✍ Hombres y estructuras de la Edad Media [1973]

por Teoría de la historia

portada_463Los trabajos que se reúnen en este libro fueron escritos a lo largo de muchos años. El primero data de 1958, el último de 1971. No tienen una unidad temática pero pueden agruparse bajo tres epígrafes: en uno se estudian diferentes aspectos de la historia social de la nobleza, de la franca especialmente; en otro, los de sus mentalidades; el tercero está dedicado a la historia económico-social de los grandes señoríos rurales. Los dos primeros están íntimamente conectados. Mostrar la relación entre ambos es, a nuestro parecer, la preocupación permanente del autor. Dos de los estudios presentados tienen, además, un carácter acentuadamente metodológico. En ellos expone Georges Duby su concepción histórica. Como son, además, los más recientes, nos proporcionan una base segura para acercarnos a la comprensión de su método y de su ideología. Es verdad que a través de un conjunto de artículos resulta más difícil comprender la concepción histórica de un autor que en una obra monotemática, en la que ya su misma arquitectura resulta orientadora. Pero en compensación, los breves estudios monográficos permiten apreciar el «trabajo de laboratorio» del historiador, seguir la trama menuda del análisis y, al mismo tiempo, los cambios, la evolución de su pensamiento creador. Georges Duby es un autor prolífico, su obra tiene la firme apoyatura de un importante, sólido y extenso trabajo monográfico: La société aux XIe et XIle siècles dans la région maconnaise (1953). Otro gran jalón de su labor es esa obra de síntesis (síntesis creadora): L’Économie rurale et la vie des campagnes dans l’Occident médieval (1963). Nuevos libros han seguido a éste: Guerriers et paysans (1973) y Le dimanche de Bouvines (1973) se cuentan entre los últimos. Para la breve presentación que sigue hemos tratado de circunscribirnos al contenido de los artículos que componen el libro. Hemos optado por este sistema porque consideramos que tiene interés perseguir desde su gestación misma (cosa que siempre se ve mejor en los artículos breves, «de laboratorio») las categorías de análisis del autor y su evolución. Es decir, hemos querido deshilvanar, a partir de un material concreto, la dinámica de su pensamiento conceptual. En segundo término nos hemos permitido presentar nuestra «lectura» de la obra. Lectura en la que nada se pretende corregir o enmendar y que sólo nos atrevemos a calificar de «atenta» y «reflexiva». Lo sabemos: una obra tan rica como la presente permite «muchas lecturas»; al proponer la nuestra incitamos al lector a proponer la «suya». Para nuestra lectura partimos de un conocimiento exhaustivo de la obra de Duby, de un enorme respeto por ella y de un modesto bagaje de medievalista. Lo que llama poderosamente la atención al analizar la obra de Georges Duby es la dinámica de su pensamiento, es decir, la evolución de sus supuestos metodológicos. Van éstos afinándose y adquiriendo complejidad a lo largo de su obra, así como se multiplican y amplían los temas hacia los cuales dirige su interés. Estamos, pues, frente a un historiador abierto a las ideas de su tiempo, dispuesto a recibir, a través de la lente lúcida y agudá de un verdadero científico, las contribuciones conceptuales que la historiografía más seria va demostrando como rigurosas y como absolutamente válidas. G. Duby señala él mismo las bases de la historiografía a partir de la cual comenzó sus investigaciones, las aportaciones que sus maestros, colegas y él mismo fueron sumando -y lo siguen haciendo- al quehacer histórico. Fue Marc Bloch quien abrió el camino hacia el estudio de la historia agraria, quien despertó el interés por «las cosas de la tierra», en tanto que la historia medieval estaba, hasta entonces, centrada en el estudio de la economía urbana y comercial. Con su preocupación por la historia agraria, por la historia rural, Marc Bloch destacó como fundamental el lazo entre la historia social y la geografía humana. A partir de su obra dos vías quedaron abiertas: la de la historia comparada, es decir, la que tendía al trazado de una tipología de las sociedades medievales, y la del utillaje mental. Desde estos caminos, siguiendo ambos851202414 alternativamente o entrecruzándolos, ha venido desarrollando Duby su obra histórica. En 1958, se plantea una problemática: la de las mentalidades. A ella dedicará varias investigaciones. Por entonces se pregunta: ¿qué es el feudalismo? A lo que responde: es una mentalidad medieval. Amplía la respuesta en el siguiente párrafo: El feudalismo, ¿no es ante todo un estado de espíritu, ese complejo psicológico formado en el pequeño mundo de los guerreros que llegaron, poco a poco, a ser nobles? Es ante todo conciencia de la superioridad de un estado caracterizado por la especialización militar y que supone el respeto por ciertas consignas morales, la práctica de ciertas virtudes. Es la idea de que el conjunto de las relaciones sociales se organiza en función de los grupos de combate; noción de homenaje y de dependencia