Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

Categoría: ␥ FILÓSOFOS DE LA HISTORIA, CIENTÍFICOS SOCIALES Y TEÓRICOS DE LA LITERATURA

␥ Leopoldo Zea [1912-2004]

Leopoldo Zea (1912-2004) es una de las figuras clave del pensamiento americanista. Heredero del libertador Simón Bolívar y de José Martí y continuador de los caminos trazados por los argentinos José Ingenieros y Alejandro Korn, nos ofrece la versión latinoamericana del intelectual comprometido en una circunstancia concreta. Hijo de la revolución mexicana, abordó las complejas y conflictivas relaciones de los Estados Unidos con América Latina. Ajena al telurismo de ciertos vanguardistas, «la conciencia del ser americano» fue asumida por él como realidad histórica, como proceso. Sus formulaciones teóricas giraron en torno a preguntas acerca de la historia, a las categorías de dependencia e independencia o al discurso como diálogo, entre muchas otras. Después de una infancia difícil, en un país convulso y con un marco familiar de peculiares contornos, Leopoldo Zea recibe una educación formal en la Escuela de los Hermanos Lasallanos y en la Universidad Nacional de México. Paga con su trabajo los estudios superiores. Su natural inteligencia y su aplicación le valen el apoyo de importantes figuras de la cultura en México: su maestro José Gaos, Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas. Con la dirección de Gaos compone en 1942 una tesis doctoral sobre el positivismo mexicano, considerado su mejor trabajo en Historia de las ideas. Es el año en que empieza a colaborar con Cuadernos Americanos, otra fundación de exilados españoles, revista que dirigirá a partir de 1986. Al tiempo inicia su carrera de profesor universitario cuando en 1944 Antonio Caso lo propone para sustituirlo en la cátedra de Filosofía de la Historia en la UNAM. En 1945 termina la segunda guerra mundial y se abre una era de desarrollo y prosperidad para México que coincide con la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952). A partir de 1945 Zea trabaja en su materia por excelencia: el pensamiento latinoamericano, siguiendo las línea trazada por los precursores argentinos: José Ingenieros, Alejandro Korn y CoriolanoAlberini. Coinciden el apoyo de la Fundación Rockefeller, la universidad de Harvard y el proyecto colectivo coordinado por Silvio Zavala: Historia de las ideas contemporáneas en América. Zea recorre el continente participando en algunos eventos puntuales como las manifestaciones contra Perón en Buenos Aires y la caída de Getulio Vargas en Río de Janeiro. Lo más importante de su tarea consiste en tejer una red de contactos con pensadores de América, con los cuales seguirá elaborando sus estudios durante décadas: Francisco y José Luis Romero en la Argentina, Raúl Roa en Cuba, Danilo Cruz Vélez y Germán Arciniegas en Colombia, Arturo Ardao en el Uruguay, Francisco Miró Quesada en el Perú, Benjamín Carrión en Ecuador, Joao Cruz Costa en Brasil y Mariano Picón Salas en Venezuela, entre otros.Mientras México exhibe una sostenida estabilidad política, dictaduras y golpes de Estado abundan en otros países del continente. El pensamiento de Zea se va estructurando a partir de sus textos sobre la filosofía hecha en América Latina como reflexión sobre su identidad entendida en tanto conciencia de la dependencia y lucha intelectual por la independencia. Su línea bibliográfica abarca desde Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica (1949) hasta Discurso desde la marginación y la barbarie (1988), pasando por América como conciencia (1953), América en la historia (1957), El pensamiento latinoamericano (1965) y Filosofía de la historia en América (1976). Diversas influencias se registran en su deriva. Gaos lo introduce en la fenomenología y la filosofía de la existencia, Husserl y Heidegger, la sociología del conocimiento de Karl Mannheim, la filosofía de la historia de Hegel, la antropología de Jean-Paul Sartre, la teorías de los valores de Max Scheler, el historicismo de Wilhelm Dilthey y las grandes líneas del pensamiento romántico sobre la identidad nacional y la psicología de los pueblos, que rematan en Oswald Spengler y un libro de larga influencia latinoamericana: La decadencia de Occidente, traducido al español en 1923. Viajes y tareas institucionales marcan el resto de los días de Leopoldo Zea: el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, el Comité de Historia de las Ideas, la dirección de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (1966), el Seminario de Historia de las Ideas en América (fundado por él en 1947), el Centro de Estudios Latinoamericanos (1966) el Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos de la UNAM (1978), la dirección de Difusión Cultural de la UNAM (1970). En misión de amistad recorre países recientemente descolonizados o en proceso de revolución de África (1964) y Asia (1964). En 1972, salvando sus reticencias respecto del régimen franquista, visita España por primera vez. Un episodio importante de este periodo es su acercamiento a la vida política durante el sexenio del presidente Adolfo López Mateos (1958-1964), con su política de desarrollo y sus intentos de democratizar el Partido Revolucionario Institucional, en el cual había ingresado en 1954. Es cuando Zea empieza a colaborar como editorialista de opinión en el diario Novedades (1956). En 1958 funda el Instituto de Estudios del PRI y en 1960 se lo designa Director de Relaciones Culturales. Su paso por la política es entusiasta y termina con una marcada desilusión. El aparato del partido se interpone entre sus proyectos y la base popular que exige una auténtica democracia. Zea no cesó en sus trabajos editoriales, paralelos a su obra de ensayista. Dirigió las revistas Historia de las ideas en América (1959-1961) y Deslinde (1968-1970), las colecciones México y lo mexicano y Latinoamérica (1952 y 1978). Recibió incontables premios, entre los cuales el Nacional de Ciencias (México, 1980) y el Gabriela Mistral de la OEA (1987). Presidió en 1985 la Sociedad Interamericana de Filosofía y en 1987 coordinó la participación mexicana en el Quinto Centenario del Descubrimiento. La obra escrita por Zea es ingente. Sus libros superan el medio centenar y sus artículos, introducciones y prólogos son incontables y están por recogerse ordenadamente. Aparte de su extensión cuantitativa, importa la calidad magistral y polémica de su literatura, pues el campo de la historia de las ideas en América Latina, apenas esbozado cuando Zea empezó sus investigaciones, se ha ensanchado en publicaciones y organismos, hasta constituir un capítulo insoslayable en el día a día cultural del continente. Leopoldo Zea falleció en el Distrito Federal en 2004.

