Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ La ciencia de la escritura. Primera lección de Paleografía [2004]

ciencia-de-la-escritura-primera-leccion-de-paleografiaLa bibliografía en español sobre las nuevas orientaciones de la Paleografía ha comenzado a saldar, en pocos años, aunque sea parcialmente, su impostergable deuda con Armando Petrucci. La actualización comenzó a partir de la publicación, en 1999, del libro Alfabetismo, escritura, sociedad (Barcelona, Gedisa), prologado por Roger Chartier y Jean Hébrard, en el cual se agruparon las más importantes contribuciones de Petrucci en el amplio campo del estudio de la civilización manuscrita, impresa y virtual. Esta actualización ahora se consolida, inequívocamente, con la aparición de La ciencia de la escritura: primera lección de Paleografía, un texto vital e imprescindible para comprender su lúcido y original pensamiento en el ámbito de la Historia de la Cultura. Es importante, no obstante, trazar una breve semblanza de Armando Petrucci para comprender la importancia de sus contribuciones. Nacido en Roma, en 1932, luego de una vida dedicada a la investigación y a la enseñanza, en la actualidad se desempeña como profesor de Paleografía y Diplomática en las universidades de Palermo y Roma. Desde 1992 también ejerce funciones académicas en Pisa y, siempre dentro de una dedicada labor pedagógica, ha sido profesor en las principales universidades internacionales. Ha escrito numerosos ensayos sobre su especialidad, los que fueron traducidos a varios idiomas. Su ingente actividad docente se complementa en el área de la edición de publicaciones periódicas, pues está a cargo de la dirección de Scrittura e civilità. Su sólido prestigio, además de la amplia difusión de sus artículos, se debe, entre otros aportes, a la publicación de varios libros fundamentales: Libri, scrittura e pubblico nel Rinascimento: guida storica e critica (al cuidado de A. Petrucci. Roma-Bari, 1979), La scrittura: ideologia e rappresentazione (Turín, 1986), Scrivire e no: politiche della scrittura e analfabetismo nel mondo d’oggi (Roma, 1987) y, fundamentalmente, La scritture ultime: ideologia della morte e strategie dello scrivere nella tradizione occidentale (Turín, 1995). Dentro de esta apretada síntesis es necesario recordar, sin duda, los trabajos fundamentales que ha redactado para la extraordinaria obra que fue la edición de Letteratura italiana. (Turín, 1983, 1985 y 1988). Por otra parte, y este punto es muy significativo, los más importantes estudiosos de la moderna historia de las prácticas lectoras, tales como Roger Chartier, Robert Darton y Carlo Ginzburg, han reconocido su influencia decisiva en el análisis de esta temática. De modo que la publicación en español de La ciencia de la escritura no sólo salda, tal como comentábamos en el inicio, una deuda con uno de los maestros de la “nueva Paleografía” sino que constituye, por añadidura, la oportunidad para conocer los últimos avances de esta disciplina. Sin embargo, su mayor mérito radica en que se trata de un escrito signado por la experiencia y la madurez de su autor. La ciencia de la escritura es, fundamentalmente, un libro que sintetiza, en una prosa sencilla y despojada, la vasta experiencia de Petrucci como animador e intérprete de las más complejas representaciones de la Historia de la Escritura, tanto manuscrita como impresa. La oportunidad es única, pues el lector tiene la ocasión de acceder al mundo de la Paleografía desde una mirada inmersa en el desarrollo comunitario de la escritura y de la lectura. Esta disciplina se convierte, prácticamente, bajo la mirada de Petrucci, en una ciencia social de primera línea, pautada, en todo momento, por una visión humanista y ampliamente solidaria con las formas y los modos de escribir que hicieron al hombre un ser gregario. Empero, el autor no desarrolla una visión idílica de las prácticas de apropiación de la cultura, por el contrario, para él este universo se encuentra fuertemente pautado por las ideologías y por los desplazamientos de clase. En cierto sentido, Armando Petrucci es uno de los pensadores que más se ha inclinado por los temas sociales y políticos dentro de la nueva Historia Social de la Cultura. De ahí subyace su interés por lo antiguo (civilización manuscrita e impresa) y por lo moderno (civilización virtual o electrónica) ya que para él todas las formas de expresión textual, cualesquiera sean sus soportes, son medios donde se debaten los diversos modos de la lucha por el poder y por la presencia social. Pero dentro de este contexto se presenta una pregunta: ¿cómo estructura Petrucci, en La ciencia de la escritura, su pensamiento paleográfico? Desde un comienzo, en las páginas preliminares de la presentación, Petrucci brinda los lineamientos teóricos y prácticos que constituyen la base fundacional de su obra y que, paradójicamente, también se estructuran a través de preguntas que él considera básicas para analizar un texto escrito. Estas preguntas se identifican con las palabras siguientes: ¿qué? (en qué consiste el texto escrito), ¿cuándo? (la época de su redacción), ¿dónde? (zona o lugar de su ejecución), ¿cómo? (con qué técnicas, instrumentos y materiales se confeccionó), ¿quién lo realizó? (ambiente sociocultural de su ejecutor), y ¿para qué fue escrito ese texto? (cuál era su finalidad específica, tanto ideológica como social). La totalidad de los breves y sustanciosos capítulos que forman el libro están, entonces, destinados a contestar e ilustrar estos requerimientos. Los temas abordados son: 1. Los lugares y los espacios, 2. Escribir y no, 3. Poder versus libertad, 4. Tipologías y funciones, 5. Técnicas y modos, 6. Escribir a, 7. Textos escritos, textos perdidos, textos recuperados, y 8. Escribir y conservar la memoria. Es así como por intermedio de su cosmovisión de lo que debe ser la nueva y desacartonada Paleografía (es decir, la ciencia de la escritura) desfilan, a lo largo de estos capítulos, la totalidad de las “textualidades” que ha producido la humanidad, tales como las inscripciones funerarias, los afiches, la correspondencia, los tatuajes, las cuentas de gastos de los comercios, los libros, y otros tipos de escritos. Pero rescatados desde la cotidianidad social de los procesos y prácticas de uso en la confección de esos registros, en donde Petrucci señala las desigualdades en su acceso y manipulación, aunque siempre presentes en todos los sectores de las sociedades de cada época. De modo que la manera de ejercer las representaciones de la escritura se transforma, indudablemente, en un marco en el cual se presentan la libertad y las formas de relacionarse con el poder. Para Petrucci lo realmente importante es acceder a las “expresiones escritas” desde todos los ángulos posibles y, por ende, no precipitarse en una historia en donde se confrontan las clases de elite y las subalternas, o en donde se persiga, strictus sensu, una historia de “la cultura intelectual”. Por todo ello, la aparición de La ciencia de la escritura se convierte en un acontecimiento editorial de primera importancia y, hasta en sus más mínimos detalles, a modo de corolario en el último capítulo, Armandro Petrucci apunta directamente al corazón de los bibliotecarios, pues afirma, sin reticencias ni remilgos algunos, la correspondencia inevitable que existe entre escribir y saber “conservar” la multiplicidad infinita de los registros confeccionados por el hombre a lo largo de sus civilizaciones textuales.

[Alejandro PARADA. “La ciencia de la escritura: primera lección de Paleografía / Armando Petrucci. Traducción de Luciano Padilla López. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2003. 157 p.”, in Información, cultura y sociedad (Buenos Aires), nº 9, julio-diciembre de 2003]

✍ La sociedad cortesana [1969]

