✍ La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt y el Instituto de Investigación Social, 1923-1950 [1973]

por Teoría de la historia

UnknownSi, empalmando con lo que decíamos el otro día sobre los esfuerzos de reincorporación de la cultura española a la cultura europea, recordamos los años universitarios de las gentes de mi edad, podríamos lamentarnos de que no se nos hubiese enseñado nada del Círculo de Viena o del de Cambridge, pero perderíamos la razón si incluyésemos en el conjunto de las informaciones filosóficas que nos fueron por entonces vedadas la referente a la Escuela de Francfort. ¿Por qué? Porque pese a que su Instituto para la Investigación Social había sido inaugurado ya en 1924; pese a que autores tan tempranamente traducidos al castellano como Scheler y Landsberg estaban relacionados con ella, el primero en tanto que cultivador de la «Sociología del Saber», polémicamente próxima a las tareas del Instituto, y el segundo porque era «un filósofo en quien el Institut había puesto grandes esperanzas»; y porque pese, en fin, a que Karl Mannheim, también muy pronto conocido aquí haya sido, con su sociología del conocimiento, decisivo para la configuración de la tarea de la Escuela, ésta no cobró verdadera existencia social hasta muchos años después y, curiosamente, dándose a conocer, sobre todo, al desgajarse, en sus ramas antes que en el tronco, del que surgieron. Y también en su doctrina, mejor que en su historia. Es a esta última a la que Martin Jay ha dedicado un libro (1) traducido al castellano antes que a ninguna otra lengua y que, como era de esperar, nos llega desde América. En efecto, fue allí adonde casi todos sus miembros se trasladaron con la guerra mundial. El institut funcionó primero en Nueva York, en Los Angeles después, bastante apartado de la vida académica americana —en contraste con los inmigrantes del Círculo de Viena, con Lazarsfeld y con el filósofo- teólogo Paul Tillich, tan amigo de ellos—, publicando en alemán, en una «espera» que, hasta cierto punto recuerda la de los núcleos de españoles exiliados poco tiempo antes, en 1939. Y sin embargo, estos hombres, que se resistieron a «americanizar» su estilo de pensar acabaron haciéndose ciudadanos americanos, e incluso conservando tal nacionalidad al volver (los que volvieron) a Alemania, y puede decirse, sin exageración, que deben a América la gran reputación que la Escuela ha adquirido. Durante los primeros años de funcionamiento, el Instituto no llevó una vida culturalmente importante. En realidad, hasta 1930 o comienzos de 1931, en que Max Horkheimer —catedrático ya de «Filosofía social», título expresivo de lo que ha sido la Escuela toda—, asumió su dirección, su proyecto era confuso. Fue él quien vio lo que había de hacerse y, con su capacidad de organización, dotó de figura y sentido al grupo. Grupo encrucijada, esencialmente interdisciplinar, y sometido a diversas influencias. La inicial y ya aludida de Karl Mannheim, por muy criticado que fuese, es innegable en su relativismo, en su mayor interés por las no-verdades que por la verdad. La del psiconanálisis, no hay que decir. El neohegelianismo de casi todos sus miembros, notorio. La impronta de Husserl y Heidegger (de este sobre Marcuse), visible. El marxismo con imaginación —«imaginación dialéctica», buen lema de lo que la escuela ha querido ser, con su gran sensibilidad para el arte y la literatura— por nadie ha estado mejor representado que por ellos durante años. Marxismo imaginativo pero, a la vez, crítico y aun negativo. Todos los que pensamos hemos aprendido de ellos la lección, y Javier Muguerza, en el número de la Revista de Occidente, sobre «Análisis y Dialéctica» al que me refería el otro día, hablando precisamente de ellos, de quienes, como se sabe, no está demasiado cerca, decía sin embargo, al final de su excelente artículo, que la filosofía ya no puede ser más que crítica y más crítica. Pero hay otro aspecto del Instituto, y consiguientemente de la Escuela, más discutible: el de su siempre bien asegurada viabilidad económica. ¿Es casualidad que todos sus miembros procediesen de adineradas familias judías, qué fuera la familia judía Weil la que aportó el fondo financiero principal y que, ya en los Estados Unidos, encontraran sin gran dificultad el apoyo de las fundaciones americanas, cuando no colaboraron directamente ellos mismos con el Departamento de Estado, cuya política, de todos modos, en aquellos tiempos en que acababa de terminarse la guerra, fuese todavía muy diferente de lo que había de ser en seguida? Bertolt Brecht fue uno de quienes denunciaron esas dependencias y no hay duda de que uno de los rasgos decisivos en