Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ Historia de la mierda [1978]

UnknownSi bien es verdad que, por regla general, los que hacemos crítica literaria solemos comentar para nuestros lectores novedades recién salidas al mercado, hoy haré yo una excepción con el permiso de ustedes para hablarles brevemente de un libro especial, Historia de la mierda, una obra cuya segunda edición apareció en Valencia en 1998 publicada por Pre-Textos en su colección de ensayo. Es verdad que ha llovido lo suyo desde entonces, pero también les digo que el volumen no ha perdido actualidad con el tiempo. El libro, traducido del francés por Nuria Pérez de Lara, y con un diseño de cubierta más que simple aunque de buen gusto, viene a recoger el ensayo que Dominique Laporte escribió en su día -la primera edición de la obra, de 1978, fue impresa por Christian Bourgois- acerca de la evolución de la higiene y el higienismo en el mundo moderno, y sobre todo en Francia, desde el siglo XVI al XIX. No obstante, dicho marco cronológico sirve sólo de acotamiento globalizador. Se utilizan citas de autoridad de los autores más dispares, tanto clásicos como modernos, desde los latinos Plinio, Juvenal o Suetonio, hasta los franceses Roland Barthes, Foucault o Pierre Guyotat, pasando por personajes tan variopintos como Goethe, Bentham, Malthus, Freud o Kant, entre otros. Dominique Laporte nos da un paseo -nada olfatorio, por cierto- por el mundo de las citas y las referencias históricas, aludiendo al hecho indiscutible de que la mierda (excremento humano y animal, suciedad o porquería, según reza el diccionario), ha sido materia de constante preocupación para el ser humano desde siempre, y en especial desde que Roma empezó a exportar -a partir del siglo I de nuestra era- los refinamientos y exquisiteces metropolitanas a sus vastos dominios del mundo conocido. Hemos de señalar, no obstante, que Laporte se centra sobre todo en el estudio de la Francia posterior al reinado de Luis XII, quien sucedió en el trono a su primo Carlos VIII en 1498. Son frecuentes en el libro las alusiones a la ciudad de París, como sucede con la cita de Louis-Sebastien Mercier -de su obra Tableau de París, de 1789- referida a la mala costumbre popular9782267017014_1_75 de hablar groseramente y a la, más insana y peligrosa si cabe, de arrojar a la calle basuras y porquería desde los balcones y ventanas. Y esto en vísperas de la tan traída y llevada revolución del modernísimo siglo XVIII. “Es imposible -señala Mercier- vivir en esta gran ciudad sin ser manchado por la pala del basurero o por la lengua de la bajeza”. En resumidas cuentas, el libro de Dominique Laporte, además de una titulación atrevida y de unos contenidos temáticos fuera de lo común, posee una gran sencillez estructural y un lenguaje en exceso fácil, poco original y escasamente personal -un lenguaje standard, diría yo-, muy típico de ciertos ensayos de difusión traducidos al idioma español con menos mimo del que sería deseable. Por otro lado, tampoco debemos pasar por alto la tarea puramente científica, pues no conviene olvidar que los textos responden, al menos en principio, al resultado de un serio proceso de investigación histórica. Contra lo que pueda parecer, el asunto escatológico –que a veces se aborda ligado al humor o a la chanza- abunda relativamente en el ámbito de los libros serios y hasta de investigación. En La escritura del cuerpo, obra publicada por la Universidad de Antioquia en 2001, Jairo Montoya se hace eco del libro de Laporte, lo comenta parcialmente y lo referencia con absoluta seriedad en el capítulo bibliográfico. Algo similar hacen Facundo Tomás Ferré e Isabel Justo, de la Universidad Politécnica de Valencia, en su libro Pigmalión o el amor por lo creado, publicado por Anthropos Editorial en 2005. Eso por no hablar de la referencia que de la obra se hace también en Cervantes y su mundo, de Kart Reichenberger, Darío Fernández-Morera y A. Robert Lauer, publicada en 2004. En dicho volumen se recoge un trabajo de Luis F. Avilés titulado “En el límite de la mirada: el espectador en Don Quijote”, donde el autor del texto cita el libro de Dominique Laporte dentro de su listado de bibliografía utilizada. Otro ejemplo lo tenemos en el titulado Una vieja historia de la mierda, de Alfredo López Austin, que salió a la luz gracias a la tarea de Ediciones Toledo en 1988. Y así podríamos citar numerosos estudios y publicaciones donde estaría presente, de una manera evidente, el asunto escatológico. El libro de Laporte puede gustar, dejar frío o hasta enfadar al lector; puede resultar entretenido, curioso o indecente incluso, dependiendo del talante de cada persona en particular. Pero nadie podrá negar, ni poner en tela de juicio, que el tema -inodoro, desde luego- resulta, cuando menos, de lo más original. Que ustedes lo lean bien.

[Ricardo SERNA. “Un ensayo escatológico”, in Barataria. Asociación Aragonesa de Amigos del Libro, nº 27, diciembre de 2009]

➻ Alexis de Tocqueville [1805-1859]

