✍ El sujeto de la historia [1984]

por Teoría de la historia

48650452Presentamos hoy un libro que no puede ser considerado como una fría y aséptica investigación académica, aunque originariamente fuera una tesis de maestría en filosofía, sino como un texto vivo, un texto que late como una “inteligencia en llamas” [José Gorostiza en “Muerte sin fin”] en cada una de sus páginas. Y late no sólo porque los temas que aborda —fundamentalmente el del sujeto de la historia— están tan llenos de consecuencias vitales, prácticas, políticas, sino porque al adentrarse en ellos, no obstante el rigor, la coherencia y la sistematicidad con que se examinan, no se excluyen, no se podría excluir la vehemencia que acompaña a toda clara y firme toma de posición ideológica. Pues bien, tratándose de un texto que así late, nuestro acercamiento a él va a consistir en tomarle el pulso. Y como se trata del pulso de un marxista que se enfrenta a un problema central para el marxismo, central en su teoría de la historia, tomarle el pulso será también en cierto modo tomárselo al cuerpo teórico del marxismo que hoy se hace en México. Fijo para ello mi atención en el trabajo fundamental del libro que es justamente el que le sirve de título: “El sujeto de la historia”. Pareciera que, desde el título mismo, se parte ya del reconocimiento de que hay un sujeto de la historia y que el problema a resolver sería el de esclarecer cómo es ese sujeto (el que sea) que hace la historia. Pero ¿en verdad, la hace él? Desde las primeras líneas, vemos que el título del libro no compromete a su autor con ese reconocimiento. Apenas el texto se echa a andar, las preguntas se acumulan y las respuestas que parecieran firmes por su obviedad, quedan problematizadas. Pues la cuestión de si la historia tiene un sujeto (con lo que radicalmente se problematiza lo que destaca en la superficie), es enfrentada a la cuestión —de raigambre althusseriana y para Althusser de raigambre hegeliana— de si la historia no es más bien un “proceso sin sujeto”. Una respuesta afirmativa en este último sentido no puede sorprendernos, ciertamente, en Hegel, para el cual la sustancia es sujeto, o dicho en otros términos, el sujeto es todo, y, por tanto, el sujeto con respecto al devenir o proceso universal no sería su propiamente sujeto, sino el devenir mismo; precisamente por ello tendría sentido en Hegel hablar de un proceso sin sujeto. Como lo tendría también si fuera de la historia, fijamos la atención en la naturaleza. La naturaleza entera —y el hombre como ser natural— está lleno de “procesos sin sujetos”. Pero ¿y la historia? No encuentro en el libro de Carlos Pereyra elementos que permitan fundamentar una concepción de la historia como “proceso sin sujeto”. Creo por el contrario que ni siquiera se ha propuesto negar el papel del sujeto, de la subjetividad, en el proceso histórico. La expresión misma “proceso sin sujeto” apenas si aparece más de una vez en el texto. Entonces, de lo que se trata no es tanto de afirmar su ausencia como su presencia, pero de una presencia puesta sobre sus propios pies. Si hay sujeto de la historia, ello ha de significar que la historia es un tejido de acciones; que la historia es en cada momento un producto, un resultado, de un proceso con sujeto, o con sujetos. Pero si es así —y no afirmo por ahora que lo sea para Pereyra— parece legítimo preguntarse: ¿producto de quién, de qué productor, de qué sujeto? Pregunta que remite a otra fundamental, y pienso que fundamental también para Pereyra: ¿producto no sólo de quién sino de qué? Y con esto vamos entrando en el terreno propio del libro y, a la vez, en sus enfoques más polémicos. La primera tierra que avistamos —decimos la primera lo cual no nos libera de ver algo más allá o debajo de ella— son acciones humanas u hombres que las relaciones y estructuras no, al menos no actúan como ellos. No son ciertas relaciones de producción las que salen de las naves de Colón y ponen el pie (en sentido literal) en América; no es cierta estructura ideológica la que toma la Bastilla. Quienes hacen lo uno y lo otro, como reconoce Pereyra (p. 28) son individuos concretos que hacen lo que hacen conforme a ciertos fines y que obtienen resultados que no esperaban y que incluso —como el pobre de Colón— ni siquiera buscaban. Lo que postula Pereyra, en definitiva, es