✍ Sobre la historia y otros ensayos [1983]

por Teoría de la historia

Oakeshott_153x230_cnMichael Oakeshott (1901-1990) es un autor casi desconocido –¿o habría que suprimir el casi?– para los historiadores españoles. Es empresa difícil, aunque no imposible, hallar su nombre en los manuales de historiografía usados en nuestras universidades o descubrir referencias a su obra en las reflexiones, no muy numerosas, pero influyentes tanto en España como en Iberoamérica, de los osados sacerdotes de Clío que se han atrevido a intentar acercamientos teóricos y metodológicos a la historia en cualquiera de las lenguas españolas. Tampoco se suelen hallar en los textos historiológicos –por hacer servir un término caro a Ortega– traducidos de otros idiomas para uso y disfrute de historiadores (no para uso y acicate de filósofos) castellanoparlantes, aunque es aludido, por ejemplo, en ¿Qué es la historia? de E. H. Carr. De hecho, he de reconocer que, dada mi condición de historiador y no guardando en mi memoria ningún poso de esa breve alusión de Carr, antes de leer el volumen que nos ocupa sólo conocía a Oakeshott por la recensión que se hacía de su obra Experience and its Modes (Cambridge, 1933) en Idea de la historia, de R. G. Collingwood, un libro publicado en inglés en el ya lejano 1946, que trasladó al castellano en 1952 el Fondo de Cultura Económica en México, y que ha reeditado hace un par de décadas la Oxford University Press –en versión corregida y aumentada de 1993–, versión que también el FCE ha traducido en 2004. Y que no es precisamente un libro de cabecera para los historiadores españoles actuales. Collingwood trata a Oakeshott, por cierto, en un capítulo titulado “La historia científica”, dedicándole nueve sustanciosas páginas que siguen a las destinadas a valorar a J. B. Bury, el autor de La idea de progreso, la excelente historia de ese concepto escrita en 1920 que pudimos leer en castellano en la edición que hizo Alianza Editorial todavía en vida del general Franco. Nueve páginas que anteceden a las que asigna a Arnold Toynbee, el historiador que ofreció en su desmesurado y agotador Estudio de la historia (en doce tomos nada menos, que Alianza tradujo en forma de compendio) una morfología de la historia basada en un esquematismo simplista que no gustó nada a Lucien Febvre (que agrupó a Toynbee con Oswald Spengler en la categoría de filósofos oportunistas de la historia, triturándolos a los dos juntos en uno de sus artículos de combate por la historia), y que en muchos historiadores de hoy en día produce más repelús que admiración. Para Collingwood, curiosamente, Oakeshott es “un historiador armado con una preparación infinitamente superior a la de Bury en cuestiones filosóficas” y Experience and its Modes un libro que trata “extensa y magistralmente el problema filosófico de la historia”. ¿Historiador, como dice Collingwood, o más propiamente filósofo, como sugiere la última frase? En la actualidad nadie dudaría: hasta la Wikipedia tiene claro que se trata de un filósofo británico (cabría añadir que un filósofo conservador muy poco convencional y dotado, además, de un sentido común apabullante), pese a que su labor docente más duradera fuera la de profesor de Ciencia Política en la London School of Economics and Political Science. Sin embargo, la formación académica que recibió en Cambridge de joven era la reservada a los historiadores. Collingwood no andaba, pues, desorientado en sus aseveraciones. Evidentemente, la profundidad insondable del desconocimiento que tantos profesionales de la historia españoles –mejor ni pensar en la legión de aficionados que convoca disciplina tan acogedora– albergan respecto a Oakeshott, su obra y su pensamiento en materia histórica, y que en otras latitudes pudiera provocar desazón y avergonzado sonrojo, nos aconseja recibir con una calurosa bienvenida el libro Sobre la historia y otros ensayos que ha publicado la editorial Katz. Y ello pese a los problemas –en la traducción, ya lo avanzamos– que la referida edición presenta, y en los que después nos detendremos con mayor amplitud. Es más, los parabienes han de sonar con redoblada fuerza si tenemos en cuenta que esa ignorancia del gremio, que este volumen debe ayudar a corregir, contrasta sobremanera –reconozcámoslo agachando la cabeza y dándonos fuertes golpes de pecho– con la mayor atención que en España ha despertado Oakeshott en las últimas décadas entre estudiosos de otras ramas vecinas del saber (filósofos, politicólogos, pedagogos, juristas…). La traducción de su libro –una compilación de escritos unidos por su temática– La voz del aprendizaje liberal (en 2009, también por Katz) no pasó en absoluto desapercibida entre pedagogos y filósofos de la educación, y puso en manos de los lectores en castellano sus escritos, repletos de agudeza, originalidad y espíritu crítico, sobre “el sentido y los contrasentidos de la educación” –así los calificó Fernando Savater–, es decir, unas “reflexiones a contracorriente de lo que hoy profesa tanto la pedagogía progresista como la más conservadora que merecen ser recordadas”, en opinión del mismo Savater. Años antes, en 2000, el FCE ya había trasladado al castellano El racionalismo en la política y otros ensayos, otra compilación que atrajo muchas miradas por contener el muy citado –y publicitado– texto “Qué es ser conservador” (donde fija su famosa aproximación al conservadurismo como una actitud más que como una doctrina, y que en su origen fue una conferencia pronunciada en 1956 en una universidad galesa), y en la cual se incluye, asimismo, un trabajo de 1958 sobre “La actividad del historiador” que no parece que interesara a demasiados historiadores, al menos en España. Un desinterés, claro está, que hay que lamentar, ya que la originalidad del escrito merecía mejor trato. En él, Oakeshott distinguía tres actitudes en relación con el pasado, la práctica, la científica y la contemplativa, y señalaba que al historiador no le interesan las causas, sino las ocasiones, ya que el historiador busca la coherencia entre las contingencias. Por lo que se refiere al ensayo sobre el conservadurismo, que sin duda es lo más conocido entre nosotros de su obra, fue objeto de una nueva traducción y publicación por Sequitur en Madrid en 2007, en una edición separada que lleva por título La actitud conservadora, y que contiene un prólogo de Jesús Silva-Herzog Márquez (profesor de Derecho del Instituto Tecnológico Autónomo de México) atinadamente titulado “El conservadurismo aventurero de Michael Oakeshott”. Pero no son estas dos compilaciones las únicas obras del autor vertidas al castellano antes del libro sobre la historia que nos aquí ocupa. El mismo FCE había traducido en 1998 otro texto oakeshottiano, La política de la fe y la política del escepticismo. La editorial Paidós, por su parte, sacó a la luz en 2002 El Estado europeo moderno. Y la madrileña Síntesis publicó en 2008 Moral y política en la Europa moderna. Por el contrario, entre los libros que siguen sin traducir –cabe esperar que no ad calendas graecas– se encuentran algunos de los más directamente vinculados al quehacer de los historiadores, como el ya mencionado Experience and its Modes o Lectures in the History of Political Thought. Supongo que el lector avispado se habrá dado cuenta de que todas estas versiones castellanas son posteriores –incluso bastante posteriores– al fallecimiento de Oakeshott. ¿Estamos ante un nuevo Mío Cid que gana batallas después de muerto? Supongo más. Si la perspicacia del lector es aguda quizá habrá observado que las traducciones se inician precisamente en un tiempo en que el pensamiento conservador español trataba de sacudirse los complejos heredados y que coincide con aquella etapa de gobierno del Partido Popular que Manuel Vázquez Montalbán retrató en La aznaridad y Javier Tusell historió en El aznarato. ¿Es casual tal coincidencia? ¿Hubo alguna premeditación en lanzar a un reconocido, prestigioso y difunto conservador como Oakeshott en un momento en que se producía la ofensiva conservadora carpetovetónica? Lamento dejar con la miel en los labios a quien pueda esperar que establezca tal relación, por más plausible que aparentemente sea. En realidad, me da en la nariz que es más correcto pensar que se comenzó a traducir a Oakeshott al castellano sólo como un reflejo de la revalorización del autor en el mundo anglosajón (que tuvo que ver, sin duda, tanto con el hecho contingente de su muerte en 1990 como con la altura que tomó a ambos lados del Atlántico la marea conservadora en las décadas finales del siglo XX), una revalorización, o mejor, una reactualización, que vino de la mano de Timothy Fuller (profesor estadounidense del Colorado College), que se convirtió en una especie de albacea del filósofo inglés y de salvador de su legado. No parece, en fin, que la política editorial de toda una institución como el mexicano FCE tuviera mucho que ver con la perentoria necesidad del PP de mejorar su cochambrosa fachada intelectual. Otra cosa es preguntarse si esa necesidad facilitó la recepción del filósofo inglés en España. Quizá en este caso la respuesta deba ser afirmativa, aunque con reservas. Repetir las frases en que éste resumió lo que a su modo de ver define la actitud conservadora (como han hecho algunos asistentes a los eventos de la FAES) no significa que se haya asumido el grueso de su herencia ni entendido sus matices. Marcar sus diferencias con los abusos y despropósitos agazapados en las pedagogías que se tildan de “científicas” y progresistas no puede hacerse –como a veces se hace– sin remarcar a la vez sus críticas a la pedagogía más tradicional, estúpida y rancia. Dedicarle páginas en las publicaciones de la citada y bien financiada fundación presidida por José María Aznar –por ejemplo, en el número correspondiente a enero/marzo de 2013 de sus Cuadernos de pensamiento político la FAES publicó el artículo de Noël O’Sullivan “Vida y época de Oakeshott: unas memorias filosóficas”– no implica que nuestro autor se deje encerrar fácilmente en el sótano de la cosmovisión que impera por esos lares. El mismo O’Sullivan recuerda que “su forma de conservadurismo –la de Oakeshott, por supuesto– nunca pudo encajar cómodamente en las simplificaciones ideológicas requeridas por los partidos políticos en su actividad” y que “los intentos de alistarlo en las filas de los intelectuales de la Nueva Derecha durante el auge de la Sra. Thatcher” estuvieron condenados al fracaso. ¡Cuántos más problemas ha de plantear, pues, su inclusión entre los inspiradores de eso que podemos llamar aznarismo! Tengo la impresión de que el conservadurismo