✍ La historiografía rioplatense en la posguerra [2001]

por Teoría de la historia

1191735_origComo en muchos otros terrenos de la historia argentina de la posguerra, también el tema de las relaciones entre peronismo e historiografía recién está en sus comienzos. El problema puede plantearse a dos niveles: las relaciones entre el peronismo y los historiadores, las relaciones entre el peronismo y los relatos históricos fundantes de las mitologías argentinas. En cuanto al primer problema, los pocos estudios de que se dispone han tratado de resolver la cuestión de las relaciones entre el peronismo y los revisionistas o entre el progresismo académico y el peronismo. En relación a esta última cuestión, es evidente que ello ha llevado a sobreestimar la influencia en la historiografía argentina de grupos importantes, pero en otros terrenos. El primero de los vínculos, aquel con el revisionismo-nacionalismo, ha llevado también a un esbozo de respuesta acerca del segundo, en la medida en que se colocaba al peronismo en relación con la lectura alternativa del pasado que los revisionistas planteaban, tema éste que no se derivaba necesariamente del precedente, como muchos han supuesto, ni viceversa. Aunque varios hombres del nacionalismo participaban de las per spectivas políticas del revisionismo, ello no significaba que compartieran sus marcos ideológicos (hasta donde los tuvieran) sino que hacían una operación de “taparse la nariz”, como una vez dijera un célebre periodista refiriéndose a la situación italiana. Inversamente, que el peronismo utilizase muchos cuadros procedentes del nacionalismo (a veces a falta de otros disponibles) nada presupone acerca del interés del peronismo de inmisuirse en querellas historiográficas. En cualquier caso, dado que no tenemos una exhaustiva historia del peronismo como movimiento político, todo permanece en la conjetura. Dos hipótesis pueden sin embargo arriesgarse. El peronismo es mucho más un plural que un singular y, en tanto tal, las relaciones que se establecen con él nunca son unívocas, genéricas, sino específicas. Uno no se relaciona con un conjunto abstracto sino con determinadas personas, con ciertos grupos, y en determinados ámbitos. Desde luego que siempre es así pero, en el caso del peronismo, esas personas, grupos, ámbitos pueden tener orientaciones, proyectos diferentes, aún opuestos, a los de otros del mismo movimiento político. Las mutaciones en el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública son apenas un ejemplo que lo evidencia. Y, desde luego, es un movimiento que no puede reducirse a Perón. Visto así, el peronismo es un complejo articulado de familias con proyectos de poder alternativos y con matrices ideológicas diferenciadas. Pensar que eso pueda reducirse a algún tipo de uniformidad, es percibir el análisis del período sólo a partir de la relación peronismo-antiperonismo. El segundo punto se encuentra parcialmente en tensión con el primero. ¿Hasta dónde, más allá de voluntades, la fortaleza de la llamada tradición liberal que todo lo permea en la Argentina del siglo XX, brinda como un marco del que los peronismos y Perón no quieren o pueden emanciparse? Ello no concierne, desde luego, como febriles imaginaciones sugirieron, sólo a la emancipación de la misma para ser plenamente un socialismo (del que el peronismo estaba demasiado lejos), sino también para animarse a convertirse en un fascismo o en cualquier otro autoritarismo político, plenamente distanciado de matrices conceptuales como la provista por la constitución de 1853 que puntualmente sobrevive en la de 1949. ¿Significa todo ello que el peronismo debe ser leído también aquí, en el terreno de la historiografía, como una continuidad con la Argentina precedente, en línea con tantas lecturas que nos han enseñado a ver la cuestión de este modo, en otros terrenos? Los trabajos que reúne esta compilación sugieren que las cosas son más complejas. La contraposición entre el ingenioso artículo de Gustavo Prado que abre el volumen y los siguientes, muestra hasta donde las cosas han cambiado. Es desde luego evidente que una lectura tan olímpica, tan puramente historiográfica, como la de Carbia en la segunda edición de la “Historia de la Historiografía Argentina” no hubiera podido ser sostenida, sin revelar mejor su extravagancia, quince años después. Del mismo modo, su autor difícilmente hubiera podido hacer desde la altura de los años, los guiños cómplices hacia los jóvenes revisionistas que sí se podía permitir por ese entonces; quizás también porque el blanco de los ataques de esos jóvenes era un Ricardo Levene hacia el que Rómulo Carbia no nutría ninguna simpatía. Es precisamente esa situación, tan cambiada con la segunda guerra, lo que hace más grotesca la construcción historiográfica de Ricardo Levene -más allá de la innegable diferencia de talento para el análisis historiográfico existente entre ambos autores y a las que como, fuera