[Fuente: Centro Virtual Cervantes, Instituto Cervantes]

␥ Louis Marin [1931-1992]

El filósofo, historiador, crítico de arte y semiólogo francés Louis Marin ha sido profesor de literatura francesa en grandes universidades norteamericanas como la John Hopkins y Princeton. También ha sido director de estudios en la École des hautes études en sciences sociales a partir de 1978 y director del Centre de recherche sur les arts et le langage EHESS-CNRS a partir de 1987. Ha consagrado la mayor parte de sus investigaciones a la interpretación de los textos y las imágenes del siglo XVII francés y a la noción de representación, desarrollando así una obra singular de gran poder analítico que recurre a numerosos conceptos de la semiótica contemporánea. Sus principales obras han sido La Critique du discours, consagrado a los Pensées de Pascal y la lógica de Port-Royal (1975), Détruire la peinture (1977), Portrait du roi (1981) y Des pouvoirs de l’image, una obra póstuma publicada en 1993, junto con innumerables artículos en revistas científicas sobre arte y estética (de Poussin a Paul Klee). Louis Marin ha sido uno de los filósofos del arte y uno de los teóricos de la semiología de la imagen y el lenguaje más influyentes de su generación. 

[Fuente: Institut Mémoires de l’édition contemporaine. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil]

␥ Arturo Andrés Roig [1922-2012]