actitudinal y “aventurero” de Oakeshott –un hombre descreído y escéptico como pocos, complejo, sorprendentemente modesto y enemigo de las censuras morales– casa mal con el caldo mental en que se cuecen los pensamientos de los conservadores (les apliquemos o no el prefijo “neo”) y los sedicientes liberales españoles. Un caldo en que aún persiste, como si no pudiera desincrustarse del fondo requemado del caldero, el regusto áspero de ciertas nostalgias franquistas (que aunque en algunos casos no se comparten, tampoco se combaten decididamente). Entre el conservadurismo intelectual de Oakeshott y el de buena parte de los filósofos, los historiadores y los científicos sociales en la órbita del PP más presentables, hay una distancia que no cabe medir en micras. Si en la comparación metemos a promocionados publicistas que escriben libros de pseudohistoria como quien hace rosquillas, a tronantes comunicadores radiofónicos que actúan como San Miguel pesando las almas a las puertas del cielo, y a directores de periódicos que pasan más tiempo en los platós de televisión que en la correspondiente redacción, unidos todos ellos por su aversión a cualquier cosa que huela a desnortado “progre” (o a anacrónico “rojo”, o a pérfido “separatista”), hay que utilizar el año-luz como unidad de medida. Es necesario advertir, por otra parte, e incluso lamentar con rabia y sin ambages, que la etiqueta de conservador ha estorbado la aproximación a Oakeshott de gentes que no se tienen por tales. El mundo intelectual español sigue siendo en demasía un mundo de trincheras y bandos. El maniqueísmo, que además de ser una forma de pereza (la de contar tan sólo hasta dos) tiende a empobrecer las mentes de sus adeptos, impera aquí con su simplismo grosero. O se está a un lado con todas las armas y consecuencias, o se está en el otro. Y la mejor manera de combatir al enemigo, o al menos la más cómoda, consiste para muchos en ignorarlo, en ningunearlo. Patxi Lanceros (profesor de la Universidad de Deusto), en la reseña que hizo del libro de Oakeshott El Estado europeo moderno para el suplemento El Cultural de El Mundo en abril de 2002, contó que la primera vez que oyó hablar de este autor y se interesó por saber quién era recibió una despectiva respuesta: “un conservador británico”. “Intuyo que el tono despectivo aludía a la condición de conservador”, escribe Lanceros con fina retranca. Importa poco la complejidad del personaje y la valía de su obra, añadimos nosotros: la etiqueta de conservador incita a los no conservadores a no contaminarse con su contacto, a mantenerse alejados e impolutos. Abrir un libro de nuestro filósofo es como romper un tabú o incurrir en un pecado. Despreciar al que suponemos en la otra orilla es, en estas latitudes, casi un acto instintivo. Dejemos estas consideraciones, acaso prolijas, y ciñámonos al libro recién traducido. Oakeshott es generalmente apreciado –al menos por almas menos prejuiciadas– como uno de los filósofos británicos más importantes del siglo pasado. Su inicial formación como historiador, ya señalada, le facilitaba vivir a caballo entre dos mundos nada alejados entre sí, aunque a veces se comporten como los malos vecinos, es decir, le permitía transitar con comodidad por ese terreno fronterizo entre filosofía e historia que no era precisamente un páramo inculto para los pensadores de su país y de su tiempo. La reflexión sobre la historia (en su doble significación de res gestae y de rerum gestarum, de saber o ciencia y de proceso objeto de ese saber o ciencia) no era un tema raro en muchos trabajos de filósofos coterráneos y coetáneos suyos. Bertrand Russell, anterior sólo en una generación, salpicó de referencias deliciosas a la historia su Elogio de la ociosidad y dedicó un pequeño ensayo, que tituló “Sobre la historia”, y que está escrito en un lenguaje que no dudaré de calificar de poético, a defender la idea de que ningún estudio es tan importante como el del pasado para que los hombres –en aquel tiempo decir “los hombres” a secas no se denunciaba todavía como una forma de sexismo– adquieran “la ciudadanía en la comunidad intelectual”. El ya citado Collingwood constituye asimismo un buen ejemplo de un maridaje entre la filosofía y la historia –e incluso, en su caso, la arqueología– muy británico. ¿Y qué decir de Isaiah Berlin? ¿Era estrictamente un filósofo, un politicólogo, un historiador de las ideas? ¿O todo a un tiempo? No es extraño que, a menudo, Berlin y Oakeshott se nombren juntos. Sus puntos de contacto ideológicos, temporales y de intereses académicos son tan numerosos y archisabidos que no cabe realizar mayores comentarios. Como filósofo que pensaba sobre la historia, y con gran lucidez, la aportación de Oakeshott en este campo se puede calificar, sin duda, de “filosofía de la historia” –una expresión que los historiadores suelen oír con cara de gárgola–, aunque una filosofía de la historia que tiene poco que ver con los planteamientos teleológicos de Hegel heredados por Marx y con aventuras similares (de hecho, está en las antípodas), y se conforma con ser una reflexión más sobria y, por ello, más terrenal y cauta. La obra que nos ocupa es un buen ejemplo de ello. Compuesta por cinco textos escritos en las décadas finales de su vida, y publicada por primera vez en Oxford en 1983, Sobre la historia