✍ Sesenta millones de romanos. La cultura del pueblo en la antigua Roma [2009]

por Teoría de la historia

40742El libro Sesenta Millones de Romanos es una aproximación a la cultura de la no élite durante imperio romano, es decir el 99 por ciento de la población, a partir del análisis de las interacciones que establecían entre las clases populares y las relaciones de subalternidad que mantenían estas con las élites. Una perspectiva de estudio que lo sitúa en la línea de la “Historia desde abajo”, concepto que inauguro E. P. Thompson en la década de 1960, en su estudio sobre la formación de la clase obrera en Inglaterra, como una historia de las clases populares desde su conciencia social, y las prácticas culturales y de resistencia que desarrollaban. Uno de los principales problemas que plantea la historia desde abajo, es encontrar el escaso rastro que han dejado en la documentación los grupos sociales más bajos, dificultad que se incrementa para las épocas más antiguas. Una limitación que presupone un reto a superar, para no mostrar las clases populares como una simple estructura e intentar así llegar a sus inquietudes y preocupaciones. Jerry Toner para ello realiza una relectura de las fuentes antiguas como de Tácito, Herodiano, los Evangelios, Sant Agustín, etc., para extraer todo atisbo de las prácticas culturales de la no élite, complementado a la vez el análisis con la documentación arqueológica. El autor además combina la historiografía de la antigüedad con la de otras épocas como la moderna y contemporánea, y de otras disciplinas como la economía moderna, la sociología y la psiquiatría. De E.P Thompson toma prestado el concepto de “economía moral”, e investiga como éste, la conciencia social que tenían los grupos que constituían la no élite, evidenciando así la conexión del libro con la “historia desde abajo”. De Hobsbawn utiliza el concepto de “bandido social”, al tratar algunas de las prácticas de resistencia de las clases populares. Del economista Markowitz usará el término “volatilidad”, para ponerlo en relación a los riesgos que planteaba la sociedad romana. También acudirá a la última edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association para analizar la salud mental de los romanos. Utilizando así una variada metodología multidisciplinar, no siempre muy habitual en los estudios sobre la antigüedad clásica. El autor nos muestra la sociedad romana de la no élite, como muy diversa y poco cohesionada social y culturalmente, donde se darían prácticas muy diversas y diferentes según las áreas geográficas, los oficios, la situación de libre, liberto o esclavo, el marco rural o urbano. Esta diversidad de prácticas iría desde el folclore, a la transmisión de los oficios, la socialización, el mantenimiento de la vida, la religiosidad, etc., así como la solidaridad y la resistencia. La paideia, la formación en la alta cultura, que es lo que principalmente nos ha legado la antigüedad como máxima manifestación del clasicismo, es un saber al que escasamente tenían acceso la no élite. Las clases populares vivían en un continuo riesgo, ante la pobreza, el hambre, el clima, las enfermedades, los animales salvajes, así como de la competencia socio-económica que sufren de entre ellos mismos y la explotación y abuso que soportan de la élite. Este continuo riesgo afecta profundamente la salud mental de las clases populares, de la que el autor comparándolo con estudios modernos llega a la conclusión de que era en general muy baja. En este último punto el autor menciona inevitablemente a Foucault, y la visión de este sobre la locura como una construcción social, en la que se consideraba como enajenados a aquellas personas excéntricas o que cuestionan el orden establecido. Jerry Toner descarta totalmente que la locura sea una construcción social y la vincula direcdirectamente con la pobreza, las tensiones sociales y las grandes desigualdades que se daban en la sociedad romana, y lo compara con estudios actuales, que demuestran que las clases más bajas sufren un mayor “estrés social” y peor salud mental que las mejor situadas. Esta situación de riesgo y baja salud mental, comportó que la no élite desarrollará prácticas culturales de solidaridad y resistencia diversas, mediante asociaciones, manifestaciones lúdicas y de religiosidad popular, apoyo vecinal, etc., a menudo críticas y violentas contra las élites, que nos alejan de aquel tópico conformista del “pan y circo” del pueblo romano. Tópico que era fomentado por las mismas élites, como una manera de evidenciar la pasividad y despreocupación socio-cultural de la mayor parte la población. La no élite estaba lejos de tener una conciencia de clase, por su diversidad y competencia interna, pero encontrará a menudo mediante los cultos orientales y la religiosidad no oficial, una manera de formalizar una crítica a lo establecido y contemplar una visión del mundo alternativa. Aquí será donde el cristianismo arraigara como una visión social transformadora, con unos nuevos valores donde el mártir sustituirá al gladiador en el espacio simbólico de la arena del circo. Los cambios sociales que se darán en el bajo imperio, junto la extensión del cristianismo, invertirán la visión de la pobreza, pasando de una cierta normalidad e indeferencia a la necesidad social de su atención. Un cambio que no iría acompañado de una transformación social, las desigualdades y las jerarquías sociales se mantendrían, pero si en el alto imperio las relaciones sociales se habían constituido mediante el patrocinio y el clientelismo, la crisis del imperio había obligado a crear nuevas legitimidades que se basaran en la caridad y el asistencialismo. Una nueva visión del mundo, en la que según el autor acabará contribuyendo de manera decisiva la no élite, aportando así una nueva mirada “desde abajo”, a la historia del antigüedad tardía.