El filósofo e historiador argentino Arturo Andrés Roig nació en Mendoza en 1922 y falleció el 30 de abril de 2012 en su provincia natal. Fue uno de los intelectuales argentinos de mayor reconocimiento internacional; existen tesis doctorales en Europa y muchos libros en varios países dedicados a su obra. Entre sus más de 30 libros, inmensa cantidad de artículos en revistas y libros, nacionales y extranjeros, se cuentan Breve historia intelectual de Mendoza (1966), con prólogo de Bernardo Canal Feijóo; Los krausistas argentinos (1969), Platón o la filosofía como libertad y expectativa (1972), Filosofía, universidad y filósofos en América Latina (1981), Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (1981) –reeditado en 2009 por Una Ventana–, Bolivarismo y filosofía latinoamericana (1984), Rostro y filosofía de América Latina (1993), El pensamiento latinoamericano y su aventura (1994) y Mendoza en sus letras y sus ideas (2005 y 2009). Desde el regreso a la democracia en 1984, cuando volvió del exilio, eligió como lugar de trabajo el Centro Científico Tecnológico (Cricyt-Mendoza, en aquella época), dependiente del Conicet, y fue su primer director en esa etapa de reconstrucción de la ciencia y sus instituciones. Dentro de sus amplias preocupaciones siempre habían estado los modos de organización de la docencia y la investigación. Un excelente trabajo sobre las razones para optar en estas instituciones por la organización por “áreas” interdisciplinarias, que había comenzado a pensar y escribir en 1973, encontraría su forma final en 1998: La universidad hacia la democracia. Bases doctrinarias e históricas para la constitución de una pedagogía participativa. El Instituto Gino Germani de la UBA le debe su organización por “áreas” a este gran visionario; cuando se lo pedimos no dudó en dedicar su tiempo para conversar la propuesta con los investigadores fundadores de la institución. En aquel viejo petit hotel de la calle Callao, antes de la reunión, él nos hizo un paseo cultural por el edifico y nos mostró, como hace un arqueólogo, maravillosos detalles que nosotros no habíamos visto nunca. En esos años 1980, cuando fue director del centro mendocino y lo conocimos, pudimos apreciar su tremenda capacidad de organización y gestión científica pero, además, su calidad humana que atravesaba todas sus ocupaciones y preocupaciones. Una de las primeras cosas que solucionó en el Cricyt fue una demanda de las empleadas y becarias de la institución: construir una guardería para solucionar los problemas de las madres trabajadoras. Las convocó a todas y en pocos meses se lograba una guardería modelo. Un viejo empleado de la institución comentó que sólo el doctor Arturo Roig era capaz de convocar lo mejor de cada uno y ponerlo en función de un proyecto colectivo. Y lo hacía en forma democrática y con sencillez. No obstante, su pasión fue la generación de conocimiento y siempre volvió allí. Su pensamiento y sus ideas acerca de América latina fueron pioneros en los estudios tendientes a reflexionar desde nuestra propia mirada los períodos poscoloniales; lo que hoy se conoce como “estudios decoloniales” o también “estudios poscoloniales”. Su muerte es una pérdida para el pensamiento, en particular para el latinoamericano, y es una gran pérdida para todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo. Aunque lo sabíamos anciano y lejos de esta ciudad de Buenos Aires, su presencia, las posibilidades de verlo y charlar aunque sólo fuera de vez en cuando, alimentaban entusiasmos y esperanzas. Nuestro abrazo a su familia. Lo extrañaremos, Maestro.

[Norma GIARRACCA. “Pasión por el conocimiento”, in Página/12, 4 de mayo de 2012]