y otros ensayos puede ser considerada como la última estación en el itinerario que Oakeshott siguió por el país de la reflexión histórica. Los tres primeros ensayos conforman una especie de unidad. Como explica Timothy Fuller en el prólogo, condensan varias versiones de las presentaciones que el autor realizó a lo largo de los años del máster (un curso, por tanto, de posgrado) sobre Historia del Pensamiento Político que impartió en Londres desde 1964. Los otros dos, como veremos, se distinguen claramente por su temática de los tres primeros, pero, por razones que se escapan al prologuista, Oakeshott decidió reunirlos en el mismo volumen. El objetivo de esos tres primeros ensayos era doble. Por una parte, nuestro hombre trataba de resumir sus ideas para trasmitirlas a sus alumnos. Por otra, respondía a las críticas que recibían sus trabajos previos sobre la historia. En los tres discurre sobre el carácter del pensamiento histórico, es decir, sobre la posibilidad de una mirada especial sobre el pasado a la que reserva el calificativo de “histórica”, y que se corresponde con un pasado, asimismo “histórico”, que constituye una categoría diferente del pasado “práctico”. En el primer ensayo, “El presente, el futuro y el pasado”, el autor aclara que su objeto de atención es la historia como indagación, es decir, como tarea propia de los historiadores. Un modo de indagación y de pensamiento “distintivo”, diferente a otros, y que implica unas ideas sobre el pasado, sobre lo que son hechos históricos, sobre las relaciones significativas entre éstos, y sobre el cambio. Según Oakeshott, el presente “práctico”, concebido en términos del valor que los objetos tienen para configurar nuestros deseos y necesidades, contiene varios tipos de pasado: un pasado “encapsulado” en el presente formado por todo lo que nos ha ocurrido, hemos pensado, sufrido, imaginado…; un pasado “recordado”; otro “consultado o rememorado”; y también un pasado “vivo”, descrito como “un depósito en constante crecimiento de los supuestos fragmentos del pasado que han sobrevivido”, esto es, que no han perecido y se pueden “escuchar, consultar y relacionar con nuestra conducta actual”. Pero este pasado “práctico” no es el pasado “histórico”, aunque lo precede. No es aún el pasado específico del historiador. La historia, como modo de pensamiento que se ocupa sólo del pasado, se sirve de objetos reconocidos en tanto sobrevivientes de ese pasado (el registro histórico) y parte de esos vestigios existentes en el presente (incluyendo huellas no materiales, representaciones) para llevar a cabo su propósito. Buena parte del trabajo de investigación consiste en recuperar esos vestigios y ordenarlos. Pero lo más importante es que, a partir de ellos, el historiador “infiere” un pasado comprendido en términos históricos, un “pasado histórico” que es la conclusión de una indagación crítica determinada y que es diferente del pasado “práctico” y también del “didáctico”, es decir, de la búsqueda en el pasado de ejemplos de conducta o de sabios consejos para el presente. El segundo ensayo trata deOakeshott-2 “Los hechos históricos: lo fortuito, lo casual, lo similar, lo correlativo, lo análogo y lo contingente” y contiene, a mi parecer, lo mejor de la aportación de Oakeshott a la reflexión histórica. El autor se propone en él “analizar la tesis de que el pasado histórico está compuesto por series de hechos interrelacionados, inferidos a partir de objetos presentes que se reconocen como testimonios del pasado, y ensamblados para proporcionar respuestas a ciertas preguntas históricas sobre el pasado”. Por ello se pregunta qué es un hecho histórico, cuál es el procedimiento de indagación y cuál la naturaleza de las relaciones entre los hechos históricos que posibilitan conformar series con los mismos. A la primera pregunta responde con diáfana claridad: “Cuando hablo de hechos históricos, me refiero a acontecimientos o situaciones que se infieren a partir de vestigios sobrevivientes y que supuestamente constituyen aquello que estaba sucediendo en concreto, en cierto aspecto y en determinado momento y lugar, concebidos en términos de las mediaciones de su surgimiento, es decir, concebidos en tanto conjunto de eventos o resultados de aquello que pasó antes”. Respecto a la indagación histórica, establece como principio la localización de los vestigios del pasado que quedan en el presente y se consideran pertinentes para responder a las cuestiones que se plantea el historiador: “cada vestigio es lo que el historiador puede hallar en él para cumplir sus propósitos”. A continuación se requiere una “lectura” crítica de esos vestigios, de manera que se pueda transformar el registro histórico en pruebas circunstanciales de un pasado que no sobrevivió. Por inferencia se pueden establecer, así, “situaciones históricas”. Un pasado compuesto por situaciones históricas “anatomizadas” de manera minuciosa en su diversa magnitud, duración y constitución, conformadas a su vez por acontecimientos interrelacionados de modo conceptual, “sin duda es un pasado al que se dotó de cierto grado de inteligibilidad histórica”. Pero se llega más allá si la indagación no se conforma con un mero ensamblaje de esas “identidades situacionales”: una indagación histórica propiamente dicha exige, dice Oakeshott, “articular