Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

➻ Miguel León-Portilla [1926]

1295218802_850215_0000000000_portadilla_normalMiguel León-Portilla nació el 22 de febrero de 1926 en la ciudad de México. Cursó sus primeros estudios en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, y en la ciudad de Los Ángeles, California. En esta última ciudad, obtuvo el título de Master of Arts, con la mención Summa cum Laude. En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se doctoró en filosofía, bajo la guía del doctor Ángel María Garibay, con la tesis titulada La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. Esta obra, que apareció revisada en 1959, ha sido traducida al ruso, al inglés, al francés, al alemán y al checo. Otros libros suyos son Los antiguos mexicanos, La visión de los vencidos (traducida a quince idiomas), Literaturas indígenas de México, y Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el Nican Mopohua (2001), entre muchos otros. Ha sido profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM desde 1957, director del Instituto de Investigaciones Históricas, miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM, y actualmente es Investigador Emérito del Instituto de Investigaciones Históricas, con antigüedad desde 1957. Ha impartido numerosas conferencias y pertenece, como consejero, al Instituto de Civilizaciones Diferentes, de Bruselas, Bélgica; a la Sociedad de Americanistas con sede en París, Francia; a la American Anthropological Association, a la Sociedad Mexicana de Antropología, a la Academia de la Investigación Científica, a la Academia Mexicana de la Historia (de la que ha sido director), a la Academia Mexicana de la Lengua, a la American Historical Association, a la National Academy of Sciences y a otras instituciones culturales mexicanas y foráneas. Es doctor Honoris Causa por varias universidades de México y del extranjero, entre éstas, de la Brown University, en Providence, RI. Algunas de las distinciones que ha recibido son el Premio Elías Sourasky, el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía, en 1981; el Premio Universidad Nacional, en 1994; la Medalla Belisario Domínguez, en 1995, y el Premio Menéndez Pelayo, en el 2001. Es asesor de la revista California History y fue coordinador de la Comisión Nacional del V Centenario 1492-1992. Recientemente, la Universidad de La Habana, Cuba, le ha otorgado el doctorado Honoris Causa, mismo que le será entregado el 21 de septiembre del 2006. Revela el pensamiento profundo de los antiguos mexicanos e inaugura un estilo muy personal de acercamiento a los textos; busca en la discursividad de la lengua la orientación del conocimiento prehispánico; analiza la poesía que, liberada de su lastre referencial, expresa con plenitud la singularidad del ser indígena; defiende la autonomía de los pueblos indígenas y recoge poemas en sus lenguas, tanto antiguos como modernos, en un afán de conservar su pureza y su naturalidad. Electo el 9 de diciembre de 1970, el doctor León-Portilla es miembro de El Colegio Nacional desde el 23 de marzo de 1971. Su conferencia inaugural, “La historia y los historiadores en el México antiguo”, fue contestada por el licenciado Agustín Yáñez.

[Fuente: El Colegio Nacional -México-]

✍ La formación del Imperio Americano. De la guerra contra España a la guerra en Irak [2005]