la explicación de esas acciones y por qué sus agentes se han comportado así. Ahora bien, para ello, para clarificar su verdadero status tiene que arrancar la maleza teórica que cierra el paso a esa explicación. Y, por ello, se enfrenta a dos concepciones igualmente abstractas: una, la que abstrae al sujeto separándolo de las circunstancias (tanto da que el sujeto se conciba como hombre, individuo o clase); otra, la que abstrae las circunstancias separándolas de los agentes (tanto da que esas circunstancias se conciban como relaciones sociales y, dentro de ellas, como relaciones de producción, o como estructuras, etc.). La superación de ambas abstracciones está, ciertamente, en poner ambos términos en una relación indisoluble, como relación de la subjetividad y la objetividad o, términos clásicos, como relaciones sujeto-objeto. No se trata, por tanto, para Pereyra de negar que hay sujetos y, por tanto, que actúan, sino de afirmar que actúan necesariamente en una relación sujeto-objeto. El problema del sujeto no es ocioso; pero sí lo es pretender que en él esté la clave de la explicación, separado del otro término: llámesele objeto, objetividad, relaciones sociales o condiciones objetivas. Pero entonces no hay por qué renegar de la tesis marxiana de que “los hombres hacen la historia” siempre que esto remita forzosamente —como remite en Marx— a “cómo la hacen”, a las condiciones dadas que los hacen a ellos y en que la hacen. Resulta entonces —y esto claramente se ve en el libro— que esas condiciones o circunstancias producen a los hombres que hacen la historia y que los hombres, a su vez, producen esas condiciones o circunstancias. La atención que, en este sentido, atribuye Pereyra a la Tesis III (de Marx) sobre Feuerbach en la eliminación del dualismo sujeto-objeto, está perfectamente justificada. Queda claro así que no hay objeto sin sujeto ni sujeto sin objeto, lo que ciertamente ya había sido dicho antes por el idealismo. Pero ahora se trata de que actúan: hombres que, por ejemplo, al finalizar el siglo XV ponen el pie en las costas de América y que posteriormente llamarán a esta acción “descubrimiento”; hombres que en el siglo XVIII toman en Francia la prisión de la Bastilla, acción que más tarde se registrará como el inicio de la Revolución Francesa; en suma, hombres que, persiguiendo determinados fines o intenciones a los que no corresponden sus resultados, realizan actos que con el tiempo se consideran históricos. Pereyra no niega —no podría negar— que en estos casos se trata de acciones humanas que hoy consideramos históricas. O sea: que los hombres —individuos concretos o colectividades humanas— hacen lo que llamamos historia. Se trata de acciones, o de encadenamientos de ellas como procesos, que tienen por sujetos a los hombres que las realizan. Estamos diciendo sujetos, pero el problema no cambia si los llamamos agentes históricos. Es sujeto o agente el que actúa o realiza acciones que tienen un significado histórico, aunque no tuviera conciencia de ese significado al realizarla y, menos aún, se propusiera alcanzar un resultado u objetivo con ese significado histórico. Ciertamente lo que encontramos no es tanto el sujeto en toda su universalidad como contrapartida de esta otra universalidad que es la historia sino los sujetos o agentes concretos de acciones históricas concretas. En definitiva, cuando hablamos del “sujeto” y de la “historia” estamos en el plano de las abstracciones más generales, pero no por ello vacías. Abstracciones son también “relaciones de producción”, “fuerzas productivas”, “Estado”, “clase social”, “estructuras ideológicas”, etc., y no por ello deja de hacerse ciencia social con ellas, o si se quiere más exactamente a partir de ellas. Pues bien, si con su investigación “El sujeto de la historia” Pereyra se inclina no tanto hacia la negación del papel del sujeto sino hacia la recuperación de su verdadero status, lo que el libro pretende demostrar —y demuestra— es que ese status no se da en el sujeto aislado. En primer lugar, porque no existe realmente semejante sujeto. Con el sujeto hay que tener presente todo lo que existe efectivamente. Y por ello Pereyra fija la atención en las relaciones sociales o estructuras que existen con la misma realidad o en la misma realidad que el sujeto. Ahora bien, con una diferencia