✍ El discurso histórico [1987]

por Teoría de la historia

80d1e0e9edc5082bb838ab3527282c01La historia como ciencia de lo total humano, en lo que se refiere a sus objetivos, requiere la utilización de todas las ciencias que se refieren al hombre. Difícil es hacer buena historia cuando el especialista se aleja de los saberes contenidos en la filosofía o pretende no tener en cuenta los logros de la filología, esto de una manera especial cuando el tema de investigación es la historia antigua. En este mismo campo, el único modo de dar una visión completa de determinadas épocas es acercarse a los problemas planteados por la historia del arte y las concepciones estéticas de sus protagonistas. La poesía lírica es, para dar un ejemplo concreto, indispensable para conocer el sentido del arcaísmo griego. Ciencias colaterales y técnicas procedentes de otros campos son, en definitiva, los instrumentos básicos para alcanzar un conocimiento total de la realidad representada por las colectividades humanas. En este último aspecto, en el técnico, si en la época de Hegel todo historiador se sentía vinculado de un modo o de otro al idealismo alemán o, más recientemente y en una posición aparentemente opuesta, el positivismo científico, en tiempos más próximos, el historiador ha de considerar cuáles son los caminos que pueden abrírsele con vistas a un conocimiento más completo y más “actual” del pasado. Todo ello si se parte del hecho de que el conocimiento del pasado es siempre actual y sólo progresa en tanto en cuanto es cada vez más actual. La aportación al conocimiento histórico desde fuera de la historia resulta por ello algo enormemente enriquecedor. Cerrarse, en cambio, a que la historia sólo sea hecha por y para historiadores y pretender que sus avances provengan de quienes sólo conocen la historia de un modo herméticamente profesional deriva, probablemente, hacia un callejón sin salida. Ciencias como la semiótica y la teoría de la comunicación están en disposición de abrir puertas o, por lo menos, de ofrecer vías alternativas que el historiador puede elegir o rechazar tras un proceso de reflexión y discusión, no desde un punto de vista previamente cerrado a la posible novedad. Han de tomarse como una especie de estímulo, reto o, por lo menos, tema de posible debate y tal vez de rechazo razonado. Esta es la actitud previa, válida, para el historiador ante un libro como el de Jorge Lozano. Hay que reconocer que, en su primera parte, el libro no pasa mucho de ser lo que habitualmente se hacía para las memorias de oposiciones, con dos salvedades. La primera, la consistente en que existen determinados análisis historiográficos no siempre presentes en dichos escritos, pero también, la segunda, en que se nota en exceso, para los historiadores del pasado, la utilización de la bibliografía de segunda mano. El análisis de Heródoto y de Tucídides, por ejemplo, es claramente insuficiente, incluso desde los criterios utilizados por el autor. Es preciso reconocer, con todo, que éste no es el objetivo del libro, pero, también, en honor a la verdad, que un análisis más profundo evitaría ciertas afirmaciones superficiales que oscurecen la historia del discurso histórico mismo. En cambio, al menos para el lector que no esté muy al corriente de las tendencias del análisis textual, el capítulo referido al documento histórico puede serle de mucha utilidad, no sólo como aproximación a problemas, sino también para abrir puertas hacia una mejor comprensión de los límites y posibilidades de su propio trabajo, límites y posibilidades que son en realidad las dos caras de una misma realidad, del reconocimiento de que la utilización del dato no puede ser fetichista, pero también de que el análisis textual puede facilitar el acceso a realidades más profundas. El conocimiento del estatuto social de un texto facilita el conocimiento de la realidad social más que el análisis aséptico de su contenido. Este mismo se revela sólo cuando se comprende que un documento puede contener significaciones diferentes para el ámbito cultural en que nace y para el historiador que lo analiza. El texto historiegráfico contiene necesariamente un complejo de ámbitos temporales relacionados entre sí de manera no siempre consciente para la misma mente del historiador. Bien es verdad que la exposición se realiza a través de una especie de historia de la historiografía y de la teoría de la historia, lo que, naturalmente, impone la existencia de lagunas o la necesidad de matizaciones. Pero no es menos cierto que por medio de la exposición se destilan las ideas y sugerencias del autor. En definitiva, en ella, según se acerca a nuestra época, se va definiendo paulatinamente un debate historiográfico en que Lozano toma una parte cada vez más activa. Algunas de las cuestiones suscitadas por Lozano tienen especial importancia para el profesional de la historia antigua, dado que las diferencias de códigos culturales ante determinados signos son mucho más profundas para él, ante la escritura histórica antigua, que para el historiador dedicado al estudio de cualquier otra época. La “mirada” del observador que nos llega desde la Antigüedad ha de ser ella misma objeto de estudio en sus propias condiciones históricas. Tanto ante la historiografía antigua como ante la bibliografía actual, e incluso en el momento de su propio trabajo, todo historiador ha de saber que no hay narración sin narrador ni interpretación sin intérprete, y que la presentación de un enunciado como si no hubiera enunciador sólo es explicable como estrategia del enunciante. El interés aumenta si consideramos que uno de los ejemplos comentados es un largo párrafo de Bosch-Gimpera y Aguado Bleye de la Historia de España de Menéndez Pidal sobre Sertorio y la cierva (pp. 203-204). En definitiva, de la lectura del libro se desprende que el avance del conocimiento histórico en la actualidad pasa por el conocimiento de los mecanismos del discurso histórico.

[Domingo PLÁCIDO. “Jorge Lozano, El discurso histórico, Madrid, Alianza Editorial, 1987, 223 págs.” (reseña bibliográfica), in Gerión. Revista de historia antigua (Madrid), vol. VI, 1988, pp. 291-292]

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