Arturo Andrés Roig, fallecido en la provincia de Mendoza el lunes pasado, mantuvo hasta el final la llama viva del pensamiento latinoamericano. Difícil conmensurar lo que significa exactamente esta noción. Roig la heredó de sus trabajos sobre el primer Alberdi, pero también de sus estudios de ontología y filosofía antigua en la Sorbona, en años que ya parecen muy lejanos. Formó una innumerable cantidad de profesores y discípulos, y su vasta tarea con epicentro en Mendoza se irradió por todo el continente. El latinoamericanismo tuvo su momento de expansión en la historia de las ideas del siglo XX cuando se alió a la filosofía y la teología de la liberación. Roig discutía explícita o implícitamente con Dilthey, Nietzsche o Heidegger, y elabora lo que hoy podríamos considerar una completa antropología filosófica de la praxis política latinoamericana. Así lo atestigua su libro clásico Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, de comienzos de los años ’80, quizá la obra nuclear de su enorme producción. Revisó con un impulso heredado de otras discusiones, pero en él servidas por agregados efectivamente autónomos de razones, la filosofía hegeliana de la que tomó el profundo fragmento sobre el amo y el esclavo, rechazando su fallida construcción sobre la “falta de historicidad” en las nuevas tierras americanas. Erudito amable, condescendiente con todas las implicancias del juego de las ideas, supo rescatar para el gran cuadro del pensamiento emancipador obras relativamente ignoradas por el lector argentino, como la del filósofo uruguayo Vaz Ferreira, y con suma perspicacia examinó las teorías del relato folklórico del gran lingüista ruso Propp, para desplegarlas de una manera no diversa, pero sí deslizada hacia sus intereses historicistas, y dejar la noción de latinoamericanismo en un estado más apropiado para construir horizontes críticos de trabajo intelectual. No fue indiferente a ningún programa de lectura, pues por un lado seguía con interés, pero no con pleitesía los pasos del filósofo mexicano Leopoldo Zea, por otro lado era capaz de incorporar el pensamiento de Marx sin esquemas prefijados, sino ligados a una dialéctica autoral, suavemente interferida por Nietzsche, en la que depositó la esperanza de construir un pensamiento nuevo para nuestros países. Del pensamiento argentino le interesó tanto su aspecto folklórico como su inclinación universal, y en ese cruce dramático deseó anclar su larga tarea. Su libro Los krausistas argentinos devela las raíces conocidas y a la vez olvidadas del Partido Radical. Colocar esta atípica corriente de ideas ante su “destino latinoamericano” –todavía el presidente Alfonsín llega a citarla en su famoso Discurso de Parque Norte– fue una de las tantas tareas que se propuso Arturo Andrés Roig, y quizás él mismo la heredara al hacer presidir su profusa jornada intelectual por una pedagogía y una ética profesoral consideradas como una “oración laica”.

[Horacio GONZÁLEZ. “Roig, filósofo latinoamericano”, in Página/12, 4 de mayo de 2012]

␥ Wilhelm Dilthey [1833-1911]