9789681611767El periodo comprendido entre los siglos XII y XVIII podría caracterizarse como el de una lenta transformación de las formas feudales. Entre los rasgos sobresalientes de ese periodo se cuentan la paulatina descomposición de la unidad europea -mantenida durante siglos mediante la supervisión religiosa y política de la Roma Pontificia- y el fortalecimiento del poder real. Esa reestructuración de las relaciones sociales y de sus espacios de poder fue acompañada por la extinción de la vieja y orgullosa nobleza de espada. Los últimos destellos de la sociedad feudal se concretaron en el esplendor de las monarquías absolutas. Esa situación intermedia entre el capitalismo y el feudalismo llevó, a la mayor parte de los investigadores, a estudiar a las monarquías absolutas desde la perspectiva de la transición entre dos épocas. Sin llegar a impugnar estas maneras de encarar el mismo objeto, Norbert Elias lo enfoca desde una perspectiva bastante diferente: lo que él llama “la sociedad cortesana”, y que constituye el centro de interés del libro, será para él una específica configuración social que puede y merece ser estudiada con independencia de su carácter de pivote entre dos épocas. Ella es un objeto en sí mismo. Al mismo tiempo, la diferencia con otros estudios similares radica en la forma de encarar dicho tema. Elías se limita a estudiar a “las cortes”. Es decir, a toda esa organización nobiliaria que se erigía en torno al rey. Apenas están mencionadas, en cambio, las relaciones que se iban estructurando en el territorio bajo domino directo de los reyes (y que ya anunciaban las posteriores fronteras de los Estados nacionales). Algunos de esos personajes que quedaban fuera de la configuración cortesana -los burgueses, por ejemplo- aparecen a veces, pero como sombras que merodean el entorno: la luz se centra en el rey y en los nobles cortesanos. Son ellos, y las relaciones que entre ellos se entablan, lo que será minuciosamente descrito. Sin que nos quede lugar a dudas, los historiadores, o aquellos que sientan interés por los estudios históricos, encontrarán satisfecha su curiosidad. Pero no sólo ellos se verán satisfechos. El libro nos acerca a un periodo importante de la historia europea. Pero también nos provee de los trazos fundamentales de un sistema teórico en el que es rechazada, explícitamente, una concepción de la historia como mero acontecimiento absolutamente irrepetible. Elías comienza justamente su trabajo planteando el tema de las relaciones necesariamente estrechas, entre el enfoque histórico y el enfoque sociológico. De hecho, una de las cosas que sorprende agradablemente durante su lectura es la actualidad del libro que reseñamos. El mismo fue escrito a principios de la década de los 30 y el tema, como vimos remite a la estructuración de lo que ha dado en llamarse monarquías absolutas; es decir, nos remonta a un proceso ocurrido entre los siglos XVII v XVIII. Su actualidad pues, no es el fruto ni de la época en que se escribiera ni del proceso que reconstruye. Su actualidad es la actualidad de una manera de hacer historia y de hacer teoría social. Hace ya un tiempo que los sociólogos (y especialmente los sociólogos de izquierda) han vuelto los ojos y han retomado las líneas principales de una manera de hacer teoría que estuvo vigente en la Europa de los comienzos de este siglo. Nos referimos a aquella época de florecimiento del pensamiento neo-kantiano, entre los que se destacó claramente Max Weber; la época en que se destacaba nítidamente en el pensamiento segundo internacionalista la producción del austro-marxismo, que contuvo a autores de la envergadura de Max Adler. La época de un debate fructífero entre distintas corrientes teóricas y en la que lo predominante, al abordar lo social, era el privilegio teórico atribuido al conflicto. Por entonces, como hoy, las filosofías de la historia estaban en franco y saludable retroceso y aún no se habían impuesto ni las resignadas ni las entusiastas teorías de la integración social. Esos aires están presentes en la forma de teorizar de Elías y, por la pericia con la que afronta la tarea, La sociedad cortesana es un libro de gran interés para todos aquellos que de una manera u otra, se interesan por las ciencias sociales. La decadencia de la antigua nobleza feudal se produjo, como ya es suficientemente sabido, por la confluencia temporal de dos principales series de acontecimientos. Ellos fueron los siguientes: a) un prolongado periodo inflacionario que contribuyó a desvalorizar a todas las rentas fijas de origen feudal; y b) cambios en la tecnología bélica que tornaron inadecuadas a las viejas formas de la guerra en la que los nobles cumplían un papel fundamental. La abundancia de oro y plata provenientes de América y de la explotación de las minas de plata de la Europa Central (reactivada después del descubrimiento de un nuevo método para separar a la plata del mineral de cobre) trajo aparejada una abundancia de metales preciosos que contribuyó a su desvalorización y a un consecuente incremento de los precios. Esa inflación pudo ser sobrellevada tanto por la burguesía como por los reyes pero no por los señores feudales, que tuvieron grandes dificultades para transformar sus rentas en especies en rentas variables en dinero. En esas condiciones, la nobleza fue empobreciéndose. Razones por las cuales se menguaron notablemente sus capacidades para enfrentar los esfuerzos concentradores del poder real. Esas dificultades se incrementaron con la aparición de los cañones de bronce (y la generalización del uso de las armas de fuego en sus diferentes tipos), que tornaron inadecuadas tanto a las armaduras como a las sólidas defensas de02177731z los castillos feudales. Las viejas tropas, conformadas principalmente por nobles que colaboraban con sus propias cabalgaduras y demás pertrechos, fueron reemplazadas con éxito por los ejércitos mercenarios; ejércitos que casi podían ser organizados por los reyes dado su alto costo. Las guerras civiles del siglo XVI, parecieron rejuvenecer en Francia el poder de la nobleza guerrera. Pero éste fue su último momento de esplendor. Las riquezas obtenidas como botín de guerra se extinguieron rápidamente y volvió a predominar la pobreza junto con la creciente impotencia bélica. A diferencia de lo que ocurría con los señores feudales, las fuentes pecuniarias del rey se limitaban a sus rentas feudales. Con el correr del tiempo, la monarquía fue imponiendo su sistema centralizado de recolección de impuestos. Esto permitía un ajuste más rápido y efectivo al ritmo inflacionario y contribuyó a centralizar las riquezas en la corte. Al mismo tiempo, los cargos burocráticos, que se multiplicaron con la centralización del poder, fueron vendidos a los miembros más afortunados del patriciado burgués. Esto último, permitió incrementar aún más las riquezas del poder central y, al mismo tiempo, sirvió para crear una nueva capa de nobles, la nobleza de toga, que les permitió a los reyes limitar su dependencia de la nobleza de espada y crear un equilibrio de poderes en el que salía favorecido. Ante la pérdida de sus fuentes de recursos, la nobleza de espada pasó a depender de las rentas en dinero y de los cargos burocráticos distribuidos graciosamente por el rey. De esta forma, el sujetamiento estaba casi totalmente asegurado pues, si las rentas en especie ligaban a los nobles a la tierra y lo alejaban de la corte, las prebendas reales, que podían serles retiradas a sus beneficiarios de un día para el otro, acercaban a los nobles a la corte real y les ponía como preocupación cotidiana el mantener el favor del rey. El efecto de todo ese proceso de centralización del poder y de reestructuración de los equilibrios sociales posibilitó, al fin, el paso a una nueva configuración social. Elías la llama: sociedad cortesana. Explicar el poder absolutista como el efecto de un equilibrio inestable de poderes no es el aporte que permite destacar la originalidad del estudio de Elías: Engels y Marx ya habían recurrido a esa explicación y continuaron usándola muchos autores posteriores. Tampoco es original el ubicar ese balance entre los polos de una burguesía en ascenso y una nobleza en decadencia. En realidad, el real aporte del autor reseñado comienza a partir de ese punto. Elías se detiene en la compleja estructura de las relaciones surgidas en el seno de la corte. Entrando en el tema desde muy diversas perspectivas, Elías trata de mostrarnos no sólo la típica organización de las cortes sino también la compleja estructura de interdependencias que le son características. Con este propósito parte desde las formas más aparentes en que se expresa dicha configuración para llegar a sus significados más profundos. Entre esas formas más aparentes (aunque no por ello más conocidas por los teóricos sociales), Elías estudia el carácter y la disposición de las estructuras habitacionales; la vivienda es presentada en su aspecto de manifestación espacial de aquellas específicas relaciones sociales. Cada uno de los diversos tipos de construcción expresaba, con rigurosidad, las rígidas estratificaciones de poder y de prestigio que articulaban a la configuración cortesana: entre los “hoteles” y los “palacios” se extendía una amplia gama de construcciones, cada vez más extensas y lujosas, que expresaban estrictamente el lugar en que se encontraban sus habitantes en la jerarquía de estatus y de prestigio. Esa misma relación típicamente cortesana vuelve a manifestarse en las formas de la “etiqueta” y del “ceremonial”; ambos, “símbolos y medios de expresión de las diferencias de rango y de poder” y, en esa medida, actuados con refinada rigidez y solemnidad. Ese mismo estudio le sirve al autor para mostrar más de cerca qué tipo de personajes eran tanto los nobles como los reyes y la manera en que se fue organizando la relación entre ellos. Una vez cerrada la etapa en que la nobleza feudal confirmaba sus derechos estamentales mediante su propia fuerza bélica y económica, la nobleza comenzó a vivir en la corte. Fuera de ella, lo que inexorablemente le aguardaba era una vida de pobreza acompañada, en el mejor de los casos, por el recuerdo de antiguas glorias. Recuerdos que no alcanzaban a balancear el prestigio y las riquezas crecientes de los diferentes sectores de la burguesía. Por eso es que Elías puede decir de ellos: “No asistían a la corte porque dependían del poder del rey, sino que seguían dependiendo del rey porque sólo continuando en la corte y viviendo en la sociedad cortesana podían conservar aquella distancia respecto a todos los demás, de la que dependía la salvación de sus almas, su prestigio como aristócratas cortesanos y, en una palabra, su existencia social y su identidad personal”. Una vez creada, la corte se reproducía como un espacio sin salida; fuera de ella crecía una nueva sociedad. Entender el sistema de interdependencias propio de la corte supone comprender la singularidad del “ethos” cortesano, bien diferente del “ethos” que se estaba forjando en las ciudades. En el primero, aunque las bases de los diferentes símbolos de prestigio pudiese tener valor económico, éste no significaba para los cortesanos una estricta acumulación de riquezas (que en cualquier momento podían dilapidar) sino principalmente una concentración de prestigio. En la corte,lo que se intercambiaba, envidiaba, evaluaba y jerarquizaba, eran la estima y el prestigio. Solamente aceptando esa idea es que uno puede introducirse hoy en el sentido de los diversos juegos e intercambios cortesanos. Solamente así se puede entender el estricto control mutuo a que todos se sometían; en el que cada quien observaba y evaluaba detenidamente la vida de todos los circundantes; en el que se medían las respectivas situaciones de prestigio y mediante el cual cada uno alteraba su conducta en relación a los otros tratando de lograr un ascenso en el prestigio personal o en el favor real, transformándolo todo en objeto de la propia manipulación. Aunque la competencia no era estrictamente monetaria sino de prestigio, la lucha no era menos cruel y despiadada; en ella lo importante era ocultar y dominar los afectos y los propios impulsos; lo que estaba en juego era el posible ascenso pero también el peligro de la desgracia imprevista, por esto lo importante era actuar en el momento y con la actitud acertada, ocultando siempre el propio motivo de la acción para evitar cualquier trampa y poder tenderlas. En ese extremado sentido del cálculo, Elías sitúa una de las fuentes del racionalismo de la llamada ilustración, en combinaciones diversas con el racionalismo de los burgos. La corte es un complejo sistema de oposiciones. El rey era el árbitro inapelable en esas pugnas. Pero también contribuía a que ellas se sostuvieron pues de 51ZHrsxZkML._SL500_AA300_ellas dependía en gran medida la indiscutibilidad del poder. Luis XIV fue el prototipo más definido de un rey absoluto y cortesano. Por ello, es a su estudio que Elías dedica la parte fundamental de :;u libro. Luis XIV llegó al reinado en el periodo en que la sociedad cortesana ya se había constituido en lo fundamental; por ello, el joven rey debió dedicarse casi exclusivamente a consolidarla. Sus cualidades personales, apagadas en muchos otros aspectos, fueron sumamente adecuadas para esa tarea de consolidación de la configuración social en la que él ocupaba el lugar más elevado. Es en esa relación entre cualidades personales y las exigencias de un papel social en el interior de una cierta configuración, donde se pone en juego uno de los postulados teóricos principales de Elías. La relación individuo-sociedad es presentada como la relación de ciertos hombres, con determinadas aptitudes y limitaciones, y una circunstancia social, una estructura de relaciones, que determina los límites tanto de sus oportunidades como de sus obligaciones. En cada configuración social, son ciertas aptitudes las que se valorizan, las que permiten el triunfo. Tal es el caso de Luis XIV, cuya personalidad, cercana a lo paranoico, resultó útil en la tarea de centralización del poder y consolidación de la sociedad cortesana. Temeroso de la capacidad subversiva de los nobles, cosa que le había tocado experimentar en los todavía turbulentos años en que transcurrió su juventud, se dedicó a controlar personalmente la vida de todos los que poseían algún título nobiliario. El mismo tomó a su cargo los principales asuntos de la política interna y externa sin dejar a sus ministros más que tareas secundarias de dirección y control. Es así como pudo decir, frente a los adversarios que reivindicaban cierta autonomía del aparato burocrático: “el Estado soy yo”, desechando de esa manera cualquier norma o costumbre que pudiese controlar su omnímoda voluntad. Luis XIV llegó, de esa manera, a conformar un régimen patrimonial en una de sus formas más acabadas. El libro de Elías se cierra con un análisis de lo que el autor llama el “romanticismo aristocrático”. Los textos literarios, como antes lo habían sido las estructuras habitacionales, le sirven al autor como síntoma y testimonio. Hacia el siglo XVIII, una puerta se había cerrado en la evolución de la historia francesa. La nobleza cortesana percibía ya, con absoluta claridad la imposibilidad de volver a los viejos usos y costumbres. La máscara cortesana se les había incrustado definitivamente en la propia piel. La consolidación de la nueva configuración social, no afectó sólo a las relaciones entre sus componentes individuales; los mismos fueron afectados en su identidad. Pero esa nueva identidad y esas nuevas relaciones trajeron consigo reglas estrictas y asfixiantes. La salida frente a ellas estuvo, entre otras cosas, configurada por una huida simbólica. La poesía y la novela fueron los vehículos privilegiados de esa huida. En ellas apareció la añoranza de un mundo campesino idealizado y deformado por la ilusión. Una de esas manifestaciones de la añoranza fueron las novelas de caballería satirizadas por Cervantes. Y, más tarde, las aventuras bucólicas de los pastores y las ninfas. Elías dice: ”Las funciones que las imágenes de la vida campestre cumplían en la sociedad cortesana del Ancien Régime, ejemplifican el papel de la añoranza por una época anterior perdida como contrafigura de las coacciones y carencias del propio tiempo. Con el recuerdo de una sencilla vida campestre se asocia con frecuencia el ideal de una libertad y espontaneidad que existieron un tiempo y que ahora se ha esfumado”. Así resume Elías su interpretación del romanticismo aristocrático. El discípulo de Manheim, retoma con trazos agudos las líneas fundamentales de la sociología del conocimiento para completar su cuadro de la sociedad cortesana. Y como se ve en su pintura, las nuevas puertas que se abrían en la9780394716046 sociedad francesa del siglo XVIII contenían, como forma precaria de huida, las sombras de las sociedades anteriores. Pero esas ilusiones, conscientes de sí, fueron al mismo tiempo otro síntoma de distanciamiento con lo real: ¿qué es lo verdadero y qué lo ilusorio en una sociedad en la que se reunían el ocultamiento en las relaciones con los demás y la huida ilusoria frente a la realidad cotidiana? Frente a esos distanciamientos que invadían la sociedad cortesana sólo quedaba, como en Descartes, el reconocimiento del propio pensamiento como punto de partida más o menos firme. Ese retorno al yo individual en la sociedad cortesana confluía con otras formas de individuación vigentes en los burgos. Sintetizando en brevísimos trazos los elementos principales de su enfoque teórico podemos decir lo siguiente. La sociedad cortesana es vista por Elías en tanto configuración. El mismo aclara que prefiere ese término al de estructura social pues en este último concepto privilegia lo integrado sobre lo conflictivo. En tanto configuración social, la sociedad cortesana es el resultado de un cierto equilibrio momentáneo de fuerzas; relaciones de fuerzas que se han estabilizado temporalmente aunque esto no niegue que en su interior se producen transformaciones (más o menos perceptibles) que llevarán a esa configuración social a su transformación definitiva creándose nuevos sistemas de poder e interdependencias. Como buen alumno de Weber, Elías pretende “comprender” la racionalidad propia de esa configuración. De allí su esfuerzo por caracterizar el “ethos” cortesano. Sabiendo que una configuración social no se manifiesta sólo por formas típicas de relación entre las personas sino, también, por la conformación de identidades determinadas; en el interior de un sistema de premios y castigos que no sólo son exteriores a los individuos sino que han sido positivamente internalizados por ellos y por eso son efectivos. Según Elías, sólo el estudio en profundidad de una configuración social permite avanzar El! conocimiento teórico. Pues dicho estudio permitirá comparaciones con el “ethos” y formas de otras configuraciones sociales posibilitando al encontrar analogías y diferencias avanzar en la comprensión de la historia humana