un pasado constituido por hechos históricos y conjunciones de hechos históricos”, o lo que es lo mismo, “ensamblar un pasado compuesto por hechos que, a su vez, conforman series de otros hechos interrelacionados”, de manera que el pensamiento histórico se expresa en una “relación” de tales hechos que se puede organizar en orden cronológico, puede tomar la forma de narración o puede componerse en otro estilo. Esa necesidad de articulación de los hechos históricos, de esa interrelación de los mismos, lleva al autor a discurrir agudamente sobre la “vinculación significativa” entre ellos que se persigue en toda indagación histórica y a plantearse el problema de la causalidad. Es aquí donde toma cuerpo el subtítulo del ensayo –“lo fortuito, lo casual, lo similar, lo correlativo, lo análogo y lo contingente– y donde los puntos de vista de Oakeshott sobre la especificidad del pensamiento histórico, mantenidos a lo largo de su toda su vida, se afinan a la vez que se reiteran. Recordemos el punto de vista expuesto en el texto citado más arriba, “La actividad del historiador”, según el cual la investigación sobre causas en el pasado histórico se entendía como una búsqueda de coherencia entre contingencias. “Los hechos históricos –podemos leer ahora– no son contingentes en sí mismos, sino que están relacionados entre sí contingentemente”. Son susceptibles de formar ensamblajes de hechos interrelacionados de manera significativa con un resultado que es, a su vez, también un hecho histórico. “La indagación histórica –concluye Oakeshott– no es un ejercicio explicativo ni un proyecto para resolver un problema: es una tarea que consiste en inferir el carácter de un hecho histórico, en comprenderlo discursivamente y en imaginarlo”. El tercer ensayo se titula “El cambio histórico: la identidad y la continuidad” y es bastante más corto que los dos anteriores. En él, el autor parte de la condición paradójica de la idea de cambio: “suma la noción de alterarse con la noción de permanecer igual”, lo que implica unir la idea de diferencia y la de identidad, ya que se requiere la existencia de una identidad que permanezca inalterada a pesar de la variación que implica la diferencia reconocida como cambio. En el pasado histórico, afirma Oakeshott, concebido como “una sucesión de hechos (es decir, de diferencias) de carácter histórico ensamblados como respuesta frente a una pregunta histórica, no hay lugar alguno para una identidad que no sea en sí misma una diferencia”. Esa modalidad de cambio, que según él podría denominarse “práctica”, no es, sin embargo, la única que existe, por lo que a continuación analiza la posibilidad de concebir el cambio histórico en términos de teleología, de tendencia hacia una meta final. Ni que decir tiene que a Oakeshott le repelen los planteamientos de esta especie, se cobijen bajo el manto del “desarrollo”, del “progreso”, o del “proceso dialéctico”, por lo que su conclusión al respecto es firme y demoledora: “hablar de una historia teleológica implica una contradicción en los términos, y toda vez que se intentó, por lo general derivó en una chapucería manifiesta”. Después examina un tercer tipo de cambio, que llama “cambio orgánico”, en el que “la identidad invariable es una ‘ley’ o normalidad que especifica el carácter general de las diferencias y, a veces, el orden de los sucesos”. Una de sus formas, la homeostasis pura, según la cual la alteración actúa como proceso de autoconservación, tiene poco que ofrecer, en su opinión, como modelo para comprender el cambio histórico. Por el contrario, la “homeostasis a largo plazo” es decir, lo que se conoce como “cambio evolutivo” es bastante más aceptada. Al fin y al cabo, el vocabulario de la evolución está muy extendido entre los historiadores. Oakeshott, sin embargo, encuentra dos objeciones a concebir el pasado histórico en esos términos: la imposibilidad de distinguir en él una correspondencia con las especies orgánicas (identificar como tales a las “civilizaciones”, los “imperios”, los géneros literarios, los estilos arquitectónicos y otros objetos similares, no constituye más que una analogía tan distante como inadecuada), y “la consiguiente imposibilidad de formular una ley evolutiva en virtud de la cual se puedan comprender las diferencias que conforman una sucesión de cambios históricos, o al menos explicar su existencia”. Ahora bien, el pasado histórico que resulta de una indagación es un ensamblaje de hechos históricos antecedentes “en virtud de aquello que aportan para comprender el carácter histórico de un hecho subsiguiente”. Por ello hay que interrogarse sobre “qué modo de relación deberá subsistir entre estos antecedentes y el hecho subsiguiente si se pretende discernir el carácter histórico de este último a partir de su convergencia” y sobre “qué puede constituir una sucesión distinguible y significativa de cambios históricos”. En su respuesta Oakeshott retoma su concepción de la coherencia entre contingencias como fundamento de la relación entre hechos históricos, en este caso antecedentes y subsiguientes. Es en la coherencia misma del ensamblaje que realiza el historiador en donde ha de buscarse la relación entre continuidad y cambio. En un párrafo que resume su posición con innegable belleza afirma: “Las piezas que tiene el historiador son las que él