Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ El moderno sistema mundial (I). La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo en el siglo XVI [1974]

9788432303425Immanuel Wallerstein es uno de los teóricos marxistas actuales que más han hecho por revitalizar, replanteándolo, el materialismo histórico. El libro que comentamos contiene una investigación minuciosa, basada en la obra de historiadores afamados (como Michael Postan, Pierre Chaunu, Marc Bloch, E. A. Kosminsky, A. D. Lublisnkaya, Fernand Braudel, etc.) acerca de la constitución de las formaciones económico-sociales burguesas europeas desde fines del siglo XV al siglo XVII. Resulta, por tanto, una obra capital para entender el problema de la transición del feudalismo y la formación del Estado burgués. Antes de entrar en una descripción más detallada del libro, vamos a describir y a valorar el método seguido para orientar la investigación desde un punto de vista general. El autor asegura en repetidas ocasiones, que su procedimiento consiste en acumular lo que el traductor llama la «evidencia» empírica (es decir, las pruebas, el material empírico), para formular luego tesis teóricas. Sin que esta observación desmerezca en absoluto los muchos méritos del libro, lo cierto es que las pruebas empíricas se limitan a ser una acumulación de material de segunda mano, mientras que las tesis teóricas van surgiendo a lo largo de toda la obra de forma que, cuando se llega al final, es escasa la importancia específica y la faceta innovadora de tales tesis. Se trata aquí de un fenómeno curioso, relativamente frecuente entre los autores marxistas: no son verdaderos historiadores, historiadores en el sentido tradicional de la expresión, sino que son teóricos que ilustran actitudes metodológicas con referencia más o menos afortunada (más en este caso) a la labor de historiadores. De cualquier forma, la obra de Immanuel Wallerstein resulta convincente desde el punto de vista del empleo del material histórico («empírico»). Wallerstein argumenta que, a fines del siglo XV y comienzos del XVI, surge en Europa lo que él llama una «economía-mundo», como forma distinta del imperio, de las naciones-estado y de las ciudades-estado, puesto que los comprendía a todos. La «economía-mundo» es, por tanto, un concepto político (difuso) y económico (concreto). En este contexto de la economía-mundo (organizada tras la expansión europea de 1150-1300 y la posterior contracción de 1300 a 1450), surge el Estado-nacional europeo merced a la aparición de una burocracia centralizada, al fortalecimiento de la maquinaria central, a la aparición de los ejércitos permanentes y a la sustitución de la caballería por la infantería. Fenómeno de interrelación dialéctica, ya que, al hacerse más fuerte el Estado, se hizo más rentable la política de manipulación monetaria. Tales son los prolegómenos. En 1450, pues, el escenario estaba listo para la representación de la obra de la modernidad en Europa. Lo que Immanuel Wallerstein relata a continuación es la historia del ascenso y del hundimiento de España y de su Imperio, así como la traslación de fuerzas y límites en Europa, de forma que, hacia 1650, doscientos años después, están ya firmemente establecidas las zonas de «centro» (Inglaterra, Holanda), semiperiferia (Italia, España), periferia (Turquía, Rusia) y la «arena exterior» (Indostán y otras zonas no integradas en los circuitos comerciales europeos). En esta labor de situar todos los elementos que intervienen en la representación de la modernidad, hay también una aportación del autor a la venerable polémica acerca de la especificidad del capitalismo en Occidente. Recurriendo a Max Weber, cosa por otro lado, absolutamente obvia, pero insólita entre los autores marxistas, Immanuel Wallerstein establece las diferencias entre las dos formas de entender la crisis de la autoridad imperial en Occidente y en Oriente: feudalización y prebendalización; la primera supuso el desmantelamiento de la estructura imperial, mientras que la segunda (típica de Oriente) la mantuvo. La feudalización distribuía el poder y los ingresos entre terratenientes cada vez más autónomos, ligados a un cierto campesinado, mientras que la prebendalización los distribuía en un estrato con las dimensiones del Imperio, no ligado a zonas locales, semiuniversal en su reclutamiento y dependiente del favor del centro. Los caracteres de esta economía-mundo, establecida desde30493 