republicanismo francés para concebir a la mujer como sujeto individual de derechos políticos. Aunque es un libro histórico, centrado en el siglo XIX, La consagración del ciudadano aborda temas del pasado reciente, como la ampliación del sufragio a los franceses y francesas mayores de 18 años en 1974, y hasta roza algunas cuestiones del futuro inmediato. Una de ellas es el desgaste de las religiones civiles que, en los dos últimos siglos, han sostenido el patriotismo de las repúblicas modernas. Rosanvallon, desde el título hasta la conclusión del libro, advierte sobre el doble proceso cultural que el sufragio desata en Occidente: la laicización de lo político y la sacralización de lo cívico. ¿Cómo afrontarán los Estados del siglo XXI el reconocimiento de derechos (¿civiles, sociales, económicos, políticos…?) de actores tan sorprendentes como el paisaje, los animales, la infancia o los locos? ¿Qué tipo de civismo, republicano o democrático, podrá sensibilizar a ciudadanías cada vez más cosmopolitas o transnacionales? Dilemas que perturban el descanso de cualquier lector suspicaz de La consagración del ciudadano.

[Rafael ROJAS. “”La consagración del ciudadano” de Pierre Rosanvallon”, in Letras Libres (México), febrero de 2000]

✍ Imperios del mundo Atlántico. España y Gran Bretaña en América, 1492-1830 [2007]

