✍ Historia del catolicismo en la Argentina entre el siglo XIX y el XX [2015]

por Teoría de la historia

596017c0Miranda Lida. La historiadora revisa el papel del catolicismo a lo largo de dos siglos en los que juega un papel determinante en la política y la sociedad ¿Cómo era la Argentina católica de 1870? Un año clave, el del Concilio Vaticano I: es el punto de partida que toma la historiadora Miranda Lida en su gran investigación Historia del catolicismo en la Argentina entre el siglo XIX y el XX (Siglo XXI). Para ese entonces el grado de compromiso católico de la sociedad argentina “era más significativo de lo que se ha dado en creer” sostiene la autora. En esta entrevista la historiadora analiza el poder, la influencia y la convivencia de la Iglesia con el mundo político durante dos siglos.

Para 1870, ¿cuál era el grado de compromiso católico de la sociedad argentina?

-Era más significativo de lo que se ha dado en creer. La Iglesia heredaba a nivel institucional dificultades que provenían de la época de las guerras civiles, pero la institucionalidad hacia la que iba encaminándose el país en más de un sentido era bien vista por los sectores católicos. Ya sea porque ahora tendría acceso a mejores recursos a través del estado que podrían aprovecharse, o porque podría proyectarse mejor internacionalmente, o también porque podría sacar dar provecho de la modernización en curso, siempre que estuviera dispuesta a admitir algunos criterios básicos. Por ejemplo, el control del territorio por parte del estado, que se afianzó en 1880, le ofrecía a la iglesia la posibilidad de expandir sus estructuras sobre todo el país a través del entramado institucional de sus parroquias que, por cierto, en algunos distritos como la provincia de Buenos Aires, se multiplicaron exponencialmente. Es decir que el aparato institucional de la Iglesia se consolidó en la era del progreso. Claro que la ideología del progreso parecía ir en sentido contrario al catolicismo en el siglo XIX, puesto que se nutría de liberalismo, positivismo, Ilustración. Sin embargo, el progreso, a través del ferrocarril, incorporaba tierras al sistema productivo que pronto se convertirían en las sedes de las nuevas parroquias. La construcción del estado chocó con la Iglesia en cuestiones clave, la educación pública, el registro civil, etc., pero a la larga la batalla católica por las leyes laicas no redundaría en un completo desplazamiento de la Iglesia de la sociedad argentina. Era fundamental para la asimilación de los inmigrantes, para crear cánones de decencia y respetabilidad en una sociedad aluvial, y esto mismo fue admitido por las elite sociales y políticas argentinas.

¿Que diferencias evidenciaba el catolicismo entre ricos y pobres, entre capital y provincias en el siglo XIX?

-El catolicismo de fines del siglo XIX está atravesado por fuertes contrastes, entre centros y periferias, zonas ricas y pobres, urbanas y rurales, en general. Las elites sociales de las grandes ciudades volcaron en el catolicismo bastante de su creciente opulencia. Así, algunas basílicas que se construyeron gracias a importantes aportes privados resultaron palaciegas, esplendorosas. Pero también hay humildes capillitas apenas casi sin techar, sin mayores recursos en general, donde apenas se cuenta con lo elemental para el culto. La brecha entre las parroquias ricas y las pobres en la ciudad de Buenos Aires, en especial, era muy fuerte y se superponía a los matices propios de una gran urbe en expansión: las iglesias más ricas se encontraban en las zonas más pacatas del centro, como la iglesia del Santísimo Sacramento en el Retiro, de comienzos del siglo XX, las pobres en los arrabales. Las capitales de aquellas provincias bien conectadas con Buenos Aires y con el mercado mundial en general disfrutaron de un mejor pasar. Pero eran polos aislados. Había un catolicismo más tosco, más austero en las periferias tanto urbanas como rurales que redundaba en un menor refinamiento del gusto, supervivencia de algunas creencias, incluso supersticiones que eran mal vistas entre los sectores más pudientes e ilustrados. Así que las diferencias de clase son una variable fundamental, pero a la vez resulta sumamente perturbadora, muy difícil de aceptar para los católicos. La estrecha relación que la Iglesia tuvo con ciertas fracciones de las clases altas le dio enormes ventajas a la Iglesia, pero también sería fuente de dolores de cabeza.

¿Cómo y cuándo se fue perfilando la Iglesia como factor de poder?