[Homero SALTALAMACCHIA. “La sociedad cortesana”, in Revista Mexicana de Sociología, vol. XLVI, nº 2, abril-junio de 1984, pp. 429-435]

➻ Milton Santos [1926-2001]

miltonsantos¿Qué características definen hoy a un intelectual? En un mundo en que también esta figura se ha tecnocratizado, engrosando las filas de lo que Edward Said llama «industria del conocimiento» resulta necesario resignificar el contenido crítico del término. En este sentido, Said sostiene que el intelectual es alguien que se niega a aceptar fórmulas fáciles o estereotipadas y confirmaciones tranquilizadoras o acomodaticias de lo que tiene que decir el poderoso, así como lo que éste hace. Estos rasgos sirven para caracterizar al geógrafo Milton Santos. Su fallecimiento el día 24 de junio del 2001, dejó entre los científicos sociales latinoamericanos el vacío de su amistad, sabiduría de vida, generosidad, ironía, humor y afecto. A nivel biográfico, político e intelectual su legado es amplio. De manera que es su trayectoria intelectual y académica la que nos ayuda a cubrir esta ausencia. Algunos aspectos de la misma pretendemos reflejar en el presente ensayo. En forma sintética y desde el punto de vista de la disciplina, Milton Santos fue uno de los responsables de la renovación de la geografía en la década de 1970, tanto a nivel internacional como en Brasil. En primer lugar, él situó a la geografía en el campo de las ciencias sociales, incentivando el diálogo entre las teorías sociales y las teorías geográficas, colaborando en la construcción de ésta última. En este sentido, los conceptos de espacio y modo técnico científicoinformacional han actuado de pilares en el proceso de la conformación de una teoría geográfica de la sociedad. En segundo lugar, Santos creyó en la necesidad de producir una teoría geográfica desde la periferia. El denominado Tercer Mundo contaba con unas características específicas cuyo pensamiento buscó dar cuenta. En tercer lugar, sus posturas críticas fueron complementadas con el reconocimiento de categorías de base existencialista que podrían contribuir a la construcción de un mundo mejor, basándose no sólo en la razón, sino también en la emoción.

De Salvador de Bahía al mundo global (1)