1450 a 1650 pueden entenderse, a los efectos de síntesis en esta exposición, agrupados en dos grandes sectores: económico-sociales y político-jurídicos. Entre los económico-sociales, señala Immanuel Wallerstein la expansión comercial europea de la época (paralela a una expansión demográfica) y la llegada de los metales preciosos a Europa, procedentes de América, metales preciosos que contribuyeron a mantener altos los precios (incluso generaron inflación como medio para redistribuir la renta), bajando el tipo de interés y, en consecuencia, los salarios reales. Hay una división social del trabajo absolutamente característica de la época: la periferia (América del Sur y Europa Oriental) utiliza mano de obra esclava o vinculada en la «segunda servidumbre» en el caso de Europa Oriental; el centro evoluciona hacia la mano de obra «libre», asalariada, mientras que la semiperiferia desarrolla una figura intermedia, que es la aparcería. El segundo sector, el político-jurídico, hace referencia al surgimiento del Estado absoluto. Los reyes utilizaron cuatro mecanismos para establecer el absolutismo: burocratización, monopolización, creación de legitimidad y homogeneización de los súbditos. El autor aborda aquí algunas de las polémicas más características en relación con el absolutismo, entre las que se cuenta, sobre todo, la del carácter específico del absolutismo por referencia al feudalismo. En último término, el autor suscribiría el parecer de Takahashi, Christopher Hill, Kiernan, Molnar y Porschnev, para los cuales, en realidad, el absolutismo es un medio de contrarrestar la crisis del feudalismo. Tras haber sentado las bases conceptuales, por así decirlo, sobre las cuales va a operar el análisis de Immanuel Wallerstein, éste se concentra en los aspectos históricos más claramente dinámicos: el hundimiento del Imperio español y el ascenso de Holanda. Se pregunta el autor si hubiera sido posible la supervivencia del Imperio organizándolo de otro modo, a lo que no queda sino dar una respuesta negativa: la base impositiva (Castilla) era muy restringida; la administración del Imperio fue desafortunada, creándose «subimperios» que fueron responsables en gran medida del fracaso de España. Paralelamente a este hundimiento del Imperio español se da el ascenso de los Estados fuertes del centro europeo (España estaba condenada a pasar, primero, a la semiperiferia y, luego, a la periferia): Inglaterra y Francia, constituidos como Estados 4153098E5HLnacionales firmes, a partir de la revolución del siglo XVII en un caso y de las guerras de religión del XVI en el otro. La configuración definitiva de la economía-mundo del siglo XVII viene dada por la crisis del siglo XVI: recesión económica de 1590, recesión mayor en 1620 y golpe de gracia en torno a 1650. Lo que no forma parte de la economía-mundo en 1650 ya no la formará en el futuro. A partir de aquí quedan dibujados los cuatro sectores antes mencionados (centro, semiperiferia, periferia y «arena exterior»), que van a determinar sustancialmente toda la evolución europea posterior. El sistema de la «economía-mundo» que de aquí surge, «es un sistema social, un sistema que posee límites, estructuras, grupos, miembros, reglas de legitimación y coherencia. Su vida resulta de las fuerzas conflictivas que lo mantienen unido por tensión y lo desgarran en la medida en que cada uno de los grupos busca eternamente remodelarlo para su beneficio». Con esto, finalmente, quedan dibujadas una serie de constantes —unas de más valor que otras— que condicionan todo el desarrollo posterior, hasta la Edad Contemporánea: la necesidad del Estado con un fuerte aparato de Estado, basado en la burocracia, en los ingresos fiscales y en el ejército; el protestantismo como religión del Estado en el centro de Europa, mientras que el catolicismo pasaría a ser la religión en la periferia. En resumen, un libro penetrante —si no siempre extraordinariamente claro en su exposición— acerca de uno de los temas más importantes de la historia política y de la teoría del Estado: el de la formación del Estado moderno. Un interés especial, por añadidura, le presta la consideración de que se trata de un estudio profundo sobre el problema de la transición de un modo de producción a otro; estudio que no establece, lógicamente, una teoría general de la transición, pero que sí proporciona datos y puntos de vista que se orientan hacia la posible constitución de una tal teoría.

