✍ Diccionario de estudios culturales latinoamericanos [2009]

por Teoría de la historia

706_1Durante las II Jornadas Internacionales Derrida organizadas por Mónica Cragnolini en la Biblioteca Nacional y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en octubre de este año, Jorge Panesi exhuma un texto del escritor francés. “Some Statements and Truisms about Neologisms, Newisms, Postisms, Parasitisms, and Other Small Seisms” es el provocativo título de la presentación que Jacques Derrida realiza durante el Coloquio The States of “Theory” organizado por la Universidad de California en Irving, en abril de 1987. Como es usual en sus escritos, entre la ironía y el juego, parte de la confesión de un aparente malentendido a partir del cual borra las comillas que acompañan a “Teoría” y el plural que marca a “Estados”. Esta supuesta distracción es el pretexto para discurrir sobre el propio sitio de enunciación, es decir, la Universidad de California (la misma institución a la que, como bien ha señalado Panesi, Derrida confió “el archivo de la mayor parte de sus manuscritos”) y la disciplina desde la que ingresa, circula y se fortalece la desconstrucción en Estados Unidos y de allí, se sabe, se exporta al mundo con el sello legitimante del país del norte. Hablar de los estados de la teoría da lugar, entre otras, a algunas derivas que comprenden tanto la situación de los estudios teóricos (los temas de la “agenda” del campo así como sus “polémicas” y “discusiones”, es decir, dos tipos de acciones que se distinguen, como ha advertido Panesi ya en el 2003, por atravesar los muros de la institución en la que se gestan o por recluirse en sus capillas) como la reflexión sobre quienes producen conocimiento (o quiénes son colocados en el lugar de la producción) y quienes lo receptan (o quiénes son confinados sólo al lugar de la recepción). Este diccionario armado por Mónica Szurmuk y Robert McKee Irwin avanza en esta doble perspectiva. No es una novedad editorial. Se sabe. Pero vale la pena volver sobre él dada la escasa difusión que tuvo en Argentina. Aspecto negativo que busco contrarrestar mediante estas notas que pretenden contribuir a expandir la circulación de un material valiosísimo, no sólo por el trabajo propedéutico sobre un conjunto de categorías sino también por el actualizado estado del arte que, en muchas instituciones de Argentina, sigue siendo una deuda tanto en el terreno de la enseñanza como en el de la “investigación”. En una entrevista para El río sin orillas y en diferentes encuentros académicos, Mónica Cragnolini ha repetido (no hasta el cansancio, porque parece que es necesario seguir insistiendo sobre el punto) que “no nos leemos entre nosotros”. Un descuido incongruente toda vez que, como apunta Miguel Dalmaroni en La investigación literaria. Problemas iniciales de una práctica, para trabajar sobre lo que no se sabe es necesario primero contar con lo que se sabe o, para decirlo ligeramente de otro modo, es necesario contar con lo que ya se ha discutido. Gesto básico también para la enseñanza: formar a otros desatendiendo lo que sucede en el campo, no sólo promueve lecturas descontextualizadas sino que impide desarrollar los rudimentos básicos de la investigación. Algo que Derrida sanciona a propósito de las clases de Althusser en la École Normale Supérieure durante los años sesenta: leer a Marx de espaldas a Heidegger, o a Gramsci y a Sartre de espaldas a Husserl, son gestos que, muchos años después de acontecidos, se atreve a evaluar públicamente en la entrevista que concede a Michael Sprinker en 1980 y que se publica recién el año pasado (Politique et amitié. Entretiens avec Michael Sprinker sur Marx et Althusser). En este caso puntual entre Derrida y Althusser, algo de la deuda, algo que se desliza entre la amistad y la política explica el largo silencio: no intervenir sobre la forma de leer a Marx en los sesenta para no ser tergiversado ni por la derecha ni por la izquierda; hacerlo veinte años más tarde en una entrevista y volver sobre el punto una década después en Spectres de Marx. L’État de la dette, le travail du deuil et la nouvelle Internationale cuando Francis Fukuyama, siguiendo la ola, pretende decretar el “fin de la historia”, son muestras de la relación entre lectura y cálculo, entre estrategia e inscripción en su cuidado proyecto epistemológico. En su también