Milton Santos nació en el año 1926 en el Estado de Bahía. Es en este estado del nordeste de Brasil donde estudió derecho y se convirtió en profesor de geografía, primero en el liceo y luego en la Facultad Católica del Salvador (capital del Estado de Bahía). Mientras tanto, también actuaba como periodista del diario La Tarde, el periódico más conocido de El Salvador. Es el propio Milton Santos que sostiene que fue Josué de Castro, autor del libro Geografía del Hambre, quien estimuló su interés por los estudios geográficos, a partir de introducir las visiones de la geografía francesa y sus preocupaciones filosóficas y metodológicas (Hérodote, 1980, p. 90). En 1956, en ocasión del Congreso de la Unión Geográfica Internacional realizado en Río de Janeiro, llegaron a Brasil un conjunto de geógrafos franceses, con los cuales Santos mantuvo relaciones. Entre ellos caben destacar las figuras de Jean Tricart, a quien consideraba su maestro, y Michel Rochefort, ambos militantes del partido comunista francés (Rochefort, 1981, p. 12). Como resultado de dichos contactos, Santos se trasladó a Estrasburgo (Francia) para desarrollar su tesis doctoral sobre la ciudad de El Salvador. En esta investigación analizó los vínculos entre las formas diferenciadas de la ciudad y su relación con la inserción en la economía de dicho estado brasileño. De regreso a Bahía, entró como profesor de la universidad, no sin resistencias por parte del stablishment académico. En estos años también se hizo cargo de un instituto de estudios regionales. Hacia inicios de la década de 1960, primero el presidente de Brasil Jânio Quadros y luego Jean Goulart le concedieron cargos de responsabilidad en la planificación del Estado de Bahía. Estaba desempeñando este tipo de funciones cuando se produjo el golpe de estado en Brasil en el año 1964 y fue detenido. La invitación de la Universidad de Toulouse para desempeñarse como profesor asociado le permitió dejar Brasil, con lo que se inició su período de exilio. Milton Santos residió tres años en Toulouse (1964-1967), luego en Burdeos (1967-1968) y tres años más en París (1968-1971). A este período corresponden dos de sus libros que muestran su reflexión sobre el Tercer Mundo desarrollada en Francia. Se trata de Le métier de géographe en pays sous-développés y Les villes du tiers monde. Las dificultades de obtener la renovación de su contrato en Francia, lo llevaron a América del Norte, primero a Estados Unidos, al Massachussets Institute of Technology (1971-1972), luego a Toronto (1972-1973) y, finalmente, a la Universidad de Columbia (1976-1977). Es en este tiempo que colaboró en la revista Antipode participando de la coordinación de dos números dedicados a temas del subdesarrollo (vol. IX, núms. 1 y 3). Santos vivió un tiempo en Venezuela, trabajando en actividades de planificación, y en Tanzania (1974-1976), en la Universidad de Dar es Salaam, en un momento en que dicho país estaba pasando por un proceso revolucionario. En 1979 fue contratado como profesor en la Universidad Federal de Río de Janeiro, incorporándose al grupo de intelectuales que participaron en la renovación de la geografía brasileña. Frente a su insatisfacción en relación con la geografía tradicional y el requerimiento de poner en juego nuevas ideas en el ámbito de la geografía brasileña escribe su libro Por uma geografia nova, descrito por el propio autor como una crítica sistemática a las tendencias que habían acabado por hacer aparecer a la geografía como un saber completamente descomprometido con el capitalismo y con el imperialismo. Por el contrario, Santos se planteaba la geografía como una herramienta útil, como el resto de las ciencias sociales, en la constitución de una nueva sociedad. En 1984 ingresó como profesor en la Universidad de San Pablo, ámbito donde desarrolló su trabajo sobre el medio técnico informacional y el papel de la red urbana brasileña en el marco de la globalización. Parte de esta producción fue recogida en dos de sus últimos libros: A natureza do espaço, obra que sintetiza su reflexión epistemológica desarrollada de Por uma geografia nova en adelante, y Por uma outra globalização. Milton Santos es considerado el geógrafo más destacado de América Latina a nivel internacional. Ello se refleja en los veinte doctorados honoris causa que ha recibido, tanto en universidades de dicho continente como europeas (2) y en la formación académica y vital con la que contaron aquéllos que hicieron trabajos de maestría o tesis doctorales bajo su dirección o que participaron en sus proyectos de investigación. Sus cuarenta libros y más de trescientos artículos científicos publicados en inglés, francés, español y portugués sus reflexiones epistemológicas respecto de la geografía y su producción sustantiva sobre las ciudades del Tercer Mundo y la red urbana brasileña. Su lectura y amplia recepción por distintos contextos académicos internacionales han llevado a que muchos de sus colegas lo considerasen un ciudadano del mundo. Esta denominación ha sido utilizada como título de un libro colectivo de homenaje que se publicó en ocasión de su setenta aniversario. El apelativo «ciudadano del mundo», a su vez, hace alusión a uno de sus libros O espaço do cidadão, donde reflejó una de sus principales preocupaciones: hacer que el conocimiento producido desde la disciplina contribuya a la producción de un espacio que colabore en transformar en ciudadanos a todos los habitantes del planeta. En este contexto, y como afirma una necrológica escrita por Carles Carreras (2001), Santos luchó, a través de las ideas y de la acción, por el fin de la discriminación, por la igualdad y por el respeto a la identidad diferencial.

La categoría de espacio social

Como decíamos antes, en sus primeros años de actividad académica en Brasil, luego del exilio, Milton Santos participó en el proceso de renovación disciplinaria. Por tal motivo su producción buscó, en parte, demostrar las falencias epistemológicas que ha cargado la geografía a través de su historia y propuso algunos rumbos para superar tales debilidades disciplinarias. Santos denunció algunos problemas23 epistemológicos básicos que colocaban la geografía en cuestión. El primero se vinculó con el proceso de institucionalización disciplinaria y la elección de una estrategia epistemológica de legitimación científica (Escolar, 1996) basada en los cuadros conceptuales propios de las ciencias naturales. Esta estrategia aparecería para el autor como uno de los equívocos epistemológicos a los que se vieron sometidas las ciencias sociales, ya que esto significó la deshistorización y, por lo tanto, la deshumanización de las mismas (Santos, 1986a, p. 92). El segundo problema que rescatamos de su pensamiento es el del «empirismo abstracto». Con esta conceptualización Santos hace referencia a la cuestión de la sustitución de las relaciones sociales por relaciones entre objetos (Santos, 1986a, p. 87). Desde esta perspectiva el espacio no es considerado producción histórica y social. El espacio es reificado (Santos, 1986a, p. 88) en los análisis de la geografía cuantitativa y, particularmente, desde algunas perspectivas de la planificación que consideran la posibilidad de resolver mediante decisiones de localización algunos problemas de carácter social. El tercer problema se vinculaba al poco diálogo que la disciplina había tenido entre las décadas de 1950 y 1970 con otros saberes, su aislamiento y la posibilidad de superar esta dificultad por medio de una nueva interdisciplinariedad en que sean las propias necesidades de interpretar la realidad (específicamente del espacio) y no las potencialidades disciplinarias las que orientasen el «trabajo cooperativo» (Santos, 1986a, p. 97-111). Al considerar que a cada disciplina le correspondía el abordaje de una parcela de la realidad, Santos destacaba que el objeto de estudio de la geografía es el análisis del espacio. Desde esta perspectiva los problemas señalados han actuado como verdaderos obstáculos epistemológicos (Bachelard, 1973) para producir un discurso de diese cuenta de sus especificidades. Según el propio autor, extraer de la geografía «la viudez del espacio» (Santos, 1986a: 91) era uno de los objetivos de su propuesta de geografía crítica. Esto quiere decir que una de las preocupaciones básicas de Milton Santos en esta coyuntura sería legitimar el saber geográfico con base en un cuerpo teórico particular en torno a la cuestión del espacio. Cabe destacar que el espacio aparecía para los geógrafos brasileños de este período como la categoría básica de reflexión y de operacionalización. Para aquéllos que se inscribían en la línea de pensamiento marxista, el espacio era entendido como condición para la producción y reproducción del capitalismo (Moreira, 1982) a partir de su valorización (valor contenido y valor creado) (Moraes y da Costa, 1982). Desde una perspectiva más política, él era, simultáneamente, ámbito de ejercicio del poder y de acumulación del capital. En el pensamiento de Santos el espacio también era funcional a la forma en que, en un período histórico determinado, se establecía el vínculo entre fuerzas productivas y relaciones de producción. A diferencia de los autores mencionados, en esta coyuntura, Santos coloca el énfasis de su conceptualización en el proceso de producción del espacio en el momento en que la sociedad se apropia de la naturaleza, proceso que, según su punto de vista, adquiere un carácter global y diferenciado, a la vez, en diferentes puntos del planeta. Así, en su proceso de construcción de la categoría espacio, Santos entrelaza algunas discusiones de la tradición disciplinaria con otras traídas de la reciente incorporación del marxismo al pensamiento geográfico en la década de 1970. Así, él supera la polémica en torno de la consideración del espacio como un factor, una instancia de la sociedad o un reflejo de ésta presentándolo como un hecho social que, siguiendo la propuesta de Henri Lefebvre, cabría ser analizada desde el punto de vista tanto formal como estructural y funcional. Esto quiere decir que sólo es posible describir sus particularidades en relación con su papel en la sociedad. De esta manera, una teoría del espacio estaría necesariamente referenciada en una teoría social. Sin embargo, la visión del espacio como una construcción social no pone en duda su carácter material y evidente: el espacio existe, él es «la materia trabajada por excelencia» (Santos, 1986a, p. 137). Es supuesto ontológico de su materialidad; la base a partir de la cual Santos construye su reflexión en relación con las formas y la influencia de ésta en las acciones sociales. «La casa, el lugar, el trabajo, los puntos de encuentro, los caminos que unen entre sí estos puntos, son elementos pasivos que condicionan la actividad de los hombres y comandan su práctica social» (Santos, 1986a, p. 137). Formas pasadas condicionan las acciones, las representaciones y la producción de formas presentes y futuras. Esta «inercia dinámica» es la que permite entonces que «el pasado esté presente». En este cuadro del análisis aparece, en su cuerpo teórico, la metáfora de la «rugosidad» adoptada de la perspectiva geomorfológica de Jean Tricart. De esta manera, las rugosidades serían herencias morfológicas de carácter sociogeográfico de tiempos pasados (Santos, 1996, p. 36). Por un lado, ellas resumen la convivencia de testimonios de diferentes momentos históricos, que resisten o se adaptan a nuevas funciones. Ello nos hablaría de una disociación entre forma y contenido. Nuevos contenidos llevan a una resignificación de las formas. Éstas también pueden ser sustituidas parcial o totalmente por otras nuevas. En segundo lugar, la idea de rugosidad contribuye a comprender la íntima relación entre el espacio y el tiempo (3). El espacio incorpora en su constitución otra dimensión de la cual fue escindida por el discurso ilustrado: la dimensión temporal. Para Santos, en cada sistema temporal, el espacio muda sus características (Santos, 1996, p. 42). A lo largo de su trayectoria de investigación, Santos ha optado por diferentes maneras de definir el espacio. Así, por ejemplo, en sus textos de la década de 1970 sostenía que el mismo estaba constituido por un conjunto de fijos, elementos arraigados en un lugar, y de flujos, movimientos resultado directo o indirecto de las acciones que se instalan o atraviesan los fijos, modificando su significación, su valor, al mismo tiempo que éstos se modifican. Posteriormente, manteniendo el contenido marxista de su caracterización, prefirió priorizar la interacción entre sociedad y naturaleza (configuración territorial). En este sentido, la sociedad era analizada a partir de las relaciones sociales y de producción. En los últimos años, Santos pasó a comprender al espacio como la interacción entre un sistema de objetos y un sistema de acciones. De esta manera, su postura se inscribe en el marco del debate de la teoría de la estructuración, donde la realidad social no está constituida sólo por la estructura, sino también por la acción de los sujetos (agency). Mónica Arroyo (1996, p. 56) ha buscado caracterizar esta forma de entendimiento del espacio. En primer lugar, ella distingue, en el sistema de objetos, tanto aquéllos naturales como fabricados, los técnicos y los informatizados. Entre las acciones identifica las económicas, las políticas o las culturales, deliberadas o no, racionales o no, flexibles o no, hegemónicas o no. En segundo lugar, destaca el carácter histórico de ambos sistemas en continua transformación. En tercer lugar, sostiene el carácter no autónomo e interactivo de cada uno de los sistemas, ya que, en tanto parte de una totalidad, forman parte de un movimiento que, lejos de ser lineal o mecánico, es complejo, lleno de contradicciones, conflictos, contingencias e incertidumbres. Más allá de estas variaciones en su concepción de espacio, existen características que son constantes en la geografía de Milton Santos, tales como su visión materialista del espacio, su íntima vinculación con la categoría del tiempo y su articulación con una perspectiva de la sociedad, donde la teoría geográfica sólo se entiende como subsidiaria de la teoría social.