la simpatía que hoy suscita Walter Benjamin es su relativa marginación del grupo, su gran aprecio de Brecht, su desarraigo económico, y el precio que por todo ello hubo de pagar, penuria económica, semiabandono, soledad y triste muerte. ¿Es en fin casualidad el perfecto ajustamiento académico-social de! Instituto y de sus miembros a la americanizada universidad alemana de la postguerra? En cualquier caso, la escuela de Francfort es una prueba más de la imposibilidad de la pureza absoluta. Siempre «usamos» o «somos usados» y, con frecuencia, ambas cosas a la vez. Lo que no puede negarse es que esta escuela constituyó el primer círculo marxista independiente, heterodoxo, abierto, lo que en gran parte se debió, sin duda, a que sus miembros se formaron filosóficamente fuera del marxismo, antes de adscribirse a él. El libro de Jay pone de relieve, a lo largo de todo un capítulo, «La génesis de la teoría crítica», las raíces de un pensamiento de grupo que, con indudable simplificación, tiende a atribuirse sin más a Marcuse, que se incorporó a aquél tras su alejamiento de Heidegger. Hoy mismo seguimos moviéndonos en torno a los grandes problemas planteados por la Escuela. Así, el de la vigilancia frente al neopositivismo y toda suerte de empirismos, punto éste muy bien tratado en el trabajo de Muguerza que antes cité. Del mismo modo, en cuanto al buscado equilibrio entre la repulsa de una fusión pasiva e irracional con la naturaleza, a lo Knut Hamsun —exaltación de lo Volkisch, camino del nazismo— y la negativa a ver en el hombre el «amo» de aquélla, reducida así a una especie de taller gigantesco (peligro, a la vez, del marxismo ortodoxo y del primer Heidegger). La Dialéctica de la Ilustración fue, en este,sentido, y con toda su posible exageración, libro capital. Martin Jay tiene mucha razón al considerar injusta la afirmación del discípulo de Althusser, Góran Therborn (2), de que el tema de la no-dominación de la naturaleza fue relativamente secundario para la Escuela. Más bien habría que decir lo contrario y, desde este punto de vista, extraña que en libro tan bien documentado como el que comentamos no se cite á M. Theunissen, cuya crítica de la escuela subraya su excesiva dependencia hegeliana de un sentido «natural» de la historia, y del hombre en ella. De cualquier modo, la conciencia de nuevas alienaciones, la de la cultura de masas —en principio, para la escuela, la51I89uOM0AL._SX331_BO1,204,203,200_ cultura popular que sus miembros vivieron en América—, así como la del consumismo (y tanto, o más, contra el ascetismo puritano), a este grupo se la debemos. Y tantas cosas más, entre las cuales es imprescindible citar, frente a la «razón tecnológica» o reducción de la razón a «razón instrumental», su voluntad de distinguir entre la técnica y la praxis. Veíamos antes que, frente al marxismo ortodoxo, la escuela de Francfort afirmó enérgicamente el carácter de praxis que posee toda auténtica teoría. Vemos ahora que, frente a la tecnocracia, distinguió, con no menor energía, la auténtica razón práctica de la mera razón tecnológica. Los hombres de este grupo, por reticentes que se mostrasen en cuanto a la posibilidad de alcanzar lo absoluto, tras ese absoluto, buscándolo, se movieron siempre. Mi experiencia del trato directo con sus textos está envuelta en nostalgia, lo que de ningún modo les va mal. Jesús Aguirre, recién terminados sus estudios en Alemania, retornó entusiasmado de ellos, mas habían de pasar bastantes años hasta que estuviese en condiciones de poder, él mismo, traducirlos y editarlos. Sin duda tuvo que ser él quien me convenció —lo que no fue difícil— de que en el Seminario de Etica comentásemos, en el comienzo de los años 60, Mínima Moralia, de Adorno. El ponente, mucho más que por afinidad con lo que el libro decía, par voluntad de cooperación y por la falta de traducción, que él podía suplir, fue Víctor Sánchez de Zavala. Muy probablemente ha sido la primera vez que se trató en la universidad española de lo que pensaban aquellos «vecchi signori —un po’ nichilisti e un po’ démodés— in lite con la storia» (3).

NOTAS. (1) La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt, Taurus Ediciones, Madrid 1974. (2) Véase La Escuela de Frankfurt, Cuadernos Anagrama, Editorial Anagrama, Barcelona, 1972 (3) Lucio Colietti, final de su artículo «Da Hegel a Marcuse», en De Homine, Centro di ricerca per le Scienze Morali é Sociali. Istituto di Filosofía della Universitá di Roma, nº 26, Junio de 1968.

[José Luis L. ARANGUREN. “Diario de un lector. Imaginación dialéctica”, in La Vanguardia (Barcelona), 6 de noviembre de 1974, p. 17]

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