Teoría de la historia

Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias. Área de Historia. Director del área de investigación "Poéticas de la historiografía". BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

Categoría: ◼ ARTÍCULOS DE DIVULGACIÓN

■ “Ha nacido un nuevo tipo de intelectual corrompido: el intelectual mediático”. Entrevista con Jacques Le Goff [1993]

Sin títuloJacques le Goff, de 68 años, es especialista en historia medieval. Hombre clave en la investigación francesa en ciencias sociales, presidió la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales desde 1972 a 1977 y codirigió la revista “Annales”, desde la que se irradió la idea y práctica de la “Nouvelle histoire” (nueva historia), sobre cuyos métodos y temas ha publicado, entre otros, “Hacer historia”, “Historia de la Francia religiosa”, “La nueva historia”, “Herejía y sociedades en la Europa preindustrial”. El pasado miércoles presentó en Roma “La construcción de Europa”, colección de libros que se han empezado a publicar simultáneamente en España (Editorial Crítica), Alemania (Beck), Gran Bretaña (Blackwell), Italia (Laterza) y Francia (Seuil) y cuyos derechos se han vendido ya a Chequia, Eslovaquia, Portugal, Turquía, Hungría, Polonia, Holanda y Japón. En las librerías, “La ciudad europea”, de Leonardo Benévolo, y “Europa y el mar”, de Michel Mollat du Jourdin. Les seguirán “La busca de la lengua perfecta”, de Umberto Eco, y “Las revoluciones europeas”, de Charles Tilly, entre otros. Habiendo vivido, para investigar sobre el medioevo, en Roma, Praga y Oxford antes de instalarse en París, Le Goff tiene una visión abierta sobre el continente. Su inglés no es muy fluido, pero el latín lo borda.

-¿La construcción de Europa es sólo un acuerdo editorial internacional o algo más ambicioso? ¿Hay un proyecto de conjunto?

-Es una empresa destinada a “pensar” Europa en su dimensión histórica. Pensamos que Europa no está hecha, sino que está por construir y que el conocimiento de su historia en lo que tiene de positivo y de negativo es una condición indispensable de su construcción. Nos parece que hoy es imposible escribir una historia sintética de Europa. Esta debe ser pensada y explicada a través de diversos acercamientos que se ocupen de los principales aspectos y de los principales problemas de la Europa histórica. La historia que hay que construir debe ser un elemento esencial de esa Europa de la cultura y del pensamiento que debe sencomplemento y contrapunto de la Europa económica y de la Europa política. Nuestra colección quiere ser una contribución consciente, lúcida y sincera a esta construcción de Europa.

-Creíamos que el nacionalismo era cosa del siglo XIX. Y rampa de nuevo. ¿Es una fuerza que tener en cuenta para el próximo siglo, o sólo la persistencia del siglo pasado en países políticamente retrasados, como lo son los del Este?

-El nacionalismo, nacido en la edad media y “recalentado” por la Revolución Francesa, la reacción popular a Napoleón y el romanticismo, fue, en efecto, uno de los grandes fenómenos positivos del siglo XIX. Pero en el sudeste y en el este de Europa fue coartado por la opresión de Prusia, y sobre todo de los regímenes zarista y habsburgués, y por el dominio turco, luego por la opresión nazi y sobre todo estaliniana. La aspiración a la independencia nacional oprimida durante dos siglos estalla hoy con una fuerza acrecentada por esa opresión. Cuando salta la tapa que se mantenía cubriendo una olla de agua hirviendo, llega la explosión. El Este y el sudeste de Europa están haciendo hoy el empuje nacional que les fue prohibido hacer en el siglo XIX, y este empuje es tanto más salvaje, asesino e irracional, pero a partir de las justas aspiraciones contrariadas por los imperios opresores. El derecho de intervención debe corregir las formas salvajes que a veces toma el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, pero no impedir sus formas legítimas.

-¿Frente a la inestabilidad de la ex URSS y la ascensión del integrismo se hace más urgente una Europa sólida o hay que ir con más calma todavía, siguiendo el dictado que aconsejaba “en tiempos de agitación no hacer mudanzas”?