cuidado diccionario, Szurmuk y McKee Irwin evitan estos eclipses desde una operación doble: convocan a una cuantiosa cantidad de investigadores para describir los términos que la compilación abarca e incluyen una “Presentación” que funciona como un “retrato” de algo más que “un momento en los estudios culturales latinoamericanos”. Trataré, en lo que sigue, de explicar en qué consiste este “algo más”. Para ello, en primer lugar, armo una lista reducida de términos que agrupo por afinidades a modo de muestra de lo que el diccionario promete: “campo cultural”, “hegemonía” y “representación”; “ciudad letrada”, “transculturación”, “hibridez” y “heterogeneidad”; “nación”, “poscolonialismo” y “subalternismo”; “desconstruccionismo”, “género” y “teoría queer” y, finalmente, “producción cultural”. El primer conjunto, “campo cultural”, “hegemonía” y “representación”, responde a la serie términos teóricos clásicos. La entrada “campo cultural” definida por Graciela Montaldo se destaca por la relación que establece con otros conceptos y problemas. Entre los primeros, “institución”, “habitus” y “capital” son cruciales para entender la dinámica que Pierre Bourdieu propone. Entre los segundos descolla, junto al repertorio de quienes se apropiaron de esta categoría para analizar la cultura latinoamericana (Beatriz Sarlo, Néstor García Canclini, Jesús Martín Barbero, Renato Ortiz, Nelly Richard, Oscar Terán, pero también David Viñas, Ángel Rama, Antonio Cornejo Polar y Antonio Cándido, atentos, en sus ensayos pioneros, a “la tensión entre los modelos eurocéntricos y las perspectivas nacionales y regionales”), la historización condensada de esas formas de re-uso. Como ejemplo de esta cadena de reinterpretaciones entre las que se inscribe la de la propia Montaldo, un pasaje: “Ciertamente, la teoría de Bourdieu trata de resignificar varias categorías del marxismo clásico (dominación, capital, clase) abriendo su alcance semántico en sociedades más complejas, donde los actores sociales valen de diferentes maneras en diferentes situaciones”. La importancia política de esclarecer el concepto de “hegemonía” se actualiza en la Argentina del presente. Carlos Aguirre repone en su caracterización los aportes teóricos de Gramsci, Williams, Laclau y de Chantal Mouffe desbaratando lecturas lineales de diferentes cortes históricos. El plural que se observa en la conceptualización de los poderes amerita la cita, aunque extensa: “Gramsci sugiere que la hegemonía implica que los valores y visión del mundo de las clases dominantes se convierten en una especie de ‘sentido común’ compartido por los grupos dominados, en virtud del cual terminan aceptando –aunque no necesariamente justificando– el ejercicio del poder por parte de los grupos dominantes. Dicho sentido común es diseminado y adquirido a través de un proceso complejo en el que la educación, la religión y la cultura juegan un papel crucial”. Del concepto “representación” caracterizado por Felipe Victoriano y Claudia Darrigandi interesa en especial la precisión respecto de las contribuciones de los estudios posestructuralistas. A las afinadas tesis foucaultianas agregaría una nota que subrayara la insistencia derrideana en poner de relieve cómo cada repetición supone necesariamente, un desplazamiento. Del conjunto formado por las entradas “ciudad letrada”, “transculturación”, “hibridez” y “heterogeneidad” a cargo de Juan Pablo Dabove, Liliana Weinberg, Leila Gómez y Estelle Tarica respectivamente destaco, más allá de la exhaustiva caracterización conceptual, su inscripción. Estos términos, acuñados por Ángel Rama, Fernando Ortiz, Néstor García Canclini y Antonio Cornejo Polar dialogan con los que Antonio Gramsci, Raymond Williams y Pierre Bourdieu, entre otros, aportan al campo. Una decisión de Szurmuk y McKee Irwin que sienta posición sobre la producción de teorías desde Latinoamérica. Una cuestión que se actualiza en el campo de las ciencias humanas y sociales cada vez que se suma a lo que existe una categoría que ayuda a complejizar los lugares desde los cuales se interroga al pasado y al presente. En una lista incompleta podríamos incluir “modernidad periférica” y “regionalismo no regionalista” de Beatriz Sarlo, “operaciones” de Jorge Panesi, “populismo” de Ernesto Laclau y “política” de Eduardo Rinesi. Respecto de las entradas “desconstruccionismo”, “género” y “teoría queer” a cargo de Román de la Campa, Maricruz Castro Recalde y Robert Mckee Irwin, simplemente subrayo la importancia de su conexión: la teoría queer podría considerarse una de las derivas activistas más radicales de la desconstrucción comparable, en cierta medida, con las apropiaciones que han permitido, desde este posicionamiento teórico, epistemológico y ético, revisar los conceptos de “nación”, “poscolonialismo” y “subalternismo” (tarea que en este diccionario, con diferentes matices, realizan Ute Seydel, José Rabasa e Ileana Rodríguez). Si hay algo que la desconstrucción habilita, esto es a repensar las matrices desde las cuales se trama la subjetividad, los relatos sobre el pasado y sobre el presente y las formas de interrogar la historia. Siempre que puedo evoco una lectura de Iciar Recalde: su interpretación de Gramsci, actualizada a propósito de una interminable tesis sobre Haroldo Conti descripta en un seminario sobre Derrida, le permite advertir en los celebratorios “tonos antinacionales” registrados desde y sobre los países de Latinoamérica en los albores del siglo XXI una huella del colonialismo. Nacionalismo y tonos antinacionales podrían pensarse, siguiendo esa lógica, como los extremos poco felices de una misma posición. Cierro este apretado conjunto de notas sobre las entradas con “producción cultural” a cargo de Isabel Quintana. Termino como empecé: escojo una que articula la historización y el entramado conceptual. El contexto de producción de los términos se combina con el detalle respecto de los “virajes” que su introducción provoca en la investigación latinoamericana. Del vasto conjunto de nombres con la caracterización de sus correlativas operaciones en el campo de la producción teórica (Williams, Gramsci, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Pierre Macherey, Noé Jitrik, Julia Kristeva, Rossana Reguillo, Roland Barthes, Michel Foucault, Michel de Certeau, etc.) recorto parte del párrafo inicial de la entrada ya que deja entrever el tono de lo que le continúa: “A partir de los años cuarenta y cincuenta en Europa surgen dos corrientes teóricas: la teoría crítica de la escuela de Frankfurt y los estudios culturales de la primera escuela de Birmingham, que redefinen el término producción con relación a la cultura en el contexto del surgimiento de la industria cultural. Desde esta perspectiva, se critica las formulaciones marxistas que consideran a los productos simbólicos (superestructura) un mero reflejo de la producción económica (infraestructura). También se cuestiona las concepciones idealistas que conciben a la cultura como un bien trascendental y abstracto”. Concluida esta caracterización de términos doy paso, en segundo lugar, a algunos comentarios sobre la “Presentación” que Szurmuk y McKee Irwin escriben para este diccionario. Los editores parten de un rastreo de antecedentes que evalúan actuando la perspectiva política y ética que declaran, es decir, no naturalizan las faltas, aunque expandidas. Así como en la actualidad uno de los más prestigiosos centros de investigación francesa diseña proyectos en ciencias humanas ignorando lo que se escribe en América Latina sobre sus temas específicos (una “conducta” que, por lo general, no se deja pasar en los actuales organismos de Ciencia y Técnica de Argentina aunque, cabe notarlo, con más exigencias respecto de la actualización de lo editado con la marca registrada de los centros europeos o norteamericanos), Szurmuk y McKee Irwin oponen al exhaustivo trabajo que Carlos Altamirano plasma en Términos críticos de sociología de la cultura el sesgado Diccionario de teoría crítica y estudios culturales de Michael Payne que, como otros (también publicados originariamente en inglés) “han ignorado la producción y debates latinoamericanos y varios términos incluidos en este diccionario (por ejemplo, ‘ciudad letrada’, ‘transculturación’)”. Otra insistencia de la presentación está dada por el carácter situado de la operación: “Nos interesa resaltar la trayectoria de los estudios culturales latinoamericanos y también su potencial político (izquierdista, antiehegemónico) y transformativo –un interés que, por otro lado, siempre ha dominado la crítica cultural latinoamericana. La otra característica fundamental de los estudios culturales latinoamericanos es que se ocupan de las culturas (o subculturas) tradicionalmente marginadas, incluyendo las de los grupos subalternos o de comunidades de alguna forma desprestigiadas por su raza, sexo, preferencia sexual, etc., y toman como objeto de estudio toda expresión cultural, desde las más cultas hasta las pertenecientes a la cultura de masas o a la cultura popular”. Esta afirmación pone al descubierto cuánto resta aún por hacer para lograr que esta fantasía de intervención se concrete en prácticas institucionales. Porque más allá de las modas de algunos tópicos, los objetos de culto de las agencias de investigación y de las universidades, al menos en Argentina, siguen siendo aquellos que se encuadran apaciblemente en lo que Miguel Dalmaroni llama, en el libro ya citado, “campo clásico”. La batalla que Szurmuk y McKee Irwin libran contra las exclusiones se condensa en cuatro palabras: “cruce, desfasaje, promesa y conflicto”. “Cruce” de disciplinas pensado como un ejercicio de rebeldía “fuera de las limitaciones del pensamiento disciplinario” unido a una “promesa” de acción que toma forma, entre otras, en este diccionario: “la producción cultural y académica chicana y latina se desconoce por completo más allá de la frontera con México”. Contra estos eclipses, contra el descrédito de temas y objetos (Szurmuk y McKee Irwin valoran las intervenciones de Carlos Monsiváis, José Manuel Valenzuela Arce, Martín Barbero y Néstor García Canclini ya que al abordar la historieta, la película “B”, la telenovela melodramática, las artesanías y los santos populares amplían los objetos de la investigación en humanidades y ciencias sociales) se pone a andar este texto que se espera sea “debatido, discutido y utilizado” en el marco de una “invitación abierta a un diálogo que capturamos en un momento pero deseamos que siga. Porque todo diccionario, toda biblioteca y toda taxonomía son, como nos enseñó Borges, un delicioso e infinito desorden”. Desde este alojamiento hospitalario de la voz-otra se escribe, contra los tiempos que corren. Lejos de la queja “latosa” (preciso adjetivo usado por Martín Gambarotta en una entrevista publicada durante el invierno de 2012 por la revista Otra parte en la que arremete contra “el discurso lloroso de la marginalidad de la poesía”), señalo aquí una tendencia institucional: a pesar de los buenos propósitos enunciados por las universidades o propiciados por las páginas institucionales de las agencias de investigación científica donde se cuelga la producción de su personal, la divulgación (que comprende a la traducción, entre otras prácticas) y la extensión (que comprende también a la enseñanza) ni siquiera rozan el estatuto alcanzado por las comunicaciones producidas en formato ortodoxo sobre los temas de investigación. Obsérvese el matiz: no estoy diciendo “producción de resultados”. Y si me apuran un poco me arriesgo y apunto que ciertos temas de investigación literaria, entre los que se inscriben los ligados a las cuestiones educativas, no tienen el mismo estatuto que los clásicos. Me apresuro en aclarar que si bien el CONICET financia investigaciones con temáticas enlazadas a problemas educativos (mi proyecto y el de muchos de mis becarios son casos a la mano) y que si bien hay maestrías, por ejemplo en Literatura argentina, que incluyen seminarios específicos con contenidos ligados a la enseñanza de la literatura, cuesta inscribir un ítem cercano a estas cuestiones en la agenda de los congresos que expresan, a través de esta renuencia sintomática, una situación institucional más abarcativa. Así, a los objetos desacreditados consignados por Szurmuk y McKee Irwin agregamos los de esta esfera. Un conjunto que implosiona sobre el significante “conflicto” dado que activa no sólo prejuicios sino que también expone desconocimiento. En un tiempo en que se discuten los protocolos de evaluación en los organismos de producción científica, vale partir de este diccionario para con-mover la certeza desde la que algunos colegas desestiman, sin que les tiemble el pulso, la divulgación bajo todas sus formas considerándola una práctica incomparable con otras que el mismo investigador realiza en el campo más tradicional de la intervención científica (es decir, artículos y congresos). Subrayo: el mismo investigador. Insistencia que apunta a evitar cualquier confusión que pretenda replegar la práctica de la investigación sólo a la divulgación o