[Ramón GARCÍA COTARELO. “Recesión bibliográfica”, in Revista de Estudios Políticos, nº 12, noviembre-diciembre de 1979, pp. 223-226]

➻ Gabriel Monod [1844-1912]

555_1148_image_ens_monod-2Desde su nacimiento en una familia protestante, pasando por la calle de Ulm y la agregación de historia (primero en 1865), el cursus de Gabriel Monod hizo pronto de él una de las esperanzas de la historia de Francia. Pero llegó a ser mucho más que esto: uno de los padres de la nueva historia. Fascinado por el descubrimiento de universidades, erudición y crítica alemanas, al salir de la agregación, es el hombre de la situación cuando Víctor Duruy crea en 1868 la École Pratique des Hautes Études. En la IVª sección va a introducir los enfoques y los métodos de los seminarios alemanes, como el de Waitz, que había seguido en Göttingen. Luego, en la Revue historique, que funda en 1876 en compañía de un archivero, Fagniez, intenta fundir en un mismo enfoque la tradición de los historiadores «literarios» y la de los «eruditos» (de Mabillon a los chartistes). Esa ciencia histórica francesa renovada debe responder al reto científico de la Alemania que Monod admira y ama tanto. Su programa de 1876 le confiere el papel de un padre fundador de la historia «positivista»; se trata, mediante la crítica, de cribar los hechos que servirán para la construcción ulterior de la síntesis histórica. Hipótesis y generalizaciones diferidas para las calendas griegas, la historia vista por Monod en 1876 parece hacer de él la encarnación del método según Langlois y Seignobos (Introduction a la méthode historique, 1897). Este programa se ha convertido en dogma estereotipado cuando, en 1926, el director de la Revue historique, Ch. Pfister, escribe con motivo del cincuentenario de la revista: «No tenemos, en absoluto, un nuevo programa que formular». Al cabo de medio siglo, el proyecto de Monod se ha convertido en la ortodoxia del oficio de historiador. Pero ese retrato a grandes rasgos no refleja la complejidad y las contradicciones de un hombre que fue muy diferente. En primer lugar, los grandes textos programáticos de Monod no excluyen el recurso a la hipótesis ni las síntesis que deben ser el coronamiento de los estudios «circunscritos y positivos» de la Revue historique. Descubriendo las trampas del anacronismo psicológico antes que Lucien Febvre, asesta un golpe a los excesos de la especialización erudita más allá del Rin y en Francia, hablando de micrografía histórica. Su obra personal, con frecuencia dejada de lado en provecho de su enseñanza en la EPHE o en el Collège de France (1906), no entra siempre en los cánones de la erudición que preconizó, como lo prueban sus lecciones sobre Michelet. Discípulo de este último, le profesa una admiración que unos alumnos que aplican mecánicamente sus preceptos están lejos de compartir. Al contrario, esta pasión común le une a Febvre, cuya tesis dirige. En fin, ese obseso de la imparcialidad, ese despreciador de la historia inmediata, no duda en entrar, en nombre de la historia y de sus métodos críticos, en el combate dreyfusard, al precio de una ruptura dolorosa con Fagniez. Acantonado en la periferia -EPHE, Collège de France- de una Sorbona que sus epígonos colonizan, Gabriel Monod ofrece la imagen de un espíritu roto entre el rigor de un método que salvaba a la historia del romanticismo y la sed de una ciencia que explicaría la totalidad del pasado de las sociedades humanas.

[Olivier DUMOULIN. “Gabriel Monod”, in André BURGUIÈRE (edit.). Diccionario de ciencias históricas. Madrid: Akal, 1991, pp. 498-499]

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