✍ Historia y mito de la Revolución francesa [1988]

por Teoría de la historia

UnknownPara los historiadores la Revolución francesa no es hoy exactamente lo que fue ayer. No obstante disponían desde hace mucho tiempo de una explicación seductora. El suceso de 1789, episodio máximo del ascenso de la burguesía en Occidente, provenía, en primer lugar, de la lenta debilitación de la aristocracia feudal bajo el peso del desarrollo capitalista. El progreso del pensamiento de la Ilustración había expresado, sobre el plano de las ideas, transformaciones económicas y sociales, mientras que la crisis de la monarquía francesa del Antiguo Régimen estaba atada a la incapacidad de adaptarse a él. La Revolución de 1789 había correspondido, después de una imprudente provocación aristocrática, al éxito de una burguesía apoyada por el pueblo. El nuevo orden que resultó de ello llevó, en un principio, esa doble huella. No obstante tuvo que enfrentarse al desarrollo del espíritu revolucionario y también a las consecuencias de su enfrentamiento con Europa. Así pues, en 1792 empezó una segunda Revolución francesa, que condujo a la proclamación de la República, a la dictadura del Comité de salvación pública y al Terror. La caída de Robespierre sólo impulsó a la incapacidad de la burguesía dirigente a fundar un régimen político estable hasta el golpe de Estado de Bonaparte en 1799. Pero ése pudo construir unas estructuras inéditas sobre la base de la obra revolucionaria, destructoras de la antigua sociedad corporativa. En un mundo dividido entre la expansión de sus ideas y las de la reacción, la Francia de la libertad y la igualdad proponía a los pueblos la imagen de su porvenir (1). Esos proyectos, que se imponen siempre a la mayoría del gran público, se ligaban al conjunto de una tradición favorable a la Revolución. De acuerdo en ese punto, los liberales y los socialistas lo estimaron constantemente necesario, a la vez que bienhechor. Esa fue, desde un principio, la opinión de Barnave o de Madame de Stael. Bajo la Restauración, Mignet, Thiers y Guizot vieron en el suceso de 1789 el acto fundador del inevitable dominio burgués. Los historiadores románticos, como Michelet, sólo añadieron a ese juicio la situación de las dimensiones populares y nacionales de la Revolución. En el momento de la fundación de la Tercera República, esa transfiguración épica condujo directamente a la visión de Aulard que identificaba la historia de la Revolución francesa con la elaboración de las ideas democráticas del siglo XIX. Junto a esa corriente liberal, luego republicana, creció la del socialismo, más admirador de los jacobinos y más comprensivo de las necesidades del Terror. Hacia 1900, Jaurès añadió al aspecto político de esos análisis la aplicación de las tesis de Marx a la Revolución, tesis relativas a la importancia de los fenómenos económicos y sociales. Dirigido por la Sorbona y difundido por los manuales escolares, el relato emocionado, a la vez que detallado, de los sucesos revolucionarios de 1789 a 1794 ha dominado realmente nuestra conciencia histórica durante la primera mitad del siglo XX. ¿Cuántos lectores de Mathiez no se han sentido unos Saint-Just o unos Robespierre? ¿Cuántos, después de 1917, o todavía más, luego de la Segunda Guerra Mundial, no han visto en la Revolución rusa y su ineluctable triunfo universal, la realización tan esperada de las promesas proféticas de 1793? Es lo mismo que decir, el desgarramiento de sus costumbres mentales por la revisión historiográfica actualmente en curso. Se debe sobre todo a los investigadores anglosajones, desde hace una veintena de años, una renovación casi completa de nuestras perspectivas sobre los orígenes, el desarrollo y los resultados de la Revolución. El dinamismo de los departamentos universitarios de Estados Unidos o de Gran Bretaña, recoge unos frutos análogos a los que se hallan en otras disciplinas. Sería estúpido sentirlo o que nos irritara debido a un nacionalismo estrecho (2). Durante largo tiempo se ha limitado ese ensanchamiento de la problemática a la tesis que propone ver, en la Revolución francesa, un simple