[David PORTELL MENSA. “Sesenta Millones de Romanos. La Cultura del Pueblo en la Antigua Roma”, in Historia Social y de la Educación, vol. I, nº 3, 2012, pp. 300-302]

61wF2+YW7hL._SX312_BO1,204,203,200_Prestar dinero a la gente corriente era un negocio tan rentable y arriesgado en la Antigüedad como en nuestros días. La pobreza, o la expectativa de caer en ella, es un lujo que no pueden permitirse ni los afectados ni sus países. Todo sale más caro. Con la prima de riesgo al alza, y con la deuda bajo vigilancia de los bancos alemanes y franceses, que aspiran a recuperar su dinero, España está refrescando una lección que se conocía en la Antigüedad: las clases humildes de Roma, que constituían la inmensa mayoría de la población, solo podían acceder al crédito pagando tipos de interés más altos que la elite, pues esta última ofrecía mayores garantías al acreedor y en consecuencia mayores expectativas de devolución. Jerry Toner, investigador de la Universidad de Cambridge, recuerda en su libro ‘Sesenta millones de romanos’ (Ed. Crítica) que en el Imperio también existían créditos ‘subprime’, una alternativa que no servía exactamente para que el pueblo se comprara un piso en el extrarradio (si bien Roma conoció una ‘burbuja inmobiliaria’ en tiempos de Augusto), sino para cubrirse frente a los golpes del destino, que eran muy acusados y frecuentes (la gente corriente solía pagar el alquiler a diario). El autor se pregunta por qué los romanos pudientes se arriesgaban a conceder créditos a los que no pertenecían a la elite, ya que estos tenían un horizonte tan incierto. Un motivo era que, entre los siglos I a. C. y el V d. C., periodo que estudia en el ensayo, a quien acumulaba excedentes de dinero le salía a cuenta moverlo, puesto que no lo podía guardar en casa con seguridad. Los préstamos eran, además, una fórmula “de amistad o patrocinio”. “Sin embargo -enfatiza Toner-, la principal razón que explica el floreciente mercado de deuda es que era rentable”. Basándose en diferentes testimonios, el especialista sostiene que el tipo de interés a largo plazo que más se aplicaba en Roma al pueblo llano era del 12%, aunque los préstamos al consumo a corto plazo podían llegar al 50%. En cambio, las operaciones que contaban con el aval de “tierras italianas de primera”, en manos de los latifundistas, conseguían crédito al 6%. Toner cifra en un 50% la ‘tasa de recuperación’, es decir, lo que el prestamista podía recuperar en caso de impago, ejecutando los bienes del deudor. Para hacer ese cálculo rescata un papiro egipcio del siglo IV d. C. sobre un comerciante de vinos que no pudo devolver un préstamo cuantioso. Después de enajenar todas sus posesiones, también las que “cubrían sus vergüenzas”, todavía quedó pendiente la mitad de la deuda, así que sus hijos de corta edad fueron vendidos como esclavos. Según Jerry Toner, de los tipos de interés vigentes en Roma y de la tasa de recuperación implícita en el triste relato del vinatero se deduce que “entre un 10% y un 44%” de los individuos de la plebe que pedían préstamos podían declararse en bancarrota cada año. No obstante, esa estimación no incluye la posibilidad de que la tasa de recuperación se redujera con la venta de los parientes del deudor. Ni tampoco computa “los beneficios extraordinarios, la prima de riesgo, que los prestamistas habrían incluido en sus tipos para compensar la probabilidad de que se produjera un impago”. De todos modos, el autor cree esos beneficios extraordinarios no podían ser muy elevados. “En tal caso -sostiene- otros prestamistas habrían entrado al mercado proporcionando tipos más competitivos”. Las tragedias que acarreaban los impagos en la Antigüedad explican que la cancelación de las deudas haya figurado con frecuencia entre las reivindicaciones planteadas a los gobernantes en periodos de turbulencia social y política. Sin ir más lejos, Julio César tuvo que lidiar con ese problema, aunque cuando llegó al poder solo perdonó sus propias deudas, que eran astronómicas, pero no las de los demás. Prestar era un negocio delicado ayer y hoy. Jerry Toner cita a Gregorio de Nisa, del siglo IV d. C., uno de los padres griegos de la Iglesia, quien describió cómo los prestamistas se informaban sobre la situación del deudor y se angustiaban pensando en el dinero pendiente de devolución. “Si el usurero ha prestado a un marinero, permanece en la orilla, preocupado por los movimientos del viento (…) y esperando las noticias de un naufragio o alguna otra desgracia”. Las palabras de Gregorio de Nisa cobran un significado interesante en nuestros días, cuando existen los denominados seguros de impago y las agencias de calificación.

[Javier MUOZ. “Los créditos ‘subprime’ de Roma”, in Diario El Correo (Bilbao), 26 de mayo de 2012]