✍ Evening’s Empire. A History of the Night in Early Modern Europe [2011]

por Teoría de la historia

81RuwLpSKALEn 1710, Richard Steele escribió en Tatler que recientemente había visitado a un viejo amigo que acababa de llegar a su ciudad. Sin embargo, este último ya se había ido a la cama cuando Steele llamó a las 8 de la noche. Regresó a las 11 de la mañana del día siguiente, sólo para enterarse de que su amigo acababa de sentarse a cenar. “En resumen”, Steele explica, “me di cuenta de que mi anticuado amigo se adhería religiosamente al ejemplo de sus antepasados, y observaba las mismas horas que había mantenido su familia desde la Conquista”. Durante la generación anterior, las elites de Europa habían adelantado sus relojes por varias horas. Sin ser ya un tiempo reservado para el sueño, la noche era el momento adecuado para todo tipo de actividades recreativas y de representación. Esto es lo que Craig Koslofsky llama la “nocturnalización”, definida como “la expansión continua de la legitimidad social y de los usos simbólicos de la noche”, un desarrollo al que se otorga el estatus de “una revolución en la Europa moderna”. El libro de Koslofsky (Evening’s Empire. A history of the Night In Early Modern Europe) es sólido, apoyado por una impresionante gama de fuentes de archivo e impresas, en su mayoría francesas, inglesas y alemanas. Hace más de 50 años, Richard Alewyn publicó su estudio de las festividades de la corte Das grosse Welttheater (El gran teatro del mundo). Demostró ser altamente influyente, no sólo por derecho propio sino también porque Jürgen Habermas abunda sobre la ilustración empírica que perfiló de forma aún más seminal en The Structural Transformation of the Public Sphere (La transformación estructural de la esfera pública). La preocupación principal de Alewyn es el cambio que ocurrió en el siglo XVII, cuando los grandes festivales seculares se trasladaron espacialmente de las calles y las plazas públicas a los palacios, y temporalmente del día a la noche. Koslofsky da el debido reconocimiento a la visión Alewyn, pero va mucho más allá de ella. En el centro de su argumento está la contrariedad entre el día y la noche, la luz y la oscuridad. Por un lado, el siglo XVI atestiguó una intensificación de la asociación de la noche con el mal –“La noche, la madre multitudinaria de la exasperación triste/ Hermana de la pesada muerte y nodriza de la aflicción”, escribió Edmund Spenser. En parte, lo anterior derivado de excitada atmósfera religiosa. Mientras que Hans Sachs elogió Martin Luther por despertar a la humanidad de la oscuridad de la superstición, Tomás Moro devolvió el insulto nocturno relacionando a los luteranos con la noche oscura de la herejía. Estrechamente vinculada a las luchas confesionales estuvo la intensificación de las disputas sobre brujería. El manual de 1486 de todo cazador de brujas, Malleus Maleficarum, había prestado poca atención a la noche; un siglo más tarde, la noche estaría completamente diabolizada. Para entonces, el Diablo será responsable de todos los “fantasmas de la noche”, especialmente de los que provienen de la hechicería; por lo general, las confesiones de brujería se centraron en dos actos nocturnos: el pacto diabólico –a menudo consumado sexualmente— y el Sabbath de las brujas, también un motín de sexualmente licencioso. Peter Binsfeld, el obispo sufragáneo de Tréveris, explicó en 1589 que después de su expulsión del paraíso, el Diablo se volvió oscuro, para así realizar todas sus maldades durante la noche. La desaprobación cristiana de la noche es tan antigua como el Nuevo Testamento. Sin que sea sorpresa, las epístolas de San Pablo equiparan la oscuridad con el mal, como lo hace el Evangelio de Juan –“Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no andará en tinieblas”. Sin embargo, hubo otra tradición teológica más discreta que abogaba por un camino que conduce a Dios que no estaba brillantemente iluminado. Especialmente influyente fue Pseudo-Dionisio el Areopagita, pensador sirio del siglo V, quien proclamó: “Ruego para que podamos llegar a esa oscuridad más allá de la luz”. Estas palabras están tomadas de su tratado Teología mística, y a principios de la era moderna, también, fue la