que no se puede dejar de tomar en cuenta, a saber: que los sujetos no se hacen presentes del mismo modo que esas relaciones o estructuras en la realidad. Los sujetos actúan en tanto la unión de ambos términos en otra dirección: en la actividad práctica, ideal y material, subjetiva y objetiva, que Marx llama praxis. Se trata pues, de dos términos que se dan en una unidad indisoluble pero que en el marco de ella no se confunden o identifican sino que mantienen una distinción relativa. Y aquí habría que preguntarse si Pereyra, preocupado legítimamente par enfrentarse al subjetivismo que borra el lado objetivo de la praxis no borra en cierto modo la distinción relativa de sujeto-objeto y acaba por caer en cierto objetivismo que, al disolver un tanto el sujeto, torcería el bastón del lado opuesto al del subjetivismo. Y eso es inevitable si las llamadas condiciones subjetivas o factores subjetivos forman parte de las condiciones objetivas. Hay que subrayar la justeza de la crítica de Pereyra al subjetivismo, encarnado por Sartre, que separa al sujeto del objeto y que hace de él un centro de indeterminación, incausado, que escaparía al condicionamiento objetivo. La crítica de Pereyra es, a este respecto, aguda y convincente. Se puede y se debe mantener esta crítica, ciertamente en el marco de la unidad sujeto-objeto entendida como praxis, hay que considerar la subjetividad no sólo como parte integrante de ese mundo del que forma parte también la objetividad sino que, en ese mundo, en esa unidad, la subjetividad no es algo indeterminado o incausado sino que se halla determinada por la objetividad. Pero, reconocer esto, ¿entraña precisamente la conclusión de que la subjetividad pierde su autonomía relativa y que al ser parte del mismo mundo, de la praxis, queda reducida a ser una parte de la objetividad? Creo que la respuesta a esta cuestión —en sentido negativo— se encuentra apuntada —aunque no asumida y desarrollada— al plantearse en el libro las relaciones entre necesidad y posibilidad. Pereyra admite que todo el proceso social “está constituido… por actos individuales cuya realización es producto de decisiones que se adoptan —habitualmente— con base entre diversas acciones posibles” (p. 86). Es precisamente esta capacidad de elección entre varios posibles la que lleva a Sartre a postular esa “libertad” del individuo que escaparía a todo condicionamiento objetivo. Pereyra sostiene con razón que no hay semejante libertad del agente y que la decisión u opción elegida se halla también determinada, ya que es resultado de la lectura que hace de la situación objetiva, del “pasado” del agente y de influencias diversas. Sin embargo, aunque las decisiones y acciones correspondientes no las pone Pereyra en una relación inmediata con la dinámica estructural objetiva, no queda claro cuáles serían las mediaciones que impedirían reducir la subjetividad a una parte de la situación objetiva, salvando así al sujeto tanto del subjetivismo como del objetivismo. A mi modo de ver, la respuesta hay que buscarla en la conexión entre el desarrollo necesario de la realidad y los posibles engendrados por ella. Antes hemos visto que el agente decide entre varias opciones posibles, y en esto radicaría su margen de libertad, libertad que no significa en modo alguno escapar a la necesidad del desarrollo que engendra esos posibles. La realidad, la situación objetiva, el desarrollo necesario engendra los posibles, pero no engendra o al menos, no engendra directamente, la decisión a favor de una de las opciones posibles. Por ello, hay que decir —para despejar toda ambigüedad— que la situación objetiva determina las opciones posibles pero no la opción elegida. Lo que determina esta opción, son factores subjetivos aunque condicionados a su vez. Si las decisiones y acciones están inscritas en la situación objetiva; es decir, si la elección es sólo la confirmación de lo que la realidad afirma, o dicho en otros términos, si es sólo la realización de una sola posibilidad fijada de antemano, la elección se vuelve supérflua y la crítica y valoración de esta elección —que en realidad no lo es— carece de sentido. Y esto conduce a un problema crucial que Pereyra toca al final de su investigación: el problema del “justificacionismo histórico”, es decir, la justificación de actitudes y decisiones por