a la extensión. Si bien parece una obviedad, aclaro que estoy hablando de la divulgación y de la extensión de resultados propios y también que estoy (re)clamando por un equilibrio entre las actividades de comunicación de esos resultados en comunidades científicas y las ligadas a su puesta en circulación en otros espacios. En su entrada al concepto “hegemonía”, Carlos Aguirre vuelve sobre este punto cuando retoma una pregunta: “cómo conectar las prácticas académicas de los estudios culturales con los debates en torno a la forja de nuevos proyectos de cambio social para las sociedades latinoamericanas”. Pienso en la necesaria vinculación entre investigación y enseñanza y traigo entonces un proyecto que hacia 1996 Elvira Arnoux armó, junto a otros lingüistas, educadores y críticos (entre los que se contaba a Ovide Menin, Ana María Barrenechea, Noé Jitrik, Melchora Romanos, Nora Múgica, Roberto Bein, Lelia Area, Zulema Solana, Mora Pezzutti, María Luisa Freyre, Liliana Calderón, Élida Lois, Silvia Calero, Lía Varela y Patricia Franzoni por Argentina, y en Brasil María Helena Nagib Jardim, Maria Luiza Bittencourt y Ana Schterb Gorodichtun, entre otros). El “Proyecto de Red de colegios secundarios bilingües español / portugués dependientes de las universidades e institutos de nivel superior del MERCOSUR” iba a otorgar el título de Diploma de Bachillerato latinoamericano (“reconocido por todos los países del área para ingresar en los estudios superiores”) y recuperaba los sueños latinoamericanistas en uno de los cortes históricos de mayor pregnancia del modelo neoliberal en Argentina. La propuesta consideraba que la red abarcara “instituciones de nueva creación o ya existentes; que esta enseñanza bilingüe pudiera ir inicialmente desde el séptimo al duodécimo año de escolaridad; que los colegios tuvieran programas de estudio y sistemas de evaluación comunes que permitieran a los alumnos continuar de inmediato sus estudios en los diversos países en casos de traslados; que los programas de estudios incluyeran, por lo menos, otra lengua además del español y el portugués; y que las experiencias pedagógicas que se realizaran dieran lugar a investigaciones cuyos resultados pudieran ser transferidos a otro ámbitos del sistema educativo de la región”. Se remarcaba además la importancia de que los países se esforzaran por lograr una integración cultural y política favoreciendo “el intercambio regional de docentes” y también de que “la lengua no materna, español o portugués, según los casos, fuera lengua de enseñanza en, por lo menos, los dos últimos años de la escuela secundaria hasta que progresivamente, si avanzaba el programa bilingüe en la escuela primaria, se ampliara a todo el ciclo secundario”. Hago notar que dejaba abierta la posibilidad de elección de una tercera lengua así como planteaba la necesidad de que cada Estado decidiera cuál lengua amerindia incluir considerando especialmente aquellas que son oficiales y/o comunes a varios (guaraní, quechua, aymará). Exhumar proyectos como este (acompañado de un buen sistema de becas) contribuye a repensar cómo refundar la educación secundaria. Por otro lado, iniciativas como las de Arnoux, Szurmuk y McKee Irwin concretizan acciones en el sentido que Aguirre reclama. Se sabe que el problema educativo en la Argentina actual no se resuelve solamente con mayor presupuesto. También se sabe que en la rápida recomposición de la esfera científica intervienen un número de actores más reducido dentro de un campo ciertamente más homogéneo. No obstante es el momento de realizar las apuestas para batallar contra los “desfasajes” en todas sus formas. Sospecho que con algunos se puede actuar, en principio, desde la escritura (en este caso, una que convoca a un colectivo intelectual que no titubea a la hora de producir desde ese género despreciado llamado “divulgación”). La escritura. El terreno preferido también por Jacques Derrida para librar sus batallas y sus disputas. Esas en las que se jugó la vida al dedicarles, como nosotros, muy buena parte del tiempo dando lugar a la intervención intelectual que se con-funde con la militancia, sin sobredimensionar ni subestimar el alcance de la práctica.

[Analía GERBAUDO. “Contra los tiempos que corren”, in Bazar Americano (Mar del Plata), noviembre-diciembre de 2012]

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