mística la que valoraba la oscuridad. A la palestra, fueron dos santos del siglo XVI: Teresa de Ávila (1515-1582) y Juan de la Cruz (1542 a 91). En su poema Noche oscura, De la Cruz elogió el tema en un lenguaje misterioso, anticipando el segundo acto de Tristán e Isolda de Wagner: “¡Oh, la noche que me ha guiado, ¡Oh, noche más amable que el amanecer, ¡Oh noche que juntaste al amado con su amada, transformando al amante en el amado!”La única luz en la que Juan de la Cruz confiaba fue la que ardía dentro de él, la de su corazón. Fueron siempre aquellos que preferían la introspección personal a los dogmas institucionales los que encontraban el lado amable de la oscuridad. En su Himno a Cristo de 1619, John Donne escribió: “Las mejores iglesias para la oración, las que tienen menos luz,/ Sólo para ver a Dios, me voy fuera de la vista:/ Y para escapar de los días tormentosos, yo elijo/ Una noche eterna”. Koslofsky se basa en lo que parece ser un conocimiento enciclopédico de la literatura devocional de la época para demostrar la popularidad de este tipo de creencia. La imagen benigna de la noche también sedujo a los protestantes perseguidos por los católicos y viceversa, ya que era el momento más adecuado para reuniones clandestinas. Y, por supuesto, había un texto bíblico a su disposición para prestar su apoyo –Juan 3:1-3—, que habla de Nicodemo, quien “llegó a Jesús de noche”. Con el tiempo, la Iglesia católica la atrapó, al introducir nuevas prácticas nocturnas, como la devoción de las Cuarenta Horas y las procesiones de Semana Santa. Inmensamente populares, desempeñaron un papel destacado en la piedad pública del siglo XVII. La primera conmemoraba las 40 horas entre la muerte y la resurrección de Cristo, y necesariamente duraba por lo menos una noche. Las oraciones públicas y procesiones en la oscuridad hicieron “el lugar [de la devoción] más venerado a través de esta clara oscuridad”, de acuerdo con las palabras paradójicas de un panegirista. Fueron las autoridades seculares, sin embargo, las que hicieron mayor uso del ceremonial claroscuro. Esto lo explica en gran medida Alewyn, quien escribió que el cambio de la calle a la corte y del día a la noche representó “la ruptura más aguda en la historia de las celebraciones en Occidente”; aunque Koslofsky tiene mucho que añadir por su cuenta. En el siglo XVI, señala, los principales medios de la representación real eran las justas y torneos que se celebraban durante el día, como el Campo del Paño de Oro de 1520. Para la época de Luis XIV todos los grandes eventos –ballets de cour, óperas, bailes, mascaradas, fuegos artificiales— se realizaron por la noche (una importante excepción, por supuesto, era la caza, a la que Koslofsky no se refiere). ¿Cuándo fue descubierto “el arte de la iluminación” en el Sacro Imperio Romano?, preguntaba un escritor de Sajonia en 1736, llegando a la conclusión de que debió ser a finales del siglo previo. Los reyes, cortesanos –y aquellos que trataron de imitarlos— ajustaron su horario diario en consecuencia. Se levantaban y se iban a la cama cada vez más tarde. Enrique III de Francia, que fue asesinado en 1589, por lo general tomaba su última comida a las 6 de la tarde y se iba a la cama cerca de las 8 de la noche. Los días de Luis XIV comenzaban cuando se levantaba, a las 9, y terminaban (oficialmente) cerca de la medianoche. Las damas de su corte –y muchos de los hombres también— adaptaban su maquillaje para tomar ventaja de la iluminación artificial para atraer la atención sobre sus mejillas rosadas, su pecho blanco, las cejas de color negro azabache y sus labios escarlatas. Como otras tantas cosas en Versalles se trataba de un desarrollo que sirvió para distanciar a la elite del resto de la población. Koslofsky especula que todo eso fue impulsado por la necesidad de encontrar nuevas fuentes de autoridad en una época confesionalmente fragmentada. Más directamente –y convincentemente— autoritaria fue la campaña de “colonizar” la noche para recuperarla de los grupos marginales que previamente la dominaban. El instrumento más efectivo fue el alumbrado público, introducido en París en 1667, en Lille también en 1667, Amsterdam en 1669, Hamburgo en 1673, Turín en 1675, Berlín en 