✍ Jovellanos [1988]

por Teoría de la historia

71lqbqMSTVLLa prestigiosa colección Alianza Universidad acaba de publicar un minucioso y brillante estudio sobre la personalidad de Jovellanos que en su momento fue la tesis doctoral de su autor, Javier Varela. El “Jovellanos” de Varela es un excelente diálogo intelectual con la obra del profesor Maravall, en cuyos deslindes se amparan, a menudo, las rigurosas investigaciones que permiten presentar a Jovelianos como auténtico paradigma de la Ilustración española, desde sus compases iniciales en los primeros años del reinado de Carlos III hasta su definitiva crisis en los meses previos a las Cortes de Cádiz. La prolífica y polifacética obra de Jovellanos, que está editando el Centro de Estudios del siglo XVIII de la Universidad de Oviedo, sirve de continuada reflexión para que el libro de Varela cumpla con la que nos parece su doble finalidad: trazar la biografía intelectual de Jovellanos y convertir dicha trayectoria en una penetrante indagación sobre la historia de las ideas dieciochescas que —no lo olvidemos— construyen el orden mental vigente hasta bien avanzado el siglo XX, momento en el que los estudios de Lucien Goldman o Georges Gusdorf han puesto de manifiesto los interrogantes que pesan sobre los valores que “inventó” el siglo de la luces: la conciencia reflexiva, la igualdad, la Iibertad, la tolerancia, el progreso o la civilización. Javier Varela ha articulado su libro sobre la base de una excelente documentación de primera mano consultada en el Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca de la Academia de la Historia y diferentes bibliotecas asturianas en las que se encuentran documentos acerca de Jovellanos. A ello se suma la consulta de diversos periódicos y de una muy cuidada bibliografía, en la que únicamente se echa de menos la referencia al importante libro de Antonio Elorza, “La ideología liberal en la Ilustración española” que en la Iínea de los estudios del profesor Maravall vino a ser el primer análisis ideológico de un periodo histórico cuyo foco intelectual más importante es Jovellanos. Con un encomiable rigor cronológico, Varela traza una semblanza de Jovellanos que resulta ser una apasionada e inteligente revisión de la ilustración en tiempos de Carlos lII y Carlos lV. Tras una sucinta presentación del medio familiar y de los estudios universitarios de don Gaspar, la biografía se inicia cuando Jovellanos ha decidido cambiar definitivamente la sotana por la toga. Así, en la Sevilla de Olavide, Jovellanos emprende, en la primavera de 1768, su fecunda carrera de magistrado. Con buen criterio, Varela subraya eI relevante papel que “El delincuente honrado” desempeña en la obra primera de Jovellanos, no solamente por su diderotiana condición de drama burgués sino por la inteligente adaptación dramática de las tesis de Beccaria y de los presupuestos de Montesquieu que gravitaron fecundamente sobre el joven magistrado, sobre todo en la asociación de la jurisprudencia con la historia, tema que desarrollará en su “Discurso de ingreso en la Academia de la Historia” en febrero de 1780. También el periodo sevillano (1768-1778) de Jovellanos es el punto de partida de su quehacer poético: a partir de 1776, fecha de la “carta de Jovino a sus amigos salmantinos” la poesía ilustrada deviene en poesía civil con una función preferente de reforma social que, a través de Meléndez Valdés, alcanzará a Cienfuegos y Quintana. El magisterio de Jovellanos ha empezado. Los años madrileños de Jovellanos son el segundo estadio del presente estudio. Varela detiene al lector en su poesía satírica que vio la luz en “El censor” y le enfrenta con un apasionante capítulo sobre las aventuras de la razón en el que pasa revista a la filosofía de la historia de Jovellanos, tachándola de “acusado racionalismo abstracto” (p. 68), aunque advirtiendo las veleidades naturalistas e individualistas que textos como el “Elogio de don Ventura Rodríguez” plantean. La muerte de Carlos III y las iniciales repercusiones de la Revolución Francesa cierran el apogeo de las luces españolas. En este punto, que coincide