Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Una introducción al Islam. Historia, religión y cultura [2002]

Unknown-2Es difícil escribir una presentación, y más si cuando quien lo pide es una antigua alumna de la que se guarda un buen recuerdo, algo borrado por el paso de los años. Más grato aún es si ese recuerdo va entrelazado con sucesos que se han vivido externamente, pero que ya de por sí serían suficientes para guardar un lugar propio en la memoria del profesor, en este caso yo mismo, por su singularidad, y que plantean el eterno problema de hasta qué punto la historia o la biografía de una persona pueden configurar su carácter. Por circunstancias que no son del caso, tuve que plantearme estos problemas, por motivos oficiales, hace ya cuarenta años y, contra lo que entonces se llevaba, acabé pensando -y sigo con esa idea hoy- que el entorno socio-económico-cultural influye, y mucho, en el transcurso de la historia o del individuo, pero que una personalidad acusada puede plantar batalla a las circunstancias del momento. Un ejemplo, buen ejemplo, es el de la «señorita» (tendría que escribir «señora», pero todas mis alumnas, por larga que sea su vida, siempre son para mí señoritas y tienen veintiún años) Dolors (diría que en su primer documento de identidad pone Dolores, dada la fecha y las leyes vigentes en el momento en que nació) Bramón (con acento, por idénticas razones) Planas. El último curso de árabe que estudió conmigo, y su futuro, parecían encauzar su vida por el derrotero normal de aquel entonces. Pero poco después el viaje del «paso del ecuador» de la carrera había cambiado su destino profesional y familiar. Profesionalmente lo aplazó con un cambio de temario: la ayuda a su primer marido para que preparase lo más cómodamente posible sus oposiciones a la Agregación de Economía -que ganó al primer envite- y a cuidar, hasta la pubertad, a las tres hijas que con él tuvo. A pesar de ello, aún le quedó tiempo para ganar el premio Joan Fuster de ensayo en Valencia con el libro Contra moros y judíos (1981). Un nuevo viraje del destino la trajo a mi casa para reanudar su vida en el campo del arabismo. Recuerdo que le sugerí que estudiara, como tesis, la obra del geógrafo andalusí al-Zuhrí que, como todas las de este género en el mundo clásico del islam, no sólo aporta conocimientos científicos, sino también otros, de muy variada entidad, y regañarla por lo mucho de filología semítica que había olvidado durante su excursión por el campo de la economía, tanto general, como doméstica. Aguantó mis reproches sin rechistar y atrevida -lo es- y con mucho carácter, que lo tiene, siguió adelante, a pesar de que le advertí que había algún arabista extranjero que pretendía trabajar sobre el mismo texto. Huelga decir que leyó su tesis «cum laude» y que el pretendiente foráneo no lo hizo. La pérdida del contacto con la especialidad durante varios años la llevó a tener que seguir un largo camino antes de entrar, de nuevo, en la universidad por la puerta de ayudante y esperar tal vez algo más de lo que hubiera sido normal, de no haberse desviado hacia la economía, así como a pasar por Zaragoza antes de reintegrarse a Barcelona como profesora de árabe. Y escribo «de árabe» porque es sabido que las titulaciones del profesorado ocultan su contenido exacto debajo de una nomenclatura genérica. Por tanto no sé cuál es su actual titulación. Sí sé que explica islamología, que escribe frecuentemente sobre toponimia catalana y consigue una serie de identificaciones arábigo-romances que sirven muy bien para situar lugares altomedievales, los cuales obligan a replantearse el problema de las redes de comunicaciones y de las torres de vigía o bien a situar el emplazamiento de construcciones, como los lugares en que se encontraban los silos, tan importantes para la alimentación de nuestros antepasados y de hoy. El resultado de nuestra Guerra Civil congeló la publicación de obras en catalán y, entre ellas, los textos árabes referentes a la Cataluña medieval que pacientemente había reunido hasta los alrededores del año 1000 mi maestro Millas. Impresos (texto árabe confrontado con la traducción catalana) hasta la página 150 aproximadamente, yacían sin poder ser utilizados en la imprenta de la Casa de Caridad. Conste que aquí hago abstracción de unos, muy pocos pliegos, los primeros, que pudieron utilizar unos cuantos historiadores desde el momento del tiraje. Inmediatamente después de la transición, el Institut d’Estudis Catalans me pidió que preparara lo ya impreso antes de 1936 para que el público pudiera manejarlos y, a