tocquevilleTocqueville es uno de los más brillantes pensadores políticos de todos los tiempos, hecho que se reconoció ya en vida del autor. Sus ideas han deparado análisis de los más conspicuos filósofos, sociólogos y politólogos del siglo XX. Son legión los autores que se declaran influidos por sus ideas, cobrando vida propia en estos comienzos del siglo XXI. Sin embargo, aunque uno no sea admirador de Tocqueville, no puede dejar de reconocer sus aciertos, sus proféticas afirmaciones y su visión ilimitada sobre la sociedad democrática. Este ilustre autor francés, más allá de la pasión por la libertad que, explícitamente, iluminaba las mejores páginas de sus obras, tuvo en su vida una coherencia ejemplar. Pese al contexto histórico que le tocó vivir, en su ánimo palpitaba el deseo de desempeñar la libertad política como un aristócrata de la mejor especie. Precisamente, en este artículo se desarrollará con brevedad su trayectoria personal y política que, no debemos olvidarlo, fue completamente consecuente con su finísimo pensamiento político. El 29 de julio de este mismo año [2005] habrán transcurrido doscientos años desde que nació, pero su influencia y pensamiento durará mucho más. Alexis-Charles-Henri Clérel de Tocqueville nació el 29 de julio de 1805 en la calle Ville-l’Évêque de París, en el seno de una familia normanda muy antigua de “un profundo y arraigado catolicismo y una gran altivez aristocrática” dice J. Peter Mayer (1). Era el tercer hijo de Hervé-Louis-François-Jean-Bonaventure Clérel y de Louise-Madeleine Le Peletier Rosanbo, ambos de treinta y tres años, y casados en el departamento de Loiret del municipio de Malesherbes. Su padre, Hervé de Tocqueville, descendía de un linaje de la noblesse d’épée, los Clérel de Tocqueville, que se dedicaban a la carrera militar o a la eclesiástica hasta la Revolución. Su madre, la señora Hervé de Tocqueville, descendía de una de las primeras familias de la noblesse de robe; era nieta de Malesherbes, que había ejercido de abogado defensor de Luis XVI ante el tribunal revolucionario. El padre y la madre de Alexis de Tocqueville estuvieron encarcelados en París bajo el Terror, salvando la vida gracias a la caída de Robespierrre. Tras diez meses de cautiverio, Hervé de Tocqueville, salió de la prisión con el pelo blanco a los veintidós años, siendo aún más dramática esta experiencia para su mujer, cuyos nervios quedaron destrozados para el resto de su vida. Aunque sea difícil delimitarla, la influencia de su padre sobre Alexis ha sido muy grande. Para André Jardin, “en primer lugar, en la concepción fundamental de la existencia: la vida del conde Hervé estuvo dedicada al servicio público; se desvivió por él (y gastó por él sin medida). Para su hijo, ésta es la verdadera virtud heredada de los tiempos aristocráticos, sin la que la vida está mancillada por una especie de decadencia” (2). La educación de Alexis, al igual que la de sus hermanos, fue confiada al abate Lesueur, antiguo preceptor de su padre, Hervé de Tocqueville. La competencia intelectual del viejo sacerdote era muy limitada, pese a que escribía un francés elegante, sabía griego y había viajado por Europa. Resultado de ese limitado horizonte cultural es que Alexis no tuviera una escritura y ortografía perfectas. Por otra parte, el abate Lesueur imprimió una profunda huella en el carácter de Alexis, enseñándole las virtudes cristianas y ejerciendo de director de su alma, por lo que Alexis siempre le tuvo un enorme afecto, no exento de gratitud. En 1817, el padre de Tocqueville es trasladado a Metz, de donde fue nombrado prefecto. Alexis irá a vivir junto a él completando sus estudios secundarios en el Collège Royal de Metz, obteniendo un premio de honor en Retórica, materia en la que fue fundamental para la formación intelectual del joven Tocqueville la labor de su profesor, monsieur Mougin, quien le enseñó a escribir sus propias reflexiones y conclusiones mientras leía un libro, en lugar de limitarse a tomar notas literales del mismo. Por lo demás, la enseñanza en el colegio de Metz contenía algunas lagunas, sobre todo, comparado con la de los liceos parisienses de la época. Son años en los que Alexis sentirá una gran soledad, al no tener a sus hermanos y su madre junto a él, mientras su padre, con las obligaciones de la prefectura, tampoco le podía dedicar mucho tiempo. El joven Tocqueville intentó aliviar la soledad que le angustiaba con incontables lecturas. Entre los libros que pudo leer, se encuentran autores como Descartes, Voltaire y Rousseau, que produjeron en la mente de Alexis una gran conmoción, concretada en una duda universal -elemento que distorsionará su mundo de valores aristocráticos- y, sobre todo, sus creencias religiosas casi hasta el final de su vida, en cuyo ocaso recuperó totalmente su fe cristiana, disipando las dudas que le atormentaron durante tantos años. A diferencia de otros grandes intelectuales, autores y pensadores liberales de su tiempo, como John Stuart Mill, por ejemplo, el joven Alexis no tuvo una educación amplia y sistemática. El gran crítico de las letras francesas, Sainte-Beuve, reconoció posteriormente que “Tocqueville había leído relativamente poco” (3). Este importante dato, en lugar de perjudicar la valoración de la obra de Alexis de Tocqueville, aún le otorga un mayor mérito, al constatar que, con un ligero andamiaje, el “semiautodidacta” Tocqueville (4) llegó a las cotas más elevadas del pensamiento político universal. El joven Alexis continuó la tradición jurídica de su familia materna cursando la carrera de Derecho en París entre 1823 y 1826. Aunque al principio se aplicó al estudio con entusiasmo, terminó su licenciatura con mediocres resultados. Emprendió luego un viaje a Italia y Sicilia con su hermano Eduardo, regresando para aceptar su nombramiento como juez auditor del Tribunal de Versalles, lugar donde su padre residía en calidad de prefecto del departamento de Seine-et-Oise. El nuevo magistrado Alexis de Tocqueville tomó posesión de su cargo en Junio de 1827. Cediendo a los consejos de su familia, desempeñará este cargo, pero sin mucho entusiasmo. La revolución de julio de 1830 supuso la culminación de una transformación en Francia, donde la aristocracia pasó de ser dominadora a dominada por la apabullante victoria de la burguesía, en rigor, de la gran burguesía, que llegó al poder por primera vez. Su cargo de juez auditor le convirtió en juez suplente, exigiéndosele un juramento de fidelidad a Luis Felipe. Tocqueville prestó el juramento, produciéndole una de las sensaciones más dolorosas de su vida y un indescriptible horror, porque repudiaba completamente la monarquía burguesa de Luis Felipe, “el rey burgués”. En efecto, los acontecimientos de 1830 en Francia le produjeron tal desazón, que no encontró otra salida que poner tierra de por medio. Fue así como emprendió el viaje, junto a su amigo y colega Gustave de Beaumont, que, a la postre, sería crucial en su vida y en su obra: el viaje a los Estados Unidos de América. Para poder llevarlo a cabo, Tocqueville y Beaumont obtuvieron del ministro de Interior el encargo de una misión oficial para investigar in situ el sistema penitenciario norteamericano. Para Tocqueville, tal encargo, era en realidad un mero pretexto que le permitiría cumplir con un deseo que guardaba en lo más profundo de su corazón: conocer una auténtica democracia, la única que existía en aquella fecha, los Estados Unidos de América. Alexis se daba ya perfecta cuenta, según André Jardin, de que los Estados Unidos era el “prototipo del porvenir para Francia” (5). Pensaba que estudiando las instituciones, leyes y costumbres de los Estados Unidos comprendería mejor las transformaciones sociales y políticas que por mor de la democracia se estaban produciendo en Francia e incluso podría llegar a prever su futuro. En abril de 1831, Tocqueville y Beaumont embarcaron juntos rumbo a Nueva York. Sin desatender el cumplimiento de su misión oficial, Tocqueville además tomó toda clase de copiosas notas, acerca de lo que veía y lo que las gentes le contaban. Desafortunadamente para ambos investigadores, su estancia en los Estados Unidos no duró más que nueve meses, al ser presionados por el gobierno francés para que concluyeran su misión y regresaran a Francia. En marzo de 1832 desembarcaron en Francia urgidos para que realizaran el informe sobre las prisiones norteamericanas lo antes posible. Al ser revocado Beaumont de sus funciones como magistrado, Tocqueville decidió solidarizarse con él, y, consecuentemente, renunció a su cargo, abandonando la magistratura a los veintisiete años, sin haber recibido ni un solo salario en los cinco años que perteneció a la carrera judicial francesa. En enero de 1833, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont publican Du système pénitentiaire aux États-Unis et de son application en France que ganó el premio Monthyon de la Academia francesa. El libro obtuvo un gran éxito de crítica y no escaso de público, pues será reeditado en dos ocasiones. El 9 de marzo de 1833, Tocqueville ejercerá como abogado, por primera y única vez, ante la sala de lo criminal de Montbrison, defendiendo a su gran amigo de la infancia Louis de Kergolay, que había sido acusado de deslealtad. El ingenio y la elocuencia de Tocqueville conseguirán un fallo exculpatorio. Después de este nuevo éxito, realiza un breve viaje a Inglaterra (del 3 de agosto al 7 de septiembre), donde esperaba encontrar “algunas raíces de Norteamérica, así como una comparación de excepcional valor con lo que había visto en los Estados Unidos” (6). Su estancia en Inglaterra fue muy provechosa al madurar las ideas que Alexis tenía sobre Norteamérica. Dieciocho meses después de su regreso de Norteamérica, en octubre de 1833, por fin se dedicó plenamente a la redacción de su inmortal obra. Entonces Tocqueville se dio perfecta cuenta de la cantidad ingente e inabarcable de información que había reunido, por lo que resolvió buscar ayudantes que pudieran resumirle textos, escribir informes e intercambiar opiniones sobre política, instituciones y costumbres norteamericanas. Théodore Sedgwick III y Francis J. Lippit fueron los elegidos en la encomiable tarea de ayudar al ilustre autor francés en la elaboración de su obra más universal, aunque no participaron de la misma manera. Lippit desempeñó la poco estimulante pero esencial función de amanuense, traduciendo y resumiendo libros y folletos sobre las instituciones norteamericanas, no obteniendo jamás la confianza de Tocqueville. Sedgwick, en cambio, además de conseguirle libros norteamericanos, contestaba a las preguntas que le planteaba