mismo ha fabricado y que más bien se parecen a ecos ambiguos que suben y bajan, se tocan entre sí y se modifican. Lo que compone el historiador se asemeja a una melodía (que se puede llevar el viento) más que a una estructura sólida y bien encastrada. El pasado histórico (…) es una diferencia compuesta en su totalidad por otras diferencias, interrelacionadas de manera contingente, que no guardan ninguna afinidad conceptual: se trata de una continuidad de tensiones divergentes y heterogéneas. Cuando un historiador ha logrado ensamblar una continuidad de cambios y la identifica con un nombre, (…) debemos interpretar que nos pide que no le demos demasiada relevancia a tales identificaciones y, sobre todo, que no confundamos su identidad histórica tentativa y multiforme con el producto duro y monolítico de la concepción práctica o mitológica que esas expresiones también pueden identificar”. Obviamente, no todos los historiadores compartirían esa postura. Los tres ensayos son densos y requieren un notable esfuerzo para no perderse por parte de los lectores acostumbrados a la prosa narrativa habitual en los libros de historia. Su lenguaje “pensante”, entre analítico y programático –“de filósofo” podríamos decir con llaneza perogrullesca–, no facilita precisamente las cosas. Y ello a pesar de que Oakeshott no es autor singularmente abstruso ni oscuro y descarga sus argumentaciones con el uso de ejemplos pertinentes y abundantes. Aunque en ocasiones hay que leer dos veces un mismo párrafo para captar bien su sentido. La lectura, sin embargo, se hace placentera cuando se encuentran perlas –en el buen sentido de la metáfora– de esas que quedan tan brillantes y oportunas como cita inicial en un libro de historia o como detalle de calidad en prólogos y prefacios. Ahora bien, a esa dificultad lectora inherente a la prosa filosófica que cae en manos de no iniciados (y que los iniciados no suelen percibir ni entender), se añaden los problemas que resultan de la traducción de la argentina María Victoria Rodil. Pasar un escrito filosófico de un idioma a otro no debe ser tarea fácil ni agradecida. Las sutilezas del lenguaje entorpecen el traslado automático y a veces se corre el riesgo de que se pierdan o se desdibuje su sentido. Traducir un libro de filosofía supongo que debe ser más complicado que hacer lo mismo con un libro de historia o de ficción. Cuando leo a un filósofo en una lengua que no es la suya siempre me da la impresión de que hay algo de impostado, de forzado, en lo que me llega de su voz. En este caso la traductora afronta su tarea con su mejor voluntad, no lo dudo, pero no puede evitar que el texto le salga farragoso, lo que no significa caótico ni tedioso, pero si poco grato de leer. Pero hay aún algo más. Los que vivimos inmersos en un ambiente lingüístico decididamente dialectal (y ese es mi caso) sabemos que las variaciones lingüísticas enriquecen y crean identidad, y que la simple existencia de una lengua estándar unitaria y monocéntrica aherroja, que el hablante la percibe incluso como extraña, como “otra”. Pero el estándar ha de ser más ancho que ajeno. Se puede optar sin duda, como en los últimos tiempos se quiere hacer en español, por intentar elaborar un estándar unitario policéntrico que evite la primacía de una variedad geográfica sobre otras. Aunque ello es tarea más fácil de argumentar y de teorizar que de llevar a la práctica y a satisfacción de los hablantes. Rodil, profesora de traducción en una universidad bonaerense (de cuya competencia, por tanto, no cabe dudar), vierte la prosa compleja de Oakeshott a un castellano que no es –al menos a mí no me lo parece– el puro y duro del estándar clásico. Tiene derecho a hacerlo, por supuesto, y no soy quien para encontrar aquí motivo de censura. Pero con ello ha de pagar un precio que no sé si es o no elevado: las caras de sorpresa de los lectores formados –como yo– en ese estándar clásico tan consolidado, que se ven obligados a avanzar con cierta incomodidad por algunos pasajes donde se acusan los giros rioplatenses. Sí que me parece, en cambio, censurable y más generador de dificultades el abuso que hace de algún cultismo (¿de uso común, tal vez, en tierras australes?) y de algún vocablo en inglés. Así, llega a ser irritante la omnipresencia del adjetivo “pasible” –“que puede o es capaz de padecer” según la RAE–, en vez de emplear “susceptible”, que es sinónimo menos extraño. También molesta, y mucho, que se deje sin traducir cada vez que aparece –y lo hace a menudo– la palabra performance: ¿por qué no poner “representación”, como hacen por regla general otros traductores en el mismo caso? El cuarto ensayo muestra con creces lo discutibles que son algunas de las elecciones de María Victoria Rodil cuando en su tarea tropieza con una expresión incómoda. Simplemente ha dejado en su lengua original “rule of law”, tanto en el título como a todo lo largo del texto. En nota a pie de página aduce que “a pesar de que este término aparece traducido muchas veces como ‘Estado de derecho’ o como ‘imperio de la ley’, hemos optado por mantenerlo en inglés tal como lo utiliza el autor, ya que las posibles traducciones han dado lugar a grandes debates y polémicas que no es pertinente reproducir aquí”. No lo discuto, y no es raro que ante dilemas similares muchos traductores