➻ Frank Raymond Leavis [1895-1978]

por Teoría de la historia

6a00d83451da9669e2019b001e6b32970bEn algunos lugares del planeta la crítica literaria suele ejercerse bajo diversas formas: difamación oral en la mesa de café, efusiva carta amical, que el recipiente tiene la delicadeza de divulgar por la prensa, anónima pero esforzada labor epistolar de los que condescienden a no firmar sus calumnias. En otras partes (aquí, en Inglaterra, por ejemplo) también se cultivan formas menos primitivas o adolescentes. Hay quienes dedican no solo sus ocios sino su vida a la crítica literaria, y para ellos esta actividad no se distingue de la universal del vivir. Entre los representantes más distinguidos de la profesión se debe contar al doctor F. R. Leavis, fellow del Downing College y profesor (en el sentido español de la palabra) de la Universidad de Cambridge. Hay otro título que quizá le importe más a Leavis: el de miembro del consejo directivo de Scrutiny, que desde su fundación (en 1932) hasta el año pasado fue la única revista inglesa dedicada enteramente a la crítica literaria. (Con cierto retraso, la Universidad rival, Oxford, ha inaugurado a fines de 1950 sus Essays in Criticism). Durante casi veinte años, Leavis ha combatido doblemente -desde la cátedra, desde las páginas de Scrutiny- por la formación de un público responsable, por una crítica severa capaz de juzgar con criterios exclusivamente literarios. Durante casi veinte años lo enemigos de la lucidez y del rigor lo han combatido sin pausa y -quizá- con medios más poderosos. Hoy Leavis es una figura universalmente reconocida pero universalmente discutida, y frente a su escuela se alzan no solo la deliberada indiferencia de sus antipatizantes, el encono y la hostilidad de sus enemigos, sino las posturas rivales de discípulos heréticos. El Dr. Leavis es un hombre de paz. Es un doctrinario que considera como propio el vasto y complejo mundo de la literatura inglesa. A él se acerca no a revelar minucias eruditas sino a proceder a esos escrutinios críticos que expresa inmejorablemente la palabra Reevaluaciones -título común de una vieja sección de la revista y del volumen que Leavis dedicó al análisis de la poesía inglesa. (La sobrecubierta del libro no se ahorra la evidente balanza). Con una penetrante, implacable mirada, Leavis separa la paja del grano, sin cuidarse que como paja pueda caer (por ejemplo) un poema de Shelley que recoge nada menos que el Oxford Book of English Verse o, caso quizá menos grave, toda la poesía de Tennynson; sin cuidarse de que su léxico pueda parecer a muchos excesivo. (El conocido soneto de William Wordsworth, Evening on Calais Beach, también en el Oxford Book, es calificado por su sentimentalismo de loathsome; id est: asqueroso). Para sus habituales lectores no puede parecer extraña tal actitud; ella está definida repetidas veces y casi siempre con tanta nitidez como en estas palabras de Revaluations: “Creo que le incumbe al crítico percibir por sí mismo, hacer las adecuadas discriminaciones del modo más sutil y agudo y expresar sus hallazgos tan responsable, clara y fuertemente como le sea posible. Entonces, aún cuando se haya equivocado, he hecho adelantar la disciplina crítica -se ha expuesto a sí mismo tan abiertamente como sea posible a la corrección; ya que lo que la crítica emprende es la provechosa discusión de la literatura”. No debe sorprender, pues, que este hombre -que trata a los contemporáneos con el mismo respeto que a los clásicos (vale decir: sin reservas)- sea atacado sin cesar y que a su actitud permanente sea el alerta.