Alexis sobre las costumbres norteamericanas o el federalismo de tal forma, que Tocqueville tenía muy en cuenta su opinión, entablando con él una amistad duradera (7). El 23 de enero de 1835 (menos de tres años después de su regreso de los Estados Unidos), aparecieron los tomos I y II de La democracia en América, consiguiendo de inmediato un éxito inconmensurable y procurando a su autor fama universal. Según A. Jardin, “La verdadera causa del éxito fue el gran reconocimiento del talento del autor por parte de la prensa, y, sin duda, sobre todo, el gran elogio que de él hicieron las voces a las cuales el público cultivado estaba atento” (8). Pese a ello, “Tocqueville no quedó deslumbrado por el éxito de su libro y comprendió los motivos del mismo: los conservadores aplaudían porque había prevenido a los liberales contra los peligros de la democracia, mientras los liberales lo hacían porque había mostrado a los conservadores la legitimidad providencial del nuevo orden social democrático” (9). Como prueba del reconocimiento que obtuvo su obra, se le concedió un premio de la Academia francesa. En mayo de 1835, viajó nuevamente a Inglaterra, y, por primera vez, a Irlanda, acompañado de Gustave de Beaumont. Tocqueville quería conocer con mayor profundidad las instituciones y leyes inglesas, pues pensaba utilizar más el recurso comparativo entre las sociedades inglesa, norteamericana y francesa en la redacción de los siguientes tomos de La democracia en América. No fue esta la única razón que le impulsó a viajar a Inglaterra; pues también tenía motivos personales. En 1828, había conocido en Versalles a una joven inglesa, Mary Mottley, nueve años mayor que él, pero de la que estaba enamorado. Ella fue determinante para el futuro bienestar emocional de Tocqueville, logrando apaciguar su carácter atormentado. Su estancia en Inglaterra le permitió conocer a su familia y poco después, pese a la opinión contraria de la de Alexis, Tocqueville se casó con Mary Mottley. También se produjo otro hecho muy relevante en la biografía de Tocqueville en el transcurso de su segundo viaje a Inglaterra, durante el verano de 1835: el encuentro con John Stuart Mill, que marcó su vida de forma indeleble y que supuso una profunda influencia recíproca (10). La lectura de los dos primeros tomos de La democracia en América fascinó de tal manera a John Stuart Mill que no dudó en publicar dos recensiones de los mismos, que aún hoy en día, continúa siendo uno de los mejores análisis que se han hecho de la inmortal obra (11). Asimismo pidió a Tocqueville que publicara algún artículo para la revista que el propio Mill había creado. De este modo, el autor francés publicó en 1836 el artículo titulado “L’état social et politique de la France avant et depuis 1789” en la London and Westminster Review. El verano de 1836 lo pasó en Suiza descansando junto a su mujer, que se recuperaba de una enfermedad. Fueron unos meses de tregua en medio del trabajo que tendría que emprender. Alexis de Tocqueville había recibido a la muerte de su madre la propiedad del castillo de Tocqueville sito en la península de Cotentin. Alexis comenzó a pensar en ser diputado, para desempeñar una de las antiguas tareas de la aristocracia: la función pública. Decidió presentarse por el Cotentin, y no por Versalles o por París, que se consideraban entrar por la puerta grande a la Cámara de los Diputados, y que podría pensarse que fueran más apropiadas para los méritos del eminente autor de La democracia en América. En 1837, presentó su candidatura a las elecciones legislativas, pero al haber rechazado el apoyo oficial que le había ofrecido su pariente, el conde Molé, sufrió una dura derrota. Sin embargo, dos años después se presentó de nuevo, obteniendo una mayoría aplastante. Los electores, en el transcurso de ese tiempo, habían conocido las ideas de Alexis que había tenido múltiples reuniones con ellos. A partir de 1839, fue reelegido constantemente hasta el final de su carrera política en 1851. Tocqueville, durante todo el tiempo que desempeñó la actividad política tuvo contacto asiduamente tanto con sus electores como con su tierra natal, Normandía. Y este detalle no careció de importancia para sus votantes: “Los aldeanos de Tocqueville tuvieron siempre para con él el afecto que se siente hacia un buen padre” (12). En 1838, es elegido miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, aunque no recibió su nombramiento con mucha ilusión. En realidad, aspiraba a entrar en la Academia francesa, de la que fue elegido miembro en 1841, a la edad de treinta y seis años. Tras la publicación de los dos primeros tomos de La democracia en América, se volcó en la preparación de la continuación de su obra inmortal. Para ello, realizó muchísimas lecturas, en esta ocasión, no sólo relacionadas con Norteamérica, sino centradas muchas de ellas, en el estudio de los grandes filósofos. Por todo ello, se vislumbraba que la continuación de La democracia en América podía tener un carácter más abstracto, como así fue. Además de las lecturas y la publicación del ya mencionado artículo en la London and Westminster Review, escribió algunos artículos o informes más, concretamente, Mémoire sur le paupérisme (13) publicado en las Mémoires de la Société académique de Cherbourg cuyo objeto era la ley de los pobres aprobada por el Parlamento inglés el 15 de febrero de 1834 y Deux Lettres sur l’Algérie publicadas el 23 de junio y el 22 de agosto de 1837 en La Presse de Seine-et-Oise. Ninguno de estos artículos, más o menos extensos, tiene la altura de sus obras capitales, en las que parece haber concentrado Tocqueville toda su sabiduría. En abril de 1840, se publicaron los tomos III y IV de La democracia en América. Esta segunda parte de su obra inmortal se considera muy superior a la primera –más descriptiva- y se encuentra entre las mejores obras de pensamiento político de todos los tiempos. “El pensamiento –escribe J.P.Mayer- es más conciso y más profundo, el estilo más pulido y mejor logrado. El horizonte del escritor se ha ensanchado, se ha hecho más universal” (14). Es este el momento crucial en su carrera como escritor; había conseguido tener un estilo brillante y propio, muy influenciado por Pascal, uniendo razón y corazón, siendo el primer pensador político en la historia que procede de esa manera (15). Sin embargo, al contrario de lo que se podría pensar, la segunda parte de la obra fue recibida muy fríamente por el público francés; el nivel de ventas fue similar pero resultó ser mucho menos leída. Era un trabajo absolutamente original, que, por primera vez, había ampliado el círculo de influencia de la democracia, que se restringía al sistema dee7ffc24d591003a6ca548b921caff25f gobierno, llevándola hasta las regiones de las costumbres, ideas y sentimientos, que entonces se creía estaban fuera de su influencia. Si a todo esto, le unimos la ya mencionada abstracción de la segunda parte de la obra en búsqueda de conclusiones generales válidas universalmente, convendremos que resultaba demasiado complicado para el gusto del público francés de la época. En cambio, en Inglaterra el éxito de la segunda parte superó al de la primera; incluso fue el principio de una larga influencia de este autor en las ideas políticas de las islas británicas (16). Fue precisamente en este período de su vida, cuando empezó a tomar cierta importancia la actividad política de Tocqueville. Así, su debut oficial en la Cámara, tuvo lugar el 2 de julio de 1839, cuando subió por primera vez a la tribuna, para intervenir a propósito de la posición de Francia en la cuestión de Oriente, reclamando una política de presencia francesa en la zona. En 1840, fue elegido como relator por la Comisión nombrada por la Cámara para tratar el problema de la reforma de las prisiones. El 20 de junio, último día de la sesión, presentó su informe, pronunciándose a favor del sistema de Filadelfia, que consistía en el encarcelamiento celular y solitario como castigo severo, pero según se concluía, efectivo. Elegido Tocqueville consejero general de la Mancha como representante de los cantones de Montebourg y de Sainte-Mère Église, le dedicó un gran esfuerzo al cargo que desempeñará hasta 1848, siendo consecuente con sus ideas descentralizadoras. En este período de tiempo tuvo gran actividad parlamentaria. En 1843 se nombró una nueva comisión para la reforma de las prisiones, cuyo relator fue de nuevo Tocqueville, quien sostendrá ante la Cámara la discusión de mayo de 1844, adoptándose el sistema de encarcelamiento individual que él había recomendado en su informe. También participó activamente en muchas otras discusiones, señalándose entre las principales, su oposición a la alianza con Inglaterra. Tocqueville nunca llegó a ser un gran jefe político por carecer de los atributos para serlo; se le achacaba por sus detractores ser demasiado frío, orgulloso, incapaz de improvisar y con discursos planos, carentes del más mínimo mordiente. En su acción política en la Cámara, tuvo grandes enemigos, o, más bien, sentía una enorme antipatía por los líderes políticos Guizot y Thiers. Había modificado su opinión y sus sensaciones en torno a Guizot. Toqueville había asistido al curso que impartió Guizot entre 1828 y 1830 sobre la Histoire de la civilisation en France. Muchas ideas de este curso de historia influyeron en la redacción de la primera parte de La democracia en América, lo que demuestra una gran admiración de Tocqueville, por entonces, a la faceta de historiador de Guizot. Pero el papel que desempeñó Guizot como uno de los principales gobernantes en el reinado de Luis Felipe, provocó la antipatía de Alexis. Antipatía que degenerará en profundo desprecio por haber corrompido Guizot a la Cámara de la que Tocqueville era miembro (17). Respecto a Thiers, Alexis siempre mantuvo la misma opinión: le parecía que este jefe de la oposición constitucional, en lugar de plasmar las virtudes del político que preconizaba Platón, más bien, representaba sus más abyectos vicios. Era hipócrita, intrigante y embaucador. Las relaciones que mantuvo con Thiers fueron siempre tormentosas. Desde 1842 hasta 1846 fijó su actitud en la Cámara oponiéndose a la política de Guizot, para lo que se alió con Odilon Barrot, jefe de la izquierda dinástica, al que consideraba un auténtico liberal. Sin embargo, Tocqueville siempre mantuvo su independencia de criterio y su honorabilidad intachable. En 1842 Tocqueville fue nombrado miembro de la comisión extraparlamentaria para los asuntos de África, presentando, en 1847, un informe acerca del problema de Argelia (a la que había viajado), una de sus grandes pasiones