La geografía, una filosofía de las técnicas

Muchas veces, Milton Santos ha definido a la geografía como una filosofía de las técnicas. De esta manera él recupera la tradición francesa en la que se insertan desde Jean Brunhes hasta Bruno Latour, para quienes las técnicas actuarían de mediación entre la sociedad y la naturaleza. En tanto que expresión del trabajo, ellas reúnen el espacio y el tiempo (Santos, 1996, p. 44). Así, a cada lugar corresponde, en cada momento, un conjunto de técnicas e instrumentos de trabajo (Santos, 1996, p. 46). Santos sostiene que el desarrollo de las técnicas permite periodizar la historia de la modernización. De esta manera, se define cada período histórico a partir de la generalización de una innovación proveniente de un período anterior o de una fase inmediatamente precedente (Elias, 1996, p. 211-213). A partir de este criterio, Santos identifica un período de comercio a gran escala (a partir de los finales del siglo XV hasta 1620), una época manufacturera (1620-1750), la de la revolución industrial (1750-1870), el período industrial (1870-1945) y el tecnológico. Tales períodos están marcados por tres grandes revoluciones: la de los transportes marítimos, la industrial (antes de 1870) y la tecnológica. Siguiendo esta línea de pensamiento, Santos considera que en la actualidad estamos viviendo el período técnico-científico-informacional. Para el geógrafo en cuestión, aún cuando el hombre ya dependiese de la ciencia y la tecnología en períodos anteriores, en el período actual se verifica la interdependencia de la ciencia y de la técnica en todos los aspectos de la vida social, en todas las partes del mundo y en todos los países en un movimiento incesante de acumulación capitalista (Elias, 1996, p. 213). Las tecnologías se difunden de forma más rápida, colonizan más áreas y envuelven mucha más gente que en otros períodos (Santos, 1996, p. 143). De esta manera, el respectivo sistema técnico se torna común a todas las civilizaciones, todas las culturas, todos los sistemas políticos, todos los continentes y todos los lugares (Santos, 1996, p. 153). Son estas características del período en cuestión que llevan a que en la actualidad se pueda hablar de un proceso mundial de producción y de todo aquello que lo sustenta: mundialización del mercado, del capital, de las firmas, del consumo de los gustos, de la plusvalía y del modelo de vida social (Elias, 1996: 213). Esta caracterización de lo que hoy conocemos como globalización, Santos la elabora en la década de 1980, casi diez años antes que el término se difundiera en los ámbitos políticos y los medios de comunicación para caracterizar al período posterior al fin de la Guerra Fría (4). Ahora bien, según Santos, el impacto de la difusión de las técnicas es diferencial, y este impacto crea el vínculo entre el mundo y el lugar. Se trata de comprender cómo los lugares internalizan los elementos externos. De esta manera, Santos cree que cuanto más se globalizan los lugares, más se convierten en singulares, en el sentido que los componentes que un territorio tiene en un determinado lugar no será encontrado en ningún otro.

El Tercer Mundo y los circuitos superior e inferior de la economía

La trayectoria de Milton Santos estuvo signada por su interés de hacer uso del instrumental teórico suministrado por el marxismo, la tradición geográfica francesa y las reflexiones desarrolladas por otras disciplinas, como la filosofía, la sociología o la economía, para elaborar categorías que permitiesen comprender las especificidades de los procesos espaciales en el Tercer Mundo, particularmente en las áreas urbanas. Inscribiéndose en las posturas tercermundistas de la década de 1960, Santos busca romper con la visión evolucionista del desarrollo de Rostow. En este sentido, desarrollo y subdesarrollo no deberían ser entendidos como etapas en el crecimiento económico de los países, sino como dos caras del proceso de acumulación capitalista: el desarrollo en ciertos países requeriría la explotación de recursos, tanto naturales como humanos, en otras áreas del planeta. Dentro de este marco, Santos analiza las redes urbanas de países latinoamericanos y africanos. Una primera aproximación a la misma le permite caracterizar el fenómeno denominado de «macrocefalia». Esto quiere decir que una ciudad, generalmente la que cuenta con mayor número de habitantes, concentra la mayor parte de las actividades industriales y de servicios. Así, no existirían escalones jerárquicos intermedios entre la ciudad más importante dentro de la red urbana y la que le sigue en importancia. Este tipo de análisis se acompaña del estudio de la pobreza, de los déficits de vivienda y de infraestructuras básicas que se observan en estos centros, generalmente creados respondiendo a los requerimientos de la división del trabajo a nivel mundial, como exportadores de materias primas. De aquí que, desde la perspectiva del libro Las villes du Tiers Monde (1971), la ciudad en los países subdesarrollados cumpliría una función de intermediación entre los países dominantes y el campo doblemente dominado (por la forma del establecimiento de las relaciones internacionales y por las imperantes dentro de la organización estatal nacional), un lugar más de pasaje que de producción (Almeida de Vasconcellos, 1996, p. 114) (5). Pero la aportación MiltonSantos1más reconocida a nivel internacional de la reflexión de Santos sobre las ciudades del Tercer Mundo es la identificación y caracterización de dos sistemas económicos interdependientes en estos países. Esta reflexión es desarrollada por primera vez en su libro L’ Espace Partagée (1975). Así, el circuito superior representaría la economía moderna, directamente ligada a la modernización tecnológica. A ésta se vincularían los aspectos que aparecen como esenciales en la dinámica de las ciudades. Comprendería el comercio y las industrias ligadas particularmente a la exportación y al sector bancario. Su estudio permite describir los mecanismos que acentúan la dependencia económica, financiera y tecnológica del Tercer Mundo en relación con los países desarrollados. El estado aparece ligado a este circuito superior, vehiculizando la puesta en práctica de un modelo económico que acentúa el carácter agroexportador de estos países y de importación de productos industriales con mayor valor agregado. Por su lado, el circuito inferior agruparía las actividades de pequeñas dimensiones. Éste tendría sus raíces en la población pobre y aseguraría lo esencial de los intercambios a nivel local. Engloba al pequeño comercio, la pequeña producción manufacturera y artesanal. No se podría cualificar de circuito tradicional. Se trataría de un elemento básico en la vida urbana de los países subdesarrollados, porque en el mismo se encontrarían incorporados la población pobre, migrante, originaria de la ciudad, desprovista de capital y de cualificación profesional. No se trataría de un circuito parasitario, ya que en el mismo se harían esfuerzos para sobrevivir, para adaptarse a las condiciones dependientes de la economía. Circuito superior e inferior estarían íntimamente vinculados. Sus relaciones serían de permanente interacción: de complementariedad, dependencia y dominación. El reconocimiento de ambos circuitos en la economía de los países del Tercer Mundo habría tenido efectos importantes en las investigaciones que se han realizado posteriormente en el Tercer Mundo. Rochefort (1996, p. 129), por ejemplo, considera que estas formulaciones acompañarían los estudios sobre el sector informal que se realizarían entre los años de 1975 y de 1980, cuestionarían las teorías económicas dualistas de la época precedente, los análisis de las articulaciones entre las diferentes formas de producción y el papel de las actividades terciarias en el dominio de las economías del Tercer Mundo. Por su parte, Saskia Sassen (1996, p. 89) afirma que consideraciones de esta índole son útiles para captar dinámicas que hoy se observan en las ciudades de países desarrollados como Nueva York o Los Angeles. En esta línea, en la década de 1990 el propio Milton Santos reconoce que la teoría del circuito superior e inferior podía ser utilizada para la interpretación de las economías urbanas de los países centrales. En sus últimos trabajos Santos ha mostrado que la red urbana se habría complejizado con los procesos de globalización. Desde su perspectiva, los flujos y fijos ahora estarían impregnados de ciencia y técnica y ello lo llevaría a cruzar la noción de circuito superior e inferior con las nociones de horizontalidad y verticalidad. Santos buscaba así hacer inteligible la naturaleza de los centros urbanos y sus relaciones espaciales en el ámbito de la economía global. Mientras que las horizontalidades se refieren a las relaciones espaciales con las áreas vecinas, las verticalidades dan cuenta de los vínculos a larga distancia, viabilizadas por los medios de comunicación (Almeida Vasconcelos, 1996, p. 124). Las verticalidades originarían una organización territorial de tipo red: puntos discontinuos y articulados conviven con organizaciones territoriales contiguas propias de las horizontalidades. La naturaleza de las interacciones espaciales varía, así como los agentes sociales (las grandes corporaciones, los empresarios locales, el Estado y los diferentes grupos sociales) y su forma de participación en uno y otro tipo de flujo. Los conceptos de circuito superior e inferior, de horizontalidad y verticalidad, lejos de mostrar un espacio indiferenciado o aniquilado por las nuevas formas de organización productiva, dan cuenta de sus complejidades y diferencias, que en el pensamiento de Santos adquieren todo su potencial de cambio en el estudio del lugar. Son los lugares los que presentan mayores diferenciaciones resultado de estas interacciones. En ellos, la preeminencia del circuito inferior, de las relaciones horizontales y las vivencias cotidianas alimentan la construcción de una nueva sociedad. Veremos sus características en el próximo apartado.