adopten la misma solución. Pero al preferir la no traducción se introduce siempre una piedra en el zapato del lector, que en este caso se convierte más bien en un clavo que perfora la suela. Cuando alguien necesita leer un texto vertido a otra lengua porque no domina el idioma de origen suele encontrar desagradable que el traductor no le facilite el camino: prefiere que lo lleve de la mano y que le resuelva los problemas, no que se los traspase. Chocar cada par de líneas con la expresión “rule of law” es un enorme fastidio. Hubiera sido de agradecer –yo lo hubiera agradecido–, que apareciera “Estado de derecho” o “imperio de la ley” según fuera pertinente en cada caso. Más allá de ese pero que ponemos a la traducción, “El concepto de rule of law” es texto bien informado y merece ser leído. Oakeshott parte de la familiaridad que la expresión ha alcanzado en inglés con el objetivo de tratar de “desarticularla para ver qué se esconde detrás de ella”. El resultado es una aproximación al término que combina el enfoque analítico con el histórico. Una aproximación que se ubica en la frontera donde se unen –o que separa– la filosofía, la historia y la politicología. No estamos ante una puesta al día del método de Bury cuando estudió la idea de progreso, mucho más histórico que filosófico. Quizá sería asimismo inexacto calificar este ensayo como un ejemplo de historia de un concepto político en la línea de la Begriffsgeschichte –historia de los conceptos– a lo Koselleck, aunque tiene un poco de eso. Oakeshott no aborda su estudio como parte de un proyecto ambicioso y que va más allá de lo monográfico como el del historiador alemán, pero tanto en uno como en otro la mescolanza de filosofía e historia es sólida y está muy bien trabada. Precisamente comparar el desarrollo del tema en Oakeshott y la manera de exponer de Reinhart Koselleck podría servir para marcar las diferencias entre los presupuestos, los objetivos y el lenguaje del filósofo (por más interesado que esté en la historia o por más que los historiadores se interesen por él) y los del historiador (por más interesado que esté en la filosofía y por más que los filósofos lo aprecien, usen y desmenucen). El último ensayo, “La Torre de Babel”, se lee mucho mejor. El texto corresponde a la segunda incursión que Oakeshott dedicó al tema, datada en 1979 (en 1948 ya había publicado un escrito con el mismo título que está recogido en El racionalismo en la política y otros ensayos), y en él la prosa de nuestro autor alcanza una agilidad que la hace accesible a un número más elevado de lectores. El tono analítico, siempre dificultoso, cede el paso al narrativo, mucho más ligero (aunque lo que plantea el autor no sea para nada ligero). Incluso la traducción ayuda. La versión de María Victoria Rodil, no sé si por arte de encantamiento obrado por algún arcano espíritu oculto en el Río de la Plata (¿en forma, tal vez, de estándar policéntrico?), recuerda en algún momento la manera de escribir de Borges. La historia de la torre de Babel sirve a Oakeshott para elaborar una especie de alegoría –que hay quien ha definido como parábola y quien ha llamado anti-parábola– tras la que asoma más que se esconde una acerada crítica a la sociedad moderna y la futilidad de sus objetivos más ambiciosos. El ensayo arranca con una célebre cita latina de Horacio que podemos traducir como “nada hay demasiado alto para los mortales: con nuestra estupidez pretendemos alcanzar el cielo”. Una cita que es completamente congruente con el planteamiento oakeshottiano. La torre de Babel es un proyecto utópico perfectamente inútil, estúpido en sí y en su desmesura, tan provocador y temerario como impío y condenado al fracaso. Sea en la versión bíblica, sea en la recreación elaborada por Oakeshott, el proyecto de Nimrod, nacido de una falsa ilusión, conduce a la confusión y a la ruina. “Quienes quieren habitar los Campos Elíseos no hacen más que extender los confines del infierno”, concluye el autor en moraleja con deje mítico. Lo que significa una invitación a desconfiar de la utopía, de las empresas ideales que equivalen a delirios. El escepticismo de Oakeshott raya a gran altura en este texto anti-utópico cuyo sentido resume muy bien Fuller en el prólogo: “Oakeshott pensaba que los seres humanos tenemos una propensión eterna a malentendernos, así como a malentender nuestras posibilidades y nuestros límites, toda vez que sucumbimos ante la tentación de tratar de edificar una estructura que supuestamente nos llevará a la perfección definitiva en una fantasiosa tierra prometida”. Pero al cerrar las páginas de este apasionante último ensayo a más de un lector le quedará, a mi parecer, cierto desasosiego, cierta repulsa a cargar con las consecuencias del mensaje que se deriva de la insensatez de Nimrod. La historia, pese a los recelos de Oakeshott, es también una larga sucesión de quimeras fértiles, de malentendidos creativos, de expectativas que se frustraron y que a la vez abrieron puertas nuevas y descubrieron otros horizontes. El sueño de la razón produce monstruos, advertía Goya. Sería una torpeza negarlo. Sin embargo, el sueño de la razón es y ha sido ambivalente, y los monstruos se confunden en su maternal seno con las maravillas. Los inconformistas que anhelaban mundos equitativos, los buscadores de la lengua perfecta