Libro_Imperios_del_mundo_atl_ntico._Espa_a_y_Gran_Breta_a_en_Am_rica_1492_1830_La carrera académica del historiador inglés sir John H. Elliott ha sido larga, cercana ya al medio siglo. Elliott (Reading, 1930) es, sin duda, uno de los mejores historiadores del imperio español y de la Europa que lo dominó y dividió en los siglos XVI y XVII. Sus primeros estudios datan de los años sesenta: La Revuelta de los catalanes y La España imperial, 1469-1716 (ambos de 1963); La Europa dividida, 1559-1598 (1968) y El viejo y el nuevo mundo (1970). Esta veta continuó con varios estudios, entre los que destaca su magistral biografía del poderoso Conde-Duque de Olivares, de 1986, complementada con un estudio biográfico comparativo, Richelieu y Olivares (1984). Elliott fue catedrático de la Universidad de Cambridge y, a partir de 1967, del King’s College de Londres; en 1973 cruzó el Atlántico y ocupó una cátedra en la Universidad de Princeton, hasta 1990, cuando regresó a Inglaterra, a la Universidad de Oxford. Su estancia en Estados Unidos le dio la idea de ampliar sus estudios al continente americano, avanzar hasta comienzos del siglo XIX y estudiar los desarrollos paralelos de los imperios español e inglés en América. El extenso libro Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830) fue el magnífico resultado de ese esfuerzo. Se trata de un ejercicio de historia comparativa entre los dos más grandes dominios europeos en América: el español y el inglés (quedan excluidos los dominios portugués y francés). Elliott consultó una bibliografía muy amplia y actualizada, y la aprovechó con sensibilidad, sabiduría y equilibrio. Organizó su material temáticamente, lo que le dio oportunidad de ofrecer narraciones paralelas y entremezcladas que permiten aprehender cada momento en sí mismo, “en sus propios términos” y no de acuerdo con conceptos generales preestablecidos, estereotipos que se han enquistado como características supuestamente esenciales de los imperios español e inglés, derivadas de sus siglos de enemistad y de la resultante “leyenda negra”. Elliott se dedica a derribar esa perspectiva teleológica de las historias hispana e inglesa de América según la cual el fracaso económico de una y el éxito de la otra se debieron a rasgos propios de cada pueblo: los españoles flojos y católicos, tradicionales y corruptos; los ingleses laboriosos y protestantes, modernos, capitalistas y democráticos. Estos estereotipos calaron hondo en las conciencias, y no sólo en Inglaterra. Definieron la “gran dicotomía americana” que provocó el “trauma” de la historia de México, para utilizar las expresivas palabras de Edmundo O’Gorman (1). Es por ello que el libro de Elliott es tan importante para el lector mexicano: lo cura de su “trauma” al explicarle, paso a paso, por qué ocurrió lo que ocurrió y por qué no ocurrió lo que no ocurrió. Resulta de enorme utilidad ver las cosas con detenimiento y sin pasiones: qué pasó en México que fue tan diferente de lo que pasó con nuestro vecino del norte, que resultó ser nada menos que el país más poderoso del mundo, expresión de todas las virtudes y los defectos del capitalismo. No es poca cosa, entonces, ser México; no es poco orgullo, y libros como el de Elliott nos ayudan a “conocernos a nosotros mismos” para pensar bien qué queremos seguir siendo y qué queremos dejar de ser. En cierto sentido puede decirse que Imperios del mundo atlántico es el mejor libro de historia sobre el México colonial, porque al marcar las similitudes y diferencias entre las dos Américas contribuye a romper el hechizo que ha consistido en escribir casi siempre la historia de México en sí misma, de manera aislada, de tal modo que por muy bueno que sea cada estudio sólo alcanza a afirmar la aporía de que la historia de México es como la historia de México. Imperios del mundo atlántico está dividido en tres grandes partes, que son en realidad –con estos u otros nombres– las tradicionales en los estudios de este periodo: Ocupación, Consolidación y Emancipación. Cada parte consta, a su vez, de cuatro capítulos. El procedimiento es básicamente narrativo y Elliott va mezclando, de manera inteligente, las historias de uno y otro imperio, señalando similitudes y diferencias. En la primera parte, sobre los primeros tiempos de ambos imperios, compara procesos alejados en el espacio y el tiempo, puesto que Colón llegó a las islas en 1492 y Cortés a México en 1519, mientras que el capitán inglés Christopher Newport arribó a la costa noreste de América a comienzos del siglo XVII. En la segunda y tercera partes Elliott procura ceñirse a la comparación de procesos y situaciones simultáneas en el tiempo, de modo que se refuerce la comprensión de las diferencias y se ilustren acontecimientos de todo tipo en una significativa escala atlántica, tan americana como europea. Mientras la segunda parte ofrece una serie de frescos sobre la vida en ambos imperios en el “largo siglo XVII”, la tercera se ocupa de los problemas en el siglo XVIII que condujeron a las independencias de ambas colonias, las cuales sucedieron con más de treinta años de diferencia y que Elliott busca entender en cuatro apasionantes capítulos. Elliott deja para el epílogo una magistral, elegante e incisiva recapitulación que permite ver con lucidez aquello que fue determinante en el proceso, aquí y allá. Al mismo tiempo demuestra que este desarrollo pudo haber sido muy diferente, dependiendo del simple azar (2). Más que nunca es cierto el título del poema de Mallarmé, Un coup de dés jamais n’abolira le hasard. Sucedió en el mundo lo que sucedió, pero todo pudo haber sido distinto si el azar (la belleza de Cleopatra) así lo hubiera querido. En los años anteriores a su gran travesía de 1492, Colón solicitó apoyo a Enrique vii, rey de Inglaterra, para realizar su viaje de descubrimiento a “las Indias”, apoyo que no recibió. De hecho, tampoco lo apoyó en un primer momento Isabel la Católica, reina de Castilla, ocupada en la guerra de Granada. Sólo cuando esta ciudad cayó Isabel decidió financiar, tras múltiples vaivenes, el viaje que le dio a España el controvertido monopolio de América por más de tres siglos. Por este simple hecho, Hispanoamérica fue conquistada por los españoles y no por los ingleses. Por un azar, México fue Nueva España y no Nueva Inglaterra. ¿Qué más hubiera sido diferente? Elliott esboza algunas ideas a partir de esta pregunta contrafactual, ideas que se podrían extender a otro libro en un ejercicio semejante al de Roger Caillois, quien, con la maestría de Borges y Bioy Casares, escribió la historia del mundo entero partiendo de la posibilidad de que Poncio Pilatos hubiera decidido, por un acto de conciencia, conmiseración o simple azar, no condenar a Jesucristo. Entre otras cosas no habría habido cristianismo. Pero sucedió lo que sucedió, y Colón incorporó las Indias al imperio