Por una geografía existencial, el lugar de los pobres y el espacio banal

Las posturas marxistas de Santos fueron resignificadas con la incorporación del pensamiento existencialista de Jean Paul Sartre. Ello lo llevó a reconocer el papel activo del sujeto en la objetivación del mundo y su capacidad para provocar el cambio y la transformación. Es en la libertad del hombre, en su capacidad de proyectar, en consonancia con la creencia que el mundo ofrece múltiples posibilidades para la creación de una existencia más armoniosa y digna que Santos ofrece las bases para la elaboración de una geografía existencial. En este sentido, el libro Por uma outra globalizaçao propone los fundamentos para la recuperación de un proyecto de sociedad utópica. En principio, Santos sostiene que la globalización actual no debe ser interpretada totalmente en forma negativa en la medida que estableció las bases para la constitución de una nueva sociedad. Y, en este proyecto de nueva sociedad, la centralidad de todas las acciones se localiza en el hombre y no en el dinero (Santos, 2000, p. 147). Así, por ejemplo, la tendencia a la mezcla de pueblos, la concentración de la población en las ciudades, el empobrecimiento relativo o absoluto de las poblaciones y la pérdida de la calidad de la clase media son valoradas como componentes que contribuyen a la búsqueda de una nueva utopía (6) (Santos, 2000, p. 161). Santos reconoce en los pobres el sujeto histórico de la transformación. La pobreza es una situación de carencia, pero también de lucha, donde la toma de conciencia es posible. La convivencia con la necesidad y con el otro llevarían a la elaboración de una política «de los de abajo». Desde su punto de vista, la lucha por la sobrevivencia cotidiana requiere la solidaridad, la construcción de redes horizontales y la apuesta a la creatividad como principal fuente de un nuevo mundo. Esta creatividad se desprende del choque con nuevas realidades. Estas situaciones inéditas son vivenciadas, por ejemplo, por el migrante recién llegado a un ambiente urbano, donde se ve obligado a crear una relación inédita con su medio, y en el cual su propia memoria no le sirve como elemento para la acción. También la mezcla de sujetos de diversos orígenes crea situaciones inéditas, experiencias distintas. De esta manera, el cotidiano de cada uno se enriquece por la experiencia propia y por la del vecino, tanto por las realizaciones actuales como por las perspectivas de futuro. En la medida que «los de abajo» carecen de medios para participar plenamente de la cultura de masas, la cultura de los pobres se basa en su territorio, en su trabajo, en su cotidiano. Por su propia forma de constitución, la cultura de los pobres pondría en cuestión la cultura de masas. La vida en los lugares, ahora más enriquecida por los aspectos de la globalización ya mencionados y por sus efectos arriba reseñados, presenta, para Santos, el caldo de cultura necesario a la proposición del ejercicio de una nueva política (Santos, 2000, p. 173). Según Santos, el lugar y las vivencias cotidianas desarrolladas a esta escala contribuyen a la constitución del espacio banal. Así, la categoría de espacio banal se torna en su pensamiento en el punto de partida para la constitución de una sociedad diferente. Su tematización desde la geografía sería la contribución de este conocimiento a la conformación de una nueva sociedad. El espacio banal es el ámbito creador de la solidaridad, de la interdependencia, en la medida que las relaciones son cara a cara, donde los hombres, juntos, sintiendo, viviendo y emocionándose, tienen la oportunidad de crear una nueva historia (Arroyo, 1996, p. 57-59). Desde este punto de vista, la geografía, en tanto saber, podría quebrar su tradición de complicidad con los poderes instituidos y contribuir a la gestación de esta otra globalización a partir de preocuparse por el papel de lo cotidiano y de las emociones que encuentran en los lugares el ámbito privilegiado de realización.

A modo de conclusión: la comprensión del mundo desde la periferia

La abundante producción de Milton Santos en el campo de la geografía ha sido orientada por el proyecto político de producir un conocimiento crítico, transgresor y transformador. Sus fuentes esenciales, desde el marxismo de carácter humanista pasando por la recuperación de las bases fundacionales de la geografía francesa y de autores de las más diversas procedencias geográficas y disciplinarias, se articularon con su producción de información empírica. Así, busca construir una interpretación del mundo desde la periferia, que comprendiera los procesos espaciales que se desarrollan en la misma en su especificidad y articulación con el centro (7). La visión de Milton Santos de los procesos globales constituida desde la periferia, en muchos casos antecedió o fue simultánea a la producción que desde el centro se ha elaborado para explicar los propios procesos espaciales. De hecho, podemos constatar la proximidad de sus reflexiones sobre la globalización, sobre el protagonismo del espacio en la constitución de la realidad social y su articulación íntima con la idea de tiempo, sobre la convivencia de tiempos y espacios hegemónicos con otros múltiples reservados a los lugares sobre la propia idea de utopía con aquellas elaboradas en otros contextos (Harvey, 1996, 2000; Soja, 1996) (8). Ya vimos también cómo la idea de circuitos superior e inferior de la economía urbana elaborada sobre procesos que tenían lugar en la periferia, es hoy recuperada para interpretar las dinámicas de las ciudades globales. El interés por tematizar la espacialidad de la periferia no sólo tiene que ver con la producción de un conocimiento ad hoc, sino también con la creencia de que la nueva sociedad se gestaría en los países del Sur. Ello requería un nuevo papel de las instituciones y particularmente de los intelectuales, poco complacientes, críticos y creativos. Parte de su crítica se dirigió a la mediocridad de la universidad, del estado, de las propuestas de planificación y a la pérdida de este proyecto político. Sin embargo, consciente de que la defensa de los idearios intelectuales no podría realizarse sin tener una adecuada fuente laboral, en una de las últimas conversaciones que mantuvimos con él, en diciembre del 2000, nos sugirió que las nuevas generaciones de geógrafos debían mantener frente a la vida un pragmatismo existencial. Esto quiere decir, adecuarse al sistema lo indispensable, pero sin perder de vista la necesidad de llevar adelante iniciativas que se orientaran a crear un nuevo sujeto para una nueva sociedad.

(1) El género biográfico ha merecido diferentes tipos de tratamientos en el estudio de la historia de la geografía. A grandes rasgos, podemos identificar aquellas perspectivas de carácter internalista, que han puesto el énfasis en la trayectoria de vida de los sujetos analizados y sus obras publicadas o en sus contribuciones conceptuales. Muchos de los análisis realizados desde estos puntos de vista, en la medida que generalmente se trata de necrológicas u homenajes, adquieren un carácter apologético. En contraposición, los análisis externalistas buscan vincular la figura del autor objeto de análisis y su producción con los acontecimientos históricos y con las transformaciones que se producen en el interior de la disciplina. Este tipo de aproximación suele desembocar en un tratamiento crítico del geógrafo reseñado o de su producción. El análisis que realizamos aquí busca comprender la articulación del pensamiento de Milton Santos con su tiempo. A pesar de poder afirmar que esta perspectiva nos aproximaría a la segunda visión presentada, la relación entre autor y contexto no se acompaña de una valoración crítica. El objetivo de este texto es más que todo divulgar sus principales conceptualizaciones y las posturas filosóficas y políticas sobre las cuales se sustentan. (2) En el año 1994 recibió el Premio Internacional de Geografía Vautrin Lud, otorgado a partir de una votación que realizan geógrafos de distintas partes del mundo para elegir el especialista del área considerado más reconocido por su trayectoria en dicho año. (3) Cabe destacar la diferencia que Santos realiza entre espacio y paisaje. Mientras que el paisaje es la materialización de un instante de la sociedad, el espacio contiene movimiento. El paisaje sería el conjunto de elementos que se daría a nuestros sentidos. De esta manera, son las formas las que adquieren preeminencia en el análisis y la operacionalización de esta categoría. Por el contrario, el espacio se presenta como una totalidad que incluye las formas. «[…] las formas pueden, durante mucho tiempo, permanecer las mismas, pero como la sociedad está siempre en movimiento, el mismo paisaje […] nos ofrece en el transcurso histórico, espacios diferentes» (Santos, 1988, p. 77). (4) Así, Denise Elias destaca el hecho que el término medio técnico e informacional y sus caracterizaciones fueron utilizados por Milton Santos en su comunicación en el Encuentro de Geógrafos de Porto Alegre en 1980. Ella señala algunas otras obras donde el autor profundiza en este concepto. Entre ellas cita Espaço e Método. São Paulo: Nobel, 1985 (en especial el capítulo 3), «O meio técnico-científico e a urbanizaçao no Brasil», Espaço e Debates, 25: 58-62, 1988 y A urbanização brasileira, São Paulo: Hucitec, 1993 (en especial el capitulo 4) y Técnica espaço tempo-globalização e meio técnico-científico informacional. São Paulo: Hucitec, 1994 (en particular los capítulos 12 y 13). (5) Además, de la ciudad como unidad de análisis para pensar el proceso de construcción de los espacios del Tercer Mundo, Santos también se interesa por el tipo de paisajes que se producen en estos ámbitos políticos. Así, en la década de 1970 acuña el término de paisaje derivado para referirse a los paisajes propios de los países subdesarrollados. Es en la obra de Max Sorre que podemos encontrar las fuentes de su inspiración para la utilización de este concepto. En su tipología de paisajes Sorre identifica como paisajes derivados los conformados a partir de la colonización europea, noción que, según el propio Sorre, permite el estudio de los países «nuevos». Sorre reconoce como paisajes derivados tanto las formas producidas a partir del avance de la frontera agraria como las vinculadas al establecimiento de economías de enclave, sean éstas agrícolas (plantaciones) o industriales. En estas descripciones, él identifica algunos efectos perversos de dicha colonización tales como el «agotamiento precoz» de las reservas naturales o las condiciones de trabajo inhumanas a las que eran sometidas las poblaciones autóctonas o de color traídas de otras regiones. Santos resignifica este concepto y coloca el énfasis en su carácter relacional. Así, el paisaje derivado aparece como expresión de una forma particular en que los países subdesarrollados se insertan en el mundo desarrollado. «Este paisaje de los países subdesarrollados, efectivamente, deriva de las necesidades de la economía de los países desarrollados, donde finalmente se toma la decisión. Las relaciones mantenidas por los grupos humanos con sus bases geográficas no dependen de estos grupos humanos. Se trata de una forma particular de comprender cómo los tiempos y los lugares externos son internalizados por los países del Tercer Mundo. Los paisajes derivados serían una aproximación fenomenológica a las particularidades de los espacios derivados propios de los países subdesarrollados» (Santos, 1986b, p. 110). (6) Santos (2000, p. 161) también reconoce otros aspectos de la globalización que promoverían el proceso de construcción de una sociedad alternativa, tales como el peso de la ideología en las construcciones históricas actuales, el grado relativo de «docilidad» de las técnicas contemporáneas y la «politización generalizada» permitida por el exceso de las normas. (7) En este sentido, Santos siempre creyó que la reflexión debía nutrirse de múltiples fuentes, criticando a los estudiosos brasileros que sólo se valían de las obras producidas a nivel nacional para elaborar sus escritos y acusándolas de provincialismo. (8) Son escasas las obras que, fuera de los países periféricos, reconocen las aportaciones teóricas de Milton Santos. Una excepción es el reciente texto de Richard Peet (1998), quien sitúa a Santos en el marco del marxismo geográfico estructuralista de la década de 1970. Para la presentación de las contribuciones de este autor, Peet se basa en uno de los textos publicados en Antipode en el año de 1977, «Society and Space: social formation as theory and method». Peet destaca su concepción de espacio como cristalización de los procesos sociales y, a su vez, dimensión activa de la existencia. También hace referencia a las influencias sartreanas en el pensamiento de este geógrafo brasileño (Peet, 1998, p. 127). El análisis queda acotado a la década de 1970 y no da cuenta de sus aportaciones posteriores.