[…] Wilhelm Dilthey nació en Biebrich, sobre el Rin, en 1833, y cuando llegó a Berlín, hacia 1850, «se hallaba en su punto culminante el gran movimiento por el cual se logró la constitución definitiva de la ciencia histórica y, gracias a ella, de las ciencias del espíritu». Allí encontró a los gigantes de la historia: a Bopp, a Böck, a Niebuhr, a Mommsen, a Ritter, a Ranke, a Jacob Grimm. Se ha subrayado mucho la relación de Dilthey con esas figuras; menos se ha destacado la que él tiene presente ante todas: Trendelenburg, de quien procede en gran parte la visión de la estrecha relación entre el pensar filosófico y la historia viva, pues Trendelenburg «personificaba la convicción de que toda la historia de la filosofía había existido y seguía existiendo para fundamentar la conciencia de la conexión ideal de las cosas». Esto le condujo bien pronto a trasponer a otro plano, y a distinto nivel, un problema que aparentemente era de índole específicamente kantiana. Por la superficie de contacto, el Dilthey de la primera hora parece empeñado en confirmar la labor y la orientación de quienes veían en una vuelta a Kant la única salvación posible de la filosofía frente a la disolución con que el positivismo radical la amenazaba. El mismo rasgo antimetafísico bajo el cual se nos aparece por lo pronto el pensamiento de Dilthey podría confirmar el anterior supuesto. Sin embargo, aun la superficie de contacto queda pronto abandonada. Cierto que Dilthey se propuso «investigar la naturaleza y la condición de la conciencia histórica»; en otros términos, se propuso llevar a cabo una «crítica de la razón histórica» –o, si se quiere, una crítica de la razón pura basada en la concepción del mundo histórico-filosófica. Pero este propósito y la labor realizada para llevarlo a cabo no representaban en modo alguno, como a veces se ha querido suponer, la solución del problema, sino el planteamiento radical del problema mismo. En efecto, la investigación de la razón histórica era en principio tan sólo la manera de eludir un modo de consideración que, como el propio de la filosofía científico-natural preponderantemente positivista, no podía satisfacer a quien buscaba por encima de todo la plenitud de la vida. Y, por otro lado, esta busca no podía tampoco, a su entender, apaciguarse con una pura y simple adhesión a la concepción tradicional teológica, susceptible acaso de una «restauración artificial», pero no de una revivificación plena sin antes haber pasado por la disciplina de una teoría del conocimiento. De ahí la situación por así decirlo incómoda del propio Dilthey dentro de las corrientes predominantes de los últimos sesenta años: como ha indicado certeramente Alejandro Korn «lo separa del siglo XIX su preferencia por las ciencias del espíritu, y del siglo XX su negación de la metafísica». Sin embargo, esta situación no impidió que el «problema» de Dilthey se fuese convirtiendo poco a poco en uno de los problemas filosóficos capitales del pensamiento contemporáneo. Conviene, pues, una vez más precisarlo desde la misma altura histórica desde la cual el propio Dilthey lo veía. Dilthey llegó a la conciencia de este problema ya antes de publicar su casi único libro formal: la “Introducción a las ciencias del espíritu” (1883), del cual como es sabido, quedó terminado sólo el primer volumen. En 1882 había ocupado, en Berlín, la cátedra que dejó vacante Lotze, tras haber sido profesor desde 1866 en Basilea, desde 1868 en Kiel y desde 1871 en Breslau. Durante estos años habían madurado sus pensamientos en el sentido y la orientación que ya no dejó de seguir siempre. Lo muestra, por ejemplo, su “Estudio de la historia de las ciencias del hombre, de la sociedad y del Estado” (1875) donde se declara terminantemente la necesidad de buscar un fundamento seguro para que las antes llamadas ciencias morales y políticas, y ahora cada vez más frecuentemente calificadas de ciencias del espíritu puedan encontrar, para decirlo en los términos de Kant, «el seguro camino de la ciencia». La publicación de la “Introducción” revelaba con plena madurez este propósito, cuyo cumplimiento llenó su vida entera. Los escritos publicados a partir de aquella fecha, sobre todo aparecidos en publicaciones periódicas, y en particular en las “Sitzungsberichte” de la Academia de Berlín, representaban, por consiguiente, el crecimiento orgánico de la misma idea. Citemos por orden