1682, Copenhague en 1683, y Londres, donde las empresas privadas fueron contratadas para prestar el servicio entre 1684 y 1694. Lo anterior tiene poco que ver con el progreso tecnológico, ya que hasta el siglo XIX sólo velas y lámparas de aceite estaban disponibles. Más avanzada fue la lámpara de aceite, desarrollada en la década de los 1660 por Jan van der Heyden, que utilizaba una corriente de aire que entraba en los paneles de vidrio de protección de la linterna para evitar la acumulación de hollín, y fabricada en Amsterdam, la ciudad mejor iluminada de Europa. En uno de los muchas bien elegidas ilustraciones del libro, una escena callejera nocturna de Leipzig en 1702, muestra una fila de linternas de Van der Heyden que permiten a los amigos reconocer y saludar a los demás, e incluso a un individuo solitario leyendo un periódico. Al final de la calle es tranquilizadora la visión de un vigilante nocturno, ahora capaz de ver y proteger a los ciudadanos respetables. Ellos fueron los beneficiarios de la gran iluminación; las víctimas eran aquellos a los que las calles les habían pertenecido cuando la oscuridad gobernaba: estudiantes, jóvenes en general, sirvientes, vagabundos, prostitutas y borrachos. Todos aquellos que, en otras palabras, habían promovido que Milton escribiera: “Cuando la noche oscurece las calles los hijos de Belial se pasean, emergiendo con insolencia y vino”. No fue una victoria que las autoridades ganaron con facilidad (si es que alguna vez la ganaron). Los anteriores habitantes respondieron con una Kristallnacht de linternas rotas, por lo que las penas draconianas fueron aplicadas: las galeras de Francia y la amputación de una mano en Viena (donde 12 serenos fueron asesinados entre 1649 y 1720). Poco a poco los pueblos y ciudades de Europa se convirtieron en lugares más seguros cuando el sol se ponía, y esta seguridad promovió formas de actividad social más allá de la prostitución, las peleas, el juego y la bebida. Como Koslofsky muy razonablemente sostiene, casi todo el trabajo en la esfera pública se ha concentrado en locaciones y formas institucionales, y ha descuidado el tiempo. Los cafés abrían todo el día, por supuesto, pero era por la noche cuando entraban en acción. Fue así que el panfleto Character of Coffee and Coffee-House de Londres afirmaba en 1661: “Toman prestada la noche”. La mayoría servía alcohol y muchos eran frecuentados por prostitutas, pero en general funcionaban como lugares de encuentro para las respetables clases media y alta. Asimismo, como convocante de un cuerpo crítico de la opinión pública, también en ocasiones podían ser un foco de agitación política más concertada. Fue en la cafetería Turk’s Head en el New Palace Yard de Westminster, donde el Club Rotario de James Harrington se reunió todas las noches de 1659-1660 para discutir el futuro del Commonwealth. Carlos II trató de cerrar las casas de café en 1675, por ser “el gran recurso de las personas inactivas y descontentas”, un veredicto que fue apoyado por el consejo de Fráncfort en 1703, adoptando medidas contra sus opositores políticos. Si los hombres urbanos educados ciertamente se beneficiaron de la colonización de la noche, es mucho menos claro cómo les fue a las mujeres. Por un lado, una mayor seguridad las animó a salir por la noche. En 1673, Madame de Sévigné describió una velada que transcurrió charlando con sus amigos hasta la medianoche en casa de Madame de Coulanges, tras lo cual acompañó a uno de ellos, a pesar de que eso implicó cruzar París. Sévigné escribió: “Nos pareció que era agradable ir, después de la medianoche, al otro extremo del barrio de Saint-Germain”, y agregó que la nueva iluminación de las calles había hecho eso posible: “Regresamos felizmente, gracias a las linternas, a salvo de los ladrones”. En el guión inconcluso de John Vanbrugh, Un viaje a Londres (escrito en la década de 1720), Lord Loverule se queja de que su esposa, Lady Arabella, tenía la costumbre de permanecer fuera hasta la madrugada, a pesar de que ella sabía que a él le gustaba retirarse a las 11 de la noche. Ella responde con aspereza: “Mis 2 de la madrugada habla de vida, actividad, espíritu y vigor, tus 11 de la noche tienen un tono aburrido, somnoliento, estúpido, bueno para nada. Más pareciera que se trata de un mecánico, que debe irse a la cama para que pueda levantarse temprano para abrir su tienda, puff!”