[Perla ZUSMAN. “Milton Santos. Su legado teórico y existencial (1926-2001)”, in Documents d’anàlisi geogràfica (Barcelona), nº 40, 2002, pp. 205-219]

➻ Enzo Traverso [1957]

enzo traverso

Piamontino de nacimiento, francés por dedicación historiadora en la universidad de Picardía, y europeo por convicción, el historiador Enzo Traverso es un reputado especialista en temas relacionados con el nazismo, el antisemitismo, la filosofía judía alemana y las dos guerras mundiales. Traverso está convencido de que resulta imposible reparar las violencias del pasado, pero conocerlas, reconocerlas, y profundizar sobre ellas, supone un primer paso para la redención de las víctimas y una forma de ajustar cuentas con el pasado. El historiador asegura que es imposible una Europa democrática auténtica sin la conciencia de un pasado compartido y la convergencia en la búsqueda de determinados valores comunes: ‘No podríamos ser ciudadanos –en el sentido más noble de la palabra–, sin ser portadores de la memoria de este siglo y sin ser conscientes de la parte de responsabilidad histórica que nos concierne como europeos’. Antiguo militante del autonomismo marxista italiano, Traverso vive y ejerce su actividad en Francia desde hace más de veinte años. Es docente de la Universidad de Picardía Jules Verne, en Amiens y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Ha publicado Siegfried Kracauer. Itinerario de un intelectual nómada (1998), El totalitarismo. Historia de un debate (2001), Figuras del exilio judeo-alemán (2004), El Pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política (2007), De la memoria y su uso crítico (2008), A sangre y fuego. De la guerra civil europea, 1914-1945 (2009) y La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX (2012). Enzo Traverso intervino en el IX Congreso de la Asociación de Historia Conetemporánea que, organizado por la Asociación de Historia Contemporánea, y bajo el lema ‘Ayeres en discusión’, se celebró en la Facultad de Letras entre los días 17 al 19 de septiembre.

-El tema sobre el que ha versado su charla ha sido “La historiografía y la elaboración de una memoria europea” ¿Qué papel juega la memoria en nuestra conciencia de ciudadanos europeos?

-Para existir auténticamente, una sociedad democrática tiene que estar arraigada en un pasado y estar construida a partir de una conciencia de ese pasado. Para construir una Europa democrática, sería útil y necesario una memoria europea, pero eso no significa que haya que homegeneizar al memoria europea, pues ésta contiene segmentos muy diferentes, incluso puntos de vista contradictorios. Pero si no hay una convergencia en la búsqueda de valores compartidos será difícil construir una Europa democrática. La tendencia dominante hoy es a construir Europa como un conjunto de instituciones financieras comunes, y después no tenemos una visión de una federación europea. Desde ese punto de vista la memoria son conmemoraciones vacías de contenido, pero si pensamos en la construcción de una Europa democrática auténtica, como proceso político de construcción, no se puede disociar de la construcción de una memoria europea como conciencia de un pasado compartido.

-¿Es posible reparar las violencias del pasado?

-No es posible reparar las violencias.

-¿Pero reconocerlas podría ser un paso adelante en este sentido?

-Reconocerlas es una manera de rescatar a las víctimas, una forma de redimirlas. Es algo fundamental, más que por las víctimas, por nosotros mismos, para los ciudadanos europeos de hoy. Pero al mismo tiempo hay que tener en cuenta que hoy existe una obsesión memorial alrededor de las víctimas de guerra y de genocidios, porque durante mucho tiempo ese pasado se ocultó, o se reprimió. Como reacción a ese largo tiempo de ocultación, ahora se produce el fenómeno contrario: una obsesión alrededor de las víctimas. Eso es problemático para la comprensión del pasado, y hablo como historiador, porque el pasado no está hecho por el enfrentamiento entre verdugos y víctimas: hay multitud de actores. Existe un riesgo de marginarlos por esa focalización de las víctimas como únicos héroes del pasado. Desde ese punto de vista hay una interferencia entre la memoria como representación del pasado que se construye en la sociedad y la historia como investigación, elucidación y discurso crítico sobre el pasado. Hay una intersección entre los dos que puede ser fructífera, pero que tiene sus peligros. La historia se alimenta de la memoria, pero es otra cosa. Si no se hace una distinción entre las dos se corre el riesgo de deformar la perspectiva.

-En España nos encontramos en estos momentos sumidos en pleno debate de la Ley de Memoria Histórica. Quienes se oponen a ella, le achacan que abrirá cicatrices que parecían cerradas…

-Ese es el discurso clásico y típico de quienes tienen algo que ocultar del pasado. Para ellos es mejor no removerlo. Pero son los mismos que hasta hace poco tiempo idealizaban un pasado que ahora quieren poner entre paréntesis porque sería peligroso para desgarrar la sociedad. En España, en el momento de la Transición a la democracia, hubo un miedo muy fuerte de recaer en un conflicto. En aquel momento se habló de un pacto de olvido, un pacto que no tenía nada de oficial, porque a nadie se le impedía escribir libros sobre la historia de la guerra civil o del franquismo. Pero no había una demanda social de conocimiento. Existía el deseo de acabar con este pasado y construir una sociedad nueva y democrática para reconciliar la sociedad. Hoy hay una obsesión sobre el pasado, sobre la guerra, sobre la violencia, sobre las víctimas. Yo creo que eso se produce porque en la España de hoy no existe riesgo de guerra civil. La democracia es fuerte, está consolidada, y todos lo reconocen. En estas condiciones es normal que surja una demanda social de conocimiento, ya no más olvido. Hay nuevas generaciones que no han conocido el franquismo y que quieren saber lo que pasó. Esta demanda es más que legítima, y exige una contestación.

-¿Cuál es el papel del historiador en este tema?

-Los historiadores, como investigadores sociales, están encargados de dar contestación a esta demanda. Hay que hacer un trabajo de elucidación del pasado, que es la base para que la sociedad pueda construir su memoria y su conciencia histórica. Por supuesto, el papel del historiador no es juzgar a los actores de la historia, pero es un papel de clarificación, de elucidación y de interpretación crítica.

-¿Ese proceso podría arrojar nueva luz de período histórico investigado?

-La historiografía es interpretación, pero se apoya sobre hechos. Para interpretar el pasado es necesario saber qué es lo que ocurrió realmente, conocer los hechos, y desde este punto de vista hay muchas cosas que se ocultaron y que nunca aparecieron. Por ejemplo, la historiografía de lo que fue y supuso el sistema concentracionario franquista es algo nuevo que surgió en la última década, antes no se publicaron libros sobre el tema. También las violencias de ambos bandos durante la guerra. Ese es un tema que fue elaborado mucho más por la propaganda que aclarado a partir de una investigación histórica rigurosa. Era una propaganda franquista que, por supuesto, ponía el acento sobre la violencia republicana. Además, hubo una historiografía republicana o antifranquista que no pudo investigar durante largo tiempo porque no tenía acceso a las fuentes. Ahora se establecen las cosas de manera objetiva, para que se pueda discutir lo que fue la violencia de ambos bandos. Esto creo que es algo necesario, no sólo por el papel en sí de los historiadores, sino para que la sociedad pueda establecer una relación de conocimiento y de reflexión crítica con su propio pasado.