ser posible, los completara. Lo primero lo hice rápidamente. Lo segundo, no: era necesario emplear muchísimas horas dada la gran cantidad de textos nuevos que se habían descubierto y publicado desde 1936 hasta 1975. Por ello sugerí que se le encargara esta parte a la profesora Bramon, quien supo aprovecharlos y transformar su traducción y estudio en su segunda tesis doctoral, ahora de la Facultad de Historia y también «cum laude». Con estos antecedentes no es de extrañar que la obra que presento, traducción de la publicada en catalán con el título de Obertura a l’islam, tenga unos caracteres decididamente claros, pues entra de lleno en los temas más polémicos. Basta ver las propuestas de definiciones de palabras que usamos constantemente y muchas veces con connotaciones que no les son propias. Integrista no significa terrorista. Y si no, véase cómo se utilizaba en castellano y en la BAC (1960). El velo de las mujeres es una costumbre ciudadana y oriental en el islam. Cuando en 1946 me paseaba por las calles de Alcazarquivir, las mujeres, casi todas, llevaban velo, pero no en Rabat. Y a mayor abundamiento recuerdo muy bien los velos «pañuelos» de las mujeres mayores en el campo catalán o de las viudas alemanas en los años inmediatos siguientes a la última guerra. El hábito no hace al monje. Recuérdense los casos de Sukayna y Wal·lada en el islam clásico y el discurso de lal·la Aixa en Tánger (1947). Con frecuencia acostumbro a intercalar en mis frases citas evangélicas y creo que antes de entrar a juzgar costumbres, dogmas y creencias hay que pensar en la parábola de la paja y la viga. La autora ha realizado un esfuerzo notable para que el mundo islámico pueda ser entendido por nuestra sociedad sin realizar ninguna concesión al tendido. Prueba de ello son las transcripciones de las palabras árabes, persas y turcas que encierran ideas muy difíciles de trasplantar a nuestras lenguas o que exigirían largas perífrasis. Afortunadamente están recogidas en el glosario que cierra el libro y al que siempre se puede acudir en casos de desfallecimientos de memoria, o bien para ver, en el transcurso de los quince siglos de existencia que tiene el islam, que el campo semántico que cubren no siempre ha sido el mismo y que aproximadamente son las mismas (p. ej., reunir, una a continuación de otra dos oraciones) en los distintos ritos «ortodoxos», incluyendo entre éstos el shií, dominante en Persia, y el ámbito de aplicación de una fetua. En cierto modo, y sin decirlo, la autora intenta -y lo consigue- presentar un islam «vivo», cuyo trasfondo se descubre al analizar las sentencias judiciales de «su» mundo actual. Y lo mismo ocurre hoy en España cuando jueces distintos juzgan un mismo caso. Piénsese en una nulidad matrimonial por parentesco (primos hermanos) en la Edad Media o un juicio por homicidio por adulterio en los años cuarenta y hoy. La autora dedica bastante extensión a explicar el [los] sistema [s] de transcripción empleados, lo cual no es baladí, puesto que los arabistas han sido tildados, con una cierta frecuencia, por turcos y persas (y otros grupos musulmanes) de intentar extender el «imperialismo» del árabe a sus propias lenguas y culturas, algo parecido a lo que ahora sucede con el span-english, y no dejan de tener razón. Al fin y al cabo los términos de la religión del islam y de la cultura científica del medioevo se introdujeron con el soporte del árabe, y aún hoy, minoritariamente, subyacen en muchas de nuestras palabras que iniciaron su gran expansión en el momento de esplendor de al-Andalus. Piénsese en el castellano aceite y el catalán olí y el lector podrá intuir lo que queremos apuntar. A nivel más especializado pueden verse las distintas transcripciones que han hecho que el sistema «internacional», propuesto hace muchísimos años, sea muy poco utilizado. Hoy en día en las distintas lenguas acostumbra a imperar el «nacionalismo». Y vaya el ejemplo español de la fonética del jo (en catalán) y jo en castellano, o el sistema de transcripción, bien distinto por cierto, empleado por dos importantes revistas, Oriens y al-Qantara, o el tratamiento del artículo definido árabe al- frecuentemente conservado en castellano y en catalán, aunque no en la misma palabra (arrabal/raval). Finalmente, creo que el libro esta exento de los extremismos, que frecuentemente afectan a algunas publicaciones -tanto cristianas como musulmanas, sin pie de imprenta ni adscripción a grupo alguno- que caen, anónimamente, sin yo pedirlo, en mis manos. Resumiendo: estamos ante una obra que ha procurado ser lo más imparcial posible.