episodio de un vasto movimiento atlántico que, a finales del siglo XVIII, estremeció al conjunto de las sociedades aristocráticas en los países de civilización europea. Más fecundo había sido el asalto frontal, dirigido por Alfred Cobban a partir de 1955, contra la interpretación clásica de 1789. Este historiador inglés rehusaba llamar “burguesa” a una Revolución que jamás había sido dirigida por los representantes del capitalismo mercantil o industrial. Y amplió esa crítica estimando que, durante toda la Revolución, la mayor contradicción había opuesto no a la burguesía a la nobleza o41V7KVDRZZL._SX282_BO1,204,203,200_ a las clases populares, sino el mundo del campo al de las ciudades (3). El despliegue de encuestas o de hipótesis que siguió durante una veintena de años, más allá de la Mancha y del Atlántico, contribuyó a renovar completamente nuestra comprensión de los sucesos acaecidos en Francia entre 1787 y 1799. Ya no se cree, por ejemplo, en la imagen de una nobleza “feudal” decadente y atada al pasado ni tampoco en la lucha contra ella, desde hace mucho, por una burguesía “ilustrada”. Se ha aprendido a relacionar los levantamientos populares, urbanos o rurales, de la época revolucionaria, con la larga y secular práctica, bajo el Antiguo Régimen, de la impugnación y de la sublevación. Se ha puesto en duda la índole reformadora de la monarquía francesa del siglo XVIII así como el carácter reaccionario de la aristocracia de ese tiempo (4). Hoy en día se comprende más el aspecto minoritario de los grupos que, a partir de 1789, fueron responsables de los principales episodios revolucionarios, así como la importancia de las oposiciones que encontraron frecuentemente en las distintas regiones del país. Al radicalizarse, la Revolución multiplicó los descontentos: acabó por movilizar a las masas tanto contra ellas como a su favor y desde esta perspectiva, la contrarrevolución en si misma y por las reacciones que ocasionó, parece constituir el elemento politico más importante del período revolucionario. Sus dirigentes aparecen como bajo el influjo de una crisis generalizada que, en gran parte, ellos habían provocado y que no pudieron dominar más que imperfectamente al precio de una violencia a menudo ciega. Su incapacidad de dar una salida constitucional legal a la Revolución, nació de esa situación y condujo al establecimiento de la dictadura de Napoleón, producto y heredero de una fase de desintegración del poder, más que de los principios de 1789. Su reconstrucción autoritaria no olvidó jamás la lucha contra los enemigos del interior y del exterior, inaugurada en tiempos del Terror (5). El período revolucionario, estudiado sin prejuicios nacionales, se parece menos a la instauración gloriosa de un nuevo orden, que a la más espantosa y contusa de las guerras civiles. Esa constante científica había sido establecida ya, de manera polémica, por la corriente historiográfica hostil, desde siempre, a la Revolución francesa. La ha denunciado constantemente como inevitable y maléfica, alternativamente. De ahí, sobre el primer punto, la tesis cómoda del complot, faccioso o masónico, presentado desde los orígenes por Rivarol o Barruel. Esa hipótesis conspiradora, conforme a una mitología política universalmente extendida, hubo de ser renovada a principios de este siglo por Augustin Cochin, atribuyendo a la influencia mecánica de las sociedades pensantes, el conjunto de los discursos y de las prácticas revolucionarias que desde 1788 hasta 1794 (6) dominaron a Francia. La cima de la denuncia de la Revolución se halla, por otra parte, en la obra de Taine aparecida entre 1876 y 1893, en la que el historiador de los “Orígenes de la Francia contemporánea” estigmatiza la anarquía popular y a la vez la dictadura jacobina o napoleónica. Es cierto que ese pesimista, más biólogo que sociólogo, consideraba que las fallas del Antiguo Régimen conducían necesariamente a su caída y a la construcción deplorable del Estado moderno (7). Parte de ese análisis no habrá de ser retomado por los sucesores a los cuales la Acción francesa había enseñado a venerar la monarquía. Entre