-Esta estrecha relación de la que hablaba entre la Iglesia y las elites políticas y sociales tiene consecuencias. Pero las presiones democráticas que se afianzaron luego de la ley Sáenz Peña, sumado a las transformaciones sociales de la década de 1920, llevaron a la Iglesia a nuevos desafíos. Porque no es sólo el problema de la ampliación del sufragio y la democracia política, sino la democratización social y cultural, el ascenso social de las masas y la expansión de la cultura de masas que se afianza hacia la década de 1920. En este contexto, la Iglesia debió idear diferentes estrategias para influir políticamente. Procuró competir electoralmente, pero la Ley Sáenz Peña no admitía la representación proporcional, así que los partidos católicos, por lo general bien pequeños, tuvieron pobre performance electoral. Los mecanismos más fuertes para ejercer influencia eran otros: el acercamiento informal a los gobiernos, la presión en la calle a través de las movilizaciones de masas católicas (la Iglesia tuvo una fuerte capacidad de movilizar gente), la prensa católica, es decir estrategias no muy diferentes a las de otros actores políticos y sociales. Además, se acercó a gobiernos de dudosa legitimidad, ya fuere por estar montados sobre el fraude, o por provenir directamente de golpes militares. Esta última faceta creo que es en general más conocida. Con la caída de Perón, en los años de la Revolución Libertadora, surgieron a su vez nuevas estrategias, tales como la idea de arbitrar en los conflictos entre peronismo y antiperonismo, entre capital, gobierno y trabajo.

¿Cuándo se legitima la Iglesia como fuente moral ante la sociedad argentina?

-En la esfera de la moral la Iglesia tuvo una incidencia persistente, y a la vez relativamente independiente del poder político en algún sentido. Me refiero a su capacidad de incidir (o al menos, sus expectativas de incidir) en cuestiones centrales de la sociedad moderna que se estaba construyendo: la cuestión urbana, el desarrollo de la cultura de masas, las transformaciones en la composición de la familia. Todas ellas son decisivas, pero creo que la cuestión cultural fue una de las más desafiantes, porque estaba en juego la idea de que era necesario, por razones morales, poner límites a la libertad de expresión y al auge de la creatividad estética facilitadas por la expansión de las industrias culturales. La Iglesia respondió con inquietud, incluso frente al teatro y el cine, e ideó mecanismos moralizantes para prevenir sus excesos, sus desbordes “inmorales”. Pero a la larga no pudo colocarse de lleno contra las industrias culturales, sino que apostó a “adecentarlas”, moralizándolas. O bien se propuso tener su propia contraoferta de libros, películas, teatro y radio moralmente “sanos”, despojados de pornografía, para toda la familia, un valor que el catolicismo defendió con fuerza. Incluso ejerció presión sobre sucesivos gobiernos para que pusieran límites a la libertad de expresión, como cuando pidió que se le retirara un importante premio literario a la obra Tumulto, de José Portogalo. Y en lo que respecta al cine, creó una escala de aceptación moral para las películas, las calificó sistemáticamente antes de que lo hiciera el Estado y difundió listados de películas aceptables, pero a la larga esto ni siquiera era del todo respetado por los propios católicos. La cultura de masas era desbordante y ningún mecanismo de censura sería suficiente.

¿Cómo definiría la importancia de la revista Criterio en la expansión de la Iglesia?

-La revista Criterio, fundada en 1928, y dirigida por monseñor Franceschi desde 1932, es el resultado de varios procesos. Por un lado, del anhelo de la jerarquía eclesiástica de tener algún espacio católico de cierto prestigio intelectual. La idea de fundar una universidad católica, que se haría realidad recién en 1958, había encontrado muchas dificultades desde fines del siglo XIX. En la década de 1920, la fundación de los Cursos de Cultura Católica, habían ido en este mismo sentido, pero su proyección se limitaba a grupos diversos de militantes católicos y nacionalistas, donde encontró buena parte de su público. Por otro lado, también era un producto del crecimiento expansivo de la prensa católica, sin embargo el grueso de estas publicaciones eran puramente militantes, sin posibilidad de llegar a públicos ajenos a las sacristías. Criterio en cambio apuntaba a convertirse en una voz capaz de intervenir en los más amplios debates públicos. No era sólo una revista militante, sino que aspiraba a ser leída por no católicos. De hecho, por momentos, lo lograba, se la citaba como autoridad en debates parlamentarios, aspiraba a ser un líder de opinión, casi. Esto era importante para la Iglesia, porque le daba una voz influyente, más o menos respetada socialmente, y monseñor Franceschi fue de hecho una voz más o menos autorizada, legitimada. Tanto es así que hacía avisos publicitarios para YPF. Pero la revista no pudo evitar quedar tironeada por los debates políticos intensos de la década de 1930, en torno de los totalitarismos, y el rechazo por el comunismo la dejó en posiciones bastante incómodas cuando, por ejemplo, le abrió las puertas a las plumas más recalcitrantes del catolicismo, como Julio Meinvielle.