cronológico los escritos principales, teniendo en cuenta que luego van a ser completados por los proyectos, bosquejos, o escritos inéditos, que sólo la aparición de los “Gesammelte Schriften” a partir de 1922 permitieron conocer de modo suficiente. En 1886 aparece el discurso “Imaginación poética y locura”; en 1887, “La imaginación del poeta. Materiales para una poética”; en 1888, “Sobre la posibilidad de una Pedagogía de validez general”; en 1890, las “Contribuciones para una solución del problema acerca del origen de nuestra creencia en la realidad del mundo externo y su legitimidad”; en 1892, “Las tres épocas de la Estética moderna y su tema actual”; en 1894, las “Ideas para una Psicología descriptiva y analítica”; en 1896, las “Contribuciones al estudio de la individualidad”; en 1905, los “Estudios para la fundamentación de las ciencias del espíritu”; en 1900, “El origen de la hermenéutica”; en 1905, “Vivencia y poesía”; en 1907, “La esencia de la filosofía”; en 1910, la primera y única mitad de “La estructura del mundo histórico en las ciencias del espíritu”; en 1911, “Los tipos de la concepción del mundo”. Producción, sin duda, de apariencia fragmentaria, sobre todo si se tiene presente la forma misma, incierta y tanteante, del filósofo, pero producción fragmentaria sólo si se considera que únicamente la expresión rotunda y a la vez sistemática se halla en el polo opuesto de todo fragmentarismo. Mas el carácter fragmentario de la producción de Dilthey obedece a otra causa además de la puramente formal; hay en esta tendencia a lo no sistemáticamente terminado una orientación decidida hacia un modo de filosofar hecho por analogía con el de las ciencias, atento al problema y sin querer forzar su inclusión dentro de la magna y fácil solución del sistema. Así, el fragmentarismo de Dilthey, surgido de muy distintas causas, tiene siempre una misma y única dirección o, si se quiere, obedece a una única constante. Desde este punto de vista pueden ya considerarse como relativamente conciliables las diferentes imágenes que en los últimos tiempos se nos han presentado de la filosofía de Dilthey. Esta no sería el resultado de un talento particular para las investigaciones científico-espirituales y su fundamentación, sumidas en una filosofía relativista de la vida, sino más bien el continuo entrecruzamiento de tres tipos de investigación: el teórico-científico, el histórico-científico y el hermenéutico-psicológico, donde el término «entrecruzamiento» designaría simplemente el necesario desequilibrio de cualquier particular tendencia frente al tema principal, el de la elevación de la «vida» a una comprensión o a una conciencia de sí misma. Podría ser también una integración de la filosofía por medio de cuatro asuntos que, a la vez, podrían ser etapas: una historia de la evolución filosófica como propedéutica; una teoría del saber; una enciclopedia de las ciencias y una teoría de las Ideas del Mundo. Podría ser una auténtica «introducción a las ciencias del espíritu» constituida principalmente por esta obra, a la cual se agregaría, como propedéutica y a la vez corno coronamiento, una dilucidación histórica de la cual la parte de historia de la metafísica del citado libro constituiría un comienzo, fragmentariamente proseguido en sus múltiples investigaciones de historia espiritual, sobre todo en su concepto y análisis del hombre del Renacimiento y la Reforma, y de los siglos XVI y XVII. Esto representaría una verdadera fenomenología del espíritu, pero no en un sentido sistemático-metafísico, sino empírico-evolutivo. La culminación de este movimiento le llevaría a la segunda y última parte de su obra, a la teoría de las concepciones del mundo, fundamento a su vez de una verdadera filosofía de la vida sobre bases hermenéuticas. Cualquiera que sea la interpretación de la historia evolutiva del pensamiento de Dilthey es forzoso, en efecto, reconocer que todos estos temas están inclusos en su obra, y que la separación artificial de cualquiera de ellos la dejaría lamentablemente trunca. No otro es el propósito explícitamente declarado por Dilthey al manifestar en diversas ocasiones que, tras haber descubierto la conciencia histórica engendradora de relativismo, ha descubierto la posibilidad de que esta conciencia histórica es la única capaz de superar el relativismo y, por consiguiente, el mismo historicismo que la ha fundado […].