[Joan VERNET. “Prólogo”, in Dolors BRAMON. Una introducción al Islam. Historia, religión y cultura. Barcelona: Crítica, 2002, pp. 7-11]

✍ El juez y el historiador. Consideraciones al margen del caso Sofri [1991]

190230A Carlo Ginzburg se lo conoce por ser el historiador de microhistorias del medioevo, de tratar temas de brujas, hechiceros e inquisidores. Esta vez, presenta un libro sobre un suceso del siglo XX. También como en su obra más conocida El queso y los gusanos, el cosmos según un molinero friulano del siglo XVI, esta historia, que comienza en el “otoño caliente” italiano de 1968 trata de un juicio. El juicio, entre otros, a su amigo Adriano Sofri acusado de ser uno de los autores intelectuales del asesinato al comisario Luigi Calabresi en 1972. La sociedad italiana se sintió sacudida por el desencadenamiento de lo acontecimientos. “La muerte accidental de un anarquista”, -tal el nombre de la famosa parodia teatral de Darío Fo que relata este hecho- ocurrió en una comisaría de Milán, en 1969. El ferroviario anarquista, Guiseppe Pinelli, citado para declarar sobre los hechos del “otoño”, muere al caer de la ventana del despacho del comisario. Hecho oscuro que tuvo diferentes interpretaciones. A los tres años es asesinado el comisario Calabresi, responsable de la muerte de Pinelli. Después de transcurridos 16 años, un ex obrero de la Fiat y miembro en aquel entonces de la organización extra Parlamentaria, Lotta Continua se decide a declarar. Acusa a dos ex dirigentes, Adriano Sofri y Giorgi Pietrostefani de ser los autores intelectuales del crimen del comisario. Las contradictorias declaraciones del “arrepentido” y el oscuro juicio y condena de los militantes es el tema de la obra de Ginzburg. Pero tal vez lo más significativo del libro resida en las páginas donde Ginzburg nos da una lección de metodología, constante en las obras del autor. Dos son los motivos que lo impulsan a escribir estas páginas. Primero porque Sofri es su amigo desde hace 30 años y quiere demostrar que la acusación carece de fundamento. Ginzburg se propone, a partir de las Actas del proceso de Milán, denunciar el mal uso que realiza el juez de los testimonios y comprobar la inocencia de su amigo. El segundo motivo, señalar las relaciones “intrincadas y ambiguas” entre el juez y el historiador. Tema que le preocupa y ha tratado de develarlo también en otras investigaciones tales como en Cultura popular en la Europa moderna y en El queso y los gusanos, ya citada. Es decir, indagar sobre las implicaciones metodológicas de una serie de elementos comunes a las dos profesiones como son las pruebas y los testimonios. Pero también diferenciar que los hechos examinados por los jueces e historiadores son en parte diferentes, sobre todo porque es diferente para unos como para otros la actitud hacia los contextos. Para el historiador el contexto -entendido como lugar de posibilidades históricamente determinadas-, sirve para llenar lo que los documentos no dicen sobre la vida de un individuo, sobre un acontecimiento. La historiadora Natalie Zemon Davis narra las dificultades de conseguir documentación del juicio por caso de sustitución de personalidad en su libro El retorno de Martin Guerre que la ha llevado a cambiar la estrategia de investigación. “A falta de las actas del proceso he revisado los registros de las sentencias parlamentarias para saber más sobre el tema y conocer mejor los usos y actitudes de los jueces. En cuanto a los rasgos de mis actores rurales, he revisado las actas notariales de pueblos parecidos de la diócesis de Rieux y Lombez. Cuando no encontraba el hombre o la mujer que buscaba, me dirigía en lo posible hacia otras fuentes del mismo tiempo y lugar para descubrir el mundo que ellos debieron de conocer y las reacciones que pudieron tener”. A propósito de esta estrategia metodológica, conviene recordar las acotaciones que hace Robert Darnton en la introducción de La gran matanza de gatos. “Debería ser posible que el historiador descubriera la dimensión social del pensamiento y que entendiera el sentido de los documentos relacionándolos con el mundo circundante de los significados, pasando del texto al contexto, y regresando de nuevo a éste hasta lograr encontrar una ruta en un mundo mental extraño”. En el método de Ginzburg, el episodio, el detalle, el “indicio” son las tipologías formales y es a partir de ellas que el episodio se vuelve proceso, esto es, se vuelve historia. En el tratamiento de las fuentes entre el historiador y el juez no debería haber diferencias. Los informes de los testigos claves por31WifkkHjBL más minuciosos que sean no constituyen garantía suficiente. Esto lo había comprobado el autor en los juicios de la Inquisición romana del siglo XVI al leer las Actas de los procesos por brujería celebrados en los tribunales. Compara los jueces de hoy con los jueces inquisitoriales, -continuidad en el pasado- que se basaban en un solo testimonio para acusar a las víctimas. Persecución de la brujería, siglo XVI, persecución de militantes opositores al régimen italiano, siglo XX: “Para poder ser tomada en cuenta una confesión debe ser corroborada por descubrimientos objetivos”. Tanto el juez como el historiador tienen que convencer por medio de pruebas eficaces y no sólo por la construcción de pruebas hechas por otros. El modelo judicial tuvo una influencia negativa en los historiadores, pues los indujo a ocuparse de testimonios que sólo permitían realizar historia diplomática, militar, política dejando de lado los indicios que permiten realizar una historia de grupos sociales, una historia de las mentalidades. Es decir, se ha dejado de lado a los sujetos para entrar a la historia événèmentielle basada en los documentos. Carlo Ginzburg reflexiona: “la fuente histórica tiende a ser examinada exclusivamente en tanto que fuente de sí misma, según el modo en que ha sido construida y no de aquello de lo que se habla”. En otras palabras, se analizan las fuentes en tanto que testimonio de “representaciones” sociales, pero, al mismo tiempo, se rechaza la posibilidad de analizar las relaciones existentes entre estos testimonios y la realidad por ellos designada o representada. Cierra el capítulo citando un párrafo del artículo de Luiggi Ferrajoli “Derecho y razón”: “El proceso es, por así decirlo, el único caso de experimento historiográfico: en él las fuentes actúan en vivo, no sólo porque son asumidas directamente, sino también porque son confrontadas entre sí, sometidas a exámenes cruzados, y se les solicita que reproduzcan, como en un psicodrama, el acontecimiento que se juzga”. Después de citar partes de las actas y sobre todo aquellas donde el relato se vuelve confuso y contradictorio, agrega en la edición de 1993 un postscriptum. Se refiere al cierre del caso en el año 1991 y que la única prueba para la condena de los acusados es la confesión del arrepentido ex militante de Lotta Continua. Nos preguntamos, ¿puede basarse una sentencia en un solo testimonio? ¿Puede hacerse historia desde una sola fuente informativa? Son los errores que jueces e historiadores cometen, unos sentencian, otros interpretan. El testimonio oral no puede ser el único indicio, la única prueba. La verdad del historiador y del juez es preguntarse ¿qué realmente pasó? ¿qué datos son los certeros? En el transcurso del tiempo los recuerdos se confunden, las contradicciones, los olvidos, las subjetividades del testimoniante se acentúan al reconstruir los hechos. Pero, al contrario de las desviaciones de los historiadores, la de los jueces tienen consecuencias inmediatas más graves. “Ellos pueden llevar a la condena a individuos inocentes”.