políticas, en el que reclamaba al gobierno francés que alentase todo lo posible la colonización, respetando a los indígenas musulmanes y procurando su bienestar. La Revolución de febrero acabó con la monarquía burguesa de Luis Felipe, que huyó a Inglaterra. Se constituyó, entonces, un gobierno provisional del que formaron parte por primera vez jefes socialistas como Louis Blanc, se proclamó la República y se disolvió la Cámara, convocándose elecciones legislativas con sufragio universal masculino para abril de 1848. El 23 de abril de 1848 se eligieron los miembros de la Asamblea Constituyente que elaboraría una Constitución para la nueva República. Tocqueville volvió al Parlamento. El cambio del sufragio censitario al sufragio universal masculino deparó empero que los nuevos electores se inclinaran mayoritariamente por unos miembros de la Asamblea más conservadores, con lo que la sensación de inestabilidad social no desapareció completamente. En junio de 1848, se sublevaron los obreros parisienses. Esta Revolución fue reprimida en tan solo tres días por el general Cavaignac tras una sangrienta lucha. Mientras, Tocqueville había sido elegido miembro de la comisión encargada de elaborar la nueva constitución. Sin embargo, las tesis principales de Tocqueville no triunfaron, pues no se modificó la tradicional administración centralizada francesa y tampoco se instauró el sistema de dos cámaras que propugnaba. En diciembre se convocaron elecciones presidenciales. Tocqueville votó a Cavaignac, pero resultó elegido Luis Napoleón como presidente de la República por una mayoría aplastante (18). El 2 de junio de 1849, pasó Tocqueville a ocupar la cartera de Asuntos Exteriores en el segundo ministerio de Odilon Barrot. Para desarrollar sus funciones con éxito, nombró gente de su entera confianza en los puestos clave; elige a Arthur de Gobineau jefe de gabinete y designa como embajadores a Corcelle en Roma y a Gustave de Beaumont en Viena. Entre los grandes asuntos que le tocó resolver, quizá el más destacable fuera la tensión ruso-turca. Habiéndose refugiado en Turquía unos revolucionarios, que habían intentado la insurrección húngara, se acogieron a la protección de la Embajada de Francia. Austria y Rusia exigieron su entrega a Turquía, pero ésta no accedió. Se rompieron, pues, las relaciones diplomáticas y Turquía obtuvo el apoyo de Inglaterra y Francia frente a la inminente guerra. Entonces, ante la constatación de esta alianza, Austria y Rusia desistieron de sus pretensiones. Este conflicto es buena prueba de las dotes de diplomático que poseía Alexis de Tocqueville y también muestra su coherencia con su capacidad intuitiva, pues había previsto el peligro de Rusia en unas archifamosas líneas, quizá las más citadas de toda la obra de Tocqueville: “Hay hoy en la tierra dos grandes pueblos que, partiendo de puntos diferentes, parecen avanzar hacia el Democratie_en_ameriquemismo fin: son los rusos y los angloamericanos. Ambos han crecido en la oscuridad, y mientras las miradas de los hombres estaban ocupadas en otras partes, ellos se han situado de repente en primera fila entre las naciones. y el mundo ha conocido casi al mismo tiempo su nacimiento y su grandeza. Todos los otros pueblos parecen haber alcanzado más o menos los limites trazados por la naturaleza y no tener más que conservarlos; pero ellos están creciendo, todos los demás están detenidos o sólo avanzan con mil esfuerzos, y sólo ellos marchan con un paso fácil y rápido en una carrera cuyo límite no puede aún percibirse. El americano lucha contra los obstáculos que le opone la naturaleza; el ruso está en pugna con los hombres. El uno combate el desierto y la barbarie; el otro, la civilización revestida de todas sus armas; las conquistas del norteamericano se hacen con el arado del labrador, las del ruso con la espada del soldado. Para alcanzar su objetivo, el primero se apoya en el interés personal y deja actuar, sin dirigirlas, la fuerza y la razón de los individuos. El segundo concentra en cierta medida todo el poder de la sociedad en un hombre. Uno tiene por principal medio de acción la libertad; el otro la servidumbre. Su punto de partida es diferente, sus caminos son diversos; sin embargo, cada uno de ellos parece llamado por un designio secreto de la Providencia a tener un día en sus manos los destinos de la mitad del mundo” (19). A fines de octubre de 1849, Tocqueville se vio obligado a presentar su dimisión, pues Luis Napoleón había decidido destituir al Gobierno de Odilon Barrot. Luis Napoleón hizo algunos esfuerzos más tarde para asegurarse la colaboración de Tocqueville, pero ambos personajes eran antagónicos, con lo que estaban condenados a no entenderse. En julio de 1850, Toqueville empieza a escribir los Souvenirs, cuya redacción acabaría en Sorrento en 185120. Tocqueville no tenía intención de publicar esta obra, que es mucho más ácida y aguda en sus críticas, y no está tan depurada como las que decidió publicar, en las cuáles vertió su pensamiento mejor y más duradero. En cualquier caso, los Souvenirs se publicaron en 1893 y constituyen una de las más agudas memorias históricas acerca de la Segunda República francesa. El golpe de Estado de Luis Napoleón el 2 de diciembre de 1851 retiró definitivamente de la política a Tocqueville. Su carrera política nunca estuvo a la altura de su obra y, por otra parte, la vida pública en su tiempo le parecía desprestigiada y corrompida en general. Díez del Corral se hace eco de ese desencanto del autor francés: “Lo que Tocqueville echaba de menos en la vida política francesa era la altura de miras, el sentido de responsabilidad y el valor institucional de una antigua aristocracia, y además el vivo latido de la vida social que quedaba pospuesto por los intereses egoístas de clase” (21). No en vano, era la burguesía quien regía su mundo político, a su pesar. Apartado de la vida pública, Tocqueville va a reencontrarse con las tareas puramente intelectuales, y llena su tiempo con lecturas e investigaciones históricas. Planea escribir una gran obra histórica sobre Francia. Pero llega a la conclusión de que para llegar a la Francia posrevolucionaria, ha de estudiar primero sus raíces, que se encuentran en el Antiguo Régimen. Para Tocqueville, como señala André Jardin: “La Revolución propiamente dicha no era sino la terminación violenta y acelerada de una evolución que de todas maneras se habría producido” (22). Tocqueville no se va a limitar a relatar los acontecimientos históricos, sino que se convertirá en historiador pero sin perder su carácter de filósofo y sociólogo, entendiendo de esta manera la historia como un ser vivo, una materia viva que influye sobre nuestros actos y decisiones, metamorfoseándose gracias a ellos. Al investigar las historias de Francia al uso, en ese período anterior a la Revolución, concluye que el simple relato de los hechos no es suficiente. No se trata tanto de relatar los hechos, como de pensarlos. Además, aunque Tocqueville vincula lo racional con la historia, pues es hijo de su tiempo, difiere del planteamiento hegeliano de la misma, al no creer que se pueda encontrar un principio último, general y definitivo del que quepa deducir nuestro devenir histórico. Las palabras del profesor Negro Pavón no ofrecen ninguna duda al respecto: “En el umbral de una época crítica de alcance universal, Tocqueville concibe, pues, la misión de la inteligencia como un intento de ordenar el caos de los acontecimientos que tan vertiginosamente se suceden ante sus ojos. No pretende, por lo tanto, suprimir la Historia a base de explicarla, sino tornarla inteligible a la manera de Montesquieu. Es, en suma, un pensador riguroso, independiente y libre, para el que la Historia es algo que hacen los hombres, y no un estrecho sendero que estemos fatalmente condenados a seguir. Lo cual no le impide, como es obvio, rastrear y desvelar, cuando cuenta con elementos para ello, las concatenaciones causales y las recurrencias que cree advertir en el curso de esa Historia” (23). Durante 1853, a pesar de un estado de salud deficiente por sufrir una de sus frecuentes infecciones pulmonares, explora muchos archivos de Paris, Tours y otras ciudades buscando documentarse a fondo para la preparación de El Antiguo Régimen y la Revolución. Entre junio y septiembre de 1854 viaja a Alemania para informarse sobre las características del sistema feudal en el país germano. Después de cinco años trabajando en su nueva obra, publicó El Antiguo Régimen y la Revolución en 1856. El libro –el primero de tres libros proyectados- tuvo tanto éxito como su obra sobre América, pero a diferencia de ésta se denota en su obra de madurez una incomparable precisión en sus ideas, un estilo completamente depurado, que destila claridad cristalina sin dejar de poseer una vestimenta perfectamente bella. La democracia en América es su obra más famosa pero El Antiguo Régimen y la Revolución quizá sea su obra más redonda. En 1957 viaja, por última vez, a Inglaterra para consultar documentos de la historia de su Revolución. Su intención era publicar una segunda parte de 7122504-LEl Antiguo Régimen y la Revolución, con lo que necesitaba recabar mayor información de la que disponía; pero lamentablemente nunca llegó a hacerlo, por lo que quedó inacabada. Para regresar a Francia, el Almirantazgo inglés puso a su disposición un destructor. No deja de resultar irónico, aunque no es infrecuente, que Inglaterra le rindiera honores de hombre de Estado, cuando Francia nunca lo hizo en vida del autor. Su precaria salud acabó prematuramente con su vida, el 16 de abril de 1859 cierra sus ojos definitivamente en Cannes. El autor de La democracia en América y El Antiguo Régimen y la Revolución, pese al éxito que tuvieron sus obras, nunca se sintió completamente feliz. En él confluían tendencias antagónicas como aristocracia y democracia o razón y corazón; esto le hizo, en muchas ocasiones, debatirse en dudas sobre ideas o situaciones que le atormentaban. La definición de Alexis de Tocqueville que ofrece Díez del Corral describe perfectamente esa características de este francés universal: “Un aristócrata de sangre y espíritu, que acepta la derrota porque no puede menos de admitir los cambios traídos por el tiempo y el ineludible empuje de las nuevas corrientes, aunque disienta de sus principios y se esfuerce por mitigar y encauzar sus efectos. Esfuerzo noble, lleno de objetividad, de inteligentes propósitos al mismo tiempo que de serena resignación, en la que influía sin duda muy humanamente el desencanto sentido por la insuficiencia que no podía menos de reconocer en sus dotes políticas” (24).

