✍ Muerte, política y sociedad en la Argentina [2015]

por Teoría de la historia

9789876283762La muerte como tema o como problema está presente desde siempre en diversas disciplinas: la medicina, la antropología, la sociología, la historia. En el siglo XX, por el impacto ante el exterminio masivo del Holocausto, la atención se concentró en la capacidad del Estado de matar, y así tuvieron menos visibilidad otras formas de los Estados de relacionarse con la muerte: desde celebrar y homenajear a sus muertos para construir una memoria colectiva, hasta concentrar sus esfuerzos para evitar un aumento de la tasa de mortalidad infantil, la más representativa de las muertes por pobreza. “Esa diversidad puede convivir en un mismo momento histórico. Durante el gobierno de Carlos Menem, se preparaba a la sociedad para el indulto mientras se lograba la repatriación del cuerpo de Rosas, se decidía la indemnización a las ex víctimas de la represión y se decidía el fin del servicio militar obligatorio, una medida agilizada también por una muerte violenta. Todo eso en una época, además, con un número agobiante de muertes y suicidios públicos vinculados al Estado y las élites: Alfredo Yabrán, María Soldad Morales, Omar Carrasco, Carlitos Menem Junior. Una época en la que la muerte dudosa se instaló en el discurso público como representación de una cultura política”, explica en esta entrevista la historiadora Sandra Gayol, editora junto con Gabriel Kessler, del libro Muerte, política y sociedad en la Argentina. La compilación tiene un recorrido que va desde la historia del cementerio argentino en Malvinas hasta los significados del asesinato de Ramón Falcón, pasando por el vínculo de la muerte con la inseguridad o el desarrollo del mercado mortuorio. Todo eso con el objetivo de mostrar qué muertes impactaron al país y por qué, desde la Revolución de Mayo a la actualidad.

–¿Qué elementos permiten que un duelo privado se convierta en un tema público?

–Es difícil establecer una generalización que explique todos los casos, pero sí hay algunos rasgos comunes. Me parece que la dictadura militar marcó un cambio. La comprobación del horror modificó la sensibilidad social frente a la muerte, de modo tal que ciertas formas de matar y morir se volvieron intolerables para los argentinos. En general, una muerte es un problema público cuando involucra a alguien inocente, no sospechado de ningún delito, que sufre una violencia, un maltrato o una profanación del cuerpo. Ese es un elemento necesario para la conmoción. Claro que las víctimas se construyen como tales también por un trabajo de elaboración de los familiares. Otra condición es que esa muerte pueda establecer relaciones con otras muertes parecidas, que se refiera a un problema común, y no a un caso específico. Y, finalmente, otra clave es el acompañamiento de los medios masivos de comunicación. Si no se mantiene como noticia, a veces las posibilidades son menores. Finalmente, depende de las coyunturas políticas, que ellas generen movilizaciones o cambios legislativos.

–En el libro muestran esa diferencia a partir de la comparación entre Carolina Píparo y Juan Carlos Blumberg.

–Claro. Píparo produjo muchas medidas, Blumberg no tanto. Porque lo que se sabe hoy sobre Blumberg es que todas las medidas que después se discutieron en el Parlamento estaban a la espera de ser votadas. O sea, había una serie de baterías, de iniciativas legislativas, que encontraron condición de posibilidad.

–¿Por qué sostienen que la muerte ahora tiene un mayor protagonismo en la vida pública?

–Hay una idea muy famosa, la del tabú de la muerte, que sistematizó y consagró el historiador francés Philippe Ariès. La idea del tabú es que la muerte viene a cumplir en el siglo XX el lugar que en el siglo XIX había tenido el sexo. Ariès señala que la muerte moderna es deshumanizada, ritualizada, solitaria, mecánica. Una muerte seca, en el hospital. Hoy muchos siguen repitiendo esa idea, pero creo que la realidad es mucho más compleja. De la muerte se habla en la televisión, en el cine, en las industrias culturales. Es un actor permanente y en algunos casos decisivo. Pero por supuesto, y eso lo ha demostrado la psicología, no se puede vivir pensando solamente en el final.

–¿Es una presencia sobre todo mediática?

–No solamente. La industria cultural entrega guiones para tratar de gestionar el vínculo con la muerte: te da pautas sobre qué hacer, alternativas, rituales, diversidad de insumos. Hay una presencia general, a la que los medios contribuyen. En Argentina, los medios masivos se inscriben en esta tendencia, pero también la política argentina hace referencias, por afinidad u oposición, a la muerte. Rechazándola o estimulándola, la muerte tiene una presencia social y política. Por ejemplo, no es extraño encontrar en ciertos medios un vínculo entre muerte y peronismo.

–¿Pero no hay en Argentina una reacción ante la muerte en la política?

–Me parece más bien que una particularidad de la Argentina es que hay un tabú en la representación sobre la muerte. Siempre hay excepciones, pero es difícil encontrar un medio que muestre un muerto con la crudeza y el realismo de los medios de México, Ecuador o América Central. Hay un tabú con mostrar a la muerte. En Argentina, las veces que esto ha sucedido, se generó una discusión sobre los límites éticos que debe haber en la representación sobre la muerte. Y esto ya pasó con lo que se llamó el show del horror, con la aparición de los cadáveres NN en los ochenta. Hubo todo un debate en El Porteño, la revista Humor y otras publicaciones que pedían un límite ético. Es cierto que ahora el tema de la tecnología genera una situación más incontrolable.