[Nélida BONACCORSI. “Carlo Ginzburg. El juez y el historiador. Consideraciones al margen del proceso Sofri. Madrid, Ed. Anaya & Mario Muchnik, 1993, 184 páginas”, in Revista de Historia (Neuquén), nº 5, 1995, pp. 331-334]

✍ Comunidades de violencia. La persecución de las minorías en la Edad Media [1996]

11748503Con este libro, David Nirenberg, doctor en Historia por la Universidad de Princeton, expone las teorías de su investigación y labor divulgativa sobre la relación histórica entre cristianos, judíos y musulmanes. Concretamente esta edición traducida al castellano y al francés después de cinco años, aparte de introducir modificaciones, permite conocer estudios que profundizan en las nuevas teorías de la historiografía, más o menos reciente, sobre el estudio de las minorías en la Edad Media. Una traducción que, por otro lado, es fruto de la pujanza del interés sobre estos sectores sociales, menos estudiados por la escuela tradicional. La obra de este hispanista realiza una crítica y puesta en cuestión de las teorías más o menos estructuralistas de la violencia contra las minorías en la Edad Media, incluyendo en esta categoría a musulmanes, judíos, leprosos y prostitutas. Una historiografía que se ha dedicado a adoptar una visión a largo plazo de estos sucesos, con la intención de establecer una continuidad entre los odios de antaño y los actuales, trazando una línea continua de los orígenes de la intolerancia europea desde la Edad Media a la Segunda Guerra Mundial. En contraposición a ello, Nirenberg analiza dos masacres que han sido usadas en estos relatos teleológicos, para situarlas en sus respectivos contextos locales, políticos y culturales. Para ello toma como punto de partida la premisa de que las ideas sobre las minorías funcionan dentro de una multitud de otras ideas estructurales de las que dependen y a la vez estudia estas minorías en los episodios que generan tanto la violencia cataclísmica como la violencia sistémica, como las califica el autor. La violencia cataclísmica es la base de su crítica, puesto que había sido interpretada desde un punto de vista condicionado por el Holocausto, pasando por alto la interdependencia fundamental entre violencia y tolerancia en la Edad Media. El autor busca así investigar las funciones y significados de dicha violencia dentro de las sociedades medievales, lo que representa el estudio de las minorías y las actitudes hacia ellas, con el objetivo último de destacar su importancia dentro de la construcción de los mundos medievales. Tal y como señala el título, es la violencia la que estructura el libro: una primera parte con la cataclísmica y una segunda parte con la sistémica. Previo a este análisis traza un contexto histórico que pretende ser una introducción general al lugar que ocupan las minorías tanto en Francia como en la Corona de Aragón durante el siglo XIV, por ser la geografía donde se van a desarrollar estas revueltas, para situarlas en sus estructuras políticas, económicas y culturales durante este periodo. De este modo, en una primera parte del libro, titulado «Violencia cataclísmica: Francia y la Corona de Aragón» y a través de los tres capítulos que la componen, se centra en los episodios de violencia de mayor envergadura. Nirenberg analiza los dos actos violentos que han servido de base a la interpretación teleológica: la llamada Cruzada de los Pastorcillos de 1320 y la Cruzada de los Ganaderos de 1321, destacando los motivos por los que ambos sucesos, iniciados en Francia, llegaron a la Corona de Aragón con diferentes repercusiones. En el capítulo I, titulado «Francia, origen de los disturbios», se analizan los antecedentes de estos movimientos en Francia, situándolos dentro de los conflictos provocados por la recaudación de impuestos y el papel de la monarquía en la violencia social. Respecto al segundo capítulo, «Cruzada y masacre en Aragón», estudia el contexto local y la pluralidad de significados que se pueden establecer en este territorio, centrándose en las representaciones administrativas de la violencia contra las minorías que evolucionó a nuevas motivaciones, significados y usos potenciales. En el tercer capítulo, titulado, «Leprosos, judíos, musulmanes y venenos en la Corona de Aragón», nos presenta la lucha que se produjo entre las gentes de toda la Corona, que pretendieron hacerse con el control del nuevo «discurso persecutorio» sobre envenenamientos para satisfacer sus propias necesidades. La segunda parte del libro, bajo el título «Violencia sistémica: poder, sexo y religión», se centra en el análisis de la amenaza de la violencia que origina la transgresión individual y cotidiana de los límites religiosos. En el primer capítulo, «Sexo y violencia entre mayorías y minorías», el autor señala ese trasfondo violento que influyó en la acciones y estrategias diarias tanto de la mayoría como de las minorías, respecto a aspectos como el vestido, la alimentación, el trabajo, etc. El autor hace hincapié en el fenómeno de la conversión como la más conflictiva de las transgresiones religiosas, para señalar al respecto las diferencias entre las tres religiones. O el malestar y la violencia que generan las relaciones sexuales entre miembros de diferentes grupos religiosos, que aparece en muchas ocasiones en las fuentes, tan entrelazado que al historiador le cuesta diferenciarlo de la violencia acusatoria. Este último concepto se define como una acusación infundada casi siempre siguiendo los mismos parámetros, en relación al sexo o la religión, y cuyo objetivo era apartar a unas determinadas personas, mediante la culpabilidad, de la sociedad por algún motivo o rivalidad política, económica o social. Unas acusaciones que para las comunidades judías fueron estudiadas por F. de Bofarull, denominadas malsines, y que también utilizaron los musulmanes durante el siglo XIV. En última instancia, Nirenberg centra