NOTAS. (1) Alexis de Tocqueville: estudio biográfico de ciencia política, Madrid, Tecnos, 1965, pág. 19. (2) A. Jardin, Alexis de Tocqueville 1805-1859, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pág. 36. (3) J. Peter Mayer, op. cit.,pág. 22. (4) No duda en calificarlo de esa manera L. Díez del Corral, en El pensamiento político de Tocqueville. Formación intelectual y ambiente histórico, Madrid, Alianza Editorial, 1989, pág. 95. (5) Alexis de Tocqueville 1805-1859, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pág. 79. (6) James T. Schleifer, Cómo nació “la democracia en América” de Tocqueville, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, pág. 26. (7) Para conocer más datos de la relación de Tocqueville con sus ayudantes, véase A. Jardin, op. cit., págs. 162-163. (8) A. Jardin, op. cit., pág. 181. (9) J. Peter Mayer, op. cit.,pág. 54. (10) Véase una comparación entre Mill y Tocqueville, en Dalmacio Negro Pavón, Liberalismo y Socialismo. La Encrucijada Intelectual de Stuart Mill, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1975, págs. 175-212. (11) Hay edición española de las mismas, en John Stuart Mill, Sobre la libertad y comentarios a Tocqueville, Madrid, Espasa Calpe, 1991. (12) J. Peter Mayer, op. cit., pág. 66. (13) Hay edición española, Alexis de Tocqueville, Democracia y pobreza (Memorias sobre el pauperismo), Madrid, Trotta, 2003. (14) J. Peter Mayer, op. cit., pág. 57. (15) Para esta cuestión, véase L. Díez del Corral, La mentalidad política de Tocqueville con especial referencia a Pascal, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1965. (16) “Seguramente Inglaterra fue el país en que más se mantuvo viva la autoridad de Tocqueville”. L. Díez del Corral, El pensamiento político de Tocqueville. Formación intelectual y ambiente histórico, Madrid, Alianza Editorial, 1989, pág. 395. (17) “¿Qué es la Cámara? –se preguntaba-. Un gran bazar en que cada uno vende su conciencia por un cargo”. Citado por André Maurois, Historia de Francia, Barcelona, Círculo de Lectores, 1973, pág. 400. (18) Véase una lectura clásica de los conflictos de todo este período en Karl Marx, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Madrid, Espasa Calpe, 1995. (19) Alexis deTocqueville, De la Démocratie en Amérique, Paris, Libraire Philosophique J.Vrin, 1990, págs. 313-314. Quizá sea ésta la más famosa predicción de Tocqueville, pero algunos autores han restado importancia a su valor como intuición: “En el tiempo de Luis-Felipe, numerosas personas se encuentran impresionadas por el crecimiento de dos colosos (la expresión es corriente), Estados Unidos y Rusia, y se prevé que, prosiguiendo su crecimiento, los dos colosos reducirán a una importancia secundaria las viejas potencias de Europa”. Bertrand de Jouvenel, El arte de prever el futuro político, Madrid, Rialp, 1966, pág. 196. (20) Edición española de los mismos, Alexis de Tocqueville, Recuerdos de la Revolución de 1848, Madrid, Trotta, 1994. (21) L. Díez del Corral, El liberalismo doctrinario, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1973, págs. 444-445. (22) André Jardin, Historia del liberalismo político. De la crisis del absolutismo a la Constitución de 1875, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, pág. 380. (23) Dalmacio Negro Pavón, “Introducción” en Alexis de Tocqueville, Inéditos sobre la Revolución, Madrid, Seminarios y Ediciones, 1973, pág. 13. (24) L. Díez del Corral, El liberalismo doctrinario, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1973, pág. 446.

