✍ La victoria del ghetto [1946]

por Teoría de la historia

48749718Lituania es un pequeño país situado a orillas del mar Báltico que en junio de 1940 fue anexionado a la Unión Soviética en virtud del pacto de no agresión firimado por Alemania y la URSS. En julio de 1940, Lituania fue proclamada como República Soviética y el 3 de agosto del mismo año quedó afiliada a la URSS. Un domingo, el 22 de junio de 1941, la población de Vilna contempló con asombro como los aviones alemanes bombardeaban la ciudad. No tardó en conocerse la noticia: Alemania había declarado la guerra a los rusos. A partir de este momento comienza para los judíos de Vilna una de las más duras pruebas de su historia. Sus destinos se sumaron a los de millones de judíos exterminados en toda Europa a manos de los nazis y fueron testigos de los sangrientos e inhumanos sucesos que estremecieron al mundo entero. Marc Dvorjetski, médico judío, es uno de los pocos que escaparon con vida del infierno del ghetto de Vilna. Residente en Palestina, su libro es un testimonio de la lucha de miles de hombres y mujeres por conservar su integiridad moral en medio de un ambiente de terror y desolación. Las primeras señales de lo que habría de llegar las tuvieron los judíos de Vilna poro después de la ocupación de la ciudad por el ejército alemán. Despidos y registros en busca de armas que finalizaban con el incautamiento de todo lo que tenía algún valor. El 27 de junio dieron comienzo los «raptos», de los que muy pocos judíos regresaban con vida. Algunos intentaron congraciarse con los germanos trabajando para ellos y se consideraban afortunados por poder circular libremente por la calle. Estos trabajadores eran llevados a la localidad de Ponar, en donde desaparecieron muchos de ellos. El 4 de julio se obligó a la población judía a llevar una insgnia de identificación pintada en el pecho y en la espalda, y más tarde un brazalete azul adornado con la estrella de David. El 17 de julio tuvo lugar el primer «pogrom» y el 6 de septiembre los judíos fueron confinados en el ghetto. Sin duda, es muy difícil imaginar lo que debía ser un ghetto. Miles de hombres, mujeres y niños, con escasas pertenencias y poco o ningún dinero, confinados en un espacio ínfimo y abandonados a su suerte en los problemas de alojamiento y manutención. Una vivienda podía ser ocupada por treinta personas que se veían obligadas a dormir, comer y vivir juntas en muy pocos metros cuadrados. En Vilna se instalaron dos «ghettos», pero el primero, el ghetto del Pasaje Litzka, fue evacuado y sus habitantes encarcelados. Fueron liberados doscientos y mil ochocientos más fueron asesinados en Ponar, que se revelaba como un campo de exterminio. En el «ghetto» superviviente reinaba un miedo atroz a quedarse sin trabajo alguno, pues ello significaba la muerte. Cada pocos días el «schein» variaba de «schein» o certificados de trabajo que significaban la vida. Si un judío no poseía «schein» desaparecía en manos de los SS. Estos «schein» fueron una de las peores armas alemanas. Cada pocos días el «schein» variaba de color y contenido, restringiéndose notablemente su número con cada cambio. Sólo se estaba a salvo de los SS si se poseía el último schein en vigor, pero se caía en el pozo de la envidia y el odio de los judíosVilna_ghetto_ruins_postwar sin «schein», que se sabían condenados a muerte. Infinidad de incursiones alemanas en el «ghetto» disminuyeron notablemente la población de los sin «schein», lo que impulsó a los supervivientes a construir refugios secretos que difícilmente podían descubrir los alemanes. En medio del hambre y del temor a la muerte, los judíos decidieron sobreponerse a su destino y luchar contra el terror con todos los medios a su alcance. Dos organizacionies opuestas se afanaron en sacar a la gente de su letargo y devolverles la dignidad humana que estaban en trance de perder. La primera de ellas, el Comité de Ayuda Social, se componía de representantes de las agrupaciones sociales y políticas clandestinas del «ghetto». Todos los trabajadores pagaban voluntariamente una contribución regular, y el comité repartía subsidios mensuales en especies o en dinero. Este organismo derivaria en la Asamblea Nacional del ghetto. La segunda organización era la Resistencia, en la que entraron a formar parte la mayoría de jóvenes judíos. Paralelamente a ellas, funcionaba el Judenrat, que llevaba la dirección del ghetto bajo la supervisión alemana. Al Judenrat se debe la instalación de pequeñas fábricas que permitían trabajar a un limitado número de afortunados y suministraban artículos de necesidad vital. Por otra parte, la vida cultural florecía en el interior del ghetto. Los maestros daban clase a los niños, se organizaban representaciones teatrales y conciertos e incluso juegos deportivos. Todo ello contribuyó a sacar de su letargo a la población judía y a devolverle la dignidad perdida con el miedo a la muerte. La resistencia del ghetto desbordaba de actividad. Las imprentas clandestinas editaron periódicos, llamamientos y octavillas. Se crearon grupos de especialistas: exploradores, dinamiteros, zapadores… y se mandaron mensajeros, en su mayor parte chicas, a los ghettos de Varsovia, Kovno, Bialistok y otros, y casi todos ellos encontraron la muerte en su misión. Las fábricas producían armas clandestinamente y la gente se iba armando lentamente. Sólo una división de opiniones: ¿había que luchar desde el interior del reducto o marchar a los bosques para engrosar las filas de la resistencia anti-germana? Y una de las mayores preocupaciones: preparar la marcha a Palestina de los que quedaran con vida. De los ochenta mil judíos que vivían en Vilna, después de la liquidación del ghetto y la estancia de los pocos supervivientes en el campo de concentración de Kuromae, en Estonia, pocos quedaron 865170777con vida. Marc Dvorjetski, uno de los afortunados, quiso escribir este ibro como respuesta al juramento hecho en Kuromae: el que sobreviviera asumiría el deber de contar lo que había visto. Pero este libro es algo más. Es el testimonio de un pueblo que sometido al combate por conservar la vida, a la humillación física y moral y a las mayores iniquidades que puede cometer un hombre con sus semejantes, consiguió luchar en la resistencia, amar sin egoísmo, sostener una activa vida cultural y religiosa y triunfar en el mantenimiento de la dignidad pisoteada. La victoria del ghetto es un canto a la esperanza y a la libertad, es el convencimiento de que más importante que conservar la vida es perderla con la cabeza alta y el corazón lleno con la esperanza que rebosa de estos versos del poeta-guerrillero Leib Opeskin, asesinado poco antes de la liberación: “Bajamos la cabeza y curvamos la espalda / Pero el corazón sigue sin estar sometido y el cuerpo está dispuesto / Para levantarse y echar a andar… / Hacia un futuro mejor en marcha, / Hacia unos días repletos de felicidad / Y si nuestra alegría se esconde aún / Desde lejos se ve su resplandor / El nuevo universo nos sonríe de lejos /  Un mundo encantador y florido / Durante los días de las derrotas y de los tormentos / Conservemos la visión del milagro / Y creamos que se producirá”

[María Elena ALIE. “La victoria del ghetto”, in La Vanguardia (Barcelona), 6 de marzo de 1975, p. 55]

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