el tema de las barreras sexuales entre religiones en los cuerpos de las prostitutas cristianas, y en como su desproporcionado papel en la construcción del miedo ante el mestizaje afectó al desarrollo de la violencia contra las minorías. En este sentido propone la teoría de la prostituta como representación concreta de una comunidad de hombres unidos entre sí por un vínculo sexual común, de modo que «la piel de la prostituta envuelve a la comunidad cristiana, mientras que sus orificios al ser penetrados por los cristianos, la refuerzan. Esto explica el peligro del mestizaje; puesto que de forma simbólica podía hacer que los no cristianos penetraran clandestinamente en la comunidad cristiana a través del cuerpo de la prostituta». Lo cual no deja de ser otra vuelta de tuerca a una interpretación un tanto exagerada de la prohibición a las prostitutas de yacer conk5827 no cristianos, cuando, si tenemos en cuenta la doble moral, el mantenimiento de estas prohibiciones seguía una política ideológica medieval que se manifestaba en la separación y el alzamiento de barreras entre las tres religiones: un ejemplo son las arquitectónicas de los diferentes barrios: juderías, morerías, etc. Sin entrar en discusiones sobre si esta política seguida por instituciones como la monarquía o el consell, tuvo mayor o menor éxito, hay que tener en cuenta que no siempre se pueden aplicar las teorías de la antropología contemporánea a períodos históricos, porque en ocasiones el resultado queda más que forzado. En el segundo capítulo, «Minorías enfrentadas entre sí: violencia entre musulmanes y judíos», el autor analiza uno de los aspectos de la sociedad medieval menos estudiado, quizá por la parquedad de las fuentes cristianas respecto a este tema, pero donde se realiza una interesante aportación. Musulmanes y judíos no solo representaron y discutieron sus conflictos en sus propios lenguajes religiosos, sino que también intentaron acceder a discursos explícitamente cristianos. Por otro lado la sociedad cristiana era dominante, por lo que la necesidad de funcionar dentro de las instituciones obligó a los no cristianos a participar de su lógica y a adoptar sus medios de argumentación como los más eficaces. Para ello se centra en las relaciones materiales y sociales que se agrupan alrededor de marcos conocidos pero también en ámbitos de conflicto y competencia entre minorías. El tercer capítulo, «Las dos caras de la violencia sagrada», interpreta los conflictos o revueltas que casi anualmente se producían con motivo de la festividad religiosa de la Semana Santa. La historiografía tradicional señala que estos actos violentos eran síntomas de una intolerancia creciente, enlazándolos para obtener una narración que culmina en tragedia según Jean Delumeau. En contraposición para el autor se convierten, también según el egipcio Al-Qarafi, en sucesos tradicionales anuales, casi litúrgicos y no en un síntoma aberrante de un sistema gravemente enfermo. Una conclusión a la que llega tras reconstruir las propias revueltas de Semana Santa: su frecuencia, sus protagonistas, sus guiones, etc. Por otro lado estas revueltas se explican como la representación clerical de variaciones históricas, el refuerzo de los límites entre grupos y la ritualización de la violencia que contribuyeron a establecer las condiciones que posibilitaran la existencia continuada de los judíos en la sociedad cristiana. A la vez, los apedreamientos de Semana Santa se convierten en una glosa clerical sobre la «convivencia», donde los niños eran los portavoces de la conciencia de la comunidad, por lo que podían decir la verdad puesto que se consideraba que hablaban desde fuera de las redes de relaciones sociales en las que estaban atrapados los adultos. Con todo, falta un estudio que ponga de relieve, basándose en la psicología medieval, la relación entre la infancia y la memoria. Por otro lado, en el fondo de los sucesos de Semana Santa se encuentra la vinculación de los judíos a la monarquía, lo que explica los actos más violentos y los aspectos más subversivos. Se trata de toda una serie de conclusiones que tienen consecuencias para la periodización que tradicionalmente se había venido utilizando basándose en la intolerancia hacia las minorías en la Península en la Edad Media y en general para toda Europa que enunciaron historiadores como Y. Baer. Porque si bien el estilo de las polémicas cristianas había cambiado entre los siglos XII y XIV, deberíamos proceder con cautela para no esquematizar demasiado las relaciones entre cristianos y judíos. En la última parte del libro, «Epílogo: Después de la Peste Negra», se analiza la violencia de este periodo dentro de un contexto de crisis general económica y demográfica como fue 1348, que se manifestaría una vez más en las relaciones entre mayorías y minorías, señalando como la convivencia se basaba en la violencia. Queda fuera del estudio del libro el análisis de la violencia de 1391, que para el autor se sitúa dentro del tipo de violencia cotidiana, estratégica, controlada y estabilizadora. Aunque no lo estudia en profundidad, puesto que estos movimientos quedan fuera de los márgenes cronológicos de la obra. En definitiva, el libro de Nirenberg aporta una buena investigación sobre la violencia y las minorías en la sociedad medieval. No obstante, al centrarse en un análisis social, apunta tan sólo las cuestiones económicas en el contexto, señalando que los individuos de las tres religiones eran económicamente dependientes entre sí, es decir, que agresor y víctima estaban unidos por relaciones económicas. Pero en el análisis más pormenorizado deja al margen las cuestiones económicas, sobre todo en aspectos coyunturales como el análisis de precios, las coyunturas agrarias o la incidencia de los periodos de soldadura, algo que a nuestro juicio hubiera enriquecido el análisis de esos movimientos sociales.