[David CARRIÓN MORILLO. “Alexis de Tocqueville (1805-1859): vida y obras”, in Saberes. Revista de estudios jurídicos, económicos y sociales (Madrid), vol. III, 2005, pp. 1-19]

➻ Antonio Gramsci [1891-1937]

Antonio Gramsci por David LevineAntonio Gramsci nació en Ales el 23 de enero de 1891. Su infancia fue dura, pero no desgraciada. Su familia era bastante pobre; el padre, Francisco, con sus modestos ingresos de empleado del Registro tenía que mantener a la mujer y a siete hijos. Todos buscaban, por consiguiente, aportar alguna ayuda: la madre, cosiendo y realizando otros trabajos; los hijos buscando, desde muchachos, ganar algo. “Yo comencé a trabajar cuando tenía once años -confiesa Antonio en una de sus cartas- ganando mis nueve liras al mes (lo que representaba un kilogramo de pan diario) por diez horas de trabajo en la jornada, incluida la mañana del domingo, moviendo libros de registro que pesaban más que yo; muchas noches, ocultándome de todos, lloraba porque me dolía todo el cuerpo. Ni siquiera mi madre conoce toda mi vida y las adversidades que pasé”. A las fatigas de la miseria se unían para el pequeño Antonio los sufrimientos de la enfermedad; ya desde chico era frágil y delicado de salud y padecía una deformación física. Sin embargo, era de naturaleza cordial; jugaba de buen grado con los demás muchachos y se extasiaba con sueños de viajes llenos de aventuras; en sus cartas recuerda siempre con nostalgia y ternura los años de la infancia. Bien pronto reveló singular disposición para los estudios; frecuentó con éxito la escuela pública Santu Lussurgio, donde una aldeana lo tenía a pensión por cinco liras al mes, y, después, el liceo Carla Dettori, en Cagliari. El 30 de septiembre de 1911 obtuvo el título de bachiller y marchó a Turín, para ingresar en la Facultad de Letras de su Universidad. Así termina el período de la formación juvenil de Gramsci, cuyo factor más importante es, sin duda, la experiencia directa de su isla, Cerdeña, y la problemática que tal realidad le suscitaba. ¿Por qué Cerdeña era pobre y atrasada y, en cambio, otras regiones de Italia estaban en desarrollo y progresaban? “Imaginemos la Cerdeña -decía a menudo el joven Gramsci a sus amigos como un campo fértil y ubérrimo, alimentada su fertilidad por un venero de agua subterránea que viene de un lejano monte. De repente veis que la fertilidad desaparece y donde había hermosas mieses solamente brota la hierba del suelo. Indagáis la causa de esta desgracia, pero no la encontraréis si os limitáis a buscar en vuestras parcelas, si no orientáis vuestra búsqueda hacia el monte de donde llegaba, el agua y descubrís entonces que, algunos kilómetros más lejos, un malvado o un egoísta cortó el agua que alimentaba la riqueza de vuestro campo”. Este es ya el elemento primordial del problema que se afrontará y resolverá con su nuevo planteamiento de la cuestión meridional. Gramsci vive en Turín miserablemente con una beca y trabaja para completar sus ingresos. “He vivido durante un par de años -escribe a su hermana- fuera del mundo, coma en sueños. Viví cerebralmente, no con el corazón. Pero he trabajado, he trabajado para vivir, cuando para vivir debería haber descansado, haberme divertido. Dos años en que no reí nunca, pero tampoco lloré jamás”. Llega a ser uno de los alumnos predilectos del profesor Bartoli y positiva promesa para la ciencia de la lingüística. “Una de los mayores «remordimientos» de mi vida intelectual -escribió más tarde- es el profundo dolor que proporcioné a mi buen profesor Bartoli de la Universidad de Turín, quien estaba persuadido que yo era el arcángel destinado a «desterrar» definitivamente a los neogramáticos”. Paralelamente a los estudios, en aquellos años se acercó al movimiento obrero turinés. Después de pocos meses de estancia en Turín se afilió a la agrupación socialista local y es encargado de organizar una sociedad obrera de socorros mutuos. Colabora en el periódico socialista de la agrupación y, poco a poco, comienza a encontrar alguna respuesta a los problentas que su experiencia sarda le había planteado y que le surgen de nuevo. Es él quien en 1914 propone a los socialistas turineses postular como candidato a Gaetano Salvemini, el más destacado representante del movimiento meriodionalista. Ya en aquellos años comienza a entrever que la única solución a las contradiciones de la sociedad italiana es la revolución proletaria. “A menudo jóvenes estudiantes y obreros salíamos en grupo de las reuniones del Partido -nos cuenta Gramsci- atravesamlo las calles de la ciudad, silenciosas a aquellas horas, mientras los últimos noctámbulos se detenían a mirarnos de soslayo porque, olvidados de nosotros mismos, con los ánimos aún encendidos de pasión, continuábamos nuestras discusiones entremezcladas de terribles propósitos y sonoras carcajadas, galopando por el reino de la quimera y de los sueños”. El 11 de noviembre de 1914 hace su último examen universitario. Es el momento en que definitivamente resuelve su elección entre la carrera científica y la actualidad revolucionaria. Así culmina el segundo período de la vida de Gramsci: la etapa de su formación cultural. Durante la guerra, la actividad política de Gramsci aumenta en intensidad. En la práctica ya es un “revolucionario profesional”. Es redactor del “Grido del popolo”, semanario socialista de Turín; muy activo en la agrupación, multiplica sus contactos con los obreros de las fábricas. Al desfondarse, con la guerra, la II Internacional, busca conocer, a través de publicaciones ilegales en todos los idiomas, las posiciones de Lenin y los bolcheviques. Alcanza, así, a captar la importancia de las conferencias de Zimmerwald y de Kienthal, donde precisamente lanzó Lenin la consigna de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Educa a los cuadros obreros turineses en la polémica contra el reformismo y rápidamente se convierte en el más querido de los dirigentes socialistas de Turín. “Le rodean los jóvenes y se le acercan los obreros más inteligentes y activos, y no sólo socialistas, sino anarquistas y católicos. Su lugar de trabajo en la organización obrera citadina y la bohardilla donde habita, comienzan a convertirse en la Meca de un peregrinaje ininterrumpido. De tal forma que, cuando en julio de 1917 se personan en Turín dos representantes del Gobierno de Kerenski, las mencheviques Goldenberg y Smirnov, fueron recibidos por una grandiosa manifestación, de apoyo a Lenin. Y en agosto del mismo año, luego de la fallida insurrección de los obreros turineses, donde en cinco días de lucha armada cayeron quinientos trabajadores, Gramsci es elegido secretario de la agrupación de Turín. Así completa su experiencia práctica de revolucionario y organizador, que une a la madura formulación del análisis de la sociedad italiana y de la línea de lucha y que acentúa cada vez más su polémica de enfrentamiento con la dirección del Partido Socialista. Es decir, llega a “L’Ordine nuovo”. Con la publicación de “L’Ordine nuovo”  -que se inició el 1º de mayo de 1919- se cierra el período de la formación de Gramsci y se abre el de su plena madurez. “Cuando en el mes de abril de 1919 decidimos entre tres o cuatro, o cinco (nuestras discusiones y deliberaciones deben existir aún, porque fueron recopiladas y transcritas en magníficas copias, particularmente las orales; ¡sí, señores!, las orales… ¡para la historia!), iniciar la publicación de la revista “L’Ordine nuovo”, ninguno de nosotros -o quizás ninguno- pensaba en cambiar la faz del mundo, ni en transformar el cerebro ni el corazón de la humanidad, ni en abrir un nuevo ciclo en la historia. Nadie de nosotros -quizás nadie, aunque alguno fantaseaba sobre seis mil suscriptores en unos cuantos meses- acariciaba ilusiones doradas sobre el buen éxito de la empresa. ¿Quiénes éramos?, ¿qué representábamos? ¿De qué nueva palabra éramos portadores? ¡Ay de mí! El único sentimiento que nos unía en nuestras juntas era el suscitado por la difusa pasión por una vaga cultura proletaria; queríamos hacer; hacer, hacer. Nos sentíamos angustiados por falta de orientación, inmersos en la agitada vida de aquellos días que sucedieron al armisticio, cuando parecía inminente la hecatombe de la sociedad italiana. ¡Ay de mí! La única palabra nueva que se suscitó en las reuniones fue acallada”. La palabra nueva era la de los consejos de fábrica, es decir, la de la búsqueda por descubrir las formas originales, italianas, del poder obrero: la fibra de acero de nuestra revolución. Y había sido sofocada por la presencia de Tasca que, en cambio, concebía una “revista de cultura abstracta, de información abstracta”. De ahí la necesidad de un golpe de Estado a la redacción que debía hacer de “L’Ordine nuovo” el periódico de los consejos de fábrica. “Togliatti y yo urdimos el golpe de Estado a la redacción: el problema de las comisiones internas fue explícitamente planteado en el número siete de la revista; la noche antes de escribir el artículo habíamos explicado al compañera Terracini su contenido y él nos manifestó su plena conformidad en lo teórico y en lo práctico. El artículo, con la conformidad de Terracini y la colaboración de Togliatti, tuvo un éxito imprevisto. Togliatti, Terracini y yo fuimos invitados a celebrar conversaciones en los círculos educacionales, en las asambleas de fábrica; las comisiones internas nos invitaron a discutir en reuniones restringidas sobre créditos y cobranzas. Continuamos. El programa de desarrollo de las comisiones internas llega a ser el problema central, se convierte en la «idea» de “L’Ordine nuovo”; se planteaba como el problema fundamental de la revolución obrera, era el problema de la «libertad» proletaria. “L’Ordine nuovo”, para nosotros y para quienes nos seguían, se convirtió en el «periódico de los consejos de fábrica»: los obreros -y esto podíamos afirmarlo- querían los consejos de fábrica. ¿Y por qué los obreros se apasionaban por “L’Ordine nuovo”? Porque en sus artículos del periódico se encontraban a sí mismos, veían reflejado lo mejor de sí; porque sentían que los artículos del periódico insinuaban su mismo espíritu íntimo de búsqueda. ¿Cómo pudimos llegar a ser independientes? ¿Cómo pudimos alcanzar a ser nosotros mismos? Porque los artículos de “L’Ordine nuovo” no eran fría ornamenta intelectual, sino que surgían de nuestra discusión con los mejores obreros, porque reflejaban los sentimientos, la voluntad, la verdadera pasión de la clase obrera turinesa que habían sido provocados y puestos a prueba por nosotros; porque los escritos de “L’Ordine nuovo” eran casi como «levantar acta» de los acontecimientos reales, vistos como momentos del proceso de íntima independización y expresión de sí por parte de la clase obrera. Por no los obreros querían a L’Ordine nuov0″. De tal modo, “L’Ordine nuovo” se convirtió en el centro del movimiento obrero turinés, su guía y sostén en la gran huelga de abril de 1920, durante la ocupación de las fábricas en septiembre de 1920 y en la fracasada huelga de abril de 1921. En el curso de estos años se acentuaron, cada vez más, sus polémicas con la dirección del Partido Socialista -maximalistas y charlatanes por un lado y reformistas por el otro-, y se elaboró un programa que se situó como base de la renovación del Partido Socialista Italiano. Este es ya un programa comunista y el mismo Lenin lo señalaba como el único que correspondía a los principios de la III Internacional. “En lo que respecta al Partido Socialista Italiano, el II Congreso de la III Internacional considera sustancialmente justa la crítica al Partido y las propuestas prácticas publicadas en la revista “L’Ordine nuovo” del 8 de mayo de 1920 L_Ordine_Nuovo_covercomo propuestas al Consejo nacional del Partido Socialista Italiano en nombre de la sección turinesa de dicho Partido, propuestas que corresponden plenamente a todos los requisitos fundamentales de la III Internacional. El II Congreso de la III Internacional invitó, por consiguiente, al Partido Socialista Italiano, a convocar a un Congreso Extraordinario del Partido para examinar tales propuestas y las decisiones de los dos congresos de la Internacional Comunista, a fin de rectificar la línea del Partido y de depurarle -y, sobre todo, a su grupo parlamentario- de los elementos no comunistas”. La suerte de la crítica gramsciana al Partido Socialista y el fracaso de todas las tentativas por su renovación interna inevitablemente tenían que desembocar en la fundación de un nuevo Partido, leninista y auténticamente revolucionario, el Partida Comunista. Esto sucedió, como es sabido, en Liorna el 21 de enero de 1921. Pero al igual que “L’Ordine nuovo” nació inicialmente sobre la base de un compromiso, que en parte lo paralizó, el nuevo Partido nace unido al ala maximalista de Bordiga que, de momento, no le permite ejercitar plenamente su función. La lucha contra Bardiga y su tendencia concluye solamente en el III Congreso, habido en Lione en enero de 1926. Mientras tanto, el II Congreso del Partido Comunista Italiano, celebrado en marzo de 1922, decide enviar a Gramsci a Moscú en calidad de representante del Partido en la Internacional Comunista. Ahí termina una de las etapas más intensas y creadoras de la actividad de Gramsci: la de los “consejos” y la de la creación del nuevo Partido de la clase obrera, y comienza un periodo, no menos importante, de experiencias internacionales. Gramsci permanece en Moscú hasta la primavera de 1923 y asistió al IV Congreso de la lnternacional, que condenó la tendencia sectaria y dogmática de Bordiga; obtuvo una experiencia profunda del nuevo Estado socialista y del Partido Bolchevique, conoció a la mayoría de los dirigentes de la revolución. En esta época conoce y se casa con Giulia Schucht, con la que tiene dos hijos, Delia y Giuliano. En la primavera de 1923 se traslada a Viena, desde donde seguirá mejor la evolución de la situación italiana. Sugiere el título del nuevo periódico del Partido, “L’Unità”, que inicia su publicación el 12 de febrero de 1924. El título es ya un programa y lo explica en una carta enviada desde Viena: “…La clase obrera, el Partido de la clase obrera, no podrán llevar a cabo su tarea histórica si no ponen por delante, si no tienen el acierto de asestar un golpe mortal al fascismo; no podrán plantearse la edificación de un «orden nuevo», de un Estado obrero, si no sabemos conquistar y conservar como el bien supremo, la unidad. Unidad de la clase obrera en torno al Partido, unidad de los obreros y de los campesinos, unidad del Norte y del Mediodía, unidad de todo el pueblo italiano en la lucha contra el fascismo”. En las elecciones políticas de abril de 1924, Gramsci es elegido diputado. Regresa a Italia y vuelve a su puesto de trabajo y de lucha. Dio el primer golpe al bordiguismo en la conferencia ilegal del Partido celebrada en Como, en mayo del mismo año; gana al Partido para el conocimiento de la naturaleza de clase del fascismo, plantea la política de unidad de todas las fuerzas progresivas contra el fascismo. Participa activamente en las reuniones del Aventino, es decir, del grupo de diputados de diversas corrientes políticas que, después del asesinato de Matteotti, se rehusan volver a la Cámara. Sostiene la necesidad de la huelga general política y de la transformación del Aventino en el único Parlamento legal, en “Anteparlamento”, y se esfuerza por ampliar la base del Partido absorbiendo a los elementos de la fracción internacionalista del Partido Socialista Italiano; toma contacto con otras fuerzas políticas y, entre tanto, prepara al Partido para el paso a la ilegalidad. En realidad, el 3 de enero de 1925 Mussolini anunciará las leyes de excepción. La actividad de Gramsci continúa febrilmente m “L’Unità”, en el Parlamento -donde vuelve a entrar después de las manifestaciones de impotencia del Aventino- y sobre todo en las organizaciones del Partido, en cada fábrica, en cada lugar de trabajo. En ese periodo se prepara el III Congreso del Partido, que se celebra clandestinamente en Lione en enero de 1926. Las tesis elaboradas y aprobadas en este Congreso -las famosas “tesis de Lione”- marcaron la derrota definitiva del bordiguismo y constituyeron la plataforma de la política ulterior del Partido comunista Italiano. La noche del 8 de noviembre de 1926, Gramsci es arrestado por la policía fascista. Concluye así el intenso período de su lucha directa contra el fascismo y por crear un gran frente único antifascista. Comienza, desde ese momento su peregrinaje de cárcel en cárcel, primero en espera del proceso, luego para cumplir la condena. El proceso se inicia el 28 de mayo de 1928 y se cierra el 4 de junio con la condena de Gramsci a 20 años, 4 meses y 5 días de prisión. Es el último periodo de la vida de Gramsci, que concluye con su muerte. Condenado a morir lentamente por las penalidades de la vida carcelaria -él, ya tan débil y minado en lo físico-, apartado de la realidad y de la vida política, disponiendo de pocos libros y revistas, dedica algunos años a la meditación, a la construcción de ese monumento del pensamiento, su obra “Los cuadernos de la cárcel”. Primero estuvo en la cárcel de Turín, luego en Civitavecchia y, por último, cuando estaba moribundo, en una clínica de Formia. Murió el 27 de abril de 1937 en la clínica Quisisana, de Roma, una semana después de que, debido a condonaciones y amnistías, acababa de cumplir la condena.