-Naturalmente hay que construir Europa con mayor determinación todavía porque es el mejor remedio contra una explosión violenta de la ex URSS y a la ascensión de los integrismos extremistas y fascistas.

-Desde muy temprano (1948) usted pudo ver con sus propios ojos la miseria del comunismo. ¿Sigue siendo válido el sistema de análisis histórico del marxismo?

-Aunque en Marx hay ideas peligrosas, el marxismo leninismo y el comunismo han sido perversiones y traiciones del pensamiento de Marx. Había que combatir y destruir el comunismo inhumano, pero no por ello hay que rechazar el pensamiento de Marx, que sigue siendo uno de los grandes análisis de la sociedad contemporánea y uno de los grandes espíritus del pensamiento político. No hay que tirar al bebé con el agua del baño.

-¿Puede definir la “nouvelle histoire”?

-He escrito libros sobre “nouvelle histoire”, en particular un “Dictionarie de la nouvelle histoire” de 1978. Ha sido una nueva fase, inspirada por la etnología y la antropología del movimiento de renovación de la historia emprendido por la revista “Annales” de Lucien Febvre y Marc Bloch a partir de 1929. Es una historia que hace hincapié en los movimientos profundos de la historia, la larga duración, la historia del hombre (y de la mujer) entero, con su cuerpo, su mentalidad, su sensibilidad en el seno de la historia social. Se esfuerza, en el diálogo con las otras ciencias humanas y sociales, en ser una historia total. Está perfectamente viva, continúa y se renueva (véanse los últimos años de la revista “Annales”).

-Parece que volvamos a antes de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cree usted en un progreso de la historia? ¿Qué le parecen las teorías según las cuales es un retorno eterno (las de Eliade, por ejemplo)?

-Hay que distinguir entre una ideología de progreso, lineal y continua, que ha sido desmentida por la misma historia, y en particular por la historia del siglo XX (fascismo, nazismo, estalinismo, campos de concentración y hornos crematorios, gulag, racismo y tercer mundo, antisemitismo, pureza étnica), la constatación de que hay progresos en la historia tanto materiales, tecnológicos y científicos como políticos (democracia), morales (derechos del hombre, acción de Amnistía Internacional) y existenciales (defensa razonable del entorno), y la creencia en valores de progreso que hay que promover para la enseñanza, la práctica y la lucha. El pensamiento de Mircea Eliade es un pensamiento pseudocientífico y fascista. La teoría del eterno retorno es un error histórico y una mistificación filosófica.

-¿Qué opinión tiene sobre los intelectuales que analizan los acontecimientos contemporáneos?

-Los intelectuales son hombres. Muchos han cedido a las tentaciones de la historia: el orgullo, la voluntad de dar, sin estar cualificados para ello, lecciones a los demás, el abandono a la seducción perversa de los nuevos medias. Ha nacido un nuevo tipo de intelectual corrompido: el intelectual mediático. Pero tienen que haber intelectuales que pongan modestamente su saber al servicio de los demás, que luchen por los verdaderos valores y ayuden a difundirlos. Deben mantenerse siempre “críticos” respecto a la sociedad establecida y al poder. A mí no me gusta que me llamen intelectual. Soy un profesor y un historiador que piensa que la historia hecha racionalmente y con honestidad es útil y que hay que usar los “medias” con humildad para hacerla conocer, que hay que enseñarla y vulgarizarla sin envilecerla. Y espero ser un hombre de buena voluntad.

[Ignacio VIDAL-FOLCH. “Entrevista con Jacques Le Goff”, in La Vanguardia (Barcelona), 14 de marzo de 1993, p. 60]

■ La historia académica, al contraataque [2007]