–¿Cambió la manera de relacionarnos con la muerte?

–Una buena muerte es una socialmente esperada. Generalmente, tiene que ver con una que sea en la vejez y natural. Eso puede seguir funcionando para unos, pero ahora, para otros, una buena muerte puede ser una que se pueda elegir, sobre la que uno tenga control. Otro tema son los rituales, que sí han cambiado muchísimo. Ese cambio se lo suele asociar a un desinterés de los vivos en los muertos, a unas ganas de desembarazarse de ese cuerpo. Y algunos trabajos hablan de que la gente viva mantiene cada vez más contacto con los muertos, muestran conversaciones imaginarias. Mucha de esa gente no iría jamás al cementerio, ni a una misa. Otro ejemplo, es la cremación en Argentina, que ha aumentado muchísimo. También se lee como desinterés pero en muchos casos, es una experiencia emocionalmente más intensa. Yo creo que la cremación parece más bien mostrar que el cementerio no es el único espacio para la preservación de la memoria de una persona.

–¿Por qué dicen que la cremación es el cambio más significativo?

–Porque no tenés más cuerpo, ni despojo. La cremación implica eso y entre los ritos mortuorios es el cambio más radical. Es una técnica que estaba disponible hace mucho tiempo pero recién ahora se vuelve una práctica recurrente. Pero, otra vez, la cremación no tiene que ver con el desentendimiento, la negación de la muerte, ni el proceso de laicización, sino con la posibilidad que te brinda la tecnología de conservar recuerdos que antes depositabas en el cuerpo. Hoy la tecnología te permite conservar mucho más.

–¿Cómo se explica la expansión de los cementerios privados?

–Primero, dos aclaraciones: quien testimonia la muerte sigue siendo el Estado y la mayoría de las personas va a cementerios públicos. Más allá de eso, hay una coincidencia temporal entre el proceso de expansión de los cementerios privados con el neoliberalismo, el retiro del Estado para regular ciertos servicios, las privatizaciones y la expansión de los countries. Pero también esa expansión habla de la diversificación del mercado funerario y del significado que tiene la muerte para la sociedad. Quizá lo que mejor muestra eso es la comparación entre los cementerios privados y el cementerio de la Recoleta. La diversidad de estilos y la ostentación arquitectónica de Recoleta está ligada al interés de los vivos de mostrar su primacía política, social y económica. Habla más de los vivos que de los muertos. Ahora, la cuestión de la diferencia no pasa tanto por ahí, la muerte como espacio de construcción de prestigio es muy distinta. Ahora, se está evaluando la posibilidad de que los barrios cerrados se asocien para erigir cementerios propios.

34-6El artículo de Marina Luz García, “El barrio donde los pibes se echan a perder”, está dedicado a las muertes de jóvenes en un barrio popular del suroeste del Conurbano. Allí la politóloga realizó una estadística propia con los vecinos que revela una situación de violencia cotidiana y una relación con la muerte cada vez más dispar entre clases sociales: de 59 entrevistas, un cuarto de los consultados mencionó que había sufrido la muerte de un familiar varón entre 16 y 30 años, entre 2002 y 2012. “Es impresionante lo que sucede en algunos barrios. Casi todos tienen algún familiar muerto, y muchas mujeres la presunción de que algunos de los vivos fallezca joven. Es un vínculo con la muerte cotidiana que en otras clases sociales no es tan evidente. Algunos trabajos, el más famoso de ellos, Llorar sin lágrimas, plantearon que la sobresaturación de imágenes sobre delito y violencia produce acostumbramiento. Pero yo soy de la idea de que un riesgo mayor a una muerte inesperada, a una mala muerte de un ser querido, no hace que experimentes menos el dolor o que no se lleven a cabo todos los ritos que una muerte normal”, comentó Gayol. El artículo de Brenda Focás aborda un debate de enorme relevancia política y de larga duración, que nunca termina de cerrarse: ¿Los medios de comunicación construyen un sentimiento de inseguridad o simplemente lo exponen? Lejos de dar respuestas cerradas, Focás se concentra en entender qué hay detrás de esa preocupación ciudadana y se pregunta qué implica ese temor a morir en un episodio de inseguridad. “Lo interesante del artículo es que muestra que ver todo el tiempo noticias sobre inseguridad, sobre todo en el medio televisivo, no lleva al acostumbramiento. Y por otro lado, que hay una vinculación crítica con la noticia, que la empatía pasa por cosas muy diversas, en unos casos refuerza sensación de inseguridad, en otras no”, agregó Gayol. Los ochenta constituyen una etapa bisagra entre la última dictadura y el neoliberalismo, y por eso ha sido analizada con menos exhaustividad. Sin embargo, un análisis de los casos en esa década, muestran la aparición de formas novedosas en el vínculo del Estado con la muerte, o de la capacidad del Estado de matar. Por un lado, porque allí aparecen las muertes por gatillo fácil. Por otro lado, porque empiezan a aparecer, tal como lo muestra la película El clan, los secuestros extorsivos seguidos de asesinato de gente que había sido parte del aparato represor y que seguía trabajando para el Estado. “Son casos que muestran el fantasma de la dictadura, las promesas incumplida de la democracia, los problemas que no se habían logrado extirpar”, indicó Gayol.

[Lucía ÁLVAREZ. “Ciertas formas de matar y morir se volvieron intolerables” (entrevista con Sandra Gayol), in Tiempo Argentino (Buenos Aires), 12 de Septiembre de 2015]

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