[Mª Nieves PÉREZ GÓMEZ. “Reseña bibliográfica”, in Revista d’Historia Medieval (Valencia), nº 12, 2001-2002, pp. 465-469]

✍ Nosotros y el Islam. Historia de un malentendido [1999]

35563757Franco Cardini (Florencia, 1940) es catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Florencia, tras haber enseñado también en la Universidad de Bari, así como en numerosas ciudades europeas, americanas y asiáticas. Entre sus últimos títulos cabe destacar: Europa, 1492 (1991), Europa, año 1000 (1995), Las aventuras de un humilde cruzado (1998), Magia, brujería y superstici6n en el occidente medieval (1999) y Los Reyes Magos (2001). En su nueva obra, Cardini plantea un seguimiento sistemático del camino recorrido por Europa al entrar y permanecer en contacto con el Islam. La manera y los motivos por los que se produjo, el proceso histórico que facilitó el desarrollo de las relaciones entre ambos mundos, la pluralidad de aspectos, de conceptos, de prejuicios, de desinformación y, como él mismo se refiere en la introducción de la obra, de antiinformación, que han configurado y condicionado la visión del Islam por parte de Europa y, consecuentemente, del resto de Occidente. Por ello mismo, el lector advierte que las páginas de este volumen adolecen, aunque no de manera absoluta, de la perspectiva recíproca, es decir, la del Islam. Esto no es en modo alguno aleatorio, sino que Cardini lo lleva a cabo intencionadamente, dado que, en primer lugar, el conflicto Europa-Islam es un producto de la perspectiva occidental más que de la oriental y, en segundo lugar, porque el Islam con el que los europeos se relacionaron y profundizaron es un Islam concreto, el mediterráneo -que comprende los países de Turquía, Oriente Medio y Norte de África- y es en este en el que se centra el autor. Por esta misma razón nos viene a destacar un aspecto importante y muy necesario a tener en cuenta si no queremos caer en los errores y confusiones que tantos políticos e historiadores han cometido. Se trata de remarcar que el Islam no es una realidad homogénea, sino que en su seno vive una pluralidad, como sucede en la Cristiandad, conciencia, incluso más que la cristiana, de la unidad profunda que conecta la umma (Umma o Ummah, f.: Comunidad del Islam que engloba todos sus fieles. En su sentido restringido significa también “nación” o “patria”, véase Dolors Bramón, Una introducción al Islam: religión, historia y cultura, p. 183) de todos los creyentes y que, asimismo, se han desarrollado a lo largo de la Historia en formas y con caracteres distintos. La razón de este libro, nos dice Cardini en el prólogo, es el cambio producido en los últimos años de la perspectiva habitual con que los europeos contemplaban el Islam. Una mutación de óptica provocada por la progresiva consolidación, a finales del siglo XX, de movimientos e incluso instituciones estatales en el mundo musulmán, inspiradas en la tradición islámica, como dice Cardini, más “pura” y “originaria”. En particular, apunta el autor, tres datos factuales compelen a reconsiderar una problemática que parecía paralizada, incluso estancada, desde hacía tiempo. En primer lugar, el nacimiento y desdoblamiento del conocido como “islamismo”o “Islam político”, que se presenta como una ideología política mancomunada en la idea de que el renacimiento del Islam y la restauración de su hegemonía en el mundo pasan por la lucha sin compromisos contra el “Satán” occidental. Segundo, la posibilidad -surgida tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington- de que los ambientes más radicales del islamismo constituyan el cimiento para la afirmación y difusión de afinidades con un terrorismo internacional, posible plataforma de consenso de masas, al presentarse como “el vengador de los pobres y los explotados de la Tierra”. Tercero, una “nueva oleada” musulmana que en cierto sentido amenaza otra vez con cubrir la geografía europea, pero que -a diferencia de las de los siglos VIII, X ó XV-XVI- “no tiene un carácter militar, sin ser por ello pacífica”. Por otra parte, debemos tener en cuenta que a fecha de hoy es tal el número de ciudadanos europeos de fe musulmana que existe ya un Islam europeo y que, por ello, los dos términos en los que se centra el análisis de Cardini, Europa e9788842082811 Islam, no pueden ser considerados en términos de auténtica “alteridad”. Dice: “No podemos considerar a la europea y la musulmana como facies distintas de una sola