¿Qué significó y qué implicancias tuvo el Congreso Eucarístico de 1934?

-El Congreso Eucarístico tiene una postal emblemática en una foto muy conocida del cardenal Pacelli y el general Justo. Ambas figuras, sumadas a la del arzobispo Copello, insinúan la estrecha relación entre poder político y poder religioso en la década de 1930, en plena reacción conservadora. El cardenal Pacelli, el enviado del papa para el evento, fue después Pío XII, un papa controvertido acusado de connivencia con el nazismo. De tal manera que esa imagen era una postal bastante fuerte.Sin embargo, el Congreso Eucarístico fue un fenómeno social que excedió el marco político que mencioné. Fue un fenómeno de masas de enorme envergadura, que ponía en evidencia la capacidad de movilización callejera que tenía la Iglesia, algo en lo que se venía preparando desde varias décadas atrás. Fue además un fenómeno que estuvo asociado al turismo, en la medida en que mucha gente provino del interior del país y visitó la capital en esos días. Los organizadores del congreso, es decir, la Acción Católica y otros grupos, previeron de hecho que los peregrinos visitarían sitios turísticos, tiendas comerciales y grandes ciudades cercanas a la capital. Además, se les ofrecían descuentos especiales en transporte, hoteles, negocios de todo tipo. Así, pues, para muchos de los participantes, en especial para aquellos que no asistían con frecuencia a la misa dominical, fue un evento social, cultural y turístico complejo que desbordaba por completo lo religioso. Algunos observadores lúcidos del fenómeno como Monseñor Franceschi o Manuel Gálvez se dieron cuenta de que estos católicos que iban a los congresos eucarísticos estaban poco comprometidos con la fe, y se decepcionaron. Franceschi los llamó “fronterizos”. Todo un problema para una Iglesia que se creía en su mejor momento.

Siempre se pensó la relación con el peronismo como tirante. ¿Siempre fue así? Perón recibe a la JOC en 1948, ¿hubo instancias de diálogo, de objetivos comunes?

-La relación del catolicismo con el peronismo fue compleja, dado que el catolicismo no era homogéneo. La justicia social era una reivindicación a esa altura ampliamente reconocida en ámbitos católicos, así que por este lado había un terreno en común con el naciente peronismo. Claro que el catolicismo tenía una lectura moderada de la cuestión, en sintonía con la Rerum Novarum y la doctrina social de la Iglesia. En todos los casos, apuntaba a construir la armonía entre el capital y el trabajo, pero reconocía la legitimidad de las organizaciones sindicales. Deploraba, sí, las huelgas y la radicalización obrera en clave revolucionaria. El peronismo provocó temores entre los católicos por sus “excesos”, por su ataque a los sectores patronales y el desafío que planteaba al capital, pero la justicia social también era capaz de aproximarlo. La Juventud Obrera Católica, entre otros grupos, fue uno de los que más se entusiasmó en este sentido, dado que tenía un perfil menos aburguesado que los Círculos de Obreros, que habían sido fundados a fines del siglo XIX. Así que, en efecto, hubo un terreno en común en más de un aspecto. De ahí que podamos encontrar a Perón entrevistándose con la JOC. Instancias de diálogo, en verdad, hubo siempre, incluso con la más alta jerarquía eclesiástica, que disfruta de una posición encumbrada en la sociedad. Y esto vale, incluso, en las coyunturas más difíciles, es decir, en los últimos tramos del gobierno de Perón, entre 1954 y 1955. Está claro que tanto Perón como las autoridades religiosas procuraron encontrar carriles de diálogo, casi hasta el último momento. Pero sabemos el final de la película, y eso hace más difícil de entender que hubiera canales de diálogo porque, como sabemos, los templos terminaron incendiados en la noche del 16 de junio.

[Héctor PAVÓN. “Ante el poder de la Iglesia” (entrevista a Miranda Lida), in Revista Ñ (Buenos Aires), 25 de septiembre de 2015]

Anuncios