445676c0En su apasionante historia sobre La formación del imperio americano, Luiz Alberto Moniz Bandeira toma posición sin medias tintas y desde el principio. Considera que los Estados Unidos configuran el “único Estado que tiene un poder político sin igual en el orden interno, superior en el orden externo (…) es el único Estado verdaderamente soberano sobre la faz de la Tierra”. Y, utilizando una categoría del líder socialdemócrata alemán Karl Kautsky, sostiene que es un “ultra-imperialismo” y que “sus Fuerzas Armadas no existen para la defensa de las fronteras nacionales, sino para la dominación planetaria y la agresión, para asegurar fuentes de energía y de materias primas, así como las inversiones y mercados de sus grandes corporaciones”. Moniz Bandeira rastrea con erudición y pasión en la historia del imperio contemporáneo, que comienza con la epopeya de los “padres fundadores” y concluye con la invasión a Irak. El autor analiza las raíces culturales y religiosas de la identidad originaria estadounidense, las cuales, más allá de las transformaciones generadas por las migraciones y los cambios externos, sigue teniendo fuertes manifestaciones políticas y estratégicas en la actualidad. La cultura del pueblo norteamericano, considera el autor, esta marcada por el mesianismo nacional surgido de un puritanismo, proveniente de la tradición judaica. Cuando emigraron hacia América huyendo de las persecuciones, la imaginaron como la tierra prometida y “el pueblo norteamericano, del mismo modo que los israelitas, pasó a considerarse como el mediador, como el vínculo entre Dios y los hombres en la Tierra”. A partir de estas proposiciones y luego de hacer un recorrido por diferentes teorías del imperialismo, comienza lo central de este libro: construir una historia de la política expansionista e imperialista de los Estados Unidos, hacia el sur y el este. La historia se va desplegando en el contexto de la evolución política y económica de EE.UU. y de las grandes transformaciones mundiales, desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días. En ese recorrido, Moniz pone la lupa sobre los beneficios económicos que obtuvieron de la expansión imperialista, los contratistas privados involucrados en la industria bélica o en la explotación de los territorios invadidos. El autor analiza las políticas de los diferentes gobiernos estadounidenses, para Latinoamérica y el mundo y, en su último tramo, llega los más recientes emprendimientos imperiales estadounidenses, dando cuenta de sus ambiciones, sus mentiras y sus fracasos. Como dato ilustrativo del último de ellos muestra, en un gráfico, el aumento en flecha de los ataques terroristas que sufre el mundo desde el comienzo de la campaña “antiterrorista” del gobierno de George W. Bush. El libro de Moniz Bandeira construye, en suma, un amplio fresco histórico, escrito con energía y claridad, para entender las razones y sinrazones de las conductas de la “república imperial”.

[Julio SEVARES. “República imperial”, in Revista Ñ (Buenos Aires), 12 de mayo de 2007]

✍ El nacimiento del Estado [2002]

quentin-skinner-el-nacimiento-del-estado_MLA-O-2659570204_052012Quentin Skinner, actual profesor de la Universidad de Cambridge en la cátedra de Historia creada por el rey Jorge II en el siglo XVIII, nos muestra un excelente ejemplo de sus posturas metodológicas para enfrentarse al pasado en este trabajo erudito y esclarecedor. Vision of Politic, que incluye textos inéditos y algunos publicados previamente en revistas, es el título del libro original (tres volúmenes editados en el 2002) de donde se han traducido por primera vez al español los artículos incluidos en El nacimiento del Estado. En uno de sus libros clásicos, Los fundamentos del pensamiento político moderno, se pueden ver ampliadas las corrientes históricas propuestas, no así su objetivo. La Editorial Gorla ha publicado esta monografía sobre el origen del Estado, en una cuidada edición de Eduardo Rinesi. Eunice Ostrensky, de la Universidad de San Pablo, expone en la introducción una buena presentación a los presupuestos de la Escuela de Historia de Cambridge. La autora nos comenta cómo ese “contextualismo analítico” se muestra tan preciso para descifrar lo que han querido decir los escritores en el pasado. Así, para una buena comprensión de lo que se quiso decir, es necesario situar ese discurso entre otros de la época, contextualizando a través del debate sus polémicas y objeciones. Otro pilar de la edición es la investigación bibliográfica de Jiménez Colodrero. Se suman dos notas complementarias que aclaran nociones mencionadas y facilitan bibliografía de algunas consideraciones tratadas en el texto. Para completar este excelente soporte al texto de Skinner, la traducción de Mariana Gainza es impecable. El nacimiento del Estado se organiza en ocho capítulos, en los cuales Skinner demuestra su erudición y su reconocimiento de Hobbes como “el primer filósofo que enunció una teoría enteramente sistemática y autoconsciente sobre el Estado soberano”. Su objetivo es ubicar los orígenes y usos que tuvo el vocablo “Estado” hasta su formulación final como Estado moderno. Sin abusar de fuentes primarias, Skinner rescata textos embrionarios del Estado moderno que, lentamente y a través de su relato, van gestando su construcción. Skinner identificará dos corrientes: la tradición republicana, ubicada en el Renacimiento italiano desde los siglos XIV hasta el XVI, donde Maquiavelo con sus Discorsi (1513-19) es su representante más sobresaliente en la defensa de la República; y los monarcómacos o regicidas, con origen en Francia y seguidores en los Países Bajos e Inglaterra, que expresan en la Vindicae contra Tyrannos (1579) el derecho de los pueblos de ungir al rey y removerlo si gobierna tiránicamente. Estas dos vertientes serán absorbidas por las mentes absolutistas de Bodin, en un primer momento, y de Hobbes, en un segundo y ulterior, que articula la noción de Estado con la de soberanía, al modo moderno. El libro cierra con las resonancias de su teoría en los siglos posteriores. Del mismo modo, analiza otros conceptos políticos, como traición, obediencia u honor, que son resemantizados en forma coherente con el de Estado moderno.

[Andrés DI LEO. “Leviatán”, in Radar Libros, Página/12 (Buenos Aires), domingo 14 de diciembre de 2003]

✍ Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955 [2004]

Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955, de Lila Caimari, es el producto de muchos años de recolección, investigación, confrontación y minuciosa lectura de fuentes muy diversas: documentos oficiales, prontuarios policiales, memorias, artículos periodísticos, investigaciones científicas, conferencias internacionales. Caimari realiza una historia del castigo administrado por el Estado moderno y de las representaciones de ese castigo en un período que se abre en 1877 –año de inauguración de la Penitenciaría de Buenos Aires– y se cierra en los primeros años de los gobiernos peronistas. La investigación realiza una historia de los cambiantes discursos sobre el castigo y de los instrumentos estatales de control social; y se detiene en los movimientos de reforma social de finales del siglo diecinueve, el surgimiento de la criminología positivista, la instauración de un modelo civilizatorio y cientificista del castigo. A su vez, se dedica al análisis de las relaciones entre sociedad y prácticas punitivas, los vínculos entre delito y clases sociales, los diálogos entre discursos legales y discursos científicos, las consecuencias interpretativas de causales del delito que son divergentes. La primera parte del libro está dedicada a la reconstrucción de una historia del castigo administrado por el Estado, una reconstrucción que cumple cabalmente con uno de los requisitos de una investigación histórica bien hecha: confronta ideas con materialidades y prácticas, poniendo en relación las teorías punitivas del Estado moderno con las prácticas institucionales ejercidas por ese mismo Estado. El desarrollo de esta primera parte avanza sobre dos andariveles. Por un lado, sobre aquello que dicen “los especialistas”: el conjunto de textos, leyes, documentos de juristas, médicos legales, criminólogos, higienistas, que definen teóricamente los instrumentos de disciplinamiento y de control social. Por otro, sobre el vínculo entre esas teorías punitivas y las prácticas institucionales de castigo. Las ideas y las prácticas, entonces, ya que Caimari estudia los modos en que las teorías profesionales sobre el delincuente se transformaron en proyectos, y los itinerarios de esos proyectos cuando fueron puestos en funcionamiento. En el examen de este uso institucional de las ideas científicas, criminológicas o penales, Caimari erige a la prisión como el gran escenario donde se cruzan los saberes y las prácticas sobre el delincuente. En la segunda parte, Caimari abandona las voces profesionales y especializadas sobre el delincuente y el sistema punitivo para incorporar otras voces: las voces de los profanos; las voces de quienes carecen de conocimientos y de autoridad en la materia; la voces de aquellos que, siguiendo a Pierre Bourdieu, están excluidos de los espacios consagrados de definición de un objeto –sea éste la religión, la ciencia o el derecho–, que se contraponen a los especialistas que son quienes gozan del reconocimiento y la legitimidad social de ser los que exclusivamente detentan ese saber, y sostienen el monopolio de la circulación y el uso del capital simbólico referido a la especialización de ese saber. En esta parte del libro, se produce uno de los momentos de mayor originalidad de la investigación pues Caimari introduce a la sociedad –a los que miran, leen y comentan– en una ecuación que hasta entonces había sido planteada entre dos términos: ya no se trata sólo de pensar a quienes administran el castigo y a quienes lo padecen sino también de pensar a quienes lo están “mirando” y que también emiten discursos sobre el castigo y el delincuente. Sobre este tercer andarivel, la investigación reconstruye el imaginario social sobre el criminal y el castigo a través de algunos de los modos profanos de su representación: las crónicas periodísticas de fines de siglo diecinueve, las revistas misceláneas de comienzos del siglo, la prensa sensacionalista de los años veinte, las emisiones radiales de los años treinta. Con los profanos ingresan en la investigación otros actores: los periodistas, los escritores, los dramaturgos; ingresan también otros géneros discursivos: las crónicas periodísticas, las notas sensacionalistas, las ilustraciones y fotografías, las piezas teatrales, las audiciones radiales. Con los profanos ingresan entonces tanto el saber popular sobre el delincuente y su castigo, como también las nociones populares de la ley, el sentido común criminológico, la