✍ Historia de la infancia [1974]

por Teoría de la historia

16466918Ser niño en una sociedad occidental del siglo XX es gozar de un destino privilegiado, que a veces no calibramos debidamente. Es tener una garantía casi total de sobrevivir, de ser suficientemente alimentado, de no ser maltratado. Garantía inexistente en otras épocas históricas: si usted hubiera nacido en el siglo V, hubiera podido estar casi seguro de ser asesinado, abandonado o vendido por sus padres; si se hubiera criado en un monasterio de la Edad Media, le habrían pegado día y noche; si sus padres hubieran sido parisinos del XVIII, hubiera probablemente muerto sin verlos, en algún pueblo alejado, a manos de una nodriza exhausta, demasiado ocupada para prestarle atención. Las dificultades de nuestra vida cotidiana han suscitado una tendencia romántica de idealización del pasado, en el que, supuestamente, la humanidad se hallaba más cerca de la naturaleza y de la naturalidad. Es evidente, sin embargo, que esta idealización se sustenta en un desconocimiento total de las formas de la vida social vigentes en otros siglos, y creo que debemos felicitarnos de que las ciencias sociales estén realizando una tarea de reconstrucción de estas formas, que nos permita restablecer la evolución real de la vida social. Hay que recuperar este contenido perdido, francamente tenebroso, de la historia de la cotidianidad para juzgar con cierta equidad nuestro tiempo, y darnos cuenta del desastre individual y colectivo que supondría toda vuelta a las formas sociales del pasado. El libro de Lloyd deMause se inscribe en esta línea de reconstrucción de una historia mal documentada. Los análisis sobre las relaciones entre padres e hijos y entre adultos y jóvenes han tenido ya cierta difusión, sobre todo a partir de la obra de Philippe Ariès, cuyas contundentes tesis han suscitado abundante polémica. A la luz de los trabajos posteriores, hay que admitir una cierta precipitación en las conclusiones de Ariès: la reconstrucción histórica de este tema es aún demasiado incipiente para que sea posible formular juicios rotundos sobre él. Esta historia de la infancia que hoy se publica en español -y cuya edición americana está fechada en 1974- consta de una serie de monografías en las que se emprende la tarea de reconstrucción sistemática de los usos y costumbres que han presidido el nacimiento, la lactancia y la primera educación en distintas zonas y épocas, desde fines del período romano hasta la Europa del siglo XIX. Tarea difícil, puesto que hay que rastrear tales usos en obras literarias, memorias, ilustraciones, estelas funerarias, fábulas, es decir, en cualquier material cultural que, por azar, haya conservado la referencia a lo cotidiano, considerado demasiado obvio e intrascendente para ser digno de atención. El resultado es un relato aún fragmentario, pero sumamente prometedor; para las épocas más recientes va surgiendo ya la osatura de las relaciones sociales, mientras que para las más antiguas emergen únicamente informaciones desligadas, signos de un paisaje aún por conocer. Menos convincente que tales monografías es el ensayo teórico que las precede, en el que se intenta una teorización de la51mR5tOV-6L evolución de la infancia. Como señalaba en relación a Ariès, esta teorización es aún prematura: los mismos materiales históricos presentados tienden a mostrar que sería falsa una lectura lineal, demasiado transparente, de la historia de la infancia. Habrá que acumular muchos materiales empíricos antes de poder lanzarse a esta síntesis con ciertas garantías de éxito. Más allá de las limitaciones señaladas, sin embargo, esta historia de la infancia es un documento impresionante, una extraordinaria fuente de reflexión sobre las contradictorias relaciones entre naturaleza y sociedad, sobre la evolución de los valores y de las formas de la sensibilidad. La negación del cuerpo, y del cuerpo del niño, en concreto, ha sido constante a través de una serie de épocas aparentemente menos artificiales que la nuestra. El amor paterno y materno, que solemos considerar como un hecho natural e instintivo, se revela, como había ya señalado Élisabeth Badinter, como un sentimiento incierto y frágil, un auténtico lujo de ciertas sociedades. La indiferencia ante la muerte del niño ha sido la actitud más frecuente en el pasado, etcétera. He aquí pues un documento impresionante y francamente útil para hacer saltar una visión sentimental y demagógica de la historia de la humanidad.

[Marina SUBIRATS. “Un tenebroso continente perdido”, in La Vanguardia (Barcelona), 15 de julio de 1982, p. 39]