español. Elliott encuentra que, en última instancia, la diferencia fundamental entre ambos imperios estriba en quiénes llegaron primero y quiénes después, los first comers y los second comers. Llegar primero, señala, supone tantas ventajas como dificultades, posibilidades de error y ventajas que acaban siendo desventajas. Llegar en segundo lugar presenta desventajas que acaban siendo ventajas que acaso se tornen en desventajas. Los españoles llegaron primero y encontraron dos grandes civilizaciones, Mesoamérica y los Andes, con abundante población disciplinada en el trabajo y en la vida, y con muy ricas minas de oro y plata. Pese a la catástrofe que significó la Conquista para la población india, los pueblos de indios conquistados fueron cristianizados e integrados a un sistema de dominio y explotación que enriqueció a los empresarios y funcionarios españoles, financió grandes obras públicas y de defensa y provocó que una gran cantidad de oro y plata llegara a las arcas reales, cantidad que representaba entre el 15 y el 20 por ciento de los ingresos de la Corona. Pero este oro se usó para la guerra y el fasto, y sólo un poco para estimular actividades productivas en España. Los ingleses llegaron un siglo después y encontraron en la costa noreste de América una población indígena poco sedentaria, diezmada ya por las epidemias del Viejo Mundo y sin oro ni plata. Los indios no fueron incorporados a un sistema de integración política y económica. En un primer momento hubo intentos de cristianizar y educar a los indios, y un colegio en Harvard fue el equivalente angloamericano del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Pero los puritanos ingleses eran más bien rígidos y exigían a los indios vestir como ingleses y cortarse el cabello. Estos esfuerzos fracasaron y lo que prevaleció fue la separación entre ingleses e indios, relegados y excluidos de las colonias inglesas, y una situación de miedo y hostilidad mutua que se exacerbó en el genocidio del siglo XIX. Al no tener indios ni minas de oro y plata que explotar, los ingleses y europeos se dedicaron a crear con su propio trabajo réplicas utópicas del Viejo Mundo en América. Al igual que los españoles, trajeron negros esclavizados, a los que explotaron sin piedad, con mayor dureza que en Hispanoamérica, donde la suerte de los africanos fue menos brutal y donde estos se mezclaron con españoles e indios en un rico mestizaje. Cerradas para los indios y los negros, las trece colonias crecieron con la migración de ingleses y otros europeos, atraídos por un país inmenso que permitía enriquecerse a la gente con su propio esfuerzo, dueño de un sistema representativo, y en un ambiente de relativa libertad religiosa, austeridad y laboriosidad favorable para el desarrollo económico. En este punto es muy notable el influjo de la diferencia temporal: Colón llegó a América en 1492 y España organizó su imperio de acuerdo con los criterios medievales del momento; este sistema político, económico, social y religioso siguió prevaleciendo, con pocos cambios, hasta el siglo XVIII, cuando los Borbones trataron de sacudirse el orden tradicional y adoptar uno más moderno. Inglaterra, por su parte, llegó a Norteamérica a comienzos del siglo XVII, precisamente el siglo de la Revolución inglesa, lo que favoreció la implantación en América de un sistema de representación democrática. También en el siglo XVII empezaron a cambiar las nociones acerca de la economía, lo que permitió un sistema de libertad económica. Y se produjeron la Revolución científica y la Revolución industrial, mientras que en España el Tribunal de la Santa Inquisición se dedicaba a prohibir la publicación e importación de libros “peligrosos” y hasta la lectura de la Biblia en español (en cambio, en los dominios ingleses la lectura de la Biblia del Rey Jaime fue un poderoso estímulo para la alfabetización y la lectura). Pero el hecho es, como lo notó Adam Smith en 1776, que el imperio inglés no era un verdadero imperio, porque nada o muy poco aportaba a la Corona, y más bien le costaba, sobre todo en gastos de defensa. La Guerra de Siete Años (1756-1763) entre España e Inglaterra condujo a ambos imperios a explotar más a sus colonias mediante la vía tributaria con el fin de fortalecer sus ejércitos. El resultado fueron rebeliones y resistencias en ambos imperios. Las rebeliones de las colonias inglesas condujeron de inmediato a la independencia, en 1777, pues los orgullosos ingleses americanos querían seguir siendo tan libres como los de Inglaterra. Las colonias españolas, por su parte, permanecieron controladas y expuestas a una creciente explotación tributaria, hasta las revoluciones iniciadas en 1808 que condujeron a la independencia de casi toda Hispanoamérica. La guerra aquí fue mucho más larga y destructiva, porque el imperio español realmente perdía mucha riqueza al perder a América. Y la falta de una tradición democrática fomentó graves dificultades en los nuevos países independientes hispanoamericanos en el siglo XIX y hasta el presente. Queda esta pregunta: ¿qué hubiera pasado si los ingleses hubieran llegado primero a América? Probablemente también hubieran organizado un sistema económico, político y religioso medieval. En lugar de excluir o exterminar a los indios, los hubieran integrado en un sistema económico y político semejante al español, que por cierto se designa con la expresión inglesa indirect rule. Tal vez, conjetura Elliott, el exceso de oro y plata mexicanos y peruanos que hubiera llegado a Inglaterra en el siglo XVI habría provocado una baja de las actividades productivas, el mantenimiento de una visión mercantilista y una solución de los problemas políticos que hubiera evitado la Revolución inglesa del siglo XVII y mantenido una monarquía severa y orgullosa. Acaso, entonces, no hubiera habido Revolución industrial en el siglo XVIII o, más bien, se hubiera producido en otra parte y de otro modo. Si los ingleses hubieran conquistado México y Perú en el siglo XVI, y si unos españoles hubieran viajado a la costa este de Norteamérica a comienzos del siglo XVII, estos últimos habrían encontrado una población india escasa, no explotable, y nada de oro. Muchos se hubieran regresado, pero muchos también se habrían quedado.

(1) Edmundo O’Gorman, México. El trauma de su historia, México, UNAM (Coordinación de Humanidades), 1977. Léase el comentario de Enrique Krauze, “Mascarada histórica”, en Caras de la historia, México, Joaquín Mortiz, 1983, pp. 44-51. (2) Una versión del epílogo de Imperios del mundo atlántico, en traducción de Mauricio Montiel Figueiras, fue publicada en Letras Libres, 61, octubre de 2006.

[Rodrigo MARTÍNEZ BARACS. “Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América , de John H. Elliott”, in Letras Libres (México), noviembre de 2008]

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