señalado durante el seminario, el autor del artículo no hace quizás toda la necesaria justicia. El esquema de Levene que expresa la voluntad de reforzar una línea histórica sin fisuras, desde Bartolomé Mitre a la Academia Nacional de la Historia, no sólo presenta una idea de homogeneidad, precisamente en el momento que ella está desapareciendo, sino que, en la misma forma de presentarse, exhibe lo que ella tiene para 1948 de anacrónico historiográficamente pero también lo que tiene de utilidad, políticamente. Pues es evidente que, para Levene, de lo que se trata es de hacer una operación política que niega lo que la situación ha hecho evidente: la contaminación ya irreparable entre historia y política. En este sentido, es una instrumental y exorcizante manifestación de fe en la historia erudita y en la tradición llamada liberal, pronunciada al borde del abismo. ¿Fue el peronismo el que abrió en el seno de una Argentina y una Universidad plácidas, un conflicto irreparable que sólo la última transición democrática ha tratado de cerrar? Leyendo el muy sólido trabajo de Carlos Zubillaga, que nos recuerda una vez más -la imprescindible necesidad de las comparaciones y en especial con ese mundo cercano y lejano que es la historiografía uruguaya, deberíamos decir que no. El mundo intelectual del Río de la Plata todo, ya estaba plenamente convulsionado hacia fines de los años treinta, con los debates que generan la guerra civil española y luego los comienzos de la segunda guerra mundial. El eje de la discusión, fascismo-antifascismo, ya había llevado a tal punto los enfrentamientos que la convivencia en la república de las letras ·staba irreparablemente dañada. Con todo, una diferencia puede señalarse y ella se hace más evidente si ·amparamos los destinos de dos figuras como Diego Luis Molinari, evocado por Nora Pagano y Pivel Devoto, evocado por Carlos Zubillaga. Ambos serían acusados, casi contemporáneamente, de “nazis” por grupos de estudiantes (y no solo) en sus respectivos espacios de enseñanza -la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA en el primer caso, el Liceo Francés de Montevideo en el segundo. Es interesante también el destino sucesivo tan dispar de ambos. Pivel vería cerradas las puertas de una Universidad de la República, que para poner en la nueva Facultad de Humanidades y Ciencias un bastión antifascista se vio obligada a la importación de un Emilio Ravignani, cuyas credenciales democráticas eran tan sólidas como su heurística. Aunque es difícil no percibir, también, toda la distancia historiográfica existente entre el esforzado profesor argentino y la versatilidad del uruguayo (a favor de este último, desde luego). Sin embargo, la solidez de otros anclajes institucionales, el Museo Histórico Nacional y el Instituto de Profesores, le permitirían a Pivel conservar un rol central en la historiografía uruguaya del último medio siglo. Y no deja de ser curioso que dos de los principales maestros de las nuevas generaciones de historiadores uruguayos, Pivel y Real de Azúa procediesen en sus orígenes de netas simpatías católicas y franquistas (por no decir más), lo que desde luego no hubiera sido aceptable por parte del progresismo historiográfico argentino, siempre tan atento a la pureza de sangre democrática. Contrastante el destino de Pivel con el de Molinari. Como nos lo reconstruye el fino análisis de Nora Pagano, hecho a la manera del Ciudadano Kane de Orson Welles o del Rashomon de Kurosawa, las distintas imágenes de Molinari sólo permiten revelar fragmentos y opacidades. Finalmente un largo silencio cae como telón ante un personaje embarazante e inasible ideológicamente. Desde luego que hay muchos caminos posibles para explicar qué signa ese destino final de Molinari. Su adscripción al peronismo, en la primera línea de la acción política, es uno de ellos. Empero, no se trata sólo del lugar de relevancia política de Molinari, ni de su estilo irreverente perceptible ya desde los años 1920, sino del nivel de enfrentamientos a que el peronismo lleva a la sociedad argentina -que por supuesto supera en mucho a las complicidades uruguayas producidas por una sociabilidad pequeña. También influyen aquí la distinta relación con las opciones institucionales académicas -a las que Molinari, a diferencia de Levene o Ravignani, siempre tuvo en muy poca cuenta-, tanto como la diferente evolución de las instituciones públicas a una y otra margen del Plata. En cierto modo, el destino de marginalidad y exclusión de Molinari (destino ya desde el golpe de 1930) parece dar plena justificación a la estrategia de Levene, quien había sido objeto de sus ataques en los orígenes de la Nueva Escuela. Pues como nos revela el interesante trabajo de Martha Rodríguez, las oscilaciones de Levene respondían no sólo a ese temperamento tan suyo, sino a una situación que las requería crecientemente. Poco se ha señalado cuanto la Argentina se ha esforzado por sacar las facetas menos interesantes de personas que aspiraban a una legitimidad social y a una continuidad institucional, obligándolas a todo tipo de contorsiones que las dejan, miradas fuera de contexto, en posiciones bastante desairadas. Puede recordarse aquí que el fascismo italiano obligó a mucho menos a los profesores italianos, más allá del juramento de 1931, que lo que le exigieron en la Argentina muchos de los sucesivos regímenes, ya autoritarios ya sedicentes democráticos, que se instauraron luego de 1943. Desde luego que aquella estrategia adaptativa de Levene era posible por la existencia de una interlocución para ella. Procedía de ese mismo interés del peronismo (o de sectores de él), que Rodríguez releva, de captar o incorporar de algún modo a figuras prestigiosas de la Argentina procedentes de esa vasta área de no peronistas o indiferentes. De todos modos, como la autora señala con acierto, una periodización se impone. Y aunque ésta tiene quizás más oscilaciones que lo sugerido, es innegable que muchas cosas diferencian la relación entre peronismo, no peronismo y antiperonismo, entre el primer y el segundo quinquenio del régimen peronista -y sobre todo luego de 1952. Aún para personas como Carlos Ibarguren o Ricardo Levene el premio Nobel de Literatura para Eva Perón era algo difícil de justificar, aunque solo fuera en los términos del “juego de caras” del enfoque interaccionista de Erwin Goffman. El problematizador artículo de Ornar Acha, que cierra la compilación, revisa las lecturas del peronismo realizadas en los años inmediatos a su caída. Legítimamente el autor considera que puede incorporar en esa revisión tanto a estudiosos académicos como a aquellos que proceden de una historia que podemos denominar militante. Siguiendo una larga tradición ya, ha elegido detenerse en aquellas lecturas procedentes del nacionalismo y del marxismo, lo que nos hace lamentar, dado el carácter inclusivo de su propuesta, que no fueran revisadas otras lecturas de ese fenómeno, procedentes de ese amplio espectro de posiciones que iban del conservadurismo al socialismo, es decir de esa misma tradición liberal argentina a la que antes aludimos. La inclusión de Ramos y Peña, ¿no autoriza también la de Damonte Taborda? En cualquier caso, lo que Acha nos recuerda en su relectura es toda la complejidad que tiene el peronismo para la izquierda argentina en una serie de miradas que, aunque formuladas luego de la caída, han sido seguramente construidas intelectualmente durante el peronismo (una de las situaciones que generan los autoritarismos es que las lecturas de sus oposilores sólo aparecen posteriormente a su derrumbe) y dominadas por la experiencia vivida tanto o más que por los horizontes teóricos; éste es por otra parte el verdadero tema de la historia del tiempo presente, la relación más explícita entre memoria del historiador y objeto de estudio. Un buen indicador de esa complejidad del peronismo para sus observadores de izquierda, que querían ir más allá de la etiqueta simplificadora del fascismo, es el uso del término bonapartismo del que necesitaríamos un buen itinerario de su empleo en el contexto latinoamericano. Bonapartismo del que, por otra parte, en el mismo marxismo de los padres fundadores ya existían dos tradiciones valorativas: aquella que procedía del Marx de “El 18 brumario” y aquella más posibilista que procedía de un párrafo de Engels de “El origen de la familia, la propiedad y el Estado” donde distinguía el carácter ora positivo ora negativo, de esos regímenes estatales que adquirían una relativa autonomía de las clases sociales en pugna (y que era un texto al que remitía siempre Rodolfo Puiggrós para definir el carácter progresivo del peronismo). Finalmente, como cierre de esta compilación se incluye un texto de Eduardo Hourcade presentado en las mismas Jornadas, sobre una temática afín: los monumentos en sus relaciones con la memoria y la identidad, que requerirá de estudios en el futuro pero que, en si mismo, muestra cuán poco innovador puede ser el peronismo en la pedagogía de las estatuas, visto algunos de los precedentes. El conjunto de trabajos aquí reunidos no vienen, desde luego, a sustituir las carencias apuntadas al inicio. Vienen, sin embargo, a abrir nuevas líneas de investigación, a llamar la atención sobre los historiadores profesionales que son, a la vez, ellos mismos y un fragmento de un establishment cultural argentino que requiere de mejores estudios que los que disponemos. Proveen así, esperamos, nuevos materiales para esa construcción futura de una historia de la historiografía argentina atenta a las ideas, atenta a la política, atenta a las sociabilidades, atenta a las instituciones.

[Fernando DEVOTO. “Estudio preliminar”, in Nora PAGANO y Martha RODRÍGUEZ (compiladoras). La historiografía rioplatense en la posguerra. Buenos Aires: La Colmena, 2001, pp. 3-8]

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