MUERAN LOS SALVAJES UNITARIOS¿Se puede contar la historia argentina con relatos sencillos y atractivos que a la vez no simplifiquen ni difundan estereotipos ni se queden en la superficie de los hechos? Sí, piensan algunos historiadores, y una prueba -casi un contraataque de la academia ante la historia de difusión que se multiplica en libros y programas de TV- está llegando en estos días a las librerías. La editorial Sudamericana acaba de lanzar la colección “Nudos de la historia argentina”, que presentará textos de divulgación sobre temáticas, épocas y personajes históricos, escritos por historiadores con larga trayectoria académica en estudiarlos. El día que se inventó el peronismo, de Mariano Ben Plotkin, e Indios y cristianos, de Silvia Ratto, son los dos primeros títulos, que seguirán en diciembre con ¡Mueran los salvajes unitarios! La Mazorca y la política en los tiempos de Rosas, de Gabriel Di Meglio, y Los usos del pasado. La historia y la política argentina en discusión (1910-1945) , de Alejandro Cattaruzza. La frecuencia será de dos libros cada dos meses. “Buscamos historiadores con trayectoria que escriban sobre temas complejos, pero en relatos atractivos y comprensibles para un público no especializado”, comentó a La Nación Jorge Gelman, historiador, investigador del Conicet en el Instituto Ravignani de la UBA y director de la colección, basada en su propuesta. Gelman marcó dos procesos paralelos. “La investigación historiográfica ha avanzado mucho en los últimos 20 años. Pero paradójicamente la profesionalización del campo lo ha cerrado hacia adentro. Los historiadores son más numerosos y cada vez más escriben para sus colegas. Se abren líneas de trabajo muy específicas y complejas que convierten su tarea en un trabajo para otros académicos”, dijo Gelman, profesor titular de Historia Argentina I en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Al mismo tiempo, se abrió en el público una demanda masiva de textos históricos, sobre todo a partir de la crisis de 2001, cuando comenzó una multiplicada curiosidad por encontrar en el pasado las razones del fracaso presente. “Durante los años 90 había una idea de que existía sólo un modo de leer los fenómenos. En 2001 se advirtió que no todo estaba resuelto y se empezó a pensar por qué hay crisis recurrentes en el país”, explicó Gelman. Para el historiador, “esa búsqueda de entender la historia fue llenada por unael pueblo quiere saber de que se trata oferta de propuestas muy superficiales, en la que historiadores, periodistas y gente sin formación específica en el campo ofrecieron relatos históricos que apuntaron a confirmar lo que la gente sospechaba. Eso explica en parte su éxito”. Felipe Pigna, Pacho O Donnell y Jorge Lanata son algunos de los representantes de esta exitosa historia que la academia vio como “simplificadora”. Muchos de los libros de esta historia de divulgación se basaron en rescatar ciertos personajes de la historia o contar sus lados menos conocidos. “Lo que ofrece la mayoría de estos libros es un contrarrelato a partir de una supuesta visión crítica de la historia, pero sigue siendo un relato de héroes y villanos. El propósito de estos textos no es entender un proceso, sino identificar buenos y malos”, criticó. “Esta nueva colección busca ser un puente entre la mejor historia que se hace y un público que busca la explicación de los procesos históricos”, precisó Gelman. El historiador, especializado en historia económica, afirma que no le costó encontrar historiadores académicos con un perfil de divulgación para producir textos para la colección. “Son en general jóvenes, pero detrás de cada libro hay tesis doctorales, artículos y muchos años de trabajo. Eso les permite poder escribir de manera más llana sobre cada tema”, anticipó. Los temas van intercalando hechos del siglo XIX con otros del siglo XX. “Los temas parten de cuestiones importantes para el imaginario colectivo, como el 17 de octubre o la época de Rosas, pero sobre ellos se han construido relatos sólidos”, dijo el historiador, que actualmente investiga la época de Rosas, y la relación de la desigualdad y el crecimiento económico en el siglo XIX. Gelman es crítico de la historia de divulgación “superficial”, como la llama, pero le reconoce un mérito. “Quizá les debemos a esos relatos históricos débiles que hayan ayudado a crear un público para la historia. Nos pusieron frente al desafío de ocupar ese espacio y nos han ayudado a pensar lo que estábamos haciendo mal desde la academia”, dice. “Ahora, la universidad contraataca”, sonríe. Los libros de la colección “Nudos de la historia argentina” alternan temáticas del siglo XIX y XX, en general vinculadas con asuntos cercanos al imaginario colectivo. Así, el peronismo, los tiempos de Rosas, los inmigrantes y colonos en el campo argentino, la figura de Carlos Gardel en el Buenos Aires del Centenario y el fusilamiento de Dorrego son temas de algunos de los libros de la colección. De los dos libros que ya están en las librerías, El día que se inventó el peronismo, de Mariano Ben Plotkin, analiza cómo se construyó el 17 de Octubre como momento fundacional del peronismo y, en ese mismo entorno, cómo se originó el vínculo entre Perón y los sectores obreros. Indios y cristianos, de Silvia Ratto, analiza la frontera bonaerense y el modo en que criollos e indígenas se vincularon antes, durante y después de las guerras revolucionarias.

[Raquel SAN MARTÍN. “Otra mirada sobre el pasado argentino. La historia académica, al contraataque”, in La Nación (Buenos Aires), 11 de octubre de 2007]

■ Cardenio, la resurrección de un fantasma bibliográfico [2012]

El historiador Roger Chartier persigue la historia de un personaje cervantino a través de la adaptación teatral de William Shakespeare.

La historia de Cardenio apareció entre las novelas de El Quijote y cuando consiguió escaparse de las tapas duras de Cervantes para reinterpretarse en la pluma de Shakespeare como obra de teatro, tampoco pudo pervivir en la memoria palpable del papel por la precariedad editorial del siglo XVII. Roger Chartier, historiador de la cuarta generación de la Escuela de los Annales, con las maneras de un forense, pero lejos de parecerse a un investigador de novela negra y criminal, recupera la historia de este personaje que Don Quijote y Sancho Panza encuentran en el capítulo XXIII, en Cardenio entre Cervantes y Shakespeare (Gedisa Editorial). La primera pista del misterio del texto que hoy no existe aparece en una obra teatral colaborativa entre el escritor inglés y un autor llamado John Fletcher. Cardenio en manos de Shakespeare culmina con felicidad su historia amorosa con Luscinda, la dama de alta cuna que se casa por acuerdo con el mejor amigo del protagonista. “Este desenlace feliz convierte a la obra en material para una tragedia y una comedia al mismo tiempo, lo que entroca con la tradición inglesa del siglo XVII y su gusto por la tragicomedia española”, explica Chartier en el Instituto Francés, durante su última visita a Madrid. “Shakespeare ligó la historia de los cuatro enamorados con la presencia burlesca y cómica de Don Quijote en Inglaterra”. El público europeo encontró en los desamores, las pasiones sublimes, el triunfo del amor y la belleza de las novelas dentro de la obra cervantina el mismo o mayor interés que por los lances del caballero andante. “Las obras teatrales no se solían publicar, el 60% no subsistieron por tratarse de un género situado en lo más bajo de la jerarquía literaria”, explica Chartier. “Por eso Cardenio es excepcional, y su relación con el nombre de Shakespeare determinante”. Aunque el imaginario cultural vincule casi desde la amistad a estos dos escritores, “resulta complicado asegurar que Cervantes supiera siquiera quién era Shakespeare”, Inglaterra, a fin de cuentas, seguía siendo una isla, mientras que la presencia hispánica en toda Europa se expandía como referencia literaria esencial –“no solo por El Quijote”, precisa-. Chartier persigue a Cardenio durante siglos, países, escenarios teatrales e imprentas en un ejercicio de resurrección de un fantasma bibliográfico cuya inmortalidad se refiere directamente a su autor, por encima incluso de su colega español, responsable primero del nacimiento de este personaje. “La pluralidad de sentidos inscritos en una obra como esta, pero no sujetos al momento de escritura responde a su perdurabilidad, trascendencia, fuerza y energía. Es decir, determinan su universalidad”, apunta el historiador. En un ejercicio ensayístico que se circunscribe a la adaptación teatral shakespereana, aparecen en órbita las versiones de Guillén de Castro y Lewis Theobald, que en 1728 publicó la que afirmaba ser la versión original de la obra, restaurada por él mismo. La labor de Theobald fue tal, que muchos después recrearon el texto primitivo sobre su interpretación, como es el caso de Gary Taylor. La maleabilidad de un texto que se supone no existe termina por convertirlo en un trocito de la historia de todos, y al mismo tiempo de nadie. Cervantes se pierde en el camino. La historia feliz de Shakespeare se transmuta en tantas variantes como vidas tiene un gato y gustos un país, una ciudad y un espectador teatral. Cardenio acaba con la inmutabilidad del clasicismo y devuelve a las librerías una historia con tantos apellidos como lectores en tiempos de “la universalidad prefabricada a partir de los best-sellers” de escaparate. “Cervantes estaba fuera del mundo literario, de la élite y aún así traspasó fronteras, ahí reside su éxito. La prosa doméstica de la vida, no podía considerarse un estilo artificial”.

[Ana MARCOS. “Cardenio, la resurrección de un fantasma bibliográfico”, in El País, 17 de octubre de 2012]

■ Lenguaje y verdad en historia, según Reinhart Koselleck [2005]

Reinhart Koselleck ha trabajado con sumo rigor con las palabras para mostrar la importancia que tienen los conceptos que maneja la historia y las categorías que utilizamos para dar sentido al mundo. Discípulo directo de Gadamer, conoce el enorme peso de cada interpretación al volver la vista atrás y, con su noción de “la contemporaneidad de lo no contemporáneo”, alerta sobre la compleja relación entre presente, pasado y futuro. En Madrid ha disertado sobre la historia de los conceptos políticos: “Lo que ocurre antes de la historia es tan importante como la historia misma”. Reinhart Koselleck (Görlitz, 1923) hizo un montón de fotos de las estatuas ecuestres que encontró en Madrid, donde dictó una conferencia sobre la historia de los conceptos políticos. Lo hizo en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y fue presentado por su director, José Álvarez Junco, y por Javier Fernández Sebastián, catedrático de Historia del Pensamiento Político en la Universidad del País Vasco, que lo invitó a España. “Historiador, historiógrafo, historiólogo… todos los ángulos, todas las perspectivas del concepto de historia han sido exploradas a fondo por el profesor Koselleck”, dijo este último, que reconoció la importancia de una obra que ha abierto nuevos caminos y que ha permitido afinar los instrumentos metodológicos (los conceptos, las palabras) que sirven para reconstruir la historia vivida y para enfrentarse a “la historia en tanto que saber con pretensiones de verdad”. “Cuando se habla de la interpretación de las cosas del pasado”, dijo Reinhart Koselleck durante una entrevista que tuvo lugar antes de su conferencia, “hay que tener en cuenta que determinadas palabras significaron en otro tiempo cosas distintas de las que significan ahora. El tiempo va transformando cada concepto. Pero hay casos, y ocurre con muchos términos políticos, que se transforman también porque cambian las condiciones sociales, cambia el mundo, cambian las ideas”. El comunismo, por ejemplo, dijo. “Significó algo determinado y ahora puede significar otra cosa, pero es que a la propia evolución de esa palabra hay que añadirle los cambios de los propios partidos comunistas, que han modificado sus programas, se han abierto a otras corrientes, se han hecho más tolerantes”. El historiador añade, para subrayar que las palabras y las cosas están muchas veces íntimamente imbricadas, que no hay que olvidar “que además de que las propias palabras cambien, ellas mismas producen cambios”. En Heidelberg, donde estudió después de haber pasado por la Universidad de Bochum y antes de vincularse definitivamente a la de Bielefeld (donde está desde 1973), Reinhart Koselleck fue discípulo de Hans-Georg Gadamer, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, y fueron los estudios de hermenéutica de su maestro el caldo de cultivo en el que se alimentó inicialmente su imponente obra. Javier Fernández Sebastián destacó el otro día entre sus libros Crítica y crisis (su tesis de doctorado de 1959 y traducida en España en 1965), Futuro pasado (1979, que Paidós publicó en 1993), y “el monumental Diccionario de conceptos históricos fundamentales en lengua alemana, de casi 7.000 páginas, cuya publicación se extiende a lo largo del último cuarto del siglo XX”. De esta última sólo se ha traducido la entrada Historia (en Trotta, en 2004). Otros títulos que han aparecido en España de Koselleck, que se ha ocupado como historiador sobre todo de Prusia y la Ilustración, son la reunión de piezas suyas con otras de Gadamer (Paidós, 1997), Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia (Paidós, 2001) y Aceleración, prognosis y secularización (Pre-Textos, 2003). “Trabajo en varios frentes”, cuenta Koselleck, que publicará dentro de poco un nuevo título sobre los conceptos que maneja la historia. “Me interesa estudiar qué ocurre con esas palabras que manejan los historiadores, cómo cambian y qué dicen en distintos momentos. He estudiado, por ejemplo, el término de culpa”. Pero Koselleck habla también de otro campo de investigación, que explica su afán por fotografiar tanta estatua. “Me ocupo también de la manera en que se mantiene viva la memoria de la gente de otras épocas, las formas en que se recuerda a los protagonistas que lucharon en tantas batallas. En ese terreno se puede hablar de una ‘democratización de la muerte’. Antes sólo se recordaba a los grandes monarcas, ahora también se rinde tributo a los soldados anónimos. Sigo de cerca y me afano por saberlo todo de las estatuas que se levantan para recordar a los que ya no están. Hay ocasiones en que alguien que había sido olvidado vuelve a rescatarse. Aquí, en España, ocurrió con Carlos III”. Cambian las palabras, cambian las interpretaciones, cambian las mentalidades, cambia el mundo. De todo eso se ocupa Koselleck. Cuanto decían Hitler y los grandes jerarcas nazis, “todas esas grandes palabras hoy sólo producen risa, una distancia irónica, cierta vergüenza ajena”. “Yo no sabía lo que estaba ocurriendo en Auschwitz, aunque eso no sea ninguna disculpa”, dice Koselleck. Las heridas de la historia alemana del siglo XX siguen ahí. Koselleck lo sabe de manera muy cercana. Su padre fue represaliado por el régimen de Hitler, él fue reclutado durante la II Guerra Mundial como soldado y, al terminar, internado en un campo de concentración soviético. “La mayoría de cuantos crecieron después de la época de Hitler están convencidos de la culpa moral del pueblo alemán”, explica. “Casi no hay discusión al respecto: los crímenes nazis fueron tan terribles que todo lo demás pasa necesariamente a un segundo plano, e incluso es tan fuerte la sensación de culpa que es muy difícil para nosotros hablar de otros temas de ese periodo, como del sufrimiento del pueblo alemán durante los bombardeos aliados”. Lo que la historia reconstruye y lo que recuerda la gente. Koselleck ha visitado España poco después de que la retirada de la estatua de Franco de Nuevos Ministerios desencadenara la polémica. “Durante la Guerra Civil española se peleó en muchos frentes, y hay que discutir y analizar y diferenciar lo que ocurrió en cada momento. No sólo puede ser verdadera la versión de uno de los bandos, porque seguramente hubo horrores en los dos, y cada cual cuenta las cosas como las vivió o según las interpreta. No hay que olvidar, además, que no había muchos demócratas entonces y que los republicanos se encontraron peleando contra Franco pero con mucho desorden”.

[José Andrés ROJO. “Koselleck defiende el rigor del lenguaje para contar la verdad de la historia”, in El País (Madrid), 11 de abril de 2005]

◼ La figura de Eric Hobsbawm, según Ricardo García Cárcel y Josep Fontana [2012]