ellos, Gaxotte opuso a los éxitos de la realeza declinante el sistema estúpidamente “comunista” establecido en 1793 (8). El eco de esas exageraciones no llena hoy en día, por casualidad, las columnas de los periódicos o las emisiones de la televisión. En 1981, momentáneamente victoriosa sobre el plano político, la izquierda ya no ocupa en el mundo intelectual francés la posición dominante que tuvo durante largo tiempo. Su prolongada idolatría a la Revolución, lógicamente se vuelve contra ella. Y a la hora peligrosa del bicentenario, son muchos los que vuelven a hallar, contra la obra descristianizadora y terrorista de los años 1790, los acentos de un Joseph de Maistre dirigidos contra Satán. Las desilusiones derivadas del destino prosaico u horrible de las revoluciones del siglo XX facilitan también esa tarea. No obstante, sería un error utilizar sin crítica, al servicio de tal empresa, las investigaciones recientes sobre la Revolución de 1789. Rasgando el ícono, ellas no han hecho más que hacer resaltar su grandeza y su importancia, puesto que, para lo mejor y para lo peor, buena parte de nuestras divisiones ideológicas y de nuestras aspiraciones políticas han nacido en esa década sorprendente. Sin detenernos en enfrentamientos estériles, puede ser útil indicar hasta qué punto nuestros conocimientos sobre eso han progresado en poco tiempo. Es la gran ley de la investigación y todos los historiadores se han solidarizado con este trabajo. El gran público los conoce, sobre todo, por sus discusiones más o menos altisonantes. En Francia, han opuesto a los detentadores de la interpretación tradicional, relacionados de maneras diversas con el marxismo, a François Furet y a sus amigos. El autor de “Penser la Révolution française”, no se ha contentado con difundir las tesis de Cobban y de sus sucesores. Seguro de sus conocimientos en la historiografía de los siglos XIX y XX, nos ha pedido a propósito de 1789, dejar de conmemorar un patrimonio o de pronunciar un anatema (9). Ese llamado a privilegiar, imitando a Tocqueville (10), la difícil conceptualización de la Revolución francesa, continuidad y ruptura al mismo tiempo, recupera, de hecho, la rica cosecha de nuevas interpretaciones aportadas por los historiadores anglosajones de las últimas décadas. Poco marcados por las tradiciones ideológicas de la lucha entre el comunismo y sus adversarios, han sido más sensibles que nosotros al peso de las circunstancias y al de las variantes regionales, a la importancia de la contrarrevolución popular, lo mismo que a gran número de hombres y grupos, decepcionados por la Revolución. Una tal resurrección, más concreta, más individual y más afecta a la vez a las múltiples contradicciones de una sociedad que distaba de someterse al gran teatro parisiense, parece preferible a nuestras discusiones habituales, relativas a la naturaleza de clase de la Revolución o al origen del “discurso revolucionario”. Tales búsquedas no tienen nada que ver con las preocupaciones actuales de algunos 41jc5C5edHL._SX323_BO1,204,203,200_impacientes por acabar con la Revolución y por enterrarla lo más pronto posible. Siempre viva, da lugar, en efecto, a debates científicos que más bien son testimonio de su fecundidad. Son ésos los que pretendemos resumir en las páginas siguientes. No tienen más ambición que la de la inquietud pedagógica de vulgarizar conocimientos, adquisiciones o hipótesis, que no se encuentran a menudo más que en trabajos sólo accesibles a los especialistas. La información objetiva nos parece más importante a la hora de la celebración del bicentenario, que la polémica estéril. La reflexión sobre la Revolución no gana nada, por ott:a parte, con ser ahogada en la perspectiva ecuménica o en el enfrentamiento ideológico. Nuestra modesta contribución a la difusión de investigaciones recientes, que la conciernen, desearía mostrar su convergencia. La Revolución francesa, bajada de su pedestal mítico y reducida a sus realidades complejas, no es sino más interesante para todos aquellos que desean comprender una de las fuentes más importantes de la historia contemporánea.