II

No es este el lugar más adecuado para analizar detenidamente los métodos críticos y las doctrinas del Dr. Leavis. En otra oportunidad me ocuparé de ambos. Baste indicar ahora que, hace unos treinta años, Leavis inició su carrera bajo el impulso renovador de T. S. Eliot. En algún lugar, ha reconocido él mismo la importancia capital que tuvo para su formación el descubrimiento, en 1920, de The Sacred Wood. “Durante los años subsiguientes [recuerda] lo releí totalmente varias veces porf-r-leavis año, lápiz en mano. Recogí de él, es claro, orientaciones, iluminaciones particulares, o ideas críticas de valor instrumental general. Pero si tuviera que caracterizar brevemente la naturaleza de la deuda diría que consistió en haber demostrado incisivamente, en ejemplo y en incitación, cómo era la desinteresada y efectiva aplicación de la inteligencia a la literatura, cuál es la naturaleza del puro interés, y lo que significa el principio (tal como ha sido definido por el mismo Mr. Eliot) de que cuando estamos considerando poesía debemos considerarla primariamente como poesía y no como otra cosa”. En el mismo artículo (Approaches to T. S. Eliot, en Scrutiny, dic. 1947) Leavis resume así la lección de este crítico: “No solo ha reorientado la crítica y la práctica poética, efectuando un profundo cambio en la idea corriente y activa de la tradición inglesa, y en sus logros, sus escritos crítico han jugado un aparte indispensable; sino también porque lo mejor de esos escritos representan más poderosa e incisivamente la idea de la crítica literaria como una disciplina -una disciplina especial de la inteligencia- que la obra de cualquier otro crítico del idioma (o francés que yo conozca)”. Ese ejemplo de Eliot fructificó luego en su sistema cuyas ideas básicas quizá sea posible simplificar (sin mucho daño) de este modo:

A) Objetividad. Leavis no comparte la visión de los críticos subjetivos que ante un poema describen sus propias emociones o las ideas que su lectura les ha provocado. Cree, en cambio, que un texto literario tiene una realidad objetiva, es un hecho poético. En una de sus clases ha señalado: El crítico trabaja para justificar la existencia del poema como un objeto que es posible discutir y apreciar. Tal enfoque no le impide advertir, al mismo tiempo, el peligro de iniciar la discusión de las obras en términos de valor o juicio; de aquel que el orden natural que establece sea: Fijar los hechos poéticos con toda nitidez, de manera que todos puedan saber de qué se trata y a qué se refiere el crítico. Apreciarlos entonces. Estas operaciones presuponen, es claro, la sensibilidad del crítico (que debe ser excepcional) pero un pueden descansar únicamente en ella. Por eso entra también en juego la inteligencia, por medio del análisis y de la comparación. Leavis cree firmemente que el análisis de la obra por si sola no basta; nada es tan revelador, a veces, como la comparación con obras en que el mismo tema sufre distinto tratamiento o (viceversa) con obras en que el mismo tratamiento se aplica a distintos temas. De aquí que en sus clases (que llevan el doble título: Apreciación y Análisis) la comparación entre autores y obras de distintos períodos y tendencias sea uno de los procedimientos críticos más frecuentes e iluminadores.

B) Crítica, no erudición. El poema como hecho poético no es reducible a las condiciones de tiempo y espacio en que nació. Se le puede analizar enfrentándose desnudamente con él y estudiándolo en su mero texto. De aquí, el comentario textual, que Leavis practica con maestría. Contra lo que se entiende generalmente por tal (análisis filológico o histórico, fatigosa erudición, insomne memoria de todo lo leído); Leavis busca a través del escrutinio del texto las esencias. Ya se trate del examen temático o la determinación de una sensibilidad, como al indicar las palabras claves, las que dan la tónica de un poema (Ejemplo: smokeless en el soneto de Wordsworth Upon Westminster Bridge, en que el adjetivo -sin humo- indica sutilmente la belleza de la enorme ciudad que se revela cuando duerme, vale decir: cuando deja de ser ciudad y es solo naturaleza); ya se trate de fijar el movimiento rítmico, la marcha de un verso (Ejemplo: otro poema de Wordsworth, Desideria, es leído por Leavis marcando impecablemente el ritmo; lectura que podría representarse sustituyendo con guiones las pausas:

I turned to share the transport -O! whit whom
But Thee, deep – buried – in the silent tomb,
That spot – which no – vi – ci – ssitude – can find? (1)

Esta posición implica una censura (o menosprecio) de la tradición que, precisamente, pone el acento en las circunstancias externas -olvidándose, casi siempre, de reaccionar ante el poema. El erudito suele caer también en otra falacia: en vez de estudiar el poema acumula información sobre todo lo que lo rodeaba en el momento de su creación, es decir, lo que no es el poema, lo extrapoético. Quizá el mejor ejemplo los suministran los críticos religiosos de Eliot, que se entretienen en señalar como el poeta utiliza los temas católicos (dogma, liturgia, etc.) y en cumplir la paciente exégesis de los mismos, salteándose con inocencia el corte insustituible: la poesía. Así por ejemplo, cuando Eliot hace su meditación sobre el concepto de eternidad en su Four Quartets:

Time present and time past
Are both perhaps present in time future,
And time future contained in time past.

Lo que importa es que esa mención está enriquecida por la creación; que el poema continúe (transmutando en verso el hecho concreto):

Footfalls echo in the memory
Down the passage which we did not take
Towards the door we never opened
Into the rose-garden. … (2)

C) Tradición. Un poema no aparece desvinculado e independiente de la sucesión poética; un poema se inscribe en la tradición del idioma. Aquí es evidentísima la influencia de Eliot y su texto capital, Tradition and the individual text). La erudición parece recobrar por un momento lo suyo. Pero es tan solo un apariencia porque a Leavis le interesa la sucesión no como acaecer histórico sino como punto de partida para enfrentar los textos, para compararlos y deducir de allí las líneas principales de una tradición poética inglesa. De aquí que pueda expresar en sintética fórmula su método general: “Uno trata a los poetas individuales por las piezas representativas de su obra; uno trata a la tradición por los poetas representativos”. (Con lo que, de paso, se saltea todos los poemas de valor meramente histórico, todas las figuras arqueológicas).

D) Patrones críticos. La última etapa conduce a la fijación de los patrones críticos. (La palabra inglesa es, ya se sabe, standars). Las dos condiciones esenciales de un crítico deben ser: una excepcional capacidad de análisis apoyada en una afinada sensibilidad. Pero esas son solo las condiciones iniciales porque la labor del crítico debe estar orientada a la organización de un núcleo de público activo, inteligente, y responsable, con cuyo apoyo formará la sensibilidad crítica común (o social). El mismo Leavis califica a esta tarea “negocio desesperadamente difícil”. Tan difícil que no es extraño que el crítico fracase al pretender fijar los valores, lo que trae como consecuencia la desintegración del público lector culto. En cuyo caso, la labor debe concentrarse en denunciar el desastre que acarrea el olvido de la función de la crítica.

Inspirado por esta misión, Leavis ha trazado el mapa (su mapa) de la verdadera literatura inglesa. En su primer polémico volumen, New Bearings of English Poetry (1932), fijó la situación de los valores poéticos contemporáneos: la figura central era T. S. Eliot; Ezra Pound era estudiado con respeto por su labor experimental y precursora; se reconocían los valores de un Yeats, de un Hopkins, de un Hardy o de un de la Mare. Los jóvenes eran examinados con incomparable severidad; al innegablemente brillante W. H. Auden, Leavis prefería los talentos más gobernados de Ronald Bottrall o Williams Empson. En una obra que servía de complemento y que había sido proyectada al mismo tiempo, Revaluations (1936), Leavis ordenó la tradición poética inglesa a partir de los poetas metafísicos del siglo XVII (con John Donne al frente) y deteniéndose en los grandes románticos (Wordsworth, Shelley, Keats), demostrando así su desestima de casi toda la poesía posterior. Su último libro, The Great Tradition (1948), postula una tradición novelesca inglesa que prescinde de todos los creadores del XVII y XVIII, para considerar la línea que corre desde Jane Austen, pasando por George Eliot, Henry James y Joseph Conrad, hasta D. H. Lawrence, el mayor novelista del siglo XX (para Leavis). Más de un crítico nacionalista ha lamentado que haya dos extranjeros en esa línea de tradición británica; con más motivos, otros críticos han lamentado la ausencia de nombres que no parece posible omitir: Charlotte Brontë, Charles Dickens, W. M. Thackeray, Anthony Trollope, George Meredith, Thomas Hardy, o James Joyce, para no citar sino a los mayores. (Emily Brontë es salvada por Leavis en una nota al pie de página). Todas estas figuras han sido despachadas rápidamente en el mismo libro (de Dickens se estudia con elogio solo Hard Times) o en alguna reseña anterior de Scrutiny o en algún aparte de clase o en alguna conversación privada, de manera que desde su punto de vista no vale la pena insistir. Esos son sus paradigmas literarios. No es posible entrar a examinar las razones (o sinrazones) de tanta exclusión, de tan escasa promoción. Quizá un ejemplo contemporáneo ayude a iluminar el criterio de Leavis. Ya se ha visto que Eliot y D. H. Lawrence son los paradigmas de la poesía y de la prosa inglesa contemporánea. Pero al estudiar comparativamente el aporte de ambos creadores (lo que es casi inevitable ya que el poeta siempre se ha referido con tono patrocinador a Lawrence), Leavis no ha vacilado en señalar la supremacía del novelista ya que, al fin y al cabo, éste sostiene las fuerzas de la vida y de la salud. Como se ve, Leavis no solo no comparte el credo religioso de Eliot, sino que subordina su más lúcida actitud estética a una valoración moral. Y son precisamente esos subyacentes patrones morales los que modifican el aspecto externo, puramente intelectual y poético, de la crítica de Leavis. Esos mismos subyacentes patrones explican la rigidez de sus genealogías y la violencia de sus decretos. (Otra nota al pie de página borra en pocas líneas los dieciséis volúmenes de A la recherche du temps perdu; preguntado por mi, Leavis contesta francamente: es malsano).

III

15-4457Si Leavis tuviera la prudencia de ocuparse solamente de los clásicos, su merecida reputación de iconoclasta no habría hecho correr la sangre hasta el río Cam. Pero, demasiado consciente de su misión social de crítico y deseando como tal ser considerado como hombre que vive en su propio tiempo, Leavis no ha perdonado a uno solo de sus contemporáneos. Quizá sea instructivo por eso mismo repasar rápida (frívola) mente alguna de sus salidas. La aparición de New Bearings hizo estallar la bomba. Los jóvenes (con Auden a la cabeza) no aceptaron sus patrones y se empeñaron en demostrar que el Renacimiento de la poesía inglesa, que Leavis ignoraba con tanto empeño, era un hecho. Él mismo cuenta que la impopularidad de su libro fue tan grande (incluso en los círculos académicos) que la Cambridge Review no pudo encontrar a nadie que quisiera reseñarlo. La respuesta de los jóvenes fue, es claro, más belicosa; de aquí que Leavis los presente como una coterie (algún susceptible exilado hablaría de patota) que al contralorear más tarde los principales órganos de crítica impidió toda valoración severa e impidió el desarrollo del talento creador, con lo que la influencia de Eliot -que pareció tan promisoria- acabó por ser derrotada. Teniendo en cuenta esta situación, se comprende entonces que Leavis no cese de referirse a Auden como un poeta que se ha detenido en el estado (lamentable, sin duda) de “joven brillante” y que, “aún sin haber llegado cerca de una madurez esencial, ha hecho rápidos progresos en sofisticación”. Otros poetas del grupo (Spender, MacNeice, Day Lewis, George Barker, Dylan Thomas) han sido despedidos con los mismos modales, ya por el mismo Leavis, ya por alguno de sus discípulos. No mejor han sido tratados los poetas de la generación anterior. Refiriéndose a Ezra Pound (y sin que mediara ninguna confusión política) señala que le concede la atención de censurarlo “en vista de sus pasados servicios a la literatura (aunque solo se pueda esperar la reacción rutinaria) y porque está en vías de convertirse en una seria molestia”. (En otro lado asegura, con mayor precisión, que no tiene verdadero tema creador). En cuanto a la muy publicitada Edith Sitwell (y a sus hermanos, Sir Osbert y Sacheverell) es objeto de esta elaborada elipsis: “Los extremos a los que puede llevarse el proceso de transformación de los valores sociales en distinciones y glorias de la literatura contemporánea (el contexto aclara, creo, el sentido en que uso la palabra ‘social’) han sido demostrados sorprendentemente en la reciente asunción de toda una familia a la condición de clásicos vivos”. (Por si el contexto no aclara el sentido, más vale decir que Sir Osbert es baronet y autor de unas Memorias de su pasada grandeza que se demoran cinco macizos volúmenes; Left Hand, Right Hand es el título general; y que la familia real ha patrocinado delicadamente a los tres poetas). Por su parte, los novelistas han sufrido una poda radical. Aparte de D. H. Lawrence (que por su temprana muerte no pude beneficiarse del favor de Leavis) solo quedan en pie -y con qué reservas: L. H. Myers y T. F. Powys. (Ambos casi desconocidos fuera de Inglaterra). De los otros (de Compton-Burden, de Elizabeth Bowen, de Henry Green y de tantos) ni una palabra; apenas si Graham Greene logra ser mencionado en los siguientes términos en una nota de Scrutiny: “… no nos hemos ocupado aún en estas páginas de él, debido a que no hemos encontrado ningún comentarista dispuesto a gastarse el tiempo necesario …”. (Otra forma del escarnio: al reseñar una reedición de The Portrait of a Lady de James, Leavis omite cuidadosamente toda mención al prólogo de Greene.)

IV

Los mismos simpatizantes de Leavis no se recatan al censurar algunas de sus valoraciones o al apuntar las limitaciones de su método. Las principales objeciones (públicas o privadas) podrían ordenarse, quizá, bajo estos títulos:

A) Menosprecio de la erudición. Está bien menospreciarla. Pero cuando se la maneja con tanta comodidad como Leavis. Basta asistir a sus cursos sobre crítica literaria para advertir que no solo ha leído y recuerda menudamente a todos los poetas (incluso los defenestrados)sino que puede citar extensamente, en inglés o en francés, cuanto han escrito sus críticos. (Precisamente una de sus características es ser crítico de críticos -especie que algunos asirios se negaron a concebir-.) Como norma general, puede ser peligrosa ara los jóvenes. El no poder manejar la adecuada información -para superarla, es claro- los conduce más de una vez al invento del paraguas. (Esto lo saben bien los intrépidos críticos de Hamlet en nuestra lengua; también lo sabe bien el crítico shakesperiano de Scrutiny, al que alguna vez se le han apuntado confusiones).

B) Dogmatismo crítico. Los patrones establecidos por Leavis son no solo demasiado altos sino demasiado rígidos (lo que es mucho más grave). Aparecen fijados de una vez para siempre; no hay flexibilidad ni posibilidad de diálogo, es decir: de enriquecimiento. En la cátedra o en el libro, en los pasillos de los Mill Bank Lecture Rooms o en su té sabatino (Oh manes de Victoria Ocampo!) el Dr. Leavis promulga sin pestañear sus edictos críticos, aprueba (rara vez) o condena sin apelación. Todo intento de discusión nace muerto. Esta actitud general del hombre vivo (una cabeza de sutil sensibilidad, la mirada cálida y penetrante, la boca con un duro gesto de seguridad) se comunica al estilo escrito que incurre no solo en los previsibles sarcasmos, sino que se sacude indignado, salta con desagrado y libera su pasión en excomuniones o desafíos; o (cuando aprueba) se afirma en la más impávida, la más cortante admiración. Frente a la segura hostilidad con que es recibida su crítica, Leavis acentúa la intolerancia y la auto-defensa, llegando a veces a inesperados extremos de desinteresado autoelogio. De aquí que muchos estén dispuestos a concluir con Keneth Muir que el “Dr. Leavis es un crítico de primera cuando escribe de las cosas que ama; y es a menudo capcioso e injusto al demoler la literatura que le gusta menos”.

C) Valoraciones insostenibles. ¿Cómo se puede menospreciar el 80% de una literatura? Y no hay casi exageración en la cifra. A cada momento sus lectores se topan con un autor descalificado en bloque (Meredith, por ejemplo) o de otro reducido a una discreta décima parte. Comentando la producción reciente de quien ha sido su maestro, aseguró Leavis (mientras sonaban las cucharitas como en el famoso té de Pygmalion) que si Mr. Eliot le ofreciera un poema para publicar en Scrutiny lo aceptaba con gusto pero que si le ofrecía un ensayo crítico se vería obligado a rechazarlo por no alcanzar el standard de la revista. (Aunque no lo dice, es bien sabido que hubiera rechazado The Cocktail Party, del que se despeja en clase con una despectiva entonación).

D) Nada nuevo. Desde 1932 -época del estreno de Scrutiny y de New Bearings- Leavis no ha variado sus valoraciones ni ha descubierto ningún autor nuevo. Por el contrario, ha tenido tiempo de excomulgar a poetas, como Bottrall o Empson, que no cumplieron sus previsiones; a antiguos colaboradores como Auden o Miss Bradbrook. Mientras Leavis erigió en sistema su método crítico y fijó sus patrones, la literatura creadora ha seguido formándose al impulso de nuevas generaciones, de nueva problemática, de una larga crisis. Su negativa a aceptar toda innovación posterior a Eliot o Lawrence le ha hecho quedarse atado al momento de su iniciación, de espaldas al río que no cesa.

V

UnknownNo puede caber la menor duda que, como pasa siempre, hay exageración por ambas partes. Leavis, acosado, se exagera en su posición, afina hasta lo inverosímil su instrumento crítico y fulmina a los fariseos (a sus fariseos). Nada más instructivo que una larga y no anunciada conferencia que se fue hilvanando a la orilla de media docena de tazas de té. Leavis señaló que valdría escribir una sociología de la literatura inglesa actual. El estado de la crítica serviría de hilo conductor. Empezando por el principio habría que hablar de Scrutiny que con sus casi veinte años solo publica 1500 ejemplares, que está mal distribuida (no hay quien se interese comercialmente en el asunto y cuesta conseguirla hasta en Norteamérica), que no puede pagar a sus colaboradores y que depende para su publicación mensual de Mrs. Leavis que tiene que pasar a máquina los originales antes de enviarlos a la imprenta. Luego habría que referirse a las publicaciones que orientan al gran público lector. Pueden clasificarse en dos grupos: alto y bajo. Dejando de lado el bajo, quien sirve de guía al otro es The New Statesman and Nation, semanario socialista. Para Leavis sus patrones críticos son bajísimos; son periodismo en el mejor de los casos. En el peor, la expresión de una coterie que también gobierna otros órganos (Times Literary Supplement o The Spectator; la B.B.C. y otras instituciones oficiales). De esa coterie son nombres clave: Cyril Connolly, editor de la influyente y desaparecida revista Horizon; John Hayward, amigo personal y exegeta de T. S. Eliot, autor de un censurado Prose Literature since 1939; John Lehmann, editor del fallecido Penguin New Writing y del lujoso Orfeo; Desmond McCarthy (recientemente ascendido a Sir), de larga ejecutoria crítica, actualmente comercializado en el Sunday Times; los Sitwell; etc., etc. Tampoco es más estimulante el cuadro que presenta la crítica académica, refugiada en las grandes universidades. De Sir C. M. Bowra (que ha escrito sobre el diseño de la Ilíada y sobre Rafael Alberti, sobre las tragedias de Sófocles y sobres Alexander Blok, sobre el alejandrino Kavafis, sobre Eliot y sobre Yeats) asegura Leavis que todavía no ha dado prueba de sus poderes como crítico de poesía inglesa. Y nos e crea que es porque Bowra enseña en Oxford, tampoco salen mejor parados sus colegas de Cambridge, un Tillyard o un Basil Willey; de una u otra forma resultan liquidados. La conclusión general solo puede ser una: el deplorable nivel de la crítica literaria en Inglaterra. Esta exposición de marzo de este año no hacía sino poner al día algunos artículos publicados en Scrutiny; el lector que desee verlos fijados en letras de molde puede consultar The Progress of Poetry (de 1948) o Poety Prises for the Festival of Britain, 1951 (invierno 1949).

VI

¿Qué valor tiene esta controversia desde la perspectiva hispanoamericana? Ante todo un valor incomparable como estímulo, como provocación. Es natural que pueda resultar chocante para muchos el ataque a la erudición (en sus resultados momificadores, es cierto), cuando en nuestro medio no se ha conseguido salir siempre del caos de la información barajada sin tino ni rigor. Asimismo, tiene que parecer chocante que órganos cuidadosamente responsables, creadores y1114002._UY2098_SS2098_ críticos de prestigio mundial, sean presentados como centros de general improvisación o pandillas adolescentes. Al mismo tiempo, la ardida prédica de Leavis despeja la ilusión de creer que basta con desatar las fuerzas de la creación para obtener una gran literatura (error en que incurren los que confunden espontáneo con sincero); o que la erudición por sí sola -sin crítica que la vigile- puede conservar viva la tradición poética: o que basta la existencia de un órgano de crítica, sin un público alerta que lo respalde y lo exija, para evitar el natural ablandamiento, el juego engañoso de las concesiones cada vez más fáciles, la victoria del conformismo. Otra lección es posible deducir; y ésta no lo favorece a Leavis. Una doble circunstancia impide que su obra sea totalmente ejemplar: la rigidez de sus patrones críticos y el encono que ha crecido en él por la lucha contra una generación que no quería crítica lúcida sino complaciente exégesis. Como dijo bien uno de sus adversarios (aunque refiriéndose a otra situación): “Si el éxito corrompe, el fracaso estrecha”. Y aunque en el caso de Leavis solo puede hablarse de un semi fracaso (se trata, en verdad, de una gloria no oficial), es cierto que la prolongada batalla le ha impedido objetivar plenamente su esfuerzo, redondear en serenidad su obra. Todo esto no es, sin embargo, más que lo anecdótico. Lo esencial es que la existencia del Dr. Leavis postula en Inglaterra una crítica vital (en pro y en contra) y la imposibilidad de que formas negativas como la indiferencia o la irresponsable consagración prevalezcan sin molestia. Y de ahí la paradoja de que su misma condenación, robusta y voceada a todos los vientos, de la crítica literaria inglesa se convierta en la mejor prueba del rigor, de la lucidez con que se puede ejercer la crítica literaria en estas playas.

[Emir RODRÍGUEZ MONEGAL. “Carta desde Inglaterra. El controvertido Doctor Leavis”, in Marcha (Montevideo), nº 582, 1951, pp. 21-23]