[Editore riuniti. “La vida de Gramsci”, in Antonio GRAMSCI. La formación de los intelectuales. México: Grijalbo, 1967, pp. 9-17]

✍ La historia cultural. Autores, obras, lugares [2005]

9788446018711Dos historiadores contemporaneístas valencianos, Justo Serna y Anaclet Pons -autores ya de un excelente estudio sobre microhistoria-, abordan las principales corrientes historiográficas de lo que se denomina «historia cultural», un género que ha experimentado a lo largo de las últimas décadas del siglo XX una progresión espectacular, y que nada tiene que ver con la historia de la cultura, aquella disciplina que se ocupaba de las aportaciones o legados de cada uno de los países, en cada uno de los períodos convencionales, en cada una de las áreas culturales. El concepto de cultura ha cambiado mucho. Hoy el sentido sociológico de Taylor («lo adquirido por el hombre como miembro de la sociedad», que valoraba de la cultura ante todo el factor aprendizaje) o el funcionalista de Parsons («tradición transmitida y heredada, generación tras generación», que primó ante todo el factor reproducción) han dado paso a los nuevos enfoques antropológicos que la consideran como un «repertorio de códigos o de convenciones, depósito de reglas y significados, que dan un sentido a nuestra vida y nos dotan de instrumentos para resolver nuestras relaciones con el medio». Si el concepto de cultura ha cambiado, no menos ha cambiado su historia. Territorio inmenso. Aquella historia de las ideas con todos sus tics elitistas, aquella historia social de la cultura de Arnold Hauser con toda su estela de mecanicismos simplistas, aquella historia de las mentalidades, tan francesa, tan fascinada por el inconsciente colectivo… han dado paso a una disciplina que se caracteriza por un territorio inmenso en el que interesa todo lo humano; que busca descifrar la inmensa trama de significaciones que el propio hombre teje, tanto al nivel de prácticas sociales como de símbolos referenciales; que prioriza sobre los contenidos (los mensajes) los cauces de expresión (los media); que busca nuevas formas narrativas y nuevos métodos (inducción, microscopio frente al telescopio estructuralista, papel del caso individual, acento en la cultura popular), enarbolando conceptos neoliberales como el de estrategia y un trasfondo subjetivista y relativista que subraya el presunto constructivismo escénico o mediático de la realidad en función de unos intereses (representación, invención…). Serna y Pons se adentran en la trastienda productiva de la historia cultural que se ha hecho en las últimas décadas a través de la penetración en las biografías intelectuales y las obras de sus más ilustres representantes. Por orden de edad, los grandes protagonistas del libro son Natalie Z. Davis (nacida en 1928), Burke (nacido en 1937), Darnton y Ginzburg (nacidos en 1939) y el delfín del grupo y su mejor teorizador, Chartier (nacido en 1945). Los autores del libro insertan a los citados historiadores en un «colegio invisible» del que se desbrozan las presuntas constantes que le caracterizan: desde el sufrimiento directo del nazismo en algunos casos (a través de los padres de Darnton y Ginzburg) a las herencias intelectuales (el marxismo de Hobsbawn o Thompson; la asunción de conceptos como el de «codificación» de Eco o el de comunidad interpretativa de Fish; el aporte de antropólogos como K. Thomas o C. Geertz, la influencia de la primera generación de Annales de Bloch y Febvre y de la tercera de Le Goff, los aportes estructuralistas y la fascinación por la posmodernidad y el deconstruccionismo). El conocimiento de la obra de los historiadores-protagonistas del libro y de la red de relaciones que los conecta (París y Princeton son los dos grandes núcleos referenciales) es impresionante y el discurso expositivo enormemente claro y trasparente en un territorio ciertamente opaco, como demuestran anteriores estudios de síntesis sobre historia cultural como los de Lynn Hunt (Berkeley, 1989) o el más reciente de Rioux y Sirinelli (Taurus, 1999). El viaje -así lo conciben los autores- por la historia cultural de Serna y Pons es apasionante y, aunque no permitirá descubrir un mundo nuevo a los historiadores españoles, sí brindará a los iniciados y no iniciados en este género la oportunidad de encontrar una lógica historiográfica común a los libros de Ginzburg sobre el molinero Menocchio, de Davis sobre el impostor Martin Guere o de Darnton sobre La matanza de gatos que quizás habíamos leído sin la conciencia clara de intercomunicación que existe entre ellos. Silencios. La fascinación que el libro de Serna y Pons provoca entre sus lectores-compañeros de viaje no puede hacernos olvidar algunos silencios que constatamos en el mismo. En primer lugar, el de algunos autores que han tenido peso representativo directo o indirecto en la historia cultural que consumimos. No sólo los que, en sutil autocrítica, mencionan los autores al final del libro (pág. 20). Me refiero a historiadores como Daniel Roche o Giovanni Levi, silenciados incomprensiblemente en el libro. También cuesta entender por qué no se hacen eco de la incidencia que esta historia cultural ha tenido y tiene en nuestro país. La influencia de Chartier es inconmensurable entre nosotros. ¿Por qué no se hace ni una sola alusión a Bouzá y los historiadores de la lectura en España? Por último, me hubiera gustado mayor profundización en el debate reciente que la historia cultural suscita hoy, más allá del significativo frenazo de Stone, la crítica de Momigliano a White y hasta la evolución del propio Ginzburg. El capítulo «géneros confusos» me ha parecido la huida de un compromiso definitorio al respecto, demasiado fácil. ¿Miedo a ser tildados de antiguos ante el patente monopolio de la modernidad que encarna hoy la historia cultural? Demasiadas timideces a la hora de abordar la valoración de los límites de la historia cultural en un libro que, en cualquier caso, explica magistralmente la arqueología de un género historiográfico de tanto éxito actualmente como es la historia cultural.