la necesidad histórica, lo que excluiría la valoración y la crítica de las actitudes y decisiones de los participantes en el proceso histórico. Se trata de un problema crucial que merecería un tratamiento más amplío ya que involucra el problema de la responsabilidad política y moral de los agentes, y de modo especial de los dirigentes y gobernantes. No se trata sólo de “errores” productos de una mala lectura de los posibles. Se trata de la responsabilidad que contraen al decidir entre las opciones posibles ya que la elección no se halla determinada, al menos directamente, por la situación objetiva. La responsabilidad desaparece si el agente se encuentra ante una sola posibilidad ya que no hay espacio para una elección. Situaciones como éstas se presentan históricamente. Así, en los años inmediatamente posteriores a la revolución rusa de octubre de 1917, la industrialización del país a ritmo acelerado era la única posibilidad para la supervivencia de la nueva sociedad. Ciertamente, la única posibilidad para quienes habían optado por el socialismo y no por la restauración del régimen derrocado. Stalin no podría ser criticado por haber realizado esa posibilidad que se le imponía por la necesidad histórica (la construcción de las bases del socialismo, o de la transición a él, en las condiciones de atraso económico y de cerco del país por el capitalismo). Pero no puede decirse lo mismo de la política represiva del Gulag, que fue una elección posible entre otras determinada por factores subjetivos, razón por la cual Stalin no puede ser exonerado de su responsabilidad moral y política individual. Decir que es responsable no significa negar que sus decisiones y actos se hallaban determinados sino que esta determinación no es pura y simplemente la de la situación objetiva; hay que contar ciertamente con factores subjetivos: su pasado, las tradiciones diversas en que se ha formado ideológicamente, las influencias que ha recibido, su pertenencia a la burocracia estatal, etc. En la Unión Soviética, en aquellos años, primeros años de la revolución, quedaba espacio para otras opciones posibles como la que postulaba, por ejemplo, la “oposición obrera”. Todos estos elementos subjetivos no pueden dejar de tomarse en cuenta. Timpamaro las llama “carencias subjetivas”. Pereyra admite su existencia pero reprocha al marxista italiano que las escinda de la situación objetiva. Ahora bien, pueden ser admitidas sin considerarlas escindidas de la situación objetiva. Pero entonces por qué no reconocerles cierta autonomía relativa en el seno de la objetividad que se expresaría precisamente en la elección entre varios posibles y no en la realización de una sola posibilidad que excluiría cualquier otra. En este caso, la posibilidad realizada —el “Gulag”— eliminaría todo elemento subjetivo al reducirlo a pura objetividad. Se cae así, aun pretendiendo haberlo evitado, en un hiperjustificacionismo histórico —todo se justifica históricamente por la determinación— que vendría a ser la otra cara de la medalla —el objetivismo— que antes hemos mostrado. Llegamos al final de nuestras observaciones. Creo que el hecho de poder hacerlas constituye una buena prueba de lo que un libro como éste implica: hacer meditar, despertar de todo sueño dogmático al arrastrar al lector a las cuestiones mas vivas y problemáticas de la teoría marxista de la historia. El libro de Pereyra, agudo, bien estructurado, claro y firme en sus posiciones, reclama el diálogo, la discusión, la confrontación. Y el mejor tributo que podemos rendirle es acudir a su llamado polémico, al diálogo que reclama. Es lo que intentados hacer tomándole el pulso. Pero en un momento en que no faltan los desertores del socialismo que miden la vitalidad del marxismo en nuestros medios con su propia anemia teórica e ideológica, no será superfluo concluir, después de tomarle el pulso al cuerpo teórico de la obra presentada, el marxismo —sin ser inmune a diversos males— goza aquí de buena salud.

[Adolfo SÁNCHEZ VÁZQUEZ. “Sobre el sujeto de la historia”, in Ensayos marxistas sobre historia y política. México: Océano, 1985, pp. 59-64. Palabras pronunciadas en la presentación del libro de Carlos Pereyra, El sujeto de la historia (Alianza Editorial, Madrid, 1984) el 17 de Julio de 1985 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM]