✍ Cantos de experiencia. Variaciones modernas sobre un tema universal [2004]

por Teoría de la historia

9789501265750Destacado exponente de la historia intelectual, Martin Jay es autor de más de una decena de libros, varios de los cuales han sido traducidos al castellano. Es el caso de La imaginación dialéctica, [Taurus, Madrid, 1974], Adorno, [Siglo XXI, Madrid, 1988], Campos de fuerza [Paidós, Buenos Aires, 2003] y Ojos abatidos. La denigración de la visión en el pensamiento francés del siglo XX [Akal, Madrid, 2008]. Conocido sobre todo por sus trabajos relativos a la Escuela de Frankfurt, en esta ocasión aborda audazmente un tema de enorme amplitud y dificultad. Con un título inspirado en la famosa obra poética Canciones de experiencia de William Blake, Jay indaga los polifónicos recorridos de la filosofía contemporánea por el tan relevante como complejo concepto de experiencia. De Montaigne a Benjamin, de Bacon a Foucault, el libro intenta relevar algunas de las más influyentes concepciones acerca de un término al cual se apeló desde las más diversas tradiciones, otorgándole significados heterogéneos, a veces incluso contrapuestos. Desde este punto de vista, la tarea de delimitación y aclaración resulta de enorme utilidad aunque, como es comprensible, se recorta sobre un grupo de problemáticas y autores que representan tan sólo una mínima parte de un conjunto prácticamente inabarcable. Ya desde la introducción Jay nos presenta una serie de ambigüedades y paradojas en el derrotero del concepto. En principio, ha sido común la crítica contra la tendencia a entender a la experiencia en términos de un fundamento inmediato, dado que siempre se encuentra mediada por determinadas relaciones culturales. Sin embargo, ha existido también, en algunas orientaciones filosóficas, una recurrente predisposición a buscar en la experiencia aquello que precisamente excede a los conceptos, e incluso al lenguaje. Para Jay, uno de los rasgos que vuelve más difícil la tarea de aclarar el sentido del término, pero al mismo tiempo lo coloca en un entramado sumamente rico, es que el mismo se encuentra permanentemente tensionado entre una diversidad de oposiciones. Así, la experiencia es punto de intersección entre el lenguaje público y la subjetividad privada, entre los rasgos comunes expresables y la interioridad individual. También se encuentra inscripta entre el sí mismo y el otro, la actividad y la pasividad, etc. Esto se vincula, enfatiza el autor, a que la experiencia debe implicar necesariamente una relación de diferencia o encuentro con la otredad; es preciso por tanto que suceda algo nuevo, que algo cambie, para que el término sea significativo. De hecho, en su raíz latina experientia parece aludir no sólo a la idea de juicio, prueba o experimento, sino también al de “salida de un peligro”: haber sobrevivido a los riesgos y aprendido algo a partir del encuentro con los mismos. La posible oposición entre estos sentidos divergentes de experiencia puede ejemplificarse a partir de la distinción entre los términos alemanes de erlebnis y erfahrung, de amplias resonancias en la obra de filósofos como Dilthey o Benjamin, entre otros. La palabra erlebnis (cuya raíz proviene de leben, vida, y que bien podría traducirse por “vivencia” en castellano), suele aludir a una unidad primitiva previa a cualquier distinción entre sujeto y objeto; sugiere también una intensa y vital ruptura con lo cotidiano, una especie de encuentro personal inmediato y prerreflexivo. Por el contrario, erfahrung apunta a una experiencia basada en un proceso de aprendizaje en el cual se integran diversos momentos en un todo narrativo o significativo, teniendo además un carácter preferentemente intersubjetivo o público. Que esta distinción haya sido aprovechada por quienes pretendían realizar una defensa o recuperación de una de las respectivas modalidades, es en todo caso sintomático de los diversos caminos que pudo tomar el anhelo por contrarrestar la fragmentación y pérdida de un sentido integrado de la vida propias de la modernidad. La experiencia, en este sentido, podía funcionar como respuesta ante toda una serie de escisiones que en rigor provenían de transformaciones estructurales de largo plazo, y que la filosofía trató de manera privilegiada: sujeto / objeto, cultura (o sociedad) /naturaleza, espíritu / materia, etc. La fragmentación propia de la modernidad también se vincula con la conformación de esferas relativamente autónomas que determinaron la emergencia de diversas modalidades experienciales, sobre las cuales se reflexionaría en su especificidad. El libro de Jay se organiza en parte siguiendo estas divisiones, en función del tratamiento dado por diversos autores a la experiencia en el campo epistemológico, religioso, estético, político e histórico, dedicándole un capitulo especifico a cada caso. Un argumento central del texto es, sin embargo, que en términos generales la filosofía moderna tendió a privilegiar la búsqueda de certezas epistemológicas como principio rector, estableciendo un fetichismo del método, una trascendentalización y despersonalización del sujeto cognoscente, y una identificación de la experiencia con la experimentación verificable. Y que fue justamente como reacción ante esta reducción y empobrecimiento de la experiencia que diversos filósofos colocaron al ámbito de lo religioso, lo estético, u otros como posibles lugares de restauración o consecución de una experiencia que unificara aquello que se presentaba de forma unilateral y empobrecedora. En este sentido, la propia selección de autores y problemáticas