civilización, sino que hay que entenderlas como civilizaciones diferentes pero ricas en áreas de presencia conjunta y de convivencia y dotadas de una común y profunda raíz eurasiática, helenística y mediterránea”. Los acontecimientos del 11 de septiembre y sus consecuencias llevaron a muchos, sobre todo a aquellos creadores de opinión occidentales, ya sean políticos o intelectuales, a situar las relaciones entre Occidente y el Islam en términos de “aut…aut”. Ante estas tesis, consideradas como aberrantes por Cardini, ante el odio y la violencia despertado en Occidente contra los musulmanes -aún somos espectadores de las consecuencias de la guerra llevada a cabo contra Irak por los USA- Cardini propone una reflexión y un análisis de las razones históricas que permiten una interpretación de las relaciones entre Europa y el Islam en términos de “et…et”. Su libro “quiere ser una contribución a la sensatez y al fundamento de tal interpretación”. A tal efecto, el autor nos ofrece en los doce capítulos de este volumen, una nueva perspectiva de los acontecimientos sucedidos a lo largo del arco cronológico que va desde la Edad Media hasta la Contemporánea, es decir, desde que los occidentales tenemos consciencia de su existencia. Aquello que durante tanto tiempo hemos considerado como hecho, Cardini lo desmitifica y trata de derribar esas invenciones nacidas, no sin fines específicos, en determinados momentos de nuestra historia. Sirvan como ejemplo los acontecimientos de los siglos VII-VIII, cuando Europa era considerada “la sede por excelencia del Cristianismo” y donde aquel que no fuese cristiano era considerado un extranjero o un invasor. Cardini nos ofrece el caso de la ya desgastada discusión sobre la Batalla de Poitiers; o la llegada de los ismaelitas a Roma, vista como el precedente a la venida del Anticristo. Las noticias de los avatares de lo siglos XII-XIII, en los que lo musulmán es visto como la gran amenaza, como lo desconocido, lo mágico y, por ello, lo herético. Algo que en el período moderno no había ni mucho menos desaparecido: Cardini nos ofrece el ejemplo de Solimán o Suleiman, el hijo de Selim I, conocido como “el Magnífico” en Europa. Una desmitificación de los hechos históricos y de los héroes europeos como Carlos Martel, Carlo Magno o los cruzados, son el corazón de esta obra. En contrapartida el autor nos ofrece una relación Europa-Islam fructuosa, donde se dieron encuentros valiosos, sin los que la civilización europea hubiera sido otra. Baste pensar en la llegada de las obras de carácter científico de origen griego, que alcanzamos los europeos en el siglo XII gracias a las traducciones árabes, así como sus tratados matemáticos, médicos o científicos. Cabe plantearse qué habría sido de Europa sin estas aportaciones. En los dos últimos capítulos del volumen, Cardini nos muestra el lado agresivo de Europa, la llegada de Napoleón a Egipto, todo un trauma para el mundo islámico, o las conquistas coloniales, que interrumpieron la creación de un mundo árabe-musulmán unitario y provocaron enfrentamientos lejos de sus intereses e intenciones, caso del conflicto con los judíos, aún hoy latente en Palestina. Hechos que junto a las guerras de religión modelan y conforman una herencia demasiado pesada, a la que se une esta falsa óptica, ya recíproca a estas alturas de la Historia. Si la intención es superar la propia Historia y cambiar el rumbo de los hechos presentes en un mundo, una Europa y unos USA “donde aumentan cada día los ciudadanos y los residentes que siguen la ley del Profeta”, es de primera necesidad evitar ver la relación con el Islam como una confrontación, reconocer la colaboración habida en el pasado y replantearse qué es lo que Europa y el mundo musulmán representan realmente, único modo de extraer fruto de esta heterogeneidad, de conocemos mutuamente y de evitar el malentendido, subtítulo de esta obra. Todo esto es lo que nos ofrece la nueva obra de Franco Cardini. Como lectura complementaria y aclarativa de los términos lingüísticos y culturales que puedan resultar extraños a un. occidental y por ello tergiversados -dada la mala formación de la opinión pública europea y el peso de los USA en la política internacional- la obra de Dolors Bramón, publicada el año pasado en edición de bolsillo por Crítica, Una introducción al Islam: religión, historia y cultura, sirve de gran ayuda si queremos derribar prejuicios y contribuir a lo que nos propone Cardini.