con el encarcelamiento de Cabarrús y el solapado destierro de Jovellanos (1790), se inicia el tercer tramo del retrato de la personalidad del ilustrado asturiano, que va a girar, precisamente, sobre cuestiones asturianas, con particular énfasis en la creación del Instituto Asturiano, y en torno de la redacción del “Informe sobre la Ley Agraria” (1794) que no sólo es una brillante síntesis de las causas de la decadencia española, sino una plataforma económica y moral para remover los obstáculos políticos, morales o de opinión y físicos que se oponen a la felicidad común. El luminoso asedio de Varela no descuida enaparenlarlo con el “Elogio de Carlos III” y las “Cartas” de su gran amigo Cabarrús. 1796 abre la cuarta etapa de la biografía de Jovellanos. Vertebrada en torno de las relaciones entre Godoy y el magistrado asturiano, que ocupó brevemente el Ministerio de Gracia y Justicia (1797-1798), resulta ser el fragmento más brillante del buen estudio de Varela que, además de analizar los objetivos políticos principales del ministerio de Jovellanos —reformar los estudios universitarios, iniciar la desamortización y recortar las atribuciones de la Inquisición— y de ironizar con exquisito rigor histórico sobre el camaleonismo de Godoy, plantea, con abundantes novedades, un interludio jansenista en relación con el pensamiento de Jovellanos. Ello le lleva a concluir lo inadecuado del término jansenista para la religión del asturiano, cuya concepción de la divinidad como relojero o jardinero, último estabón de la cadena de los seres, al que se puede y se debe acceder por luces naturales, está muy lejos del Dios escondido de los jansenistas. Varela escribe: “El jansenismo de Jovellanos, si es que podemos seguir empleando un término tan poco conveniente a sus creencias íntimas, era fundamentalmente de carácter político y moral” (p. 180). El quinto tramo desarrolla el encarcelamiento de Jovellanos, desde su detención en Gilón en mayo de 1801 hasta su liberación en Palma de Mallorca en abril de 1808. Los siete años mallorquines conocen los escritos de mayor calidad literaria de toda su producción, y hace bien Javier Varela en analizar el descubrimiento de la naturaleza y el interés por los cánones de lo sublime que, un Jovellanos empapado de Edmund Burke y Hugh Blair, pone constantemente de relieve, corroborando lo que Gusdorf ha llamado el nacimiento de la conciencia romántica en el siglo de las Luces. No hay duda, por otra parte, que textos como las “Memorias histórico-artísticas sobre la arquitectura” (1805-1808) son buen exponente de la dualidad estética de las Luces, al modo propuesto por Francastel. El último estadio del complejo análisis de la personalidad de Jovellanos traza los vaivenes de su quehacer político como miembro de la Junta Central, mostrando cómo el atento y constante lector de Montesquieu busca en Adam Ferguson y Edmund Burke un complemento de su concepto historicista de la política y la sociedad, en medio de un laberinto de posturas, en el que descuellan por su modernidad las de Flórez Estrada y Blanco White. Precisamente este último escribiría el 30 de diciembre de 1811, en la necrologica de Jovellanos que publicó “El Español”, una frase que sintetiza bien la trayetoria intelectual del ilustrado asturiano: “jamás ha conservado hombre alguno reputación más intacta”. El “Jovellanos” de Varela es una biografía que al empezar a leerla se impone con una firme y sencilla autoridad, conquistando al lector, que descubre en la personalidad de Jovellanos lo que Américo Castro reivindicara hace años desde las columnas de “El Sol”: una visión honda y honrada de España, una visión de un hombre moderado que, como escribió Lucien Febvre de Erasmo, reinó en la llanura, probablemente el reino de lo eficaz y lo durable, cuyo cultivo aparece como irrenunciable en este fin de siglo que celebra en estas fechas el segundo centenario de un episodio clave en la configuración de la España moderna: el final del reinado de Carlos lll.

[Adolfo SOTELO VÁZQUEZ. “Una biografía intelectual de Jovellanos”, in La Vanguardia (Barcelona), 23 de abril de 1988, p. 65]