. Su marido responde que irse a la cama temprano y levantarse temprano es sumamente saludable: “Las bestias lo hacen”. Si estos ejemplos pueden parecer que apuntan hacia la emancipación, se refieren sólo a damas aristocráticas y a sus formas, sus carruajes y a la confianza en sí mismas al deambular por las ciudades durante la noche. Para la gran mayoría, los nuevos sitios de actividad nocturna –clubes, cafés, logias masónicas y similares— eran casi siempre “sólo para hombres”. Únicamente en París, donde los cafés contaban con una decoración netamente aristocrática, la mujer podía esperar ser bienvenida. En otras partes de Europa, la exclusión de la mujer, señala Koslofsky, apoyando el veredicto de Joan Landes, “el público es esencialmente burgués, no sólo de manera contingente, sino masculinista”. Era el destino de las mujeres ser relegada al “núcleo privado del espacio interior de la familia nuclear”, como Habermas lo ha explicado. En el campo fue diferente. Sólo donde los cazadores de brujas habían estado particularmente ocupados tuvo lugar la colonización, y eso sólo temporalmente. Siempre había sido la gente educada la que demonizó las creencias populares, mientras que la gente común no hizo en automático la asociación entre la noche y el mal, o la tentación. Particularmente resistente, por ejemplo, en muchas partes del norte de Europa, fue el “Spinning Bee”, una reunión nocturna de mujeres para intercambiar chismes, historias, refrescos y –especialmente— la luz y el calor, mientras hilaban o cosían. También podía ser un sitio de cortejo, ya que hombres jóvenes eran admitidos para condimentar esas reuniones. De hecho, una ilustración de Nuremberg representa una orgía en curso, con un sacerdote “cuidando a la cocinera”. Los reiterados intentos por poner fin a las “abejas” y a otras actividades nocturnas no consiguieron nada. Como Koslofsky señala, la nocturnalización promovida por el poder del Estado y la profundización de una cultura de consumo público fue mucho menos efectiva en el campo, ya que lo que él también llama “una poderosa combinación de disciplina y la distinción”, fue mucho menos evidente en el campo que en las ciudades.

[Tim BLANNING. “Bajo el imperio de la noche”, in Opera Mundi (México), 18 de octubre de 2011. Publicado originalmente en The Times Literary Supplement, el 21 de septiembre de 2011]

Blanning_206589hHistorians of the early modern period are always looking for new revolutions, and Craig Koslofsky is the latest to have found one. He calls it “nocturnalization,” which he defines as “the ongoing expansion of the legitimate social and symbolic uses of the night.” Nocturnalization, it turns out, embraces everything from the fireworks that lit up the sky in the theatrical displays staged by baroque absolute monarchs to the artistic use of chiaroscuro and the belief of some devotional writers that God was more accessible in the nighttime. Its most decisive aspect was the adoption of street lighting (with oil lamps) in most of the major North European cities between 1660 and 1700. By making urban spaces safe at night, the new lighting allowed respectable social life to extend into the hours of darkness. The times of meals, theater openings, and other forms of polite sociability all moved forward by several hours, at least for the well-to-do classes; manual workers and artisans began their day when their superiors were still in bed. As the night was tamed or, in Koslofsky’s terminology, “colonized,” its terrors receded. Ghosts, witches, and hell, all associated with fearful darkness, were now debunked by freethinkers, conducting their nocturnal discussions in coffeehouses, taverns, and printing houses. Would the Enlightenment have been impossible without the invention of street lighting? Craig Koslofsky does not explicitly say so, but his learned and imaginative, if occasionally rather schematic book suggests that it might have been.

[Keith THOMAS. “Evening’s Empire: A History of the Night in Early Modern Europe” (reseña), in Common Knowledge, vol. XIX, nº 1, 2013, p. 133]