doxa sobre sistema punitivo. La hipótesis de Caimari es que es el entramado de discursos sociales sobre el delincuente y el castigo, principalmente el discurso periodístico, el que construye las condiciones de posibilidad de una “cultura penal” en la sociedad, que funciona como el contexto discursivo de las prácticas punitivas desarrolladas por el Estado. El análisis de la reforma peronista del castigo demuestra ampliamente su hipótesis, ya que Caimari sostiene, y demuestra, que el ideal de la “prisión peronista” no sólo está vinculado a la transformación total de la sociedad argentina de los años cuarenta sino también al imaginario social ya existente sobre el delito y el castigado. Al confrontar teorías y prácticas estatales con las voces de los profanos –uno de los grandes aciertos de esta investigación– Lila Caimari amplía considerablemente los márgenes de la historia de las ideas al incorporar en su estudio las “ideas” de actores sociales que, en principio, son ajenos a una historia del castigo del Estado moderno. Actores sociales como lo es, por ejemplo, el periodismo moderno. Es así que, para historiar las teorías y las prácticas del castigo en una sociedad que se piensa moderna y civilizada, Caimari pone en funcionamiento un aparato de lectura que ya ha incorporado, por un lado, y en primer lugar, los conocimientos adquiridos a lo largo de su propia investigación histórica; por otro, las conclusiones de los estudios ya existentes sobre el periodismo moderno en la Argentina. De una de esas voces profanas proviene el título del libro. Apenas un delincuente fue la primera película de una serie negra, estrenada en Buenos Aires en 1949, dirigida por Hugo Fregonese y con el guión de Raimundo Calcagno (Calki) y José Ramón Luna. Buena parte de su acción transcurre en la Penitenciaría Nacional y, por lo tanto, como señala Caimari, la película permitió ver, a quienes estaban afuera del presidio, todo lo que imaginaban que sucedía adentro. La película narra la reconstrucción periodística de la historia del casi delincuente José Morán, un oficinista que roba medio millón de pesos de la empresa en la que trabaja dispuesto a pagar con seis años de prisión una vida sin apremios económicos que empezaría una vez cumplida la pena y obtenida su libertad. La película comienza cuando esa trama finaliza: su primera escena muestra el momento en que Morán, después de haber huido de la prisión con un grupo de compañeros y de haber sido traicionado por esos mismos compañeros, es perseguido y atrapado por la policía. Contar los motivos de esa persecución es la tarea del periodista que reconstruirá su historia; esa reconstrucción periodística es la película que ve el espectador. El título de la película como título del libro funciona, entonces, como cifra. Con su elección, Caimari señala al periodismo como el ámbito a partir del cual es posible rescatar aquellas grillas de inteligibilidad del delito y su castigo que estuvieron al alcance de las mayorías: el periodista de la película reconstruye una historia del mismo modo en que Caimari acude a la mediación del periodismo para acceder y reconstruir qué pensaban sobre el castigo los hombres y las mujeres que vivieron en las primeras décadas del siglo veinte. A su vez, Caimari elige una película que, precisamente porque es una muy buena película, no presenta una visión simplificada y única de su universo representado. En la película no sólo conviven dos o más representaciones de la prisión; no sólo se representa la contradictoria relación entre la sociedad y el delincuente – una sociedad que celebra al ladrón como héroe popular mientras pide, al mismo tiempo, que lo encierren–; sino que, y sobre todo, se trata de una película que descoloca los lugares en los que, se supone, acecha el peligro. Mientras que la voz en off que antecede a la trama sostiene que el caos de la urbe es el caldo en el que proliferan los pequeños criminales como Morán, en su desarrollo el peligro acecha adentro de los muros de la prisión –son los mismos presidiarios los que traicionan, torturan y roban a Morán– y no afuera, como la misma película parecía postular. Con la elección del título, Lila Caimari reafirma la productividad del estudio de la voz de los profanos en el campo de la investigación histórica y, al mismo tiempo, exhibe la enorme complejidad de un objeto de estudio, el sistema punitivo en la Argentina moderna, en el cual se entrelazan, coexisten y conviven matrices teóricas, nociones criminológicas, representaciones sociales, saberes populares que son, al mismo tiempo, complementarios y contradictorios.