NOTAS. (1) Georges Lefebvre, La Révolution française, PUF, 1951. (2) Alice Gérard, La Révolution française. Mythes et interprétations (1789-1970), Flammarion, 1970. Según Jeremy Popkin, “Recent West German Work on the French”, JMH, 1987, pp. 737-750, los historiadores actuales de Alemania occidental insisten en la oposición entre Ilustración y Revolución así como niegan el carácter fundamentalmente “burgués” de la segunda. Buena presentación de Barnave, sobre todo como historiador de la Revolución, en François Furet, Dictionnaire critique de la Révolution française, Flammarion, 1988, pp. 206-215. Cf. para Guizot, ibid., pp. 967-973. F. Furet, ibid., pp. 979-997, proporciona un excelente punto de vista de la “Histoire universitaire de la Révolution”. Cf. para Jaurès, Mona Ozouf, ibid., pp. 998-1007; para Michelet, F. Furet, ibid., pp. 1030-1040. (3) Alfred Cobban, Le sens de la Révolution française, Julliard, 1984. George C. Comninel, “Rethinking the French Revolution. Marxism and the revisionist challenge”, Verso, 1987, reconoce, desde un punto de vista marxista, el carácter insostenible de la tesis clásica que interpreta a 1789 como una revolución burguesa. Atribuye este error de Marx a la demasiado grande influencia ejercida en él por historiadores liberales como Mignet o Guizot. Interesante informe de esta obra es el de Gwynne Lewis en el Times Literary Supplement, 11-17 de marzo de 1988. Bajo el rubro “en curso de revisión”, él recuerda con buen sentido que el conjunto de las interpretaciones de la Revolución francesa está sometido a la verificación constante por la investigación de primera mano. Cf. después de eso las observaciones de Bill Edmonds, “Successes and excesses of revisionist writing about the French Revolution”, European History Quarterly, 1987, pp. 195-218. (4) William Doyle, Origins of the French Revolution, Oxford University Press, 1980. (5) Donald M. G. Sutherland, France 1789-1815: Revolution and counterrevolution, Fontana, 1985; cf. Jacques Godechot, RH, 1986, pp. 197s. Importante contribución bibliográfica a este tipo de renovación historiográfica en R. J. Caldwell, The era of French Revolution, Garland Publishing, 1985. Como útil instrumento de trabajo véase Jean Tulard, Jean-François Fayard y Alfred Ferrio, Histoire et dictionnaire de la Révolution française 1789-1799, Robert Laffont, 1987. Se sabe también que Colin Lucas dirigió la impresionante publicación de 1.000.000 de microfichas y de 35.000 retratos para Pergamon Press con el título de The French Revolution research collection and video-disk, la cual aparecerá de 1989 a 1992. L’État de la France pendant la Révolution, publicada bajo la dirección de Michel Vovelle, en Éditions La Découverte, en 1988, da una buena idea de la evolución reciente de la historiografia. Véase en este sentido Gwynne Lewis, EHR, 1988, pp. 746s. Útil film de los sucesos en Jean Favier, comp., Chronique de la Révolution, Larousse, 1988. (6) Augustin Cochin, L’esprit du jacobinisme. Une interprétation sociologique de la Révolution française, PUF, 1979. Interesante testimonio de la permanencia de la hostilidad intelectual hacia la Revolución en Vu de Haut, núm. 5: “1789: l’injustice”, Éditions Fideliter, 1986; allí colaboran historiadores tan serios como René Pillorget o Jeau de Viguerie. (7) Hippolyte Taine, Les origines de la France contemporaine, 2 vols., Laffont, 1986. Un punto de vista sensible y diferente es el de Mona Ozouf en su Dictionnaire critique de la Révolution française, Flammarion, 1988, pp. 1061-1071, de ese “monumento medio arruinado”. Ella observa que su autor “ha puesto al día ideas que nosotros reconocemos todavía”: “la amenaza que hacen pesar sobre la experiencia democrática el aislamiento y el anonimato que confiere a los individuos” y también “la extrema fragilidad del tejido culturar”. Es verdad que Taine anuncia, ya desde entonces el triste siglo de Lenin y de Hitler cuando muestra que Robespierre asemeja a los prisioneros del año II con “inmundicias” o “desechos de la humanidad” y a las vandeanas fusiladas, desnudas, por decenas, en cadáveres apilados. (8) Pierre Gaxotte, La Révolution française, reedición universitaria de Jean Tulard, Fayard, 1975, nuevamente reeditada en 1988 por Éditions Complexe, con una presentación y notas complementarias. (9) François Furet, Penser la Révolution française, Gallimard, 1978. Excelente introducción a los debates más recientes en T. C. W. Blanning, The French Revolution aristocrats versus bourgeois?, Mac Millan, 1987. Blanning ve a la Revolución más como una transformación política, con consecuencias sociales, que a la inversa. Véase también, Louis Trénard, “Le bicentenaire de la Révolution française”, L’Information Historique, 1988, pp. 26-32, y François Furet y Mona Ozouf, comps., Dictionnaire critique de la Révolution française, Flammarion, 1988. El primero de estos autores acaba igualmente de presentar “La Révolution de Turgot à Jules Ferry, 1770-1780, Hachette, 1988. (10) Alexis de Tocqueville, L’Ancien Régime et la Révolution, 2 vols., Gallimard, 1952-1955. Un muy buen punto de vista es el de F. Furet sobre Tocqueville en su Dictionnaire critique, cit., pp. 1072-1084.

[Jacques SOLÉ. Historia y mito de la Revolución francesa. México: Siglo XXI, 1989, Introducción, pp. 13-29]

Anuncios