[Ricardo GARCÍA CARCEL. “La historia cultural. Autores, obras, lugares”, in ABCD Las artes y las letras, nº 705, 6 de agosto de 2005]

✍ Historia de los Papas en la época moderna [1834-1836]

9789681609092Que sepamos, la versión en lengua española de esta obra es la primera que se hace en nuestro idioma. La primera en absoluto. El detalle tiene una significación que merece comentarse. Es de índole sociológica más que literaria. No está originado por un azar editorial, imposible para que un libro publicado en 1836 no se tradujera hasta 1944, sino que responde de un modo expreso a una característica eminente de la cultura española de la época moderna. Revela un estado de cosas que contribuye a formular el cuadro de esa cultura vista en los principios capitales donde se transparenta su constante sociológica. Forma parte del libro y merece comentarse. Cuando la obra de Ranke apareció en Alemania, la cultura española atravesaba una época de crisis. Crisis de consunción, por cierto, no de renovación. Liquidábase el movimiento liberal de 1812, donde cristalizara la Ilustración del siglo XVIII. La crisis tomó cuerpo décadas más tarde, en la polémica sostenida de un lado por Menéndez Pelayo, escritor católico, y, del otro, por un grupo de escritores liberales acerca de la ciencia española de los siglos XVI y XVII. Recuérdese que en dichas centurias culmina la hegemonía imperial hispánica (vasto proceso de castellanización del mundo), y se elaboró el sistema de las ciencias físico-naturales, dominante hasta Einstein, Pank y Heisenberg. Fenómenos coetáneos cuya coincidencia tiene cierta importancia. Mientras el grupo liberal defendía la inexistencia de la ciencia española moderna, debido a la estructura teocrática del Estado, el Estado-Iglesia, Menéndez Pelayo la reputaba de evidente. Pretendía probarlo por el ejemplo, entre otros, de Miguel Servet, que en un tratado latino sobre la Trinidad planteó el descubrimiento de la circulación de la sangre. (Servet ocultó en un tratado anodino lo que no se atreviera a sostener). El insigne Menéndez Pelayo era incapaz de percibir que su prueba disimulaba un paradigma contra la tesis que exponía. Percepción difícil, dado que la prueba enraizaba en una trama sociológica específica (el pensamiento católico), interpuesta entre los hechos. Bastaba para estorbar la visión de la realidad. Por aquella época española, que se prolonga de una manera más o menos sensible hasta 1931, el libro de Ranke no hubiera podido traducirse. Y no se tradujo. El Estado ibérico seguía siendo el Estado-Iglesia. Después de 1931, la “Historia de los Papas” se consideraba, en algunos centros intelectuales prominentes, pero teñidos de la situación sociológica general, como fuera de línea y “anticuada”. Tuve la sorpresa de escuchárselo, en la cátedra de Metafísica de la Universidad de Madrid, a don José Ortega y Gasset. Nada menos. Su Revista de Occidente prefería servirnos a Spengler, Keyserling, Spann, Pfänder y otros escritores contemporáneos alemanes (tremenda noche donde todos los gatos son pardos), participantes por activa o pasiva de la exaltación hipertrófica del complejo pangermánico llamado nazismo. En resumen: jamás pudo ser traducido al español uno de los pocos historiadores europeos con que cuenta el pensamiento alemán. Apenas el Estado-Iglesia ibérico dejó de serlo, en lo físico y exterior, hubo que empuñar las armas para impedir, en circunstancias desesperadas, su restauración. Todos conocemos el final. Ranke ha sido traducido al precio de una guerra vil. Por una editorial mexicana que recogiera, en la Nueva España, el impulso universal de la cultura hispánica, derrotada por el fascismo. ¿Qué hay, pues, en este libro? ¿Qué es lo que contiene que pueda justificar la biografía de su traducción española? Preguntas ineludibles. Para nosotros, las vicisitudes de esa traducción destacan de un modo sucinto, pero concreto, la naturaleza de la obra. Ranke la anuncia en el Prólogo como una exposición histórica del poder temporal de la Iglesia, de su desenvolvimiento interior, de su progreso y decadencia. Ahora bien, el catolicismo no podrá reconocer nunca -pues reconocería su propia contradicción esencial- que el dogma está sometido a la misma movilidad que lo están el resto de los componentes de la trama histórica. Aceptará que todas la religiones son relativas excepto el catolicismo. Por eso el Vaticano puso las mayores dificultades al trabajo de investigación de Ranke en los archivos romanos y el Estado-Iglesia ibérico (“más papista que el Papa”: refrán castellano) mantuvo la censura sobre la obra. Trataban así de mantener la rigidez del dogma. Ambos, su propia rigidez. Entremos ya en el libro. Centrar el catolicismo en la Historia; inscribirlo como un fenómeno social en86085a las vastas perspectivas de ésta; poner de manifiesto en lo que se refiere a la institución del Papado, por ser institución, que el hombre es el productor y el producto de su destino; he aquí una mínima parte de lo obtenido por Ranke. Pero su obra se mueve en el horizonte histórico (o incluso mejor, antropohistórico). Gozando de lo singular por sí mismo, la Historia de los Papas relata hechos. ¿Qué otro asunto, sino ése, compete a la Historia? Muestra una parte de la enorme sinfonía de nuestro destino, ininterrumpido e inacabado. Al punto de vista sociológico -historia y sociología se identifican en el acto único del conocimiento-, corresponde aislar los factores reales e ideales determinantes del contenido total de la existencia, haciendo visible lo que para la Historia resulta invisible en su óptica de primer plano. La relación entre la naturaleza social e individual, la íntima realidad subyacente de ambas, señala la dimensión sociológica de la obra. Más claro aún: el tema sociológico de la Historia de los Papas consiste, a nuestra manera de ver, en describir el juego de fuerzas operantes en el hecho de que la institución papal convirtiera la suprahistórica divinidad católica en Historia propiamente dicha, reduciendo la eternidad al tiempo y al cambio. Acontecimientos que representan el precipitado histórico de los movimientos sociales que entrañan la época en que ocurrió. De la misma manera, la espuma de las playas señala el precipitado dinámico de la invisible energía oceánica. Fué la revolución más trascendental que se conoce. Estamos dentro de ella y por eso ignoramos su volumen. Dícese revolución por hábito; en realidad sucedió, quizás, algo más. Un hundimiento en los estratos de la cosmovisión de la Antigüedad. El sentido del destino humano cambió de brújula. La razón, capaz, según Parménides, del conocimiento del ser, renunció a sí misma por la revelación. El descubrimiento de Parménides (identidad del ser y el pensar), es un punto culminante de la cultura occidental; hasta la teología, ciencia de la inefable divinidad, se lo incorporó. Entre los horizontes polares de este horizonte (razón-sér-revelación) se produjo el cambio mencionado. Puede dominarse también desde otros lugares. Enfrentando, por ejemplo, dos fases separadas por siglos; la situación de los cristianos en la primitiva sociedad romana referida con desdén por Tácito (“quam odio humani generis convicti sum”, Annales, libro XV, LIV), y la situación de ta Iglesia en la Contra-reforma, al instaurar una orden de milicia para defenderse, los jesuitas, contraste que procura un punto de vista inestimable. Hay, naturalmente, más contrastes. Sería fácil especificarlos. Transcurren todos, los apuntados y los omitidos, dentro de un cuadro genérico. Mientras la estructura social se desenvuelve en una dirección, con los retrocesos necesarios, el catolicismo (religión aneja a esa estructura), se desarrolla en el opuesto. El catolicismo se hace cada vez más absoluto, negando así su constelación de origen. Dentro del proceso de la Contra-reforma, por ejemplo, tiene sentido el dogma de la infalibilidad papal, formulado en pleno siglo XIX. La trama donde aquél está entretejido se hace cada vez, en cambio, más liberal. Dicho en los imprecisos términos corrientes. Y fijando que el destino del hombre consiste en la libertad, valor supremo de cualquier escala axiológica. Hemos señalado el tema sociológico de la Historia de los Papas. Añadiremos ahora algunas reflexiones complementarias. El Papado, forma social religiosa nacida por el desarrollo del cristianismo y la rotura de éste con su constelación originaria (el espíritu autónomo y libre en sí mismo, por el sentimiento de lo infinito, de la dependencia de lo inefable sobrenatural), no está fuera de la Historia. Premisa invulnerable. Esa esencial historicidad cristaliza, por ejemplo, en los dogmas, donde encontramos el tipo de representación religiosa supuestamente intemporal. La impresión de inmovilidad, de estática permanencia del dogma católico, desaparece al considerar que, en todo caso, las palabras del dogma son inmutables, pero que éste se desarrolla y cambia, transformándose en su contenido. Ranke transcribe la biología de la transformación. Entendemos, por nuestra parte, que el dogma es un hecho social; concreta la fe propia de una coyuntura histórica determinada. Hecho social porque exige la sumisión sin examen. La realidad del dogma tiene, por tanto, una característica palmaria. La de darse en la vida. Otra premisa irrefutable. Integra la existencia religiosa que encarna siempre en el individuo sometido al irreversible tiempo histórico. (Cada momento del tiempo envuelve las tres dimensiones: pasado, presente y futuro). Tampoco cabe duda de que no hay religión estrictamente individual, en el sentido de personal, aunque el individuo sea ineliminable. El sentimiento religioso se incorpora al devenir social adoptando precisamente la forma del dogma. El ser humano ha creado a Dios, pero la Iglesia -cuerpo de la divinidad- es una comunidad fijada en dogmas sometida, por serlo, a las leyes sociológicas. Lástima que todo esto no pueda ser expresado en una palabra. Ranke ha utilizado cerca de mil páginas.

[F. CARMONA NENCLARES. “Historia de los Papas en la Edad Moderna por Leopoldo de Ranke”, in Revista Mexicana de Sociología, vol. VI, nº 3, septiembre-diciembre de 1944, pp. 398-402]

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