[Sylvia SAÍTTA. “Lila Caimari, Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955, Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores Argentina, 2004, 312 páginas”, in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (Buenos Aires), nº 29, enero-junio de 2006, pp. 162-164]

✍ Uñas azules, Jacques y Ciompi. Las revoluciones populares en Europa en los siglos XIV y XV [1970]

portada_414«…Después de todo, los orígenes del movimiento revolucionario en nuestra vieja Europa no deberían dejar a nadie indiferente, incluso en aquellos que reflexionan sobre el presente o sobre el porvenir». Así termina el libro Uñas azules, Jacques y Ciompi, dedicado a las revoluciones populares en Europa en los siglos XIV y XV, y publicado ahora por «Siglo XXI» en su colección “Historia de los Movimientos Sociales”. Dentro del marco general de nuestra historia, la Edad Media suele ser la gran desconocida y sirve generalmente de punto de referencia negativo para cualquier juicio u opinión. A esta Edad Media se le opone tradicionalmente la época inmediatamente posterior, el Renacimiento, como a la noche se le opone el día. El panorama cambia sin embargo sensiblemente cuando se abandonan los esquemas históricos consagrados -reducción de la historia de la humanidad a una serie de fechas y acontecimientos políticos y a la historia de su desarrollo cultural-superestructural-, para estudiar con mayor atención los hechos económicos y sociales en sentido amplio. Desaparecen entonces las fechas límite y el paso repentino de una edad «bárbara» a otra «moderna », y aparecen en cambio la continuidad y la evolución. La historia de los movimientos sociales se inscribe así dentro de un marco de continuidad, y las revueltas populares de la Edad Media no se pueden desvincular de sus seguidoras modernas y contemporáneas. Esa historia de las luchas sociales en la evolución general de nuestra civilización es una historia continua que, preservando los caracteres propios a cada época, obedece sin embargo a un mismo planteamiento básico: la lucha de los pobres contra los ricos. Sucediendo a dos siglos de expansión en todos los dominios -no exentos, por cierto, de problemas y de tensiones sociales-, la Baja Edad Media se caracteriza como un período de crisis (crisis económica, social, religiosa, política), de guerras casi endémicas, de hambres y de epidemias. La misma expansión económica del siglo XIII engendró un desfase social cada vez más acentuado: la oposición entre «ricos» y «pobres» ya no se limitó a la lucha del campesino contra el señor feudal, sino que se introdujo a todos los niveles de la creciente vida urbana y se concretó en una lucha triangular entre los «grandes», los «medios» y los «pequeños». Las crisis del siglo XIV agudizarán estos conflictos preexistentes, debido a las nuevas relaciones de producción -la llamada «crisis del feudalismo»- y a la recesión económica acompañada de una importante expansión demográfica. Iniciadas a finales del siglo XIII -hacia los años 1280-, las luchas sociales no dejaron de sacudir a los países europeos a lo largo del siglo XIV, y luego de! XV. Casi ninguno de esos países escapó a las revueltas, a los brotes revolucionarios o a las continuas agitaciones sociales. Organizadas o espontáneas, con o sin jefes, efímeras o de larga duración, las revueltas medievales se producen tanto a nivel del señorío rural como de la comunidad urbana, surgen contra el Estado o la Iglesia oficial, y enfrentan a diversas clases sociales de intereses cada vez más divergentes. Los conflictos, sin embargo, no se desarrollan según un esquema inmutable, sino que se van transformando a lo largo de