Eric Hobsbawm, el titán de la historiografía del siglo XX, que publicó su último libro hace un año mostrándonos «Cómo cambiar el mundo», ha muertó de una neumonía cuando la ciudad de Londres apenas balbuceaba un nuevo día pletórica tras el triunfo de Europa en la Ryder Cup de golf ante América. La historia de América y de Europea han sido las grandes pasiones de Hobsbawm. Al «arrepentido comunista», como le califica The Times, al «marxista de toda la vida cuyo trabajo ha influido en centenares de historiadores y políticos» (The Guardian), al manantial de historiadores, que detalló desde la Revolución Francesa hasta la caída del comunismo, al ensayista traducido a cuarenta idiomas, al crítico de jazz de la revista «New Statesman» bajo el pseudónimo Francis Newton -en homenaje al trompetista comunista de Billie Holiday-, (pasión de la que publicó un ensayo estupendo: «Gente poco corriente, resistencia, rebelión y jazz» (Crítica), le ha derrotado una neumonía, aunque luchaba desde hace años contra la leucemia. Destacado miembro de la Academia británica, casado dos veces, deja viuda a Marlene Schwarz, tres hijos -Julia, Andy y Joseph-, y una pléyade de nietos. Eric Hobsbawm ha fallecido muy cerca de su casa, en el Royal Free Hospital Hampstead, según informaba su hija Julia. «Durante varios años estuvo combatiendo en silencio una leucemia. Hasta el final hizo lo que hacía mejor, que es estar al tanto de los sucesos; tenía una pila de periódicos junto a su cama». Eric John Ernest Hobsbawm nació el 9 de junio de 1917 en Alejandría, cuando Egipto formaba parte del Imperio británico, como relata Ricardo García Cárcel, admirador de un historiador que «ha vivido tan intensiva y extensivamente la historia del siglo XX». El autor de obras capitales y fundamentales como «Historia del siglo XX: 1914-1991» y «Guerra y Paz en el siglo XXI», por ascendencia paterna, pertenecía a una familia judía originaria de Polonia, emigrada a Inglaterra y en parte trasladada a las colonias; su familia materna era austriaca, «en unos años en los que el imperio de los Habsburgo era una entidad política estatal a punto de desaparecer de la historia», anota en ABC Ricardo García Cárcel. Los padres de Hobsbawm murieron muy jóvenes (en 1929 y 1931). Vivió itinerante: educado en Viena y Berlín, Hobsbawm se adscribió al comunismo en la época de ascenso del fascismo y abandonó Alemania con el triunfo de Hitler. Cursó estudios universitarios en Cambridge y fue profesor en las Universidades de Londres y de Nueva York. Políglota, cosmopolita, vivió muy en primer plano la escalada del nazismo, estuvo en el mítico IX Congreso Internacional de Ciencias Históricas de París, fue fundador de la revista «Past and Present», visitó Rusia tras la muerte de Stalin, estuvo en París durante el mayo francés, fue intérprete del Che Guevara, encontró un singular feeling con Estados Unidos por la vía de su pasión por el jazz, del que fue crítico durante muchos años con el seudónimo de Francis Newton. «Ciertamente, Hobsbawm ha vivido mucho -sostiene Ricardo García Cárcel-. Ha sido un viajero impenitente –con recurso frecuente al autostop– siempre comprometido con su ideología marxista, a la que se vinculó en los años treinta y de la que, pese a las múltiples peripecias de este tan torturado siglo, nunca abdicó, manteniéndose como militante –eso sí, muy separado de las actividades del mismo– del Partido Comunista británico hasta su desaparición. Una vida, intensa, pero sin los desgarros de conciencia de tantos intelectuales franceses o españoles de su generación. Es un marxista brechtiano y lo ha sido siempre». Hobsbawm repite en su libro «Años interesantes. Una vida en el siglo XX», su memorable e imprescindible autobiografía, que los comunistas de su generación «han vivido los ideales revolucionarios con más idealismo que los de la generación siguiente, mucho más contaminados por la experiencia en el poder». Señala García Cárcel que «no ha necesitado satanizar al “Dios que fracasó”, como tantos estalinistas, porque su teología revolucionaria fue anterior a Stalin y se concretó en el sueño de una revolución utópica, pero que prefirió racionalizar, metabolizar, antes que exorcizarla. Si no salió del Partido Comunista, pese a sus disidencias tempranas y desde los años cincuenta, fue porque quiso “demostrarse que podía alcanzar el éxito como comunista reconocido, a pesar del sambenito y en plena guerra fría”». Una cuestión de orgullo, según Hobsbawm. Pero Hobsbawm ha sido un marxista singularmente abierto aunque nunca relativista. Su propia vida explicada en el libro es testimonio de esta capacidad para entenderse con gente distinta y distante por su compleja identidad de «alguien que no pertenece totalmente al lugar en que se encuentra bien como ciudadano británico entre centroeuropeos, bien como inmigrante del continente en Inglaterra, bien como judío, bien como antiespecialista en un mundo de especialistas, bien como una anomalía entre los comunistas». Eric Hobsbawm fue educado en el Prinz-Heinrich-Gymnasium en Berlín, en el St Marylebone Grammar School (ahora desparecido) y en el King’s College, Cambridge, donde se doctoró en la Fabian Society. Formó parte de una sociedad secreta de la élite intelectual llamada los «Apóstoles de Cambridge». Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió en el cuerpo de Ingenieros y el Royal Army Educational Corps. Se casó en dos ocasiones, primero con Muriel Seaman en 1943 (se divorció en 1951) y luego con Marlene Schwarz. Con esta última tuvo dos hijos, Julia Hobsbawm y Andy Hobsbawm, y un hijo llamado Joshua de una relación anterior. En 1947, obtuvo una plaza de profesor de Historia en el Birkbeck College, de la Universidad de Londres. Fue profesor visitante en Stanford en los años 60. En 1978 entró a formar parte de la Academia Británica. Se retiró en 1982, pero continuó como profesor visitante, durante algunos meses al año, en The New School for Social Research en Manhattan hasta 1997. «Años interesantes. Una vida en el siglo XX» (Crítica) fue la autobiografía de un historiador ya clásico «para los historiadores de mi generación -talla Ricardo García Cárcel en ABC-. El interés del libro radica no ya en la infinidad de datos que aporta respecto a la vida, directamente apasionante, de su autor, sino en la inmensa capacidad de convertir una trayectoria vital en objeto histórico en sí mismo, radiografiando las claves socioeconómicas y políticas de la propia conducta en cada circunstancia». Se trata de la (intra)historia del siglo XX contada en primera persona por el historiador que más y mejor ha escrito sobre este siglo. De la innúmera obra de Hobsbawm, casi toda ella traducida al español, destacan asimismo títulos como «Rebeldes primitivos» (1959; edición española 1968, Ariel); «La era de las revoluciones» (1962; 1974, Labor); «Trabajadores» (1964; 1978, Crítica); «Industria e Imperio» (1968; 1977, Ariel); Bandidos (1969, 1976, Ariel); «La era del capital» (1974; 1977, Labor); «Historia del marxismo» (1978-1982); «La invención de la tradición» (1983; 1988, Eumo); «La era del Imperio» (1987; 1990, Labor); «Naciones y nacionalismo desde 1780» (1990; 1991, Crítica); «Historia del siglo XX: 1914-1991» (1994; 1995, Crítica), «Guerra y Paz en el siglo XXI» (2007, Crítica), y «Cómo cambiar el mundo» (2011; Crítica). Obras, todas ellas, que los historiadores de varias generaciones han consumido con devoción a lo largo del tiempo. El catedrático emérito de la Universidad de Barcelona, Josep Fontana, declaró a ABC que «hay un dato relevante: Hobsbawm es probablemente el historiador más leído del mundo. Su obra sobrepasó un momento de caída del interés debido a la propia evolución ideológica de las últimas décadas». Desde ese punto de vista, la historia escrita por el autor de inspiración marxista tiene «evidentemente una notable relevancia y la virtud de que pudo sobrevivirse y volver a suscitar una importante influencia -algo no muy frecuente, desde luego-», añade Fontana. Para el catedrático barcelonés, «la vertiente investigadora de Hobsbawm no ha sido tan influyente como sus grandes obras de síntesis de la época contemporánea», que fueron las que le convirtieron en un best seller mundial». La peripecia de Hobsbawm la ha marcado una «inquietud cultural universal». Precisión y pasión por el pueblo que padece la historia fueron sus grandes armas estilísticas. Descanse en paz, aunque sigan las guerras, en este siglo XXI.

[A. ASTORGA. “Muere a los 95 años Eric Hobsbawm, el gran historiador marxista británico”, in ABC, 1º de diciembre de 2012]

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