que estudió Umberto Eco, los fundadores de ciudades que se querían felices aunque luego no lo fueron, los creyentes en la existencia de cualquier fabuloso Shangri-La, los rebeldes que imaginaron paraísos en la tierra a riesgo de inventar infiernos, han tenido también su papel en la historia, y éste no ha sido menor ni necesariamente negativo. La ilusión y la fantasía son propias de los seres humanos, y ya se sabe que la fe, aunque yerre, mueve montañas. Los utópicos, con sus cavilaciones y sus ensueños, han participado tanto como los escépticos en la larga y errática marcha de la humanidad hacia quién sabe dónde. Sin su concurso, acaso todavía seguiríamos en abierta competición con los osos por el abrigo de una caverna. A los escépticos debemos la ciencia. A los utópicos, la esperanza en un futuro mejor. Si convenimos en ello, puede ser que a algunos lectores les entren ganas de susurrar al oído de Oakeshott la conocida sentencia de Alphonse de Lamartine: una utopía es sólo una verdad prematura. Aunque hay que reconocer que no ha sido ese el caso de la torre de Babel. Obviamente, aprehender los cinco escritos de este libro requiere una formación que no todos los lectores medios de historia poseen. Oakeshott no es lectura para fanáticos, pero tampoco para animosos historiadores noveles. No la recomendaría para un joven que está todavía adiestrándose como historiador ni para un aficionado a los libros que tratan del pasado que no disponga de una más que mínima familiaridad con las cuitas de los filósofos. Para iniciarse en algunos de los problemas centrales que plantea el estudio de la historia me parece –y hago esta afirmación aun a riesgo de que se me acuse de descubrir el Mediterráneo– mucho más adecuada la obra de otro pensador inglés, coetáneo de Oakeshott y no precisamente de su cuerda. Me refiero a las conferencias que pronunció en 1961 en Cambridge un historiador atípico, E. H. Carr, y que en castellano aparecieron bajo el título ¿Qué es la historia?, una obra que ya se mencionó más arriba, poco voluminosa y reiteradamente reeditada –por una vez la mano invisible del mercado ha actuado con tino–, todo un clásico de la historiografía occidental concebido como un texto de batalla contra algunas de las ideas sobre la historia sostenidas por Berlin, Popper y otros autores, Oakeshott inclusive, y que sigue siendo un dechado de precisión, de espíritu motivador y de uso magistral de comparaciones y metáforas. Y ello a pesar de que algunos de los puntos de vista de Carr puedan resultar hoy en día enormemente discutibles e incluso desfasados. No sé si yo fuera filósofo si preferiría a Oakeshott; no cabe descartarlo: el peso de las tradiciones de los diferentes campos del saber tiene eso, que cada cual se 51YvVNOGUOL._SX326_BO1,204,203,200_mueve más a gusto entre los suyos. Pero ninguna de nuestras observaciones nos puede llevar a regatear a Sobre la historia y otros ensayos la calurosa bienvenida que antes expresamos y que reiteramos de nuevo. Por debajo de la prosa poco grata de la traducción descubrimos a un autor inteligente, sumamente sensato y digno de ser leído con calma, estudiado con respeto y apreciado sin mirarle el color de la etiqueta. Un señor inteligente puede ser conservador como Oakeshott, marxista como Gramsci o un tipo raro como Russell. Las opciones que cada cual tomó en su tiempo han de captarse a la luz de sus condiciones sociales y culturales, de sus respectivos y concretos espacios de experiencias y horizontes de expectativas (por usar las categorías de Koselleck), de su contexto histórico, de su circunstancia. Nacer con una cuchara de plata en la mano condiciona intensamente la existencia y el pensamiento en la misma forma que lo hace provenir de una desposeída y famélica legión. Gozar de un sistema parlamentario consolidado es muy diferente a vivir sometido bajo una férrea dictadura. El opresor no mira el mundo de la misma manera que el oprimido. Pero apreciar la calidad de las aportaciones de intelectuales como los mencionados –y por más que a algunos les cueste mucho entenderlo– no tiene por qué depender de la lente deformante con que los miramos cuando conocemos su etiquetaje ideológico. Los prejuicios de los autores no deberían verse reflejados en los prejuicios paralelos de los lectores. También el enemigo –sea quien sea el que tomamos por tal– puede tener cosas que enseñarnos si es sabio, mientras que el amigo más cercano puede ser un necio redomado. El pensamiento conservador, el liberal, el cristiano, el musulmán, el ateo, el socialista, el comunista, el anarquista, el reaccionario o cualquier otro han producido algunas obras extraordinarias (incluso aunque puedan resultar venenosas), otras sólo de andar por casa, y también una importante cantidad de papel apenas provechoso para envolver pescado. Lo que es seguro es que este libro de Oakeshott, aparte de no contener veneno, no merece quedar reducido a esta última utilidad.

[Joan J. ADRIÀ I MONTOLÍO. “Michael Oakeshott, Sobre la historia y otros ensayos, traducción de María Victoria Rodil, Katz Editores, Madrid y Buenos Aires, 2013, 182 pp. (On history and other assays, Liberty Fund, Inc., Indianapolis, 2001)” (reseña), in Revista de Libros de la Torre del Virrey (Valencia), nº 3, 2014]

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