personal, elevadas a un primer plano que sustituyen a todas las formas anteriores de dependencia política. En el mismo artículo (el primero de los aquí publicados) termina afirmando que: el feudalismo es ante todo un estado de espíritu. Afirmación ciertamente sorprendente, seguramente arriesgada, fruto de la pasión del historiador que ve ante sí un campo nuevo hacia el que dirigir su inteligencia y su erudición. Por entonces conceptos tales como: historia de las mentalidades, actitudes mentales, psicología colectiva, etc., no aparecen definidos con rigor -tampoco hoy lo están-, pero la experiencia historiográfica ha demostrado, viene demostrando, que sólo a través del campo experiencial se van perfilando con exactitud las herramientas de trabajo, los conceptos, los métodos. Por esos mismos años otros investigadores mostraban las mismas vacilaciones conceptuales. Cuando leíamos un capítulo de una importante obra titulado: Mentalidades, sensibilidades, actitudes, nos hemos preguntado más de una vez: ¿acaso «las mentalidades» son distintas de las «sensibilidades»?, ¿quedan éstas incluidas en aquéllas? Y las actitudes, ¿no son la «expresión» de las «mentalidades», las formas expresivas, evidentes, a través de las cuales puede deshilvanarse ese todo indefinido que son las «mentalidades»? Es por esto -nos atrevemos a afirmarlo- por lo que G. Duby, en 1972, reflexiona diciendo que, de manera lenta y vacilante, se ha ido afirmando en los últimos años esta historia que se ha llamado, puede que impropiamente, historia de las mentalidades, a la que han confluido, proporcionando valiosas aportaciones, la antropología social, la psicología social, la lingüística. Mientras que Jacques Le Goff, codirector de una voluminosa e importante obra, Faire de l’histoire. Nouveaux problemes (1974), obra en la que se pretende «ilustrar y promover un tipo nuevo de historia», titula un artículo del que es autor: «Las mentalidades: una historia ambigua». Luego de leer esta valiosa mise au point pensamos que, efectivamente, la historia de las mentalidades continúa siendo ambigua. Y en realidad no puede ser de otra manera, dado que -dejando a un lado la oportunidad de su denominación- esta historia se viene enriqueciendo por vías nuevas, insospechadas hace unas décadas. Ya lo señala G. Duby cuando dice que las vías abiertas en la actualidad por la concurrencia de la arqueología de la vida material, la lingüística, la antropología, etc., permiten ampliar la reconstrucción histórica en aspectos hasta ahora inalcanzables para el historiador limitado a las fuentes documentales. Pensamos que todavía quedan en pie preguntas fundamentales como ¿cuáles son los límites que separan lo «mental» de lo «social»? ¿Existen mentalidades «colectivas»? 9782080811820El término «colectivo», ¿no habría que pensarlo en función de una clase social, aun de un estamento y no de una sociedad entera? No se ha corrido hasta ahora el riesgo de adjudicar a una clase social, la sumergida y dominada, una «mentalidad» que en realidad le fue impuesta por la clase dominante, pero que no sabemos -y quizá nunca lo sabremos suficientemente- hasta qué punto fue aceptada, recibida, rechazada, reelaborada, etc., por ella. El camino comienza, por fortuna, a desbrozarse. El libro de Emmanuel Le Roy Ladurie, Montaillou, aldea occitana (1294-1324), enlaza el método histórico con el etnográfico y logra una reconstrucción integral de la «vida» de esos campesinos-pastores occitanos. De todas maneras, al menos por el momento, es sobre las «actitudes mentales» de los grupos de poder, de la clase dominante, de los creadores de las ideologías que proporcionan la base de sustentación y de justificación del sistema social, sobre las que ha podido avanzar con mayor seguridad la investigación histórica. La obra de Duby es su más acabada prueba. En 1970 nuestro historiador fija su posición respecto a la importancia de fenómenos que son del dominio de la cultura y de la ideología (los que, por ejemplo, dependen del ritual, la forma en que una sociedad toma conciencia de ella, los sistemas de referencia que respeta, el vocabulario que emplea, etc.) y advierte que una sociedad depende tanto de éstos como del sistema de producción, de la forma en que se reparten las riquezas entre los grupos, los estratos y las clases. Agrega que estos fenómenos culturales e ideológicos se relacionan estrechamente con las estructuras económicas pero sin seguir con ellas una estrecha sincronía. Afirma luego que los modelos culturales determinan las relaciones sociales tan imperiosamente como la desigual repartición de la riqueza. En 1972, en cambio, llama la atención sobre el peligro que corren ciertos historiadores de la psicología colectiva (o de las mentalidades) cuando tienen tendencia a separar lo espiritual de lo temporal y a atribuir a las estructuras mentales una autonomía demasiado amplia con relación a las estructuras materiales que las determinan. Notamos una contradicción entre la afirmación de 1970: los modelos culturales determinan tanto como la desigual repartición de la riqueza, y