este período -de más de siglo y medio que, siguiendo un orden cronológico y a través de una relación más o menos breve de los acontecimientos, estudian los profesores Michel Mollat y Philippe Wolff; estudio que no pretende ser exhaustivo, ya que desde su fecha de publicación en francés, durante 1970, el panorama se ha enriquecido con nuevas aportaciones. En los enfrentamientos de principios del siglo XIV que, en las ciudades del Imperio o en Flandes, oponen a los «medios» -artesanos acomodados como los tinteros o «uñas azules»- con los «grandes» o «ricos » por la conquista del gobierno comunal, el pueblo «bajo», los «pobres », tras ser manipulados por uno u otro grupo, suelen ser las víctimas de la represión. A medida que pasa el tiempo, estos «pobres», campesinos como los «Jacques» franceses de 1358, o artesanos «proletarios » como los «Ciompi» florentinos de 1378, van adquiriendo más peso y mayor conciencia en las revueltas. Estas culminan en los años 1378-1382, durante los cuales se desarrollan movimientos revolucionarios simultáneos en Italia, Francia, Inglaterra, Flandes e Imperio germánico. Salvando unos rasgos específicos, estos movimientos son esencialmente populares y persiguen una mayor justicia, un igualitarismo de tipo comunista: los Trabajadores ingleses de 1381, por ejemplo, se agruparon alrededor de Wat Tyler alentados por la famosa frase del predicador John Ball: «Cuando Adán cultivaba la tierra y Eva hilaba, ¿dónde estaba el gentilhombre?». El fracaso de estas luchas se acompaña siempre de un endurecimiento de los regímenes reaccionarios que se vuelvenmollat-michel-wolff-philippe-ongles-bleus-jacques-et-ciompi-les-revolutions-populaires-en-europe-aux-xiv-et-xv-siecles-les-grandes-vagues-revolutionnaires-livre-860068308_ML a implantar. Las causas de tal fracaso -según lo subrayan los autores- son múltiples. La más importante, quizá, reside en los propios esquemas mentales de los protagonistas. Los rebeldes son más reformistas que innovadores: no cuestionan el problema fundamental de las estructuras de poder, sea político o religioso; son a veces anticlericales pero nunca antirreligiosos; son antiseñoriales pero promonárquicos; cuestionan, en definitiva, los hombres pero no las estructuras. Las estrechas relaciones que existieron entre las sublevaciones populares y las herejías -tema que necesitaría una mayor profundización- no llevaban a una ideología revolucionaria, sino milenaria, incluso en la «revolución husita» de Bohemia. Las consecuencias inmediatas de este fracaso fueron de dos signos: a nivel político-social, se organizó la represión; las clases dirigentes, a lo largo de este par de siglos, crearon su Policía -«la» Policía- y sus métodos represivos. Y a nivel de mentalidades, apareció la noción de «Clases peligrosas» aplicada a los pobres, a los «pequeños». El problema, sin embargo, había sido planteado entonces, sin ser resuelto. Los métodos de protesta, huelgas, manifestaciones diversas, insurrecciones, también habían hecho su aparición en la escena histórica. La conciencia de clase está en germen en las nociones medievales de «pobres»/«poseedores» y no tardará mucho tiempo más en manifestarse. Considerándolo como una especie de período de «infancia», el estudio de los movimientos sociales en estos siglos XIV y XV resulta ser, en último término, una base conveniente -yo diría que imprescindible- para el estudio y el conocimiento de las luchas sociales europeas contemporáneas.

[Adeline RUCQUOI. “Las revoluciones medievales”, in Tiempo de Historia (Madrid), Año III, nº 28, 1º de marzo de 1977, pp. 121-123]

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