[José FERRATER MORA. “Dilthey y sus temas fundamentales” (fragmento), in Revista Cubana de Filosofía, vol. I, nº 19, julio-diciembre de 1949, pp. 4-12]

␥ André Gunder Frank [1929-2005]

André Gunder Frank falleció a consecuencia de un cáncer en Luxemburgo el pasado 23 de abril, en donde actualmente profesaba en el Luxembourg Institute for European and International Studies, compartiendo su intensa actividad docente, investigadora y de divulgación científica en el World History Center de la Northeastern University (Boston, EE UU) y en la Universitá di Calabria (Italia). Presionada su familia por el régimen nazi, Gunder Frank llega a Estados Unidos en 1941 y, tras sus estudios secundarios y universitarios en Economía, se doctora en 1957 en la Universidad de Chicago con una tesis sobre la agricultura soviética. Su paso por Chicago fue crucial: participa activamente en los seminarios (talleres en la terminología de los Chicago Boys) de Milton Friedman, Arnold Haberger, Ted Schultz…, el renovado parnaso del neoliberalismo. Según explicó el propio Gunder Frank, su rechazo a los sofismas en ciencia económica reiteradamente utilizados en los talleres y las recomendaciones de Haberger (“Usted, André, jamás llegará a ser un buen economista”) o de Friedman (“Sería más conveniente que fuera buscando una plaza en una pequeña universidad de letras”) mostraban el sectario interés para que abandonara la Universidad de Chicago. Vivencias que Gunder Frank relató magníficamente en un breve pero intenso epistolario personal e intelectual, a través de dos cartas abiertas dirigidas a ambos mentores del Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, tras el golpe militar de Pinochet en 1973. En Chile, Gunder Frank recaló en 1967 con un enorme bagaje intelectual. Con el reconocido respaldo de su esposa chilena, Marta Fuentes (cuyo fallecimiento en 1993 supuso el inicio de su larga lucha contra el cáncer y un fuerte aldabonazo afectivo del que no se recuperó jamás de forma plena), André Gunder Frank aunaba no sólo una perspectiva crítica frente a las visiones convencionales y más simplificadas del neoliberalismo que conoció directamente en el taller monetario de Friedman y en el taller de finanzas públicas de Haberger, sino que, además, introduce en los círculos académicos más abiertos y radicales de América Latina el pensamiento neomarxista norteamericano nucleado en la Monthly Review, con la impronta de Baran y de Sweezy. La viva relación intelectual y académica que André Gunder Frank mantuvo con sucesivas generaciones de científicos sociales latinoamericanos impulsó la génesis y la consolidación de las corrientes más radicales y concienciadas de la Teoría de la Dependencia, junto con Theotonio dos Santos, Ruy Mauro Marini, Vania Bambirra, entre otros. Su prolífica obra tampoco estuvo ajena al debate e, incluso, a la continua controversia -baste decir que tiene más de 30.000 entradas en la red-. Las tesis que mantuvo sobre “el desarrollo del subdesarrollo”; en torno a la implantación del más genuino capitalismo en América desde el siglo XVI; sobre la existencia de una raquítica lumpenburguesía en procesos igualmente de lumpendesarrollo como caracteriza la situación periférica, dependiente y vulnerable del capitalismo en América Latina; sobre el lastre de la deuda externa en los países en desarrollo y las ironías políticas y socioeconómicas del actual sistema mundial globalizado, etc., constituyeron temas en los que Gunder Frank demostró un pensamiento acrisolado, digno de un intelectual consecuente con sus ideas y con el irrenunciable compromiso -incluso con sus errores y sombras- en la búsqueda de la verdad histórica y en la anhelada transformación de la sociedad. En los últimos años, la obra de Gunder Frank se enriqueció con los matices vinculados a la corriente de pensamiento histórico de los World Systems, superponiendo a la interpretación de Immanuel Wallerstein el balance histórico del papel que jugó China en el sistema mundial, especialmente en “Re-Orient”, una de sus últimas obras. De esta forma, el trabajo universitario, la obra y la influencia de Gunder Frank se prodigó en todo el mundo, con especial énfasis en América Latina. Como profesor de Antrolopolgía en la recién inagurada Universidad de Brasilia (en 1963 y de la mano del recordado Darcy Ribeiro); como profesor de Economía en la Universidad Autónoma de México (1965-1966); como profesor de Sociología y Economía en la Universidad de Chile (1968-1969), y como profesor visitante y fecundo congresista hasta, prácticamente, su fallecimiento. Una de las facetas más interesantes de su personalidad fue su relación con los más jóvenes alumnos, que tuvimos en el maestro Gunder Frank no sólo una de las fuentes de nuestra vocación americanista en ciencias sociales, sino un continuo acicate para profundizar en nuestra labor docente, investigadora y de divulgación. Al respecto, guardo con especial cariño su nota manuscrita en 1989, desde la Universidad de Amsterdam, para darme su enhorabuena por la publicación de un libro sobre la génesis e implicaciones del monetarismo y la deuda externa en el Cono Sur latinoamericano. Tras cruzar, recientemente, nuestras respectivas trayectorias académicas en cursos impartidos en CEPAL y la presencia en el Seminario Internacional que Theotonio dos Santos organizó en la Universidad Federal Fluminense, en agosto de 2003, la última vez que tuve oportunidad de hablar telefónicamente con el maestro Gunder Frank fue en Santiago de Compostela a lo largo del III Congreso Internacional de Historia a Debate, en julio de 2004. Participó activamente en varias mesas del congreso y presentó una intervención magistral sobre “Re-Orient Global Historiography and Social Theory”. Días antes, mediante mensaje por correo electrónico, había aceptado mi invitación a un paseo vespertino por las calles de Compostela, en plena vorágine del Xacobeo, y la inevitable visita a las tabernas históricas de Santiago. Desde la Residencia Universitaria del Bosque de la Condesa, donde se hospedaba con su característica sobriedad, me llamó y se disculpó por no acudir a la cita por una indisposición inesperada. Desafortunadamente, la fatal enfermedad avanzaba sin pausa…

[José Ramón GARCÍA MENÉNDEZ. “In memoriam: André Gunder Frank, economista, sociólogo… maestro”, in El País, 3 de mayo de 2005]