la afirmación de 1972 respecto a la determinación de las estructuras materiales. Por ser esta afirmación más tardía, la entendemos como un paso dado por nuestro autor en el ordenamiento de las categorías de análisis y en el de las articulaciones. En el párrafo de 1970, G. Duby señala con toda razón el problema de las diacronías de lo que nosotros llamamos las instancias. Delicado problema que ha sido, hasta ahora, poco estudiado tanto teórica como experimentalmente. Entendemos que el problema de las diacronías queda relacionado íntimamente y, sobre todo, comprendido en uno más amplio: el de la articulación de las instancias. Sabemos lo difícil que es desembrozar el problema de la articulación de la estructura y de la superestructura en el sistema feudal, dado que en este sistema las superestructuras política e ideológica se muestran como dominantes. Los propios trabajos del profesor Duby acerca de la organización, dinámica y consolidación de la clase feudal detentadora del poder económico, social y político y su interrelación con el contenido de sus modelos culturales, muestran con toda claridad, al lector atento, la especial conjunción, la fuerte imbricación de las instancias y el fuerte peso de lo político ideológico en la estructuración del sistema. De allí la dificultad de discernirlos, de estudiarlos por separado. Este peso no logra ocultar, a juicio de muchos historiadores -entre los que nos incluimos-, la determinación de la estructura socio-económica. A lo largo de toda su obra, G. Duby se queja de la frecuencia con que todavía hoy se51WJ2W3JMGL._SL160_ coloca a la «historia social» como «apéndice, como la pariente pobre de la historia económica». Tiene razón cuando lanza esa queja. El economicismo, especialmente el cuantitativista, ha dejado de lado al hombre en sociedad. Los ejemplos son demasiado conocidos para citarlos. Separar la «historia económica» de la «historia social» es una forma de escamotear una realidad histórica incontestable: la de la explotación de unos hombres por otros. Pero también reivindicar una «historia social» con el objeto de aislarla de un «economismo-mecanicista» conduce al mismo juego de escamoteo, pero al revés. Dado que, ¿existen hechos económicos que no sean sociales?, ¿existen hechos económicos que no sean realizados por el hombre en sociedad? El hombre como ser genérico, como ser social, ha establecido desde un comienzo relaciones sociales de producción, aun al apropiarse directamente de la naturaleza. Y en los distintos sistemas sociales que se fueron formando a lo largo del tiempo la relación fundamental punto de partida de la organización social estuvo representada por la articulación lógica y mutuamente condicionada de un determinado tipo de relaciones de producción y un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Dada esta articulación fundamental, las superestructuras política e ideológica se articulan, a su vez, con ella. Entendida en esta complejidad es como puede reivindicarse una Historia Social, una historia social comprehensiva de todas «las historias», una historia social que es síntesis. Así lo considera la propuesta final de G. Duby: la historia social es, de hecho, toda la historia. El hombre en sociedad constituye el objeto final de la investigación de toda la historia en la que él es el principio primero. Porque la sociedad es un cuerpo en el que intervienen, sin que sea posible disociarlos, sino en razón de su análisis, los factores económicos, los políticos y los mentales. Es a partir de todas las fuentes posibles como la historia debe, a causa de la necesidad de la investigación, considerar los diversos fenómenos en diferentes niveles de análisis. Sin olvidar que su vocación es la síntesis. Por ello es necesario restablecer el juego de las partes, mostrar las correlaciones exactas entre las diversas fuerzas en acción. De allí el segundo principio enunciado por Duby: es necesario empeñarse en esclarecer, en el seno de una totalidad, cuáles son las verdaderas articulaciones. La investigación de las articulaciones hace aparecer desde el principio a cada una de las fuerzas en acción como dependiente del movimiento de todas las otras, pero se halla, sin embargo, animada por un arranque que le es propio. Cada una de ellas, si bien incluida en un sistema de indisociable coherencia, se desarrolla en una duración relativamente autónoma. Esta complejidad del tiempo social lo lleva a introducir en el método las exigencias de un último principio: la necesidad de analizar, con la mayor minuciosidad, la interacción de las resistencias y las pulsiones entrecruzadas, las aparentes rupturas que provoca, las contradicciones que aviva, la necesidad de disipar en cada momento que el historiador observa la ilusión de una diacronía. Porque, sólo discerniendo en el seno de una globalidad las articulaciones y discordancias, resulta posible intentar construir una historia de las sociedades medievales.

[Reyna PASTOR. “Prólogo” (selección), in Georges DUBY. Hombres y estructuras de la Edad Media. Madrid: Siglo XXI, 1977, pp. 1-8]