que trata el libro se encaminan a examinar aquellos aportes que intentaron buscar alguna forma de recuperación de un sentido de la experiencia más dialéctico e integrado, bajo las más diversas modalidades. Es intención del texto, sin embargo, presentar críticamente a aquellas posturas que, en opinión de Jay bajo una forma dogmática, defendieron la búsqueda de una experiencia de lo Absoluto, sobre todo cuando esto se tradujo en una fascinación por una política redentora que pretendiese abolir las escisiones mundanas. También lo es la de distanciarse de las soluciones hegelianas, al estilo de una superación dialéctica que se despliega bajo una narrativa de desarrollo significativo, en la cual las contraposiciones y momentos discontinuos se aplanan bajo una elaboración retrospectiva de progresión orgánica. En este punto es notoria la recuperación de aspectos sustanciales de la filosofía kantiana y la tradición pragmatista estadounidense —a la que se dedica un extraordinario capítulo—, obras donde Jay encuentra una mayor preocupación por mostrar las ambivalencias del concepto intentando escapar a soluciones del tipo “todo o nada.” De allí proviene también la contraposición que propone en el penúltimo capítulo, titulado “El lamento por la crisis de la experiencia”, entre Benjamin y Adorno, posicionándose a favor del segundo por su alejamiento de las dicotomías tajantes y de la búsqueda de una autenticidad utópica. Según esta lectura, debe enfatizarse la pertinencia del trabajo crítico de Adorno sobre oposiciones que se presentan bajo una dialéctica negativa que, lejos de suprimir las diferencias, preserva la no identidad entre sujeto y objeto, buscando más bien una relación no instrumental de uno sobre el otro. Por el contrario, sostiene, “con el correr del tiempo la apuesta de Benjamin en el poder redentor de la destrucción, su confianza apocalíptica en una “violencia divina” mesiánica susceptible de aparecer en la huelga general del proletariado se asemeja cada vez más a un recurso peligroso y, por lo tanto, resulta poco atractivo […] los cheques en blanco entregados a los personajes destructivos, quienes “desbrozarán el terreno” para una futura alternativa, son difíciles de cobrar en un mundo donde la política redentora ha perdido gran parte de su fascinación, excepto para aquellos fundamentalistas apocalípticos cuya adhesión a la violencia hemos conocido bien.” (p. 391) Tal interpretación, con la cual no acordamos, descansa en un significativo descuido por dilucidar la concepción de Benjamin sobre la violencia, actitud extraña en un especialista en la materia. La cita sirve de todos modos como muestra de la honestidad con que Jay expone explícitamente su posicionamiento político en torno al recorrido filosófico propuesto, actitud no muy extendida en obras de esta índole. En el último capítulo del libro, dedicado al examen de intelectuales franceses de enorme influencia como Bataille, Barthes y Foucault, Jay presenta el tratamiento que los mismos dieron al problema de la experiencia desde una posición postsubjetiva, o crítica a las diversas modalidades de egocentrismo filosófico. En este caso se propone una concepción de la misma como campo de fuerzas dinámico entre estructuras discursivas y no discursivas, en cuya encrucijada se encuentra en todo caso un sí mismo no sustancial bajo modalidades temporales heterogéneas, y que por lo general se inscribe en una lógica de repetición y desplazamiento, más que de superación dialéctica. Se trata, en síntesis, de una reflexión sobre las condiciones de posibilidad de experiencia con un yo disperso, descentrado, que se postula bajo la forma de “experiencia interior” (Bataille),51Q33QZS88L._SX330_BO1,204,203,200_ “media voz” (Barthes), o experiencia límite (Foucault). Jay enfatiza que toda propuesta por un concepto robustecido de experiencia deberá lidiar necesariamente con esta lección acerca de la imposibilidad de contar con un sujeto trascendental o empírico sin fisuras. Por otra parte, es intención central de su análisis demostrar también, como se dijera más arriba, que este sujeto (dislocado) de la experiencia depende siempre de un otro —tanto humano como natural— situado más allá de su interioridad, lo cual contradice firmemente toda visión sobre un ego soberano y narcisista, propio de la modernidad clásica. Es de destacar la precisión y claridad expositiva ofrecida por un libro dedicado a indagar sobre un tema tan árido y complejo, a lo cual se suma el hecho de que siempre se tiene presente la existencia de discrepancias en torno a la interpretación de la obra de los autores tratados. El resultado es un texto actualizado e incisivo, que invita a un extenso recorrido por una historia plagada de ambigüedades conceptuales y lingüísticas. Podría reprochársele, en términos disciplinarios, cierto descuido por el análisis de los contextos de producción, recepción, etc., temas propios de la historia intelectual, aunque este carácter algo tradicional es sin embargo entendible en un trabajo de tan amplias ambiciones y de extensión ya considerable. Se trata, en fin, de un aporte sumamente relevante, y que sin dudas resultará, tal como el autor estima en su conclusión, una experiencia enriquecedora para todo lector interesado por un tema tan clásico como actual.

[Damián LÓPEZ. “Cantos de experiencia. Variaciones modernas sobre un tema universal de Martin Jay” (reseña), in Aletheia. Revista de la Maestría en Historia y Memoria de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, vol. I, nº 2, mayo de 2011]

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