-El siglo XX es un siglo eminentemente violento. Hay historiadores que hablan de 200 millones de muertos en conflictos bélicos en ese período. Civilización y barbarie parecen ir unidos.

-Eso es una reflexión que se da desde hace décadas. Tras la II Guerra Mundial tan sólo la hacían unos pocos filósofos e intelectuales muy críticos que estuvieron muy aislados. Creían que la modernidad es inseparable de una idea de catástrofe, que piensan que el progreso tecnológico puede llevar a una regresión social y humana. El progreso desemboca en bombas atómicas, armas de destrucción masiva, campos de exterminio. Hoy esa reflexión ya no está aislada, el progreso aparece como un futuro de prosperidad, de liberación, de emancipación…, pero también como un lugar de incertidumbre que produce miedo y muchos interrogantes.

-Usted ha dicho que la democracia no puede carecer de memoria histórica, que no puede ser amnésica, so pena de ser una democracia muy débil…

-Eso lo dije con respecto a la memoria del fascismo y el antifascismo. Existe una tendencia muy fuerte en Europa, que es la criminalización del antifascismo. El antifascismo es presentado como una cara del comunismo, el comunismo es totalitario y, como si fuese un silogismo, se concluye que el antifascismo es totalitario. Desde ese punto de vista tendría que construirse una democracia liberal, sin nada que ver con el antifascismo. Pero la democracia liberal aboga porque en la sociedad cada cual elija libremente su propia memoria, que todas las memorias tienen la misma legitimidad, y yo creo que eso es peligroso, porque la memoria del fascismo es la memoria de la destrucción de las democracias en Europa, mientras que la memoria del antifascismo es la memoria de la lucha que permitió construir una democracia contra el fascismo. Una democracia que se permita ignorar la herencia del antifascismo puede existir en países que no conocieron el fascismo, pero los países que sí lo conocieron, como Italia, Alemania, España o Portugal, no pueden construir una democracia que ignore su propio pasado, sería una democracia con bases muy frágiles. Desde este punto de vista, habría que incorporar el antifascismo en una conciencia histórica, en una memoria compartida. No obstante, tampoco hay que convertir el antifascismo en un fetiche. Tuvo un lugar muy importante en el mundo político intelectual, pero tenía sus ambigüedades: sus relaciones con el totalitarismo soviético, por ejemplo. Pero el rechazo del antifascismo para construir una democracia me parece algo peligroso e inadmisible.

[Entrevista a Enzo Traverso, in Campus Digital, Universidad de Murcia, 2008]

✍ Julio Irazusta. Treinta años de nacionalismo argentino [2004]

9789507864278¿Cómo encasillar a Julio Irazusta (1899-1982)? No sólo por la multifacética personalidad de quien nació y murió en Gualeguaychú: filósofo político, historiador revisionista, crítico literario, militante nacionalista, o ensayista de temas universales. Más bien porque el personaje no es fácil de asir. El gualeguaychuense fue todo menos un repetidor de ideas ajenas. Fue un creador en sentido pleno de la palabra. Se podrá o no estar de acuerdo con sus planteos, pero son tan originales que a veces las hermenéuticas fallan por no estar a la altura. Sus ideas y actuación pública pueden desconcertar a quien no está habituado a los matices, o no es capaz de disolver las aparentes paradojas para hallar las sutiles continuidades. Veamos algunas de estas paradojas. El que admiraba la tradición política empírica de Inglaterra, y de hecho había estudiado en Oxford, donde quedó fascinado por Edmund Burke, fue no obstante el implacable censor argentino del imperialismo británico en el Río de la Plata. Quien pudiendo catalogarse de “conservador”, al punto de ser influenciado por un Charles Maurras, por un Antonio de Rivarol o el citado Burke, hacía un planteo “revolucionario” en Argentina, a la que consideraba subordinada política y económicamente. Alguien que por su origen y posición -pertenecía a una familia terrateniente provinciana- pudiera ser asimilado a la oligarquía vacuna que gobernaba el país, devino en un “des-clasado” al criticar la deserción política de la élite dirigente tradicional, a la que acusaba de “anglófila”. El soberbio historiador de Juan Manuel de Rosas, a quien revindicó por la defensa de la soberanía nacional frente a la leyenda negra de la historiografía liberal, nunca se enamoró de la dictadura ni la aconsejó para el país. El que pudiera ser considerado como un pensador “economicista”, como algunos de hecho lo tacharon, al escandalizarse por la importancia que le dio al factor económico en toda su obra, profesaba empero admiración por la doctrina del bien común de Tomás de Aquino. Ese realismo, justamente, le hacía suscribir la frase de su hermano, Rodolfo Irazusta, quien decía: “Es evidente que el espíritu está primero… pero nadie duda que las actividades materiales, que están en el tercero o cuarto lugar, ocupan el primero cuando se trata de vivir; y el espíritu no marcha si el cuerpo no se alimenta”. Perteneció a una generación que buscaba la “liberación nacional”, pero mientras la mayoría de sus intelectuales abrazó en masa al movimiento peronista -desde un Manuel Gálvez, pasando por un Arturo Jauretche hasta un Raúl Scalabrini Ortiz-, Irazusta sin embargo no sólo no se plegó al régimen, sino que lo acusó de seudo-nacionalismo, al afirmar que era la cara fascista del viejo régimen subordinado. Como se ve, el personaje y su ideario tienen la impronta de la complejidad. De hecho adentrarse a su vasta obra escrita, acobarda al más osado. Pero aparentemente nada de esto ha detenido a Noriko Mutsuki, una investigadora japonesa que en 2004 escribió “Julio Irazusta -Treinta años de nacionalismo argentino-” (editorial Biblos). Esta biografía intelectual de Irazusta como hombre público sorprende por el carácter de la autora. No sólo se trata de una estudiosa extranjera, lo que en sí mismo ya es un hecho significativo (aunque no es la primera vez que la mirada escrutadora sobre lo nuestro viene de fuera). Lo realmente llamativo es que provenga de una cultura no occidental. Una pregunta se impone: ¿qué sabemos nosotros de la historiografía japonesa? Según relata la propia Mutsuki, al comienzo del ensayo, llegó a Irazusta porque su interés como investigadora de la Universidad de Hiroshima -donde estudió Relaciones Internacionales e Historia Diplomática- fue averiguar el porqué de la “neutralidad argentina” durante la Segunda Guerra. “Me interesó este hecho que había pasado casi desapercibido en Japón aun hacia fines de la década del 80, salvo por una tesis de maestría presentada por el profesor Hiroshi Matsushita en 1970 para la Universidad de Tokio, y deseé saber las razones que explican esa política exterior argentina y qué ventajas o qué desventajas tuvo para el país”, comenta. Pero pronto se dio cuenta de que más importante que esa política gubernamental -el neutralismo en sí- fueron las ideologías y los motivos que la sustentaron, asociados al nacionalismo. “Así que, después de concluida la tesis de maestría, mis preocupaciones se orientaron hacia el nacionalismo argentino”, señala. Mutsuki relata que en 1993 tuvo la suerte de viajar a Argentina por primera, oportunidad en la que conoció a Fernando Devoto, miembro del Instituto Ravignani, de la Universidad de Buenos Aires (UBA), quien le sugirió la posibilidad de estudiar el tema, como base para una tesis doctoral a presentar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. “Así, a lo largo de diez meses, con la orientación de Devoto fue concretando un plan de tesis titulado ‘Dos nacionalistas argentinos’ y reuniendo los materiales necesarios para llevar adelante la investigación”, explica la historiadora. Esos dos nacionalistas eran Julio Irazusta y Raúl Scalabrini Ortiz. Sin embargo Mutsuki refiere que finalmente se inclina por centrar su estudio en Irazusta, ante el hecho de que Scalabrini Ortiz no dejó una autobiografía sistemática. Esta carencia conspiraría, dice, “contra un balance equilibrado en la comparación de ambas figuras”. ¿Cuál es el enfoque, finalmente, que adopta la investigadora japonesa? “Abordé centralmente a Irazusta, para desde allí intentar esclarecer sus relaciones con otros nacionalistas y la de los nacionalistas con los gobiernos argentinos, lo que serviría para entender continuidades y cambios del nacionalismo. Luego de cursar seminarios y como resultado de casi dos años de trabajo pude concluir la presente tesis”, refiera Mutsuki. Como se ve, la investigadora asiática aborda el nacionalismo argentino a través de Irazusta. No es un panegírico al gualeguaychuense ni mucho menos -de hecho detecta algunas tensiones en la evolución de su pensamiento, fraguado en la actividad política- pero tampoco es un ensayo demonizador. Es interesante, en realidad, la puesta en escena del “republicanismo” que encabezaba Irazusta, en el conjunto de la constelación nacionalista, donde dominaban personalidades políticas e intelectuales muy fuertes. Devoto, que escribe el prólogo del libro, destaca la importancia de la “distancia” que aporta Mutsuki, que como extranjera en todo sentido, no está contaminada a priori por las polémicas culturales y políticas que despierta el nacionalismo en Argentina. De hecho, resalta “el tono mesurado, distendido y sin adjetivos que domina en el libro”. Y aunque la reconstrucción que realiza la historiadora oriental podrá discutirse -decimos nosotros-, su libro renueva la visión sobre un intelectual de fuste como Julio Irazusta, al tiempo que aporta una mirada original a la comprensión del polémico movimiento nacionalista.

[Marcelo LORENZO. “Julio Irazusta, según la mirada de una investigadora japonesa”, in El Día (Gualeguaychú), 4 de mayo de 2007]

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