[Gema Belia CAPILLA ALEDÓN. “Reseña bibliográfica”, in Revista d’Historia Medieval (Valencia), nº 12, 2001-2002, pp. 435-438]

✍ Medicina e historia. Raíces sociales del trabajo médico [1984]

medicina-e-historia-mendes-goncalves-1998-bfn_MLM-F-3119846978_092012En el contexto de la sociedad capitalista, donde el concepto y la práctica de la medicina están matizadas por la ideología burguesa hegemónica que la reviste de un manto de neutralidad científica y ahistórica, el tema desarrollado por Ricardo Bruno Méndez Gonçalvez cumple con el propósito (explicitado por el mismo) de “abrir espacios dentro de la concepción general de las relaciones entre práctica médica e historia” así como comprender “las funciones de la práctica en relación con las dimensiones constitutivas de cada tipo macrohistórico de organización social”. Este objetivo se cumple a través de un breve análisis acerca de las condiciones del quehacer médico en los modos de producción previos al capitalista, en el que finalmente centra la exposición. Con base en la teoría del materialismo histórico rescata el concepto de práctica médica como trabajo ya que permite la satisfaccion de necesidades (a las cuales se subordina) y “actúa como fuente directa de obtención por quien la desempeña, de los medios naturales de existencia producidos o de sus equivalentes”. En tanto trabajo, distingue los elementos siguientes: a) una actividad orientada a un fin. O sea, el trabajo mismo determinado por su articulación con la estructura social; b) objeto sobre el cual se trabaja. Constituida por el cuerpo humano, que al presentarse en la sociedad básicamente como fuerza de trabajo y al encontrarse en función bajo determinadas relaciones de producción, determina que sean las clases sociales y no el sujeto aislado, el objeto de la medicina; c) los instrumentos de trabajo, o sea, los medios auxiliares en el proceso de trabajo. Caracterizando al saber médico como instrumento que sirve para apropiarse del objeto: “El saber es histórico por ser una dimensión de la práctica… en tanto solución técnica, la práctica está más bien determinada por las relaciones sociales que se establecen y reproducen a través de ella. En este sentido, el instrumento de trabajo sirve a la práctica médica antes que nada, como medio de adecuarla a sus funciones infra y supra estructurales”. Ahora bien, las funciones que la medicina cumple en la sociedad capitalista se comprenden como resultado de su subordinación a los intereses hegemónicos, subordinación que al mismo tiempo que las articula al conjunto de las prácticas sociales, le permite preservar una posición privilegiada para los profesionales médicos. Estos, al fungir como intermediarios (funcionarios o intelectuales de la supraestructura) en el ejercicio del poder de la burguesía sobre la clase obrera, reproducen las clases y relaciones de clase de los agentes sociales en la estructura social a la vez que se adscriben a sí mismos a la clase “pequeño-burguesa”. En el cumplimiento de estas funciones, reelaboran los conceptos de salud y enfermedad, los que al concebirse “como hechos objetivamente determinables y al haber inculcado tal idea al conjunto de la sociedad, transforman a la salud y la enfermedad en ‘bienes’ cuya desigual distribución estratifica cuantitativamente a los seres humanos negando sus diferencias cualitativas” -esto es, mercancías en un mundo de relaciones mercantiles. Asimismo, el autor destaca que como determinantes infraestructurales, “el consumo de estos servicios […] viene a formar parte del costo de reproducción de la fuerza de trabajo” y que tareas médicas, como la selección de la fuerza de trabajo (en el mercado) y disminución de los riesgos a que esta se somete están incluidas en el momento de la circulación del capital. Dichas tareas “corresponden a los gastos accesorios de la producción capitalista”, coadyuvando a la extracción de plusvalor a los obreros, optimizando la reproducción de la fuerza de trabajo. El autor concluye que en la práctica médica, “la dimensión de manipulación de antagonismos sociales se revela de diversas formas: 1) en el propio hecho de ser incorporado el consumo de servicios médicos a la reproducción de la fuerza de trabajo, por donde se manifiesta la legitimación de la atención médica como capaz de dar cuenta de las ‘necesidades de salud’ a pesar de las condiciones que generan estas necesidades; 2) de manera correlativa, el consumo de servicios médicos viene a sustituir parcialmente el consumo de bienes capaces de ‘producir’ salud; 3) por consiguiente, el consumo de servicios médicos reproduce al portador de la ‘necesidad médica’ como consumidor ‘satisfecho’ con lo que corta los nexos entre las condiciones de vicia y la transgresión de las estructuras de normatividad; 4) el consumo de cuidados médicos preserva al capital de una elevación directa de los salarios, ya que este consumo puede ser financiado indirectamente por mecanismos socializadores de costos”. Cabe resaltar la importancia del abordaje metodológico que el autor plantea en el texto, ya que permite la desmitificación del quehacer médico como práctica independiente de las estructuras económico-politicas e ideológicas de las sociedades. En realidad, la medicina en el mundo occidental ha acumulado funciones cada vez mas complejas, y dado que se encuentra inmersa en la dinámica de las sociedades de clase, se ve envuelta en contradicciones que se tornan insolubles. Al explicitarlos en el momento histórico actual se posibilita de alguna forma el cuestionamiento y la crítica de esta práctica hegemónica, así como el planteamiento de alternativas para la misma práctica y/o para las prácticas médicas subalternas. Un cambio que aparece apuntado como necesario, aunque no explícitamente, hace referencia a la socialización del conocimiento médico ya que monopolizado como hasta ahora impide que los trabajadores (o el pueblo) localicen efectivamente los problemas de salud y luchen por su superación.

[Noemí MUCIÑO. “Reseña bibliográfica”, in Salud Problema, nº 10, Primera Época, verano de 1985, pp. 58-59]

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